Capítulo 14


A LA MAÑANA siguiente, Sakura se montó en el todoterreno de Sasuke, aparcado frente al restaurante para ir a recoger a Sarada a la escuela, como los padres normales recogían a sus hijos.

Habían decidido volver a la casa de la playa para intentar que las cosas fueran mejor que la vez anterior. Sarada tendría un hogar en Grecia y otro en Inglaterra, le había dicho Sasuke a Sakura la noche anterior al dejarla en el restaurante, y un estudio musical para ella sola. Eso le había parecido muy bien a Sakura. Aunque fuera a perderlo todo, incluso su corazón, por Sasuke, no podía rechazar semejante oportunidad para Sarada.

–¿Has dormido bien? –preguntó él en tono seco al tomar la calle principal.

–Sí, ¿y tú? –preguntó ella con inocencia, aunque no había pegado ojo.

La noche anterior le había dicho a Sasuke que la dejara en el restaurante, pero él deseaba llevarla a la casa de la playa, donde podrían hace el amor cómodamente. Ella se había negado a esa clase de compromiso. Despertarse al lado de Sasuke deseando lo que no podía tener no ayudaría a nadie, y necesitaba tener la mente despejada para decidir qué debía hacer para que los cambios de su nueva vida no fueran bruscos para Sarada.

Esta los esperaba a la puerta de la escuela y todo parecía ir bien. Sarada estaba encantada de volver a la playa y Sasuke también.

–Tengo un regalo para ti –dijo Sasuke a su hija al entrar en la casa.

–¿Para mí? –preguntó la niña, emocionada.

Seguía siendo una niña, pensó Sakura. A Sarada le encantaban los regalos y ella apenas podía hacérselos.

Sasuke las condujo a la habitación en la que Sakura había imaginado, en su mundo de fantasía, que estaría el estudio de Sarada. En un rincón estaba el gran piano y, sobre el asiento, una funda de violín.

–El violín es para ti, Sarada. Considéralo un regalo de Navidad adelantado.

–Estamos en junio –dijo Sarada con voz apenas audible.

El corto comentario fue todo lo que necesitó Sakura para darse cuenta de que su hija no estaba bien. Conocía sus estados de ánimo.

Sarada le demostró que estaba en lo cierto por la falta de vitalidad con que cruzó la habitación. Rozó la funda del violín con la punta de los dedos.

–¿No vas a abrirla? –le preguntó Sakura al tiempo que miraba ansiosamente a Sasuke, que también estaba tenso.

La niña no dijo nada. Abrió los cierres y la tapa y retrocedió.

–¿Pasa algo? –preguntó Sasuke.

Sarada había palidecido al volverse hacia ellos y, en vez de decir lo que hubieran esperado, se limitó a preguntar:

–¿Va a cambiar todo ahora?

–No, claro que no –dijo Sakura corriendo hacia ella y abrazándola.

–¿A qué te refieres? –preguntó Sasuke.

Sakura y él se miraron por encima de la cabeza de Sarada. Esta se soltó de los brazos de su madre y se lo explicó.

–Sé que ese instrumento es muy valioso y que debiera estarte agradecida. Es un hermoso detalle y te lo agradezco. Pero es demasiado bueno para mí, sobre todo porque no sé si seguiré tocando el violín cuando crezca.

Sus palabras cayeron como un mazo sobre Sakura. Le pareció increíble no haberse dado cuenta antes de las dudas de su hija, y se sintió culpable inmediatamente. ¿Había llevado a su hija por un camino equivocado? No estaba segura de nada.

Ni siquiera Sasuke supo qué decir. Sin embargo, Sarada no había terminado.

–Mi madre tuvo que trabajar mucho para comprarme mi primer violín –explicó pacientemente a Sasuke, con toda la seriedad de una niña de diez años–. Trabajó muchas horas y fue pagándolo a plazos hasta que me lo pude llevar a casa. Lo habíamos visto en una tienda de empeños. Mi madre le rogó al dueño que no se lo vendiera a nadie. Y hay algo más. ¿Puedo contárselo? –preguntó a Sakura.

–No –respondió ella lanzándole una mirada de advertencia.

–¿El qué? –preguntó él.

–Nada – contestó Sakura a toda prisa.

–¿Ahora hablas por tu hija?

Durante unos segundos, Sarada lo miró como si quisiera matarlo y, a pesar de lo contenta que estaba Sakura de que su hija hubiese salido en su defensa, sabía que ese no era el modo de acercarlos.

–Sarada, por favor... –la previno, pero la niña no se detuvo.

–Mi madre tuvo que vender algunas cosas en la tienda de empeños, cosas especiales a las que estaba muy apegada, para poder pagarme todos los extras que necesitaba en la escuela y el violín. ¿Por qué iba yo a querer otro instrumento cuando el que tengo se compró con tanto amor?

Se produjo un largo silencio.

–Tal vez cuando seas mayor –sugirió Sakura para romperlo.

–No. Si sigo tocando el violín, ningún otro significará tanto para mí. La única razón por la que toco tan bien es porque tú me lo compraste. Puede que, de mayor, no desee ser músico profesional, sino piloto, ingeniera o actriz.

–Serás lo que quieras ser –afirmó Sakura.

El rostro de Sasuke no revelaba expresión alguna, y a Sakura casi le dio pena. No todo se podía comprar con dinero. Un vacío de once años no era fácil de llenar. Era algo que ambos debían aceptar.

–Tienes razón, Sarada –dijo él–. Tendría que haberte preguntado lo que querías antes de haberte comprado el violín.

–No, está bien. Es precioso –observó la niña, deseosa de reparar el daño.

No era una niña cruel, sino sensible, como demostraba cuando tocaba. Sabía cuándo había herido a otra persona. Sakura se sintió orgullosa de ella.

–¿Puedes devolverlo y recuperar el dinero? –preguntó la niña.

–Desde luego.

–No te molesta que tal vez no desee ser violinista profesional, ¿verdad? –preguntó Sarada a su madre.

–Es tu vida. Tienes que seguir tu camino.

–Sabía que lo entenderías –contestó Sarada sonriendo–. Y te prometo que recuperarás la alianza matrimonial de tu madre. Yo te lo devolveré. ¡Ay! No tenía que haberlo dicho.

Sakura la tranquilizó con una sonrisa. Temía que su hija acabara como ella: sintiéndose culpable a todas horas. ¿Qué más daba que hubiera revelado su secreto? Era la verdad. Nunca había tenido dinero suficiente para recuperar el anillo de su madre.

Quería que Sasuke supiera que apreciaba su gesto y que entendía que intentaba compensar los años perdidos juntando los regalos de todos ellos en uno solo que fuera fabuloso. Pero, como no conocía a Sarada, su gesto había fracasado.

Una semana después, Sasuke miraba despegar el avión en que Sakura y Sarada volvían a Londres. Los días anteriores se había esforzado para enmendar su error del violín, y la recompensa había sido ver que Sarada volvía a relacionarse con él como cuando no sabía que eran padre e hija.

Entendía la defensa incondicional que Sarada hacía de Sakura y la admiraba por ello. Como Sakura le había dicho, Sarada necesitaba tiempo para asegurarse de que las cosas irían a mejor, no a peor. Y Sasuke estaba dispuesto a esperar lo que fuera necesario. Por primera vez en su vida, no podía permitirse ser impaciente. Sarada le importaba demasiado.

Al dirigirse al coche se dio cuenta de lo solo que se sentía entonces, cuando ya se habían ido. ¿Se había sentido siempre así? No, nunca había echado a nadie de menos hasta ese día.

Se quedó junto al vehículo mirando el cielo hasta que el avión que se llevaba a Sarada y Sakura se convirtió en un punto y desapareció. Se montó en el coche y arrancó.

¿Volvería Sakura a Grecia?

Siguió escrutando el cielo en la dirección que había tomado el avión, por lo que estuvo a punto de meterse en la cuneta, lo que evitó enderezando el volante.

Tal vez hubiera llegado también el momento de enderezar su vida y su forma de pensar.

Sarada estuvo leyendo durante todo el vuelo, por lo que Sakura tuvo mucho tiempo para pensar. Los últimos días, todo había sido casi perfecto en la isla. Si había un problema, era ella, por su exceso de precaución. Ella no era así, pero tenía que asegurarse de todo en beneficio de Sarada.

¿Tenía razón Sasuke al decirle que ella debiera tener vida personal? ¿Se merecía su hija una madre que no viera más allá de sus narices? ¿Estaba asfixiando a la niña? ¿Por eso había dicho Sarada que tal vez no se convertiría en violinista profesional?

Por otra parte, Sasuke parecía haber entendido la situación. Su familia estaba encantada con la niña y, cuanto más los conocía Sakura, más se convencía de que sería bueno para Sarada relacionarse con sus abuelos.

Además, estaba el problema de Sakura y Sasuke y de hacia dónde iban, si es que iban a algún sitio.

Cuando el avión inició el aterrizaje, el cielo estaba cubierto. Se produjeron turbulencias, y Sakura ahogó un grito y se agarró con fuerza al reposabrazos.

–¿Qué pasa? –preguntó Sarada.

–Nada. Todo va muy bien.

Entonces, ¿por qué le costaba tanto convencerse de que era así? ¿No podría hacer lo que Sasuke le había pedido una vez: confiar en él?

Esas dudas se negaban a abandonarla. Suspiró aliviada cuando el avión atravesó las nubes y aterrizó sin problemas.

Sakura dio un beso de despedida a Sarada en la puerta del internado donde la niña vivía durante el curso escolar. Volver a casa en autobús nunca le resultaba fácil a Sakura después de dejarla. Se ponía triste. Y ahora se sentía muy desanimada porque sabía que no era totalmente seguro que su hija se fuera a dedicar a la música en el futuro.

Sakura tendría que tomar decisiones importantes muy pronto. Si Sarada decidía que no quería seguir interna, ella se pondría muy contenta, ya que la vería todos los días. Las complicaciones que eso le supondría las iría solucionando. Debería tener un horario flexible, pensó mientras abría la puerta de su casa. Y esperar que, trabajando a tiempo parcial, ganara lo suficiente. Siempre había hallado soluciones a los problemas, por lo que no había motivo alguno para creer que no pudiera volver a hacerlo.

La casa donde tenía su habitación estaba vacía. Los dueños habían salido.

Sakura recogió el correo y llevó la maleta a la habitación. Lo primero que haría sería tomarse un café.

Echó un vistazo al correo. Buena parte iría a la basura, pero había un sobre con el nombre de un bufete de abogados. Al verlo, se asustó.

El café tendría que esperar. La última vez que había visto ese nombre había sido once años antes, en el juicio contra su padre.

Ni siquiera se quitó la chaqueta. Abrió el sobre y sacó la carta.

Por primera vez se alegró de que la habitación fuera tan pequeña y la cama estuviera justo detrás. Se dejó caer en ella temblando.

¿Era eso a lo que Sasuke se refería cuando hablaba de confianza? La confianza era algo tan efímero como el humo, un estado de ánimo propio de idiotas y de románticos. Y ella había demostrado que era ambas cosas, concluyó después de leer la carta dos veces.

El abogado de Sasuke Uchiha le pedía, no, le exigía que se llevara a cabo una prueba de ADN para establecer si había un vínculo genético entre Sasuke y Sarada, en el hospital de su elección, lo antes posible.

Como comprenderá, mi cliente es un hombre muy rico y debe tomar razonables precauciones. Una prueba de paternidad legal dejará solucionados asuntos como la manutención de la niña, su custodia, el régimen de visitas y la herencia, así como los requisitos de inmigración.

Este bufete se encargará de supervisar que las muestras se tomen siguiendo todos los requisitos legales...

Seguía más jerga legal, pero Sakura ya había leído lo suficiente. No la había trastornado tanto la petición de los representantes legales de Sasuke como el hecho de haber estado con él unas horas antes sin que le hubiera mencionado la carta.

No se le había ocurrido que Sasuke dudara que fuera el padre de Sarada. Sakura era virgen cuando se conocieron y él lo sabía. No había vuelto a acostarse con nadie, y él también lo sabía. No había la más mínima duda de que Sarada era su hija. Y, sin embargo, ¿necesitaba pruebas?

Sakura ardía de indignación. Lo principal era proteger a Sarada al coste que fuera. Debía estar tranquila. No consentiría que se realizara la prueba. Al menos, era algo que podía hacer.

No permitiría que su hija pensara que le pasaba algo. Y en cuanto a lo que decía el abogado decía sobre que su acaudalado cliente debía tomar «razonables precauciones», que Sasuke lo hubiera hecho cuando hicieron el amor.

Sin embargo, Sakura había estado totalmente dispuesta y él había empleado protección. Pero esa noche lo hicieron muchas veces, por lo que cabía la posibilidad de que él no hubiera sido todo lo meticuloso que la situación requería. Ella también era responsable, desde luego. Pero dependía de ella que su hija no sufriera.

Pero lo que más la enfurecía era la forma en que Sasuke había hecho aquello. ¿Tan difícil hubiera sido decirle a la cara que quería realizar una prueba de ADN?

La oferta que le había hecho ella de darle tiempo para que fuera integrándose en la vida de Sarada le pareció una broma de mal gusto. Pensó que a Sasuke solo le interesaba proteger su cuenta bancaria. ¿Y cómo se sentiría Sarada, que había iniciado una relación tentativa con su padre, cuando le dijera que él necesitaba una prueba de que realmente lo era?

Si el amor incipiente era un nuevo brote, Sasuke lo acababa de pisotear. Sarada se sentiría desconsolada si se enteraba. Sakura no había olvidado el sentimiento de abandono que padeció de niña, y estaba resuelta a que Sarada no pasara por nada similar.

Todo se reducía a una sencilla pregunta: ¿era Sasuke Uchiha digno de ser el padre de Sarada?

Por lo visto, no. Sasuke tenía que elegir entre crear una relación con Sarada o no hacerlo. Y ninguna prueba podía cambiarlo.

Las veinticuatro horas previas a la adquisición de un billete para ir a Londres habían dejado a Sasuke en un estado de impaciencia y frustración. Al llegar a la ciudad se dirigió inmediatamente al restaurante griego. Teuchi estaba en la cocina. No había señal alguna de Sakura, y Teuchi lo recibió con inusitada frialdad.

–Está en su casa –le dijo con hostilidad–. Recuperándose –añadió de manera significativa.

–¿Está enferma? –preguntó Sasuke alarmado.

–Le duele el corazón –contestó Teuchi indicándole la salida con la mirada.

–Entiendo, me marcho. ¿Cuál es la dirección?

–Si Sakura hubiera querido que supieras dónde vive, te la habría dado.

–Necesito saberla –insistió Sasuke–. Y el número de su móvil, por si no está en casa.

–¿No te los puede dar tu abogado?

–¿Mi abogado? –Sasuke frunció el ceño–. ¿Qué tiene que ver mi abogado en todo esto?

La forma de encogerse de hombros de Teuchi le produjo escalofríos. El director de su equipo de abogados era de los que disparaba sin preguntar. Sasuke recordó la advertencia que este le había hecho y se alarmó.

–Dame la dirección y el número ahora mismo –le exigió en un tono que ni el leal Teuchi pudo pasar por alto–. Por favor –añadió suavizándolo, mientras su amigo lo miraba de forma agresiva.

Ver a Sakura era lo suficientemente importante como para olvidarse de su orgullo. Se había dado cuenta de lo que había perdido al marcharse ella de la isla. Habían comenzado a construir algo que podía destruirse fácilmente en esos primeros estadíos. Tenía que impedirlo sin demora. Ya había habido la suficiente por ambas partes.

–Si Sakura y Sarada te importan, ayúdame, por favor –rogó. Cuando Teuchi parpadeó sorprendido ante su evidente pesar, añadió–: Tengo que verla.

De mala gana, Teuchi garabateó algo en un papel y se lo entregó. Sasuke pensó que no debiera haber tenido que pedir la dirección de Sakura, sino que tenía que haberla sabido. Si de verdad le preocupaban Sakura y Sarada, debía conocer todos los detalles relativos a ellas.

Dio las gracias a Teuchi y se metió el papel en el bolsillo.

Salió a toda prisa del restaurante y se montó en el coche. Introdujo la dirección de Sakura en el GPS y se fue a toda velocidad. El director de su equipo legal siempre había actuado en beneficio de Sasuke, por lo que este le dejaba que tomara la iniciativa, en vez de aguardar a recibir instrucciones. Pero había ciertas cosas que su abogado no debiera controlar, y aquella era una de ellas. Si no solucionaba las cosas inmediatamente, Sasuke sería alguien que se habría dado cuenta demasiado tarde lo mucho que podía perder.

Aceleró hacia las afueras de la ciudad. Era hijo único y sus padres lo adoraban, por lo que había llegado al mundo envuelto en una nube de privilegios. Y esa sensación de tener derecho a todo había proseguido en su vida adulta. Veía algo y se apoderaba de ello; una conquista más que engrandecía su imperio.

Siempre había contemplado con claridad el camino que tenía por delante hasta que Sakura entró en su vida y cambió las reglas. Sakura lo había cambiado todo. Ni siquiera estaba seguro de que fuera a recibirlo.

Solo había una cosa cierta en su futuro inmediato: se lo iba a tener que ganar peleando.