Capítulo XIII

"Esquemas"

Miroku entró con cautela al estudio, temiendo a las dos posibilidades que pasaban por su mente. Encontrar a su mejor amigo intoxicado por el alcohol, o que su mejor amigo le rompiera la cabeza, al arrojarle la botella vacía al momento de asomar la punta de la nariz en la habitación. Sin embargo, quedó perplejo al encontrarlo sobrio e impecablemente vestido. Sentado tras el señorial escritorio, leyendo tranquilamente el periódico, mientras bebía una taza de humeante y aromático café.

El joven levantó la vista de su lectura, al escucharlo entrar.

Buenos días, Miroku —saludó con normalidad.

Bu... buenos días —balbuceó el otro todavía pasmado— ¿Realmente son… "buenos días"? —inquirió dubitativo.

Por supuesto —contestó el otro sereno.

Muy bien, explícame qué ha pasado —exigió Miroku, sentándose frente a él, cruzando los brazos, a la espera de una pronta respuesta.

¿De qué hablas? —preguntó el joven, dándole un sorbo a la infusión.

Inuyasha, apenas anoche estabas que te llevaba el demonio, y hoy en la mañana te veo sospechosamente tranquilo —observó con desconfianza—. Lo que me hace pensar que algo importante sucedió anoche, después de haberte dejado aquí bebiendo.

Tal parece que el aburrimiento te está atrofiando el cerebro, y ya empiezas a imaginar conspiraciones para matar el tiempo —comentó dejando de lado el periódico e inclinándose sobre el escritorio, apoyando los antebrazos en la lustrosa madera.

¡Ah, por favor Inuyasha! —exclamó impaciente—. Kagome va a casarse con Kouga Breindbill. ¿Me dirás que eso dejó de importarte de la noche a la mañana? Literalmente hablando —agregó haciendo un ademán con la mano.

Ella no se casará con ese crápula —refutó, dominando la ira, que la sola idea le provocaba.

¿Por qué estás tan seguro? —preguntó entornando los ojos.

Simplemente lo sé —respondió. Encogiendo los hombros despreocupado.

¿Acaso tienes pensado hacer algo al respecto? —preguntó. Cada vez más extrañado por la sospechosa calma con la que su amigo estaba tomando el asunto.

Nada, por el momento.

Nada —dijo asintiendo, dando a entender que no creía una sola palabra—. Creo que ya fue suficiente de evasivas —estableció, luego de estudiarlo unos segundos—. Suéltalo de una buena vez —exigió.

¡Demonios, Miroku! —gruño el joven, golpeando el escritorio con frustración. Su amigo lo conocía bien, demasiado para su gusto. En tantos años de amistad, ni una sola vez había conseguido engañarlo—. Kagome sólo está fingiendo aceptar ese estúpido compromiso —confesó finalmente.

¿Fingiendo?

Sí, tiene un especial talento en disfrazar la verdad —comentó con ironía. Soltó un suspiro de resignación, haciendo una mueca—. Por ejemplo, finge ser una delicada y frívola jovencita aristócrata. Cuando en realidad es nada más ni nada menos que Handorei, el sujeto que pensé asesinó a mi padre, y al que he estado intentando matar desde que llegué a este maldito pueblo —explicó mordaz. Ante la mirada estupefacta de Miroku.

¿Qué Kagome es Handorei? ¡¿Acaso te volviste loco?! —exclamó consternado.

No… es tal y como escuchas. Lo descubrí la otra noche —explicó, sin entrar en detalles. La confianza que tenía en Miroku era inquebrantable, pero ante todo era un caballero, y habían sucesos demasiado íntimos que prefirió quedaran en reserva.

Aún no puedo creerlo —manifestó el joven de ojos azules, pasando una mano por su cabello— ¿Cómo diablos no nos dimos cuenta? ¿Handorei es una mujer? —se preguntó, aun intentando asimilar la información—. ¡Por Dios! Kagome tiene atributos que Handorei no parece tener…

¡Feh! Los oculta con un estúpido corsé —reveló distraído.

¿Qué? ¿Un corsé? —exclamó, mirando a su amigo, alzando una ceja inquisitivo— ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Tal parece que averiguaste demasiado en sólo una noche?—preguntó con picardía. Inuyasha apretó los labios al darse cuenta muy tarde de su involuntario desliz.

¡¿Eso a ti que te importa?! —gruñó observándolo enojado—. No hagas preguntas innecesarias —advirtió.

Muy bien, no las haré —dijo, levantando las manos en señal burlona de rendición—. Con mi vasta imaginación es suficiente.

Tampoco hagas que restrinja tu imaginación a golpes— advirtió entornando los ojos

Está bien —asintió divertido—. Ahora aclárame otra cosa.

¿Qué? —preguntó con recelo.

Ya conocías el secreto de la identidad de Handorei. Pero hasta ayer, era evidente que no sabías del compromiso, y sin embargo, hoy afirmas que ella sólo finge ese compromiso —analizó, observando con interés como su amigo palidecía—. Eso quiere decir que anoche, luego de dejarte bebiendo aquí… solo… fue cuando obtuviste esta nueva información —dedujo viendo con satisfacción la turbación de Inuyasha y escuchándolo proferir una blasfemia por lo bajo.

Ella vino anoche para aclarar lo del compromiso. ¿Satisfecho? —gruño irritado, y sus ojos casi se transformaron en cuchillas al escucharlo reír.

Lo lamento —se disculpó risueño.

Bien, dejando de lado tu estupidez… —dijo con sequedad—. Tengo que explicarte detalladamente la información que me ha entregado Kagome, y sobre todo sus planes, ya que nos obligará a tomar ciertas precauciones —anunció tornándose serio. Miroku asintió escuchando con suma atención el relato de su amigo.

Faltaba poco tiempo para la hora de la cena. Kagome se encontraba frente al tocador ajustando un delicado peine de brillantes con forma de flores; como toque final de la cascada de bucles, elegantemente peinados, que caían con gracia tras su cabeza.

Escogió un sobrio vestido de raso azul oscuro. El escote era bastante recatado. Lo último que deseaba era estimular la lascivia de su mentecato prometido.

Había pasado casi todo el día en su cuarto, bajo la excusa de un fuerte dolor de cabeza. Deseaba permanecer un tiempo para descansar, tranquilizarse y reflexionar. Su cabeza era un cúmulo de pensamientos confusos. Sentía que su espíritu se debilitaba y eso no podía permitirlo.

Tantas veces se había cuestionado. ¿Qué era lo que estaba haciendo con su vida? ¿Cuál era el fin de todo esto? ¿Lograría encontrar algún día a los hombres que mataron a sus padres o moriría en el intento?. Y de encontrarlos… ¿Podría arrancarles la verdad, saber de una vez por todas quién y por qué había ordenado aquel brutal asesinato? Y luego… ¿qué haría? ¿Acabaría con ellos tal y como lo hicieron con su familia? ¿Sería capaz de matar?. De pronto, la imagen de ese maldito blandiendo su espada, hundiéndola en el cuerpo de su madre… la volvía a llenar de odio y deseos de venganza… y matar se convertía en una necesidad a la cual no podía renunciar. Sentía que era la única forma en que podría al fin recuperar la paz.

Sango entró en su cuarto interrumpiendo sus horrorosos pensamientos. Su amiga se había conformado con la breve explicación que le dio, y que todo estaba arreglado entre ella e Inuyasha. Pero algo le decía que esa mujer intuía, que no todo estaba tan bien como le aseguró. Era muy inteligente y sagaz, siempre le había resultado difícil ocultarle ciertas cosas, aunque era lo suficientemente prudente para mantenerse al margen de los temas que más la incomodaban, y se lo agradecía.

Le anunció la llegada de su prometido, y que los demás esperaban por ella. Sonrió al ver la sobreactuada mueca de desagrado de Kagome. Se levantó del taburete Miró por última vez su reflejo, soltó un suspiro decidido y se encaminó al salón comedor.

La tensión entre los presentes era algo casi palpable. Sólo su tío y Kouga entablaron una conversación. Si es que conversación se le podía llamar a una planificación detallada de cómo iba a desarrollarse su futuro. Y ciertamente, a ninguno de los presente le interesaba escuchar su opinión. Kikyo era la única que intervenía en la plática. Siempre disfrutaba ser el centro de atención. Y Kagome se preguntaba cómo podía exhibir constantemente esa actitud frívola e insufrible. ¿Acaso no le agotaba? Aunque agradecía que le hubiera brindado el mejor ejemplo de cómo representar su papel, de una forma tan convincente ante la sociedad. Por su parte, Rin sólo observaba en silencio, intentando disimular su incomodidad. Era una muchachita demasiado dulce para no verse afectada al estar rodeada de víboras. Inclusive ella misma, pensó irónica.

La próxima recepción debiera realizarse en vuestra casa— intervino Kagome de improviso. Ante la mirada de sorpresa de su tío y prometido. Y la atónita de Rin. Kikyo sólo se limitó a hacer una agria mueca—. Se supone que nos casaremos en unos meses, y pienso que incluir más activamente al escaso círculo aristócrata de esta ciudad, al menos le dará un alto toque de distinción a tan trascendental evento —agregó. Haciendo un esfuerzo por suavizar el sarcasmo que burbujeaba en su lengua.

Es una idea excelente. Me complace ver que al fin ha surgido el interés por tu futuro matrimonio —contestó Mioga— ¿No lo crees así Kouga?

Por supuesto. Nada me gustaría más que organizar un gran evento en honor a nuestro compromiso, en el que será tu futuro hogar —concordó el joven con una sonrisa pedante— ¿Tienes pensado un día en especial, Kagome? —preguntó.

No en realidad —contestó, pensando en acortar el tiempo al máximo— ¿Qué tal… dentro de una semana? —preguntó.

Por mí no hay ningún inconveniente. Hablaré con mi padre, para prepararlo todo —accedió Kouga.

Perfecto —exclamó Mioga. Kagome sólo asintió y bebió un sorbo de vino, ocultando una leve sonrisa de satisfacción tras el cristal.

No le agradaba en lo absoluto volver a estar envuelta en otra estúpida fiesta, y más aún, si ésta era para celebrar su aborrecible compromiso, pero dado que la conversación giraba en torno a un evento para ambas familias, la idea surgió de pronto.

Un baile era un señuelo más que perfecto. El bullicio y la aglomeración le ayudaría a deambular con mayor libertad, y con algo de suerte, en medio de la algarabía, se daría la ocasión de escabullirse a ese dichoso lugar para investigar.

Tendría que informarle a Inuyasha lo antes posible, y estaba segura, que la noticia no le causaría la menor gracia.

Había transcurrido bastante tiempo después de la cena, cuando Kouga por fin anunció su partida. Kagome, hostigada por su tío, se vio en la obligación de escoltarlo a la puerta, conteniendo la ira ante la plácida sonrisa del hombre.

Detestaba el brillo lascivo que asomaba en sus ojos, de un mustio color azulado, que no armonizaban en nada con su piel morena. El mentón afilado y una nariz ligeramente aguileña. Tenía cabello negro demasiado largo y opaco, que acostumbraba a sujetar en una coleta nada favorecedora. Era alto, de complexión un tanto delgada, lo que, en su opinión, le daba un semblante enclenque y sin prestancia. En resumen, era un hombre que carecía totalmente de atractivos, y de toda distinción.

No concebía el hecho, que existieran mujeres, que consideraran a ese hombre, como uno de los mejores partidos de la ciudad. Por suerte para él, era bien sabido que el dinero podía obrar esa clase de milagros para la clase de sociedad con la que se codeaba.

Volveré mañana, es imposible para mí dejar pasar un solo día sin verte —manifestó Kouga con voz apasionada, besándole la mano con extrema lentitud.

Buenas noches milord —se despidió la joven con frialdad, tirando de su mano, ansiando deshacer aquel horrible contacto. Sin embargo, él no se lo permitió. Observándolo con evidente reproche volvió a intentar zafarse.

Ahora que eres mi prometida, no deberías tratarme con tanta frialdad estando a solas —dijo el joven tirando de ella para acercarla a su cuerpo, ante la indignación de Kagome.

¡¿Pero qué cree que hace?! —exclamó intentando alejarse, pero el hombre la sostuvo con mayor fuerza— ¡Suélteme! —ordenó.

Seré tu esposo en tres meses. Tengo el derecho de disfrutar los labios de mi mujer —manifestó el hombre intentando besarla, a lo que Kagome se oponía férreamente.

¡¿Cómo se atreve?! —profirió empujándolo con fuerza. Cuando el hombre redujo su agarre, le golpeó con fuerza el rostro utilizando el dorso de la mano— ¡No le permitiré que me falte al respeto! —declaró furiosa, ante la mirada atónita y descompuesta de Kouga.

Si bien me estimula tu rebeldía, esto es algo que no volveré a tolerar —masculló el hombre, acariciando su enrojecida mejilla lleno de rabia—. Esta será la única vez que perdonaré tu atrevimiento.

Mi atrevimiento está muy por encima de lo que pueda imaginar. Y además, sepa que tengo un nulo interés en obtener su perdón —afirmó sin intimidarse.

Escúchame bien —advirtió Kouga, al tiempo que volvía a tomarla por la cintura con un brazo, y le oprimía el cuello con la otra mano—. Jamás vuelvas a golpearme, o me obligarás a dejar de comportarme como un caballero.

¿Y aún se considera a sí mismo un caballero? ¡Pero cuánta desfachatez! —exclamó la joven con burlona incredulidad, mirándolo a los ojos, sin demostrarle temor alguno, pese a la excesiva fuerza que el hombre ejercía en su garganta—. No es más que un estúpido y vil libertino.

Puede ser —admitió con una mueca—. Sin embargo, continúo siendo tu futuro esposo. Y te haré respetarme por las buenas… o por las malas… Esa será tu elección —amenazó.

Sólo le daré el respeto que merezca, y quizás el día que diga frente al altar, tendrá derecho a exigir —afirmó entornando los ojos. "Sólo que ese día jamás llegará, primero te veré pudrirte en una celda o te despediré en tu viaje al infierno" pensó para sí misma.

Muy bien… ese día te haré cumplir con creces tus palabras —aceptó con una perversa sonrisa.

Y hasta ese día, no se atreva a ponerme sus asquerosas manos de encima —señaló entornando los ojos con desprecio, soltándose al fin de su agarre—. Estoy haciendo un magno esfuerzo por sobrellevar esta situación de la mejor manera, pero no toleraré su vulgar atrevimiento —agregó esforzándose por mantenerse controlada.

Lo tendré presente —asintió el hombre con evidente falta de sinceridad— Y yo, por ahora… dejaré pasar este rechazo. Buenas noches, mi dulce prometida —se despidió caminando hacia la puerta, pero se detuvo antes de abrirla, girándose hacia la joven— Disfrutaré enormemente nuestra noche de bodas —aseguró, con una mirada siniestra, luego salió de la mansión. Kagome sólo apretó los labios viendo con furia apenas contenida la puerta principal.

Por después que despuntara el alba, encomendó a Sango la misión de entregarle un mensaje a Inuyasha, respecto a la visita que le haría aquella misma tarde.

Debía mantenerlo al tanto del evento que se realizaría en casa de los Breindbill, además necesitaban resolver de qué forma debían proteger a Kojaku. No era seguro que se quedase por más tiempo en el castillo de los Taisho.

Kagome vendrá por la tarde —anunció Inuyasha. Luego de leer la nota que le había entregado Sango a Miroku, hacía unos instantes.

¡Qué maravillosa noticia! —exclamó Miroku con retintín, al notar la evidente alegría de su amigo, ampliando su sonrisa ante la mirada asesina que éste le dirigió.

Procura que sólo haya gente de confianza en el castillo—advirtió el ambarino con seriedad.

Supongo que te refieres a Jaquen.

Por supuesto. Ese sujeto no debe enterarse de lo que sucede en el castillo. Bien sabes que no tengo ni la más mínima confianza a ese enano mayordomo —señaló entornando los ojos— Aún no hemos logrado averiguar más detalles acerca de él. Por lo tanto, debemos ser muy cuidadosos con todos nuestros movimientos —indicó, recibiendo el asentimiento de su amigo.

Kagome observaba pensativa el paisaje. Casi llegaban al Castillo Leeuford, dado que circulaban por el extenso camino, cuyos costados eran adornados por una larga hilera de gigantescos y añosos álamos. Junto al camino también se divisaba el tranquilo caudal del río, que abrazaba un lado del castillo alimentando la laguna, formando un bello foso natural, que era el disfrute de una gran variedad de aves, aunque los reyes del lugar era en su mayoría cisnes y patos. La arquitectura del recinto, cuyas piedras grisáceas se levaban majestuosas al cielo, contrastando con el intenso verdor del pasto bien cuidado, siempre conseguía quitarle el aliento. El centro cuadrado era resguardado por las enormes torres se alzaban en cada extremo, como mudos y majestuosos guardianes de los habitantes del edificio central.

Apartó la vista del hermoso exterior, dirigiéndola a las dos mujeres sentadas frente a ella. Sango y Rin, quienes habían insistido en acompañarla. Su prima ya estaba al tanto que Kojaku se encontraba bajo la protección de los Taisho. Así que inventar otra excusa, para la visita que haría a los señores del castillo, habría sido una pérdida de tiempo. Además, estaba completamente segura que Rin tenía un secundario interés en acompañarla. No había dejado de percatarse el gran interés que la joven demostraba por el mayor de los Taisho.

El coche se detuvo a un costado de las escaleras de la entrada principal. Subían las escalinatas, cuando las puertas principales se abrieron.

Con sorpresa vio que salían a recibirlas Miroku, seguido de Inuyasha.

Bienvenidas hermosas damas —saludó Miroku con una reverencia.

Buenas tardes —saludó Inuyasha, mirando a Rin, Sango y finalmente a Kagome. La intensidad en la mirada ambarina le causaron un instantáneo estremecimiento. Lograba distinguir con absoluta claridad los deseos que transmitían. Y no la ayudaba el verlo tan atractivo, vistiendo de una forma desenfadada. Parecía cómodo con esos ajustados pantalones negros, enfundando esas largas botas de montar negras. La camisa blanca como siempre desanudada en la parte superior y las mangas remangadas, dejando ver sus vigorosos y velludos antebrazos. Se ruborizó al pensar que los demás notarían los secretos que se vislumbraban tras en el brillo de los ojos de él, como igual en los de ella.

Buenas tardes —contestaron las mujeres.

Miroku se encargó de escoltar a Sango y a Rin al interior del castillo. Mientras que Inuyasha enlazó con firmeza el brazo de Kagome. La joven dedujo con total precisión el doble propósito. Era escoltada, pero también era forzada a caminar con una deliberada lentitud, dejando que los otros tres se adelantaran un largo trecho.

Después de lo que ha pasado entre nosotros, no creí que aparecieras con toda una comitiva de chaperonas —murmuró el joven cerca de su oído. Procurando que los demás no escucharan la conversación— ¿Temes que te encierre en una de las torres para cometer algún acto reprochable? —preguntó con ironía. Valiéndose de la cercanía para darle un fugaz beso en el cuello. Causando que la joven diera un respingo.

Estoy segura que serías capaz de eso y más —afirmó Kagome, dirigiéndole una mirada reprobación—. Aunque debo aclarar que no es el motivo de fondo. Sango viene a ver a su hermano y Rin, me proporcionó una coartada perfecta para salir de casa —explicó en voz baja—. Pero siendo tú… Inuyasha Taisho… creo que ser en extremo precavida es la medida más astuta —añadió maliciosa. Él soltó una risa divertida, que los demás no alcanzaron a escuchar, ya que habían desaparecido al doblar por el pasillo que daba hacia la biblioteca.

Ven aquí —dijo el joven, tomándola por la cintura para atraerla hacia él y besarla. Kagome emitió una exclamación de sorpresa, que fue velada por los labios del joven. El beso duró apenas unos segundos, pero los suficientes para dejarla mareada—. Apresurémonos, o los demás comenzarán a pensar mal de mí —señaló guiñándole un ojo, esbozando una sensual y burlona sonrisa. Volvió a envolver su brazo y reanudando la marcha.

Y con justa razón —asintió Kagome arrugando el ceño, pero sin sentirse molesta en lo absoluto. Posó su mano en el antebrazo masculino, sintiendo un cosquilleo en las yemas de los dedos al estar en contacto con la piel desnuda—. Eres un hombre descarado y lujurioso ¿Lo sabías?

Tú eres la culpable que predomine mi lado más audaz. Eres una excitante tentación— reveló esta vez sonriéndole con descaro. La joven tenía intenciones de objetar sus palabras, pero se dio cuenta que ya ingresaban en la biblioteca.

Vio que en el lugar también se encontraba el mayor de los hermanos, Sesshomaru y junto a él, la Baronesa Kagura Neville. Le dio una mirada interrogante a Inuyasha, quien sólo sonrió y le oprimió sutilmente la mano, que permanecía en su brazo, buscando tranquilizarla.

¡Lady Higurashi! Ha pasado tiempo, ¿cómo ha estado? —saludó Kagura. Saltando de su silla para ir a su encuentro.

Muy bien, muchas gracias. Espero que usted también —contestó recibiendo un afectuoso abrazo de la baronesa.

Buenas tardes, que gusto volver a verla —saludó Sesshomaru, quien estaba de pie junto a la mujer, observándola con esa inquietante agudeza.

Buenas tardes, lo mismo digo —saludó, con una leve reverencia.

¿Dónde se encuentran? —preguntó la joven en voz baja a Inuyasha, temiendo que Kagura escuche.

En el ala oeste del castillo —contestó, sin mostrarse muy cauteloso ante presencia de la mujer, cosa que le causó un extraño malestar. "Es innegable que le tiene mucha confianza a su amiga", pensó molesta—. Esa área es utilizada exclusivamente por Sesshomaru, y nadie tiene permitido ingresar sin autorización. Por ahora es el lugar más seguro para mantenerlos ocultos y lejos de ojos curiosos —explicó.

Entiendo. ¿Puedo ir a verlos? —preguntó.

Los verás más tarde. Ahora tenemos que tratar asuntos importantes —expresó con extrema seriedad—. Sesshomaru, por favor acompaña a la señorita Rin y a Sango a ver a nuestros invitados —pidió a su hermano, quien sólo asintió. Caminó hacia una nerviosa Rin, ofreciéndole un brazo y el otro a Sango.

¿Me acompañan? —preguntó el hombre con voz grave.

Cla... claro —aceptó la jovencita con voz temblorosa, apoyando su mano en el brazo del hombre. Salieron del cuarto, y Sango giró la cabeza mirando a Kagome con una expresión interrogante.

Tenemos que sacar a Kojaku del castillo, es muy peligroso seguir ocultándolo aquí —manifestó Inuyasha, sin preámbulos, una vez que los demás se marcharon.

Estoy de acuerdo. Era el principal motivo de mi visita. Pero me preocupa que sea arriesgado. Kojaku no se ha curado del todo —repuso la joven—. No estoy segura si sería contraproducente moverlo de este lugar, es por eso que quería preguntar la opinión de tu hermano al respecto.

Tendremos que correr el riesgo —dijo Inuyasha con dureza—. Estoy casi seguro que hay un espía al interior del castillo —advirtió.

¡¿Qué?! —exclamó la joven impactada—. No es posible. ¿De quién se trata?

Cuando logremos cerciorarnos te informaré —respondió—. Miroku y yo tenemos sospechas. Lo hemos mantenido vigilado, mientras continuamos investigando. Pero alargar esta situación es demasiado arriesgado.

Comprendo. ¿Cuándo debo llevarme a Kojaku? —preguntó Kagome.

Tú no te lo llevarás a ninguna parte —refutó Inuyasha.

Tengo que sacarlo de la ciudad Inuyasha, sé que no puedo llevarlo a casa. Kouga espera la oportunidad de recapturarlo para sacarle información sobre… de Handorei —se corrigió a tiempo.

Lo sé. Por lo mismo le he pedido a Kagura que se reúna con nosotros —declaró, dirigiéndose a la mujer que los observaba en silencio—. Ha tenido una excelente idea.

No creo que sea prudente involucrarla en esto. Si algo saliera mal y la descubren podría correr peligro —objetó Kagome—. Me niego a implicar a más inocentes.

No tenemos tiempo para sentirnos temerosos de las consecuencias Kagome —dijo de pronto la baronesa, tratándola con familiaridad—. Debo aclarar que nadie me obliga a participar, y por lo demás... no soy una persona que haya vivido muy alejada del peligro —agregó maliciosa.

En eso estoy de acuerdo —dijo Miroku, interviniendo, guiñándole un ojo a la mujer, ella rio divertida.

Concentrémonos en la conversación ¿quieren? —gruñó Inuyasha—. Kagura saldrá de la ciudad en algunos días. Para entonces Kojaku ya estará totalmente recuperado.

¿Pero cómo harán para que no lo descubran? —preguntó Kagome desconfiada.

Se hará pasar por una de sus doncellas —contestó Inuyasha con una sonrisa al ver la mirada perpleja de la joven—. Piénsalo bien. Kagura viaja con varias doncellas. Nadie le prestará atención a una más. Sólo tendremos que disfrazar a Kojaku.

¿Pero no piensas que las demás comentarán la inexplicable aparición de una nueva doncella? Y qué tal si ellas lo descubren o hacen algún comentario que comprometa su traslado —cuestionó la joven.

Mis doncellas están muy bien entrenadas y son de mi absoluta confianza. No dirán una palabra sin mi venia —la tranquilizó Kagura.

Muy bien. Puede funcionar, aunque admito que persisten mis dudas —cedió Kagome con algo de inseguridad—. Si esta es la única forma de sacarlo de la ciudad, tenemos que llevar a cabo el plan la próxima semana —requirió.

¿Y eso por qué? —inquirió el ambarino suspicaz.

Los Breindbill organizarán un baile con motivo del… compromiso —informó, viendo que Inuyasha apretaba los labios en obvia señal de molestia—. Ellos estarán enfrascados en la recepción, y seguramente gran parte de sus hombres serán utilizados para resguardar la seguridad de la casa y sus alrededores. Pienso que podría ser el momento más adecuado para trasladarlo.

Le encuentro la razón —concordó Miroku— Qué piensas Kagura. ¿Puedes postergar el viaje para dentro de una semana? —preguntó el joven.

Sí. No veo ningún inconveniente en ello —asintió la mujer.

¿Qué opinas, Inuyasha? —preguntó Miroku a su amigo, que se mostraba meditabundo, observando con fijeza a Kagome —. Inuyasha —insistió el joven.

Sí —susurró intentando centrarse en la conversación—, es posible que la vigilancia en los caminos se vea debilitada ese día. Concuerdo en que es el mejor momento —opinó escuchándose más templado de lo que en verdad se sentía. Era obvio que Kagome planeaba efectuar la infiltración en aquel maldito cuarto, durante ese dichoso evento.

Es necesario que Sango también abandone la ciudad —advirtió Kagome de pronto, provocando sorpresa en ambos hombres—. Puede anticiparse uno o dos días, para no poner en peligro es viaje de la baronesa y Kojaku. Ella podría esperarlos en otro pueblo y unirse a ustedes luego —señaló ignorando las miradas cada vez más desconcertadas—. Necesito que permanezca junto a su hermano… lejos y a salvo —pidió con gravedad mirando a Inuyasha.

¿Estás segura de eso? Ella no es sólo tu dama de compañía, es tu valiosa amiga —inquirió, turbado por su petición.

Por lo mismo me niego a permitir que continúe arriesgándose a mi lado —aseguró dándose cuenta de que quizás reveló demasiado—. Kojaku es su hermano, y su única familia. No puedo comprometerla a permanecer aquí conmigo. Eso sería muy egoísta de mi parte.

Tienes razón. Lo mejor para ella es marcharse para cuidar a su hermano —asintió, mirándola con fijeza, cada vez más intranquilo por la forma en que Kagome estaba manejando la situación.

Por supuesto que él comprendía el trasfondo de su petición. Quería demasiado a Sango y a Kojaku. Ambos eran una familia para ella. No obstante, alejarlos era también la única forma de mantenerlos a salvo.

Debido a su falsa identidad como Handorei, se sentía culpable. Era quien los había arrastrado en sus temerarias andanzas. No importando que ellos participaran voluntariamente. Pero el muchacho estuvo a punto de perder la vida. Por lo tanto, Kagome haría lo que fuera necesario para evitar que a Sango le ocurriera lo mismo, y tuviera un trágico destino. Era algo que ella no podría perdonarse jamás.

De seguro, también era el motivo por el cual se esforzaba en mantenerlo al margen de sus decisiones. Temerosa que al involucrarlo él también sufriera algún daño. Sin embargo, no estaba dispuesto a dejarla sola, jamás lo haría, sin importar las consecuencias.

Sabía muy bien que por más que le rogara, no dejaría de ser Handorei. Por lo tanto, la protegería a como diera lugar, aún en contra sus deseos. Se aseguraría de aquello.

Continuaron urdiendo los detalles del traslado. Contaban sólo con una semana, para que todo estuviera resuelto. No podían quedar cabos sueltos. Cualquier error pondría en peligro la vida tanto de los hermanos, como la de aquellos que intentaban protegerlos.

Cuando concluyeron, Kagura se despidió. Y Miroku salió en busca de los demás.

Kagome se encontraba sentada en una silla junto al escritorio. Se acercó a ella, permaneciendo de pie, apoyando sus manos en la orilla del escritorio, cruzando sus largas piernas a la altura de los tobillos.

¿Lo harás esa noche? —inquirió serio.

Sí. Siempre y cuando sea seguro. Eso fue lo que te prometí —respondió intentado tranquilizarlo.

Está bien —asintió con una tenue sonrisa— ¿Y con respecto a Sango? ¿Estás segura de enviarla lejos junto a su hermano? —preguntó.

Lo estoy. Tú mejor que nadie sabes a lo que están expuestos, si permanecen a mi lado —indicó la joven, evitando su inquisitiva mirada.

Es verdad, pero también sé el apoyo que ellos le brindan a tus andanzas. Sobre todo, por la ayuda que Sango podría proveerte esa noche —manifestó el joven con cautela—. Kagome, creo que es peligroso que continúes exponiéndote sola.

Sé muy bien tu opinión al respecto, y tú sabes que no voy a renunciar. No ahora que estoy a un paso de averiguar lo que quiero —refutó decidida—. Te pido que no vuelvas a tratar de hacerme cambiar de opinión. Es inútil —concluyó con calmada determinación. Él sólo exhaló un largo suspiro.

Muy bien, no insistiré en eso. Pero a cambio tendrás que informarme de cada movimiento que pretendas realizar —advirtió alejándose del escritorio para quedar frente a ella—. Necesitarás un apoyo, y lo sabes. Por lo tanto, esa noche yo me mantendré vigilando en la casa de los Breindbill. Mientras Miroku y Kagura se encargan de Sango y su hermano —asentó determinante.

Está bien —accedió luego de un largo silencio, y no muy convencida.

No me pondrás en peligro, cariño —aseguró al verla dudar, extendiendo un brazo para acariciar la mejilla de la joven—. Sabes que soy tan hábil como tú. Recuerda que mi padre también fue mi maestro, sumado a los años que estuve en el ejército. He hecho cosas mucho más peligrosas de las que te puedas imaginar.

¿Qué clase de cosas? —preguntó levantando la cabeza, entornando los ojos intrigada.

Cosas que voy a contarte, pero en otro momento —señaló con una sonrisa enigmática—. Recuerda que los demás llegarán pronto. A menos, claro, que me permitas llevarte a conocer el ala Este del castillo —indagó cambiando su expresión, a una que aceleró el latido del corazón de la joven.

No hay ningún rincón de este castillo que yo no conozca Inuyasha. Te recuerdo que prácticamente crecí aquí —indicó intentando conservar una fría calma—. Así que ahórrate tus deshonestos propósitos —añadió causando la divertida carcajada del joven, que terminó por aliviar la tensión que había surgido entre ellos.

Me estoy convirtiendo en un libro abierto para ti ¿Verdad? —preguntó inclinándose hacia ella—. Entonces obviaré las indirectas y me centraré en acciones más dinámicas.

Esperabas el momento en que nos encontráramos a solas ¿No es así? —lo acusó, poniéndose de pie, levantando sutilmente su falda, para alejarse con cautela de su irresistible acosador.

Por supuesto —admitió con descaro. Siguiéndola como un felino al acecho.

¿Quieres detenerte de una buena vez? —exigió nerviosa, volviendo a eludirlo.

Definitivamente… No —aseguró el joven con una sensual sonrisa, sin dejar de seguirla con calma por toda la habitación.

Inuyasha… No creo que sea el momento para… para… —balbuceó sonrojándose al no encontrar palabras menos explícitas de las que le venían a la mente.

¿Para qué? —la instó, pícaro.

Sabes a lo que me refiero —acusó.

No estoy seguro —dijo haciendo un ademán pensativo. Aprovechó la guardia baja de la muchacha para abalanzarse sobre ella, logrando capturarla—. Qué tal si dejamos de lado las palabras y recreamos lo que no te atreves a pronunciar —propuso tentador, estrujándola contra su cuerpo.

¡No tienes vergüenza! —recriminó la joven, intentado alejarlo un poco. Pero no pudo evitar el traidor jadeo que brotó de sus labios, al sentir su duro pecho contra sus dedos. Le hizo recordar la exquisita sensación de su piel desnuda contra la suya. Aumentando el cosquilleo en su vientre.

Tampoco tú —aseguró observándola como si supiera exactamente lo que pensaba—. Ven conmigo Kagome. No tienes idea de cuánto te necesito— susurró, mientras lamía el lóbulo de su oreja, causándole un estremecimiento que la hundió aún más.

Los demás están por llegar, podrían sospechar lo que hacemos —se negó sin mucha convicción. Cerró los ojos disfrutando de la sensual caricia.

¡Ah! Lo sé —emitió un quejido atormentado junto a su oído—, pero tu dulce aroma es tan fascinante, que no puedo mantener el control sobre mis instintos. Te deseo Kagome. Dime si tú también me deseas —pidió dando pequeños besos a lo largo del cuello femenino.

Sí. Por supuesto que yo también —contestó jadeando—. Te deseo tanto que debería estar avergonzada por mi falta de pudor.

No deberías… Tienes mi venia para ser una dama lujuriosa —afirmó Inuyasha, sonriendo y mirándola con los ojos ardientes—. Pero sólo conmigo —advirtió.

¿Eso supone que tengo derecho a exigir lo mismo? —inquirió entornando los ojos.

Tienes todo el derecho, mi amor —asintió apretándola aún más contra su cuerpo—. Recuerda que eres toda mía, así como también soy todo tuyo.

Todo mío —susurró saboreando las palabras—. Eso me gusta. Comienzo a pensar que soy tan posesiva como tú —admitió alzando los brazos para envolver su cuello. Se puso de puntillas para alcanzar los labios del joven, los cuales besó con avidez.

Me fascina que lo seas —afirmó con voz ronca. Se disponía a volver a besarla, cuando unas voces a lo lejos captaron su atención— ¡Maldición! —masculló frustrado y molesto. Ella también los escuchó, ya que se alejó un par de metros en un par de segundos—. La próxima vez me aseguraré de que estemos solos —advirtió guiñándole un ojo, justo antes de que la puerta se abriera.

Primero entraron Rin escoltada por Sesshomaru, luego Miroku junto a la anciana Kaede y más atrás Kojaku, quien era ayudado por su hermana. Su prima la miró sonriente, aunque dedujo que eso era por venir colgada del brazo del hombre. Sesshomaru, en cambio la observó con fijeza, y tuvo la inquietante sensación que poseía la misma habilidad que su hermano para leer el pensamiento, lo cual la hizo enrojecer para su mayor vergüenza. La picardía en los ojos de Miroku y Sango sólo empeoró la situación, sentía que iba a desfallecer. Por fortuna Kaede logró que se concentrara en ella.

¡Kagome!. Mi querida niña. —exclamó la anciana caminando hacia ella con los brazos abiertos.

¡Kaede! —dijo la joven, corriendo al encuentro de la mujer. La abrazó con fuerza. Sus ojos chocolate se cristalizaron a causa de las lágrimas—. Tenía tanto miedo que te hubiera pasado algo malo —sollozó—. Lamento lo ocurrido a tu hogar. Te prometo que pronto haré que te construyan una hermosa casa —prometió. Acariciando con cariño el arrugado rostro de la anciana.

Sabiendo que tú te encuentras bien, es suficiente para mí —aseguró la mujer secándole las lágrimas. La observó con detenimiento—. Apenas han pasado unos cuantos días sin vernos, pero puedo darme cuenta de que has cambiado mi pequeña —afirmó ante la mirada sorprendida de la joven.

Así es —admitió con timidez. Luego su mirada se dirigió al jovencito. Corrió hacia él y también le dio un fuerte abrazo—. Kojaku, me siento tan feliz de verte recuperado.

No tenías que preocuparte. Soy un hombre muy fuerte —aseveró el joven.

Presume de eso cuando seas un hombre —objetó Sango con severidad, desordenando con cariño los cabellos del muchacho.

¡Hermana! —se quejó avergonzado. Y todos rieron.

La anciana le pidió a Kagome que la acompañara a la cocina, para salir hacia el huerto que se encontraba en la parte más alejada del jardín aledaño al recinto. La joven la observaba con cierta melancolía. Conocía a la mujer desde hacía tanto tiempo. Ella la había curado, la había aconsejado, la había acunado en su regazo en los momentos en que su voluntad flaqueaba. O cuando sucumbía ante el triste recuerdo de la pérdida de sus padres. Ella había terminado siendo su más cercana figura materna.

Ahora la veía cansada, como si su añoso cuerpo poco a poco iniciara el recorrido de despedida a la vida. Sacudió la cabeza ante tan nefasto pensamiento.

La anciana se irguió penosamente luego de recoger unas cuantas hierbas. La joven se acercó para ayudarla a levantarse.

Debes extrañar tu huerto —comentó Kagome—. Lamento que mis descuidos te dieran estos problemas. Tú no te mereces esto Kaede.

Ya deja de culparte por tonterías, muchacha —la regaño con cariño—. Estoy segura que pronto las personas que siembran el mal entre nosotros, serán derrotados por Handorei. Y si no me equivoco, con la ayuda de Inuyasha —añadió.

No te equivocas. Él sabe la verdad, e insiste en luchar a mi lado —informo la joven sin ocultar su emoción, pero con un leve tinte de amargura.

Lo sabía. Juntos son una combinación muy poderosa para esta batalla —aseguró—, y también para el amor —agregó sonriendo. Kagome la miro horrorizada.

Kaede. Tú… es posible… que —balbuceó parpadeando desconcertada. No pudo continuar, había enmudecido y la cara le ardía.

Te conozco hace mucho. Por supuesto que he podido darme cuenta. Es bastante obvio, aunque lo intentaran, no pueden ocultarlo —declaró. Luego le extendió las hierbas que acababa de arrancar—. Toma esto. La infusión de esta hierba te será útil por un tiempo. Debes beberla sólo hasta cuando te cases. Luego no será necesaria —advirtió con una sonrisa astuta. La joven la miró con el ceño fruncido, sin comprender a qué se refería—. Ah, querida niña. No creas que no sé lo que han hecho ustedes dos. La llegada de un bebé, por ahora sólo complicaría tu tarea y los pondría en peligro a ambos —explicó. Kagome estaba tan avergonzada que con gusto habría deseado que la tierra se abriera a sus pies y se la tragara. Sobre todo, por la fijeza con que la miraba la anciana. Como si pudiera saberlo todo con sólo estudiar sus ojos—. Por fortuna eso aún no ha sucedido —declaró finalmente asintiendo aliviada.

Media hora más tarde, decidieron emprender el regreso a la mansión. Inuyasha no se molestó en disimular su decepción y enfado. Y para sorpresa de Kagome, Miroku, y aún más increíblemente, el serio Sesshomaru, tampoco estaban muy contentos con la partida de las jovencitas, aunque éste último, hiciera hasta lo imposible por disimularlo. Sin embargo, ella creyó ver un brillo revelador en sus ojos.

Sin embargo, la agradable tarde acabó abruptamente, ya que al entrar en la mansión fueron recibidas por su desagradable y exasperado prometido.

¿Dónde has estado? He esperado por más de dos horas a que aparecieras —reclamó. Apresando el codo femenino sin delicadeza. Kagome lo miró indignada.

Hemos ido a ver algunas telas —explicó soltándose de su agarre—. Y le agradecería que se comportara con más respeto.

Soy tu prometido, y puedo hacer lo que me dé la gana. Estoy en mi derecho —amenazó rabioso—. De ahora en adelante, no saldrás sin un escolta.

No necesito un escolta. Y por si no se dio cuenta iba acompañada de mi prima y dama de compañía —señaló, intentando controlarse.

Salir con un par de mujeres no evitará que tengan encuentros desagradables, con hombres que no respetan a una mujer comprometida —aseguró. Haciendo una obvia alusión a Inuyasha.

No hemos tenido ningún encuentro desagradable. Hasta ahora, debo aclarar —añadió desafiante aumentando la cólera del hombre—. En todo caso me gustaría que me explicara a qué se refiere —exigió. Fingiendo no comprender su indirecta.

Intuyo que sabes a qué me refiero. Dudo que Taisho deje de rondarte, incluso sabiendo que eres mi prometida. Por lo mismo quiero evitar que pases un mal rato por su culpa —explicó con un dejo de ironía—. Así que he ordenado a uno de mis guardias que permanezca aquí, y te acompañe a todas partes. Y no intentes negarte. Harás lo que yo digo, porque es hora de que comiences a obedecerme —sentenció. Y sin esperar respuesta se marchó.

Ese hombre se ha transformado en un demonio —susurró Rin, quien había enmudecido por el pavor. Sango sólo observó en silencio.

Un demonio que muy pronto, regresará al infierno de donde nunca debió salir— murmuró Kagome entornando los ojos.

Más tarde, y luego de un reconfortante baño de tina, en el cual procuró sacudirse el nauseabundo roce de Breindbill. Se preparó mentalmente para informar a Sango que en algunos días su hermano saldría del pueblo… y que ella debía marcharse junto con él.

Está bien. En realidad me gustaría mucho acompañar a Kojaku —dijo Sango luego de escuchar sobre el plan de escape de su hermano—. Una vez que lo deje instalado en el lugar en donde se refugiará, volveré de inmediato —añadió con una sonrisa.

No Sango —negó, mirándola fijamente—. Tú no regresarás a Brunshire.

¿Qué…. qué quieres decir…? —preguntó la joven temerosa.

Lo que escuchas. Ustedes no volverán a esta casa —sentenció con severidad.

No puedes estar hablando en serio —musitó abriendo los ojos desmesuradamente.

Te equivocas… Hablo muy en serio —aseguró inmutable.

Sé que estás preocupada por nuestra seguridad —dijo, recuperando la compostura tras un largo silencio—, pero también yo lo estoy por la tuya. No voy a dejarte sola. ¡No lo haré! Cuando mi hermano se encuentre en un lugar seguro, volveré. No haré caso a esta absurda idea.

Mi seguridad corre más peligro con ustedes a mí alrededor —aseguró, ante la sorprendida mirada de su amiga— ¿Qué piensas que sucedería si atrapan a Kojaku o a ti? Sabes bien que los utilizarían en mi contra, y una segunda vez no lograría escapar airosa. Uno de nosotros… seguramente morirá…. O tal vez ninguno logre salvarse.

Lo entiendo… ¿pero crees que me sentiré tranquila estando yo segura lejos y tú acá corriendo toda clase de riesgos? —preguntó la muchacha desesperada.

Tu intranquilidad es lo menos importante, en comparación a que te quedes exponiendo tu vida —afirmó la joven—. Lo siento, pero no continuaré discutiendo el tema. Te marcharás con Kojaku, y esa es mi última palabra —sentenció.