Capítulo 11

No sabría decir desde qué momento empecé a equivocarme. No sé si fue desde el momento en que me decidí a mentirle por no querer verlo llorar o si era aún más allá, desde que dejé de ver la vida como un regalo y más como un castigo que no me dejaba ser feliz.

Cuando ya veía los días del calendario como una cuenta hacia atrás, opté por apartar la pesada carga que llevaba para disfrutar de ese simple "puedes venir cuando quieras".

Comencé a ir a verlo a diario, al principio con pobres excusas como llevarle a probar alguna golosina de la pastelería o encontrar "de casualidad" una flor que combinara con su jardín, después ya fue solo un "tenía ganas de verte".

Sabía que los días pasaban sin que pudiera retenerlos, pero lo único que parecía importarme eran los pequeños cambios en el parsimonioso rostro frente a mí que me daban la ilusión de pensar que podía seguir así para siempre. Los días que pasé junto a Akaashi Keiji eran como la burbuja de la felicidad que nunca pensé vivir.

Tan confortable, tan divertida, tan...adictiva.

Me gustaba ver su rostro asomarse por la ventana al escuchar que estaba cerca, los rápidos pasos que simulaban avanzar más lento cuando abría la puerta, la ligera sonrisa que asomaba cuando conversábamos de cosas triviales como el clima o los colores de las hojas otoñales cayendo. La mayoría de los días caminaba por aquel camino yo solo, unos tantos iba acompañado de Kenma, algunos incluso fueron junto a Akaashi después de visitar la ciudad por víveres para su casa. Hubo días que me topé nuevamente con Sugawara, incluso otros donde volví a coincidir con Lev y Yaku.

De alguna forma...sentía que las cartas de Bokuto me habían conectado con mucha gente.

Fue cuando rocé la penúltima carta con la yema de mis dedos, que las palabras volvieron a sentirse amargas en mi boca.

Aquel día se la entregué tembloroso, con la mirada gacha y los labios apretados. Todas las veces en que le entregaba cartas era una escena tan familiar, desde la primera en el umbral de su puerta hasta la que tenía aún en mi mano, la cual parecía burlarse de mí con la fecha inscrita ya hacía meses. Pero...cuando la tomó entre sus pálidas manos, me di cuenta que ya no era lo mismo. Ya no era el mismo primer encuentro, no eran dos extraños que temían rozarse las manos o que ni siquiera eran capaces de hablarse mirándose a los ojos. Esta vez, nuestros dedos parecieron acariciarse sin que ninguno los apartara, él esperó a que yo le levantara la mirada, hasta que ambas fueran capaces de ver a través de la contraria.

En esta ocasión, fui yo quien en vez de apartarlo y caminar por el lado contrario, lo acercó hasta un abrazo que estuvo más cerca de ser uno desesperado por evitar que se fuera que uno solo carente de afecto.

Akaashi pareció sorprendido, después de todo, era la primera vez que me olvidaba de esos centímetros que siempre nos separaban. No veía su rostro, pero presentía que sus labios trataban de formular alguna oración acorde a la situación, aún así no la dijo. Simplemente se quedó allí, con una mano sosteniendo mi espalda y la otra evitando que la carta que le acababa de dar cayera sobre el suelo.

Mi boca murmuró un "Lo siento" que solo yo pude escuchar, a la vez que palabras completamente distintas tomaban su lugar.

—Nos vemos en el festival— Fue todo lo que dije antes de poder evitar pensar en lo bien que se sentía su toque sobre mi espalda y que cuanto tiempo más duraría siendo así antes de que pase a ser doloroso.

Las noches previas las pasé sin poder dormir, al fin y al cabo, aún si lo intentaba tenía pesadillas. Aunque más que pesadillas eran amargos recuerdos. Una de esas noches opté por salir de mi habitación y dirigirme al balcón para relajarme, fue entonces que me di cuenta que yo no era el único a quien le atormentaban sus recuerdos.

Mi padre solo me vio de reojo y se quedó en silencio cuando me senté junto a él.

Para mi sorpresa, la noche antes pude dormir plácidamente. No tuve un sueño oscuro y solitario como todos los demás, en este los rayos del sol parecían caer sobre mí e iluminar mis pasos. Noté que estaba andando por el camino que ya bien conocía, mis piernas se sentían ligeras y me escuchaba tararear alegremente una canción. Cuando visualicé el jardín de flores, había una silueta cómodamente sentada en el banquillo. Era distinta a la que veía casi a diario, pero la conocía tan bien como si nunca se hubiera ido.

Cuando levantó la mirada, estaba la misma sonrisa con la que nos conocimos y la que me hizo comenzar a pensar en querer ver la vida como él lo hacía.

Recuerdo sentarme a su lado y reírme profusamente de algo. Bokuto solo reía también como si los límites de la vida y la muerte nunca nos hubieran separado.

Fue cuando se levantó de su asiento y dirigió la mirada a la puerta de su casa que me di cuenta que él, de igual manera, cargaba con dudas. Me pregunté qué era lo que lo retenía de caminar lejos del banquillo, ya sea para dirigirse a su casa o por el camino contrario, pero una sutil mirada a la ventilla de la casa me dieron la respuesta. Para cuando volví mi atención al banquillo, éste ya se encontraba vacío, solo con una solitaria carta meciéndose con el viento.

Ese día desperté con una extraña sensación de paz, saqué la foto de la billetera y sonreí apartando las anteriores pesadillas que había tenido. Era increíble lo mucho que mis propios demonios podían modificar mis pensamientos.

Ya no era solo Akaashi, Bokuto también merecía la verdad.

Y hoy se las daría, sin importar la culpa, las inseguridades...o los sentimientos.

Había pensado pedirle a Sawamura ayuda con algunas cosas del festival, pero sus vacaciones ya habían comenzado, por lo que no volvería en un tiempo. Que yo recuerde era la primera vez que pedía vacaciones, después de todo, era el trabajo hecho hombre, por lo que debía ser un motivo importante, del cual obviamente intenté indagar, pero al parecer nadie lo sabía con certeza.

Los demás sirvientes me ayudaron a decidir la vestimenta, ganando la yukata por una votación de 10 a 1. Aunque les dije que mi voto valía por todos los de la casa, ellos me ignoraron y empezaron a arreglarme a sus anchas.

El resultado final fue una yukata negra con un obi rojo acompañado de los aplausos orgullosos de todos. Se los agradecí con una sonrisa antes de tomar la carta que había dejado sobre la mesa. La guardé cuidadosamente bajo la tela, dejándola junto a mi pecho, en el sitio más cercano a mi corazón, donde no pueda perderla de vista.

De reojo, me pareció sentir la mirada de mi padre sobre mí, una mueca de sus labios me dieron a entender que quería decirme algo, pero finalmente sólo terminó en un ligero asentimiento de cabeza que me dio el paso para irme.

Viendo las estrellas mientras caminaba, pensaba en lo mucho que me gustaría atesorar cada paso, incluso cada respiración que daba por ese camino que ya se me había hecho tan acogedor. Con una sonrisa nostálgica recordé cuando mi madre cada vez que quería atesorar un momento ponía sus dedos asemejando una cámara.

"Las mejores fotografías son las que quedan en tu corazón..."

—Donde podrás rememorarlas por siempre...— Susurré al ya visualizar los coloridos pétalos de flores.

Recordé mi sueño y la figura de Bokuto frente a su casa, indeciso del camino a seguir.

Con una mueca entre la nostalgia y la tristeza, me agaché para acariciar un nomeolvides que estaba comenzando a mostrar sus primeros pétalos pese a la adversidad del otoño recién empezando. Fueron sus cuidadosos pasos los que me hicieron levantar la mirada y pensar en querer capturar otra imagen entre la cámara de mis recuerdos.

Akaashi también vestía una yukata, pero ésta era azulada con detalles dorados que lo hacían destacar entre el brillo de la noche que se estaba instalando.

—Tardaste— Dijo con un ligero reproche en la voz— No viniste por tantos días que pensé que tampoco vendrías hoy.

—No me perdería este día por nada— Le dije con una media sonrisa mientras me levantaba de donde estaba.

Él me mantuvo la mirada con una ligera turbiedad en sus iris. Sus labios se abrieron levemente como tratando de decirme algo, pero finalmente se cerraron, formando un gesto que nunca había visto en él. Una mueca que pasaba de la indecisión a lo que parecía ser temor.

—Vamos, ya debió haber comenzado— Fue lo que dijo antes de que pudiera comentar algo respecto a su extraño actuar.

Lo que empezó como una caminata silenciosa, se fue convirtiendo poco a poco en una conversación agradable, acompañada de la brisa otoñal y el murmullo de la música que ya se empezaba a escuchar.

—Entonces lo de venir con yukata no fue tu idea— Concluyó tras mi relato— Suena lógico, no te veo optando por esa vestimenta por decisión propia.

—¿Insinúas que no tengo buen sentido del vestir?— Le reclamé con falsa indignación.

—Considerando que tu prenda favorita es tu traje de cartero, ciertamente me da el privilegio de la duda— Comentó con un deje divertido en la voz.

—Estás siendo injusto— Me quejé sin poder seguir fingiendo un rostro de enojo, puesto que al verlo con ese atisbo de sonrisa en sus labios solo me podía hacer sonreír también— ¿Y tú? ¿Qué hiciste el día de hoy?

Su rostro cayó en lo que parecía un triste cuadro melancólico que hizo detener mis pasos unos cuantos más adelante que los de él. Estábamos por llegar, pero sus pies no parecían querer seguir avanzando, sus pupilas bajaron hasta la tierra bajo nuestro y sus dedos juguetearon como tratando de controlar algo que ya no podía hacer por sí mismo.

—Recibí un paquete— Dijo con un tono que pretendía ser monótono.

—¿Un paquete?— Repetí sin entender muy bien a lo que iba.

—Si...—Respondió como sin querer continuar— Dime, Kuroo-san...

Me quedé en silencio esperando sus palabras, mientras la carta que llevaba junto a mi corazón parecía querer volar hacia él.

—Si tú...

—¡Son Kuroo-san y Akaashi-san!

Estaba tan concentrado en lo que estaba diciendo que por poco caigo de bruces al suelo al recibir el repentino abrazo del pelinaranja.

—Ya pensaba que no iban a venir— Dijo animadamente dirigiéndose a Akaashi también— ¿Kenma no vino contigo? — Preguntó volviendo su resplandeciente mirada hacia mí.

—No, tiene examen mañana— Dije imaginándome su mueca de disgusto al estar estudiando sin poder jugar sus videojuegos.

—¡Hermano! ¡Espérame!

—¡Hinata-idiota! ¡No corras así tan de repente!

Dirigimos nuestra mirada a quienes acababan de llegar, uno que ya se me hacía raro que no estuviera junto al energético niño y otra pequeña que estaba seguro de haber visto antes.

—Espera, ¿hermano?— Fue con lo que me quedé, al darme cuenta nada más ahora del evidente parecido que tenía con Hinata.

—¡Natsu! Ten cuidado, con tanta gente puedes perderte— Vi salir de entre la gente a cierto peliplata, el cual también vestía con un yukata, pero éste era de color cielo.

—¿La encontraste, Suga?— Salió otro hombre detrás de él, uno que se me hacía tan sumamente conocido que me dejó la boca abierta, a la vez que él también caía en mi presencia.

—¿Kuroo/Sawamura?— Dijimos a la vez, en tanto los demás nos miraban entre curiosos y sorprendidos.

—Oh, ¿conoces a Kuroo Tetsuo?— Rió Sugawara.

—¿Sugawara, conoces a Sawamura?— Pregunté al ver su cercanía.

—Espera, ¿cómo conoces a Suga?— Me preguntó el castaño, masajeándose las sienes como siempre hacía cuando una situación lo superaba.

—No sabía que conocías al novio de Sugawara— Akaashi Keiji se unió a la conversación, viéndome con curiosidad.

—Es una larga historia...espera...¡¿novio de Sugawara?!— Los apunté desconcertado.

—¿También conoces a Akaashi?— Me preguntó Daichi, pero yo estaba teniendo un serio cortocircuito en mi cerebro.

—¡Yo también los conozco a todos!— Exclamó entusiasta Hinata.

Optamos por dejar las preguntas para después y sentarnos en uno de los puestos para conversar mientras comíamos takoyaki.

—Ya veo, así que por eso eran tus vacaciones— Le dije en un tono bajo mientras los demás seguían concentrados en comer— Pensar que te tenías un secretito tan adorable bajo la manga. Esto será oro puro en la cocina.

—Podría decir lo mismo de ti, Joven amo Kuroo Tetsuro, ¿debería contarle a los cotillas de la mansión que tu carta favorita tiene nombre y unos ojos almendrados?— Dijo cerrando su envase vacío de takoyaki para verme con una amable sonrisa que no le creía.

—Cuanta maldad, Sawamura, ahora veo porqué encajas tan bien con Sugawara— Dije al recordar la excéntrica personalidad del peliplata, también oculta tras un angelical rostro.

Él dirigió su mirada hacia el sujeto en cuestión, el cual estaba ayudando a limpiarse la boca con una servilleta a la menor del grupo. Le vi formar una sonrisa que me sorprendió, pero luego me hizo sonreír también.

—¿Qué hay de ti?— Me preguntó tras un rato al notar que mi mirada seguía a quien había optado por levantarse e ir a comprar a un puesto de onigiris cercano—. Ya debes saber que él...

—Lo sé— Respondí sin querer escuchar el resto— Pero él no lo sabe todo sobre mí. No quiero involucrarte también en mi mentira, Sawamura, pero...al menos solo por hoy...

—Te conozco desde que tengo memoria, siempre como un gato arisco que no quiere encariñarse con nadie y, aún así, esta es la primera vez que te veo con ese brillo en los ojos— Dijo con una media sonrisa— Si él es el motivo por el que pareces volver a sonreír y dejar de ver a todos como tus enemigos, entonces no me inmiscuiré. Solo espero que sepas, que ya sean lágrimas o risas, estaremos todos los días a tu lado, aunque tú finjas no vernos, de lo contrario, no merecería llamarme tu amigo, ¿no es así?

Sentí mis ojos aguarse ante sus palabras, recordando las bandejas de comida que no tocaba cuando murió mi madre, pero que aparecían todos los días sin falta. La ropa en la maleta del servicio militar que no recordaba haber guardado, pero que estaba ahí cuando la abrí.

Eran tan sutiles detalles que mi nublado corazón había apartado de mi vista.

Él solo se levantó, probablemente sabiendo que no tendría con qué responderle, y se acercó a decirle algo a Sugawara. El peliplata asintió con ánimo antes de llamar a los menores que estaban dando vueltas por la mesa jugando a las traes.

Se despidieron de mí, algunos con abrazos, otros simplemente con sonrisas divertidas, tomando rumbo a las casetas de juegos. Los vi irse hasta que una mueca que pretendía ser una sonrisa se instalaba en mi rostro. Me puse a pensar...en si después de rebelarlo todo, podría seguir estando con ellos de la misma manera.

Suponía que no.

Akaashi parpadeó confundido al volver a la mesa y no ver a nadie en ella. Se sentó a mi lado, dejando la bolsa con onigiris frente nuestro, ofreciéndome uno antes de ponerse a disfrutar el suyo.

—¿Tardé demasiado?— Me preguntó distrayéndome del pensamiento de que se veía adorable comiendo.

—No lo creo, tal vez solo querían seguir con su cita— Sonreí, después de todo no era una completa mentira.

—Al final no me dijiste de dónde se conocían— Mencionó una vez acabó con el primer onigiri, pero con la mirada puesta en el siguiente.

—Digamos que somos buenos amigos— Dije levantándome del asiento, en la incapacidad de darle más información, pero tampoco querer mentirle.

Le ofrecí una mano que él vio confundido.

—Vamos, aún hay muchas cosas que ver.

No quería desperdiciar ningún segundo a su lado. No quería desperdiciar las sonrisas en la caseta de tiro, los gestos frustrados al no obtener el premio que quería en la pesca milagrosa, ni tampoco el brillo apacible de sus ojos al darle el pequeño peluche de gato que había ganado.

Me agradaba tanto la fugaz calidez que me daba el sutil roce de nuestros brazos al caminar, su voz llamándome aún con un deje de sonrisa en sus labios.

Dios, lo amo tanto...tanto que se me hace tan doloroso...

Para cuando la noche estaba llegando a su punto máximo, fue cuando nos hicimos camino entre el gentío para llegar a un área más vacía, donde podríamos disfrutar del espectáculo pirotécnico que estaba por comenzar.

Ambos estábamos callados, pero solo mi mente hacía tanto ruido que se me hacía imposible escuchar cualquier cosa de los alrededores. Respiraba profundo buscando calmarme, sin embargo, mi ritmo se volvió aún más irregular al sentir una mano sobre mi pecho, al principio titubeante y, después, tan tranquila como su dueño.

—¿Estás bien?— Me preguntó, haciéndome pensar en cómo lucía para él para que tuviera que preocuparse así.

—No lo estoy— Respondí honestamente, poniendo mi mano sobre la suya, sin embargo, Akaashi no la apartó— Pero...si no estuvieras aquí, entonces ni siquiera sé si este corazón estaría latiendo.

Sus párpados se abrieron, disimulando la reacción por la inesperada respuesta, dejando ver el destello de las estrellas en sus ojos. Antes de que cualquiera de los dos pudiera decir algo, ambos latidos quedaron apaciguados por el ruido de los fuegos artificiales llegar al cielo.

Él apartó su mano de mi pecho, pero no dejó de entrelazarla con la mía. Mentiría si dijera que me dediqué a admirar el espectáculo de luces que se lucía frente mío, puesto que lo único que parecían mostrarme mis iris eran esa banca vacía frente al jardín de flores, la cual hace meses debió encontrarse con dos personas felices de tenerse la una a la otra.

—Akaashi Keiji— Lo llamé, sintiendo su mirada sobre mí, pero aún no era capaz de apartar mi vista del cielo— Tengo...tengo que decirte algo.

Intenté sonar decidido como tantas veces lo había planificado, pero mi voz se quebró casi al final.

¿Cómo decir...?

Te he estado mintiendo desde que te conocí.

Bokuto no volverá.

Lo siento, lo siento, lo siento tanto...

Yo te lo quité todo.

Si él no me hubiera salvado aquel día...

Si jamás te hubiera mencionado.

Si...si nunca te hubiera llegado a amar tanto como lo hago ahora.

—Lo siento tanto...— Murmuré antes de soltar su mano y volteándome dispuesto a huir nuevamente de todo.

—¿No me dirás la verdad?— Sus palabras me detuvieron cuando tan solo había podido avanzar unos cuantos pasos.

Sentí mis músculos paralizarse con el miedo a voltear y ver su rostro. Aún así, junté fuerzas para verlo, nuevamente ahí parado con la noche ya apagada de fondo. Sus ojos me enfocaban, pero ya no eran los mismos armoniosos de siempre, la tormenta ya estaba en ellos y solo podían mostrarme el dolor y la traición que parecían haber estado reteniendo.

—¿De qué...de qué hablas?— Casi susurré sin saber cómo reaccionar.

—Yo quería seguir confiando en ti, quise creer que serías tú quien me lo dijera todo— Hablaba, pero era como si mi mente se nublara a propósito para no escucharlo— Porque él también confiaba en ti, porque...porque tal vez aún quería pensar que me dirías que él volvería.

Lo miré a los ojos, porque ya no tenía nada que esconderle, ya parecía haberlo descubierto todo y yo pensando que aún tenía poder sobre la verdad.

Qué ingenuo...

Aún cuando lo había visto tantas veces, siempre se me olvidaba que era la vida quien tenía la última palabra.

—¿Lo sabías?— Pregunté con una mueca entre la risa y la contención de la tristeza.

—Me mentiste.

—Si.

—¿Por qué?

—¿Por qué esperaste hasta hoy para decírmelo?— Traté de evitar su última pregunta con otra.

—Te lo dije, ¿no?— Dijo acercándose hasta mostrarme una pequeña caja de terciopelo negro— Que me había llegado un paquete.

"¡Kuroo! ¡Kuroo! ¡Adivina qué!"

Reí seco al ver la argolla con la joya azulada grisácea que parecía mostrarme el reflejo de lo idiota que había sido.

"¡Llegará para el festival de otoño! ¡Ya quiero ver su rostro de sorpresa cuando lo vea!"

—Había evitado saberlo, realmente quería escucharlo de tus labios, pero hoy ya no pude soportarlo— Dijo acercando la cajita a él— Terminé por llamar a mi padre y preguntarle. Había...sospechado los últimos meses desde que te conocí, había dejado de escribir cartas por lo mismo, pero...cuando fui a verlo, todo se hizo tan real. Aún así, quería escucharlo de ti, quería darte la oportunidad porque...ni yo mismo lo sé con certeza.

—¿Le diste la oportunidad a un mentiroso? ¿No te parece estúpido?— Lo sentí sobresaltarse levemente por mis palabras, pero ya era tarde.

Ya era tarde para todo.

—¿Por qué me mentiste?—Repitió la pregunta, viéndome con esos ojos que me hacían sentir tan miserable.

—¡¿Cómo sabes que no te seguiré mintiendo?! Eres igual de ingenuo que Bokuto, dejándolo todo por alguien que solo se empeña en destruirlo todo— Vi el brillo de sus ojos quebrarse al mencionarlo y eso solo siguió impulsando mis palabras—. Lo hice porque tenía envidia de su vida, él lo tenía todo y aún así lo tiró como si no fuera nada.

—¿Qué estás...?

—Tú también eres un ingenuo, Akaashi Keiji. ¿Quién dejaría entrar en su vida a alguien que sabes que puede hacerte daño?— Él pareció desconcertado, tanto para incluso alejarse unos pasos.

—¿Por qué te empeñas tanto en querer que te odie?— Me preguntó al recomponerse.

—Porque deberías hacerlo.

Él entrecerró sus ojos y los bajó hasta la caja que sostenía.

—Por la memoria de Bokuto deberías hacerlo— Le dije retrocediendo.

—Entonces...lo mejor será que te vayas— Dijo apretando sus labios.

—Si— Respondí con una monotonía que no sentía.

—Que no vuelvas nunca más.

—Si.

—Porque...te odio tanto, Kuroo Tetsuro— Murmuró mientras delicadas lágrimas caían por sus mejillas.

—Si...— Le respondí apretando mis manos en un impulso por no correr a abrazarlo.

Saqué la última carta que guardaba y la dejé sobre el suelo sin ni siquiera sentirme con el derecho de pasársela directamente en la mano.

Me volteé al lado contrario, a la vez que escuchaba sus rodillas caer sobre el suelo y los sollozos aumentar. Caminé y caminé sin mirar el camino o la noche que caía sobre mí, pensando en tantos momentos que quería guardar en mi corazón porque nunca más los tendría.

Siempre pensé que después de decirle la verdad a Akaashi Keiji sentiría al menos una carga menos sobre mi espalda, que podría ir a la tumba de mi amigo sin culpa mientras reía al recordar nuestros momentos juntos.

Pero no era así...definitivamente no era así y las lágrimas en mi rostro solo lo recalcaban.

~•~•~

A mi querida lechucita,
¡Ya dentro de unos días volveré a estar allí! Así que espero que no te olvides de la promesa que habíamos hecho.
Es curioso, pero a pesar de todo el cansancio y malas experiencias que pude haber vivido en estos meses, todo parece olvidarse al pensar en las cosas buenas. ¡Lo cierto es que me divertí mucho! Kuroo es una gran persona, aún cuando ni él mismo se ha dado cuenta. Realmente me gustaría que nos visite una vez que todo acabe, que conozca el camino que da a la casa, que aunque parezca tan sombrío y solitario al principio, uno de verdad termina encariñándose con él. Quiero que conozca nuestro jardín, ya que con lo fanático de las flores que es estoy seguro que lo adorará. Tal vez incluso podamos hacer una junta con todos los vecinos, invitar a Sugawara y Sawamura, a Natsu, Hinata y Kageyama, incluso decirle a Yaku y Lev.
Hay tantas cosas que me gustaría hacer, pero siento que aún si muero mañana mismo estaría bien. ¿Suena extraño? Es solo que presiento que la vida ya me ha dado tantos hermosos regalos. No puedo más que sentirme agradecido porque me haya permitido conocer el amor contigo, la amistad con Kuroo y la felicidad de ser querido.
No sé si pueda escribir otra carta, ya que solo me queda un sobre y aún hay una persona a la que me gustaría con todo mi corazón escribirle, así que ésta estaría siendo prácticamente la última. ¡La última, Akaashi! ¡Ni siquiera recuerdo cuántas he escrito! Es como si hubieran sido miles, pero todas valen la pena si se trata de ti.
Te ama por siempre y para siempre, Bokuto Kotarou.