Encierro

Podrían haber pasado diez años, o sólo uno. Sirius no sabía.

Por el tatuaje en su antebrazo se enteraba cuándo era luna llena. Pero no las contaba. Sabía que habían pasado muchas, demasiadas, y todas ellas Remus las había tenido que pasar solo.

O quizás no, pensaba, quizás hubiera encontrado a alguien y ahora era feliz. Eso sería lo mejor. Aunque le dolía pensar esa posibilidad.

«No seas egoísta, Sirius».

Pasaba la mayor parte del tiempo en su forma de perro. Había descubierto que era la única forma de que los dementores no le afectaran tanto. Igual lo hacían y las pesadillas venían a él incluso si no cambiaba a su forma humana para dormir, pero era más llevadero.

Los días cuando la culpa era demasiado fuerte pensaba dejarse morir, dejar de comer el engrudo insípido y acabar con eso. Nadie lo echaría de menos, todos creían que era un traidor. Y de una manera indirecta e inintencionada, había sido el asesino de sus mejores amigos.

Pero no lo hacía. Le asustaba demasiado la muerte. Tenía miedo de encontrar a James y que éste le reprochara haber escogido a Peter como guardián. No quería ver la mirada de Lily de decepción al saber que no se había encargado de Harry tras su muerte. Incluso pensaba en la posibilidad de encontrarse con Regulus y que este le hiciera saber lo mucho que lo había odiado. No lo soportaría.

Sólo por eso seguía comiendo, sólo por eso seguía viviendo. Por miedo. Por culpa.

Hasta que tuvo un motivo mejor para hacerlo: por venganza.