Día 29. Etéreo

Número de palabras: 1788

Notas: Este escrito originalmente fue publicado en mi historia Elocuencia (O el buen uso de las palabras) Esta versión esta editada, con correcciones y nuevas cosas.

Sinopsis: Etéreo: Extremadamente delicado y ligero, fuera de este mundo.


Londres, 1813

Crowley era un se impaciente por naturaleza, no le gustaba esperar, pero por Aziraphale, bueno sí por el ángel era capaz de cualquier cosa (¡Hasta ser bueno!), no es de extrañar que sacrifique su tiempo esperándolo antes de ir a algún evento importante.

El demonio golpeó con fastidio su pie contra el suelo, tratando de no mostrarse irritado y con voz fuerte, pero sin gritar le preguntó al ángel. — Aziraphale, ¿Ya estás listo?

Aziraphale no le contestó, no era necesario, lo vio salir de entre la oscuridad y sintió como si alguien le hubiera dado un fuerte golpe en el estómago, derribando todas las barreras que había erigido a su alrededor y de alguna forma, haciéndolo temblar de pies a cabeza.

No es Aziraphale, bueno, si es Aziraphale, pero… Ugh, ni el mismo lo puede terminar de explicar, pero es porque la visión angelical que se presenta ante sus ojos lo deja sin aliento.

Parece que Aziraphale se ha decantado, al igual que él, a la costumbre de cambiar de género con la facilidad que el ser un demonio o ángel otorga. Debía admitir, sin vergüenza alguna, que Aziraphale parecía un sueño plasmado a la realidad.

Su cabello, sujeto en un elegante peinado con algunos rizados mechones sueltos, hacia apreciar perfectamente el dulce rostro del ángel ahora con rasgos suavizados y que le hacían lucir más adorable de lo usual. Y aquella pequeña sonrisa que le dio, enmarcada por unos rosados labios, lo aturdió por completo.

— Crowley, lamento haberte hecho esperar. —carajo, incluso su voz era hermosa, un delicado y melifluo sonido que le hace pensar que así sonaría la miel si esta fuera se pudiera oír. Ahora se preguntaba cómo haría para sobrevivir toda una velada a su lado sin abalanzársele encima.

Crowley trató de mostrarse inalterable cuando la realidad era que cientos de emociones bullían en su interior. Así que, arriesgándose a hacer un ridículo, extendió su brazo a dirección de Aziraphale y le dijo con una forzada voz serena.

— ¿Nos vamos? —agradeció que su voz saliera lo suficientemente normal posible pero todo esfuerzo fue en vano cuando dirigió su mirada hacia el ángel y vio su rostro cubierto por un pequeño sonrojo que le hizo lucir más… hermosa ante sus ojos.

Mierda, en serio no sabía cómo sobreviviría.


Celos. Los celos eran, por naturaleza, un sentimiento egoísta, propio de un demonio, que se experimenta cuando alguien percibe una amenaza hacia algo que considera propio. Muy diferente a la envidia que se da cuando alguien desea o quiero lo que alguien más tiene.

Por eso, lo que él sentía no eran celos, si no envidia, porque, por más que le calara en el alma, Aziraphale no era suya, aunque lo deseara, no lo era y probablemente jamás lo sería (bueno, aunque en su defensa, Aziraphale no era un objeto ni algo que él pudiera poseer por completo).

Crowley había sentido, como era natural en un demonio, envidia durante gran parte de su existencia, pero podía jurar que aquel sentimiento no se había acrecentado tanto dentro de él como lo hacía en ese momento, mientras veía como Aziraphale era dueña de las atenciones de varios caballeros del lugar.

Cuando le vio caminar por el salón, exudando gracia y elegancia a cada paso que daba, apretó con más fuerza la copa en su mano, haciendo que finalmente se rompiera y el líquido que contenía se escurriera por todo su brazo, aunque él no le dio importancia alguna, toda su atención estaba centrada en otra cosa.

No, no le molestaba que Aziraphale disfrutara de la velada, le molestaba como las miradas intemperantes e sicalípticas de varios hombres se posaran sobre ella, aunque él mismo fuera uno de aquellos hombres.

Así que, cuando por fin le vio sola, libre de la atención de cualquier otro, se dirigió hasta ella, sin importarle que el vino aun escurriera sobre su brazo, lleno de toda la confianza del mundo. Misma que desapareció al momento en el que Aziraphale notó su presencia y lo volteó a ver con una sonrisa que desarticuló cualquier muestra de seguridad que pudiera haber de su parte.

— Crowley… —le dijo simplemente y el demonio se dio la oportunidad de ver con más cuidado la figura de Aziraphale, cubierta por un vestido color crema lleno de encajes y otros detalles. Vibrantes ojos azules, figura algo robusta, pero con curvas perfectamente equilibradas, rostro armonioso y sonrisa encantadora. Oh, no podía culpar a los demás por no quitarle la mirada de encima, de no haberlo hecho, los hubiera considerado locos o ciegos.

Cuando se dio cuenta que el silencio que se había hecho a su alrededor era incómodo y lo hacía lucir como un si estuviera fuera de lugar, carraspeó un poco y dijo con la voz más galante y ronca que pudo hacer — ¿Me reservarías el primer baile, ángel?

La sonrisa acongojada de Aziraphale fue el primer atisbo de que sus esperanzas serian rotas —Lo siento, Crowley, otro caballero ya me lo ha pedido y he aceptado, pero…

"¡¿Qué?! ¿Pues con quién viniste Aziraphale?" Se pregunta amargamente más ninguna queja salió de sus labios. Ni siquiera dejó al ángel terminar de hablar, le dejó con la palabra en la boca y se alejó rápidamente del lugar, esperando poder irse de ahí antes de que el primer baile iniciase.

No lo logró y tuvo que ver desde la lejanía a su ángel bailar junto a un desconocido. Esa escena fue suficiente para amargar la velada de Crowley, quien pensaba acerbamente que mientras los demás se interesaban en Aziraphale solo por su apariencia, él quería estar a su lado porque sabía que debajo de todo aquel maquillaje, vestidos y cabello largo se encontraba su ángel, inteligente, amable, bondadoso y algo idiota, pero simplemente su ángel, y eso le parecía lo mejor que podía haber.


Que Aziraphale y él se encontraran después del baile fue un suceso fortuito que en el fondo agradeció con toda el alma. Una verdadera pena que él no estuviera en las mejores condiciones.

Aziraphale le encontró en uno de los jardines, mientras él trastabillaba por los alrededores tratando de cubrir inútilmente su evidente estado de ebriedad.

— Crowley. —llamó su atención Aziraphale, con ciertos toques de enojos en su voz, sabiendo de inmediato que él no se encontraba en sus cincos sentidos.

—Ángel… —respondió él sin mirarle directamente porque sabía que dirigirle la mirada era suficiente para dejar a la vista sus debilidades y para él su embriaguez ya era suficiente muestra de lo débil que podía ser frente a Aziraphale.

— Estás borracho, déjame ayudarte. —dijo severa aunque a la vez dulcemente, acercándosele lentamente pero apenas estuvo frente a él, le tomó fuertemente del brazo, de un modo que no hubiera sido considerado caballeroso o correcto, pero a él poco le importaba en ese momento.

Aziraphale se zafó rápidamente de su agarre, trasmutando su hermoso rostro en un ceño fruncido y enojado. — ¿Se puede saber qué te pasa? —le inquirió.

La indignación se hizo parte de él, aunque ni siquiera sabía por qué. — ¡Lo que me pasa! Lo que me pasa…

Última cosa que diría, porque lo siguiente que supo es que había acorralado a Aziraphale contra una pared, acercando peligrosamente su rostro hacia el del ángel.

Con la cara de Aziraphale tan cerca de la suya, no pudo más que admirar los suaves y delicados rasgos de su rostro cubierto por un sonrojo más fuerte que le hacía sentir cosas impropias hacia una dama como lo era Aziraphale.

Sin lugar a dudas, Aziraphale era un ser completamente etéreo, sino lo hubiera sabido, hubiera pensado que Aziraphale era un ángel en la tierra.

Se rio tontamente de la comparación y dando rienda suelta a sus impulsos, se abalanzó sobre la rubia, besando ansiosamente sus labios, casi deseando más.

—Crowley… —escuchó a Aziraphale murmurar cuando se separaron un poco pero antes de que él se pudiera detenerse, Aziraphale había tomado su rostro con ambas manos y sin más que agregar, lo volvió a besar, correspondiéndole al menos por esa noche.

Aziraphale se fundió en él, un ruido silencioso escapó de su garganta a pesar de sus mejores esfuerzos mientras acercaba a Crowley a su vez, lo besaba más fuerte.

Crowley saboreó los labios del ángel, guardando aquel dato en lo más profundo de su memoria, para ser capaz de recordarlo, aunque hubiera pasado más de 1000 años.

Acarició con delicadeza el cabello del ángel, casi sintiendo como si estuviera tocando las nubes. Luego bajó sus manos hacia la cadera del ángel, sin atreverse a pasar más allá de ahí, sintiéndose incapaz de manchar la pureza de Aziraphale.

Era un beso casto, dulce, sin llegar ser tosco pero lleno de necesidad, como si aquel beso se tuviera que dar sin importar que, infinitamente suave y gentil, con la desesperación de Crowley latiendo bajo su piel, el apretón de la mano de Crowley en su cabello, la forma en que la otra se deslizó alrededor de la cintura de Aziraphale, acercándole más a él, abrazándole, apretándole, como si Crowley nunca quisiera dejarle ir.

Crowley sabía a lágrimas, whisky barato, luz y a estrellas, y allí, juntos, rodeados por el aroma de la esperanza, ambos casi se dejaron olvidar. Casi se permitieron creer, sólo por un momento, que realmente eran humanos, que el Cielo y el Infierno no se cernían sobre sus hombros, que este día era una victoria de la que podían compartir.

Que eran libres.

Casi.

Después de una eternidad juntos, pero nunca, nunca lo suficiente, Crowley rompió el beso, retrocediendo con un débil jadeo.

Se separaron y Crowley pudo sentir mariposas revolver su estómago antes de que el sentimiento de remordimiento lo invadiera. Crowley tomó las manos de Aziraphale entre las suyas y esos fascinantes ojos azules se dilataron por completo. La rubia, con una sonrisa en la boca y tratando de regular su respiración, lucía bajo la luz de la luna como un ser aún más etéreo que antes. Y a Crowley le dolió aún más tener que resistirse.

— No, no puedo. —dijo alejándose repentinamente de Aziraphale, casi como si le quemara. Porque así parecía que tenía que ser. Podrían estar lo suficientemente cerca que quisieran pero aun así sus bandos dictaban que ellos no podrían pasar más de aquellos besos ilícitos y toques prohibidos.

— Crowley… —Aziraphale trató de volver a acercársele para calmarlo, pero Crowley se lo impidió.

— No ángel, será mejor si olvidas esto… Si, olvida esto, por favor. —dijo simplemente y se marchó.

Si Crowley hubiera mirado a dirección de Aziraphale, hubiera visto el rostro del ángel descomponerse en una tristeza escabrosa. Crowley se fue sin saber que por primera vez en siglos, había sido él quien le rompió el corazón a Aziraphale.