Episodio 11: Cosas que permanecen, cosas que se fueron, y cosas que nunca llegaron a existir.
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Los grandes ojos oscuros de Karlo estaban fijos en ella, pero no emitía sonido.
No estaba mirándolo, pero ni falta hacía. Podía sentir claramente su mirada clavada en su cara, aún cuando hacía todo lo posible por cubrirla con su cabello.
Estaba intentando con todas sus fuerzas concentrarse en las estúpidas puntadas pero no había manera; entre el cabello sobre la cara y als lágrimas entre que salían y no salían, solo había un borrón frente a su rostro, y esta ya era la tela buena.
Detuvo por fin sus manos, derrotada. Karlo seguía cosiendo, pero sabía que la miraba; lo sabía...
-Habla de una maldita vez -soltó al fin, llevándose el dorso de la mano izquierda a los ojos, derrotada.
-Tú eres la que quiere hablar -. Respondió secamente él.
-No. No quiero.
-Bien. Entonces ponte a trabajar.
Helga bufó, al tiempo que se llevaba las manos a la cabeza, aún con la aguja fuertemente sujeta en la derecha.
-¡Demonios!
Karlo tenía esa pedante sonrisa de superioridad en los labios. Lo sabía. No había necesidad ni de mirarlo.
-Sabes que puedes hablar, y yo te escucharé. Lo hago siempre, ¿O no?
-Y me juzgas cada vez -. Al fin volteó a mirarlo con el entrecejo fruncido, solo para confirmar sus sospechas -. Me juzgas todo el tiempo, ¡Maldita sea! Justo como lo estás haciendo ahora.
El hombre simplemente se encogió de hombros y regresó los ojos a la tela. Al parecer le era imposible dejar de sonreír.
-Yo no te juzgo, querida. Pero no puedes condenarme por sentirme divertido: ¡Es que eres tan ocurrente!
Y se rió. Con mil demonios; se atrevió a reírse.
-Te odio, Karlo.
-Sabes que yo también te odio, querida. Te detesto como no tienes una idea.
-No es verdad. Me adoras y morirías sin mi.
-Igual tú.
Ahora fue Helga quien sonrió.
-Touché -Suspiró.
-¿Que te pasa ahora, mi adorada musa tripolar? -Al fin la aguja se detuvo y sus ojos se clavaron en los de ella. Se había puesto ligeramente serio.
-No volveré a ver a Arnold - Soltó ella, y sus traicioneros ojos volvieron a ponerse húmedos.
-Ajá.
-Es en serio.
-Claro; y yo salgo a combatir el crimen por la noche con un traje de unicornio con lentejuelas multicolores.
-Creí que hacías otras cosas con ese traje -Soltó Helga, mordiéndose los labios y alzando las cejas, mientras regresaba su vista al tejido.
-También combato el crimen así -repuso, imitando su gesto; Helga sonrió.
-¿Tienes un traje de unicornio? -Inquirió ella, riendo por fin, y de nuevo Karlo imitó su gesto.
-Solo la pijama que dejaste hace un par de años en mi departamento, querida.
-¿Aún tienes esa cosa? -La sonrisa de ella se ensanchó aún más -Tenía como dieciséis años la última vez que la usé.
-Eres mi tesoro, Helléne. E igualmente atesoro cualquier cosa tuya. Como tus sentimientos. Así que por favor dime qué es lo que ahora atribula tu precioso corazón, y volvamos por fin a nuestras labores. O moriremos jóvenes y hermosos y más pobres que una rata de alcantarilla.
Helga suspiró.
-En verdad nos estamos jugando el todo por el todo, ¿Verdad? -Dirigió su mirada a él mientras su cabeza seguía apuntando hacia la tela en la que no trabajaba realmente.
-Tampoco es para tanto -Frunció los labios mientras miraba escrutadoramente su avance -. Pero sí nos será difícil volver a ponernos en pie; especialmente a ti, con ese montón de zarigüeyas que cargas en tu espalda.
Helga bufó de nuevo; las manos de nuevo a su cabeza.
-Les dije que de aquí en adelante iban a tener qué rascarse con sus propias uñas. Ya les di casa, carro, escuela a los niños... Prácticamente los he mantenido durante todo este tiempo... Si Olga está prácticamente en la calle es problema de ella; de ella por amarrarse a ese pedazo de imbécil... -Ahogó un grito y se llevó las manos a la cara.
Karlo ahogó otro grito porque por un momento pareció que la aguja iba a terminar clavada en el párpado cerrado de la chica.
-¡Deja esa aguja a un lado, por Dios, niña! ¡Vas a dejarte ciega, o tuerta, y así ya nadie va a contratarte!
La chica le hizo caso y la clavó descuidadamente en el pasamanos del sillón sobre el que estaba sentada.
Permanecieron un buen rato en silencio.
-¿Volvieron a pedirte dinero? -Inquirió luego de darle oportunidad de recuperar el aliento.
-Sí -Respondió secamente.
Karlo suspiró.
-Son un maldito dolor de cabeza, Karlo. Pero no puedo dejarlos... Tal vez yo también necesito una desintoxicación de ellos... ¿Podrías internarme en una clínica de rehabilitación ya que pase todo esto? No importa si ganamos o perdemos; Si ganamos se me va a volver a ir todo el dinero en ellos, y si perdemos, aún peor. Terminaré viviendo en la calle porque con ellos no regreso ni aunque me torturen, y seguro ellos me seguirán dentro de poco porque no creo que sean capaces ni de mantener la casa.
-Ganaremos, Helga.
-Eso dices.
-Creo en ti.
-Pues no deberías tenerme fe ciega.
-No. Pero aún así la tengo. Y cuando ganemos, no invertirás tu dinero en ellos, porque yo no te dejaré. Soy tu socio y yo manejaré las cuentas. Puedes traértelos a vivir con nosotros... bueno, ellos en su lado y nosotros en el nuestro. Pero sin ese tarado de... ¿Cómo es que se llama? ¿Albert?
Helga asintió.
-Dile Bert. No se merece ni su nombre completo.
Karlo sonrió.
-No se merece ni que lo mencionemos, pero aquí estamos. Preocupándonos de nuevo por él. Deberías de ponerle una zarandeada a tu hermana por volver con él. ¿En qué demonios estaba pensando?
-Pues supuestamente lo dejó -Soltó Helga junto con un bufido, mientras recogía la aguja y volvía a la tela -. Pero el tipo la siguió y le pidió perdón. La tarada de Olga no lo perdonó, supuestamente, pero lo dejó quedarse en la casa unos días en lo que conseguía dónde quedarse. Recordarás que vendieron la casa para pagar los destrozos que provocó el tarado de ese cuando chocó contra una tienda.
-La casa que tú le regalaste, en lugar de comprarte una para ti, dicho sea de paso -Soltó Karlo entre dientes, y Helga prefirió no recordar eso-. Se supone que por eso lo dejó tu hermana, ¿no? -Continuó ya en tono normal.
-Dijo que era la gota que había rebalsado el vaso, pero aún así pagó por sus destrozos en lugar de dejarlo podrirse en la cárcel. Y claro, lo hizo vendiendo la casa que, de hecho, yo le regalé -Suspiró, fastidiada -. Al fin que podía quedarse con mamá. Y se fue con mamá y ese imbécil tiene ya dos meses viviendo con ellas, y ya destruyó el coche de mamá también y no me extrañaría que ya le haya hecho el cuarto mocoso a la idiota de mi hermana... -Volvió a ensartar la aguja en el reposabrazos -. Quisiera mandarlos al demonio, Karlo. A todos. Pero si lo hago, esos niños... ¿Qué va a ser de esos niños?
El aludido exhaló muy fuerte.
-¿No has pensado en pelearles la custodia? -Inquirió, bastante serio.
-Claro que sí -Respondió ella, mirándolo con los ojos muy abiertos -. Pero sería gastar más dinero y traumar a los niños aún más, y terminar de destruir tanto a Olga como a mi madre...
-Pobrecita mi bebé -Suspiró el hombre mientras volvía a clavar la aguja en el tejido de seda -. Tienes el corazón demasiado grande para tu propio bien, y yo soy aún peor que tú, porque me toca vivir todas tus penurias sin tener vela en este entierro.
Helga frunció la boca.
-Voy a hablar con Olga antes de irme -dijo -, y le voy a decir cómo están las cosas. Por más que me duela, Karlo; si no deja a Bert, me voy a llevar a mi madre conmigo y la voy a dejar sola con ese tarado. Lo siento por los niños pero tiene qué darse cuenta de cómo están las cosas en verdad. Tal vez sean ellos los que la hagan entrar en razón cuando comience a llegarles el agua al cuello, al fin que hasta el bebé ya es más listo que ella...
-Tu hermana la genio... -Soltó irónicamente el hombre.
-Olga era la supuesta genio. Rebeca insiste en comportarse como una idiota... Aunque Olga era una idiota también, si te soy sincera... En las cosas importantes siempre fue una tonta...
Duraron un buen rato callados. Karlo ya no quería preguntar más... Pero sí quería.
-¿Y no me vas a contar lo que pasó ahora con tu nuevo dolor de cabeza?
Helga suspiró.
-Ese es un dolor de cabeza tan antiguo como los otros... solo que se me está convirtiendo en una horrenda migraña, Karlo...
oOo
El teléfono apenas sonó una vez y Shannon le respondió.
Arnold se sintió ligeramente contrariado, ya que generalmente lo hacía llamarla un par de veces antes de darle el privilegio de atenderle... tal vez se debiera al hecho de que ahora fuera él el que tenía al bebé en su poder.
-Hola, Arnold.
-Hola, Shannon.
-¿Qué se te ofrece?
-Quiero hablar contigo, Shannon. ¿Tienes tiempo?
-¡Vaya! ¿Al fin te decidiste a hablar por teléfono? ¿Ya no necesitas verme cara a cara como decías antes?
Arnold hizo uso de todo su autocontrol para evitar la irritación que siempre le provocaba ese tonito en la voz de su aún esposa.
-Sí. Ya no me importa que sea por teléfono, porque ya no me importan tus explicaciones, Shannon. Firmaré el divorcio.
Hubo un largo silencio del otro lado de la línea. Arnold estuvo a punto de hablar, pensando que tal vez se había cortado la llamada, cuando por fin escuchó sonido del otro lado.
-¡Vaya! ¿E... es en serio?
-Muy en serio -Respondió Arnold. No podría especificar en ese momento cuál era el tono en la voz de su interlocutora.
-Qué bien... -la escuchó decir, y parecía no muy convencida.
-Sé que no debería preguntar, pero... ¿Qué te hizo cambiar de opinión?
-Solo me di cuenta que... -Deminios -Creo que sí deberíamos hablar en persona, Shannon... Estas cosas no se pueden decir por teléfono.
-¿Ya te diste cuenta que no me amas?
Arnold se desvaneció un poco al oír aquello. Eso era lo que estaba pensando; sí. Pero escucharlo de aquél modo...
-Eso creo; sí...
-Yo tampoco te amo ya, Arnold...
Se le retorcieron aún más las tripas... ¿Por qué le dolía escuchar aquello, cuando era algo que, de un modo u otro, ya sabía?
-Shannon, escucha...
-No, Arnold. No digas más -Lo interrumpió ella -. Estaba a punto de llamarte cuando te me adelantaste. Quería decirte que voy por Hunter justo ahora. Llegaré en una hora más o menos, y podremos hablar un poco más, ¿de acuerdo? No te garantizo que te responda todo lo que tengas qué preguntar, pero creo que ya hemos dado el primer paso en la dirección correcta, así que me siento más tranquila.
Esa última frase puso del mismo humor a Arnold.
-Bien -Dijo él -Estoy en el parque con el bebé, lo llevaré a ver las tortugas y luego iré a casa; nos vemos allá en una hora entonces.
-Bien - Respondió ella, y estuvo a punto de colgar cuando la escuchó hablar de nuevo -. Arnold, ¿Te tomaste el día libre?
Arnold se ruborizó.
-Sí.
-Esa Helléne sí que es especial, ¿Verdad?
Arnold se ruborizó aún más, y entonces sí colgó.
oOo
-¿Y crees que él debe volver con su esposa?
-Sí.
-Y dices que la idiota es Olga...
-Nunca dije que yo no lo fuera..
Karlo por fin soltó la tela, poniéndola a un lado. Se agarró de los reposabrazos como si fuera a ponerse de pie, pero cambió de idea y recargó la espalda en el respaldo mientras se cruzaba de brazos y de piernas, con el entrecejo como acordeón.
-Escúchame, Helga: Él te quiere a ti, no a ella, y ella tampoco lo quiere; ¿Qué bien podría resultar de que ellos volvieran?
La chica dejó escapar un bufido.
-Arnold no me quiere -Soltó mientras arrugaba la nariz -. Soy su pase de salida de su situación, pero soy un remedio temporal. En cuanto recuerde lo que es realmente su vida en familia se olvidará de mi, y si no me alejo ahora, terminaré destrozada, Karlo. Y ni ganar este estúpido concurso me ayudará a levantarme esta vez. Tenlo por seguro.
-Eres taaaan dramática...
-Hablo en serio.
-Yo también.
oOo
Arnold paseaba nerviosamente por la sala mientras su retoño, entre sus brazos, se retorcía y quejaba sin tregua. Al parecer se había cansado bastante jugando con los perritos en el parque (O intentándolo desde la mantita que compartía con su padre sobre el pasto), y ahora al perecer tenía sueño, pero estaba tan sobreexcitado que no quería dormirse.
Arnold lo paseaba de aquí para allá, mirando casi fijamente el reloj colgado en la pared de la sala. Shannon no debía tardar en llegar, y él no estaba del todo seguro de qué iba a decirle. ¿Cómo le expilcas a la mujer que juraste amar en las buenas y en las malas, contra la que peleaste tantas veces intentando salvar tu matrimonio, el por qué ya no la amas? Y aunque ya tenía una idea de lo que iba a contarle Shannon, aún se le retorcían las tripas de lo que sea que fuera a decirle.
Ya ninguno se amaba; eso había quedado claro, y aún así... La situación lo ponía tan nervioso...
Ahora comprendía un poco las entradas en pánico de su aún esposa cada vez que estaban próximos a tocar el tema y, siendo sincero, incluso comenzaba a comprender sus deseos de escapar.
El timbre sonó, justo a la hora que había dicho que iba a llegar, y Arnold se preguntó por qué no solo entraba.
Dejó al bebé que por fin había perdido la batalla contra Morfeo en el moisés y fue a abrir la puerta, y se sorprendió a sí mismo alisándose las arrugas de la camisa y acomodándose el pelo para recibirla. Se sintió molesto consigo mismo por tomar esas atenciones con Shannon pero ahí estaba, nervioso como un adolescente antes de la primera cita; lleno de mariposas, o más bien, de serpientes en el estómago por la expectativa de verla.
Comenzaba a preguntarse si en verdad sería ella (la puntualidad lo hacía dudar seriamente), cuando la escuchó al otro lado de la puerta, solo a unos centímetros de distancia.
-¿Arnold?
-Ya voy.
Le abrió la puerta y la miró. El sol le sacaba brillantes destellos cobrizos del cabello y sus pecas parecían haberse multiplicado desde la última vez que la había visto. Le sonreía y volvió a encontrarse sorprendido de lo magníficamente parejos que estaban sus dientes, y de lo dulce que podía lucir cuando se lo proponía.
Se hizo a un lado y la dejó pasar. Se había puesto uno de esos vestidos con los que tanto le gustaba a él mirarla: con los hombros descubiertos y esa tela vaporosa que envolvía el cuerpo como un guante aún sin estar ajustado. Llevaba un broche de libélula en el cabello y olía a flores, y aunque Arnold no quería, no pudo dejar de maravillarse con su belleza.
Incluso llegó a preguntarse cómo hubiera lucido una hija de ambos, si la hubiesen tenido. La duda le causó una punzada en el pecho, y el que se le viniera en ese momento a la cabeza cierta rubia que ahora era morena, no hizo más que empeorarlo todo.
-Hunter está en el sillón -Le dijo, pero no hacía falta; ella ya se dirigía hacia él -. Por favor no lo despiertes -. Continuó al verla inclinarse sobre el moisés -, acaba de quedarse dormido, y me llevó como media hora para que al fin tomara la siesta. Estaba muy cansado, pero no se quería dormir.
Shanon encogió los dedos que había acercado al bebé, y una sonrisa de labios apretados le cruzó el rostro.
-Es tan terco como...
Dirigió su mirada a él; una mirada repentinamente húmeda, y se sentó en el sillón de a un lado. Arnold se sentó en el más pequeño, frente a ella.
-Como tú -Dijo él, y una extraña sonrisa en el rostro de ella suplantó a la anterior.
-Eres demasiado bueno, Arnold -Soltó, mirando al suelo de repente -. Gracias por cuidar de mi bebé.
Arnold se encogió de hombros.
-No creo que debas agradecerme por cumplir con mi responsabilidad.
La sonrisa de la peliroja se ensanchó, sus cejas se juntaron en un gesto nada feliz y su mirada no se levantó del piso.
-Sí... -musitó.
-¿Te sientes bien? -Inquirió él. Shannon estaba más rara que de costumbre, y eso ya era decir mucho.
Rayos; cómo extrañaba esa época en que los dos reían sin parar todo el día mientras comían comida chatarra sobre el colchón viejo que fungía como cama en aquellos tiempos, viendo aquella tele vieja y rudimentaria que una vez, literalmente, habían encontrado en la basura de una casa, muy temprano en la madrugada, una vez que habían salido a correr. Tenía pegada una etiqueta que decía: "todavía sirve" y ellos, como no tenían tele, se la habían llevado.
Y sí, había servido, y les había servido por un buen tiempo. Hasta esa tarde de verano que había decidido ya no funcionar; y ellos, como habían estado muy aburridos, habían decidido casarse.
Había surgido solo así, cuando ella le había preguntado qué harían ahora toda esa tarde que les quedaba libre, ya que hacía mucho calor para tener sexo.
-¿Y si nos casamos?
Había preguntado él, mirándola de lado sobre el colchón. Ella había levantado las cejas con expresión divertida, mientras el chirrido del abanico sobre sus cabezas inundaba el lugar.
-Sí -Había respondido de repente.
-¿En serio? -inquirió él, y dejó escapar una carcajada. Ella lo siguió.
Media hora después, estaban ante un juez. Ninguno comprendía muy bien de dónde había salido todo aquello, pero se sentía de maravillas.
Se graduaban en un par de meses, y ya estaban viviendo juntos desde hacía casi un año.
No había otro motivo; Ella era hermosa y feliz, y lo hacía feliz a él. Habían pasado muchas cosas juntos, y se habían levantado el uno al otro cada vez que tropezaban. Ambos eran el héroe del otro. Shannon lo había sacado de la depresión intrínseca de su constante soledad, y él la había ayudado a salir del infierno con el que vivía con su novio de ese entonces, y luego por la muerte de su madre. Habían sido los mejores amigos, y en ese momento, Arnold no podía pensar en nada mejor qué hacer con su vida que pasarla junto a ese ángel que le había caído del cielo; con su mejor amiga y su única compañía.
...Qué ingenuos habían sido en ese entonces...
Qué ingenuos, qué tontos...
Y qué felices.
...
-Te ves bien.
Fue ella quien lo sacó de sus cavilaciones.
-Tú te ves espectacular -respondió él, y le sonrió.
Shannon por fin le mostró una sonrisa de verdad.
-¿Cómo se ha portado Hunter?
-Muy bien.
-Qué bueno.
...
Y hasta ahí parecía haber llegado la plática. Ella tenía los codos sostenidos en las rodillas, con los dedos de las manos entrelazados. Tenía los hombros encogidos.
Él estaba tan derecho sobre el sillón como si tuviera una estaca metida en el trasero, e igual de cómodo que si la tuviera comenzaba a sentirse con ese silencio.
-¿Ya firmaste los papeles, entonces?
Fue ella quien rompió el pesado silencio.
-Aún no -reconoció él -. Pero ahora lo hago.
Se puso de pié y fue por ellos, volvió, los sacó y entonces notó que no había traído un bolígrafo.
-Voy a... -Se iba a poner de pie de nuevo, pero en lugar de eso, quién sabe por qué motivo, se sorprendió a si mismo preguntándole: -¿Estás segura de esto?
Shannon simplemente asintió.
-Quisiera... yo...
Ella lo miraba fijamente, sumamente atenta a lo que quisiera salir de su boca.
-Quiero disculparme contigo, Shannon. Yo fui el que lo arruinó todo.
La aludida levantó las cejas, sorprendida.
-¿Por qué dices eso? -Inquirió con el ceño fruncido.
-Yo... Me volví loco intentando hacer que todo estuviera bien... y lo arruiné... Me olvidé de lo que era realmente importante en esta relación...
-Que es... -Inquirió ella, intrigada.
-Nuestra relación, Shannon... Tú. Me olvidé de ti, y de que me necesitabas aquí. Necesitabas un esposo, no un jodido cajero automático.
-Ni siquiera necesitaba eso, Arnold. Yo siempre gané mi propio dinero.
-Lo sé -Se llevó una mano al rostro -. Lo arruiné todo.
Shannon se mordió los labios y luego se encogió de hombros.
-Yo fui la que te alejó -Soltó ella con expresión compungida -. Siempre supiste que algo no estaba del todo bien, ¿verdad, Arnold? Y pensaste que era el dinero, pero era yo... y tú no pudiste notarlo aunque lo tenías frente a tu nariz, porque eres incapaz de pensar mal de nadie...
Los verdes ojos de su interlocutor se clavaron en los de ella.
-¿Estabas mal? -Inquirió.
-Arnold... -La miró retorcerse las manos que hora tenía sobre el regazo, al tiempo que desviaba la vista hacia la izquierda -Yo... Yo te comparaba constantemente con Hunter... Y no siempre salías bien librado.
-¿Eh?
Se mordió los labios antes de asentir. Se había casi hundido sobre el sillón, y sus labios se habían vuelto una línea sobre su pálido rostro.
-Me casé contigo enamorada, Arnold. Te amaba, no lo dudes, pero... pero creo que, en el fondo, también seguía amando a Hunter...
-¿A tu papá? -Inquirió Arnold levantando una ceja, sardónico, mientras dirigía la dolida mirada al bultito que dormía plácidamente sobre el otro sillón.
-Al otro Hunter, no al que nombré a mi bebé en su honor.
Arnold ya no quiso discutir sobre aquéllo.
-Ese tipo es un cerdo.
-Lo sé -reconoció ella -. Pero lo amé como a nadie, Arnold. Es estúpido, lo sé, pero no quería dejarlo. No podía. Tú me diste la fuerza para separarme de él; para que no dejara que volviera a lastimarme... Pero, muy en el fondo... Por dios, es que es tan estúpido...
Arnold quería sentirse ofendido, pero no podía. Él también había estado comparándola todo el tiempo, y dejándola mal parada nada más y nada menos que junto al recuerdo de una niña de diez años.
-Lo siento mucho, Arnold. Pero creo que en el fondo, yo fui la que te alejó... Todo porque nunca pude enterrar del todo al estúpido de Hunter...
-Yo... -Arnold sentía que debía decir algo, pero, ¿Qué? -. El que debería de disculparse soy yo, Shannon... Te hice seguir pensando en Hunter porque creo que, en el fondo...
Shannon levantó la vista hacia él y la clavó ahí. No había emociones en su cara; solo parecía querer oír lo que ambos ya sabían.
-Creo que nunca te amé realmente... Es decir; sí te amé... pero como a una amiga... No como debí haberlo hecho...
Así era. Por fin podía admitirlo.
Nunca había podido amarla. Él sabía lo que se sentía amar; lo había sentido solo una vez, cuando tenía nueve años, y al no haber podido encontrar nunca algo igual, se había conformado con lo más similar que había encontrado.
Era hasta que había vuelto a encontrarse con Helga, que había recordado lo cómo se sentía el amar de verdad.
-Ya lo sabía, Arnold. Pero me da gusto que me lo digas.
Le sonrió de una manera sincera, y él, por algún motivo, se sintió insultado. ¿Qué estaba esperando? ¿Que llorara? ¿Que le diera una bofetada y le gritara que no quería verlo más?
Pero todo se le derritió cuando se topó con las aguas en calma en los ojos de su interlocutora, su compañera... su amiga.
-Debimos habernos quedado como amigos -Soltó al fin.
Ella negó sin dejar de sonreír.
-Me diste refugio cuando más lo necesitaba, Arnold. Tu amor, así fuera más amistoso que otra cosa, me salvó la vida... No sé qué hubiera hecho sin tus brazos cuando mi madre murió...
Había estado destrozada esa vez; mucho más de lo que él recordaba haberlo estado cuando había perdido a sus abuelos.
Shannon lo había ayudado a salir de ese hoyo en el que aun se encontraba un poco cuando la había conocido, pero él sí que recordaba haberla arrastrado desde las entrañas del abismo cuando había exhalado su último aliento aquélla buena mujer. Aquella mujer que la había recogido del hospital cuando sus verdaderos padres la habían abandonado ahí. Aquella hermosa doctora que se había compadecido de su situación y la había acogido como aquélla hija que nunca se había dado el tiempo de tener, que había seguido apoyándola y por quien había seguido fuerte después de la repentina muerte de su esposo, ese Hunter que sí había sido un hombre decente, y que, a su vez, había sido todo lo que le quedaba a ella... Además de Shannon, por supuesto...
Arnold sabía lo que era sentirse solo, pero solo en serio, así que también había sabido cómo hacerle para sacarla a flote...
...
De repente se sintió mucho mejor, y le sonrió.
-Y es gracias a eso que ahora esa pequeña personita duerme allí... -le dijo el rubio - Creo que no estuvo tan mal lo que hicimos, después de todo. ¿Eh?
Shannon le respondió la sonrisa, pero de repente volvía a lucir triste.
Se puso de pie, lo besó en la mejilla, tomó el moisés con el bebé y se dirigió a la puerta.
-Nos vemos luego, Arnold. Cualquier cosa, tienes mi número.
Y se fue.
Y él se sintió en ese momento tan sin energías que ni siquiera le respondió.
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Heeelou a todos. Cuánto tiempo, ¿eh? No saben lo que me está costando sacar esto, pero ahí va. La inspiración había vuelto a abandonarme, pero me la traje a garrotazos de donde andaba y la obligué a trabaja en esto, aunque últimamente anda medio dispersa en otras cosillas... En fin. Parece que hizo un trabajo decente en esta ocasión.
Muchísimas gracias a tod s por sus review. Son sus opiniones las que no han dejado morir a esta historia, y los que la han mantenido viva aún con el pasar de los años. Muchísimas gracias, en serio. Cada día los y las amo más.
¡Nos leemos!
