Capítulo 11
Me relamí los labios y llevé la copa de vino hacia mi boca. El sabor era fuerte, un vino añejado quizá por más de cincuenta años, aunque no me interesaba averiguarlo por el momento.
No dejé de observarla ni un solo momento. Mi mirada hacía el mismo recorrido de siempre, empezando por su precioso cabello peinado en un elegante recogido, con rizos sueltos alrededor de su rostro, pasando después mi mirada al nacimiento de su cabello, bajando a sus cejas lentamente, antes de perderme entre sus pestañas y caer en su mirada. Miel, tibia, densa, dulce miel que eran sus ojos, más dorados quizá, como miel al sol. Era capaz de quedarme en su mirada para siempre, así que tenía que forzarme a dejar de verlos para continuar bajando por su cara.
Seguí tambaleándome en su rostro, saltando al puente de su fina nariz, caer desde la punta que podía enrojecer por el frío o el enojo, para luego aterrizar en el contorno de sus labios que eran pura suave y tibia carne, para luego sumergirme entre ellos, viendo aquellos dientes perlados que muy pocas veces veía sonreírme. Me sentí perder y mi boca secarse al ver la punta de su rosada lengua, la cual se asomó y humedeció sus labios con lentitud antes de tomar un poco de copa de vino.
Suspiré y volví a iniciar con mi fascinante tarea de detallarla. Bajé a su mentón y me deslicé desde ahí hasta su cuello, patinando la mirada sobre sus hombros y sus clavículas. Apreté la copa con mayor fuerza al ir más abajo, llegando al nacimiento de sus pechos destacando por ese profundo escote de su vestido. Tan firmes, tentadores, suaves, jodidamente suaves, voluptuosos como montañas de crema batida y con una jugosa cereza decorando la punta. Deliciosos, totalmente delicioso y placenteros.
Y era hasta ahí donde podía llegar mi mirada, pero sin duda podía recrearla a ojos abiertos o cerrados, podía dibujarla en un lienzo sin equivocarme y mis manos podrían moldearla en arcilla para plasmarla a la perfección. Porque sólo me bastó una noche para aprendérmela, para sabérmela de memoria, con mi boca, con mi lengua, con mis ojos, con mis manos.
Sólo eso necesité para saber que ahí, en ese cuerpo, pertenecía el mío.
Apreté la mano contra la mesa con fuerza por un momento ante las imágenes que atacaban mi mente una vez más, todas tratando sobre esa noche, esa única noche que supe sinceramente lo que era el placer, la pasión queriendo devorarlo todo, que supe lo que era quemarse, lo que era realmente entregarse a alguien, que sentía a alguien de verdad entregarse a mí en carne y alma y que yo hice lo mismo.
Parpadeé lentamente y solté mi mano sin separarla de la mesa, dándome cuenta de que ésta realmente era un estorbo en más de un sentido, porque no me dejaba verla completa como lo quería hacer, porque me bloqueaba a contemplarla de la cabeza a los pies como necesitaba hacer. Aunque también podría darle un buen uso a la pequeña mesa cuadrada, cómo el de levantarme y tirar todo lo que había en ella, cada plato, cada copa, cada cubierto, tirar el mantel blanco inmaculado y tomarla ahí mismo. Tomar sus caderas con mis manos y subirla sobre la mesa, poniendo cada una de sus piernas y brazos alrededor de mi cuerpo. Qué ganas de romper su vestido y perderme entre sus piernas. Qué ganas de hacer ese recorrido que ya hicieron mis ojos con mis labios y manos, pero ir más allá, perderme una vez más en ella, bajar hasta sus piernas y de ahí hasta sus pies, y volver a subir a besos y mordidas, hasta llegar a su centro. Hundirme en ella, quemarme en su interior, volverla mía.
Qué ganas de hacerla más mía, y que grite, que jadee, tanto y más que aquella noche que parece tan lejana y reciente al mismo tiempo, sucedida apenas siete días atrás, pero que se sentía como una eternidad, una agonía. Porque estaba muriendo de hambre y sed, como si no hubiera comido y bebido nada en estos días. Pero sólo quería alimentarme de una cosa, de una persona, y era de ella. Moría por ella, moría, moría, y no quería morir, y por eso la necesitaba. Necesitaba vivir en su piel, en su calor, en su aliento, en su magia, dentro de ella. Vivir ahí, morir, resucitar una y otra y otra vez. Volverme inmortal en su cuerpo y hacerla sentir de la misma manera por mí.
La vi levantar la mirada por un instante, clavando aquellas gotas de miel en mis ojos y dándome una mirada como si supiera todo lo que estaba pensando, algo que jamás me avergonzaría admitir o decirle al oído. Segundos después desvió sus ojos y pude ver como sus mejillas volvían a enrojecer, bajando la mirada hacia su plato otra vez.
Eso había hecho toda la semana, desde el lunes que llegó al trabajo, se pasó todo aquel día y los siguientes, esquivándome, ignorándome, fingiendo que no existía en su mundo, a pesar de que pasábamos todo el día juntos en la oficina. Desde que salió de mi departamento esa mañana del sábado, supe que el lunes sería un día desesperante, largo y cansado, que no sería fácil para ella mirarme a la cara o a los ojos, pero que por su orgullo y dignidad que ya había demostrado tener, no dimitiría y continuaría trabajando como siempre, para demostrarme que nada, nada de lo que pasara entre nosotros la afectaría realmente, a como lo venía haciendo cada lunes después de los besos que se habían vuelto habituales a final de nuestras veladas, que ella fingía no recordar, que nunca sucedieron o que no existieron al igual que las cenas.
La conocía y sabía que actuaría como si nada hubiera pasado, ya estaba mentalizado para eso, pero no esperé que me tratara como si no existiera más, a lo que respondí de la manera contraria, algo jodidamente complicado, una tarea titánica para los dos, pues mientras ella luchaba por ignorarme, yo luchaba para que no lo hiciera de todo, llamándola a cada instante a mi oficina sólo para verla, para verla y recorrerla con la mirada ya que mis manos no podían hacerlo, y no porque no quisiera, sino porque aún estaba muy reciente sus palabras de que lo que hicimos no se repetiría jamás y que debíamos fingir que no pasó, algo que me negué desde que lo mencionó.
Como quise besarla ese día y el resto de la semana también, todavía en este instante quería hacerlo, pero sabía que su orgullo no le permitiría acceder ni siquiera a un beso por más pequeño que fuera, al menos no al inicio de la salida o en medio de la cena. Millicent no tenía ni idea de lo que me estaba costando contenerme o lo que me costó en la oficina tener que hacerlo, luchando para no acercarme y besarla, pues sabía que podría terminar muy herido durante el proceso al menor intento. Fue como regresar a esas primera semanas trabajando juntos, aquellas semanas donde yo tampoco la soportaba tanto, pero estaba realmente satisfecho con el hecho de hacerla enojar a cada instante, resentido por sus primeras palabras.
Pero contrario a ese tiempo, no pensé molestarla o provocarla hasta hacerla rabia, sino que tuve que adaptarme y actuar lo más profesional que podía, así como ella lo hacía conmigo, de manera fría y molesta, claro. Recordándome a cada instante las reglas de juego, pues según sus reglas, las que dejé que ella pusiera, los besos no existían más allá de estas noches, una vez terminada la cena y que mis ganas de besarla rebasaran el límite de lo permitido, el juego iniciaba, y el juego era que ella fingiría que nunca sucedieron, que nunca nos besamos, que nunca nos acostamos.
El juego era fingir que entre los dos no existía nada, que yo sólo era su jefe y ella mi preciosa asistente.
Así que por eso usé el trabajo como una excusa para tenerla cerca durante esa semana, y aquellas juntas de proyecto me cayeron de maravilla, pues fueron un pretexto más para tenerla a mi lado, juntas a las que ella nunca asistía, o bueno, nunca le había pedido que lo hiciera, y protesto para ir como obviamente haría.
—Pero no sé cómo son, no sé qué tengo que hacer ahí —dijo cuando le pedí que me acompañara.
La vi mientras me cruzaba de brazos, viendo sus mejillas tensarse y sus labios apretarse, dándome aquella mirada que aseguraba que, si tuviera la varita en mano, ya me habría lanzado el peor de sus hechizos. Por muy enojada que estuviera, a mí me seguía pareciendo la mujer más hermosa de este mundo, y que ganas tenía nada más de besarla.
—Pues bien, es momento de que aprendas —dije con una sonrisa y ella apretó los diente con mayor fuerza, empezando a enrojecer.
—Nunca has necesitado mi asistencia, llevo dos años y nunca he ido a una junta de proyecto, Zabini —recordó con los labios casi pegados, con la voz baja y peligrosa. Condenadamente sexy a mi perspectiva.
Asentí mientras me sentaba sobre su escritorio, algo que ya había notado que la irritaba a límites insospechables. La verdad es que en esas juntas los arquitectos eran los que más hablaban y por lo tanto, prefería concentrarme y tomar las notas por mi cuenta, además de que se hablaba más de cosas técnicas respecto a los proyectos o contratos de la compañía que ella tenía razón en decir que no le entendería, porque no era una arquitecta. Por eso prefería ir solo, para poder concentrarme bien, sin distracción, como lo podía llegar a ser mi preciosa asistente, pero me había esquivado tanto durante esos días, que tomé el riesgo de que me acompañara.
—No tengo ganas de tomar notas, así que lo harás tú, como mi asistente que eres —declaré y dejé caer sobre su escritorio una pequeña libreta azul que usaba exclusivamente para hacerlo.
—Zabini...
No esperé a que hablara otra vez, me puse de pie y acomodando mi traje, me di la vuelta para dirigirme a la sala de juntas donde ya todos seguramente nos esperaban. Sólo bastaron unos segundos para escucharla caminar atrás de mí, a lo que sonreí, pero no volteé mirarla, aunque podía sentir su mirada airada intentando matarme y aquella sutil, pero peligrosa magia que estaba dejando salir a propósito, seguro queriéndome lanzar más de un hechizo.
Cuando llegamos a la sala, muchos parecieron sorprendidos, sobre todo las arquitectas que me sonrieron, excepto una, a la que le pedí con amabilidad la silla que estaba a mi lado para que se sentara Millicent. La señorita Leone no lució contenta al levantarse, dedicándome una mirada indignada y molesta, lo cual ignoré, mientras se sentaba al lado de otra mujer que disimuladamente se reía y burlaba junto a otras. Sabía que mi acción le afectaría un poco, era la nueva, la más joven del equipo y era la más coqueta de todas también, que siempre me buscaba y prefería sentarse a mi lado en estas reuniones, pero si había algo que respetaba, era que no me metía con mujeres menores de veinticinco años, no importando que tan maduras o prodigiosas eran, además, era buena en su trabajo, era inexperta sí, pero muy creativa y sabía que le iría bien y no quería perderla simplemente porque me metiera dentro de sus bragas, lo que podría ocasionarle muchos inconvenientes por los chismes que luego se esparcían por todo el lugar, además, teniendo a la asistente que tenía, era imposible que me fijara en alguien más ahora.
Tomé la mano de Millicent sintiendo como la tenía en un puño y la hice sentar en la silla recién vacía, viendo su rostro sonrojado y tenso, con el ceño fruncido y arrojando no sólo la libreta, sino también hojas y plumas sobre la mesa. Todos la quedaron viendo por aquella actitud y su inusual presencia, pero una mirada iracunda por parte de ella los hizo girar. Sonreí, sí, esa era mi preciosa asistente, mi preciosa Millicent, capaz de hacer callar y hacer quitar la mirada a un centenar de personas, sin importarles quienes fueran. Si ya me había gritado y retado a mí, que era su jefe, quien iba a detenerla de no hacer lo mismo con otros.
Y así fue la semana entera, con ella enojada, furiosa, fría, distante, asistiendo a juntas que nunca asistía y acompañándome otra vez a aquellas comidas de negocios o revisión de proyectos en curso. Sabía que la estaba llevando hasta las últimas consecuencias, pero quién la mandaba a ser tan terca y obstinada. Tenía un carácter del demonio, eso ya lo sabía, yo mismo me propuse a descubrir que tanto era así y vaya que me fascinó. Era fuerte, determinada, orgullosa y poderosa, y ya no bajaba la cara ante nadie. Me volví loco, y contrario a todos que preferían alejarse al verla así, yo sólo me sentía más y más atraído.
Igual durante esta semana, pude notar que nadie, absolutamente nadie, quería hablarle o mirarle siquiera por temor a ser maldecidos en ese momento. Normalmente comía en el comedor de la empresa, pero cuando decidía dar mis vueltas por ahí, que me negaba a llamarle acoso como Theo dijo, podía ver que se sentaba sola y las pocas personas que a veces le hacían compañía, no se le acercaron para nada, sobre todo cuando una de ella lo hizo y Millicent sin tapujos le dijo que prefería estar sola, con tanta seguridad y molestia, que aquella persona prácticamente huyó de ella.
—Creo que la estás llevando al límite, Blaise —dijo Theo cuando una vez solo en casa, a media semana, lo llamé, acomodándome enfrente de la chimenea con las piernas dobladas.
Normalmente hablaría con Draco, pero él estaba más al pendiente de su hijo recién nacido y de Astoria, que no quería molestarlo. Y no es que no confiara en Theo, realmente prefería a Theo para muchas cosas en vez de Draco, pero Theo o se burlaba de lo que hacía y cómo me trataba Millicent, o se ponía en modo serio y pesimista, que él llamaba realista, y pues no quería escucharlo sinceramente.
—Probablemente —bebí de la copa de whiskey que tenía en la mano—. Pero sé que mal, mal, no voy.
—El que se acostaran una vez, no quiere decir que va a amarte —lo vi masajeando su sien con dos dedos, viéndome apenas a través del fuego.
—No necesito que lo haga ahora, Theo, yo tampoco la amo precisamente en este momento —aseguré, pero por su gesto supe que no estaba tan de acuerdo conmigo. Yo tampoco sabía si lo estaba, claro que empezaba a sentir cosas, más cosas que la atracción, el deseo, la pasión—. Estoy loco por ella, no lo voy a negar. Pero, ¿quererla, amarla? No lo sé.
—¿Entonces cuando? —preguntó, y vi como una de sus cejas se elevaba y apretaba los labios, formando un gesto serio y algo agrio.
—No lo sé —suspiré y me pasé la mano por el cabello, negando con la cabeza—. Sé que un día lo hará...
—Y cuándo lo haga, ¿qué? ¿Qué pasara cuando te ame? —insistió y yo sabía a qué se refería.
—Creo que igual yo lo hare —terminé de decir y él sonrió.
—Juegas con fuego, Blaise, y el incendió tú lo empezaste —advirtió y yo volví a negar.
Lo sabía, sabía que, si no la hubiera visto coqueteando en aquella comida con Evan Ferraro, si no la hubiera visto cenando con aquel patético novio que tenía, del cual no me interesaba recordar su nombre y al cual ella se atrevió a perseguir, yo no hubiera empezado a desear ser el objetivo de su afecto, de su atención. Nunca hubiera deseado querer darle todo, algo que nadie querría o podría darle jamás, que estaba en mis manos darle y que deseaba hacer.
—Ella puede pararlo, ya sea aceptándome o yéndose al terminar su contrato —le dije a Theo, viendo sus ojos.
—¿La dejaras ir? —preguntó él confundido y volví a negar de inmediato.
Antes sabía que no podía hacerlo sin haberme acostado con ella, era el deseo lo que me guiaba, y ahora que había pasado, tenía la misma razón, no podía dejarla ir porque ya me acosté con ella y eso fue jodidamente bueno, y sabía que con nadie más, absolutamente nadie más, sentiría lo que sentí con ella. Las razones ocultas detrás de mi sentir, era algo a lo que todavía no quería ponerle nombre.
—No, no puedo. Creo que ya no es sólo atracción y deseo, Theo, es algo más —confesé en un suspiro y lo miré asentir.
—Lo sé, lo sabemos, hablo también por Draco —aseguró con una sonrisa y yo sonreí resignado, era claro que aquellos dos hablarían sobre esto, entre risas, burlas y seriedad—. Ella también se quemará, Blaise, la conocemos, creo que jamás fue más real que en ese último año en Hogwarts, la llevaron al límite las circunstancias y los hermanos Carrow, y cuando la vimos en la navidad de hace un año, era ella completa, totalmente la Millicent que conocíamos, pero con menos odio en su interior, y sabemos que no haría nada que no quisiera.
—Lo sé, la conozco también, más por todo este tiempo trabajando juntos —le conté y volví a beber de mi vaso, sonriendo por pensar en todo este tiempo a su lado—. Hace mucho me habría mandado personalmente al infierno si no quisiera continuar con esto o soportándome —reí y Theo lo hizo también, murmurando que nadie podría culparla y ella lo sabía—. ¿Sabías que amenazó a una de las otras secretarias con varita en mano? Fue a una que sólo buscaba fastidiarla, lo admito, me acosté con ella una sola vez hace como cinco años, pero no lo supera, sigue buscándome y Millicent le dijo que jamás volvería a dormir conmigo, porque ahora era ella quien tenía el poder sobre mí y decidía con quien sí y con quien no.
—Esa es Bulstrode —dijo Theo con una sonrisa satisfecha y yo reí fuerte—. ¿Cómo te esteraste?
—Lo escuché cuando iba a ver al jefe de aquella mujer, se lo estaba contando a otra de su club de chismes y no pude evitar reír y aclararle que mi asistente mandaba. La dejé callada y no ha vuelto a acercarse, aunque sé que, si lo hace, a Millicent no le temblara la mano.
—¿Y de verdad ella manda? —me preguntó y yo me quedé callado, escuchándolo reír, mientras me decía que un hombre sólo diría tal cosa cuando se trataba de la mujer, de la única mujer.
Pero ya era viernes y estábamos en uno de sus restaurantes favoritos, pues, aunque ella no tuviera ni idea, había tomado nota mental de que lugares disfrutaba más de todos los que habíamos visitado ya. Era un buen lugar, sencillo, un salón con pocas mesas alrededor y grandes ventanas que daban a una de las calles más concurridas de Roma, al cual ella no dejaba de mirar ella. También era uno de los más costosos, tenía un segundo piso que era el bar y hasta uno tercero que era la terraza, pero ella prefería estar dentro por el aire frío que corría a estas horas.
La noche pronto llegaría a su fin, estábamos a punto de recibir el postre y nada habíamos dicho, yo lo había intentado, pero fue ignorado en cada uno de esos intentos. Y aunque ella había jurado que no se repetiría, no pensaba no besarla. Claro que lo haría, la besaría y si ella quería llevarlo a más, yo no la detendría como ya le había dicho. Sólo esperaba que no me dejara en verdad con las ganas, porque si toda esta semana me pareció insoportable, no quería pensar como sería el resto de mi noche si la besaba una sola vez sin poder continuar.
La miré continuar en silencio, intentando no molestarme, aunque estaba lejos de hacerlo, pero no podía negar que ya me había acostumbrado a platicar con ella también, cuando abandonaba la tensión y el disgusto iniciar y disfrutaba cenar realmente conmigo. Esta cena me llevaba recordar a la primera que tuvimos, a la primera que inicio todo este juego. En aquella cena había estado tan indignada, tan molesta, tan enojada conmigo, negándose a verme, ignorándome, sentada en silencio, sin contestarme ninguna pregunta y si lo hacía, era a palabras cortas y frías, viéndome con mala cara.
Pero a pesar de todo, a mí me gustó y no la cambiaría por nada, pues también fue en esa primera cena que descubrí su buen comer y su gusto por el chocolate, algo que no había cambiado hasta ahora, pues aunque no me hablaba y fingía que no estaba delante de ella, ordenó todo lo que quiso y pidió ella misma la botella de vino, la más costosa de todo el restaurante, preguntándole al mesero si esa era la mejor que tenían o si había alguna más exclusiva y costosa.
—Después de todo, él paga —dijo con una sonrisa irónica, señalándome con una mano. El mesero me había dado una mirada interrogante y yo asentí.
—Todo lo que ella quiera y pida —dije y Millicent me miró a penas un segundo, bufando escandalosamente mientras giraba el rostro hacia un lado para mirar el exterior.
La dejé hacer, mirándola con una sonrisa cuando el mesero se fue, sabiendo que quería tomar algo de venganza en mi contra porque no había querido salir a cenar hoy conmigo, pero como siempre, yo buscaba la manera de convencerla a base de chantajes que ya no eran tan así, simplemente le decía la hora en que pasaría por ella y ella ya no se negaba, sino que simplemente me daba la típica mirada rabiosa, antes de asentir con rigidez.
Pero no me importaba, no me importaba que esta cena fuera más costosa que las otras, me daba igual, todo valía si podía verla, ella lo valía por completo, le compraría el maldito restaurante si me lo pidiera, si lo supiera, si supiera que podía pedírmelo y yo se lo conseguiría, cualquier, cualquier cosa que quisiera y pidiera, yo se lo daría. Era una lástima que no se diera cuenta todavía que después de aquella noche en mi departamento, en mi cama, quedé atado a ella, encadenado y me volví su esclavo, porque no me importaría perderlo todo a manos de ella.
La cena continuó en ese pesado silencio, porque cualquier inicio de conversación que quisiera llevar, era ignorado por ella, mientras la veía beber y beber más vino. Sus mejillas se volvieron algo coloradas con el transcurso de los minutos y sus ojos se volvieron cada vez más brillantes, aunque seguía con la misma lucidez pues nada la hacía flaquear en su silencio, aunque poco a poco empezó a devolverme las miradas, sobre todo por mi insistencia a no dejar de verla y hablarle, aunque no me contestara.
Estaba seguro que Draco y Theo se burlarían de mí, creyéndome un completo imbécil por continuar soportando los desplantes y el desdén de una mujer, pero es que no era cualquier mujer, era mi preciosa asistente, mi preciosa Millicent. Era mi mujer, joder. Sólo que no lo sabía todavía y me costaría un poco más de trabajo, pero era ella, lo sabía bien.
Pasado el segundo plato, hubo un pequeño cambio en Millicent, algo tan simple, pero que significaba tanto para mí. Sucedió de un momento a otro, y pude notarlo porque mis ojos nunca se separaron de su persona. La vi dejar de luchar por fingir que no estaba del otro lado de la mesa, empezando a mirarme de verdad, con detenimiento, segundos enteros, minutos completos, clavando sus ojos en los míos, mientras parpadeaba lentamente y bebía de su copa de vino que el mesero se acercó a servir. La permanencia de su mirada se volvió tan obvia cuando llegó su postre, el cual colocaron delante de ella y sin dejar de mirarme, se llevó la primera cucharada a la boca, después de darme una pequeña y tirana sonrisa que ya empezaba a conocer en ella.
Me quedé quieto observándola sin siquiera tocar mi propio postre, con las palmas de las manos sobre la mesa, elevando una ceja por su actuar, su repentino cambio. Tuve que contenerme y hasta morderme el interior de los labios cuando la miré relamer la cucharilla de una manera descarada y deliciosa, sin que sus ojos abandonaras los míos, viendo de igual manera como el chocolate blanco y oscuro cubrieron sus labios por un instante, antes de que su suntuosa lengua lo recogiera todo lentamente, para después morderse los labios un segundo, soltando un gemido de gusto que llamó la atención de más de uno.
Negué con la cabeza y sentí hasta la sangre correr por mi lengua al haberme mordido, impresionado por aquel súbito cambio de su parte. Tuve que tomar mi copa y beber de ella con sed, mirando de reojo a mi alrededor, antes de volverme mi mirada a ella y observarla continuar con ese espectáculo que se estaba montando al comer de esa forma, ganándose miradas molestas y censuradas por parte de algunas mujeres y sus maridos ancianos, aunque hubo otros que la miraron con una sonrisa y empezaron a recorrer su cuerpo con mirada lasciva.
Dejé la copa sobre la mesa y nuevamente apreté una mano, apretándola contra mi boca. Era claro que continuaría con aquellas acciones, pues siguió comiendo, soltando gemidos y exclamaciones de gusto, incitando más y más mi imaginación. No dejé de observarla ni un instante y ella a mí tampoco. En algún momento, la vi inclinarse lentamente sobre la mesa, soltando la cucharilla sobre el plato, para luego verla pasarse la punta del dedo índice por la comisura de los labios, antes de metérselo al interior de su boca, chupándolo lentamente con los ojos cerrados, para luego abrirlos y mirarme, mirarme sólo a mí, sabiendo bien que por mi mente no pasaba otra cosa que la imagen de ella de rodillas entre mis piernas.
¡Suficiente!
Mi menté gritó y mis labios se apretaron, pues los gestos provocativos no se terminaron ahí. Vi su rostro ladearse un poco, de forma curiosa e inocente, aun con sus ojos anclados a los míos, mientras una sonrisa coqueta y pícara se adueñaba una vez más de su cara, mostrando unos labios tan rojos e hinchados por morderlos y chuparlos con descaro. Estaba tan concentrado en ella, tan inmerso en su rostro y acciones, sin importarme las personas que nos rodeaba, así que casi salté en mi silla cuando lo que sentí después, definitivamente, por debajo de la mesa, fue uno de sus preciosos pies desnudo, antes envuelto en zapatillas doradas, subiendo directamente hasta mi entrepierna, masajeando mi parcial erección que hace mucho se había mostrado cuando me fijé en el condenado y profundo escote de su vestido rojo.
¡Maldición! ¡Ella sabía que estaba excitado desde hace mucho tiempo, seguramente lo supo toda la semana, y no había hecho más que llevarlo a un nuevo nivel en esta cena! ¡Quería llevarme al límite, hacerme explotar! Y yo como si fuera un simple adolescente, estaba en sus manos, apenas conteniéndome para no jadear y correrme justo ahí.
Gruñí para mis adentros y tuve que bajar la mano para detener un poco de sus movimientos, pero sin poder evitarlo y con las malditas ganas de tocarla, acaricié su pie, envolviendo su delgado tobillo, antes de acariciar su pantorrilla con la punta de mis dedos, de arriaba abajo. La escuché soltar un gemido apenas audible antes de llevarse más chocolate a la boca, sin dejar de verme a los ojos, sonriendo lujuriosamente mientras volvía a chupar la cucharilla de manera obscena, ahora sin fingimiento, mientras trataba de mover el pie de nuevo sobre mi erección. Era una fortuna que el maldito mantel cubriera hasta el suelo, pues de lo contrario todo mundo vería lo que esa silenciosa, molesta y descarada mujer estaba haciendo enfrente de todos.
—Suficiente, nos vamos —gruñí y ella me miró enarcando una ceja, presionando los dedos contra mi erección.
Tuve que sacar mi mano y pasármela por la cara al ver y sentir que no se detendría, estaba muy dispuesta a llevarme a la locura y yo podía sentir como una gota de sudor bajaba a mi sien, mientras sentía mi erección subir y mis ganas de tomarla ahí mismo aumentar.
—No he terminado —dijo con voz inocente, tomando otra porción de su postre que en este momento me parecía infinito para terminar. El mío seguía intacto en el plato y no tenía cabeza ni ganas de comerlo, no teniendo lo que quería comerme delante de mí, con uno de sus pies haciendo maravillas por debajo de la mesa.
—Millicent —advertí cuando su pie siguió moviéndose a lo largo de mi extensión, masajeando de paso el interior de mi muslo, lo que me hizo estremecer.
—¿Qué? —preguntó parpadeando lentamente, mientras se pasaba otra vez el dedo por los labios y se lo chupaba viéndome, para luego suspirar—. Esto es delicioso, deberías probarlo —señaló con la punta de su cuchara mi plato. Bajé la mirada a él y volví a apretar los labios cuando los dedos de su pie tocaron la punta de mi erección.
Era una mujer bella y descarada, y tan habilidosa también. Algo que definitivamente se iría a mi lista de cosas que sabía ya de ella.
—Vámonos de aquí, entonces —le dije y ella me sonrió y negó con la cabeza.
—Pero quiero terminar —susurró con fingida tristeza al ver su plato que ya casi no tenía nada.
—Yo también —gruñí. Millicent me miró otra vez, sin levantar el rostro, sonriéndome con enorme descaro, una sonrisa que quise borrar a besos definitivamente.
—Creo que ya lo noté —y sin más, bajó su pie y escuché el ligero sonido que hacía al calzarse de nuevo—. Vamos entonces.
Fue todo lo que dijo y se levantó de la mesa con una enorme sonrisa de triunfo, caminando sin tambalearse hacia la salida. Creí que el vino habría hecho efecto en ella, sobre todo por su actuar, pero parecía lo suficientemente sobria para empezar el cadencioso y lujurioso juego por su cuenta y caminar con determinación a la salida para ir a terminarlo en mi cama, pues es allá donde iríamos realmente.
Me levanté sin más, esperando que el largo de mi sacó me cubriera, aunque mi abrigo me ayudó un poco más que la prenda anterior. Miré sin culpa a los demás comensales, que seguían observando y murmurando hacia nuestra mesa. El mesero que nos había atendido apareció casi corriendo y yo sin esperar cuanto era la cuenta, saqué todo un saquito de galeones y se lo di. Estaba seguro de que era más de lo que la cuenta llegó, pero no iba a perder el tiempo con eso, no cuando estaba la mujer más hermosa y provocativa esperándome afuera.
Reí al ver la chalina negra en el respaldo de su silla, pues ni siquiera se tomó la molestia de tomarla o acordarse de ella, al menos. La tomé en mi camino a la salida y la llevé a mi nariz, encontrando aquel delicioso aroma que le pertenecía a ella, a ese perfume como de flores y naranja. Casi corrí hacia la puerta, sin importarme como me miraban. Era seguro que dieran por hecho lo que pasaría después al vernos salir de esta manera, pero me importaba poco lo que pensaran, yo llevaba una semana estera esperando que esto realmente pasara.
Cuando salí, el aire pudo enfriar un poco mis ánimos, que volvieron a calentarse cuando la encontré recargada sobre la puerta de mi auto, jugando a girar la llave con aquel dedo que se había llevado a la boca muchas veces. Me seguía mostrando una sonrisa llena de picardía y una mirada lujuriosa mientras veía mi entrepierna directamente.
Empezaba a conocer esta parte de ella, esta parte que existía cuando se despojaba de su orgullo, de sus inhibiciones, de sus prejuicios, de su enojo y su fingido odio por mí. Esta parte que la delataban de que yo también le gustaba, que me deseaba, que hacía evidente que los besos dejaron de bastar hace mucho tiempo, que un solo orgasmo no era suficiente, que necesitaba más. Que ambos necesitábamos más. Que demostraban que era una mujer pasional, deseosa, que podía ser una incitadora, una mujer excitante, que podía provocarme por puro gusto y placer.
Me acerqué a ella después de darle al mozo mí pase de estacionamiento, extendiendo la chalina, a lo que ella se giró para que la colocara sobre sus hombros, dándome un buen panorama de su espalda que deseaba besar lunar por lunar y de aquel trasero que quería apretar entre mis manos. Respiré contra su cuello y presioné mis labios en él, escuchándola jadear cuando enterré mis dientes también, para después verla girarse. No pude resistirme, era demasiado tiempo y la necesitaba con urgencia, así que rodeé su cintura con mis brazos, acercándola a mi cuerpo lo más que pudiera, al mismo tiempo que la presionaba contra el vehículo.
Ella no se negó a tal acción, sino que me sonrió sensualmente y pasó sus brazos por mi cuello de inmediato, mirándome coqueta.
—Vamos a tu departamento —dijo en voz baja y sugerente, mientras sentía sus uñas arañando la piel de mi cuello, para luego subir a mi cabello.
—Creí que habías dicho que no se volvería a repetir —le recordé y ella ladeó el rostro y yo tuve ganas de morder su cuello otra vez.
—Lo sé —suspiró y me mordió el labio inferior un instante, alejándose antes de que me atreviera a besarla de verdad—. Pero no has dejado de verme durante toda la semana. No has dejado de verme en toda esta cena, y ahora estoy caliente y algo borracha, y quiero hacerlo, y me importa poco si quieres o no. Quiero sexo, Zabini, quiero sexo ya —ordenó con mirada dura.
Arremetí contra su boca sin poder controlarme, saboreando el bendito vino que no la tenía tan borracha como quería hacerme creer, pues sabía muy bien cuando era así, cuando de verdad estaba borracha, porque sus risitas la delataban, su caminar la evidenciaba, y esta vez no lo estaba, estaba lucida y sobria y me pedía sexo sin tapujos, cuando borracha simplemente se me tiraba encima y me besaba, ahora sólo estaba envalentonada por el alcohol en su cuerpo. La abracé más fuerte y degusté en su propia lengua el sabor del chocolate que tan descaradamente comió delante de mí mientras su pie hacía maravillas debajo de la mesa.
No entendía sinceramente como ella podía llegar a creer que yo no querría hacerlo, que yo no querría tener sexo, sino he hecho más que desear repetirlo desde el sábado que abandonó mi casa, viendo como desnuda recogía su ropa, para luego marcharse diciendo que eso no pasó y no volvería a pasar.
—Vamos —susurré contra su boca al terminar de besarla, mientras la sentía sonreír contra mis labios.
No la solté para nada, sólo di unos pasos hacia atrás con ella todavía pegada a mí, abriendo la puerta de la misma manera para que ella entrara, forzándome para soltarla, repitiéndome que pronto la tendría de nuevo entre mis brazos y sin ropa que nos estorbara.
Cuando estuvo acomodada en el interior, cerré con fuerza y corrí hacia la mía, recibiendo la llave de su mano y luego arrancando a todo lo que daba.
Durante todo el camino tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dejar de ver la carretera y manejar lo más cuerdo posible. Apretando con fuerza el volante mientras comprendía a lo que se refería al decir que quería sexo ya, porque realmente parecía ser ya, ahora, en este momento y lugar. Vi a Millicent de reojo no quedarse quieta en su asiento, sino que se quitó el cinturón de seguridad y se acercó a mí, aflojando con una de sus manos el nudo de mi corbata para luego presionar sus labios en mi cuello, mientras sus dedos jugaban en mi pecho y luego abrían un par de botones de mi camisa, antes de seguir bajando para continuar con la tarea que su pie había iniciado en el restaurante.
—Millicent —gruñí y sentí como mordía mi cuello y luego lo chupaba con gula.
—Más rápido. Te deseo, Zabini —suspiró contra mi oído, haciendo que mi pie pisara el acelerador hasta el fondo. Debía agradecer que fuera realmente un buen conductor y que llevara conmigo una razón muy valiosa para ser todavía lo suficientemente cuidadoso.
Era un milagro que llegáramos sin fatales consecuencias o una multa por exceso de velocidad, pues el trayecto de quince minutos se convirtió en una de ocho por su culpa.
Pero quién podría culparla, yo no definitivamente y tampoco podrían culparme a mí, debería ser comprendido, entender que nadie en su sano juicio manejaría juiciosamente teniendo a la mujer que más deseaba casi encima, diciendo en el oído todo lo que haría con uno y todo lo que quería que le hicieran también. No, no era una tarea sencilla, era una misión imposible no querer detener el auto y tomarla ahí mismo.
Cuando apenas estacioné y bajamos a la acera, no perdí más tiempo. Me olvidé de entrar por las puertas y usar el ascensor, simplemente volví a abrazarla y besarla, para poder aparecer directamente en mi departamento, escuchándola a penas jadear contra mi boca antes de ser besado con verdadera lujuria, con la misma que había iniciado en aquella fiesta la semana pasada y que nos trajo aquí en primer lugar.
Sus manos terminaron de quitar el nudo de mi corbata y no perdió más tiempo con los botones, simplemente jaló de la camisa y escuché caer aquellas piezas por el piso. No me interesaba en lo más mínimo, podría romper cada maldita pieza de ropa que tuviera encima y la que había en el closet si quería. Me quité el sacó y el cinturón, mientras sentía sus labios bajar de mi cuello a mi pecho, mordiendo mi piel, chupando, besando, pasando la lengua por cada marca que iba dejando. Parecía tan ansiosa, acelerada y sonreí antes de tomarla por el cabello, por aquel recogido que tenía, para llevarla de nuevo a mi rostro y besarla otra vez. Era seguro que al igual que yo, llevara toda la semana deseando este momento, deseando estar conmigo, o eso era lo que quería creer.
Sus delgadas manos volvieron a mi cuerpo, paseando cada dedo por mi abdomen, subiendo y bajando, llegar a mi cuello y luego descender hasta el borde de mis pantalones, abriendo el botón y bajando el cierre con lentitud. Bajé mi boca a su cuello, recorriendo con mi lengua toda su longitud, mordiendo por momento, escuchándola gemir y jadear, al mismo tiempo que sentía dos de sus dedos entrar en mis pantalones, arañando sobre la tela mi erección, mientras su otra mano se enterró entre mis cabellos y los apretó en un puño, guiando mi cabeza por toda su piel, hasta bajar al nacimiento de sus senos.
—Zabini, Zabini, Zabini —suspiró y yo me sentí arder por ella en ese momento, por ese sonido de su voz jadeante, alterada, aun así, baja y contenida, que quería volverme loco. Necesitaba que fuera más fuerte, más necesitado.
Mordí una de sus clavículas al sentir su mano completa dentro de mis boxers, al mismo tiempo que la sentí jalar de mi cabello para separarme de ella, darme una mirada oscurecida, para empezar otra vez con aquel camino de besos que inició desde mi barbilla, mordiéndome ahí, para ir con su lengua hasta mi cuello, bajar a mis pectorales. La vi separarse en ese momento, sólo para quitarse las zapatillas, pateándolas a un lado, para luego volver a su tarea, bajando más y más.
Cerré los ojos cuando sentí sus manos en mi cadera, jugando con el elástico de mis boxers. Quería que continuara, pero yo también quería divertirme, así que la tomé de los hombros y la volví a su lugar. Ella me dio una mirada molesta y yo la besé de nuevo, deshaciéndome de una vez de aquel peinado que cargaba porque a mí me fascinaba más verla con el cabello suelto, con todos esos rizos esparcidos por mi cama. Empecé a caminar con ella en dirección a mi habitación, apoyándonos en cada pared para besarnos y acariciarnos, para finalmente abrir la puerta a tropiezos sin soltarnos ni por un segundo.
Cuando estuvimos dentro de mi habitación, la empujé contra la puerta de madera y le di la vuelta, apartando su cabello y empezando a devorar su cuello y su espalda, mientras la sentía arquearse y restregar aquel precioso trasero contra mi erección sin vergüenza alguna. Me pegué por completo a ella, gruñendo mientras me restregaba más y más, escuchándola gemir y jadear, girando el rostro también para que pudiera besarla, lo cual hice, para luego morder el lóbulo de su oreja y volver a mi tarea de lamer su espalda.
Encontré el cierre de aquel vestido rojo y tiré de él, bajándolo al mismo tiempo que mis besos, pasando mi lengua por cada trozo de piel que estaba dejando al descubierto, con un par de mordidas que la hacían gritar. Luego contaría cada uno de sus lunares, porque con ella gimiendo y mirándome por sobre su hombro, era imposible concentrarme en algo más que no fuera besarla.
—Sé que te encanta arrodillarte, princesa, pero no hoy —dije de nuevo contra su oído y besando su mejilla con suavidad, antes de alejarme.
Sin permitirme tardar más, la despojé de su vestido, dejándolo caer hasta sus pies para descubrir totalmente el cuerpo de mis fantasías y sueños, del que tuve que alejarme un paso para poder contemplarla por completo. Definitivamente, Millicent Bulstrode no tenía ni una idea de cuánto me gustaba, cuánto la deseaba, más que a ninguna otra mujer, a nadie había deseado como la deseaba a ella.
Me acerqué de nuevo, empezando a acariciar su espalda con la punta de mis dedos, escuchándola gemir suavemente con cada toque, hasta llegar al borde de aquella intima pieza de encaje que se perdía entre sus glúteos, la cual también acaricié con lentitud. Me relamí con gula y me arrodillé atrás de ella, acariciando sus piernas de arriaba abajo, viendo la piel erizada y como cada tanto bajaba y subía de la punta de sus pies en pequeños temblores. Estaba tan excitada como yo, y yo quería comérmela completita. Después de todo, ella era mi postre.
—Hoy me toca arrodillarme mí, princesa —dije y dejé un beso sobre la tela de encaje, en el borde de su cadera izquierda.
—Zabini —gritó, jadeo, cuando enterré mis dientes en uno de unos montículos de carne que pedía me entera atención.
Me dediqué a lamer cada parte de aquel trasero, tomado sus nalgas entre mis manos, apretando su carne y humedeciendo aquella pequeña tela de color rojo que definitivamente se quedaría conmigo. Bajé hasta sus muslos y me atreví a lamer entre ellos, escuchándola gritar y temblar entre mis manos, lo cual me llevó a presionarla para sostenerla, para que no cayera.
Cuando la escuché golpear su frente contra la manera, sabía que no podía continuar en esa posición, así que la tomé de las caderas con firmeza y le di la vuelta, viendo como nuevamente tenía aquella extraña pieza que solo tapaba sus senos y el cuál sólo arranqué con una de mis manos, viendo aquellos senos de buen tamaño desnudos, eran tan perfectos que cabían en mis manos, como si los hubieran moldeado para que yo los tomara. Empezaba a creer sinceramente que así fue y no sólo sus pechos, sino toda ella, desde sus cabellos hasta sus pies, cada pequeña parte, cada rincón escondido, pareciera que fue creado para mis manos, para mi boca, para mi cuerpo. Estaba tan bien hecha, tan perfectamente elaborada, cómo si alguien la hubiera creado para hacerme perder la cabeza, y no sólo físicamente, sino que aquel carácter, aquella personalidad tan rebelde, tan orgullosa, tan llamativa, era perfecta también para mí, era todo lo que quería en una mujer, o más bien, era esta mujer a la que yo quería sin importar nada más.
Ella era para mí.
La miré otra vez al rostro, viendo cómo se atrevía a sonreírme con picardía y mirarme con superioridad, para después empezar a acariciarse a sí misma. Ese acto no hacía más que volverme loco, adoraba verla tocarse sin pena, tan despojada de todo pudor que pudiera tener con su cuerpo o la vergüenza que pudiera sentir por hacerlo y que la creyeran pervertida. Siempre había estado con mujeres que de alguna u otra manera se sentían avergonzadas por alguna parte de su cuerpo, por un mínimo detalle, lo que fuera, siempre había algo de pudor en ellas y hasta para tocarse eran así, normalmente tenía que pedírselos y guiar sus manos a esos lugares que deberían conocer por sí mismas, o qué si conocían, pero les avergonzaba tocar enfrente de alguien más.
Pero Millicent no, no tenía que pedirle que lo hiciera, que se tocara como quisiera, parecía conocer su cuerpo a la perfección, ella sabía cuánto tocar y donde tocar para su propio placer, y tampoco parecía tener pena alguna por mostrarse sin ropa, antes o después del acto, y eso me lo demostró al bajarse de la cama totalmente desnuda, sin preocuparse por taparse para empezar a buscar y ponerse su ropa delante de mí, y tenía razón, no tenía nada de qué avergonzarse, porque era perfecta, en todos los sentidos.
Pero por mucho que amara verla tocarse, definitivamente, me encantaba más tocarla. Así que eso hice, recorrí el contorno de sus piernas y empecé a besar desde su vientre, pasando por su delicado ombligo, enterrando la lengua en ese lugar para escucharla gritar. La miré de nuevo al rostro, viendo que tan sonrojada estaba y que tan oscura estaba su mirada ya, con aquellos labios hinchados por tantos besos y mordidas de mi parte y de la suya también. No dejé de verla cuando empecé a bajar aquella última prenda con mis propios dientes, para después ayudarme por mis dedos.
—Mía —le dije cuando la quité de sus pies y la guardé en el bolsillo de mi pantalón que todavía tenía puesto.
—Mientras sigas con la tarea, te dejo hasta el vestido, Zabini —contestó con voz jadeante, como si le costara respirar y hablar, pero sonriendo con lujuria, apretándose los pezones y tirando de ellos, gimiendo en voz alta sin perderme de vista.
Y no necesité escuchar más de su parte para enterrar mi rostro entre sus piernas y empezar a lamer su centro, obteniendo gemidos y jadeos, gritos y susurros de su parte, deshaciéndose completa en una sinfonía sin precedentes, una canción que nunca había escuchado en nadie más que en ella, y era aficionado a eso, quería grabarlo y escucharlo a todas horas. Suspiré contra su piel, encontrándola tan suave, tibia, húmeda, con aroma a mujer, tan excitante, tan adictivo. Bebí de ella como si de agua se tratara, succioné y me la comí con tanta hambre que tuve que aferrar mis manos a cada lado de su cadera cada vez que se echaba hacia atrás.
Levanté la mirada por un momento, viendo como seguía apretándose los pechos, con la cabeza levantada, mirando hacia el techo, sin saber si tenía los ojos abiertos o no, pero podía ver su boca abrir y cerrar a cada gemido, jadeo o grito que soltaba sin contención ya. Su pecho también se movía de una forma agitada, respirando como si fueran a quitarle el oxígeno de un momento a otro, el cual seguramente le costaba pasar a los pulmones, arqueándose con cada movimiento de mis labios y lengua, moviendo también su cadera de manera errática.
—Eres tan deliciosa —dije al separarme de ella cuando la sentí a punto de llegar, ganándome una mirada molesta y el casi involuntario movimiento de su cadera buscando mi rostro—. Calma, princesa, vas a llegar, sólo quiero disfrutarlo más —intenté calmar, pero ella enterró una de sus manos en mis cabellos, guiándome a terminar.
—Zabini —gruñó con la respiración casi ausente, pero con aquella voz mandona que tanto disfrutaba y más si era en este tipo de situaciones.
—Sólo un poco más —suspiré y levanté su pierna derecha sobre mi hombro, para tener un mejor acceso.
Empecé a besar el interior de su muslo, mordiendo y chupando centímetro a centímetro, acercándome lentamente a mi objetivo, antes de volver a mi deliciosa tarea, recuperando aquellos gemidos y jadeos de su parte, sintiendo también como su mano se anclo a mi cabello, guiándome, dando a entender que por nada del mundo se me ocurriera parar de nuevo o me mataría, lo cual capté de inmediato.
La sentí temblar y gritar, la sentí tensarse y moverse más desordenadamente, haciendo que aumentara el movimiento de mis labios y lengua, enterrando esto último lo más profundo que podía mientras con mi nariz acariciaba su clítoris. Ella dejó su mano quieta y tensa sobre mi cabeza, sólo presionando mi rostro contra sus caderas erráticas, antes de sentir lo que deseaba.
La sentí correrse con un jadeo entrecortado, sin moverse o respirar más, aunque su muslo siguió temblando entre mis manos. Aun así, no dejé de trabajar, necesitaba que su orgasmo fuera completo, que fuera largo y satisfactorio, mientras mi lengua se dedicaba a recoger cada mililitro de aquella agua que salió de su centro, la prueba de que realmente lo había disfrutado, que podía llenarla de placer, que hacerlo juntos también le gustaba a ella. Porque un orgasmo como este jamás se podría fingir, los gritos, gemidos, jadeos sí, pero nunca la abundante humedad que una mujer soltaba al disfrutar de verdad.
Cuando terminé de beber de ella, separé lentamente mi rostro y bajé con cuidado su pierna de mi hombro. Me levanté sosteniendo su cadera cuando la sentí temblar y vi sus rodillas flaquear un segundo. Volví a subir despacio por su cuerpo, pasando mi lengua por su vientre, el valle entre sus senos, para llegar a su cuello y luego a su boca, la cual besé superficialmente, mientras ella continuaba intentando recuperar el ritmo de su respiración.
—Princesa —susurré contra su oído, pues su cabeza seguía mirando hacia el techo, mientras respiraba ya más controladamente—. Esto todavía no acaba.
—Lo sé —sentí su mano subir de nuevo a mi cuello, guiando mi boca a la suya para compartir un beso profundo, sintiendo su lengua recorrer cada rincón de mi interior—. A la cama. Ahora, Zabini.
Sonreí cuando la sentí empujarme con ambas manos sobre el pecho. Caminé posando mis manos en su cadera, dejándome llevar y cayendo a la cama cuando me empujó hacia ella. Caí con ambas manos a mis lados para no terminar acostado, viendo maravillado la figura desnuda de aquella mujer que me miraba de una manera tan caliente, tan pervertida, antes de montarse sobre mis piernas, empezando a restregarse contra mi dolorosa erección aun oculta.
Jadeé desesperado, usando mis propias manos para guiarla y sintiendo las de ella liberándome por fin, mientras su boca volvía a adueñarse de la mía, mordiendo mis labios y lengua, chocando sus dientes con los míos sin importar que tan agresivo pudiera resultar todo. Empecé a mover mis caderas también, sabiendo que no había tiempo para quitarme el resto de mi ropa, menos cuando ella empezó a masturbarme de aquella gloriosa manera, desesperantemente lento y luego enloquecedoramente rápido, como si le gustara jugar con mi cordura. Cómo si no supiera que ya estaba loco por ella.
—Dijiste que no voy arrodillarme hoy —jadeó contra mi oído al separarse de mi boca y me encontré lamentando mis palabras al sentir su aterciopelada lengua en mi oreja, la cual hubiera podido sentir en otra parte—. Es una lástima, quería probarte completo —terminó de decir y lo siguiente que hizo, fue levantar sus caderas y dejarse caer tibia y húmedamente alrededor de mí, haciéndome gruñir y presionar mis dedos en su piel, algo que tal vez dejaría marcas después—. Vas a correrte dentro de mí, Zabini.
—Cómo si hubiera otra opción —le dije y nos di la vuelta, antes de empezar a embestirla con ganas.
Ella cerró los ojos, mientras sus manos se tomaban de mi cuello, antes de empezar a apretar y arañar mi espalda a conciencia. Con cada nueva embestida podía sentir sus uñas enterrándose en mi piel, a lo que yo correspondía chupando, lamiendo o mordiendo su cuello con deleite, antes de tomar uno de sus senos y empezar a devorarlo, provocando que ella empezara a gritar de verdad y arquearse más y más contra mi cuerpo, ofreciéndose gloriosamente.
No dejé de moverme, no dejé de hacerlo, y fui intensificando cada embestida, más rápido y más duro como ella lo pedía a jadeos en mi oído. Tuve que llevar una de sus piernas a rodear mi cadera cuando me sentí vencer por el placer, sintiendo mi propio orgasmo acercarse y acelerarse, sobre todo cuando su interior empezó a tensarse, a apretarse más y más contra mi virilidad, sintiéndola más caliente que nunca.
—Zabini, Zabini... más, más… más —la escuché llamarme y levantándome con ayuda de uno de mis codos contra la cama, pude verla al rostro, viendo sus ojos nublados por las lágrimas, viendo el sudor que corría por su sien y su boca hinchada.
Bajé de nuevo a besarla en la boca, tragándome cada sonido que dejaba a salir, mientras sus manos me tomaron del cuello para que no me separara de ella. Jadeé contra su boca cuando la sentí correrse otra vez, estrangulándome en el proceso y llevándome a mi propio placer. La vi cerrar los ojos en ese momento, sintiendo sus manos viajar a mi rostro, acariciando mi mejilla, mientras yo volvía a inclinarme a besarla. Ninguno de los dos podía respirar bien todavía, pero necesitaba hacerlo, necesitaba besarla, porque era capaz de morir si no lo hacía.
No salí de ella de inmediato, sino que fui besando todo su rostro, lamiendo el sudor que corría por su sien, bajando a besos pequeños hacia su nariz, mejillas, comisura de sus ojos y labios, bajando a su cuello y luego a sus pechos. Besando aquel par de pechos perfectos, lamiéndolos y chupándolos como si pudiera alimentarme de ellos, mientras ella seguía respirando de manera profunda y empezaba temblar y gemir con cada uno de mis movimientos. Me dediqué a ellos, sintiendo como poco a poco sus manos volvían a colocarse en mi cabello, guiándome a través de su cuerpo para que lo conociera al completo y supiera que era lo que le gustaba más.
—Zabini —suspiró una vez y yo levanté la mirada, viéndola mirarme con los ojos entrecerrados.
—Mañana finges que no pasó, que no pasará, pero por este momento, no pienso descansar ni un segundo —le dije y tomé una de sus manos, para besarla.
Ella se quedó en silencio viéndome, mordiéndose los labios, antes de tomarme de nuevo por el cuello, instándome a subir a su rostro para volver a besarme como ya lo había hecho. Fue un beso más tranquilo, más suave, menos violento que los que ya habíamos compartido. Enterré una de mis manos en su cabello y me dediqué a saborearla por completo. Mordí sus labios, succioné su lengua y acaricié su paladar con la mía. Ella gemía contra mi boca y sus manos me acariciaron la espalda otra vez de manera más gentil, como si aliviara los rasguños que dejó antes.
De repente la sentí levantarse un poco más, y con algo de fuerza y mi propia ayuda, giramos en la cama, quedando ella sobre mí. La miré maravillado mientras la sentía acomodarse sobre mi cadera. Era como una bendita diosa, era la mujer más bella, hermosa y atrevida que había contemplado, la que más me gustaba, la que más me atraía, la que había logrado encadenarme y esclavizarme sin que me diera cuenta o ella misma lo notara, sin punto de escape y aunque los hubiera, no iba a escapar de ella. Sólo tenía que lograr que ella sintiera lo mismo, que ella no quisiera escaparse de mí nunca en la vida.
Pasé mis dedos por la piel de sus piernas hasta sus caderas, subiendo por su vientre hasta llegar a sus pechos, los cuales tomé y apreté, viéndola cerrar los ojos y tirar la cabeza hacia atrás. Comencé a sentir como empezaba a moverse de manera suave y rítmica sobre mis caderas, de arriba abajo y en forma circular también, rozando de modo pervertido aquella parcial erección que iba presentando otra vez.
La vi abrir los ojos de nuevo, viendo como sus manos acomodaban su cabello hacia un lado, antes de inclinarse y besarme otra vez.
—Yo arriba esta vez —dijo al morder mis labios y yo sonreí, porque me encantaba su determinación a comandar nuestras posiciones—. Mañana volvemos al juego de que aquí no pasó nada.
Quise negarme a eso, por mí aquel juego se podía ir al demonio, por mí terminaríamos cada día aquí, en mi departamento, sobre mi cama y eso sería todo. Pero sabía que Millicent no estaba preparada para eso, que habíamos iniciado mal, que yo había iniciado mal, así que tenía que seguir las reglas de su juego hasta que se cansara de que fuera solamente eso, hasta que ella se cansara y me pidiera más que un juego, me pidiera la vida, la cual le daría sin pretexto.
Por ahora, sólo continuaría haciéndole el amor cada vez que me lo permitiera y disfrutaría y la haría disfrutar, para demostrarle que nadie le haría el amor como yo, que nadie tampoco tenía derecho a estar en su lugar aquí en mi cama que no había conocido otro cuerpo que no fuera el de ella. Porque ese era un secreto que tenía, que nadie, nadie de mis amantes casuales, de mis citas improvisadas, había terminado aquí. Me negaba en rotundo que alguna de ellas pisara este lugar y sintieran que con eso tenían el derecho a pedir más o malinterpretaran mis intenciones, pero desde hace mucho supe que con Millicent no sería así, que si le haría el amor, sería en mi departamento, en mi hogar, porque era lo que merecía, no merecía una fría habitación de hotel, además, adoraba cada noche entrar en mi habitación e imaginar que ella estaba aquí, sobre mi cama esperando por mí.
Hola, ya sé que son meses tardes, pero es que en serio me costaba sacar este capítulo y creo que aun así irá lento lo de mis actualizaciones, pero no pienso abandonarla. Lo prometo.
Espero que lo hayan disfrutado (si es que todavía hay alguien esperando por ella).
Nos leemos.
By. Cascabelita.
