Snk pertenece a Hajime Isayama.

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El cielo del atardecer creaba una pátina dorada, que refulgía con la humedad que reflejaba el pasto. Historia caminaba despacio. Acompañada de su viejo compañero, que parecía algo preocupado. Dirigió sus ojos hacia él algo confusa. Cada dia que pasaba le notaba más ausente. No era la primera vez que había sido enviado allí por orden de la actual comandante. Junto al resto de sus compañeros. Pero era la primera vez que venía sin ellos.

- No has venido a ayudar en el orfanato, ¿cierto? - murmuró mientras observaba lo que parecía la figura de Floch en la lejanía vigilando.

- Hace tiempo que sabía que tenía que hablar contigo.

- Tienes razón, hace mucho tiempo que no hablamos.

- El gobierno quiere que finalmente te hagas con el poder del titán bestia – sus palabras pesaban con cada sílaba – No están dando ningún tipo de alternativa para evitar esa situación, Historia. Puedes combatirlos o huir de aquí.

- Sabía perfectamente que no estaba aquí solamente para cuidar del ganado y de esos niños... Es mi cometido, no voy a esconderme – se giró hacia su interlocutor con una escueta sonrisa – Haré lo que sea necesario para mi isla sobreviva. Gracias por haberme protegido todo este tiempo. Eso me conmueve.

- No estoy de acuerdo con esa decisión.

- ¿Cómo?

- Voy a destruir a este mundo. Sin excepciones, aniquilaré a todos nuestros enemigos. Floch está al tanto de mis propósitos. Va a colaborar en ello.

- ¡Estás equivocado, Eren! ¡Esa decisión es horrible! Fuera de esta isla hay gente inocente, gente que no merece morir. Recuerda a tu madre.

- No hay otra opción. La única manera de acabar con este ciclo de odio sin fin es erradicarlo desde raíz. Fulminar a todo aquel que no forme parte de esta isla. - su voz sonaba algo tocada, cómo si aquella realización le costase más transmitirla a sus allegados, demasiado dolor en sus palabras - Te obligarán a tener hijos que se alimentarán de ti para heredar dicho poder. Un ciclo sin fin en el que tus descendientes se devorarán entre ellos. Es un final detestable.

- Si... si haces eso... No seré capaz de vivir con la culpa de haber sido responsable de semejante masacre. Durante toda mi vida...

- Si no puedes soportarlo, borraré tus recuerdos con el poder del titán fundador. - sus ojos no reflejaban ya el tono del atardecer, como si yacieran inertes – Tú me salvaste. La peor chica del mundo. - Recitó sus propias palabras como si recordase aquella escena con lástima de sí mismo - Tomálo como una compensación por el sufrimiento que te he ocasioando.

- Eren... - sus palabras se convirtieron en susurros – Si te apoyara...

- Aceptaré lo que decidas. Pero no podré hacerme responsable de las consecuencias.

- No tenemos demasiado tiempo, ¿cierto?

- El ciclo vital de Zeke acabará en un par de años. En cuanto obtengas su poder te obligarán a reproducirte. Probablemente más de una vez. Como si fueras una de los animales que has estado cuidando estos años. Así que no podré hacer nada en cuanto Zeke pise la isla.

- ¿Y qué tal si adelanto ese acontecimiento?

- ¿Qué quieres decir?

- ¿Y si me quedo ahora embarazada?

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- No creí que Historia se quedaría embarazada – suspiró Jean mientras dejaba la caja sobre el suelo – Había visto en alguna ocasión a ese granjero, pero no pensaba que estuviese teniendo una historia romántica con ella.

- Supongo que al estar sola la mayor parte del día con los niños habrá hecho que desarrolle interés hacia él cuando venía a ayudarla. Historia me dijo que lo conocía desde niña. - sonrió Sasha mientras comenzaba con el recuento - ¿Están todos los víveres?

- El capitán dijo que designarían a un encargado para el orfanato. Aunque supongo que Historia continuará viniendo a supervisar.

- ¿Crees que el gobierno realmente quería que ella se quedase embarazada tan pronto? - Connie se agazapó mientras se escondía entre las cajas intentando escaquearse – Había rumores en que planearían que se quedase embarazada después de comerse a Zeke.

- Yo oí a la comandante... hablando con el capitán – susurró Jean mientras miraba a su alrededor – Querían que abortase e interrumpir el embarazo para poder proseguir con el plan original. Pero Hanji-san se opuso. Podria hacer peligrar su vida y perderíamos el último remanente de sangre real. Algo así dijo.

- ¿Realmente Hanji-san estaba preocupada por eso? - frunció Sasha el ceño – Me cuesta creer que le preocupe tanto la descencia real.

- Probablemente, solo lo utilizó como excusa para proteger a Historia...

Los tres chicos permanecieron en silencio mientras reflexionaban acerca de los acontecimientos. Su comandante hacía lo imposible por protegerles. Por intentar prolongar su vida cuanto pudiera. Pero sabía que, llegado el momento, tendría que hacer una serie de concesiones. Sasha sabía perfectamente que ella ocultaba su relación con aquel marleyano siempre encerrado en una cocina. No le interesaba que se supiera que un soldado cohabitaba por las noches con uno de los voluntarios.

Pero, ¿cuánto duraría aquella idílica paz? A lo largo de aquellos años había comenzado a creer que realmente podría tener una vida placentera. Pero era mejor no perder de vista su auténtico objetivo. Barrió con la mirada aquel edificio reformado. Eren hablaba con Historia mientras Mikasa y Armin acariciaban su vientre.

Apenas destacaba pero aquella vida que albergaba en su interior, suponia un paradigma en aquella vida que les había tocado experimentar. A pesar de que aquel tipo de noticia implicaba una extrema felicidad. Su sonrisa nostálgica parecía indicar que aquel niño no había sido concebido en el momento que ella más hubiera deseado.

- Sasha, deja de escaquearte. El capitán está acabando de revisar los caballos, si te pilla te obligará a correr veinte veces por todo el cuartel – Rió Connie mientras volvía a sus quehaceres.

- ¿Hanji-san vendrá a ayudarnos despues?

- Zackley la tiene recluida discutiendo la situación de Historia. Supongo que tienen que designar una zona segura para protegerla hasta que podamos capturar a Zeke y traerlo a la isla.

- Parece una responsabilidad demasiado dura.

- Dejad de vaguear y acabad con esas cajas – la voz de aquel hombre bajito resonó tras ellos, como si de un hechizo que les convertía en piedra se tratase – Cuando acabéis quiero que os subáis al tejado y arregléis la zona este. Hay goteras. Después iremos al puerto, hay que revisar el barco que nos llevará a Marley dentro de un mes. Lo quiero reluciente antes de que acabe el día. Así que daos prisa. Iré a revisar la escolta de Historia hacia esa maldita granja. Quiero todo acabado cuando vuelva.

- ¡S-sí, capitán!

Los tres chicos hablaron al unísono mientras se incorporaban de golpe. Su corazón se aceleraba cuando él emitía una orden. Aquel estoico hombre sabía imponer su presencia. Demasiado bien. Como si hubiera nacido con aquella capacidad de hacer que cualquier humano temblase en su presencia. Solamente parecían inmunes aquellos pequeños niños que pronto le alcanzaban en altura y que parecían no tomarle en serio.

Su capitán parecía algo molesto mientras uno de ellos toqueteaba el arnés de su uniforme y otro se sujetaba a una de sus botas. Resopló y continuó hablando con los soldados que estaban guardando los enseres de Historia en el carruaje.

Es una escena bastante divertida, pensó Jean. El pequeño hombre volvió a inclinarse intentando zafarse del agarre de aquellos niños, cuando una niña más pequeña que el resto corrió hacia la encinta a abrazarla. Debe ser duro para ellos, llevan mucho tiempo viviendo con Historia. La niña comenzó a llorar desconsolada, articulando algo ininteligible.

El resto de niños parecieron contagiarse de dicha tristeza y comenzaron a suplicar que no les abandonase. Muchos de aquellos niños jamás llegarían a tener una familia. Y tal vez aquella mujer de cabellos dorados fuese lo más parecido a una madre que conocerían jamás.

De repente, algo llamó su atención. Mientras el resto de niños lloraba entre los brazos de su compañera, su capitán dirigió una mano hacia la cabeza de aquella niña pequeña, acariciándola con cuidado. La chica alzó su cabeza diciéndole algo y un extraño amago de sonrisa nostálgica pareció emerger de sus comisuras. Se agachó frente a ella mientras no paraba de acariciar su cabeza. Parecía estar contándole algo.

La chica asintió y sonrió mientras acercaba las palmas de sus manos a las mejillas del pequeño hombre.

- ¿Me prometes que nos devolverás a la hermana Historia? Ella es todo lo que tenemos. ¡Cuidaremos del bebé entre todos! Seré mayor para cuidar de otro más de nosotros. Promete que no nos quitaréis a nuestra familia...- murmuro triste.

- Prometo... - levantó su dedo meñique hacia ella en pose confindencial – Prometo que tendrás a tu familia cuando todo esto acabe.

Jean se quedó algo atónito mientras observaba como aquella niña pequeña hundía su cabeza en el pecho del capitán y seguía llorando. Por un momento creyó que la pequeña acabaría siendo rechazada, pero parecía mostrar un aspecto mucho más comprensivo de lo habitual. Al fin y al cabo a lo largo de aquellos años, Historia se había convertido en una más entre aquellas paredes. No podían olvidar su presencia tan fácilmente.

Algo extraño cruzó su mente mientras la niña no soltaba la mano de su capitán, como si al soltarla él faltase a su promesa. El grupo de niños no se alejaban de aquel carromato que se llevaría a Historia. Pero aquella niña tenía algo que le resultaba familiar. Parecía sonreir con tristeza mientras se enjugaba sus lágrimas contra el puño de su camisa. Su cara parecía algo sucia por haber llorado sin consuelo.

El pequeño hombre volvió a inclinarse hacia ella y le limpió la cara con un pañuelo. Llevaba años siguiendo al capitán Ackerman, y era la primera vez que lo observaba preocuparse tanto por una niña cualquiera. ¿Una niña cualquiera? De nuevo le asaltaba aquel pensamiento. Aquella sonrisa le parecía muy similar. Su capitán volvió a acariciarle la cabeza y se alejó dirigiéndose a otros soldados mientras continuaba cargando cosas en el carro.

La niña asintió y se acercó al resto de niños mientras continuaban realizando sus tareas. Se recogió las mangas hasta los codos y buscó un pequeño cordel en su bolsillo. Deslizó su cabello hacia atrás y lo recogió en una coleta alta. Por un momento tuvo una sensación de dejà vu. Aquella niña sonriente con el cabello recogido tenía un rostro demasiado parecido a alguien que ya conocía. Pero no estaba seguro si aquellas imaginaciones eran meras conjeturas. Sus ojos volvieron a dirigirse hacia su capitán y luego hacia sus compañeros que parecían no haber reparado en la pequeña niña.

Debo estar teniendo alucinaciones.

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Sacos cargados con víveres suficientes para los días que duraría la travesía. Aquel peso era colocado sobre su hombro con cuidado; el suficiente para no dañar sus lumbares, pero permitiéndole avanzar con premura. Armin suspiró mientras continuaba llevando aquella carga hacia las bodegas. No estaba seguro si aquel peso era más lacerante debido a la densidad de aquellos sacos o al nerviosismo que suponía aquel viaje.

Los meses habían pasado demasiado rápido desde el momento en que supieron que debían ir a visitar el país vecino. De incógnito, bajo la apariencia de unos simples comerciantes explorando nuevo género que exportar. No podían llamar la atención, y debían reunirse en secreto con algunos de los operantes que les podrían brindar el armamento necesario para defender su isla y prosperar. Pero nada les aseguraba que aquellas millas que recorrerían atravesando el mar les depararían buenas noticias. ¿Acaso ellos eran realmente los elegidos para demostrar aquello que hace dos mil años no habian podido corregir? ¿Qué era distinto? ¿Qué había cambiado en los últimos dos mil años?

Prácticamente nada. Y esa realidad le golpeaba a cada segundo de su existencia. Se habían mentido a sí mismos, ingenuos creyendo que poder tener el control del titán fundador les aseguraba una ofrenda de paz. Pero aquella ilusión se desvanecería en breve. Y sus palabras tendrían que variar. Dejar de ser meras banalidades sobre la admiración hacia el otro bando, y convertirse en amenazas. La única opción. La única...

- Armin, si pesan demasiado, deja que lleve yo los sacos de pólvora – la tajante voz de Mikasa le sacó de su ensoñación, cómo un recordatorio de que aún había esperanza – Aún queda mucha mercancía que guardar.

- N-no te preocupes. Me irá bien para ejercitarme – forzó una sonrisa mientras agarraba otro saco – Onyankopon nos dijo que serían necesarios para alimentar la fragua del barco para la ida y la vuelta. ¿Estás nerviosa, Mikasa?

- Este viaje... es realmente extraño. No comprendo demasiado bien porqué debemos ir. ¿No sería mejor quedarnos en la isla?

- No sabremos qué opciones tenemos si no observamos con nuestros propios ojos el otro lado.

- El otro lado... - la voz de Eren sonaba lejana pese a estar apenas a unos centímetros de ellos.

- ¿Hay algo que puedas recordar en tus visiones, Eren? - Mikasa intercedió mientras le arrebataba de sus manos un barril de pólvora.

- El único camino – finalizó mientras se introducía en el barco de nuevo.

- Eren lleva un tiempo demasiado raro – las manos de la chica temblaban mientras intentaba mantener su compostura – Como si...

- Hubiera cambiado. No debes preocuparte, Mikasa. - le dedico una sonrisa triste hacia su vieja amiga - Él soporta una carga demasiado grande. Al fin y al cabo es nuestra moneda de cambio. Es un destino que carga desde que nació. Tal vez le esté costando asimilar.

- Aún asi...

- Deja de preocuparte. Simplemente disfruta del viaje. Es la primera vez que vamos a otro país. Seguramente no sea el último que visitemos. Al fin y al cabo el ejército de exploración siempre se ha caracterizado por investigar lo desconocido, ¿no?

- Tienes razón. Tal vez estoy pensando demasiado.

Tal vez se mentía a sí misma o aquella extraña inseguridad que la apoderaba no dejaba de coexistir con su presencia. Pero mientras observaba la figura de Eren colocando una caja en una esquina de la bodega no dejaba de apresarla un terrible presentimiento. Auténtico y puro terror.

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- Está hecho de una sustancia helada. Suele hacerse con diversas frutas o especias. Además-

- ¿Masticar hielo? Es una auténtica locura Nicolo, los marleyanos estáis locos - bufó Jean.

- La verdad es que es un dulce bastante popular en muchos países – añadió el cocinero mientras terminaba de contar los víveres a almacenar.

- Cuéntame más de esa cosa llamada helado, Nicolo – los ojos de Sasha rezumaban interés mientras obviaba sus obligaciones - ¿Cómo se come esa cosa?

- P-pues es como una masa helada que se derrite mientras la comes.

- Si se derrite porqué comerlo frío – frunció Connie el ceño – No tiene ningún sentido. ¿Te rompes los dientes mientras lo comes?

- ¡No, no! Se derrite porque al estar hecho de leche...

- ¡Acabas de decir que era hielo con sabor! - interrumpió Jean.

- Es frío pero no es hielo. Es una masa helada con sabor a frutas que se derrite y...

- ¿Podremos comer cuando estemos en Marley? ¿Créeis que el capitán nos dejará probarlo? Quiero comer todos los sabores...

- Eso es peligroso, Sasha. El helado podría congelarte el cerebro.

Y el silencio reinó entre los ruidosos reclutas. Aquellos tres se miraron extrañados entre sí con confusión. Nicolo les había hablado de muchos manjares a lo largo de aquellos últimos años. Pero no imaginaban que uno de aquellos productos sería capaz de asesinarlos. Como si de un veneno potente se tratara que atacase a sus cerebros impidiéndoles moverse para siempre.

- El helado... es peligroso...

- Nunca creí que moriría comiendo un postre – Sasha temblaba con cierto aire de ansiedad.

- ¡Agh, no! - volvió a interceder Nicolo – Los helados son postres populares y deliciosos. No matan a nadie. Pero comer demasiado rápido algo helado puede dar dolor de cabeza. Así que será mejor que no os excedáis. Jean, Connie; cuento con vosotros para detenerla si intenta comer varios a la vez.

- No te preocupes – ambos hombres dirigieron su puño hacia su pecho con orgullo – Puedes contar con nosotros.

- Id con cuidado en Marley, pero volved. Me aseguraré de tener la cena hecha – sonrió mientras acariciaba la mano de Sasha con disimulo – Un enorme estofado de ternera.

- ¡Si le dices eso no conseguiremos zarpar nunca, Nicolo! - estalló a reír Connie mientras palmeaba su espalda.

- Sasha seguramente volverá nadando en busca de su plato. No hará falta ni que se suba al barco – continuó Jean.

- ¡Oh, si, Nicolo! Recuerda echar un buen trozo de carne para mí. Espero un plato enorme cuando volvamos – sonrió la joven soldado mientras se dirigía al cocinero.

La chica depositó un beso en su mejilla y continuó riendo mientras verborreaba acerca de aquella masa helada que se derretía en su paladar. Asió un saco de patatas y se introdujo en el barco continuando con sus tareas. Nicolo sonrió de costado mientras volvia a sus habituales recuentos. Sabía que era un mero rehén retenido contra su voluntad. Pero después de tantas experiencias con aquellos soldados había comenzado a olvidar los grilletes invisibles que ocupaban sus tobillos. En aquella primera incursión en su tierra de origen le quedaba vetada su presencia.

Pero deseaba ardientemente sostener la mano de aquella muchacha y enseñarle por sí mismo las calles que recorría cuando era pequeño. Tal vez, en algún futuro, cuando aquella guerra acabase, crear su propia familia y su hogar. Dentro de aquellas pequeñas murallas.

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La brisa arañaba estribor, resultaba agradable aquella sensación salada que era transportada a través del viento. Armin sonreía satisfecho. Había viajado en barco anteriormente, cuando acompañaba a su abuelo a pescar en los ríos cercanos. Pero la sensación era distinta.

Aquella inestabilidad, la dificultad de mantener el equilibrio sobre la cubierta. Sin duda era distinto. Durante unos instantes, mientras contemplaba el vasto océano rodeándole se preguntó si sería la última vez que podría hacer aquel tipo de viaje. Tal vez su destino imparable no le guiase hacia una placentera vida en lo que le restaba, viajando a través del mundo y conociendo aquellas tierras que describian sus libros. Quizás su verdadero sino le sumiría en una muerte lenta y solitaria. Sin poder ser acompañado de aquellos que habían provocado que el desarrollara sentimientos incomprensibles.

Giró sus talones mientras observaba la cabina de mando, Onyankopon alzó una mano saludándole. A pesar de que él mismo se había presentado voluntario en aquella expedición, tener que observar cómo Jean tenía que apuntarle con un arma mientras era su transportista le partía el corazón. Se acercó con cautela mientras indicaba a su compañero que descansase.

- Disculpa por tener que mantenerte así. Tampoco es agradable para nosotros – musitó mientras observaba aquella cadena atada al timón – Si necesitas estirar las piernas o ir al baño te acompañaremos.

- Comprendo la situación. La comandante me dijo que mientras estábamos en alta mar no podía obviar las órdenes del gobierno y era por nuestra propia seguridad. Cuando lleguemos a Marley no puedo separarme de ella ni del capitán. Es una orden fácil de asumir. En cierta manera me siento como si tuviese escolta y fuese un alto aristócrata – sonrió de costado.

- Me alegra que seas optimista – Se sentó junto a Jean que parecía aburrido de observar aquella sala llena de interruptores y maquinaria extraña - ¿Dónde está Hanji-san?

- Poco después de embarcar bajó con el capitán a las turbinas. Iban a alimentar los hornos de carbón – bostezó Jean mientras se recostaba hacia atrás.

- Se que el capitán es fuerte y vuestra comandante también, pero tal vez sería conveniente un relevo – insinuó el hombre de tez oscura – La zona de la fragua es terriblemente caliente, es extasiante para cualquier ser vivo permanecer allí más de veinte minutos.

- En tal caso, bajaré yo – Armin se incorporó mientras Jean le detenía sujetando su camisa.

- No, bajaré yo. Seguramente estés deseando aprender a pilotar esta máquina. Y necesito moverme un poco.

- Gracias Jean.

El joven muchacho anduvo durante unos minutos buscando las escaleras que bajaban a la zona inferior. Tal vez aquel medio de transporte no fuese demasiado grande, pero aquellos estrechos pasillos eran laberínticos. Cada puerta que abría le hacía temer que pudiese encontrarse a alguna de sus compañeras cambiándose.

Después de varios intentos encontró finalmente una indicación que parecia dirigir su camino. Abrió con cuidado y un pequeño bulto le impidió avanzar. Se asomó por el resquicio y se encontro a una de sus compañeras sentada junto a la pared algo pensativa. Su rostro apoyado en sus piernas y una expresión algo solitaria.

- Mikasa, ¿qué haces aquí? ¿No estás con Eren? - giró su rostro a ambos lados de aquel pasillo que se dividía en dos, buscando al eterno acompañante de la chica.

- Eren quería descansar y está en su camarote. No sabía que hacer, este barco es ruidoso y no me agrada demasiado.

- Armin está en la sala de control.

- Ya veo. Tal vez deba subir arriba – parecía confusa, sin saber realmente cual era su destino.

- Voy a bajar donde se encuentra el motor. Los superiores están alimentando los hornos. Les daré el relevo – sus mejillas se sonrojaron un poco - ¿Q-quieres venir? Debo reconocer que será menos duro si no tengo que cargar esos sacos de carbón a solas.

- Tal vez sea interesante hacer algo más que esperar entre estas paredes.

- Hanji-san y el capitán Levi han estado alimentando el motor desde que zarpamos. Será mejor que descansen un poco.

- Sí, tienes razón.

- Últimamente... - intentó expresar mientras buscaba fuerza en sus palabras – Últimamente no suelo verte junto a Eren... Quiero decir, vosotros siempre estáis juntos...

- Eren tiende a aislarse mucho desde hace algún tiempo. Lo respeto – articuló sin apenas expresión en su rostro, sus pasos continuaban guiándola hacia adelante como si de un autómata se tratase. Sin pausa – Sobrelleva una dura carga que acabará con su vida en breve – sus palabras tornaban más tristes con cada sílaba pronunciada.

- ¡Menuda excusa absurda! - bufó con sorna, sus dedos se cerraban contra su palma con ira – Armin también heredó el poder de un titán y no nos ha ignorado durante estos últimos años.

- Tal vez él no pueda aceptarlo tan fácilmente y la distancia le ayuda a sobrellevar este lastre – comentó apenada.

- Eren es un capullo – finalizó.

- No es correcto que hables así de él, Jean – le miró desafiante.

El joven chico se detuvo tras ella, sus pies les habían guiado hacia la entrada de aquella sala. Volvió a cerrar sus puños y habló de nuevo. Sus mejillas algo tiznadas de carmesí mientras la miraba a los ojos.

- No te merece.

- ¿Cómo? - exclamó algo confundida.

- Si Eren no existiera, estoy seguro de que yo-

Sus palabras fueron detenidas en un instante. Mikasa arrojó una de sus manos sobre su boca y se giró de nuevo hacia la puerta entreabierta de la sala de calderas. Dirigió un dedo hacia su boca y le instó a permanecer en silencio. Jean parecía confundido mientras se agazapaba detrás de ella. ¿Hay algún enemigo?

La chica negó y se agachó sobre el suelo mientras empujaba ligeramente la puerta. La luz del fuego del interior le permitían observar lo que sucedía adentro. Perfectamente iluminado. Su capitán estaba cargando carbón dentro de un horno colosal, mientras su comandante arrastraba unos sacos hacia la esquina. Aquel extenuante ejercicio había hecho que aquella mujer refulgiera iluminada por las perlas de sudor que se escapaban de sus poros. Su camisa desarreglada y empapada. Su capitán presentaba un aspecto muy similar mientras continuaba cargando con aquella pala.

- Tal vez deberiamos proponerle este método de entrenamiento a Shadis – bromeó Hanji – No creía que pesasen tanto.

- Tché. Tal vez estés perdiendo tono muscular de estar sentada en ese escritorio todo el día.

- Ja, ja, ja, Puede ser – su sonrisa se volvió meláncolica mientras depositaba el saco en una esquina y se giraba hacia el hombre - ¿Tú que crees, Levi?

- ¿Sobre qué?

- ¿Realmente esta visita servirá de algo? Onyankopon ha estado dispuesto a ser nuestro guía. Pero creo que lo que oiremos allí cuando lleguemos, no será agradable – dirigió sus pasos hacia el hombre mientras contemplaba las llamas ardientes.

- Es algo que ya sabíamos. ¿Realmente estás tan preocupada? - su mano se alzó para acariciar la cara de la mujer, cuando se detuvo por unos instantes, dirigiendo una mirada a su costado hacia la puerta tras la que se escondían sus subordinados.

- ¿Qué ocurre? - se giró hacia el sitio de su mirada, encontrándose con la puerta que estaba previamente entreabierta completamente desierta.

- Ratas – mintió mientras terminaba de cerrar la puerta del motor – Onyankopon dijo que abundaban en el barco.

- Probablemente solo busquen calor. Este horno ha convertido esta sala en un infierno – sonrió mientras señalaba su camisa empapada en sudor.

- Sí, lo es.

- Hey, Levi.

- ¿Qué?

- Gracias por estar siempre – sus brazos rodearon con delicadeza al pequeño hombre mientras se inclinaba hacia él, su cabeza reposando sobre la frente de él – Tal vez no te lo digo lo suficiente, pero tu apoyo es vital para mí.

- También lo es para mí – le devolvió el abrazo en respuesta.

Jean miró a Mikasa mientras ésta le retenía contra la pared, impidiendo que volviera a asomarse sin cuidado. Procedió a abrir su boca para expresar algo, cuando su compañera volvió a taparla con su mano, increpándole guardar silencio. Confuso, dirigió una mirada rápida a ella que le correspondió con una extraña y solitaria sonrisa. Cómo si aquella escena no fuese algo desconocido para ella. Ambos muchachos volvieron a asomarse. Aquella extraña pareja continuaba en aquel abrazo sin fin.

Hanji acariciaba las mejillas de su capitán mientras él no perdía la vista de ella. Sus manos descansando sobre la cintura de la mujer.

- He oído a Nicolo hablar a los chicos de un alimento que te congela el cerebro, ¿no te causa curiosidad? - su aliento penetraba el de él mientras su nariz rozaba su rostro.

- Dudo que haya ninguna sustancia capaz de detener tu maldito cerebro... - finalizó mientras dejaba que se fusionasen sus labios.

Hanji besaba con timidez la boca de su subordinado. Parecía algo cansada, solamente dejando que sus labios se posaran sobre su boca como un beso tierno antes de dormir. Una escena parecida al tipo de beso que había observado en sus padres cuando era más pequeño. Al saludarse en el desayuno, o antes de ir a trabajar.

Su capitán dirigió otra mirada hacia ellos mientras localizaba su posición. Volvió su vista hacia la mujer y cerró sus ojos con fuerza profundizando aquel beso. Ella pareció algo sorprendida al principio, pero pareció dejar que continuase mientras dejaba que sus brazos descansasen alrededor de su cuello, mientras la mano de él, ascendía hasta su espalda. Dejando que su boca explorase la de ella como si ansiase cada vez más de aquellos inexistentes centímetros que les separaban.

- Será mejor que te quites eso, estás sudando – indicó el pequeño hombre mientras reclamaba algo de espacio hacia ella – La zona de la esquina no está tan caliente... todavía. Descansa ahí. Ese maldito fuego debería durar varias horas sin necesidad de alimentarlo. Túmbate un rato mientras se seca tu ropa - le indicó mientras le daba la espalda y se dirigía a la puerta.

- ¿Dónde vas, Levi? - preguntó extrañada mientras se soltaba el pelo y comenzaba a desabotonarse su camisa.

- Creo haber visto a más ratas pululando. Voy a cerrar la puerta para que no molesten. O acabaré arrojando a esos pequeños roedores dentro de ese maldito horno.

El pequeño hombre se acercó con paso imbatible hacia el pomo, lo agarró con fuerza y sacó su cabeza hacia el exterior. Frente a sí, se encontraba uno de sus mejores tiradores, Jean, con una apariencia asustada mientras retrocedía hacia atrás arrastrando sus pies por el suelo. A su lado, Mikasa permanecía desafiante mientras sonreia de costado burlona.

Comenzó a mirar hacia ambos costados buscando al resto de subordinados perezosos que hubieran pretendido espiarles, pero solo encontró a esos dos. Frunció el ceño con agresividad y agarró del cuello al chico que permanecía agachado en el suelo, intentando escapar inútilmente.

- Cómo vuelva a veros a cualquiera de vosotros deambulando por aquí sin que yo os lo haya ordenado me aseguraré de que hagáis el resto del viaje con los peces – exclamó con aspereza – Si tan aburridos estáis podéis sacarle brillo a toda la cubierta. Quiero ver mi maldita cara reflejada en el suelo.

Mikasa sonrió levemente y dió unos toques en el hombro a su compañero para salir de allí. Mientras andaban alejándose, el sonido de una puerta cerrándose les indicó que su comandante y su capitán permanecerían allí encerrados un buen rato y sería mejor no interrumpirlos durante todo aquel espacio de tiempo.

- I-inaudito... - consiguió expresar el chico mientras dirigía una mano hacia su pecho comprobando que aún tenía pulso – Por un momento creí que me sacaría la traquea por el trasero...

- Hubiera sido un espectáculo grotesco – comentó impasible – Tal vez deberíamos revisar la bodega, Sasha seguramente habrá intentado atacar las provisiones y dudo que Connie sólo pueda con ella. Después podríamos volver a cubierta y-

- No cambies de tema, Mikasa. ¿Acaso no te sorprende? Hanji-san y el capitán...

- Debemos darnos prisa en volver o seremos castigados – esquivó la pregunta.

Jean frunció el ceño y se adelantó a la chica, deslizó un brazo por delante de ella y lo estampó contra la pared. Confrontándola mientras requería respuestas de aquella escena. Y su instinto le decía que no era la primera vez que aquella mujer visualizaba aquella escena.

- Tú lo sabías.

- Te confundes, Jean.

- No mientas, ni tan siquiera te ha temblado el pulso cuando les has visto. ¿Te han pedido que guardes el secreto?

- No.

- ¿Les habías visto alguna vez besarse asi acaso?

- He visto lo mismo que tú, Jean. No me interesa demasiado lo que decidan hacer en su intimidad esos dos. Será mejor que volvamos con los demás antes de que el capitán decida algún otro estúpido castigo.

- Ellos saben que los hemos descubierto, y parece que les daba igual. Si lo sabías, ¿por que decidiste guardar el secreto? Sabes que no es la primera vez que hablamos de ello.

- No lo sé, supuse que era decisión suya si confesaroslo o no.

- ¿Ellos te lo dijeron?

- No... Me enteré de una manera similar a ahora.

- ¿Desde cuando lo sabes?

- Un par de años tal vez. Tras la primera incursión en el puerto.

- ¿Y no te impresionó? - bufó mientras rememoraba aquella escena que no se borraba de sus retinas – Honestamente, me cuesta imaginar al capitán siendo tan... apasionado. Creí que sería alguien mucho más frío.

- Fue una escena algo chocante. Pero supongo que de alguna forma lo intuía.

- Las bromas de Connie y Sasha no iban tan desorientadas. ¿Crees que ellos llevan mucho tiempo...? - volvió a dirigirse a ella.

- No lo sé. Nunca me han hablado de ello abiertamente. Tal vez sea lo más adecuado.

- ¿Lo más adecuado?

- No estoy segura acerca de ello. Pero creo que a veces olvidamos que ellos llevan muchos más años que nosotros vistiendo este uniforme. No se cuando empezó esa relación, pero posiblemente mucho antes de que nosotros los conociéramos. Y aún asi, se cohíben. Delante de nosotros siempre están en primera línea de batalla. Debe ser difícil confrontarte con la idea de que la persona a la que aprecias podría fallecer en cualquier momento – sus ojos parecían inertes, pero la carga de sus palabras era demasiado pesada.

- Lo siento... No había pensado en esa posibilidad. - Jean se mostró pensativo mientras parecía rememorar una escena pasada – Si hace cerca de ocho años que están juntos... ¿Crees que alguna vez...? Quiero decir... E-e-e-e-ellos son mayores que nosotros... así que supongo que...- dubitó.

- No te comprendo, Jean.

- Verás, hace unos meses... cuando fuimos a ayudar a Historia en el orfanato, había una niña... Hablaba con el capitán. Era la única a la que él se dirigió personalmente. Por un momento me recordó a Hanji-san. ¿Crees que...?

- ¿Una niña? - su compañera pareció algo sorprendida, sin duda aquella información era nueva para ella, y hacía que las acciones que había observado en ellos últimamente adquiriesen más sentido - ¿Estás seguro? - insistió.

- Tal vez solamente fueran imaginaciones mías.

- El capitán y la comandante no suelen visitar el orfanato de Historia.

- Tal vez por eso no lo hagan – increpó Jean de nuevo – Si esa niña se acostumbra a ellos terminará reconociendo sus propios rasgos en la comandante. Será más duro para ella si se percata de que sus propios padres la evaden.

- ¿No crees que es demasiado duro? Dejar atrás su vida, su relación, su propia hija y continuar con sus responsabilidades. Es demasiado triste. No puedo imaginarme hacer algo así.

- ¿Darías prioridad a tus anhelos, Jean? ¿Priorizarías tener una familia frente a tu deber?

- Llegado el momento, se que sería dificil mantener la frialdad para tomar la decisión correcta – una sonrisa se dibujó en su rostro – Aunque no estoy seguro de si realmente podré llegar a tener hijos. Probablemente el capitán intente castrarme después de haberle visto besar a la comandante.

- Considérate afortunado – sonrió Mikasa con picardía mientras se dirigía a él – Al menos tú no tuviste que ver al capitán desnudo mientras la comandante roncaba abrazada a su pecho.

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La travesía había sido larga. Más de lo que hubieran esperado. Alrededor de una semana encerrado en aquella escueta plataforma flotante. Eren permanecía impasible mientras se asomaba por la cubierta. Podía vislumbrar el puerto al fondo. En pocas horas llegarían.

Realmente, no era la primera vez que visualizaba aquel mismo puerto. En su mente atronaban decenas de recuerdos pasados y futuros. Que se mezclaban impidiéndole tener una visión más clara. Pero que comenzaba a ordenarse conforme pasa el tiempo. Al principio aquellas mismas visiones se solapaban. Como un sueño etéreo infinito. Durante breves instantes no estaba seguro de que sería realmente lo que verían sus ojos. Cuáles de aquellos recuerdos eran de sí mismo. Cuáles había obtenido mediante su poder latente que le conectaba con el resto de habitantes del pueblo de Ymir.

Ninguno parecía cierto. Ninguno parecía falso. Si presionaba sus párpados con fuerza podía imaginar un futuro distinto. Un pasado distinto. En el que ninguna de aquellas visiones fuera cierta. En el que todos su anhelos fueran verdad.

Una mano rozó la suya a través de aquella barandilla. Era cierto, no estaba sólo. A su alrededor, sus compañeros durante los últimos años observaban maravillados aquellas embarcaciones hacia las que se aproximaban. Sasha volvió a rozar su mano sin percatarse mientras señalaba una gaviota que sobrevolaba cercana a ella.

En cierta manera les envidiaba. Y al mismo tiempo sentía lástima. Conocía el minuto exacto en el que el corazón de cada uno de ellos dejaría de latir. La única manera de preservar aquellos latidos durante un tiempo más largo era continuar con su plan. Aunque, no todos aquellos corazones serían salvados.

Se giró hacia cada uno de ellos, deteniéndose en sus rostros, estupefactos y sonrientes. Expectantes. Hablando acerca de manjares que eran despreciables en comparación a la última lucha que emergería en breve. ¿Qué importaba todo aquello? Nada. Absolutamente nada. Su rostro volvió a dirigirse hacia el vasto océano.

Durante el tiempo que había visualizado aquellas aguas cristalinas, un pensamiento le devolvía a su sien constantemente. Por mucho que avanzase en ellas, no había fin. El horizonte continuaba sin descanso, como una cinta unida a sí misma por la que navegaba. ¿Era aquello realmente la libertad? ¿O seguía vagando sin rumbo por sus sueños?

Una última mirada hacia sus compañeros. Una chica de origen asiático que parecía sonrojada por el tono del atardecer. Un joven de cabello rubio que sonreía mientras dilucidaba sobre la arquitectura de aquellas zonas. Aquel que había destacado en estatura sobre él, pero al que tal vez más admiraba por mantenerse fiel a sus ideales. Aquellos dos que andaban siempre juntos y que parecían haber crecido como hermanos. Y sus oficiales. Que pese a no mostrar nada en público, conocía perfectamente aquel hilo rojo que permanecía uniendo sus dedos. Y que sería cortado por su propia mano.

Sabía que su decisión les traería demasiado sufrimiento, pero debía acometerla para conseguir su objetivo. Sus vista se volvía difusa mientras sus visiones comenzaban a atacar de nuevo sus sienes.

Lo siento.

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Tal y como les había dicho, aquella sustancia se derretía dentro de su paladar. Con un sabor dulce y frío. No estaba segura de en que clase de circunstancias aquella nación ingería aquel producto. Pero probablemente fuese muy aconsejable en estaciones con altas temperaturas.

Mikasa se acercó hacia Eren con uno de los helados en su mano, intentado que aquella nostálgica mirada desapareciera durante al menos unos instantes. Sus compañeros a su espalda gritaban de alegría mientras no paraban de consumir aquella masa dulce y helada. Conocía bien sus limitaciones desde que entró en el ejército. Pero no creía que pudiese olvidar tan fácilmente que apenas tenía dieciocho años.

Eren permanecía absorto en sus pensamientos, cómo siempre. Aunque en sus ojos se reflejaran las ondeantes siluetas marinas que transportaban veleros de crucero, sabía que lo que realmente mostraban no era aquella realidad que habitaban.

Durante unos segundos sintió una leve irritación en su cabeza, cómo si aquel dolor lacerante que le penetraba las sienes en ocasiones volviera. Poco a poco conocía mejor aquella extraña preocupación. Que había iniciado desde que era niña, y a través de los años se había incrementado. Poco a poco podía diferenciar aquella palabra que crecía desde hacía tiempo, pero el temor a la misma le hacía imposible pronunciarla.

- Deberías probarlo, Eren. Es delicioso – sugirió mientras le acercaba aquella galleta cubierta de helado.

Sus penetrantes ojos la atravesaron cómo si pudiese leer a través de ella. Algo tristes y pensativos. Él se inclinó hacia ella dispuesto a probar aquel postre, cuando algo reclamó su atención. Su capitán sujetaba la mano de un niño. Alguien que le resultaba familiar. Su mirada se volvió más triste mientras identificaba al pequeño entre una de sus más dolorosas memorias. De nuevo aquel sentimiento de culpa. Su capitán mantenía agarrada la mano del niño y discutía con los aldeanos a su alrededor.

Unas palabras hicieron que aquella sensación que le embargaba creciese. Demonios hijos de Ymir. De alguna manera aquel joven chico que robaba para cumplir un cometido y había emigrado tras perder su hogar era comparado con ellos mismos. Todo aquello que les era desconocido era considerado una amenaza. ¿Qué les diferenciaba realmente de ellos?

Demonios, humanos. No importaba el nombre que recibieran. Jamás cambiaría la situación.

Antes de que se diese cuenta, su capitán comenzaba a correr con aquel pequeño niño en sus brazos. Huir, era lo único que podía hacer. Era la única opción.

Mientras sus largas piernas le guiaban tras su capitán un solo sentimiento le asaltaba continuamente. La impasibilidad. Se sentía completamente impotente. Solamente dejando que aquellas memorias que revivia a cada instante delimitasen sus acciones. ¿Acaso había otra opción? ¿Acaso la persona que heredase su poder también tendría que revivir aquellas pesadillas?

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Originalmente quería incluir más partes en este capítulo, pero quiero dejarlas para el siguiente. Asi os daré un poco más de hype. Me alegra que queráis ver mas a Lia en acción. Seguirá apareciendo. Tengo varias escenas pensadas para ella y sus padres.

Dejad un comentario acerca de lo que os ha parecido. Espero poder traeros lo más pronto posible el siguiente.

¡Nos leemos!