Este Fic es una adaptación de la novela "El Ángel caído" de Nalini Singh la cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Capítulo 15
Rukia formó la palabra « esconder» y luego esperó mientras Kira pensaba.
—No tardes un siglo, V.
—Paciencia. —Estaba sentado completamente inmóvil, pero no era un acto
de autodisciplina. Kira había perdido toda la sensibilidad por debajo de los
hombros en un accidente que había sufrido en su infancia. De no haber sucedido
habría sido un cazador nato. Con todo, aparte de sus considerables obligaciones
como encargado de los Sótanos, también era los ojos y los oídos del Gremio en
un mundo conectado. Su silla de ruedas de tecnología punta había sido dotada con
dispositivos inalámbricos, así que V conocía a menudo lo que se decía del
Gremio casi antes de que las palabras salieran de los labios.
En esos momentos murmuró algo por lo bajo junto al panel del ordenador, y
las letras se dieron la vuelta para formar la palabra « casa» .
—¿Y ahora qué, Rukia? —Era evidente que no se refería al juego.
Ella se dio unos golpecitos con los dedos en el muslo.
—Necesito hablar con Miyako.
—Estás en régimen de aislamiento.
—En ese caso, habla tú con ella. Dile que está en peligro. Todo el mundo sabe
que ella es la única persona que conoce mi localización. —Y no era Grimmjow quien
la preocupaba.
Kira utilizó un comando verbal para abrir la puerta por la que ella había
entrado.
—Vete. Haré la llamada y permitiré que vuelvas a entrar.
Rukia no estaba de humor para niñerías.
—¡No voy a robarte tus malditos códigos!
—Sal de aquí o no llamaré.
Tras empujar la consola del ordenador, Rukia salió a grandes zancadas.
—Date prisa —le dijo antes de que la puerta se cerrara de golpe tras ella.
Apoyó la espalda sobre la puerta y se deslizó hacia el suelo, pero no se paró a
pensar que tal vez Renji también estuviese en peligro. No estaba acostumbrada
a pensar en él como una persona vulnerable. Tampoco se había preocupado
mucho por Miyako antes de que tuviese al bebé. Miyako no solo sabía cuidar muy bien
de sí misma, sino que su marido, Kain, era un hijo de puta de lo más mortífero. Pero Yuzu era tan pequeñita...
La puerta se abrió tras ella.
—Miyako quiere hablar contigo. —La voz de Kira sonaba irritada.
Rukia se adentró en la estancia y descubrió que el hombre se había encerrado
en su cabina, enfurruñado, lo que significaba que Miyako no quería que él escuchara
lo que iba a decirle. Rukia se estremeció. Cuando Kira se enfurruñaba, la vida
en los Sótanos se volvía muy incómoda: aumentos de temperatura que te cocían
vivo, olores extraños en el aire, comida que sabía a serrín... En una ocasión se
había visto obligada a pasar todo un espantoso mes allí abajo después de que
Kira se peleara con Miyako. Hablando de rabietas estúpidas...
De cualquier forma, el malhumor de Kira no importaba; no cuando la vida
de Miyako corría peligro.
Rukia cogió el anticuado teléfono. Era tan viejo que estaba a prueba de
piratas informáticos.
—Miyako, tienes que venir aquí abajo con tu familia.
—La directora del Gremio no sale huyendo con el rabo entre las piernas. —
El tono de Miyako era duro, lo que demostraba el carácter de acero que le había
otorgado la fuerza necesaria para mantener su puesto en una profesión inundada
de testosterona.
—¡No seas imbécil! —Rukia apretó las manos con tanta fuerza que las uñas
dejaron marcas en forma de media luna en sus palmas—. Grimmjow no es ningún
bebé vampiro. ¡Es el jefe de seguridad de Ichigo!
—Esa es otra de las cosas de las que debemos hablar: el « desacuerdo» que
has tenido con Ichigo... ¿es insalvable?
A Rukia se le heló la sangre.
—¿Por qué?
—Porque cuando he regresado a la oficina tenía un nuevo mensaje
esperándome... Te está buscando, Rukia.
—Yo hablaré con...
—No pienso dejar que te acerques a él —replicó Miyako—. Tú no has oído ese
mensaje. Si una hoja de acero pudiera hablar, lo haría exactamente igual que él.
Rukia maldijo entre dientes. ¿Qué coño había pasado en el lapso de tiempo
transcurrido entre el momento en que se marchó de la Torre y aquel mensaje?
Rafael había permitido que se fuera sin rechistar. ¿Por qué la buscaba ahora?
—¿Estás segura de que está tan enfadado?
—« Enfadado» no es la palabra que y o utilizaría. « Letal» encaja mucho
mejor. —Había verdadera preocupación en el tono de Miyako—. ¿Qué has hecho
para cabrear a un arcángel?
La lealtad entró en conflicto con la inexplicable necesidad de mantener en
secreto lo que había ocurrido en la oficina.
—Lo golpeé. Una inspiración larga y profunda.
—¿Golpeaste a un arcángel?
Rukia recordó la sensación de peligro que había manado de él como si fuera
radiación.
—Fue por su culpa, así que si lo piensa bien, se calmará.
—A los arcángeles no se les da muy bien pedir perdón. —El sarcasmo teñía
cada una de las sílabas—. Da igual lo que hiciera, tendrás que ceder, o él te hará
papilla.
—No pienso arrastrarme. —No lo haría por nadie—. Y tú lo sabes.
—Por supuesto que lo sé, idiota. Solo quería aclarar las cosas.
—Querías aclarar que soy mujer muerta. —Porque no pensaba disculparse
con aquel cabrón. Ni para salvar su vida.
—Más o menos, sí.
—Pues eso demuestra que tengo razón.
—¿En qué?
—En que tienes que llevar a Yuzu y a Kaien a un lugar seguro. Si Ichigo está
decidido a atraparme, irá a por ti y los tuyos para averiguar dónde estoy. —Hizo
una pausa para tragarse la bilis. Poner su vida en peligro era una cosa, pero... —.
No permitiré que mi orgullo ponga a tu familia en peligro. Lo llamaré y...
—Cállate. —Eran palabras en voz baja. Palabras furiosas—. Sacaré a Yuzu de
la ciudad. Kaie podemos cuidarnos solitos.
—Miyako, lo siento mucho...
—Joder, ¿de verdad crees que dejaría que vendieras tu alma tan barata? —
Colgó el teléfono.
Rukia se sentía fatal, pero sabía que su mejor amiga la perdonaría. Y Miyako
enfadada era lo mismo que Miyako en acción.
Estaba a punto de colocar el auricular del teléfono en su sitio, pero vaciló. Un
vistazo rápido le mostró que Kira le había dado la espalda a propósito.
Aprovechó la oportunidad, colgó el teléfono y marcó a toda velocidad un número
externo.
—Date prisa... —murmuró entre dientes mientras el teléfono sonaba una y
otra vez al otro lado de la línea.
—Momo Kuchiki Hitsugaya al habla.
Al oír aquella voz familiar, Rukia sintió que se le llenaban los ojos de
lágrimas. Las contuvo con la despiadada facilidad que da la práctica.
—Soy Rukia, Momo.
—Momo, ¿Está Toshiro ahí?
—A Toshiro no le gusta hablar contigo. —Bajó la voz—. Ni siquiera sé porqué hablo y o contigo... ¡Entregaste a mi marido a un ángel!
—Ya sabes por qué lo hice —le recordó Rukia—. Si no lo hubiera hecho, el
siguiente cazador habría tenido órdenes de ejecutarlo. A los ángeles no les gusta
perder a sus propiedades.
—¡Él no es propiedad de nadie! —Momo parecía a punto de llorar.
Rukia se frotó las sienes con los dedos.
—Por favor, Momo, ve a buscar a Toshiro. Esto es muy importante. —Su
hermana era muy excitable y malcriada—. Él querrá saberlo.
Se produjo una pausa testaruda antes de que Momo cediera por fin. Rukia
esperó varios segundos con los ojos clavados en la espalda de Kira. El hombre
se enteraría de que había hecho una llamada al exterior en cuanto saliera de la
cabina, pero tenía que hacerlo. Y no suponía un peligro para el Gremio: si alguien
rastreaba la llamada, daría con una cuenta falsa.
—¿Rukia?
Volvió a prestar atención.
—Escucha, Shiro, necesito...
—Eres tú quien tiene que escuchar —la interrumpió él.
—Mira, no tengo tiempo para tus...
—Estoy intentando ayudarte —fue la réplica cortante—. No sé por qué... ¡Tal
vez porque no quiero ser conocido como el cuñado de la cazadora a la que
encontraron empalada en un poste en Times Square! No puedo creer que
consiguieras ofender a alguien de la categoría de Grimmjow.
Rukia se quedó paralizada.
—¿Te has enterado?
—Por supuesto que me he enterado. Grimmjow es el vampiro más antiguo de la
zona, y debo entregarle mis informes a él directamente a menos que mi amo
desee un cara a cara. —Su voz se volvió amarga—. Y debo admitir que he tenido
que charlar un montón de veces cara a cara con Andreas desde que tú acabaste
con mis esperanzas de escapar.
—Maldita sea, Shiro, recuerda que tú firmaste un contrato. ¡Con sangre!
—No esperaba que entendieras lo que es la lealtad familiar —dijo. Una
puñalada directa al corazón—. Pero supongo que al menos te importa tu vida.
—He llamado para avisarte —replicó ella, que se negaba a permitir que el
gilipollas que tenía por cuñado lograra herirla—. Puede que tú seas un vampiro,
pero Momo es mortal.
—No durante mucho tiempo. Hemos solicitado que sea Convertida.
A Rukia se le cayó el alma a los pies.
—No voy a dejar que la arrastres a ese mundo. ¿Tiene ella una mínima idea
de lo que va a firmar o le has dicho que es todo un cuento de hadas?
—Créeme, Rukia, sabemos que no es perfecto, pero se trata de la
inmortalidad. Y puede que no sepas lo que eso significa, pero y o amo a Momo... y
no quiero pasar la eternidad sin ella.
Aquello detuvo a Rukia, porque, dejando a un lado todos sus defectos,
Toshiro Hitsugaya parecía amar de verdad a su esposa.
—Mira, Shiro, hablaremos de eso otro día, pero escóndete de Grimmjow hasta
que esto pase.
—¿Por qué debería esconderme?
—Porque intentará averiguar dónde estoy a través de ti.
—Ya me lo ha preguntado, y le he dicho que no tenía ni la menor idea —
replicó Shiro —. Puesto que parece saber con exactitud la íntima relación que
mantienes con tu familia, me ha creído.
—Así de fácil. —Rukia frunció el ceño—. ¿Nada de mano dura?
—Por supuesto que no. Somos seres civilizados.
El cerebro de Rukia refutó eso con el recuerdo de la sonrisa de Grimmjow
mientras la sangre manaba de su cuello.
—Está bien —murmuró—. Siempre que estéis a salvo...
—¿Dónde estás?
Todos y cada uno de sus instintos se pusieron en alerta.
—No necesitas saberlo.
—Entrégate —le pidió él—. A eso me refería cuando he dicho que suponía
que tu vida te importaría: si te rindes, tal vez Grimmjow se muestre indulgente.
Nuestra vida sería mucho más fácil si te entregaras a él. Momo está de acuerdo
conmigo.
Eso era lo único que significaba para Momo y para él: una forma conveniente
de conseguir favores, pensó Rukia, que se negó a tener en cuenta el dolor que
atravesaba su corazón.
—¿Desde cuándo te has convertido en el soplón de Grimmjow, Shiro ?
Se oyó el siseo cortante de una inspiración forzada.
—Está bien, suicídate si quieres. ¿He mencionado que Grimmjow te busca en
nombre de su amo?
—¿Qué?
—Corre el rumor de que Ichigo se ha vuelto frío.
Rukia no sabía lo que aquello significaba, pero el tono de Shiro dejaba claro
que no era algo bueno.
—Gracias por la advertencia.
—Es más de lo que tú me has dado a mí.
Kira comenzó a girar su silla.
—Tengo que irme. —Colgó en un abrir y cerrar de ojos.
En cuanto salió de la cabina, Kira se dirigió de inmediato hacia sus
ordenadores. Rukia había esperado que montara en cólera al descubrir que había
hecho una llamada no autorizada, pero él se limitó a suspirar y a sacudir la
cabeza antes de volverse hacia ella.—¿Por qué te molestas, Rukia?
Aquello la estremeció, mucho más que cualquier otra cosa que pudiera haber
hecho. Dobló las piernas y se dejó caer sobre una silla.
—Son mi familia.
—Te rechazaron porque no encajabas en su molde. —Tenía la boca fruncida
—. Créeme, sé muy bien lo que es eso.
—Lo sé, Kira. —Su familia lo había encerrado en una institución después del
accidente—. Pero no puedo dejar a Momo en una posición vulnerable si tengo la
posibilidad de protegerla.
—Sabes que ella te dejaría en la estacada si tuviera la oportunidad, ¿verdad?
—Su tono era tan amargo como el más cargado de los cafés—. Está casada con
un vampiro... y él es más importante.
Rukia no podía refutar eso, no cuando las palabras de Toshiro aún resonaban
en sus oídos. Su familia deseaba que se entregara a un vampiro de alto rango.
Daba igual lo que aquel vampiro (y más importante aún, su señor) quisiera
hacerle.
—Ellos son así... —susurró—, pero y o no.
—¿Por qué no? —Kira giró su silla para colocarse frente al ordenador—.
¿Por qué te molestas? No puede decirse que te hayan querido alguna vez.
Rukia no tenía respuesta a eso, así que lo dejó pasar. Sin embargo, las
palabras se agolparon en su cabeza y se filtraron en su cerebro. Dolorosas.
Desgarradoras.
—¡Hola, Rukia!
Levantó la cabeza de golpe y descubrió que había otra cazadora junto a una
de las entradas a los dormitorios. Alta, esbelta, con un cabello negro y liso y unos
impactantes ojos castaños. Karin era una cazadora extraordinaria. También
estaba como una cabra. Y por esa razón le caía bien a Rukia.
—Hola, colega —dijo, feliz por poder liberar su mente de ciertas cosas,
aunque fuera solo por unos minutos—. Creí que estabas en Europa.
—Y lo estaba. Regresé hace un par de días.
—¿Ya estabas en la ciudad cuando llamaste a Miyako? —¿Cómo era posible?,
¿eso había sido solo el día anterior?
Karin asintió.
—La caza dio un giro inesperado.
—¿En serio? —dijo al tiempo que obligaba a sus pensamientos a concentrarse
en el presente.
—Ese maldito cajún...
—Vaya...
—Cuando por fin consigo tenerlo a menos de una manzana de distancia, de
repente llega a un « acuerdo» con el ángel que había solicitado la búsqueda. —
Entrecerró los ojos—. Uno de estos días lo convertiré en carnaza para cocodrilos.
Rukia esbozó una sonrisa.
—Y entonces ¿cómo nos divertiríamos los demás?
—Que os jodan —dijo con una risotada antes de soltar un bostezo, levantar los
brazos y desperezarse como un gato—. Me gusta dormir aquí abajo.
—¿Qué? ¿No me dirás que te gusta el ambiente? —Puso los ojos en blanco—.
Vamos, cuéntame, ¿qué tal en Europa?
—Un asco. Estuve en la región de Aizen.
A Rukia se le erizó el vello de la nuca. Aquello no era una coincidencia... Karin
daba un poco de miedo con eso de la presciencia.
—¿Cómo estaba la situación allí?
La otra cazadora se encogió de hombros con un movimiento ágil e
inconscientemente elegante. Según los rumores que corrían por el Gremio, había
sido una bailarina cualificada de una prestigiosa compañía antes de convertirse
en cazadora. Renji le había pedido una vez que hiciera una actuación. Su ojo
morado había tardado dos semanas en curarse.
—Aizen se ha pasado de la raya —dijo Karin en esos momentos—. La gente
del lugar se asusta de su propia sombra; creen que él los espía.
Rukia captó el brillo de los ojos de su compañera.
—Pero tú no lo crees, ¿verdad?
—Pasa algo raro. Nadie ha visto a su ayudante, Tosen Kaname, desde hace
tiempo. Y a Tosen le gustan las cámaras de televisión. —Karin encogió los
hombros de nuevo—. Creo que están llevando a cabo una caza ellos mismos. Tal
vez estén cazando ángeles. Nos enteraremos muy pronto. —Otro bostezo.
—Será mejor que vuelvas a la cama.
—No, y a estoy recuperada del todo. Pero debo darme una ducha, porque
saldré de aquí de nuevo dentro de una hora. —Se dio la vuelta—. Ah, oye, El,
descubrí otra cosa: parece que encontraron varios cadáveres decapitados más o
menos por las mismas fechas en las que desapareció Aizen. Por lo visto esos
pobres imbéciles eran sus sirvientes. Debió de darle una rabieta o algo así. Es una
suerte que no tengamos que dar caza a esos cabrones.
Rukia asintió. Se sentía muy débil.
—Sí, una suerte.
Ichigo se encontraba junto a una insulsa casita situada en un suburbio de New
Jersey, aplaudiendo en silencio la inteligencia de la directora del Gremio. La
mujer había cambiado su hermoso hogar por aquella pequeña casa de madera
rodeada por un centenar de edificios similares. Parecía un lugar de lo más
corriente, pero él sabía que era una fortaleza. También sabía que la directora y su
marido, ambos cazadores muy experimentados, hacían turnos para vigilar a los
vampiros con las armas siempre a mano.
Por supuesto, para disparar debían ver. Y él no estaba allí para sus sentidos: se
había rodeado de glamour en el momento en que saltó de la terraza de su ático
para deslizarse por el cielo de Manhattan, iluminado por las últimas luces de la
tarde. Sus poderes estaban casi recuperados. La noche había llegado durante el
vuelo, y ahora observaba el brillo dorado a través de las ventanas.
Luz. Calidez. Ilusión.
El patio que había frente a él, en apariencia corriente, estaba cuajado de
sensores que, con toda probabilidad, estarían conectados a trampas explosivas
que se activaban desde la casa. Ichigo suponía que existía un sótano que conducía
a una salida secreta, y a que ningún cazador permitiría jamás que su familia
quedara atrapada.
De no haberse encontrado en estado Silente, tal vez se habría sentido
asombrado. El sistema de seguridad era brillante y resistiría sin problemas a
cualquier vampiro de alto rango... aunque tal vez no a Grimmjow. A Ichigo, sin
embargo, no le hacía falta poner un solo pie en el interior de la casa.
Aunque deberías hacerlo, susurró la parte reptiliana y primitiva de su mente.
Deberías darles una lección, dejarles claro que nadie sale como vencedor del
enfrentamiento con un arcángel.
Consideró la posibilidad basándose en los fríos razonamientos de su presente
estado emocional, pero la descartó. La directora del Gremio era una persona
inteligente, y muy buena en su trabajo. No tenía sentido matarla. Semejante
acción desataría el caos en el Gremio, y durante ese tiempo un considerable
número de vampiros insatisfechos podría intentar escapar de sus amos. Puede
que algunos lo lograran, y a que los cazadores estarían demasiado atolondrados
por la muerte de su directora para resultar eficientes. Los humanos eran muy débiles.
Ninguno de los tuyos escapará, susurró esa voz de nuevo, una voz que solo oía
durante los períodos Silentes. No se atreverían. Nadie te desobedece, no después
de que convirtiéramos a Germaine en un ejemplo.
Germaine se encontraba en aquellos momentos en algún lugar de Texas, pero
el vampiro no había olvidado las horas que había pasado en Times Square, y no
las olvidaría jamás. Estaban grabadas a fuego en su memoria, al igual que aquel
dolor al que nadie debería sobrevivir. Ichigo recordaba que se había encargado
de Germaine durante otro de sus períodos Silentes. También recordaba que, una
vez que salió de ese estado, no se había sentido satisfecho con lo que había hecho.
Al acceder a su memoria descubrió que había sentido... remordimientos. Había
ido demasiado lejos.
Vaya una idea más ridícula. Vaya una emoción más ridícula. Era un
arcángel. Germaine había intentado llevar a cabo un acto de traición. El castigo
había sido justo. Como lo sería el de la directora del Gremio si intentaba
interponerse en su camino.
Mata a su hija, murmuró aquella vocecita. Mata a su hija delante de ella.
Delante de Rukia.
