NdA: Después de dos Navidades, una pandemia, que Donald Trump se vaya de la casa blanca, vuelva Anonymous, nos amenacen los extraterrestres y yo entre en mi último años de carrera, a las puertas de 2021: ¡Hola, cucuruchos! No me pienso entretener aunque me encantaría saber que todas y todos estáis bien, aunque sé que ha sido un año complicado para todos. Os informo brevemente de tres cosas:

1. Estoy subiendo Wor of Heart, en Wattpad, que es un Kagehina pero dirigido al canon del manga. PD: ¿qué opináis del final?

2. Estoy reeditando los primeros capítulo de Chicle, y añadiendo miniescenas introductorias al inicio de cada una sobre cosas del pasado o personajes secundarios. Por si queréis cotillear.

3. No pongo fecha para la próxima entrega aunque ya esté empezado, solo recordaros que os quiero muchísimo y que os doy las gracias por leerme con todo el corazón.

¡Feliz año nuevo!


La noche antes de que Hinata se fuera a casa de Kageyama, antes de que Iñaqui viajara a España por Noche Buena, y mucha antes de que Kuroo descubriera que BTS iba a sacar nuevo álbum, Kenma dejó su tercer trozo de pizza sobre el plato. Sin morder.

Sentados a la mesa, sin orden ni concierto, los temas se queman a fuego rápido hasta reducirse en cenizas. Saltan de un lado a otro, colgándose del último comentario que alguien musitó mientras un hilacho de cheddar se escurría de la masa harinada y crujiente. Ni si quiera recuerda cuándo empezaron a hablar del pobre alumno que había salido del baño en pelota picada porque a unos gilipollas les había parecido gracioso. Menos mal que los pillaron enseguida. Memos. En los dientes de Shōyō los aparatos brillan mientras esquiva el pellizco de Iñaqui tras hacerle una broma sobre ese grano y nuevo compañero de piso que le ha salido como un minicuerno en medio de la frente. Kuro ríe, de lado y despeinado, ataviado por un horrendo pijama a cuadros rojo y verde que se empeña en usar cada maldita Navidad.

Es un 19 de diciembre cualquiera, una reunión informal que ocurre tan a menudo en esa salita de estar que debe de sentirse aburrida de las mismas cuatro bromas.

De hecho, es un lunes muy común, hasta que Kenma abre la boca y escupe:

—Unapatrocinadoraquierecontratarmeparaquejuegueesportsdeformaprofesional.

Lo ha dicho tan rápido que ni él mismo se ha entendido del todo. El estómago cerrado y los nervios en el gaznate.

—¿Qué-qué?

Se encuentra a tres segundos de preguntarle a Iñaqui si es retórica o si realmente no le ha escuchado con claridad cuando decide (por el bien de su salud mental) inspirar hondo y repetir, esta vez con más entereza.

—Una patrocinadora quiere contratarme para que juegue e-sports de forma profesional —estira el índice y tantea la corteza de su porción, tristemente impoluta y algo fría—. Ya sabéis. Promocionar algunos juegos. Participar en alguna competición… Lo más seguro es que deba dejar el equipo de voleibol para aguantar el ritmo.

Los minuteros del reloj frenan la marcha y cada esquina, mueble y ser viviente que habita esas encaladas paredes pasa a prestarle atención. Como si un foco enorme lo señalara en toda su pusilanimidad. Considera echarse la capucha de su sudadera amarilla de One Punch-man encima para refugiarse de la malgama emocional que cruza las facciones de sus compañeros de piso mientras les peta una neurona. Iñaqui, uno de los tíos más habladores que ha conocido en su vida, se ha quedado estático. Error 404, el host ha sido capaz de comunicarse con el servidor, pero no existe el recurso que ha pedido, reinicie el sistema. Esto sí que ha sido una idea penosa. Los ojos ambarinos de Shōyō orbitan entre el triángulo de masa, queso y pepperoni que se iba a meter en la boca y su cara. Supone que su expresión es una redondilla, un poema de cuatro versos, como poco.

Y Kuro, bueno, Kuro es Kuro.

Lo lee de izquierda a derecha, traduce la información que capta y pasa de página. Resuelto.

—¿Por eso llevas toda la tarde mustio?

Sí. No. Tal vez. No lo sé, qué clase de contestación de mierda es esa.

—Estaba pensando en cómo contároslo.

—Y soltar la bomba ha sido la opción ganadora —asiente, frunciendo los labios y apretándole el muslo—. Tengo que admitirlo, tienes clase.

—¿Vas a ser pro-gamer? —increpa Shōyō, la voz ahogada. Se ha puesto de pie y parece estar a punto de despegar, vibrando de la emoción. Es imposible no quererle, no cuando disfruta de la felicidad externa como si fuera propia—. ¿Igual que Faker?

—¿Te dije o no te dije que grabarte en Twitch arrancaría tu carrera? Al principio te daba un corte… —Iñaqui suelta una carcajada al recordarlo, pillando de la mesa una servilleta. La dobla y se limpia los márgenes de la boca, manchados de kétchup—. No me lo puedo creer —balbucea—. Es que eres la hostia.

No les resulta una idea descabellada.

El alivio eclosiona en su pecho. Salta de los pulmones a sus venas, frío y refrescante, lleno de un gas que le hace cosquilla entre las vértebras. Libera el intrincado ovillo de tensiones, músculos y ligamentos que había dejado tras de sí la noticia.

Están contentos por mí.

—Bueno, todavía no he tomado una decisión —se moja los labios—: Tengo que pensármelo con tranquilidad.

—¿Pensar? —Shōyō parece tan ofendido que Kenma se cuestiona si realmente le ha faltado al respeto—. ¿Qué tienes que pensar?

—Pues —(En la universidad y cómo afectaría a sus horarios. Su compromiso con el equipo justo durante el epicentro de la temporada de invierno. Las comisiones que se quedaría la empresa. Lo que cobraría. Conocer a nuevas personas, lo cual siempre le causa un crecimiento exponencial de estrés social e insomnio. Si tendría que cambiar las dinámicas con sus seguidores en la plataforma, por muy pocos que sean, o si le dejarían libre albedrío…)—… no sabría por dónde empezar.

—Oh, vamos —Iñaqui chasquea la lengua, recostado en su silla de brazos cruzados—. Prácticamente es… es tu sueño hecho realidad. Todos sabemos que vas a decir que sí.

—Claro que va aceptar —zanja, totalmente en serio. Kuro ahueca la palma en su cuello (esa que antes dibujaba círculos entre los huesos de su rodilla) para que lo mire. El pulgar detrás de la oreja y el resto enterrado en la coleta floja—. Porque esa clase de oportunidades se escapan y nosotros como familia postiza y en nombre de la tuya biológica no dejaremos que huyas de ella por mucho miedo que produzca dar un paso tan grande. —En cuanto se choca contra sus pupilas Kenma intuye que ya se lo ha imaginado en un puesto de trabajo que para él ni siquiera es tangible. Profundos y oscuros pozos cargados de orgullo—. Y si no funciona, Kem, no pasa nada. Tendrás otras cuatro mil oportunidades más a la vuelta de la esquina, estoy seguro de que es solo el inicio.

—¡Pues claro! —Un cuerpo amplio y cálido lo rodea. Un ninja. Los rizos pelirrojos de Shōyō le hacen cosquillas contra la sien mientras restriega su mejilla contra la suya. Ni siquiera lo he visto levantarse—. Pedazo de caranalga, trae las mantas que toca Noche de Cine.

—¿Cómo me has llamado? —Iñaqui endereza la espalda y se señala el pecho con la punta de los dedos, totalmente indignado— ¿Caranalga? ¿Quién te crees que eres, calabaza andante? ¿Auronplay?

—¿Qué es un "auronplay"? FO. CUS —le grita—. Tú las mantas y yo dos boles de palomitas.

Porque comerse tres pizzas del tamaño del Pentágono no evitará que disfruten de una sesión cinematográfica con Dios manda. Sí, señor. Se alejan de la mesa en medio de un rifirrafe. Shōyō salta y le propina a Iñaqui un golpetazo en toda la nuca que resuena más de lo que posiblemente duela, justo después de que éste se volviera a meter con su altura.

—Son todo un espectáculo —Kuroo apoya el codo en el filo de la mesa y la quijada en la palma.

—Como si tu no fueras igual con tu bro.

Encaja tan poco pronunciando ese apelativo que prácticamente ha roto el matrix. Se le cae un carcajada sin querer. O dos. Kuroo le pega en el hombro al son de "oye" y "solo yo puedo llamarlo así", de buen humor.

Ligero y hueco como el bambú, Kenma sube los pies a la silla.

La tranquilidad es ese espacio comprendido entre un evento estresor y otro. A veces dura una mañana, en la que los astros se alinean y te prestan dos escasas horas para que te tomas los cereales rememorando Shin-chan. O unas tres semanas, en las vacaciones de verano donde haces cinco mil planes pero al final prefieres quedarte en casa, vagueando y huyendo del calor. Y a veces dura exactamente los segundos que tarda tu cerebro en reconectar las dos únicas neuronas que habías estado usando para postergar un punto de la lista que haceres.

Uno MUY gordo.

—Kuro.

—¿Mmm? —contesta, repartiendo corazones en Instagram a una cuenta de varios tipos de SLIME.

—Sé que no lo has demostrado y esto es como tirar una moneda al aire pero: ¿te ha hecho daño que no te lo dijera primero?

Mareado, como si su pregunta le hubiese hecho perder el equilibrio de un golpe, bloquea el móvil y bizquea en su dirección.

—¿Qué?

—Hace unos meses tuvimos problemas porque soy bastante hermético y quiero evitar cualquier otro malentendido.

—No estoy enfadado, Kenma.

El "pop" de las palomitas empieza a trepidar a través de la portezuela del microondas. Arrastrando la esencia de mantequilla salina por el resto de las habitaciones.

—Me lo enviaron el jueves, ¿vale?, tú estabas estudiando para el parcial de Geología I —en algún momento concentró toda su atención en las cutículas de sus dedos, algo levantadas y enrojecidas. Se obliga a levantar la barbilla—, y luego Shōyō nos contó sobre el equipo nacional. —Recorre la cara de Kuro. Por partes. La ceja derecha más inclina que la izquierda. Una cicatriz blanquecina, diminuta y poco visible que no sabría que existe si no hubiera estado ahí la primera vez que se partió la nariz. Lo examina en su conjunto. Como a un cuadro de museo que quieres entender pese a no comprender nada de arte—. Desde entonces todos hemos estado con las maletas así que preferí hacerlo a la vez porque estas cosas me cuestan...

—Lo sé —concede, colocándole a Kenma un mechón del flequillo que se le había escapado del moño. Lo engancha con parsimonia al coletero—. Era más fácil ver la reacción de todos al mismo tiempo que ir probando de uno en uno.

Dentro de su pecho la preocupación y la culpa se desinflan, un poquito. Ceden unos centímetros. En vez de ponerse manos a la obra y buscar una solución se había quedado paralizado, dándole vueltas al asunto durante media semana.

La pescadilla que se muerde la cola.

—El caso es que —continúa Kuro, rascándose el cuero cabelludo de la coronilla—. El caso es —coge aire—. Joder, Kem, no pensaba decirte nada porque no estoy enfadado, ¿sabes? Nada de nada —promete y traza una cruz sobre el pectoral izquierdo. En el corazón—. Comprendo perfectamente tus razones, nos conocemos y agradezco profundamente que me hayas dicho esto… Total, que sé que esto es algo muy importante para ti y sí, me hubiera encantado ser el primero en saberlo. Haber estado a tu lado cuando viste el correo y grabarte o sacar una foto de tu cara —La sonrisa de sus labios no se tambalea aunque el brillo de sus iris merma de fulgor—. Sí, estoy algo decepcionado. No en plan: "oye, me parece falta porque bla-bla-bla" —pone la voz grave y jocosa y el ambiente se despresuriza—. De hecho estoy más decepcionado de mí mismo por sentir algo tan infantil, la verdad. Posesividad. ¿Qué tengo, tres años?

Kenma conoce esa táctica.

Alza una alta muralla, bloquea, despeja la pelota y evita que les marquen punto.

—Tampoco es eso.

—Ya, bueno, créeme. Es precisamente eso —farfulla, molesto consigo mismo—. Ambos sabemos que soy celoso, pero como soy un tío genial sé que son totalmente infundados. Así que cuando los sienta no los voy a exteriorizar, hasta que se me meta en la cabeza que son una tontería, ¿Vale? —Deja los labios en una delgada línea, dubitativo, para luego agregar—: Pero, Kenma, no estés de puntillas conmigo. No quiero que pienses que voy a mosquearme cada vez que las cosas no ocurren como me gustaría.

Es curioso, que la sinceridad cruda y desnuda sea aquella que se encargue de apartar la pintura inflada y desconchada de una pared que de lejos parecía impoluta.

—¿Y qué tengo que hacer?

Dímelo. Porque me siento perdido.

—Por sorprendente que te parezca, tu único cometido de aquí en lo que resta de noche será sentar el culo en ese sofá. —Se levanta y las patas gamosas de la silla chirrían acompañándole el movimiento. Kuro le ofrece una mano acompañándolo de un ademán elegante—: Venga, anda. Creo que nos toca sesión de Expediente-X de nuevo.

Un par de capítulos después, mientras las bombillas de la casa se templan, la televisión cambia de tonalidad las curvas de los muebles, Shōyō se enrolla dos sábanas nórdicas de tal manera que podría presentarse a una audición de E. T. e Iñaqui quiebra los diálogos con el traquido de las pipas, Kenma se imagina a Kuro frente a la pared. Repleta de imperfecciones.

De la cadera le cuelga uno de esos cinturones mostaza, las herramientas colocadas en sus respectivos huecos, y a sus pies hay una lata de pintura sin destapar, de momento solo raspa la superficie. Alisándola, soplando los grumos estancados y empolvándose la punta de los dedos, parte de los brazos y el cabello de las trazas que caen como copos de nieve. Es tan amplia y queda tanto por hacer que podrían ocurrir dos cosas: o bien drena toda su energía en ella o la deja a medios.

Y a Kenma cualquiera de los dos resultados le da vértigo.

(¿Habrá tutoriales en Youtube de bricolaje para noobs?)


[I just wanna be part of your symphony
Will you hold me tight and not let go?]


XII. Make them do the do

Yutaro Kindaichi (8:45)

Kunimi me ha recordado que hoy es tu cumpleaños así que felicidades :)

Akira Kunimi (8:53)

Sea lo que sea que te haya dicho Kindaichi es mentira, hace una semana miró en Facebook tu fecha de nacimiento porque intuía que era por estas fechas y desde entonces lleva dándome la brasa todos los días para que no se le olvidara.

Akira Kunimi (8:55)

Feliz cumpleaños, por cierto.

Repasa tres veces más el contenido de cada mensaje. A lo mejor si no los memoriza se borrarán por arte de magia. Abre uno y lo cierra, para luego picar encima del segundo chat que lidera la ristra de conversaciones en Line que todavía no ha ojeado. Son los más recientes, seguidos de cincuenta y ocho notificaciones del grupo Karasunoforever(Young), unos quince de Yū y Arata, dos de Ushijima y diez de sus padres.

Vuelve a revisarlos.

Debería contestarles antes de que la ansiedad le produzca una aneurisma. Y tampoco debería darle tantas vueltas. No es para tanto. "Gracias por tomaros la molestia de pensar en mí…". No. "Gracias. Buenos días". Más seco y el Sáhara es una piscina a su lado. Se muerde el labio. La frustración abriéndose paso desde el pecho. "Gracias", teclea, "me ha hecho ilusión que me felicitaran". Si no fuera porque al leerlo se siente descubierto y vulnerable, sería la opción correcta. Que, de hecho, es la opción correcta. La que les diría a ellos y a todas las personas si tuviera menos miedo por mostrarse como es bajo esa coraza de titanio que se empeña en levantar constantemente cada vez que alguien traspasa la corteza y pilla un substrato vulnerable.

Después de un par de caídas, las personas aprenden a detectar las pequeñas piezas del camino que les hacen tropezar. Que les han dejado los pantalones rotos, aguantándose el punzante ardor cuando el alcohol entra en contacto con la herida. Esto es similar. Kageyama conoce dos versiones diferentes de sus compañeros de secundaria y a veces la fuerza de un mal recuerdo se abre paso y despunta. Oscureciendo cualquier cosa nueva que pueda ser brillante. Es instintivo. La naturaleza del superviviente. Querer alejarse antes de salir quemado otra vez.

"Gracias…"

Sin embargo, resulta inevitable, derruirse un poquito. Ablandarse.

Apostar.

Brindar una segunda oportunidad.

"…podríamos vernos cuando vuelva a Miyagi".

—Natsu, deja de comerte mis donuts. —Hinata escarba con los dedos la cordillera de sus costillas, sin fuerza. La nariz escondida en su almohada—. Son de pizza con pepperoni.

Kageyama aguanta el resoplido pero se le escapa un gajo de diversión entre los dientes.

Los sueños lúcidos de Hinata tienen de todo menos lucidez.

A tientas registra el borde anular de su cómoda que se extiende hasta convertirse en pata, más al centro el inicio metálico y perforado de la superficie le enfría el dorso de los dedos, sin dejar de observar la silueta monocromático y gris que se infla y mengua a diminutas volutas de aliento, abandona su móvil con cuidado de no hacer ruido. Dormido, Hinata es sereno, el mar de verano recluido dentro de un cuerpo; como el sonido de las olas que las caracolas encierran en su columela solo escuchas sus secretos si te aproximas. A veces se balancea, arrastra la sábana y se enreda hasta encontrar ese punto encogido y confortable que le hace exhalar, satisfecho.

De entre todas las sorpresas que podría haberle hecho, engañarle a propósito para presentarse en su casa mientras estaba en el cuarta luna de Júpiter, por muy ingenuo que parezca, no entraba en sus planes.

Se había despertado con una huella cálida pegada a su espalda, algo asustado, rodeado en un gesto flato y la oscilación de un aliento acariciándole la nuca, y había sido extraño, anacrónico. Como esos sueños en los que te levantas varias veces, dentro de un juego de muñecas de matrioshkas, y en los que la realidad se parece la tuya pero hay objetos, circunstancias, pistas que delatan la fragilidad de ese mundo ficticio.

Hinata es así, un amasijo de impulsos, buenas intenciones, lealtad en su elemento más puro y tan comprometido que a veces da un poco de miedo. Congoja.

Su arista más complicada, ansiosa e insegura, teme decepcionarle. No puede evitarlo. Le susurra "Hinata se merece más" y "quieres mucho y muestras poco, la gente huye de las personas así. Tarde o temprano él lo hará también" desde la nuca, fino como una aguja. Es cierto, en parte. Porque Hinata se presenta, suave como la madrugada, preparado para meterse en la cama, labios en una media luna y el primer felicidades de sus dieciocho años, y sin pedir nada a cambio —o quizá sí, pero Kageyama jamás ha sabido percibir esas cosas— le ofrece todo. Imprime en cada acción una porción de su alma y Kageyama desearía aflojarse los engranajes, rociarlos de desengrasante y pedirle al cuerpo que reaccione y le devuelva cada menudencia que Hinata ha entregado por él.

El store de su habitación, de un nylon ratón, apenas permite que la toronja mañana encaje por la ventana; aun así, insistente como los lunes, las leves rodajas del sol que logran introducirse entre la tela y el doble cristal tocan los muebles, llenando poco a poco las cuatro paredes de tonalidades que antes se difuminaban en carbón.

No sabe muy bien qué hacer, reclinado contra el cabecero negro de madera, algo remolón de un entrenamiento que todavía le deshilacha los músculos y los anuda en el orden inverso. Inquieto.

Si estuviera en casa, su padre le haría tortitas rebañadas en miel y su madre le obligaría a aceptar los mil planes que ha organizado para al final resumirse en pasar tiempo juntos. Probablemente acabaría metido en el piso de Sugawara, rodeado del resto del Karasuno, frente a una tarta de nata y fresas, o chocolate y almendras, dos velas y el primer sake, que dos cursos atrás Tanaka prometió beber con él, tan viejo como su voz de falsete le había permitido al imitar una edad que no tiene.

Sin embargo está a miles de kilómetros de esa línea temporal. Con el tío que le lleva gustando más de lo que probablemente sea recomendable babeando la almohada. En tres horas su salón va a ser asediado por los piratas de Yū y Arata, y Gato hace rato que maulló para reinar unos pasillos que habían pasado a ser de su dominio desde que cruzó el umbral. Arrastrando el lomo de esquina a esquina en reconfortantes gorgoritos. Tiene derecho a dos horas más de descanso. Porque un día no salga a correr no pasa nada, ya ha escrito y descrito en su agenda más o menos las tablas que debe mantener durante las vacaciones navideñas por lo que se puede permitir un descanso. Sí. Solo uno. Levanta la colcha e ignora la débil protesta que murmura Hinata, removiéndose en búsqueda de calor.

Se acuesta apretando la oscuridad contra sus párpados para no contarle las pecas de la nariz, "dejaré que lo hagas tú", ronco y oliendo a ellos. La remembranza le espesa la sangre. "Te doy permiso". Ojos empañados en una aureola avellana. "Mírame todo lo que quieras". Basta. Duérmete. Si se lo propone podría dibujarlas. Algunas más tostadas que otras. Agasajadas sobre el tabique y su precipicio, diáfanas en la carretera de sus pómulos. Por favor. Duérmete. No es el momento.

Entonces, algo presiona el valle entre las cejas, deslizando la carica hasta el pico de la nariz y él pega un respingón. Aleja instintivamente las caderas, por si acaso. Descubierto. El don del oportunismo, como un sabueso, Hinata ha olisqueado sus intenciones.

El capirotemás flojo de la historia le golpea la frente.

Dos veces.

Noc, noc. —tontea, riéndose. Las onomatopeyas solo se materializan en los comics pero Kageyama las nota reptar por la curva de su mentón. Ascienden.

Prácticamente en un beso.

Una anticipación hambrienta le contrae el estómago. Más abajo. En la conjunción que une sus piernas y se estira buscando atención, Hinata se las separa y mete el pie, enredándolos. Le abrazar. Lo invade. Apura la distancia como los fumadores consumen la última calada, envueltos por el vicio. Elimina los pocos centímetros de sábanas que los separaban y derrite el invierno borrando la arrugas de su frente.

En ocasiones le cuesta creer que un gesto tan simple —abrazar. Solo eso. Un abrazo— pueda significar tanto, y que les ocurra a ellos. Como a las personas les sorprende que les toque un bono gratis para un helado. Una carretera entera de semáforos verde. La lotería.

Hinata le bordea la calavera que persiste bajo la careta, grabando en ambas la misma cantidad de cariño. Despacio. Primero la ceja derecha. La izquierda. Completa la órbita de sus ojos, solo una yema. Kageyama se queda quieto, muy quieto, el cosquilleo de sus patrones serenos le hace cosas raras. No puede respirar. Se contiene. Con miedo de romper el hechizo.

—Te tocaría decir: "¿quién es?", Kags —reprende, hundiéndole los dedos en el flequillo.

Hinata debe sentirlo, como palpita bajo su toque mientras le desenmaraña los mechones negros nacientes por encima de su oreja, junto a la sien, en trazos abnegados. Es imposible que solo ocurra dentro de su cuerpo.

—Estoy durmiendo —la mentira no cuaja del todo—: Estaba. Si quieres que sea sociable con los invitados déjame descansar.

—Lo dices como si fueran mis invitados.

Kageyama bufa. Por favor.

—Pero si ya estáis compinchados. ¿Quién ha hecho la copia? ¿Arata o Yū? Porque Gato como mucho te abre una caja de cartón para meterse dentro sin saber cómo salir.

Nesquik —le riñe, empeñado en que denominar a los animales por su especie es de bárbaros— aprenderá con el tiempo, tú déjame unos días a solas con él. —Recoloca la postura produciendo que cada uno de sus ángulos encajen con los suyos. Desconoce si es deliberado o ha sido casualidad pero alza la pelvis y Kageyama lo nota contra el muslo—. Voy a enseñarle a hacer de todo, he mirado en Youtube que algunos van al baño. Hay un montón de tutoriales.

A lo mejor eso es lo que Kageyama necesita. Un tutorial. Cómo averiguar cuándo es un contexto sexual, o de cariño o ambas cosas o ninguna. No tiene la menor idea. Aspira a que por navidad le regalen un libro para dummies, amarillo y etiquetado en negro. Ni siquiera le ha dado tiempo a procesar lo que sobrevino la noche de la fiesta. O el día después. Ni siquiera en la mejor de sus fantasías había una segunda vez tras la primera porque parecía improbable, para además digerir que es natural.

Es como pasar de estar pan y agua a: "oye vete preparando un buen seguro médico porque quizás te sale una cardiopatía por rozarte accidentalmente en zonas que buscan rozarse con conocimiento de causa".

Y también a falta de ella.

—¿Tiran de la cadena? —se arma de aguante y templanza.

—BueeeeNop… pero creo que es mucho más reconfortante encontrarte un surullo flotando en el váter que estar cambiando la arena cada tres días.

A la mierda ser zen.

Abre los ojos, dispuesto a rebatirle la majadería del siglo.

(¿Cómo puedes hablar de excrementos teniendo una erección y-y-y-?)

Resuena contra los huecos de su cráneo pero fallece en algún recodo entre la sinapsis neuronal y las cuerdas vocales.

Guapo. Con cara sobada y las huellas rojas de las sábanas, pero guapo por ser y no estar, Hinata le dirige una mirada inquisitiva escoltada por su ortodoncia.

Una viruta de amanecer se ha filtrado, rectangular, desde la persiana, y ahora se enreda en la cresta de sus rizos, se tumba sobre su perfil dotando de un cariz precioso la nebulosa de pecas que agasajan sus pómulos. Una a una, van desperdigándose por sendas mejillas rumbo al canal que forma su garganta.

Te quiero todas las mañanas junto a mí.

—Puedes quedarte con la llave, por cierto —sugiere, por decir algo y zarandearse el arrobo que le amenaza con clavar sus raíces en el centro del pecho.

—¿Sí?

Rueda el índice hacia los calzoncillos de Hinata, bordea los dos hoyuelos que decoran su columna, y vuelve a descender para jugar con el ribete.

—Sí —secunda—. Esa con la que no entraste y que no es una copia de la mía hecha por alguno de los cafres que considero amigos pero me roban cosas sin darme cuenta.

—Oh, vamos. Entonces no habría sido una sorpresa.

Hinata le recorre el costado, completa el contorno de un abdominal, no aparta la mirada de él ni un segundo. En medio de un duelo vitalicio.

—¿Se supone que tú eras la sorpresa?

No ha terminado de formular la pregunta cuando Hinata lo inmoviliza contra los almohadones y el colchón, tan rápido que le inunda la adrenalina, se coloca entre sus piernas, de rodillas bajo sus muslos. Se cierne sobre él como si le perteneciera. Suyo.

Antes Kageyama no meditaba sobre el sexo.

Dominaba su definición. Como concepto. Sus variaciones. Lo que ocurría. Lo que podía significar. Sus compañeros de clase no soltaban el tema, manidos en sus dientes como los chicle que acaban perdiendo el sabor; entre tanto cuchicheo sobre moverse y hacerlo lento para alargar el momento parecía El Billete Dorado que los transportaría a Hogwarts. El refugio a los exámenes y a los problemas adolescente. Sexo. La mejor parte de la adultez sin contar la emancipación o esa idea que Kageyama examinaba desde lejos, desencantado. S-e-x-o. Dos sílabas. Llana. Sin tildes y, como los bestsellers y los taquillazos, el bombo que le daba el mundo a él le habían quitado las ganas. Más o menos. Simplemente le resbalaba. Estaba ahí, en la misma medida que existía la posibilidad de ahorrar y comprarse la playstation 4, sin realmente atraerle la idea.

Los términos se tambalearon de una oleada cuando le empezó a gustar Hinata, a las puertas de la universidad y una falsa independencia, porque no pensaba más en hacerlo pero sí que quería, un poco, saber cómo sería con él.

Solo con él.

Comprobar si todas esos rumores eran cierto.

—¿No lo soy? —le tienta, los labios. La paciencia. Hay un halo que cala y le incendia el pelo como si fuera una fogata y Kageyama arde en él—. Anoche me dijiste otra cosa. —Le obliga a perseguirlo, acortando la brecha, rasgándola de golpe. Le acaricia la barbilla, lo retiene con la palma sobre las clavículas. El pulgar aledaño a la nuez, donde el corazón no puede esconderse—. Anoche creías que era un sueño.

"Esas no fueron mis palabras"

Pero sabe que todo lo que diga será usado en su contra así que implora una última cosa:

—Cállate, por dios. —Antes de clavarle las uñas en la nuca, atraerlo y comerle la boca—. Cállate.


Diciembre arremolina en los bajos de una canción lánguida sus primeros copos de nieve. Viste de blanco las esquinas de la capital mientras ellos arrugan las sábanas al final de la cama.

Mojan el sonido con saliva.

Lo ensucian.

—Kags.

Atrapa la comisura, ("cállate" como condición y sin opción), arrastrando el filo de las uñas por su corinilla.

—Qué. —Entre ellos corre el aire lo justo y necesario para medirse. A esa distancia una bomba lo reduciría a cenizas—. Qué.

Pero Hinata es mucho más abrasivo. Le atrapa el lóbulo entre los dientes y el inicio de algo húmedo asciende por el cartílago, dejándole la polla goteando por un poquito más.

—Nada —resuelve, la victoria refulgiendo al fondo de las pupilas—. Buenos días.

Los cuatro cardinales del revés.

—Hola. —En ese instante el espejo le devolvería una imagen bastante ominosa de su careto. La clase de expresiones típicas de las que todos se han burlado un poquito alguna vez. Eleva el índice y el corazón hasta su frente, acaricia su pómulo y decide que no le importa parecer un idiota porque Hinata se inclina a favor del trazo y parece que también le gusta esa parte de él—. Buenos días.

Quizás las personas se quieren así a horas tempranas. Gradual. La mansedumbre de una madrugada larga estira sus articulaciones hasta descontracturarse, difusa alrededor de un abrazo que nunca termina de formarse.

—Feliz cumpleaños.

Otra vez, por si acaso.

Kageyama es de hombros anchos y manos grandes. Dedos largos que el voleibol le ha recompensado en heridas y callosidades y en una habilidad innata para sospechar cuándo debe hacer presión o acariciar suave. Como ahora. Apenas hay apremio. Terciopelo. Le mapea el costado con los nudillos zurdos, mientras la diestra le sostiene la nuca, abriéndole la boca. A Hinata le nace algo del esternón—no puede nombrarlo, no sabe cómo, pero crece y cunde dentro de las tensiones, incapaces de detenerlo. Eléctrico y refrescante. En medio de las vértebras y dentro de la sangre. Se parece a un seísmo. Al inicio de la catástrofe.

Sedados por la madrugada, la armonía de los besos comienzan en notas graves a intensidad mínima. El de correr de unos labios que a veces simplemente se posan para notarse cerca hasta que uno de los dos los abre, con el nombre arremolinado en la lengua.

—Hinata.

El muy capullo siempre se queda a la orilla de los calzoncillos, amaga y delinea la tensión de su muslo para luego distraerse con la arquitectura muscular de su espalda, evitando el tramo que llora por un poquito de atención. Una migaja. Hinata intuye que quiere que se lo pida. (En parte porque es algo nuevo para los dos y el permiso pende de un hilo cada vez que mueven ficha; en parte porque es un sádico y le pone frustrarlo). Percibe unas yemas en la cara posterior de su pierna y repta tratando de embaucarlo, a nada de colarse en su ropa interior y arañar carne herida que demanda manos de santo. Pero Kageyama es primo de los zorros, sonríe lobuno en cuanto adivina lo que quiere y vuelve a descender. Lo mato. La proximidad raya sus facciones en un cuadro abstracto. Todo dientes. Como un miligramo de heroína, le roba un pico y esa parte que se muere por pedírselo para sanarse ("agárrame del culo" y "quítame la ropa") se distrae en los siguientes tres besos de tornillo.

Intoxicante y adictivo.

Kageyama besa perezoso.

Como si quisiera perderse en ese minuto para que nadie le encuentre.

Se abandona.

Entrega las llaves de su alma a tumba abierta. Recorriéndole la cara a pequeños tramos, haragán, antes de atacar casi famélico. Y Hinata cumplió los dieciocho años hace menos de seis meses. Por Dios. No tiene ni idea de nada pero iría al fin del mundo para hallar la piedra filosofal con tal de cumplir su mayor deseo. Pídeme algo. Lo que sea. Está calado contra la única prenda que los separa y quiere comprobar si Kageyama también considera que es hora de tirar las sobras.

¿Me habría hecho lo mismo contra la puerta del gimnasio una de esas noches que nos quedábamos solos?

—No lo sé —responde, nariz con nariz. De esquimal—. A lo mejor me habría dejado convencer.

Como ahora. La posibilidad se convierte en un torbellino que le retuerce el estómago.

—¿Sí?

Asiente, abrazándole por la cintura.

—Qué se le va a hacer, siempre acabo cediendo, ¿no?

La vergüenza resurge y se le estampa contra las mejillas. Es devastadora, esa imagen mental de ellos. Lo desarma. Céntrate. Condenadamente difícil. Kageyama le alza la barbilla, musitando hechizos sobre su cuello. "Tienes un lunar aquí", informa e indaga el sitio donde la dermis no es más que una capa débil de pulsación errática, "es más grande que el resto", la bocanada cae sobre su yugular, se coagula el torrente sanguíneo, "hay que examinarlo por si no es benigno" redondeando el relieve. Lamiéndolo. Entra en combustión espontanea. Cómo no va a imaginárselo si podrían haber estado haciendo esto desde secundaria. A Hinata el ahogo le anida en la tráquea, a punto de estallar en un sonido que solo quiere que él escuche. Kageyama prueba esa franja de piel fina. Debe saber a gel, a sal y al escalofrío que le deja descarnado mientras la estampa de dos chicos masturbándose con el uniforme lo atormenta en la profundidad de los párpados.

—¿Sí? —Hinata exhala, poniendo distancia. Acopia las últimas provisiones de lucidez, ignora los ramalazos de timidez y fuerza la pregunta, incorporado entre la uve de sus piernas abiertas. Traza dibujos sin formas en el hueso de su cadera con los pulgares—. ¿Qué te parecería pasar rápidamente a la segunda base para entrar en la tercera cuanto antes?

Debajo de él, Kageyama pestañea.

—¿Qué es esto? ¿Beisbol?

—Por favor, Kags, si el sexo tuviera escuela esto sería temario de primaria.

—¿Sabes lo perturbador que suena lo que acabas de decir?

—No me jo- —A ojos cegarrita le incrimina—: ¿Vas a quitarme los calzoncillos de una vez o es que tengo que dibujártelo?

Ya está. Lo ha dicho.

Un brillo malicioso se expande en ondas concéntricas desde las pupilas de Kageyama, oleadas cálidas que recubren de triunfo las vetas marinas de sus iris, azules e inmensos y lo odia porque acaba de servirle el oro en bandeja.

—Eres imbécil —no le da la oportunidad de hablar. No se lo merece—. Estoy seguro de que ni siquiera sabes a qué me refiero con las bases.

—¿Desnudarte?

Le arden las orejas.

—No. Buenovale —Atina con la mano en el pecho, en seguida el pectoral se infla bajos sus huellas dactilares y Hinata tiene que morderse los labios para evitar sonreír—. Hoy estamos graciosos, ¿eh? Te apuntas un tanto y el ego se te echa a volar. Te recuerdo que vamos uno a uno.

Contra la funda blanca, su cabello es el rostro de la noche, salvaje como esa expresión engreída que le destensa la flexión de su ceño. Levanta un brazo y Hinata siente la caricia antes de que lo toque, le recorre el cuello, el hueco entre las clavículas y un anhelo dormido hace que flaquee dentro de la rencilla. Se inclina. Apenas unos centímetros que Kageyama aprovecha para treparlos y alcanzarle. A Hinata le tiemblan los codos mientras se acuesta sobre su torso. Eres de lo que no hay. Entierra los dedos en sus mechones negros, lo mira y el universo detiene su órbita, despoja al resto de unos segundos y se los regala.

—No me sonrías así.

—Así cómo —masculla Kageyama, a la altura de su ceja derecha. Sella un beso allí, en el lugar que empieza la frente y termina su pómulo.

Como si te lo fuera a perdonar todo porque te quiero.

La noche del cumpleaños de Kenma el rasgueo ajado del alcohol le había desanudado las riendas, Kageyama se movía contra él y se dejaba guiar a través de una letra que hablaba de sexo, ataviado en un disfraz que le quedaba pequeño, atractivo, despeinado y sonrojado, y Hinata solo pensaba en repetir lo que habían hecho en su cuarto a puerta cerrada. En aquel momento quería que fuera rápido. (Ya, tócame. Bésame. Haz algo pero ya). Comprobar que eso que estaba ocurriendo era verídico. Tangible. Bajar la adrenalina saboreándole el cubata pensando "Kageyama me está masturbando" como un mantra al que luego recurriría en las horas malas. Succionado por el vértigo que le hacía creer que eso lo era todo.

Se equivocó.

Kageyama le cuela dos dedos en el margen de los calzoncillos, al final de la espalda, sobre el punto de caída y Hinata sisea hundiendo la nariz en su cuello. Ni siquiera han pasado de los preliminares pero podría correrse con un poquito más de esto y no. No. Ni de coña. Se le corta el aire proponiéndole: "¿quieres quitártelos también?", con su propia mano metida entre ellos. La tela es algodonosa y le gustaría saber cómo se sentiría contra su palma si le recorriera desde la base hasta la punta. Todavía vestido.

Para toda respuesta, arrastra las uñas bajo su ropa interior, persigue la silueta de su culo. Araña la curva y lo deja deseando cosas para las que todavía no está del todo preparado.

La prenda se queda enganchada al inicio de sus muslos.

—No puedo-

—Espera.

Hinata yergue la postura y la cama merma bajo sus rodillas, templada de los dos. El pudor le amenaza con enrojecerle entero pero las ganas muerden lentamente su vergüenza y empuja la última prenda notando que la mirada de Kageyama se desliza por el centro de su pecho, orilla el ombligo para caer de inmediato. Allí. Donde está morado y sediento. Toma una bocanada de aire antes de recurrir a sus instintos de taparse y arroja lejos el calzoncillo.

Se arruga en alguna parte de la izquierda mientras el chico que le gusta lo contempla como si quisiera alcanzarle sin saber cómo.

—Para —le advierte Hinata, carraspeando—. Sé que te gusta lo que ves pero deberías guardar-

-un poco de decoro.

La oración se pierde en la nube del olvido. La intención era aliviar su indigestión con algo de humor, hacer de su desnudez un chiste. Sin embargo, Kageyama lo frena. Tienes otros planes. Le rodea la muñeca en un movimiento rápido, y le acerca para chuparle los labios. Con una calculada calma que le abre la piel a tiras. Lentamente. El beso florece y se calienta, marchita en la hojarasca y funde la nieve, de estación en estación sin darle tregua. "Siempre igual", gruñe, "¿de dónde sacas esas mierdas?". No da crédito a su divagación y lo castiga asiéndole de las caderas para sentarlo. Ahorcajadas. Más abajo diez dedos marcan su culo, inmóviles.

—¿No crees que estamos en desigualdad?

Desigualdad.

La palabra rebota en su cráneo como una bola de billar. No la procesa.

—Ya sabes —continúa. A Kageyama le faltan conexiones neuronales para orquestar medio enunciado mientras Hinata las cocina con una mano, las desmigaja sin imponer un ápice de fuerza—. Es un poco injusto que todavía lleves puesto esto.

Esto.

Va a preguntar a qué se refiere cuando lo señala.

Es un gesto simple.

Demoledor.

Hinata escurre la surda en ese punto donde sus caderas empiezan y terminan. Cierra el puño alrededor de sí mismo. Sus nudillos no llegan a tocar a Kageyama, premeditadamente (por supuesto) porque su único propósito consiste en atormentarlo.

Lo convierte en su público.

—¿Lo ves? —áspero.

Y empuja hasta la base, dejándose a carne viva, ruborizada y estirada y húmeda, y por si fuera poco dirige la punta contra su erección envuelta en algodón gris para dar peso a su razonamiento.

Kageyama no lo sabe, pero lo intuye: es el comienzo de su fin. Porque Hinata se masturba —se está tocando sobre él— con los labios entreabiertos y recubierto de una película de saliva que no sabe si es suya, probablemente de los dos, y lo engatusa. A través de sus pestañas cobrizas, el caramelo de los ojos se derrite en la negrura de sus pupilas dilatadas. Joder. Le excita. Suponía que eso era algo típico que las películas endulzaban con morbo pero no. Le pone. Observar cómo el pene de Hinata aparece y desaparece en el hueco de su mano, frotándose contra la suyo a malasangre, cada vez más deprisa. Podría quedarse así. Repartiendo la boca a tramos de él, resbalándola sobre su pulso de trino. Quiere más. La dermis tira de él como si quisiera salir de su cuerpo y expandirse. Hostias, Hinata. Hunde los dedos en sus nalgas y Hinata resuella dentro de su oído para luego besarle, todo lengua.

El reloj marca las diez, aledaño a su portátil cuya cámara confinó bajo una tirita a los dos minutos de sacar de la caja, y los segunderos continúan su recorrido mientras Kageyama levanta la pelvis, persiguiendo la cadencia de su mano, esperando aliviarse un poco, algo, lo que sea.

—Quítatelos y te haré lo mismo —le reta humedeciendo la curva de su oreja. En el cuento de Adán y Eva, Hinata sería la serpiente—. O algo mucho mejor.

Es un experto en ponerle la brújula del revés. Promete. Quítatelos. Quítatelos y te haré lo mismo. El compás de sus respiraciones crece como la luna, hasta quedarse redonda y brillante, cambiando de melodía a unos sonidos distintos. Agudos y melindrosos. O algo mucho mejor. Discontinuos por el aire. Si eres un chico bueno te daré una recompensa. Las crestas de sus nudillos le arranca escalofríos al chocarse cuando le roza. Adrede. Se le insertan al final de la espalda. Y no es suficiente. Se desnutre poco a poco mientras Hinata le da la dosis justa para aguantar y rogar.

La lleva clara.

—Qué —Hinata se atraganta antes de articular la siguiente sílaba.

No lo ve venir. Tan rápido que el corazón se derrumba entre las costillas, dejándole un hueco en el pecho. Capullo. La respiración se le corta al sentir una palma cernirse sobre la suya. Mucho más grande. Coge el volante. Acelera. Es como si estuviera dentro de un coche y supiera que antes o después van a caer al vacío. Y da igual. Lo único que desea es quitarse de en medio para notar su piel allí donde se le agolpa la sangre.

Kageyama no ha ligado en su vida y le frustra que bromee sobre su desnudez pero luego saca valor y se le ocurren cosas como esas.

—Quiero ver cómo te corres —susurra, pequeñito. Como un secreto a voces. Contra la tensión errática del pulso que sube por su garganta.

Hinata gime ante la idea.

Su aroma lo envuelve mientras se la muerde. Indolente. Pellizca la carne y a Hinata le duele todo lo que bombea. Huele a té con limón, a violetas. Asciende dejando un rastro de lengua y su cerebro desconecta porque cualquier cosa que haga lo mandará al confín de la Tierra.

—Déjame hacerlo para ti.

Hinata está exento de voluntad. No puede negarse.

Vale, sí. Sí. Dame lo que quieras. No hay protestas, señoría.

De sus bocas rojas brotan sonidos escurridizos. Se juntan y le mete la lengua, separándose sólo para mirar lo que ocurre más abajo. Una vez. Otra. Y otra más. No las cuenta, sobrecogido. A Hinata le gustaría centrar los cinco sentidos o al menos mandar toda su energía a uno pero hay un zumbido vibrándole bajo las capas musculares, más allá de los nervios y de lo que es humano que hacen que la tarea le sea imposible.

Lo conoce, Kageyama ha encontrado la forma de hacerse con el control de la situación y no le importa porque está seguro de que ha vivido toda su vida para ese instante. Quiero que veas cómo me corro. La mirada garza fija entre sus estómagos le recorre el pecho y le caza, contemplándolo.

Cómo puedes ser un imbécil tan guapo.

Hinata coloca las manos en sus hombros, los escala, sin parar de embestir dentro del círculo que componen sus dedos para contener la métrica de sus movimientos, alcanza el corte de pelo algo desigual y terciopelo, y lo atrae debilitado, mojado de la presión canicular.

—Valevale —le falla todo. Entrégate al enemigo si vas perdiendo, recomiendan, así que Hinata se desarma—. Sí.

Sí.

Kageyama le toca diferente y mejor.

Lee en él lo que le gusta antes de pedirlo. Como si fuera un regalo.

Una sensación ingrávida lo rodea a cada languidez de pulgar que delinea sobre punta. Justo en la hendidura. Tiene el interior hecho un nudo y la superficie frágil. Hinata presiente que no está muy lejos y, frenético por un beso, desliza la nariz por su perfil. Bésame. Delinea la curva del hueso de su pómulo. Su mejilla. Kageyama tuerce el gesto y lo atrapa al vuelo, estremeciéndolo en diminutas burbujas cada vez que le estira la carne. Mucho más abajo. No debería decirlo, es un tópico, y ellos pueden ser cualquier cosa menos algo ordinario. Sin embargo: "estoy cerca, por favor". Suplica. Sin precisar. Un beso por palabra. Como un trueque ancestral. De alguna forma eso lo anima, porque le murmura "por favor, qué" contra su boca y "¿así?", disfruta más haciéndoselo que recibiéndolo, "¿o más rápido?". Le encantaría contestarle, pero Hinata no puede. No puede. Es superior a él. Un rastro de saliva se le escurre, deshojándose los labios, nota cómo esparce el punto húmedo del centro y-

—Kaahgs.

El orgasmo de Hinata, el jadeo roto en medio de su nombre, casi lo engulle. Conjura su apellido a una bocanada de besarlo, con los ojos cerrados y las cejas fruncidas. Se le han mojado las pestañas, sonrojado y maravilloso. Y Kageyama está ahí, ensimismado. Mordiéndole las pecas castañas del hombro derecho, empapándose la palma de él. De repente, todo se reduce a una sola persona. Esa que se estremece entre sus brazos, empujando sus caderas en las últimas letanías de una corriente vaga mientras un gemido retumba desde el centro de su garganta y convierte el cuarto en una fotografía que se le queda en negativo dentro del pecho.

—Ey —susurra Kageyama, apartándole el flequillo de la frente.

—Hola, cumpleañero —Hinata roza su nariz con la suya, todavía sin acostumbrarse a lo fácil que puede llegar a ser estar al lado de alguien—. Dame uno segundos y volveré a ser persona, lo prometo.

—Vale —tiene la insolencia de sonreírle sobre la boca, pagado de sí mismo, arrastrando las palmas peregrinas por su espalda para cobrarse un escalofrío—. Si los necesitas.

—Eres bobo.

Lentamente, sus sentidos van recobrando nitidez a destellos irregulares de realidad conforme el compás sordo de su interior, ese que redobla los latidos entre sus clavículas y se agudiza en la vereda estrecha de su ingle, se estabiliza de ritmo. La nieve ha ensordecido el ruido de Tokio, escondiendo las marchas de los coches y el arrullo de las conversaciones en una bola de cristal que al agitarse siempre es Navidad, pero lo escucha, procurando afianzar su respiración a temblorosos hálitos. Lo percibe, observándole atentamente, conteniendo los movimientos bruscos, siendo tan considerado que le hace sonríe también.

—Te voy a cobrar —amenaza, enredándole los dedos en el pelo. Sumergido en la oscuridad mientras esa llama incandescente que nubla de humo sus pensamientos se dispersa, poco a poco. Aunque es jodidamente difícil, porque Kageyama lo abraza por la cintura y está duro contra él, por lo que el efecto es como si removiera las rescoldos de unas brasas, en vez de disipar el fuego, oxigena el calor y aviva un chisporroteo que contamina su sistema nervioso—. Un bote de Nutella por segundo.

—Para eso te pillo el barril de ocho kilos.

Abre los párpados, algo desmadejado y sinvergüenza, las pupilas derritiendo el caramelo cristalino de sus iris, lo funden al punto líquido. Kageyama está húmedo por él, allí en la única franja de su cuerpo que no lo toca y sufre; esta húmedo de él, sobre el estómago y en la palma, y tiene la desfachatez de hablar de comida. Chocolate. De ladear el rostro maquillado de una falsa inocencia, pugnándose su próximo un tanto.

Otro.

—O sea, que pagarías por mirarme —Hinata es incapaz de contener la pulla, zorrocloco y salvaje—. Yamayama, no sabía que eras de esos.

El golpe de calor es inmediato. De esos. Vale. Hasta ahí ha remado su balsa.

—¿Te recuerdo que acabo de hacer que te corras tan bien que has necesitado un descanso? —De unos cuarenta y tres segundos, pero Kageyama puede obviar ese detalle—. ¿A dónde querías que mirase, idiota?

Se le ponen las orejas de guirnalda, seguidas de sus mejillas y el barranco de su cuello y Kageyama no continúa camino abajo ni comprueba si su tonalidad ha permutado a más rojo porque sería demasiado, es tan consciente de Hinata que un dato extra sería mortal. El modo superficial en el que hincha su pecho al inspirar y se encuentra en el medio con el suyo, el arrastre débil de sus uñas en la nuca, trazando cañadas que desembocan en su coronilla, el vello rubio e imperceptible de su espalda que se eriza bajo las yemas de sus de dedos, hay más partes suyas en contacto con él de las que puede enumerar y luego esta eso otro, ese vaivén tortuoso de sus caderas sobre sus calzoncillos, de un ratio ínfimo, parsimonioso, adrede, que insiste en mantenerlo en vela.

—Guau —silba, falsamente asombrado—. ¿Quién eres tú y dónde se ha metido el tío que le cuesta decir pompis? Porque quizás me he equivocado de cama.

Ni lento ni perezoso, Kageyama ataca con la única baza ganadora.

Clava los dedos en sus costados, buscándole las cosquillas en la serranía de sus costillas con la diestra, cerca del abdomen, mientras la otra le rodea la cintura para evitar que se dé a la fuga. Le interroga "¿vas a recordarme toda la vida esa maldita palabra?", sin tregua. Hinata se reduce a una mixtura de "parajopé", serpenteando para cazarle de las muñecas e inmovilizarle, caen de costado sobre las almohadas, "eres un tramposo de mierda", le muerde la quijada a carcajada abierta, flojito, y Kageyama le pelliza cerca de la axila, maravillado de su risa, que hierve entre diminutas pompas de sonido a luna creciente desde sus labios.

Hechos una trenza de extremidades, escucha la amenaza "como no pares, voy a pedir que escriban en tu epitafio: Kageyama Tobio, alias El Pompis", asfixiado, con los rizos de fuego irlandés desmenuzados en sinuosas ondas y una expresión que le contrae de un retortijón el organismo. Dichoso. Nunca le han mirado de esa manera antes, como si en ese mismo instante Hinata disfrutara de algo que le hace realmente feliz, proyectándolo sin miedos, reluce con ese cariz genuino que despunta cuando juegan al voleibol. A diferencia que ahora es él, y no esa camaradería sin reservas, quien ha producido su reacción. Un tío con más demonios que palabras, que no sabe si está dándole lo que necesita ni cómo pero procura mejorar porque se lo merece todo.

La sensación lo sobrecoge, le llena de inseguridad aguda.

¿Realmente le hago sentir así?

El pensamiento es tan invasivo que se sorprende a sí mismo sujetándole la cara con cuidado en busca de una cura. ¿De verdad puedes conformarte conmigo?

Hinata adivina en seguida lo que discurre por su cabeza, al igual que Kageyama intuye que lo sabe, las líneas de expresión alivian la euforia cosquillosa, cae para que una comprensión magna y alta florezca. Traza círculos en sus sienes con el pulgar, los pómulos perlados de pecas, casi a la espera de su beneplácito, aunque sea una reverenda chorrada después de todo lo que han hecho. Se acerca, despacio, a Hinata le tiembla el aliento y se pega a él, sin meterle prisa. Acariciándole la escalada de su columna. Entreabre los labios un segundo antes de que Kageyama lo moje con los suyos, desliza la lengua unos centímetros para recibirle a base de bien y en cuanto se tocan, cargados de una anticipación inflamada, ese torrente que lo riega por dentro de una hoguera tormentosa, se calma. Como un encantamiento repulsor, acoge el temor en su abrazo y lo transforma en la emoción más llevable de todas hasta derretirle en un gemido dentro del beso.

—Calla. Piensas gritando, ¿sabes? —acucia Hinata, ha enganchado una pierna en su cadera para distraerle y embiste ligeramente contra su erección, cada vez menos blando—. Te puedo escuchar aunque no digas ni mu.

Kageyama piensa contestarle cuando nota otra estocada macilenta sobre el algodón y todas las reservas que no caben entre ellos se desploman, ruedan fuera de las cuatro esquinas.

Los deja solos.

La prudencia de su anticipación se carboniza y persigue el movimiento como si estuviera desnutrido, encajando las manos en los cachetes de su culo para distinguir mejor el trasiego radial, obligándole a frotarse contra él porque no puedo más, suspendido en un sofocante limbo. A Kageyama le deberían haber entregado un folleto informativo sobre las consecuencias que acarrea el sexo. Insuficiencia venosa. Estrechez pulmonar. Arteriopatía coronaria. Los órganos entumecen y pierden consistencia poco a poco mientras la poca claridad se tiñe por el rastro incisivo de una sonrisa en el cartílago de su oreja. Orgulloso de que tiemble a causa de él. Hay una costura en su interior, más abajo de su ombligo, que mantiene la tiesura muscular a duras penas y, como si Hinata lo supiera, jadea dentro de su oído, deshilachándolo, su respiración patina entre sus lenguas y se estrella en un gemido nebuloso y, maldita sea, si hace eso de nuevo va a ser penoso. Va a correrse de pura fricción, todavía medio vestido, sin tocarse. La adrenalina contrayéndole los dedos de los pies.

Aparentemente, Hinata tiene otros planes encajados en su mollera de camorrista, porque presiona las yemas zurdas sobre su pechol y lo hunde en el colchón; durante unos segundos la tierra cambia de eje, rueda y se desequilibra hasta caer sobre una superficie mullida mirando hacia un techo calimoso y a un idiota muy orgulloso de sí mismo por su acto vandálico.

Así lo categoriza Kageyama, una acción que destruye y devasta todo (más bien, su paciencia) cuanto se enfrente a su paso (es decir, torturarle la existencia).

—GUAU —le sonríe desde arriba, apoyándose en los abdominales—. Stop, astronauta, sé que quieres llegar rápido a la Luna pero primero hay que revisar el cohete.

Escupe la analogía del siglo sin un ápice de arrepentimiento.

—Que. Por qué. —Debía tenerla como as bajo la manga. Es imposible que llevara a cabo esa ruindad y, además, elaborara una frase de ese calibre a la vez—. ¿Puedes evitar esa clase de cosas? Me da vergüenza.

Hinata delinea la ruta que se hunde entre sus pectorales con los nudillos, la punta de la lengua en el filo de un colmillo, desciende el esternón, el tramo de vientre que orilla su ombligo.

—Uso el humor para ocultar la mía, deberías aprender.

En el proceso, se ha ido cerniendo sobre él, algo felino, las pestañas caídas en una reverencia larga por la que se entrevé el circuito de sus iris, jarabe de azúcar y una cuchara de marrullería que devoran poco a poco sus pupilas, rozando piel sensible mientras le recorre a labios abiertos.

La sacudida le recorre de arriba abajo y luego vuelve a subir al epicentro.

—Hinata —se le parte por la mitad el nombre en un chasquido moribundo.

Quiere reprenderle, pero lo único que brota es un sucedáneo de palabra, bronco y oxigenado. Se le cierra la garganta de inmediato cuando cuela dos dedos por la cinturilla y a Kageyama solo le queda apretar la mandíbula, arqueándose un par de grados.

—Vale. —Jamás le besa en el mismo lugar. La prominencia de la nuez. El nicho donde se juntan las clavículas—. Perdón. —La disculpa se mete en la dermis como la tinta de un tatuaje, lo impregna y le deja temblando—. Perdón —repite, mentiroso, con la mano en los calzoncillos, desparramando el semen alrededor de la punta—, es que quiero chuparte.

Es que quiero chuparte.

Kageyama afianza los codos en el colchón para comprobar si lo que ha propuesto va en serio, si realmente quiere o solo se fuerza porque considera que es lo que tocaría, compensarlo. Sacarlo de su error, si ese fuera el caso.

Le busca, sin perder a esos cinco dedos que trepidan hasta la base de su polla, rodeándole dentro del calor de la ropa, fundiéndole contra su palma anegada de callosidades. Kageyama se considera un chico centrado, diligente, pero Hinata le acaricia más abajo de lo normal y le produce un cataclismo interno. Algo sale de su garganta, un gruñido, más animal que persona. Espontáneo. Recaba los últimos granos de cordura que le quedan y, aspirando trémulo, baja la barbilla en su dirección para toparse con una imagen que termina de devastarlo.

Es la misma que lo ha acompañado desde los quince años.

Desafío puro y familiar. Ganas. De probar. De probarlo a él. La expectación maquillándole los rasgos y esa adrenalina contagiosa a la que no sabe negarse brillando más allá de su parpadeo. Prácticamente lo escucha: déjame, Kageyama, quiero hacerlo. Déjame, por favor. Pidiendo, de rodillas, entre sus piernas. Tiene los labios hinchados.

De pronto se ha convertido en un objetivo deportivo y eso le pone.

Quizás debería revisárselo.

—Estás fatal.

Ahí va, la frase más cliché del día:

—Por ti —secunda Hinata, acompañándose de un guiño risueño. Presiona los labios donde el hipo duele, se ladea y en vez de besarle, suelta una pedorreta que reverbera debajo de la piel. Riéndose. No debería resultarle tierno ni atractivo, pero ahí está, muriéndose debajo de aquel idiota cuyo único propósito es molestarlo—. Piensa en esto como tu primer regalo de cumpleaños.

En el orden de prioridades, le cuesta creer que pueda haber otro que supere algo así, la verdad.

—Joder. —Se tira de espaldas a las almohadas, tapándose la cara con un antebrazo. El mordisco del pudor le cuartea los carrillos—. Vas a ser mi muerte.

No le dice que sí.

—Pasarías a alguna lista de muertes absurdas, de titular: Mamada sale mal el día que cumple dieciocho, no es clickbait.

Pero tampoco se niega.

—Eres incorregible.

Al contrario.

Hinata deja de tocarle un segundo, solo uno, y suelta el calor que llora semen, separándole las piernas para hacerse hueco. Hay cierto poder en esa postura que le gusta, a unos centímetros del placer que solo él puede proporcionarle porque lo espera, se contrae levemente cuando suspira cerca, un poco ladeado hacia la izquierda. Quizás eso es lo que siente Kageyama como colocador, analizando el espacio y la estrategia adecuada y empujándolo al límite para que ruegue por un mísero pase de pelota, para que lo elija a él. Controlador y un poco sádico. Hinata muerde el trecho de piel fina que empieza en el pliegue de su ombligo y finaliza en el dobladillo de los bóxeres, lame encima de la humedad de los bóxeres y Kageyama se vuelve maleable, se deshace contra su lengua como un terrón de azúcar. Enreda una mano en su pelo y empuja, abriéndole los labios y a Hinata le encanta que sea un poco invasivo, apretando los párpados como si fuera demasiado verlo y sentirlo a la vez, evocando un quejumbroso "por favor" que va directo a esa zona donde la sangre se arremolina y perece.

Su intención era tomárselo con calma, memorizar las cicatrices doradas que se le incrustan en la cara interna de las rodillas por crecer rápido, mordisquear esa tensión preciosa y muscular que se intuye en su muslo y se le inserta en la ingle. Trabajárselo despacio. Con esmero. Registrar cada información que le brindara para hacérselo bien.

La realidad es distinta.

—Dime si te hago daño —pide, nervioso por hacerlo algo mal. De que le disguste. Se moja los labios, trazando dibujos sin forma sobre el hueso de la cadera—. Aunque al menos dame un aprobado bajo con un "necesita mejorar" para motivarme.

A Kageyama le cuesta media vida no tirar de él y comerle los labios y correrse así, notando su cuerpo encajándose al suyo, oyéndole hablar bronco. Pero entonces Hinata pasa de ordenar todos los datos que ha podido recabar alguna vez sobre mamadas a enganchar los índices en la cinturilla, tira y el cambio de ambiente es algo brutal pero mejor; le desnuda, cubriéndose los dientes y el aparato, y su polla desaparece de su campo de visión.

—No creo que vaya a aguantar mucho —advierte, más aire entre las letras del que debería.

La impaciencia le drena de sinceridad y lo deja al descubierto. Sin principios morales ni vergüenza. Se le han embotado los sentido y solo persiste ese nudo central que se estira y se retrae, ansioso.

—No lo hagas —concede, una mano sobre su estómago y la otra a su alrededor, trazando la línea de una vena visible con el pulgar—. Córrete.

Para mí.

Hinata deja caer la boca calada sobre la punta, haciendo círculos con la lengua en ese punto donde el músculo está compuesto de carne débil y Kageyama aguanta la respiración.

El cuerpo se le hace pequeño.

Si esto es lo que hacía la gente en el instituto, si sentían la mitad de lo que él está experimentando, le resulta normal que solo pudieran hablar de ello. Aguanta la respiración porque el resto del cuerpo cede a esa succión suave, cuidadosa; le aparta los rizos de la frente, y Hinata levanta su mirada ambarina llena de una determinación despiadada. No ha avanzado casi nada y ya es tan bueno que se le enredan las contracturas sosteniendo las ganas de embestirle. Se entrega a su métrica, deja que se adapte al tamaño. A la forma. Mientras el eco de sus labios cobra vida en una cadencia cálida que solo se rompe cuando jadea sobre la punta.

La pieza musical que lo llevará a la tumba.

Aquellas perlas de luz que entraban por los recodos de las persianas se han convertido en islas esféricas que se mecen sobre sus cuerpos, alumbrándolos a tramos. Proporcionándole a Hinata una visión más clara de su cara y, joder, desde su posición, Kageyama es una mala idea. El terror que va a inundar sus sueños. Lo que echará de menos cuando esté solo en su cuarto.

Se está mordiendo el labio inferior para callarse, o contenerse, o ambos, aunque no es muy bueno en ello porque de todos modos ruge desde el pecho unos gemidos átonos, observándole con los ojos marinos prácticamente cerrados. Se le ha erizado la dermis del estómago contra sus yemas y una vez jadea "no puedLosiento" suelta el amarre, levantando la cadera a constantes pulsiones que marcan sus latidos. Hinata delinea la forma de sus testículos, buscando el roce contra su garganta. Marca un ritmo, lo rehace, percibe la tensión de Kageyama y se detiene a una bocanada del infierno.

La carne se estira, más tierna, más húmeda, más roja. Más.

Shō.

—Shō.

No llega a componerlo en su extensión pero lo gime una vez y es suficiente para que quiera oírlo lo que le resta de existencia.

El corazón de Hinata pende de un hilo, sin aliento. Listo para partirse y lanzarlo al vacío. Precipitarse. No detiene el movimiento porque Kageyama acaba de llorar el inicio de su nombre y quiere escucharlo de nuevo. Di mi nombre. Acerca la boca a ese punto donde todo ebulle. Suspira. Repítelo. Desliza la palma por sus costillas. La cadera. Lo nota estremecerse contra los labios.

Shōyō.

La contracción de sus latidos traspasa las fibras nerviosas como las baquetas repiquetean contra los parches de un tambor, reverberando hacia fuera y hacia dentro, sobre la curva de sus orejas y las palmas húmedas enredadas en cabello hecho de cobre, mientras una certeza —la única y tangible y mayor— estalla en su estómago. Kageyama lo procesa a cámara lenta, a contra voluntad, queriendo navegar en esa fuga torrencial durante más tiempo, aunque en realidad todo pasa tan rápido que casi no puede absorberlo.

Primero le abrasa un tirón, que nace de la ingle y clava su gancho en el pecho, agudo y lacerado, obligándole a enderezarse, sin respirar, y después el anzuelo desaparece, abre una herida y su cabeza se inunda de pensamientos provocados por el mismo denominador común. Estátancaliente-Hinat-Noaguant-Sho-Esalengua-Porfavor.

Se corre licuado, y no le da margen a recular ni es capaz de avisarle pero Hinata no se aparta, ni se queja, atrapándole el orgasmo con la lengua a caligrafía lánguida y comprometida con la causa.

Ni siquiera se había dado cuenta de que continuaba moviéndose contra su boca hasta que lo piensa, claramente. Me acabo de correr ahí. Se le ha aterido todo el cuerpo pero empieza a rescatar paulatinamente el control de su juicio como si acabara de bajarse de una montaña rusa. Joder. Tiene las extremidades plomizas y el corazón inmenso. Detrás de la membrana, su visión empieza a clarear, desdibujando los rizos toronja con cariño. Los coletazos del espasmo migran de su pecho hacia los muslos y vuelven a trepar, sin tregua, mientras Hinata gatea a su encuentro, tiritando por un beso.

Probablemente en otras circunstancias le pondría pegas pero está apabullado y acaban de hacerlo y le quiere, así que en cuanto se desmorona contra él, sonriendo, y le arrulla un "qué" opaco y cavernoso, lo atrae por la nuca para separarle los labios.

—No es por aguar la fiesta de pijamas, pero quizás deberíamos pegarnos un baño —medita Hinata, rodando como un burrito hacia un lado, sin separarse del todo—. Tus amigos estarán al caer.

Apoya la barbilla en el hueso rotatorio del hombro de Kageyama, percibiendo la pluma aterciopelada de unos yemas deslizarse a lo largo de la curvatura de su columna. Así, medio reclinado a su favor, con los mechones largos esparcidos aquí y allá, sobre las cejas y en derredor de las orejas, es la viva imagen de esos chicos adolescente demasiado guapos, de apariencia libertina y ojos magos. Hinata piensa por un momento si siempre va a sentir por él ese corte insano y afilado en el corazón cada vez que lo mira de más o si se irá acostumbrando.

—Recuérdame por qué mis supuestos amigos y tú habéis cambiado los planes sin consultármelo.

Aunque le da un poco igual. Puede soportar ese dolor ínfimo si le pone esa expresión cariñosa, sentida, deteniéndose en las vértebras para contarla como quien acepta la picadura del sol para envolverse en su manto calentito.

—Porque —comienza, emulando un tono sabiondo e impertinente que sabe que le molesta— las sorpresas funcionan bajo el influjo mágico de no saber lo que va a ocurrir. Además, solo nos vamos a desviar un poquitín de nuestros planes iniciales.

—Un poquitín.

—Ajá, el diminutivo del diminutivo "poquito".

Habían ido enredado las piernas conforme la conversación tomaba forma, así que cuando Kageyama le propina un capirotazo en toda la frente ("¿Eso es lo que te enseñan en la universidad?") y Hinata se soba la zona afectada ("Eres más gilipollas que pellizcar cristales"), huyendo de un segundo golpe, a la gravedad no se la espera pero sí está presente, y acaban en el suelo aovillados y riéndose.

—Maltrato doméstico —le increpa Hinata, irguiéndose de un salto.

—O animal, según se mire.

—No muerdas a la mano que te da de comer.

Aun así Hinata tira de la suya, levantándole de un empellón. Se quedan a un palmo. Contemplándose. La mañana cuelga de la cornisa del edificio, sombreando la espalda de los transeúntes con formas sinuosas sobre una mullida capa carrasposa. Le susurra un "vamos" que no necesita respuesta, se da la vuelta, decidido, guiándole en penumbras por su cuarto con los dedos entrelazados contra su estómago, descalzos e impúdicos y un poco arrebatados por la sensación de dominar el mundo. Lo escucha tararear "Ducha, ducha, el tren de la ducha" y Kageyama termina de rodearle la cintura, escarbando en su cabello para depositar ahí un pico, "¿es el nuevo remix?", camina algo pingüino, nivelando sus alturas, sin considerar que es la primera vez desde que se mudó en atreverse a rondar por su piso así.

Libre.


Arata y Yū son las notas álgidas de una canción tecno. Sabes que van a llegar en cualquier momento para romper el compás y que, en cuanto ocurra, ensordecerá el resto.

Así que Kageyama se prepara mentalmente porque quiere tomarse las cosas con calma sin recurrir al alcohol o a la violencia y ¿esos dos energúmenos siendo partícipes y coorganizadores de —según palabras textuales de Hinata— su fiesta sorpresa de cumpleaños? Mínimo han orquestado dos o tres triquiñuelas para jugársela. Mínimo.

Lo comienza a asimilar enjuagando los últimos retazos de somnolencia y el champú de moras que le hizo su madre en verano. Repasa todas las posibilidades habidas y por haber que podrían jugar en su contra, apoyado contra el lavamanos de mármol, dejándose secar el cabello con una presteza asombrosa, aunque se le olvida un poco cuando Hinata se agacha y se cuela en la capucha informal que crea la toalla alrededor de su rostro, y le muerde la barbilla, dispuesto a jugar. Se insufla las venas de paciencia y de mantras improvisados ("son unos cafres, pero los quieres; son unos cafres, pero los quieres") al desenterrar la cabeza por el cuello alto de un jersey tizón de viscosa rayado en finos cuadrados blancos. Y no se da por satisfecho hasta que ha creado una red de respuestas que no lo empujen a pegarles un puñetazo en el plexo solar si se pasan de rosca.

La realidad es que no han cruzado el portal, de hecho, Kageyama ni siquiera ha soltado el pomo de la puerta, frío contra la cara interna de los nudillos, cuando marcan el primer strike.

Ocurre lo siguiente.

Abre al tercer estruendo de timbre, sin reparar en que Arata le apuntaba con el móvil justo sobre una sonrisa malévola, tapándola:

—¿En vuestro mundo de Yupi desayunáis a las doce del mediodía o qué? —les acusica a modo de saludo.

Y, acto seguido, Yū se abalanza. Como un camión que remolca sin ofrecer opción a huida, pero rubio y hecho de rastas en vez de metal. Hunde las palmas en sus hombros y le planta un morreo que le atraviesa de los pies hasta la coronilla. El escalofrío le nace al final del espinazo en una oleada antártica.

Qué.

No dura ni un segundos. Lo voy a matar. Dos pestañeos, a lo sumo. En cuanto recupere el control de mi cuerpo lo desmiembro. Le ha hundido la nariz en la mejilla y en el proceso Kageyama descubre lo aguileña que la tiene, incrustada junto a la suya y Me está besando, es que estamos locos o QUÉ.

Las lluvias torrenciales y los tsunamis amansan tras arrasarlo todo y permiten que el mundo vuelva a respirar; Yū hace algo parecido, recula, florecido en la personificación del desenfado, y lo zarandea.

—¡Feliz cumpleaños, dude! —Al menos le queda alguna gota de autoconservación en el sistema, porque mientras habla se aleja dos pasos, algo más rígido, no del todo culpable pero sí dubitativo de lo que pueda ocurrir a continuación—. ¿Del uno al diez cuántos sobresalientes valen mis labios virginales? —Kageyama lo fulmina con la mirada—: Espero que lo aprecies de todo corazón, no se aceptan devoluciones.

Hala, ya se ha quedado a gusto, ¿no?

Arata se dobla sobre sí mismo en cuanto Yū vocaliza "virginal", apoyándose sobre su rodilla con la mano que no sostiene el Xiaomi, llorando de la risa, asfixiado, y Kageyama considera seriamente el homicidio encadena, no sabe a cuál de los dos cortarle el pescuezo primero. Aunque en realidad empezaría por todos los métodos de torturas que Google podría ofrecerle como imaginativos y dolorosos.

—Tío, yo creo que se ha roto. —Arata codea en las costillas a Yū, empezando a preocuparse—. Se ha reiniciado o algo.

Chistes sobre androides, otro punto más que añadir a la lista de motivos razonables por los que acabar en la cárcel.

—Ha sido mi pericia al besar.

Y encima se pavonea. Lo que hay que oír.

—Corred. —¿Todos los métodos de relajación que aprendió con la psicóloga alguna vez? A la mierda—. Corred por vuestra vida.

Kageyama tenía un procedimiento mental, en cuanto uno de los dos pusiera pies en polvorosa se le echaría a la garganta. Fácil de ejecutar. Sin embargo se le chafa nada más remangarse la sudadera, porque las expresiones de alarma que habían puesto sus amigos ante la amenaza se difuminan como si una ola hubiera borrado todo rastro de pánico. Cruzan una mirada divertida, se encogen de hombros, cargados hasta los dientes de unas bolsas en las que no había reparado, y se lanzan a abrazarlo al son de "pero mira qué carita de ogro tiene el niño" y "dieciocho años de pura maldad" y un largo "felicidadeeees" que lo envuelve de una calidez pesada en el epicentro de ese encuentro.

—No os soporto —claudica, elevando las comisuras.

Por el rabillo del ojo, un poco mareado de tanto contacto y atención, capta a Hinata de cuclillas a un par de metros de ellos. Se había quedado en el baño tratando de colocarse un pendiente de aro y ahora está ahí, cediéndoles una burbuja de privacidad, pasándole las uñas por el lomo a Gato, quien se remueve bajo el tacto para que alcance el punto exacto de placer, cerca de la cola. Se le pega el flequillo húmedo a la frente y no deja de observarle de una forma que le encoge el estómago. Es la cara que siempre pone cuando considera que ha logrado algo, aunque solo Hinata sabe exactamente el qué, a veces se lo dice y en otras simplemente se queda estático derrochando orgullo y satisfacción y una pizca de otra cosa que Kageyama empieza a ponerle nombre aunque todavía le cueste aceptar que le dedica esa emoción a él.


Los días libres y las festividades brindan ese marasmo lenitivo capaz de desanudar una a una las ataduras que producen las responsabilidades y los momentos bajos. Los exámenes, el horario laboral de mierda, las entregas de última hora, esa pelea que crece como un monstruo y torna los sueños en pesadillas. Se convierten en el permiso a relajar la postura y la compostura. Un bote salvavidas. Y además, tienen el superpoder de tomar cualquier forma: una copa de vino, Netflix, el libro abandonado sobre la mesilla de noche, una discoteca henchida de personas que creen saber bailar o las dieciocho velas que navegan sobre una tarta de yogur y manzana caramelizada.

La última es su favorita.

De pequeño, Hinata disfrutaba de unos cumpleaños bastante pintorescos.

Había globos rellenos de agua preparados en cubetas al fondo del jardín (impacientes por reventar en una estrella acuática y regar el parterre), mesas manteladas cuya superficie cambiaba de temática según la película y la serie que hubiera salido dos meses atrás (El imperio contrataca, Shrek 1 y 2, Shin-chan, El Rey León, Naruto) y que, de repente, había acaparado toda su atención hasta convertirse en su favorita. Sus padres unían fuerzas para confeccionar los mejores sándwiches katsu sando de la historia jamás contada. Si hicieran un Concurso al Sándwich del Año sin lugar a dudas deberían llevarse el primer puesto solo por atreverse a poner una chuleta de cerdo rebosada en el interior de dos capas de pan maridada a la perfección con la salsa Wecestershire y una pizca de miel y mostaza.

Pronto, nació Natsu, y con ello descubrió otra cara más de los cumpleaños que le divertía en la misma medida. Ser el ingeniero de una caja de Legos bien empaquetada, el cazachupachups de Coca-Cola y chocolate, el DJ que inicia un karaoke improvisado. Solo debía reunir los componentes adecuados para que su hermana se transformara en un torpedo lleno de energía, risueña y feliz.

A Hinata nunca le han sobran los recursos económicos, por lo que se las tiene que ingeniar mediante un par de gotas de astucia y, en su aderezo, bastante esmero para ofrecer lo mejor. Ocasionalmente se hace un poco cuesta arriba, sobre todo, cuando otras personas tienen al alcance de una tarjeta de crédito cualquier cosa. Lo cual no desmerece el regalo, no es menos válido, simplemente compara su hallazgo frente al de otros y le fastidia, le duele no poder ofrecer lo mismo.

—Son una HU NMD, ¿te molan? —increpa Arata, relamiendo de su cuchara la textura porosa y agria del mousse que reina la segunda capa de la tarta.

Nesquik asoma la naricilla rosa por la esquina de una extremidad del tablero, la pupilas de púa fijas en un gurruño de papel con motivos navideños (un estampado rojo fresa, siluetas de bastoncillos en blanco) que había acabado en el suelo tras desempapelar el regalo, elonga una pata, tanteándolo, y en cuanto comprueba que es inofensivo salta a por él sin piedad.

—Fue un regalo conjunto —declara Yū, sentado a su lado. Descansa el cuello en el respaldo amaderado de la silla en una postura poco humana que probablemente resienta sus lumbares unas horas después, palpándose la tripa encima de la camiseta fucsia con cara compungida cada vez que pilla cacho de la zona baja—. De Ushi, sabes que no ha podido venir porque viajó antes a Sendai, y nosotros dos, aunque Miyoshi —se detiene un momento cayendo en un detalle—, es el suplente de libero —matiza, para Hinata—, fue quien las mandó a pedir porque su tía tiene una tienda deportiva y podía hacernos precio.

Kageyama se mantiene mudo, visiblemente excitado, aprieta la boca que le tiembla de la emoción e intenta reestructurar esa fachada de "aquí no pasa nada", sacando con sumo cuidado el par derecho de una zapatillas color menta para estudiarla apropiadamente.

Por los laterales se engarza el sostén de los cordones en un tono verde limón, los cuales rebajan el azul hasta volverse pastel. Hay un rótulo en blanco bifurcando la lengüeta y, sin tocarlos, se percibe que la suela la han hecho para que no resbale en los días de lluvia.

Molan mil.

Hinata comprende que es difícil asimilar que unos cuantos amigos puedan reunirse para pillarle unas deportivas que cuestan lo mismo que se gasta él en comida durante un mes entero. Lo que supone. No solo el esfuerzo, si no también lo que debe significar que alguien quiera tomarse esas molestias por ti. Así que para Kags se agrava el asunto, todavía desconfiado de poder hacerse un hueco real en la vida de otros como para recibir tanto a cambio.

Por otra parte, ya estaba un poco escamado. De la llamada esporádica que le habían hecho sus padres para cantarle feliz cumpleaños muy desentonados. El vídeo moldeado a base de fotos horribles y graciosas en las que aparece todo el Karasuno con sus peores galas. La imagen de un dibujo hecho a mano alzada que Natsu le había obligado mandar a su madre en la que se entrevé un retrato acrílico. Quizás sea ese rubor que no puede ocultar aunque le encantaría, bajo una mirada acuosa, o esa mano (la que no sostiene el zapato) que rodó hace rato hasta su rodilla para encontrarse con la suya, pidiendo sostén en un secreto poco escondido, y que ahora le acaricia la cordillera de los huesos, lentamente, o puede que sea —simple y llanamente— porque nunca le ha hecho falta mirarlo dos veces para comprender lo que está inundando su mollera, pero Hinata intuye que está tratando de encontrar las palabras adecuadas para agradecerles el regalo sin sonar parco o brusco.

—Tiene mediasuelas Boots, que ayuda a que el aterrizaje de la pisada sea suave y amortiguada al apoyarse contra el suelo —prosigue Yū, comenzando a impacientarse. Se endereza pero algo ocurre, posiblemente sus tripas, porque se le contorsiona el gesto y vuelve a reclinarse—. Esa tarta es el demonio.

—¿No haberte comido un cuarto tú solo, dude? —Arata le ofrece su cuchara, con recochineo—. Tú qué opinas, peque.

Hinata había pescado unas migajas de pastel con el índice y el pulgar en pinza, estaba a punto de echársela a la boca.

—Pues… —considera, declinando la opción de comérselo primero—. Estoy deseando con toda mi energía que a Kageyama se le reduzcan los pies a un tamaño que casualmente podrían ser como los míos para que se vea en la obligación de cambiar de talla y así compartirlas porque aparte de ser chulísimas tienen toda la pinta de que si corres con eso tocas nubes en vez de suelo.

La contestación cae en gracia, los chicos resoplan, más que conformes, y Kags detiene el hilo mental para girarse hacia él, bufando. La sonrisilla de sabiondo de oreja a oreja.

—Cómo puedes ser tan idiota. —Nadie es testigo de cómo Kageyama le roza la palma con los dedos, los abre, separando los suyos para hacerse un hueco y rodearle. Nadie menos la punzada intensa que se le clava en el esternón—. Aunque comprendo que tus pies tengan envidia de no llevar unas deportivas tan increíbles.

Se lanza el primer volador.

Arata y Yū hacen la ola y rompen en vítores, y empeoran un poco más cuando Kageyama recoloca el calzado en su caja farfullando un parco gracias, morado.

—Bro, yo creo que tengo una fuga en el lagrimal o algo.

—¿Es contagioso? —Arata se pasa una servilleta de párpado en párpado, dramático, y luego se la cede a Yū—. Porque yo creo que tenemos los mismos síntomas.

Kageyama carraspea, relajado.

—¿Tontitis aguda?

Y Hinata, que no quiere quedarse atrás, se estira, levantando la nariz, inspeccionándolo de cerca, luego, encesta:

—¿Eso que veo ahí es una lágrima, Yamayama?

Si es que… Dios los cría y ellos se juntan.

El jolgorio carga con la mayor cantidad de momentos absurdos y anecdóticos que puede.

Desde la mesa redonda en la que todos juzgan duramente lo mal que lleva Kageyama beber y su modo zombie que se traduce en tirarse al suelo y agarrar lo primero que pille aunque eso suponga las partes bajas (y "gloriosas", añade Arata); pasando por aquella vez que Yū fingió sentirse peor dentro de una ambulancia para ligar con la EMS que le atendía (y que le triplicaba en edad porque tenía nueve años); para finalizar con el importantísimo dato de que Arata es a lo que Hogwarts llamaría un Seamos Finnigan, quema todo lo que cocina, incluso el agua para el té, ¿y qué ocurre cuando hay una liberación súbita de gas, elevando la presión en el ambiente? Que explota. Apuran los últimos trozos de tarta, más por gula que por ganas. Hasta que el mediodía empieza a espesarse y los quitanieves arrastran por segunda vez el hielo de la calzada.

—Ay, chicos, me encantaría ir con vosotros al mercado y comer tamagoyaki y manchikatsu de ternera y tempura así toda crujiente que sabe mejor de los puestos… pero mi familia me reclama —Yū se encarama sobre ellos, con un mohín presente en la cara, echándoles los brazos por encima a Hinata y a Kageyama después de cuatro abrazos. Prácticamente se tumba. Estampándole dos sonoros besos—. No me mandéis fotos u os buscaré, daré con vuestros cuellos y os mataré lentamente.

Les amenaza ensañándose con su dedo índice y Arata, (que ya se había despedido de ellos al menos unas tres veces y le había dado a Kageyama otra paquete envuelto más pequeño y blandito con la severa advertencia de que era un regalo para los dos y que no se abriera bajo ningún concepto antes de Nochevieja o daría mala suerte), tira del cuello de su camisa, arrastrándolo hasta la puerta y haciendo de oídos sordos de sus fingidos sonidos ahorcados.

—Me lo llevo porque es un pesado y todavía tiene que llevarme a mi casa, que abu está esperándome para comer con ella.

Y así, sin más, el silencio se apiada de las paredes como el calor se acurruca dentro de las capas de abrigo, manteniendo un equilibrio.

—¿Nos vamos ya? —comenta Kageyama, echándose a los vaqueros el juego de llaves y la cartera—. Son las dos y si queremos llegar a la sesión de las siete de Animales fantásticos después de hacer las compras deberíamos darnos un poco de prisa. —Descuelga del perchero un abrigo de lana largo, similar al corte de una gabardina a pesar de que la tela es gruesa y parece confortable—. ¿No vas a llevar nada más?

—Ah —vocaliza, aun procesando que mañana estarían de camino a casa. Se fija en su atuendo y levanta los faldones del jersey toronja. Se lo compró porque venía con codilleras mostaza y le pareció un detalle gracioso pero duda seriamente que le proteja de los seis grados que crepitan fuera—. No, digosí, ahora voy —recapacita sobre la marcha. Algo frenético. De repente le empiezan a sudar las manos—. Kags, todavía no te he dado tu regalo.

Había esperado premeditadamente a que se quedaran solos, le apetecía disfrutar de su reacción en privado. Es gracioso, porque la noticia surge en Kags una quietud preocupante. Se detiene con el brazo medio metido en la manga del gabán marino, inclinado como la torre de pizzas y la punta de la lengua rasurando la esquina de su boca. La mira por el rabillo del ojo, pasmado, mientras termina de ajustarse el abrigo.

—¿Quieres…? —carraspea, enderezando los hombros, las tonalidades ascienden por el barranco de su garganta y desborda en sus pómulos—. ¿Ahora?

Desvía la mirada de su cara, casi culpable. Dice "ahora" como si le diera una vergüenza atroz.

Que si quiero qué.

Entonces, Hinata une los cables y surge la chispa. Lo ha interpretado TODO mal.

—¿Crees que mi regalo es otra mamada? —la incredulidad se le pega al timbre, echándose las manos a las caderas.

Es que es increíble, les ofreces la mano y te arrancan el brazo.

—¿Y yo qué coño sé, atontado? —Ya está, se siente vulnerable e insulta. Su mecanismo es más sencillo que el interior de un botijo—. Eres tú el que habló de regalar esa clase de cosas.

—Ah, vale. Bueno, pues perdona. —Le pega un puntapié flojísimo—. No volverá a ocurrir.

Es más broma que realidad y ambos lo saben. Por eso mismo a ninguno les sorprende el capirote que le propina Kageyama entre las cejas ("idiota"), ni que Hinata lo tome como una iniciativa al desafío. ("si quieres no lo hago más, creo que de los dos tú sales perdiendo"), agarrándole de las solapas desabrochadas y suaves bajo las yemas, haciéndolo agacharse, sus flequillos se entremezclan. Kageyama, lejos de desdecirse, se muerde el bochorno que le provoca hablar ligeramente de esos temas y hace de tripas voluntad.

Hinata percibe un resto de discordia espumar sus mirada marina.

—No quiero que te lo tomes a mal —admite, apesadumbrado. Esboza círculos incompletos en su espalda—. Pero había dado por hecho que venir aquí, teniendo en cuenta el desvío que has dado desde Kioto y lo que cuesta hacer dos viajes pudiendo subir directamente a casa, ya era más que suficiente —se detiene a analizarle, temiendo cagarla, un milisegundo—. No debí darlo por hecho.

Kageyama hace eso de abrirse el corazón cuando la situación lo amerita y le quita las ganas de contestarle porque no tiene nada que añadir. No siempre habla con la misma delicadeza pero está aprendiendo a estudiar el ambiente y es sincero, consigo mismo y con el resto, y Hinata lo considera una cualidad suya a valorar como un tesoro. Además, jamás ha escondido que puede permitirse menos que algunos amigos suyo, no le importa porque no le falta nada y disfruta de lo que quiere, y si bien preferiría que los demás no se preocuparan, no le molesta que se tenga en cuenta sus circunstancias.

—¿Lo que te comenté esta mañana no te dio una pista?

—Estaba bastante distraído.

También hace eso otro, dudar si besarlo o no y pedirle permiso con la mirada, como si todavía tuviera miedo de que pudiera rechazarlo. Hinata también está aprendido que Kageyama es más cariñoso de lo que se piensan, los dos, simplemente no le han enseñado a cómo serlo. En esos momentos se arma de valor y confianza, esa que no siempre sabe de dónde sacarla, y le explica que también quiere lo mismo que él abriéndole los labios.

—Entonces —musita, separándose—. ¿Quieres abrirlo ya? —Se había puesto de puntillas por inercia y cuando toca tierra firme, el parqué se tambalea debajo—. Aunque puedes dejarlo para luego. Hasta las doce de la noche seguirá siendo tu cumple. Yo no me voy a ofender ni nada por el estilo —la verborrea es real, ha pasado de 0 a 100 en menos de un chasquido—. Es solo una cosa, la desempaquetarás enseguida.

Kageyama lo contempla con suspicacia. De arriba abajo. Deteniéndose en los calcetines grises estampados en limones que intercambian el peso de derecha a izquierda.

—¿Te acabas de tomar alguna droga sin que me diera cuenta? Porque estás como un cohete.

Kageyama.

—Cómo no voy a querer verlo si te pones así, venga. Tráelo ya.

Una centella de ilusión le quema las clavículas.

—¿Sí?

—Has perdido un segundo con ese monosílabo.

Hinata chasquea la lengua, empujándole al pasar sin poder contener el buen humor.

—Todo el día pidiendo, rey.

La cocina se agolpa al lado izquierdo del pisito, modesta y bastante moderna, a menos de ocho pasos de la entrada, Hinata prácticamente patina y se tira sobre el horno. ¿Quién esconde un regalo allí? Nadie, y precisamente por eso es un escondite espectacular. Se agacha y saca la pelota adornada en papel impregnado de Olafs. Le va a encantar. Cierra la portezuela recia por el enganche y deja la bolsa plástica que la rodea sobre la encimera. Yo casi lloro cuando la vi. Coge aire y contiene el maremágnum estomacal.

—¿Estás preparado?

Saca los rizos y parcialmente la cara por el quicio de madera y se promete ahorrar para comprarle alguna camiseta de cuello alto porque le quedan demasiado bien.

—Qué haces. —Ni siquiera es una pregunta, pone cara de "es que hay que quererle así" y prosigue—. Pareces una cabeza flotante.

—A lo mejor lo soy.

—A lo mejor yo te vuelvo una cabeza flotante como no me lo des ya.

Hinata jamás ha puesto tanta perseverancia en un regalo, y aunque es imposible que no le guste, aun así, le da miedo que las expectativas superen a la realidad.

—Vale —se muerde el labio inferior, escondiéndose la pelota detrás la espalda. El papel cruje a su espalda. Sale a campo de batalla—. Cógelo.

Hace una parábola perfecta. Dando vueltas como las manecillas de un reloj, que se detienen en cuanto toca firme, dedos expertos y articulados que actúan por memoria muscular.

—¿Un balón? —no hay inquina en su apreciación, sino sorpresa y algunas gotas de desconcierto.

Se comprime el tiempo y Hinata no respira. Los pulmones desisten de su jornada y cierran el chiringuito.

—Algo así.

Camina hacia él con la banda sonora que se escucha debajo de los árboles navideños todos los años, el restallido seco y súbito de un desgarro. Dos. A Kageyama se le van cayendo las líneas de expresión conforme el papel se dobla a favor de la gravedad. Tres. Abre la boca. Cuatro. La cierra. Cinco. Repite el proceso. Seis. Azorado. Si Hinata estirara el brazo podría tocarlo, pero se contiene. Siete. El estómago encogido y los latidos agolpándose sin poder entrar en el corazón.

—Falta una firma.

Ocho.

El alma a los pies.

—¿De verdad? —la fría decepción se resquebraja en una oleada rabiosa—. ¿En eso te fijas? No sé quién falta, aunque juraría que la he revisado varias veces —¿Ni siquiera ha alzado la vista de las costuras y tiene la desfachatez de criticarlo sin mirarle a la cara?—. Y hay mogollón, ¿sabes? He tenido que repasarla varias veces con la lista que hicimos aquella vez y-y-y, joder, si falta una qué más da.

—Falta la tuya.

Baja las brazos, que se habían movido entre ademanes para enfatizar el enfado.

—Qué.

Levanta la barbilla, deshecho, a Hinata se le recienten los cimientos porque Kageyama tiende a disfrazar su emoción bajo otra coloquialmente más aceptable, cierra la fachada y lleva la procesión por dentro, pero esta vez es diferente. La noche se ha disuelto en sus ojos hasta dibujar un día claro, húmedo y brillante, como cuando el rocío impregna las calles de un olor fresco y enfrían el pavimiento. Hay pasión y ternura y cariño. Dirige su atención momentáneamente esa tela inflada y manchada de garabatos, halla un hueco más o menos despejado y lo señala.

—Es tan importante como todas las que han escrito aquí, así que sí. La quiero.

Usualmente el que saca sobresaliente en Comunicación Social es Hinata, pero se ve que Kageyama ha hecho un cursillo o algo. Espera que sea pasajero porque si este va a ser el pan de cada día quizás tenga un problema enorme. Tira de la única cuerda que todavía funciona dentro de su cerebro. Agarra sus brazos y entierra la nariz en su pecho. Aspirando su perfume con notas agridulces y pesadas como el abeto. Desplomándose contra él. Recuperando el aliento.

—La próxima vez que intentes decir una cursilería avísame primero —pide, mucho más ligero ahora que todo ha vuelto a su cauce—, porque estaba dispuesto meterte el balón por el culo.

El muy ingrato se ríe, vibra todo su cuerpo, cerniéndose a su alrededor.

—Lo tendré en cuenta —dice sonriendo, Hinata lo siente, en su voz, contra su sien.

Desciende hasta su pómulo.

—No te rías de mí, todavía me dura el cabreo.

—Bueno, podré vivir con ello.

Hinata rueda el tabique nasal, apoya el mentón para encararlo.

—Más te vale, sé dónde es tu casa y tengo llave.

—Qué horror.

Le muerde la nariz, por el bien de los dos y de su orgullo.


Al final, pasan de los planes iniciales.

La pizzería estaba fuera de los límites después del desayuno tardío y a ninguno se les ocurrió revisar el horario de las subastas de pescado. Por lo visto, cuando Tokio duerme, Tsukiji trasnocha e ilumina las callejuelas de su gravedad como una red eléctrica que nunca se desenchufa, y para más contratiempos, se necesita entrar en la lista de los primeros cien visitantes para poder entrar. En fin, quien mucho abarca poco aprieta, así que pillan el primer metro que pasa hasta el mercado de Ruppongi Hills.

—Tengo muchas ganas de ver Mulán con Natsu —suspira Hinata, encogido contra el cristal del vagón—. Todas las navidades hacemos una maratón Disney, aunque nos saltamos las que menos nos gusta. —Kageyama se había ido escurriendo cada vez más cerca, a medida que pasaban las estaciones y el ambiente se cargaba de conversaciones ajenas—. Podrías venir —propone, estirándose para atusarle la bufanda celeste—, prometemos portarnos bien.

—Siempre dices lo mismo y nunca lo cumples.

—Pero vienes de todos modos.

—Para mi desgracia.

—Somos monísimos —ataja, inflando los mofletes—. Si fuéramos dos perritos en un albergue duraríamos menos de lo que se suma uno más uno.

—Los gremlins también eran adorables al principio de la película, luego los mojas y —lo detiene un pellizcón a la altura del antebrazo— Oye.

La ciudad se desliza por los costados a fogonazos de imágenes borrosas que se filtra por el ventanal mientras ellos hablan de todo y nada. Esa es la magia de conocerse. Hilan conversaciones alternativas, pisándose las propuestas, llevándose alguna patada o manotazo cuando el otro ha cruzado los estribos y pisa la raya. Kageyama le habla sobre La casa vacía, el último libro que se había comprado en junio, pero al que no había podido acudir hasta la semana pasada, cuando la soga de los exámenes cedió un poco su agarre. Le cuenta que esta vez, más que el misterio detrás de una muerte sin aparente homicida encerrada en una casa sin supuesto opción a huida, le había gustado leer el reencuentro de Holmes y Watson, después de que el primero hubiera muerto al tirarse enzarzado con Moriarty por una cascada. Hinata solo se ha visto las películas, así que lo escucha con atención genuina. Le pregunta por la familia de la víctima e intenta conjeturar sobre el asesino y en ningún instante pierde el interés mientras cruzan la estación y salen por la boca del metro.

—La relación entre ellos me gusta —divaga Kageyama, subiendo una alta escalinata de piedra—, pero creo que si fuera Watson no podría soportar a Holmes.

—¿Sí? —duda, bajándose la capucha para verle mejor—. Yo creo que Watson sigue a su lado porque quiere. Es decir, todos tenemos claro que Sherlock es un poco intratable, pero en las películas y por lo que me cuentas, claro, no siento que Watson esté cansado de adaptarse a él, como si en el fondo le gustara la situación de estrés y tensión que le causa tener a alguien como Sherlock al lado, ¿entiendes? —Poco a poco la calle se va cristalizando encima de ellos—. Tendrán sus días, como todos, en los que las diferencias pesen un poco más, pero si no le gustara Watson encontraría la forma de irse.

Quizá tenga razón. Jonh Watson es el más humano de los dos, el que representa el cansancio y la guerra, quien se enamora y pierde el corazón, aunque al final, todas esas cosas acaban llevándole al mismo sitio.

—De los dos —Kageyama no sabe por qué está preguntando esto, se le escapa aunque es un ovillo enorme de sensaciones—, yo sería Holmes, ¿no? Tampoco soy tan fácil… de tratar.

Hinata sube la cremallera plateada hasta los topes del anorak beige en cuanto salen a la intemperie, henchido de una determinación plena, tapándose el mentón y parte de las mejillas, le coge del guante relleno por unos dedos que el duro invierno se ha encargado de ir excoriando alrededor de los nudillos y tira de él. Eleva la voz, "vamos, bobo", hacia la tormentosa urbe ataviada en gabardinas largas y gorros lanudos que ondean pompones de todos los colores camino arriba, hacia un titánico edificio que apunta a la cúpula nubosa del cielo. Lo conduce bajo la tripa de una enorme araña de esquelética patas, que custodia la entrada al único rascacielos al que prefieren denominar ciudad vertical que por su nombre real.

Justo antes de pasar las puertas corredizas, Kageyama entrevé un guiño de tristeza que Hinata termina de sacudirse volviéndose para encararlo.

—De los dos, tú eres Kags y yo, soy yo. Es normal proyectarnos en los personajes ficticios pero no intentes ponerte a su altura porque —se muerde el labio, apretando el agarre—, él perdería de lejos. Puede que sea capaz de relacionar dos elementos de una sala de estar y resolver un caso aparcado por la mismísima CIA, pero es estático y egoísta y tiene la nariz como la copa de un pino. —Se percata de que una señora con dos niños quiere pasar así que pide disculpas y los empuja cerca de un arbusto perenne que decora la entrada—.Y sí, tú también has sido algo egoísta y tienes esa manía de encerrarte en tu mundo creyéndote más fuerte solo, pero estás aprendiendo a acudir a los demás y eres considerado, amable a tu forma un poco brusca de hacer las cosas, trabajador y, en fin. Te lo digo con las palabras más claras posibles.

Hinata otea hacia los lados, ruborizándose. No del frío. Kageyama lo ve venir. Y no le importa. Se deja acercar, cuando pone las manos a los lados de su rostro y contiene el aliento.

—No saldría contigo si pensara cosas feas de ti —confiesa, repasando su reacción. Debe leer algo en él porque impregna un beso en su mejilla y se aleja, entre saltarines pasos que columpian la capucha de su abrigo—. El último es un huevo podrido.

Y se echa a correr pese a la mirada juiciosa que le lanza el segurita.

No saldría contigo si pensara cosas feas de ti.

Un alivio llano reflota en su pecho y, cuando coge aire, se deshace el nudo.

—¡Eso es trampa!


Por dentro, el mercadillo se mueve bajo un alto techo a dos aguas de cristal, situado en la parte trasera del edificio para que el sol fuera empapando de luz natural las complejas azoteas que decoran los puestos. Encima de una charcutería se asoma un reno de plástico, el morro metido en césped artificial salpicado de guirnaldas. Hay un Papá Noel, subido en su trineo, saludando como si fuera el gorro de una cafetería-pastelería. Y si aguza la vista, puede descubrir que no hay ni una sola bola de cristal que sea exactamente igual a otra. El acebo los espera en cada esquina, deseando que alguna pareja haga de buen ejemplo y cumpla la tradición de besarse bajo el muérdago.

Pero eso no es lo mejor, ni de lejos.

Hinata percibe el olor de los palitos asados de calamar, el crujiente caramelo secándose alrededor de una manzana roja, el chisporroteo grasoso de una tortilla que luego será doblada sobre sí misma hasta convertirse en un tamagoyaki, el suspiro granulado que despide una máquina de café cuando se echa la nata por encima hasta formar un cucurucho del revés y desea quedarse allí viviendo una buena temporada.

—Vamos a pasar del cine, ¿no? —le susurra Kageyama, igual de apabullado que él—. Haciendo un cálculo rápido, dudo mucho que en dos horas podamos recorrer las veintidós casetas, cenar, dejar las cosas en mi piso e ir a la sesión.

Hinata asiente, menos disgustado de lo que querría. Acaba de localizar un puesto de cerámica y está segurísimo de que podrá conseguirle otro imán a su padre para la nevera.

—En Miyagi también estará la peli —restándole importancia.

Acaban comprando más cosas de las que les cabe en las maletas.

Talismanes de la suerte para cada uno de sus amigos. Para el hogar, los estudios, el trabajo, el dolor de espalda, uno que se llama Tanuki, para Tsukki, que es un mapache japonés de grandes testículos, y un maneki-neko para Kenma. Dos melones sembiyakis, uno para los padres de Kags y otro para los suyos. Hinata le pilla a Natsu dos pasadores del pelo con formas de flor de loto a tonos violeta y añil de los que cuelgan unas borlas pequeñitas y unas geta de madera. Pillan algunas cosas en conjunto, como un kit de té rojo, negro y verde que acabarán compartiendo sus madres los días que se visitan la una a la otra después de salir de pilates y dos abanicos que estaban en oferta, en los que nadan dos carpas, uno a tonos naranjas y otro azul marino.

—¿Te apetece comer aquí o…?

Las bolsas crean líneas de presión rojizas a través de las capas de ropa, que incluso dentro de esas instalaciones macizas, Hinata nota el frío polar escarcharle los huesos.

—¿O? —insiste Kageyama. Parece bastante conforme con el par de camisetas que se ha pillado. El rótulo de una decía "Hasta el viaje más largo empieza con un solo paso", en hiragana. La otra tenía en la espalda la silueta de una ola sobre un fondo negro.

Hinata no entiende por qué se ha puesto ansioso de repente, con todo lo que ha hecho y dicho hoy debería haber superado esa fase. Aun así, lo nota, la tirantez vibrando a la altura de su ombligo como un volcán que despierta. Lo ha meditado seriamente, como una hora (más o menos), y es que a partir de mañana van a estar varios días sin poder estar a solas. Estudiando, visitando a sus familiares, quedando con la gente de clase y del Karasuno. Vamos, que tiempo para los dos entre cero y menos infinito. Por lo que ha pensado que podrían pedir algo desde su piso y simplemente estar juntos. No necesariamente haciendo algo, aunque tampoco le disgusta la idea, pero se confirmaría con quitarse el abrigo, la camiseta, los pantalones largos y los zapatos y desnudarlo a él también. Encender la tele y el radiador, tumbarlo en el sillón y taparlos hasta que el sonido de un beso se caliente bajo la manta.

—¿Tienes mucha hambre?

Kageyama rueda los ojos, un poco exasperado. Se ha desabrochado el abrigo marino hasta la mitad.

—Hinata, deja de divagar.

Sortean una fila larga que desemboca en un puesto de shushi, apretando el paso para no molestar.

—Para una cosa que se me da bien.

—Hinata —le empuja con la cadera, entrelazando sus dedos al ver que se desequilibra, ladeando un poco la boca en algo que en Kageyama es, sin duda, una sonrisa. Terrible y preciosa, como el mar cuando rompe contra un acantilado—. Qué ocurre.

—Bueno, es que estaba pensando que podríamos irnos ya —empieza, suavizando la marcha a medida que salen del enjambre de túneles que componen las casetillas navideñas—. Pedir comida a domicilio y…

Se calla porque escucha el sonido de un rayo.

—Yooohoooo. —Si las bestias tienen un gruñido característico y los villanos su canción de presentación, Oikawa Tōru ha logrado que un saludo tenga forma, color y presencia—. Pero qué tenemos aquí —se les acerca con andares largos, lobuno, alto y grande y mayor—. ¿Tobio-chan y Pulgarcito cogidos de la mano en una cita? —Kageyama echa raíces, se le descuelgan las comisuras de los bisagras—. Qué enternecedor, ¿no, Iwa-chan?

No puede ser.


Reviews molonchis

Guest1: Al final he tardado más de un año en actualizar así que lo siento un montón, porque me he demorado muchísimo, pero espero que el cap 12 haya equilibrado las cosas. A mí también me gusta cómo están mejorando paulatinamente todos, a su forma. Muchas gracias por comentar, caracola!

Guest2: JAJA es cierto que corte el asunto en la parte más zalamera pero en este nuevo hemos tenido bastante lemon, O SEA, una de cal y otra de arena. Un saludo enorme, cucuruchooo.

Cumbresborrasc: NOOOOOOO, NO MIRES EL MÓVIL MIENTRAS CONDUCES JOPÉJAJAJJ aunque me alegra que me tengas tan vigilada, un besazo.


¿Qué nos depara el Gran Rey?