CAPÍTULO 28

La vida de casado le gustaba mucho. Candy había decorado la propiedad con sereno gusto, y lo complacía sexualmente cada noche de una forma completa. Era la mujer de su vida, la futura madre de sus hijos… el mayordomo le abrió el ropero y masculló por lo bajo. ¿Dónde demonios estaban sus trajes? Albert siguió abriendo las puertas del vestidor intentado encontrar su ropa.

—¡Candy! —la llamó a viva voz.

El mayordomo iba a decir algo, pero con una mano alzada se lo impidió. Albert la vio en el preciso momento en que ella entraba al dormitorio seguida de una doncella que llevaba un canasto de ropa recién planchada. Venía de la estancia de los sirvientes, y ese detalle le hizo entrecerrar los ojos. Candy seguía en su afán de supervisarlo todo. Ninguno de los razonamientos de Albert había servido para hacerla cambiar de idea.

—¿Qué ha pasado con mis trajes? —ella dejó le indicó a la sirvienta que dejara el cesto encima de la cama y la despidió.

Se volvió hacia él con una mueca.

—Los tienes delante del rostro.

Albert giró con rapidez y clavó los ojos con absoluta estupefacción en la ropa. El mayordomo carraspeaba bastante incómodo.

—¿Esperas que me vista con eso?

Candy apretó los labios para ocultar una sonrisa. —Necesitabas renovar tu vestuario.

Albert inspiró profundamente antes de responderle, y contó hasta cinco.

—Tengo una reputación que mantener, y esos chalecos floridos, y esos pañuelos extravagantes no me gustan en absoluto.

Candy se lamió el labio inferior.

—Así viste Beau Brummell en Londres, y sabes que está considerado un dandi.

—No pienso vestirme como un mequetrefe —respondió serio.

Candy ladeó la cabeza. La ropa de Albert era apropiada para un lugar como Lakewood en Maryland, pero no para el hijo y heredero del duque de Letterston. Ahora tenía que asistir a varios eventos muy importantes, y necesitaba vestir de forma apropiada.

—Si me permite la sugerencia, milord —comenzó el mayordomo, pero la mirada fría de Albert silencio el resto de la frase.

—Quiero la ropa que tenía…

Candy parpadeó incómoda. La mirada de él abrasaba.

—Te hemos dejado parte: el chaleco gris claro, el gris medio, el gris perla, y el gris oscuro —Albert se mesó el cabello con cierta impaciencia.

—¿Con qué derecho…? —comenzó, pero Candy lo interrumpió.

—Tengo que velar por tu comodidad..

La interrumpió.

—De eso me encargo yo mismo.

—De mantener tu ropa impecable…

Volvió a interrumpirla.

—De eso se encarga Jeremy.

Jeremy era el mayordomo de Little Ribston.

—De mantener tu estómago saciado…

La cortó de nuevo.

—De eso se encarga la cocinera…

Candy arrugó el entrecejo. Si él creía que ganaría ese duelo de voluntades, estaba muy equivocado.

—De mantener tu pene erecto…

El mayordomo tosió, y se giró para contener una sonrisa. Albert la miraba atónito, pero no le permitió que continuara en esa línea. No quería desviar el tema de conversación. Aunque, de todos modos, la idea de comprobar cuán bien ella hacía esa última tarea, lo tentaba demasiado.

—Te has extralimitado —dijo intentando parecer severo.

Ella separó las piernas y cruzó los brazos: las cuatro horas de charla que había tenido que soportar por atreverse a decorar la totalidad de la casa sin contar con él para incluir sus gustos en la biblioteca, el salón, los establos, y un largo etc. aún se le aparecían en sueños como una pesadilla.

—Si sigues por este camino de reproches, mañana pediré a la cocinera que te prepare arenques.

Él detestaba los arenques. Albert no olvidaba que Candy se había ocupado sola de una propiedad tan grande como Battlefield durante muchos años, pero ahora estaba él, y tenía que consultarle algunos asuntos: como la contratación de mozos de cuadra para las caballerizas de Little Ribston, de las fiestas a las que tenían que asistir, y su vestuario.

—Eso se llama chantaje —la censuró.

—Solo pretendo que actualices un poco tu vestuario —le informó—. Eres el heredero del ducado de Letterston, no un granjero pobre.

Albert no continuó por esa línea. En dos ocasiones había probado la acidez de su respuesta y esperaba no hacerlo nunca más.

—¿Dónde están mis camisas blancas? —ella no dijo nada, y Albert se temió lo peor—. ¡No! No me lo digas. Prefiero ignorarlo —la mujer se acercó un paso hacia él con un dedo levantado en actitud amenazadora.

—Tu anterior vestuario no era apropiado para tu rango —dijo con absoluta seriedad. Albert la miró serio—. Esta casa necesitaba vida, y yo se la he dado, tú necesitas vida, y yo te la he insuflado —Candy le ofreció una sonrisa conciliadora.

—Mi ropa me gustaba, y ahora dudo qué ponerme.

A Candy le pareció una queja absurda pues su ropa la elegía diariamente el mayordomo.

—Hoy escogeré la ropa por ti.

Albert miró su vaporoso vestido de florecillas en varios colores. Como estaba embarazada, su esposa se vestía sin ninguna seriedad, y su atuendo lo seducía. Iba a tumbarla de espaldas en el lecho e iba a introducirse en ella sin desvestirla para poder contar las flores de su vestido con cada embestida.

Recuperó la serenidad a duras penas.

—No pienso vestirme como Brummell —insistió.

Candy le sonrió.

—Solo quiero que te vistas como el heredero de Letterston.

Albert iba a sufrir un escalofrío.

—Está bien, aceptaré gustoso tus sugerencias, lo que no quiere decir que las siga al pie de la letra.

Candy debía intervenir: si lo dejaba continuar, le estaría calentando las orejas hasta la hora de la cena, y no pensaba permitírselo.

—¿Dudas de mi buen gusto para vestir a un caballero?

Albert se mordió la lengua a duras penas para no ofenderla. Estaba magníficamente de pie sosteniéndole el pulso.

—Está claro que tenemos opiniones diferentes y que tenemos que aprender a respetarlas —dijo él conciliador.

La sonrisa de Candy lo puso alerta de inmediato. Parecía una gata relamiéndose tras beber un platito de leche.

—¡Primera lección aprendida! —le dijo como si fuera un alumno aplicado y le dio un ligero beso en los labios.

Albert vio la forma sinuosa en la que ella se dirigía al armario y le ordenaba al mayordomo que recogiera los chalecos y los pañuelos y los dejara encima del lecho.

—Puedes devolverlos al sastre.

Albert le sonrió.

—Gracias.

Respiró aliviado.

—Has de reconocer que tu guardarropa quedaba muy colorido y alegre —opinó Candy.

—¿Y el resto de mi vestuario? —Candy le sonrió con falsa dulzura.

—Como quería darte un incentivo para renovarlo, solo te he dejado cuatro trajes, los puedes combinar con esas cuatro camisas —Candy le señalaba un rincón del armario—. Este traje negro combina con esta camisa blanca —lo decía y, al mismo tiempo, se lo ponía en las manos.

El mayordomo no sabía dónde esconderse. La señora de Little Ribston era una mujer de armas tomar.

—Este otro traje negro, con esta otra camisa blanca —Candy hizo lo mismo—. Con el tercer traje negro…

Albert explotó:

—Soy capaz de captar una indirecta.

Ella no se contuvo:

—¡Estoy iluminada! El cuarto traje negro, con la cuarta camisa blanca.

—Admito que soy algo monótono a la hora de vestirme —ella pensó que había obtenido no una declaración sincera, sino un acta de rendición.

—Para eso estoy yo aquí: para contrarrestar esa necesidad tuya de adorar al diablo de la sombra y lo oscuro.

Albert se prometió que iba a mantener la boca cerrada. Candy se dirigió hacia la cama donde habían quedado los chalecos y los pañuelos desparramados, y tomó un chaleco de seda gris y rayas rojas.

—Este chaleco quedará estupendo dentro de ese traje negro que sostienes en la mano como un trofeo ganado con malas argucias —le puso el chaleco en los brazos al mayordomo, y se dirigió hacia los cajones de la derecha. Sacó un pañuelo en color plata—. Y este pañuelo dará el toque final.

Albert miró el pañuelo horrorizado.

—¡No pienso ponerme un pañuelo gris sino blanco!

Candy lo escudriñó de pies a cabeza con intensidad, y, por lo menos a él, le pareció que era con deseo mal disimulado.

—Pues es una pena porque ese pañuelo resalta el brillo de tus ojos color cielo de una forma seductora e irresistible.

La entrepierna de Albert se endureció violentamente.

—No vas a manipularme —dijo tratando de controlarse.

—Solo pretendo que estés irresistible.

Albert dudaba de las palabras de su esposa cuando las decía de forma tan melosa.

—Aceptaré ponerme la camisa si me das tu permiso para quemar todos tus vestidos negros.

Candy asintió de inmediato, y Albert frunció el ceño.

—Los próximos vestidos que me pondré, por lo menos hasta que nazca el bebé, no serán ninguno de los que tengo ahora, así que tienes mi permiso para quemarlos, pero solo los negros —aceptó.

Ella solo tenía dos vestidos de ese color, pero se lo calló. A Albert le pareció que había perdido terreno y no sabía dónde.

...

Chicas bellas.. no se que decirles. No se que esta pasando con la plataforma que no actualiza los capítulos que subo. Espero que se solucione pronto el problema, mientras subiré hasta el final. Un abrazo a todas.