XXIX
Llanto
—"¡A todas las unidades, se les necesita en los muelles de parte Sur de la ciudad; los disturbios han cesado, es momento de actuar antes de que más vidas inocentes estén en peligro!"
Fue lo que dijo el capitán de la policía todo oficial que encontrara disponible; inmediatamente las patrullas llenaron las calles y circularon en una sola dirección. En su trayectoria notaban cómo las personas cercanas a los muelles corrían despavoridas al lado contrario para ponerse a salvo, escapar de la destrucción y el caos. Las patrulllas, y el noventa por ciento de la plantilla policial, llegaron al área: Una fábrica abandonada de enlatados. Haciendo a un lado el hecho de que estaba abandonada desde hace años, la fábrica estaba completamente destrozada; el techo se había derrumbado, sólo quedaban agujeros en la mayor parte; algunas paredes estaban destrozadas, como si la enorme bola de una demoledora les pasó encima; y, desperdigados por todo el suelo, se encontraban trozos de madera quemada, vidrios rotos...y los cuerpos sin vida de quince hombres vestidos con traje negro. Ningún policía podía creer lo que yacía frente a ellos.
—"¿Qué demonios pasó aquí? —fue lo que se preguntó el capitán. Y fue precisamente eso: Un demonio pasó por ahí, destruyendo todo.
Dentro de la fábrica, más hombres muertos adornaban los pisos, las ventanas, y las paredes de la construcción; el penúltimo de ellos se arrastraba por el suelo implorando piedad, a tal grado que las lágrimas llenaban sus ojos y se deslizaban por toda su aterrada expresión. No quería morir; sin embargo era de esperarse que en algún momento llegara a pensar en eso, después de todo...traficar personas es un negocio peligroso, y más si te metes con la gente equivocada.
Siguiéndolo muy de cerca, divirtiéndose al verlo de esa forma, un chico de cabellera rosada desenfundó su Beretta nueve milímetros, tiró de la cámara para recargarla, y la apuntó hacia el desesperado hombre.
—¡Por favor, no quiero morir! —suplicó el hombre, clavó sus uñas en la putrefacta madera para tener un mejor agarre y arrastrarse mejor—¡Tengo familia!
El chico pelirrosado rechinó los dientes y frunció en ceño.
—Yo también la tenía —masculló, y luego apretó el gatillo; la materia cerebral de hombre salpicó el suelo.
Ahora el chico, después de haber eliminado a todos sus obstáculos, caminó hacia las escaleras y subió al primer piso, ya ahí se dirigió a la oficina del jefe y abrió lentamente la puerta. Dentro, ya lo estaba esperando un hombre joven, parecía estar en sus treintas, de larga cabellera oscura que le llegaba hasta el cuello; sus afilados ojos miraron al chico y, en lugar de asustarse, simplemente le sonrió como si se tratara de un viejo amigo. Eso fastidió al pelirrosado, levantó su pistola y le disparó al hombre en el hombro; este cayó de lleno al suelo y se quedó ahí para esperarlo.
—Fallaste —dijo. El pelirrosado se acercó lentamente—¿O no era tu intención matarme?
—Tengo cosas que hacer primero —aclaró el pelirrosado en un firme y grave tono de voz—. No te vas a ir tan fácil.
—¿Estás amenazándome con la muerte? —inquirió sarcásticamente, luego rió a carcajadas—. Yo no le tengo miedo a la muerte.
El chico disparó una segunda vez, y la bala fue a parar a la pierna izquierda del hombre de larga cabellera; él soltó un gruñido de dolor, luego miró de reojo al chico frente a él.
—Al que deberías de tener miedo es a mí —comentó.
—Qué gracioso... —musitó el hombre, luego dibujó una cínica sonrisa—, fue lo mismo que le dije a tu esposa antes de hacerla mía.
El pelirrosado arrugó la frente y frunció el ceño a más no poder, estaba molesto, colérico; golpeó al hombre con la mano derecha una y otra vez, no parecía detenerse en absoluto. Después de quince golpes seguidos levantó el arma y la colocó sobre la frente del hombre.
—¡TÚ ME ARREBATASTE A MI ESPOSA! —exclamó el pelirrosado—. Y me las voy a cobrar con tu vida. ¡Suplica por tu vida!
—Je. Mard Geer no suplica por nada; en cambio tu esposa, ¡Jajajajaja! ¡Vaya que suplicó! ¡Muchas veces! —seguía y seguía diciendo el hombre, Mard Geer; tal parecía que lo que había dicho era verdad: Él no le tenía miedo a la muerte. Estaba provocando al pelirrosado para que jalara el gatillo, lo que él no esperaba; quería oírlo suplicar, persuadirlo de que lo perdonara. Quería verlo derrumbarse. Y no parecía querer hacerlo—. Oh, ¿Tú eres Natsu, verdad? ¡Tu esposa no dejaba de decir tu nombre mientras nos divertíamos con ella!
—Cállate... —
—¡Ella te estaba llamando, pidiéndote que llegaras a rescatarla de ese infierno¡ ¡Y NO VINISTE!
—¡Cállate! —los ojos de Natsu se estaban cristalizando, llenándose de lágrimas.
—¡FUE BASTANTE DIVERTIDO OÍRLA GRITAR QUE NOS DETUVIÉRAMOS!
—¡CÁLLATE! —impulsado por la cólera y la desesperación, Natsu llevó su dedo índice al gatillo y se dispuso a tirar de el; entonces una mano de tez blanca se posó sobre la de él, la que sostenía la pistola, y lo detuvo. Natsu amplió los ojos y volteó sobre su hombro—¿Qué?
—Detente —dijo una dulce voz femenina; una chica rubia miraba a Natsu—. No lo hagas.
—Lucy... —susurró Natsu; se levantó y giró hacia la chica, se abalanzó sobre ella y la abrazó con todas sus fuerzas, ella correspondió el gesto—. Estás aquí.
—Siempre lo estoy —Natsu no pudo soportarlo más y rompió a llorar, Lucy no sabía el porqué—. ¿Qué ocurre?
—Lo siento...lo siento mucho...—decía Natsu entre sollozos—. No pude protegerte. Todo es mi culpa.
—No, Natsu. Esto no es culpa tuya.
—Sí...sí lo es... —
—Claro que no, escúchame —Lucy se apartó de Natsu para mirarlo a los ojos—. Nosotros no podemos controlar las cosas que suceden a nuestro alrededor; estuve en el momento y lugar equivocados, nada más.
—Pero... —
—Déjame terminar —pidió Lucy, Natsu guardó silencio—. Hay gente mala entre nosotros, eso lo sé; pero así como existe la oscuridad, también hay luz. A él debes entregarlo a las autoridades para hacerlo que pague por lo que hizo.
—Lucy, eso no... —
—"No es suficiente", es lo que piensas; pero ponte a pensar de esta manera: Al matarlo, lo harás liberarse de sus pecados muy fácilmente —viéndolo de esa forma, Lucy tenía razón; Natsu se dió cuenta de ello. Se volvió hacia Mard Geer y lo pensó por unos segundos, luego regresó hacia Lucy.
—Está bien —aceptó.
—Además... —agregó la rubia—, Arely necesita a su padre; se siente muy sola.
—¿Cómo sabes eso?
—La he visitado en sus sueños; ella te extraña. Debes de ser el padre que ella necesita. Hazlo por mí.
Natsu asintió, era hora de regresar a casa. Lucy le extendió la mano, y él la tomó; ambos salieron de ese horrendo lugar, dejando a Mard Geer a merced de la policía.
FINALE.
