Capítulo29

El próximo domingo.

Mareo, sequedad de garganta y un fundido a negro que a punto estuvo de hacerla desfallecer. Rachel se tuvo a que apoyar en la barra al escuchar su nombre en la voz de María, y el escrutinio al que la tenia sometida con la mirada fija, pétrea, sin siquiera pestañear, sobre ella.

—¿Cómo me has llamado? —balbuceó con apenas un hilo de voz.

—Rachel —respondía la camarera sin perder la sonrisa.

—Oh dios —se lamentó—. ¿Por qué me llamas Rachel?

—¿Qué ocurre? —cuestionó disolviendo la sonrisa— ¿Estás bien, Rebecca?

—¿Rebecca? —preguntó completamente confundida— ¿No, no me has llamado Rachel?

—Eh…sí, pero pensé que era una broma.

—¿Una broma?

—Sí —respondió contagiándose de la confusión—. Ayer escuché como un chico te llamaba Rachel, y pensé que quizás era una broma. ¿Te ha molestado?

—Oh dios…Robert —susurró lamentándose—. Oh dios.

—Rebecca, ¿estás bien? —preguntó realmente extrañada— Yo, yo lo siento, siento si te he ofendido. No sé, me hizo gracia como ese chico te llamaba a pleno pulmón y tu cara de disgusto al escucharlo, y pensé que era alguna broma entre amigos. No quise molestarte.

—No, no —reaccionó—. No estoy molesta, es solo que no me lo esperaba. Lo siento. Además, venía pensando en otra cosa y bueno…—se excusó— No sé qué me ha pasado.

—Pero ¿está todo bien? Estás pálida.

—Sí, sí claro. Ese chico, Robert, es un antiguo compañero mío de Nueva York.

—¿Nueva York?

—Uff…Chicago, es compañero de Chicago, y bueno, me llama así para molestarme. Es una larga historia —se excusó tratando de sonar convincente. No lo consiguió.

—Ok, veo que no estás muy centrada. Confundir Chicago con Nueva York es complicado —le respondió María, que lejos de mostrarse seria, siguió sonriendo.

—Tengo demasiadas cosas en la cabeza. Lo siento. Siento si te he confundido.

—No te preocupes, lo importante es que tú estés bien —le dijo sin perderla de vista—. Entonces, ¿una caja?

—¿Una caja?

—¿De galletas?

—Ah…sí, sí, una caja…Es suficiente.

—Ok. Pues una caja para Rebecca Green, de Chicago —musitó regalándole un pequeño guiño de ojos, antes de apartarse de ella y dejarla completamente en shock. No solo por lo que acababa de sucederle, sino por el gesto de la camarera. Un gesto que la delataba, y no precisamente por un intento de flirteo.

María era perspicaz, y lógicamente se había percatado de que sucedía algo mas a allá de una estúpida broma con un nombre "ficticio". La naturalidad de Robert la había expuesto mucho más de lo que llegó a imaginar, y el miedo no tardó en adueñarse de ella.

Si había reaccionado así por el simple hecho de creer que una desconocida como María la había descubierto, ¿cómo se iba a sentir si fuese Quinn quien hubiese escuchado a Robert?

—Aquí tienes. Media docena de las galletas veganas mas buenas de San Francisco —Maria regresaba frente a ella portando la pequeña cajita, y sacándola del trance en el que se hallaba— ¿Algo más?

—Eh…no, nada más —respondía aun con el gesto contradictorio en su rostro.

—Ok. Oye, no sé si he metido la pata, pero, de veras, lo siento. No quise molestarte.

—No te preocupes María, está todo bien.

—Ok. Te puede parecer extraño, pero si necesitas algo…Hablar o lo que sea, y no encuentras con quien, no dudes en venir. Dicen que soy buena escuchando y dando consejos.

—Lo tendré en cuenta —respondía procurando mostrarse tranquila—. Gracias. Eh, será mejor que me marche. Los chicos ya deben de estar comiendo, y me voy a quedar sin…

—Adelante —le dijo interrumpiéndola, y de nuevo el malestar se apoderó de Rachel. Sabia que no la había creído, que María no se había tragado la excusa estúpida que le regaló, porque su gesto, su actitud la habían delatado frente a la camarera.

—Nos vemos —se despidió de ella, pero justo fue dar dos pasos hacia la salida y se detuvo, volviendo a buscar la mirada de María— Oye… ¿tú crees que en el amor y en la guerra, todo vale?

—Prácticamente.

—¿Prácticamente?

—Puedes luchar con todas tus armas para conseguir el amor, pero recuerda que siempre hay daños colaterales. No creo que quieras hacer daño a la persona a la que amas, ¿no?

Rachel se mostró pensativa.

—Esta tarde tengo cosas que hacer, pero… ¿Qué te parece si mañana me paso cuando estés más desocupada, y hablamos? Tal vez si me vendría bien algún que otro consejo.

—Pásate por la tarde, tendré tiempo.

—Ok, gracias…Te has convertido en una especie de ángel guardián para mí.

—Bueno, me conformo con ser una buena amiga. ¿Te parece?

—Mucho mejor… Hasta mañana, María —volvía a despedirse tras recibir la sonrisa de la chica.

Esta vez no se detuvo, y regresó a la calle, dispuesta a llegar a su casa de una vez.

Aquel pequeño susto eliminó por completo la euforia que sentía al recordar que había logrado encontrar de nuevo aquella orquídea amarilla. Ahora su mente se veía envuelta en multitud de pensamientos, todos ellos que la invitaban a abortar todos sus planes, y regresar a Nueva York para seguir su vida, como lo había estado haciendo durante aquellos años, con la esperanza de regresar a la vida de Quinn sin temer por romper su corazón, otra vez.

Unos pensamientos que no la iban a abandonar durante aquel día.

Rachel accedía al apartamento y se encontraba con Dana, Michael y Quinn sentados en la mesa, comiendo y charlando animadamente.

—Hola chicos —saludaba un tanto entristecida, algo que ninguno de ellos pudo percibir, excepto Quinn.

—Hola…

—Hola Rebecca. ¿Has comido ya? —cuestionó Dana.

—No, aún no comí.

—Pues estás a tiempo. Hemos comprado alitas de pollo y hamburguesas.

—Mmm, lo cierto es que no tengo demasiado apetitito —se excusó.

—Vamos, siéntate. Aún no hemos compartido la mesa los cuatro juntos —dijo Michael.

—Sí, siéntate. Vamos.

—Ok…Pero me voy a hacer otra cosa. No, no me apetece comer hamburguesas.

—Pues están deliciosas —replicó Michael—. Deberías aprovechar la ocasión, porque probablemente no queden después de esta…

—Chicos —interrumpió Quinn hablando por primera vez—. No seáis insistentes. Os olvidáis que Rebecca es chef, y es probable que odie la comida rápida, ¿verdad?

—Eh…Mas o menos la verdad es que no me apetece.

Otra excusa más y otro peso que caía sobre su espalda.

¿Cómo iba a estar allí tanto tiempo buscando absurdas excusas sobre la comida, solo por evitar que Quinn pudiera tener otra razón mas para pensar que era Rachel? Era imposible, no quería seguir cargando aún más con un secreto tan absurdo.

—Pero esto ni siquiera se puede considerar comida rápida —se quejó Dana—. Son naturales. Es carne, con lechuga, tomate, cebolla y queso. Es todo natural, no es de ningún restaurante de comida rápida. Las hacen en…

—Lo cierto…—susurró Rachel acercándose a la mesa, y cortando la explicación de Dana— Lo cierto es que no como esa comida.

—Os lo dije —masculló Quinn—. Es chef, seguro que come cosas más sanas.

—No, no es por eso, Quinn. Es, bueno, yo soy vegetariana —confesó buscando la reacción de la rubia.

Pero para su sorpresa, no fue lo que esperaba.

Quinn esbozó una leve sonrisa al tiempo que bajaba la cabeza. Fueron Dana y Michael los que se miraron confusos.

—¿Eres vegetariana? —cuestionó Dana.

—¿Por qué no has dicho nada?

—Porque no me gusta decirlo. Estoy cansada de explicar continuamente mis motivos —trató de sonar convincente, pero sus ojos seguían observando a Quinn, que continuaba con su comida, como si no le importase o no tuviese nada que decir al respecto.

—Ya, pero no es lógico que te calles algo así. De hecho, la otra noche casi te obligo a comer ostras. Además, si lo hubieras dicho, lo habríamos tenido en cuenta para la compra común.

—Ok, lo siento —se disculpó—. No pensé en eso.

—No tienes que disculparte por ser vegetariana —interrumpió Quinn.

—No me disculpo por ser vegetariana, me disculpo por no haberlo dicho.

—Va, dejaros de disculpas y siéntate —dijo Dana—. También hay ensaladas y demás cosas que si puedes comer.

—Ok, traigo, traigo esto —añadió Rachel dejando la caja de galletas sobre la mesa—. Las he comprado en el Brooklyn.

—¿Qué es? —cuestionó Quinn.

—Galletas —dijo Michael—. Está todo el mundo loco con esas galletas.

—Están deliciosas. Luego voy a bajar a comprar más.

—No es necesario —interrumpía Rachel tomando asiento, dispuesta a servirse de la ensalada que Dana le había ofrecido—. Puedes comer de éstas, las he traído para todos.

—Yo quiero tener una caja para mí —respondía sonriente—. A veces me despierto por la noche con hambre, y tener galletas en tu habitación es un buen punto.

—Quinn, en la habitación hay que tener otras cosas, no galletas —masculló Michael tras morder su hamburguesa.

—¿Qué otras cosas?

—Chicas.

—¡Michael! —recriminó Dana.

—¿Qué? Es cierto. Una habitación solo necesita una cama y una chica…o dos…o tres.

—Pufff…

—Seguro que Rebecca piensa igual que yo, ¿verdad? —espetó guiñándole un ojo a la morena.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Por qué a ti también te gustan las chicas. ¿No?

—Ah…es eso —se ruborizó—. Si, bueno, quiero decir, que no pienso así.

—¿Ah no?

—No, hablas de las chicas como si fueran un mueble que puedes colocar en tu habitación —le replicó sorprendiendo al resto—. Para mí es algo especial.

—¿Algo especial?

—Claro…Despertar en mitad de la noche y poder abrazar a alguien en tu cama, es especial, es único. Y la verdad, prefiero solo una. No dos, ni tres… Con una es suficiente.

—¿Ves? Eso sí gusta a las chicas —musitó Dana dirigiéndose a su chico.

—Bla…bla. Palabras, muchas palabras, pero en el fondo, vosotras también pensáis como yo. Y eso del romanticismo está bien, pero cuando apetece sexo, se te olvida todo.

—Dios, de verdad no soporto cuando hablas así.

—Es cierto. Vamos Dana, eso de que las chicas no pensáis en sexo es una completa estupidez.

—No estoy diciendo eso, solo digo que nosotras nos callamos, y no decimos las cosas que tú estás diciendo.

—¿Y de qué sirve callarse? A ver Rebecca, ¿a qué seguro que más de una chica solo te ha pedido sexo y no que seas romántica?

—Eh…—dudó. Su mirada volvía a posarse sobre Quinn. Ella era la única chica que se había atrevido a proponerle solo sexo, pero evidentemente, no iba a comentarlo.

—Eso es un sí.

—No ha dicho nada, ni siquiera le dejas hablar.

—Ok. ¿Cuántas te lo han propuesto? —cuestionó de nuevo.

—Chicos… ¿No creéis que no es una conversación adecuada mientras comemos? —interrumpió Quinn tras intuir las dudas y el mal trago que la morena parecía estar sufriendo.

—Aguafiestas.

—Basta Michael, Quinn tiene razón. Rebecca va a pensar que solo hablamos de lo mismo.

—No os preocupéis, a mí no me molesta…Es solo que tengo poco que decir de ese tema. No me gusta ir contando mis experiencias —trató de mostrarse serena.

—A ver si aprendes de ella, Mike —susurró Quinn.

—Ok. ¿Podéis dejar de atacarme? ¿Por qué os poneis siempre en mi contra?

—Porque lo que dices es para que todo el mundo te replique.

—Ok. Ok… Dios. Estoy por adelantar el viaje…

—¿Viaje? —cuestionó Rachel— ¿Te vas?

—Nos vamos —interrumpió Dana—. Michael y yo nos vamos unos días a Miami.

—¿Por diversión o…?

—Sí, es mi regalo de cumpleaños.

—Oh, genial. Me alegro. Dicen que Miami es espectacular.

—Lo sé. Es el mejor regalo que me han hecho nunca.

—Os vamos a dejar a solas —musitó Michael.

—¿Cuándo os vais?

—El miércoles por la tarde, y volvemos el domingo. Así que tenéis la casa para vosotras solas.

Quinn volvía a gesticular de forma extraña tras aquel inciso realizado por el chico, gesto que tanto Dana como Rachel percataron.

—Ok. Entonces tenemos la casa para hacer una mega fiesta, ¿verdad, Quinn? —trató de bromear.

—Sin duda. La haremos —respondió. Y el tono que usó puso en alerta a Rachel, que fue consciente en ese mismo instante de la situación.

Realmente, Quinn iba a por todas, y no sólo ella se había dado cuenta, también lo hicieron Dana y Michael, que disimuladamente, trataban de contener la risa.

Un disimulo que se prolongó durante toda la hora en la que estuvieron sentados en aquella mesa, tratando de sacar otros temas de conversación más apropiados para la ocasión.

—¿Qué vas a hacer ahora, Quinn?

Dana ya terminaba de recoger los últimos platos mientras Rachel, ya en la cocina, se disponía a colocarlos en el lavavajillas. Michael acompañaba a su chica en aquella tarea. Solo Quinn parecía librarse de aquello, pero ocupaba su tiempo tratando de llevar a cabo una tarea que se le antojaba realmente complicada.

Abrir su ordenador sin poder verlo, era una auténtica locura. Una estupidez, pensaba, pero necesitaba hacerlo para algo importante.

—He recibido una notificación, me han envidado un informe médico desde el hospital, y necesito descargarlo e imprimirlo.

—¿Quieres que te eche una mano?

—No, quiero saber si soy capaz de hacerlo yo sola.

—Estás loca. ¿Cómo vas a descargar un archivo sin ver? —preguntó Michael.

—Quiero intentarlo.

—Tú sabrás. Yo me marcho, en media hora tengo que estar en la comisaría.

—Ok, espero que sea tranquilo el turno.

—Eso espero —respondía despidiéndose de su chica con un improvisado beso que sorprendió a Rachel.

—Yo también me marcho al estudio de Samuel. ¿Quinn, estarás bien?

—Sí, nos preocupéis.

—Yo estaré por aquí, así que va a estar acompañada —dijo Rachel terminando de acomodar los últimos platos.

—Ok, pues luego nos vemos.

—Si tú lo dices —masculló Quinn con sarcasmo.

—Adiós, Rebecca. Adiós señorita que no necesita ayuda, y desprende sarcasmo por cada poro de su piel…—se dirigió a Quinn dejándole un pequeño golpe en la espalda.

—Adiós becaria —respondía sonriente.

—Oye —espetó Rachel tras esperar un tiempo prudencial para que ni Michael ni Dana pudieran oírla—, no sé si lo sabes, pero se acaban de besar.

—Lo sé.

Rachel no apartaba la mirada de Quinn, que, sentada en el sofá, le daba la espalda en todo momento.

—¿Están juntos?

—Sí, al parecer se van a dar una oportunidad. Así que has tenido suerte…O no.

—¿Por qué dices eso? ¿Qué tengo yo que ver en su relación?

—Bueno, has tenido suerte porque no vas a tener que sufrir sus peleas. Pero tampoco puedes cantar victoria, las reconciliaciones son mucho peor.

—¿No tienen un término medio?

—No. O son odiosos, o son tan cariñosos que cansan.

—Bueno. Supongo que es normal. Siempre pasa al principio de las relaciones, ¿no? Yo no le doy importancia. No me molesta que sean cariñosos.

—Ya, eso ya lo sé. Sé nota que eres una romántica empedernida.

—¿Romántica? ¿Yo?

—Eres tú la que ha dicho eso de, despertar de madrugada y tener a alguien a quien abrazar —respondía divertida.

—Oh…Es eso —murmuró acercándose a ella—. Bueno, eso no significa que sea una romántica empedernida. Es algo sensato decir que tener a alguien a quien abrazar, es especial. ¿No crees?

—Si, es sensato siempre y cuando no vayas pregonando por ahí que en tus planes no entra el enamorarte.

—Que no quiera enamorarme en esta ciudad, no significa que no lo haya hecho nunca —respondía tomando asiento en el sofá contiguo.

—¿Te has enamorado en esta ciudad antes?

—No, antes no —respondía sonriente—, pero si me he enamorado en otras ciudades.

—¿En otras ciudades? Hablas en plural… ¿Tienes un amor en cada puerto?

—No, tengo un amor en un puerto…Solo uno.

—¿Estas enamorada? —cuestionó sorprendida.

—Eh…bueno, digamos que mi caso es como el tuyo, pero distinto.

—No te entiendo.

—Yo estoy enamorada y si deseo estar con esa persona.

—Ah… ¿Y por qué no lo estás?

—Porque esa persona no quiere estar conmigo —fue directa—. De hecho, no creo que ni sepa que estoy enamorada de ella.

—Pues eso tiene fácil solución. Conquístala. Estoy convencida de que lo harás en un abrir y cerrar de ojos.

—Tengo que hacer muchas cosas antes de eso…

—Oh… Entiendo.

—¿Qué entiendes?

—Pues que antes prefieres divertirte un poco, ¿no?

—Lo intento…Eh, oye, ¿necesitas que te eche una mano?

—¿Solo una? —replicó confundiéndola.

—¿Una? —susurró inocentemente, y la risa en Quinn se hizo visible—. Ok, acabo de pillarlo —reaccionó—. Me tengo que acostumbrar a tu humor.

—Deberías… O al menos, a reformular las preguntas de forma que yo no termine diciendo cosas como esa.

—Ok. Tal vez un… ¿Necesitas que te ayude con el ordenador?

—Así mejor —respondió Quinn divertida—. Y no, no es necesario que me ayudes. Puedo manejarme sola.

—¿Seguro? ¿Cómo puedes manejar el ordenador sin ver? Es impresionante.

—Hay programas que te ayudan, pero básicamente es recordar el teclado. Puedo manejarlo desde ahí, así que no hay problemas.

—Pues a mí me sigue pareciendo una odisea.

—Mmm… ¿Y sería una odisea si me sirves a mí también ese café que estás preparando?

—¿Cómo sabes que preparo café?

—Porque tengo superpoderes, y porque por ahora, y por suerte, soy capaz de distinguir el olor del café, y el sonido de esa cafetera que tienes puesta en la cocina.

—Cierto… Había olvidado que tenías superpoderes —replicó divertida—. Ok, te pondré una taza de café.

—Gracias.

—¿Y es muy importante eso que estás haciendo? —preguntaba al tiempo que regresaba a la cocina dispuesta a servirle la taza de café.

—Es un simple informe médico, nada más.

—Perfecto. ¿Cómo quieres el café? ¿Solo, con azúcar…?

—Contigo.

—¿Qúé?

—Es broma, Rebecca —musitó de nuevo sin poder evitar la sonrisa—. Una cucharada de azúcar.

—Ok. Ok, hoy estoy un poco descentrada —se excusó Rachel llevando preparándole la taza de café, y sin poder evitar sonreír también—. Y tú estás hoy realmente divertida.

—Solo, bueno me dieron buenas noticias y tengo buen humor. De ahí que me crea graciosa y bromee con todo.

—¿Graciosa? —cuestionó procurando sonar divertida, al tiempo que colocaba la taza de café frente a ella.

—Mmm, eso ha sonado a sarcasmo. Y me lo tengo merecido. Sé que mis bromas pueden ser un poco pesadas…

—Ten cuidado, tienes la taza de café junto al ordenador, y quema demasiado.

—Gracias…

—¿Así que reconoces que tus bromas son pesadas?

—Por supuesto. De hecho, no tengo un sentido del humor demasiado hilarante. Mis bromas pasan de ser desapercibidas a molestas.

—Supongo que me acostumbraré.

—Eso espero. Si no, me temo que lo puedes llegar a pasar un tanto mal.

—No, no lo creo —respondía Rachel al tiempo que tomaba asiento junto a ella, y la observaba completamente inmersa en su ordenador. Un pequeño indicador guiaba a Quinn por la pantalla, y dejándola totalmente sorprendida por la fluidez con la que lograba usar el dispositivo.

Algo que ella jamás habría imaginado que Quinn fuese capaz de hacer, y que volvía a activar las dudas sobre su papel en toda aquella historia. Quinn era completamente independiente y se encargaba cada día de demostrarlo. Solo necesitaba ayuda en cosas que tarde o temprano, lograría llevar a cabo por ella misma.

—Ten cuidado —le dijo tras ver tanteaba con sumo cuidado sobre la mesita, y buscaba la taza de café—. Está muy caliente...

—Lo sé, puedo sentirlo…—sonreía justo en el instante en el que, tras hacerse con el asa, se acercaba la taza a los labios— Es verdad, quema —susurró tras dar un pequeño sorbo.

Rachel la observaba. Realmente le parecía increíble estar allí en aquel instante, mirando a Quinn sin que ésta fuese consciente de quien realmente estaba a su lado, y con una leve sonrisa tras ver la mueca que Quinn mostraba tras detectar el calor que desprendía el café.

—Creo que es mejor que lo deje enfriar un poco.

—Sí, será lo mejor.

—¿Te gustan las cosas así de calientes? —cuestionó inocentemente.

—Depende —bromeó, provocando que Quinn fuese consciente del juego de palabras y el doble sentido que le había dado.

—Ya…Depende.

—Todo en esta vida depende de algo —respondía—. Mmm, me temo que voy echarle un poco más de azúcar. ¿Necesitas más?

—No. Me gusta fuerte —respondió divertida— ¿Qué cosas dependen en esta vida? —añadió evitando dar por finalizada la conversación, mientras Rachel no dudaba en levantarse del sofá, y regresar a la cocina, dispuesta a tomar un par de terrones de azúcar para su café. Algo evitó que lo hiciera. Un sonido, o tal vez fue la intuición de ese sonido, lo que la hizo girarse, y fuese testigo del drama.

—¡Oh dios, dios! ¡Me quemo, me quemo!

—¿Quinn? —corrió hacia ella—¿Qué te pasa?

La rubia se había levantado rápidamente del sofá. La taza de café permanecía tirada sobre el portátil y parte del café, mojaba su blusa.

—Oh dios…¡Aww! —exclamó quejándose completamente nerviosa y tratando de despegar la prenda de su piel—. Quema, quema…

—Quinn, ¿qué ha pasado? —trató de ayudarla.

—No sé, solo sé que se me ha caído la taza…Dios.

—Ven aquí —masculló tirando de ella para apartarla del sofá—. Está todo lleno de café.

—No, mejor di que el café está sobre mí —se lamentó.

—¿Te has quemado?

—Sí…Muchísimo.

—Quítate la blusa, Quinn. Voy, voy a por algo húmedo —le dijo, y Quinn, rápidamente, comenzó a desabrochar la blusa mientras Rachel optaba por buscar una servilleta y mojarla, con la firme intención de aliviar el dolor que, a juzgar por el rostro descompuesto de la rubia, debía ser intenso— ¡Oh dios! —exclamó tras regresar a ella, y descubrir como una enorme mancha rojiza aparecía en parte del pecho y el vientre de la rubia.

—¿Tengo, tengo algo?

—Está, está todo enrojecido, Quinn. ¿Te duele mucho?

—Dios… No, no me duele demasiado, pero me he asustado.

—Ok, relájate… Supongo que solo será el efecto del calor —espetó al tiempo que presionaba con suavidad sobre la piel, colocando el papel húmedo sobre ella.

—Vale…Eso es agradable.

—¿No te hago daño?

—No, no, para nada. Me alivia…

—Me alegro. Menuda suerte tengo. ¿Te vas a quemar cada vez que estemos hablando? —masculló sin perder de vista la huella que el café había dejado en su barriga.

—Tienes razón. Lo siento, no es algo que me haya propuesto, pero, te tengo que confesar que ahora mismo tengo pocas quejas —terminó susurrando, provocando que Rachel alzara la vista, y buscase su rostro.

Fue en ese mismo instante cuando fue consciente de la situación, de cómo sin apenas darse cuenta, se encontraba aliviando el resquemor que Quinn tenía sobre su torso, con ella en sujetador, y una traviesa sonrisa que se dibujaba en su rostro poco a poco.

—Oh dios —susurró. Apenas fue un suspiro, pero fue suficiente para que Quinn lo percibiera, y diera un paso hacia ella, tratando de acortar distancias.

—¿Cómo…como estoy? —le preguntó, cuando la mano de Rachel había dejado de ejercer presión alguna en su vientre, y simplemente la mantenía ahí, anclada— ¿Me ha dejado marca?

—Eh…Un poco —acertó a responder con apenas un hilo de voz, sin siquiera comprobarlo. Rachel no pudo desviar la mirada de ella, de sus ojos buscando un punto fijo, y sus labios, que quedaban a apenas un palmo de su rostro.

—¿Dónde está la huella? —cuestionó acertando de lleno en tomar la mano de la morena, y acercarla hasta su abdomen, incitándola a que le indicase donde se había producido la mayor reacción.

—Está…Por aquí —le dijo apenas rozando con la yema de sus dedos sobre la piel de la chica, que, sin previo aviso, fue erizándose—. Toda esta zona…Y por aquí —añadió mientras ascendía lentamente, y se detenía justo en el centro de su pecho.

—¿Solo hasta ahí? —volvía a preguntar en forma de susurro.

—También…También tienes por…—tragó saliva al alzar la mirada y posarla sobre el pecho de la chica.

—¿Por dónde? —insistió acercándose aún más, dejándose guiar por los suspiros que Rachel acertaba a dejar escapar, y sabiendo que había perdido todo control.

—Por…tu…—era tarde. Alzar la vista hasta su rostro, supuso descubrir como Quinn había logrado detener su mirada justo frente a sus ojos, a escasos centímetros de sus labios, dispuesta a entregarle un beso que no se merecía, pero que le resultaba imposible rechazar.

—Quinn —susurró lamentándose.

—Shh…

Su aliento. Rachel volvía a sentir la calidez de la respiración de Quinn sobre sus labios, esperando impaciente que fuese su piel la que terminase por destrozar el poco sentido común que aún conservaba.

—¡Quinn! He olvidado que tenía que…. —se detuvo. La voz de Dana detuvo el avance de la rubia sobre Rachel. Dana accedía al interior del apartamento y se encontraba de lleno con la escena, logrando que Rachel se apartara rápidamente de Quinn—. Ups…

—¿Qué ocurre Dana? —cuestionó rápidamente al tiempo que lograba colocarse la blusa, dándole la espalda a la chica en todo momento.

Fue Rachel la que tuvo que enfrentarse a la incrédula mirada de Dana, y la que tuvo que soportar el rubor ocupando por completo su cuerpo.

—Nada…Bueno, si quería algo, pero no quise molestar —balbuceó.

—Pues habla —respondía Quinn malhumorada.

Rachel supo que, para Quinn, aquella interrupción no había sido un golpe de suerte como lo fue para ella. Y lo supo por el cambio brusco de su actitud.

—Nada, quería saber si me puedes acompañar esta tarde. Necesito comprar algunas cosas para el viaje y…Bueno, me gustaría que me acompañaras.

—Ok. Podrías haberme avisado por mensaje, no era necesario que te volvieras.

—Me llamó Samuel, va a tardar un poco en llegar al estudio y me volví —se excusó— ¿Qué te ha pasado? —cuestionó al descubrir la gran macha de café sobre la blusa de Quinn.

—Un accidente…

—¿Café? —miró a Rachel— ¿Le has lanzado café?

—No, yo no…Ha sido un accidente…

—Ha sido mi culpa —intervino Quinn—. Se me ha resbalado la taza o no sé, lo cierto es que Rebecca estaba ayudándome, como buena compañera —se excusó.

Pero de poco sirvió.

Dana no dio por valida aquella excusa y se limitó a dibujar una leve sonrisa en su rostro, completamente distinto al gesto que mostraba Rachel.

—Pues pobre ordenador —se acercó.

—Oh dios —Rachel volvía a susurrar al ser consciente de cómo el café había inundado el teclado del portátil de la rubia, y cómo se había apagado.

—¿Qué? ¿Qué le pasa al ordenador?

—Me temo que te has quedado sin él.

—No, no me jodas.

—Está apagado y tiene café por todos lados.

—Mierda…mierda— se dejó caer sobre el sofá—. Necesito ese ordenador. Maldita sea.

—No te preocupes Quinn, seguro que si lo llevas al servicio técnico lo arregla.

—Si, y me lo devolverán dentro de dos o tres semanas, como siempre.

—No seas dramática —intervino Dana—. Seguro que Dave lo puede mirar.

—¿Dave? —masculló Rachel casi por inercia.

—Es un amigo —respondió Quinn.

—Oh. Ok.

—Tienes razón, Dana —añadió Quinn—. Le diré a Dave que lo mire, seguro que sabe arreglarlo.

—Claro.

—Ajam… Cuando venga.

—¿Cuándo venga? ¿Viene, viene hacia aquí? —insistió Rachel sintiendo como los nervios empezaban a adueñarse de nuevo de su cuerpo, pero esa vez, sin tener nada que ver con lo que le provocaba tener a Quinn a escasos centímetros.

—Si. Viene a visitarme…

—Oh… ¿No es de San Francisco?

—No, es de Chicago. Como tú.

—Oh… Genial —balbuceó procurando controlar el temblor en su voz.

—Sí, ahora que lo pienso —volvió a hablar Quinn—. Va a ser divertido cuando os conozcáis.

—¿Cuándo nos conozcamos? —tartamudeó.

—Ajam…Será pronto.

—¿Cómo de pronto? —balbuceó.

—Muy pronto. El próximo domingo…