Es quizá ese momento cuando ella siente la conexión de almas, la unión eterna entre ambos como un mecanismo necesario, como algo que no tiene por qué encontrar resguardo en el afecto, y quizás es justo eso lo que lo hace ser tan especial.

—Marie…

—Dejame ayudarte…

Sus manos se posan en los hombros de él, y su boca en la suya, derritiéndose en la frialdad de sus labios y elevándose con la protección de sus brazos. Doble D le corresponde una vez más, como siempre esperaba que lo hiciera.

Los pasos traviesos de ella lo hacen retroceder, llevando a ambos hasta la pared. El primer gemido sale cuando las manos de su novio llegan hasta sus glúteos revestidos por su falda. Doble D se había pasado toda la semana sin poder apartar la vista de sus piernas, y ella lo sabía, así como sabe que él ansía conocer lo que hay mas allá.

No solo la habitación, sino la casa entera, se encuentra ahora inundada del crepitar de sus labios y el forcejeo continuo de ambos, buscando discretamente más de lo que tenían. Marie se permite ingresar una vez más a su boca, y allí dentro se libra otro encuentro, al mismo tiempo que los brazos de su novio la sostienen por detrás, con firmeza y sin poder apartarse de allí. En algún momento ella pasa a estar contra la pared, completamente sometida a sus deseos y dispuesta a darle todo, a entregarse por completo.

Sin dejar de probarla, el muchacho desciende a los relieves de su cuello. Allí esta el collar de su madre, el que él le había obsequiado a Marie el día de su cumpleaños. Por sobre esta, deposita cortos besos que la hacen removerse y quebrarse en gemidos que tienden a ronroneos.

Marie no quiere dejar de verlo. Sus miradas vuelven a conectar. Puede verse reflejada en aquellos ojos verdes encendidos, mirándola. Desnudándola. Todo esto es producto de toda la tensión que habían estado reservándose durante toda la semana, los detalles con los que ambos se coquetearon deliberadamente. Y así vuelven a besarse fugazmente. Lo que en un principio fueron los destellos inocentes y juegos cautelosos de una pareja de adolescentes desdichados, ya había mutado a la locura pasional de adultos.

Con ayuda de su novio, Marie da un salto y se aferra a él, encerrándolo con sus piernas. Las manos de él ahora la sostienen de allí abajo, donde la falda se había subido casi por completo. Ella rodea su cabeza con sus brazos y prosigue devorándolo. Esta oscuro. Las luces están apagadas y solo los ilumina la gloriosa luna y el apaciguado mar infinito. En las penumbras, Marie experimenta la sensación de estar dando vueltas y vueltas sobre él, como un carrusel.

Doble D la deja sobre un escritorio que usaba para, según él, leer sus libros o hacer algo interesante. Marie piensa que lo que van a hacer ahora allí será lo suficientemente interesante, e incluso más.

Antes de que se alejara para tomar distancia y apreciarla mejor, Marie se adelanta, volviendo a encerrarlo con sus piernas en su cadera y sus brazos en su cuello. Da un corto sobresalto cuando siente la cálida mano del mago deslizarse sobre su pierna derecha, hacia esa dirección, y luego un hormigueo en esa zona cuando esta se escabulle debajo de su ropa. Sin poder evitarlo, deja salir un movimiento convulso que incita a la unión definitiva de ambos cuerpos.

En algún momento sus labios se separan.

—¿Estás… segura de esto?

—Absolutamente.

Nunca en su vida Marie ha estado más vulnerable. Tiene los ojos dilatados, las mejillas arrebatadas, y su pecho moviéndose agitadamente. Doble D besa con ternura su frente. Luego su nariz. Y luego, su boca.

Ella vuelve a tratar de probarlo por dentro, asomando tímidamente su lengua. Esta vez no quiere irrumpir con violencia como lo había hecho en su primer beso. Él la recibe de inmediato. Lentamente, las manos del mago se desplazan hacia los pechos de ella, acariciándola con la yema de los pulgares. Ella tiene otra inconsciente sacudida de placer. Nunca nadie la ha tocado así.

Doble D se da cuenta de lo que esta haciendo y se detiene.

—Oh… yo… Perdón.

—No. —Marie vuelve a besarlo—. No te detengas.

Sus pechos presionan contra el chaleco abierto de Doble D, y sus piernas lo atrapan con más fuerza. Marie se siente más cómoda al notar que él también está como ella. Emocionado, asustado, excitado, ansioso… Su corazón lo delata, literalmente. En cuestión de eternos segundos, se ven sumidos en su propio ambiente, sofocados.

—Marie…

—Has sido tan bueno conmigo… Me has tratado bien. He visto como me mirabas…

—Yo… yo… oh, cielos, me he pasado…

—Nada de eso. —Marie lo calla con otro corto beso—. Vi como me deseabas y aún así nunca te pasaste conmigo, siempre me respetaste. Por eso quiero que me toques ahora.

—¿Qué? —pregunta Doble D, tan sorprendido como ruborizado y halagado.

—Quiero que me hagas tuya, corazón. Porque solo tú me mereces.

Marie le quita el chaleco a Doble D. Luego comienza a desabotonar su camisa. Él continua con eso mientras ella se quita la blusa. Él ya había visto las tiras de su sostén blanco atisbando en su blusa, en especial el día de hoy, después de todo el caos y tras correr de vuelta hacia la feria dejando a sus hermanas atrás.

—Llevame a la cama —pide ella. Él obedece. Marie piensa que Doble D podría trastabillar en el intento, o agotarse y tirarla. Y no es por que ella pesara mucho; tenía el peso ideal para su altura e incluso menos, pero Doble D se veía bastante delgado.

Sosteniéndola de la espalda con una mano, él la deja suavemente en la cama. Las piernas veraniegas de la chica lo liberan. Debajo de él, Marie continua desvistiéndose. Luego de segundos alucinantes, Doble D solo tiene los boxers encima. Marie se queda contemplándolo, pensando en cómo resulta estar mejor de lo que imaginó de él tantas noches. Se incorpora y Doble D comprende sus deseos. Él se sienta a su lado, luego se recuesta sobre la cama, y es ella ahora quien está arriba.

Marie se arrodilla sobre él, a horcajadas, y vuelven a besarse. Sus diminutas manos se posan sobre los pechos de él, y las largas manos de su novio van hacia su trasero. Solo los separa su ropa interior. Esta vez, se mueven con tanta pasión que ella deja relucir su desesperación por devorarlo por completo. Doble D extiende los brazos para abrir su sostén. Marie se imagina a esos bebes que estiran sus pequeños brazos, tratando de tocar los pechos de mamá para tomar leche de ahí. La imagen casi le da risa, e incluso piensa en lo todavía más gracioso que se vería Doble D tratando de abrir su sostén sin poder lograrlo. Lee y May le habían confesado que ninguno de sus ex pudo hacerlo.

Con un veloz movimiento de dedos, Doble D abre el sostén de Marie, que cae animadamente sobre el torso de él. Marie se ve sorprendida, en un primer momento, por la velocidad de la acción. No hay nada de que preocuparse, piensa ella; él es honesto y ya había dicho que nunca había tenido relaciones.

Los ojos de Doble D se abren, sus cejas se elevan hacia arriba y su rostro ahora es un dibujo. La estaba mirando por completo. Marie comienza a sentirse bastante insegura; era la primera vez que alguien la veía así.

Comienza a incomodarse. Su novio lo nota.

—Son hermosos —susurra él, y ella tiene el resabio de creer que solo es un cumplido educado para que se sintiera bien, pero incluso así la intención le encanta. Marie dibuja una sonrisa. Él nunca había visto eso tampoco en alguna otra mujer… No en persona, supone ella.

—Te quitaré esto —dice Marie, refiriéndose a sus boxers grises. Él retrocede intimidado. Ella los toma del elástico de la cintura y los aparta de ahí con rapidez. Se maravilla con lo que ve. No lo imaginaba de esa proporción, y todo lo que hace ahora es babear y saborear su propios labios con su lengua, aguantando un poco más. Está tan absorta con eso que no ve el rubor de Doble D.

—Yo…

—Es hermoso… —susurra Marie—. Como tú.

Levanta la vista para apreciar su bello rostro. Luego la regresa hacia eso. De nuevo hacia él, y esta vez su expresión de avidez y locura la delata. Sabe que él comprende al instante lo que pensaba ella.

—E-espera.

—Shh.

Es de esas cosas que uno puede aprender solo, piensa Marie, sin ayuda de nadie. Como andar en bicicleta. Con su ex nunca había llegado siquiera a ese punto. Y hasta donde sabe, ninguna otra mujer se lo había hecho antes. De ser así, Doble D se lo habría contado.

Primero lo encandila con cortos y suaves besos, húmedos, rodeándolo. Luego procede a la acción. A medida que lo hace, logra sentir su propio placer alimentado por su ego. Incapaz de saber si lo está haciendo bien, Marie da todo su esmero, aferrándose a él y acelerando. Deja de mirarlo a los ojos para concentrarse en su asunto. Tras unos segundos que se hicieron extensos, ella decide que ha sido suficiente. Al mirar a su novio, lo encuentra tenso, entumecido y con los ojos cerrados y la cabeza recostada. Este da un agudo suspiro y los abre. Al parecer se ha pasado un poco, pero no decepcionó. Incluso antes de ver aquello, una parte de ella le temía; siempre había pensado que seria asqueroso, que ese lugar era poco limpio y que no quería llenarse la boca de ese fluido. Fue como cuando uno da su primer beso, donde se olvida de la saliva ajena y simplemente se deja llevar.

Cruzan miradas y se sonríen. Marie se descuida; Doble D utiliza su antebrazo y cambia de posición con ella en un movimiento. Ahora él está arriba de ella. Ve que él quiere decir algo pero calla al instante, y comprende por qué. Este momento tiene que ser así, sin palabras.

Acerca su rostro a ella. Marie se prepara para volver a besarlo, pero él la deja con las ganas. Va directo a su cuello. Entre el collar él comienza a devorarla, primero con delicadeza, y luego con desparpajo. Marie cierra los ojos y suspira de placer. Casi llega a escaparse un gemido con su nombre. Intenta quitarse el collar para que él pudiera besarla mejor, pero éste balbucea un no. Ella lo mira, él solo le sonríe, suficiente para confiar.

Cuando comienza a bajar por su cuerpo, Marie siente que su estomago se contrae de ansiedad. A partir de aquí ya no domina, y todo lo que queda es desconocido… y tentador.

Sus labios sobre uno de sus pezones son una llamarada en su corazón. Su lengua juega con ella, la manipula, y la saca a bailar. Tan dócil como un guante, y tan sincera como puede, ella se entrega y se deja controlar. Hace lo que sea por conseguir un poco más de él. Doble D continua con el otro, esta vez divirtiéndose más con ella. Marie acaricia su cabeza con una mano.

Su novio mágico sacado de algún cuento de ficción continua probando su abdomen a besos. Marie se siente miserable al pensar que ella solo le hizo un servicio cuando fue su turno, y lo que él está haciéndole ahora es un servicio completo de lujo en comparación. De verdad que la está tratando muy bien. Es mucho mejor que ir a terapia, aunque de hecho cualquier cosa es mejor que ir a terapia. Esta idea casi la hace reír, lo que sale de su boca es un gemido. Doble D suelta una corta risa. Marie siente su cálido aliento en su vientre, muy cerca de su cintura. Eso le da escalofríos.

Lo mira y descubre que él la está mirando. Probablemente para ver si tenía luz verde para hacerlo. Yo ya te quité los boxers y te lo hice con mis mejores deseos, piensa ella, quítamelas de una vez.

Toma sus bragas y las desliza, lentamente. Marie estira sus piernas para facilitarle el trabajo. En el otro mundo aburrido casi siempre usa pantalones holgados que de hecho son muy cómodos, casi nunca algo corto. Pero cuando se pone unos shorts o una falda, siempre escucha al menos un cumplido sobre sus piernas —y sobre otra parte que prefiere no recordar—. No es de extrañar que incluso Doble D haya pecado por ahí.

Doble D deja caer las bragas de ella en el pulcro suelo, donde todas sus ropas yacen, y se vuelve a mirarla. Ahora sí está completamente descubierta y vulnerable a sus deseos.

Sin mirarla, él deposita besos en sus muslos. Marie piensa en las veces que la miraba y las ganas que de seguro tenía de hacer esto. Con ambos brazos rodeando cada pierna, Doble D sigue explorando hasta llegar a ese lugar. Ella comienza a temblar; puede sentir todo aquello que es nuevo para ella. Algo que nunca sintió. Él continua acechando sus labios, para luego besarlos, y jugar con ellos. Ella resiste sin éxito; su boca comienza a proferir gemidos quebrados que se hacen ecos y se disipan en la lúgubre habitación. De nuevo, Marie acaricia su cabeza con una mano. Con la otra, toma una mano de él. Su lengua roza por ahí, y ella siente vértigo en ese instante. Accidental o no, él no vuelve allí, sino que continua bordeándola. Está jugando conmigo, piensa ella.

Doble D lleva su mano libre de nuevo hacia su pecho. Ella eleva sus piernas, y por un instante, con los ojos cerrados, siente como si estuviera levitando. Entre maldiciones de amor calladas, siente su dentadura tocar uno de sus labios, mordiendo con extrema suavidad. Y esta vez, Marie no gime; grita.

—Oh, sí… Sí…

La lengua de su novio decide que ya es buen momento para entrar. No está jugando con ella. La está preparando. Y así decide creerlo ella, mientras se retuerce sobre las sabanas y aprieta con fuerza la mano de su novio. Sin duda es algo que nunca sintió, ni siquiera cuando ella misma trataba de satisfacerse. Solo siente que va a estallar.

Vuelve a gritar y arquea su espalda. Cuando vuelve a abrir los ojos, él ya volvía a incorporarse. Doble D la mira con ternura. Ella también lo mira, y sonríe. Detrás de su mano se atisba la caja con algo de protección, que Dios sabe en qué momento él la habrá tomado. Abre el paquete y se lo coloca con parsimonia. Se acerca de nuevo, y vuelve a jugar con ella, rozándola con algo que no eran sus dedos. Ella ríe de placer.

Doble D la toma de los muslos y la acerca a él como si fuera una muñeca. Se aproxima a ella y la besa en la boca por última vez. Ella le corresponde con amor, mientras que con sus manos pasea por su torso, sus brazos, y luego su imberbe rostro de niño. Ella siente las largas manos del mago tomando con cuidado su cabeza, y en sus labios prueba la avidez de un reencuentro, como si el hubiera estado extrañando besarla.

Vuelve a distanciarse. Con las piernas extendidas, una sobre su hombro, Marie espera. Está lista. Tiene miedo a lo desconocido, pero también está ansiosa y desesperada.

Doble D la mira. Luego mira hacia abajo. Tomándola de la mano, comienza a entrar, lentamente.

La sensación no puede describirse. De alguna manera se queda sin palabras. Marie vuelve a recordar las veces que trató de satisfacerse sola, y se ríe. Eso no se compara en nada. En su estomago solo puede sentir hormigueos y estallidos inmensos de placer. Un mar de fuegos entre nubes de vapor. Un gemido escapa furtivo de su boca. Marie se contiene para no gritar. Lo siente penetrando lentamente hasta el tope, y luego retirándose. Luego volviendo a entrar, y así.

En un momento Marie piensa en que su cabello azul se halla ahora desparramado en la cama, y ahora él está viendo sus dos ojos, y su alma a través de ellos. No tiene nada que ver, pero su mente juguetona ya no responde a la lógica.

Van acelerando sus movimientos. Las mentes comienzan a ponerse en blanco, con ambos centrados unicamente en su relación física y su conexión con la eternidad absoluta y los destellos. Y los destellos, maldita sea. Marie cierra los ojos y ve estrellas, estáticas y fugaces, surcando toda su visión con cada estocada. Centellando a su alrededor en medio del caos.

Marie siente que llega a un punto extremo, que de inmediato identifica como un orgasmo, y avanza hacia él, en busca de más. Su cuerpo da un salto y ella vuelve a sentir miedo. Si lo que se había dado a sí misma fueron orgasmos, esto parece algo totalmente distinto. Tratando de no pensar más, vuelve a retomar el ritmo.

Doble D la sostiene con ambas manos en su abdomen, y prosigue. Marie continua arqueándose. Con sus manos se agarra de los antebrazos de su novio, clavando sus dedos en el acto.

—Te amo, te amo, te amo, Doble D. Te amo...

Se esfuerza por no cerrar involuntariamente los ojos, sin poder conseguirlo. En cada estocada sus gemidos se expanden en toda la habitación con su nombre. No lo puede evitar, cada balbuceo de placer brota de sus labios y se dibuja a su alrededor con una bella armonía, como la geometría de una flor.

Y es tan mágico.

En un instante Marie alcanza el segundo orgasmo, todavía incapaz de creer que estaba en esa realidad física. Aprieta con mucha fuerza el brazo de su novio, y él lo siente.

—A-atrás… Atrás… —gime ella.

Tan condescendiente como lo había sido desde el principio, él la comprende al instante, y obedece cual caballero medieval a la orden de su reina, en ausencia de otra figura de autoridad o por simple rebeldía. Toma con cuidado su muslo derecho —que estaba a la izquierda del mago— y la gira, haciendo rotar el cuerpo de su pequeña reina rebelde.

Marie se acomoda de costado en la cama. Siente a su novio recostarse detrás de ella, su respiración en su cuello y sus manos de nuevo en sus piernas. Las abre y procede con el acto final.

Lo siente entrar, con pasión y cautela. Ella también trata de moverse para dejarlo entrar más, ambos licuándose en una sola voluntad irracional, simplemente siendo del otro. Marie piensa en que nada volverá a ser igual en ella.

Doble D incrementa la frecuencia. Con sus manos la sostiene del abdomen. Ella se gira un poco para poder mirarlo a los ojos mientras le permitía a entrar en ella, a la vez que comienza a acariciarse el pecho a sí misma. Doble D continua estrellándose en ella. Los gemidos escapan en partes entre breves interrupciones, ya no como algo inevitable, sino como si ella luchara por soltarlos.

En algún momento ella se siente transformada en un muñeco de trapo. Una figura inanimada sin voluntad propia, solo a disposición de cualquiera de los deseos de ese hombre. Eddward Vincent era el muchacho a quien ella le entregaría el cuerpo, el alma, el corazón y la vida, por el resto de la eternidad.

Con un gran alarido, ella llega a su tercer orgasmo. Doble D termina también; Marie escucha su respiración agitada detrás de ella. Y suavemente, siente como él se retira de ella. Sus brazos la rodeaban por el vientre. Ella se gira hacia él, toma su rostro, y ambos se dedican un beso tierno, lento y extenso.

—Gracias.

—Te amo, Marie.

Sin soltarla, Doble D continua dándole cortos besos en el cuello y diciéndole cosas lindas. Marie se siente extrañamente más afortunada que nunca. Estaba siendo abrazada por el muchacho que había cambiado su vida.

Al cabo de un rato, sucumbe al sueño, y momentos después él también se duerme.