Capítulo 10: La manzana de la discordia

El silencio era tenso. Muy tenso. Para que se den una idea: imaginen unas ligas de ejercicios super elásticas de esas que se usan mucho para ejercitarse, llegando hasta su punto más inestable y tenso. Así se sentía el ambiente dentro de la oficina.

Mirio estaba en silencio, con los brazos cruzados y la mirada ensombrecida. Estaba sentado en su silla ergonómica delante de su escritorio. Sabía que este silencio distante, denso e intenso entre nosotros dos era porque él quería una explicación.

¿Pero que creen? O sí, a Izuku Midoriya le comió la lengua un gato. Porque realmente no tenía ni la más mínima idea de cómo empezar a explicar toda esa acumulación de desgracias y de cómo ahora sentía que todo eso pudo haberse evitado sí solo hubiera sido más cauteloso o tenaz.

Pero heme aquí, sentado frente a Mirio y con el sentimiento de culpa carcomerme cada terminación nerviosa que tenía. Estaba apenado que la situación con Katsuki se había desencadenado en la zona más pública de la cafetería y de la manera más caótica e inverosímil. Sentía que estaba dentro de una de esas novelas baratas que encontramos en la televisión nacional.

-Estoy esperando una explicación, Midoriya.

Su voz reverberó en la silenciosa habitación. La voz profunda y siempre alegre de Mirio ahora estaba envenenada por un tono justificado de molestia y de frialdad. Yo solo pude encogerme en mi asiento y mirar mi regazo para evitar que sus ojos fríos me atravesaran más de lo que su trato lo estaba haciendo.

Mis pies empezaron a moverse instintivamente. Sabía que la ansiedad de toda esa tensión me estaba abrumando. Pero no me podía ir sin darle una explicación al rubio. Porque más que mi jefe, Mirio era como mi confidente, pero, sobre todo, era la persona que me gustaba y no quería que estuviera enojado conmigo.

-Midoriya…

-Yo – empecé a balbucear, pero no tenía ni idea que decir.

-Esta vez no quiero mentiras, ni evasiones, ni nada de ese estilo – dictaminó con tono firme – esta es la segunda vez que Bakugou viene a por ti y hace una querella aquí en la tienda. Necesito la verdad Midoriya.

-Mirio…

-No puedo saber a ciencia cierta qué tipo de relación tú y él tenían – siguió él – sé que no me has querido decir nada al respecto de su relación y he respetado en gran medida tu privacidad como amigo y como jefe.

Su voz sonaba cada vez más firme y molesta. Yo no quería mirarlo.

-Pero es la segunda vez que él llega a la tienda con una razón para acosarte. Y esta vez ha ofendido a mis clientes, al lugar y ha causado estragos que pueden afectar a mi negocio.

-Yo…

-Así que, por favor, Midoriya, dime cuál es la relación que ustedes tenían y por qué ahora Bakugou trata de buscarte.

-Pensé que ya lo sabías después de… - dije tímido.

-No puedo… - vi como por un momento como sus ojos se cerraban y una de sus manos se apretaban -, sabes que no puedo asumir nada, Midoriya.

-Lo sé – susurré en un hilo de voz.

-Te volveré a preguntar una vez más, ¿Qué relación tenías con Bakugou?

Sentí un escozor para nada agradable hormiguearme en el estómago. En estos momentos era en donde me daba cuenta de lo difícil que era hablar de la relación con Kaachan. No solo por lo intensa que fue, sino por aquel inédito encuentro en el que casi fui abusado.

-Yo…

A penas y pude balbucear. Era exasperante aquella sensación que me recorría el cuerpo. La mirada impaciente de Mirio se me clavaba en el rostro como una ventisca fría y salvaje.

-Él y yo estuvimos juntos en una relación, no puedo decir que éramos novios, pero era algo parecido.

Nos conocimos cuando yo trabajaba en archivología cuando tenía quince años, demasiado trabajo para un muchacho. Pero, sus padres sabían de mi potencial gracias a que hacía guardias incluso los fines de semana. Empezaron a verme de cerca y a tomarme como ejemplo para que él intentara tomar iniciativa para la compañía familiar.

Eso solo hizo que creará roces la primera vez que nos vimos. Durante mucho tiempo me odió, ya que le di vuelo a sus padres para que pudiera tomar iniciativa y en más de una ocasión trataron de hacer que nos lleváramos bien, pero Katsuki era difícil.

-Lamento que diga esto, Midoriya, pero no me interesa eso – Mirio sonó bastante disgustado – solo quiero saber qué tipo de relación llevan ahora.

-Oh, lo lamento, yo no…

- por favor, dilo.

Volví a mantenerme en silencio por un momento. La presión que Mirio ejercía sobre mí me estaba incomodando de una manera abismal. Sus ojos azules me miraban con mucho escrutinio.

Sin embargo, antes de que pudiera hablar Tetsu Tetsu abrió la puerta de par en par.

-Lamento molestar, Togata-san.

- ¿Qué necesitas, Tetsu? – interrogó en un tono tan frío que hubiera helado hasta al más valiente de todos – estoy en un asunto…

- ¿Qué asuntos más importantes debes tener como para no recibir a tu madre?

Sorprendido, voltee a ver a la mujer junto al chico de cabellos platinados. Llevaba un blazer cenizo, con una blusa blanca, pantalones de vestir y tacones. Como toda una socialité. No esperaba menos de ella.

-Ah, ya veo querido.

-Madre, no es momento.

-Tonterías, cariño – dijo ella dejando su cartera Fendi en frente de mí.

-Madre…

-Y tu… no recuerdo tu nombre – dijo ella mirándome fijamente.

-Midoriya Izuku, señora – me levanté de mi asiento.

-Sí, tu, tráeme un té de jazmín con dos de azúcar y un begginette – dijo ella sentándose mientras sacaba un pequeño espejo de la cartera – y que sea rápido muchacho.

-Mamá, no vengas a tratar aquí a mis empleados como…

-Togata-san, está bien- respondí rápidamente con una sonrisa – ya le traigo lo que pide, señora.

-Gracias, muchacho.

Y aunque me disgustaba mucho que la madre de Mirio no tuviera la intención de aprenderse mi nombre, me retiré. Pero antes de que pudiera cerrar la puerta, la voz de Mirio me desconcertó.

-Midoriya, aún tengo asuntos que atender contigo – me indicó el.

Yo solo pude asentir, lívido y nervioso. Un nudo se me formó en la garganta y cerré la puerta con una sensación de alivio inexplicable. Suspiré en el proceso.

- ¿Estas bien, Midoriya?

-Sí, Tetsu. No te preocupes.

Baje los escalones con tranquilidad junto a Tetsu. Por dentro estaba agradeciendo y odiando en la misma cantidad la presencia de la madre de Mirio. Pero no podía dejar de pensar en lo difícil y pesado que era estar dentro de la oficina del rubio. Mirio molestó parecía una contraparte de su yo alegre, como sí dos personas vivieran en un mismo cuerpo. De cierto modo causaba miedo.

Me adentré en la cocina y encontré a Eri junto a Shinsou. La niña estaba riendo mientras Shinsou hacia expresiones extrañas para la niña. Sonreí al ver esa parte inevitablemente torpe del pelimorado.

-Izu-san – dijo la niña mirándome, levantándose de donde estaba y abrazándose a mi pierna - ¿Esta bien? ¿Tío Lemi no lo regaño? ¿Le gritó?

-No, Eri, tranquila –la tranquilicé poniéndome a su altura y acariciando sus blanquecinos cabellos – solo discutimos algunas cosas, pero nada de qué preocuparse.

La niña solo sonrió de alivio y después fue a revisar uno de los hornos. Me acerqué a Shinsou mientras él me dedicaba una ceja enarcada.

- ¿En serio estas bien?

-Sí, Shinsou-kun – le reste importancia.

-A mí me parecía muy serio el asunto – comentó Shinsou mientras tomaba una tabla con una lista – ven ayúdame con el inventario.

-Pero, Kirishima-kun tiene que…

-Vamos, Midoriya, necesito una mano más.

Aunque no tenía intenciones de ir a ayudar, Shinsou se las apaño para arrastrarme hasta la despensa. Y ahí estaba Kirishima quien llevaba a cuestas dos gigantescas bolsas de harina. Nuestros ojos se cruzaron y lo único que pudimos sentir fue la incomodidad empañarse.

Shinsou nos mantuvo ocupados a cada uno por su lado, pero fue imposible no cruzar miradas o chocarnos de vez en cuando. Era increíblemente incómodo. Incluso Shinsou ya empezaba a sospechar que había algo ante tanta tensión y que la única voz que se escuchará fuera la de él.

Cuando ya llevábamos al menos la mitad de la lista. Shinsou se detuvo.

-Vuelvo en un momento. No se muevan de aquí – aclaró mientras salía de la despensa y cerraba la puerta.

Un silencio casi lúgubre nos envolvió a Kirishima y a mí. Ambos no podíamos mirarnos al rostro. Era simplemente vergonzoso. No sabía cómo afrontar nuestra relación luego de lo ocurrido en la cocina delante de Eri. De solo pensarlo sentía que la piel se me calentaba de penosidad.

Ninguno de los dos tenía la valentía de mirarse a los ojos. Y tampoco ayudaba que la despensa fuera tan estrecha. Todo se sentía tan rígido y lívido entre nosotros dos. Como un cadáver.

Solo hasta un rato después, Kirishima rompió el silencio:

-Midoriya, yo…

-Kirishima no tienes que disculparte – musité tratando de estar tranquilo.

-Sí debo. Te causé problemas con el jefe y…

Por un momento boqueo sin saber que decir antes de volver a proseguir.

-No quiero que nuestra relación se vea afectada por mi estupidez.

Yo me mantengo en silencio, pero esta vez lo miro. Sus ojos rojizos me miran arrepentido y con una mueca que no se descifrar. Yo solo siento arrepentimiento por tratarlo tan frío.

-Eijirou – digo en un hilo de voz tratando de sonar tranquilizador sin lograrlo.

-Midoriya, escúchame.

El suspira y vuelve a respirar profundo. Sus ojos me miran decididos y envalentonados.

-Midoriya… tú…

Empieza a balbucear. No estoy seguro de lo que va a decir, pero me siento nervioso ante la expectativa. Solo me hace sentir más ansioso en este lugar.

-Tú me…

Oh no. Mi mente va a mil por hora y siento que las orejas se me calientan. Sí estoy suponiendo lo que va a decir, no sabré como responderle. Pero sus ojos me miran decididos. Sus mejillas están ruborizadas. Su respiración trata de ser acompasada.

-Midoriya, me gustas.

Sí. Sentí un hormigueo en el estómago y los nervios subírseme a la piel como una ola gigantesca. Y aunque me sentía estupefacto y nervioso, sabía que eso llegaría.

-Entonces…

-Lo de hace rato solo…- Eijirou se mordió el labio inferior por un momento – sí estaba jugando, pero por dentro me sentía muy feliz.

Él sonrió genuinamente y no podía negar que se veía tierno. Sus ojos rojizos brillaban. Yo a penas y podía respirar ante esa confesión. Sentía la boca seca.

-Pe… pero… pero – tartamudeé.

- ¿Por qué tú? – terminó de decir Eijirou.

Yo solo asiento. Tímido. Eijirou suelta una sonrisa coqueta y juguetona. Se ve simplemente guapo. Estoy jodido. Jodido en muchos sentidos.

-Eres la persona más amable, linda, trabajadora y sonriente que he visto aquí – dijo con total tranquilidad mientras se acercaba a mi lado – la forma en la que tratas a la gente, tu sonrisa, tu risa, la forma en la que ayudas a todos…

Eijirou suspira con tranquilidad y después fija sus ojos en el estante de enfrente. Yo, por otro lado, siento que las piernas me tiemblan y que la vergüenza me está matando por dentro. El hormigueo de mi estomago se intensifica ante su cercanía. No sé cómo reaccionar ante sus expresiones dulces ni a su confesión. Estoy con la mente en blanco.

La cabeza me da vueltas y el pequeño ratón que hace girar los engranajes de mi mente se ha puesto patas para arriba y se ha quedado petrificado. Casi muerto. Estoy hecho un desastre por dentro y aun así sé que no puedo aceptar los sentimientos de Eijirou.

-Eijirou, yo…

-Midoriya, no tienes que decir nada – murmura con tranquilidad, apoyando su cabeza en uno de los estantes y cerrando los ojos.

Me mantengo en silencio. Observando como el rostro de mi compañero se mantiene sereno. Como si se hubiera liberado de un peso grande que tenía en sus hombros.

-Sé que te gusta, Togata-san.

Mis ojos se abren como platos. Lo miro y sus ojos rojizos me miran nuevamente. Esboza una sonrisa de lado. Es una mueca de disgusto. Siento que el calor me deja totalmente carmesí la piel y que las ganas de que la tierra me tragará volvieran a llegar a su punto más álgido en el día. Pasé de estar nervioso a estar histérico.

-Yo, yo… como…pero…tú…

-Izuku, aquí todos sabemos que te gusta Togata-san.

Yo solo siento que me voy a desmayar de la vergüenza. Me cubro el rostro para que no vea lo totalmente avergonzado y ruborizado que estoy ¿Acaso soy tan obvio? ¿Qué me habrá delatado? ¿Mirio lo sabría por lo demás? Ay no puede ser. Siento como si fuera a explotar en cualquier momento.

-Deber ser muy incómodo para Togata- san saberlo – respondí alicaído de solo pensar en cómo estaría Mirio.

-Bueno… en verdad, Togata-san es el único que no lo sabe.

- ¿No lo sabe? – increpé con el alivio emanándome de cada poro de mi piel.

Eijirou solo me negó con la cabeza mientras un suspiro de alivio salía de mí. De solo pensar que Mirio supiera mis sentimientos ya era una catástrofe. No quería arruinar la relación que teníamos con estos sentimientos. No porque tuviera miedo a decírselos, si no a las consecuencias que podía causar sí… Disipe aquellos pensamientos. No. No podía decírselo.

-Pero es mejor que lo sepa, Midoriya.

-No es fácil – contesté – no quiero que eso afecte nuestra relación. No estoy preparado para decírselo.

- Entonces, ¿seguirás escondiéndolo?

-Sí – respondí seguro.

- ¿Incluso si eso puede a llegar a afectarte?

-No importa lo que yo sienta. Es mejor no decírselo.

-Solo te advierto, Midoriya, que, si te guardas algo tan importante como eso, puedes tener consecuencias aún más grandes para ustedes dos – aconsejó Kirishima, tomándome las manos y mirándole los ojos rojizos.

-Gracias.

-Tío Lemi, ¿Qué haces en esa puerta?

Kirishima y yo nos sorprendimos. Sus manos se alejaron de mí. De repente la puerta se abre y dejan ver a una Eri abriendo la manija y a un Mirio totalmente lívido.

-Ah… hola muchachos, yo… solo…- estaba tartamudeando.

-Togata-san ¿Usted estaba escuchando detrás de la puerta? – interrogó Eijirou sin ninguna discreción.

- ¡¿Qué?! No, no, no, no, no – contestó el rápidamente mientras se rascaba la nuca – solo estaba buscando a Shinsou-kun. Necesitaba aclarar algunas cosas con él.

-Tío Lemi, entonces ¿Por qué tenías la oreja pegada a la puerta?

Mirio se coloró aún más y la expresión socarrona de Kirishima me daba una idea. Aunque no creo que fuera posible. Mirio no era de ese tipo de personas.

-Eh… bueno, nubecita… es que… estaba – empezó atropellando las palabras – estaba escuchando si había ratones cerca.

- ¿Ratones, Tío Lemi?

- ¡Sí, ratones! Así sabremos si se meten en la despensa o rompen alguna tubería, por eso quería hablar con Shinsou-kun…

-Oh, está bien – dijo Eri con tranquilidad.

La niña se acercó a Mirio y le tomó su mano.

-Vamos a buscar a Shinsou-kun.

-Está bien, nubecita – musitó él antes de mirarnos nuevamente – lo siento muchachos, sigan trabajando.

Luego de desaparecer por el pasillo, Kirishima y yo nos miramos muy extrañados.

-Eso fue muy extraño.

-jaja, sí claro. Muy extraño – respondió socarrón el pelirrojo.

- ¿Algo que quieras decir?

Kirishima me miró estupefacto y yo no sabía que mueca hacer.

- ¿en serio? ¿no te diste cuenta?

- ¿Darme cuenta de qué?

Kirishima me miró sorprendido. Luego soltó un suspiro cansado.

-No es nada, Midoriya. No es nada.

En verdad todo se torno extraño ¿Había algo en lo que me tenía que dar cuenta?


Notas:

Hola, hola. Aquí su desquiciado autor favorito, Mark.

Volviendo de las cenizas de la vida adulta, la universidad y la vida personal de esta nueva realidad en cuarentena. Que realmente todos odiamos.

Inicialmente quiero pedir disculpa a todos los lectores que ven esta historia, por tanta tardanza de este capítulo. Sé que es un capítulo muy corto a lo habitual de lo que escribo, pero durante estos meses han sido una constante lucha contra el bloqueo creativo, los trabajos pendientes y de la vida misma. Pero he aquí su capítulo y espero lo disfruten tanto como yo lo hago hacerlo.

El ligero guiño a Kirideku es como lo comente en mi nota en el anterior capítulo, es porque lo amo y en verdad me gusta esa pareja. Al igual que mi rubio sonriente junto a nuestro querido brocolí.

Sin nada más que decirles muchachos, disfruten el capítulo, feliz lectura y les mando mucho cariño psicológico.

¡Mark, fuera!