Capítulo XXIX.
Una reina del sur
I.
La llegada de la primavera se celebra con coronas de flores y un banquete para despedir el invierno. No es muy diferente a otros días, pues el invierno deja a todos agotados y la primavera es el inicio de un nuevo ciclo. Mina y Denki hacen coronas de flores para todo el mundo. Eijiro le agrega escamas a la de Denki —y pasa horas perfeccionándola—; se la pone en la cabeza y por la manera en que el mago la porta, queda claro que es mucho más valiosa que todo el oro y la plata del mundo. Eijiro lo atrae hacia sí y le da un beso en la frente y lo alza por los aires mientras Denki le coloca su corona de flores, todas amarillas. «Como el sol», escucha Katsuki que le dice.
El Rey Bárbaro no tiene paciencia para las flores ni para las coronas, así que acude a Mina. Nunca antes se había molestado en participar en las festividades de manera activa, pero la bruja le salva el trasero eligiendo todas las flores rojas que encuentra, haciendo una corona enorme para Izuku, que Katsuki le pone sobre los rizos verdes con una sonrisa a medias. A cambio, recibe un ramo de flores, porque eso se acostumbra en el sur.
—Lamento no tener una corona —dice Izuku.
Pero no hay problema. Porque Denki y Eijiro hicieron una —aunque esta no tiene escamas rojas— que ahora cuelga de las astas del cráneo del ciervo. Por primera vez se puede caminar por todos los jardines del castillo, así que a Izuku no le cuesta encontrar un pequeño rincón donde estar a solas —la última vez que entrenaron acabaron teniendo público— al cual conducir a Katsuki.
Y Katsuki se deja conducir porque sigue hechizado por sus ojos —quizá desde el día que llegó— y se le hace difícil negarle nada. A veces se encuentra deseando construir sobre todos los malos momentos de Izuku, porque el príncipe no merece ni un grito ni una mala palabra. No merece nada malo, porque todo en él es eterna lucha por la paz y los acuerdos y la tranquilidad. A veces todavía se le olvida respirar cuando lo mira directo a los ojos y le parece que el verde de los ojos de Izuku se asoma hasta su alma.
—Creo que te debo una historia —dice Izuku— desde hace más de una estación.
Y Katsuki asiente.
Izuku vuelve a empezar desde el principio: desde la sed de Orokku, el brujo, por aprender de magia y hechicería. Va más rápido que las primeras veces que le contó la historia, pero le recuerda todo, parte por parte: el viaje al gran bosque, cuna de todas las criaturas feéricas, su encuentro con el hada, su aprendizaje, su amor. Y entonces, cuando llega al punto de inflexión en el que se quedó la última vez, se detiene. Parece dudosos de seguir.
—¿Y? —pregunta Katsuki—. ¿Qué ocurrió después? ¿Fueron idiotas y lo arruinaron?
Izuku niega con la cabeza.
—En el sur a esa pregunta se respondía con un «peor: se empeñaron tanto en su amor que olvidaron el mundo» —responde Izuku—. Siempre me pareció inexacta y, de hecho, equivocada. —Suspira—. Orokku tenía que volver a su pueblo y a su tierra. Magos, brujos y hechiceros servían en las cortes, pero ninguna servía a los pueblos: no había magia para los campesinos que sembraban la tierra y se aseguraban de que todas las bocas del reino… de todos los reinos, en realidad —corrige—, estuvieran alimentadas. No había magos ni brujos ni hechiceros para las costureras, para las lavanderas, para los labriegos. Así que era su deber regresar. Pero… verás. Las hadas son seres más egoístas que entienden poco del mundo de los hombres. Raras son las hadas viajeras, como la que te encontraste más al norte —dice Izuku—, que se atreven a mirar, aunque sea con curiosidad antropológica al mundo de los hombres y de las mujeres. El hada de Orokku no era una de ellas y, por tanto, no comprendía el mundo ni sus entresijos.
»No entendía que Orokku tuviera un deber, clavado por el mismo, dentro de sí. No comprendía que tuviera que volver. Las hadas pasaban toda su vida en el bosque. La tierra era su madre. Los árboles toda la familia que conocían. —Izuku se encoge de hombros—. El mundo de los hombres era raro y diferente y el hada no quería perder a Orokku por él.
—Pero el volvió… —adivina Katsuki. No sabe qué está correcto hasta que la mirada de Izuku se lo confirma—. Tenía un deber —repite, buscando verbalizar cómo llegó a esa intuición— y en las historias, los hombres con un deber lo olvidan por amor y eso resulta poéticamente trágico o lo cumplen hasta las últimas consecuencias —dice—. Sólo pensé cuál sería…
—Orokku volvió, tienes razón —interrumpe Izuku—, pero no volvió solo. El hada estaba convencida de que moriría si no estaba a su lado. Yo… —empieza. Aprieta las manos—. Yo no la culpo. Creo que, en esta historia, entiendo esa parte. ¿Sabes?
Katsuki frunce el ceño. De repente no entiende.
—Bueno, quizá es demasiado dramático… —empieza Izuku.
—«Demasiado» es poco —corta Katsuki.
—Pero la entiendo, Kacchan, y eso es lo importante. —Izuku, esa vez, no le da oportunidad de interrumpirlo—. Quizá no enriendo el querer morir cuando estás lejos de alguien, pero entiendo el vivir pensando en los ojos de alguien. Las historias lo hacen todo más poético y quizá fatalista. No me gusta tanto el fatalismo —admite— porque prefiero la esperanza. Pero entiendo al hada. Querer asirte a algo con tanta fuerza para que la tormenta no te arrastre y te separe. —Busca los ojos de Katsuki—. ¿Lo entiendes tú?
El Rey Bárbaro traga saliva.
Por supuesto que lo entiende. Más de lo que desearía.
—Sí.
—Bien. El hada estaba convencida de que languidecería si no estaba al lado de Orokku así que se marchó con él. Dejaron atrás el Gran Bosque y caminaron al mundo de los hombres —dice Izuku—. Entonces empezaron los problemas. Y… creo que entonces, al principio, ninguno de los dos tuvo la culpa. No sé. Hay muchas versiones de la historia. —Se encoge de hombros—. Y esta es la parte que no me gusta.
—¿Todo acabó mal? —pregunta Katsuki.
—En casi todas las versiones, sí. De un modo u otro. La magia puede controlar a aquel a quien la usa —recuerda Izuku—. Y en el sur eso es… demasiado común. Los reyes la ven como una herramienta a usar, se cultiva sólo si es útil o si existen los medios… —Izuku se encoge de hombros—. Lo has visto con Uraraka. Conseguir un pretendiente era más ventajoso para su familia que la magia y, sin embargo, acabo con Tsuyu. Siempre me molestó un poco esa visión, pero no entendía por qué hasta que me encontré a Mina y a Denki y al norte.
»En el sur los magos, los hechiceros y las brujas suelen pertenecer a las cortes, a los reyes y a los poderosos. Así que imaginarás que los reyes intentaron ganarse el favor de Orokku, el brujo, de todas las maneras posibles. Les atraía, además, la magia del hada y creían que, si se lo ganaban a él, la obtendrían a ella. Así que al principio ninguno de los dos tuvo la culpa. Los poderosos intentaban ganarse el favor de Orokku y no tardaron en descubrir que si favorecían al pueblo, Orokku se acercaba a ellos. Era un engaño, pero el mago era demasiado benevolente para notarlo.
»Migajas para los plebeyos, el precio de la magia de Orokku. —El tono de Izuku carga un poco más de resentimiento en ese momento—. Para comprar a alguien, sólo tienes que entender su precio. Lo hicieron poco a poco. Se adueñaron también de la magia del mago más desinteresado de todos, que creía que iba a cambiar las cosas. Pero era sólo un hombre acompañado por un hada.
Katsuki empieza a vislumbrar el mal final.
Se asoma lentamente, pero lo comprende. La voz de su madre suena desde dentro, desde la lejanía. «Un rey no puede corromperse, Katsuki», escucha la voz de su madre. «Menos un Rey Bárbaro. Repítelo». Y, antes de sentir el golpe en la nuca —a veces después— lo repetía. «No estarás por encima de nadie, como esos reyes sureños», solía decir su madre, «porque eso no significa el título que quieres cargar. No puedes dejar que el poder te anule. Aún rey, siempre serás sólo un hombre». Mitsuki Bakugo le aplastó el ego las veces que fueron necesarias hasta hacerlo comprender lo que significaba sentarse a la cabeza del norte.
—Poco a poco, Orokku se volvió un brujo de las cortes, como nunca había pretendido ser. Poco a poco, también, el amor más grande del mundo se fue apagando. Poco a poco. —Izuku se queda callado un momento y aprieta los labios—. Da miedo, ¿no, Kacchan? Que el amor más poderoso de todos pueda apagarse. —Katsuki asiente casi imperceptiblemente, pero además de eso no hace ninguna otra señal—. Orokku terminó comerciando con su propia magia, sin darse cuenta. Los nobles le daban migajas a su población a cambio de su magia. Y un día, cometió un error más grande que todos los que había cometido hasta entonces: intentó comerciar también con la magia del hada.
»Hay un asunto sobre las hadas. No tienen dueño. Aun las que han servido a las cortes son impredecibles y peligrosas. Y el hada de esta historia en particular no entendía a los hombres, lo que hizo Orokku le pareció traición. Le había enseñado magia y el brujo la había traicionado. Una última vez, lo convenció de que hiciera el viaje hasta el Gran Bosque, a través de las praderas de Naruhata. Un último intento para salvar su amor, le dijo.
»Y una vez en el bosque, ocurrió su traición. Lo llevó hasta un árbol ancho, de corazón grande. Le dijo «Te quiero», le puso una mano en el pecho y lo encerró en el tronco. Por siempre y para siempre. Dicen que todavía está allí y que ese árbol es mágico.
Katsuki bufa.
—El final es una mierda —opina.
No es verdad, quizá cuando lo vea en perspectiva.
—Dicen que el árbol es la prueba de su amor.
Katsuki vuelve a bufar.
—El nuestro no se va a hacer mierda —empieza, muy seguro, sin saber por qué lo dice—. Será más grande que el de cualquier historia, Izuku.
Eijiro Kirishima tiene en sus manos un tapiz y espera a un lado de Katsuki. No hay una comitiva muy larga. A su lado también está Denki. A Izuku lo acompañan Lady Ochako y Lady Tsuyu; nadie más. Mina se encuentra con las brujas, que no salieron a la entrada principal para recibir a la comitiva del sur. «No hay que abrumar al sur, Katsuki», le dijo, excusándose, unas horas antes.
Izuku balancea su peso de un pie a otro, incapaz de contenerse. Se arregló especialmente para la ocasión, con el kohl verde enmarcándole los ojos, el cabello hacia atrás, remarcando sus rizos, una peineta con un motivo de árboles —siendo el emblema de su madre, tiene sentido—, un velo de tul que lo protege del aire. Las mangas anchas de su atuendo son verdes y están bordadas en colores cafés que remiten al bosque. Mientras Katsuki lo ayudaba a que el cinturón quedara derecho, Izuku le contó como los colores marrones no eran comunes en los bordados, puesto que no solían ser agrupados dentro de los colores vivos. Pero por las mangas de Izuku se asoma completo un bosque, con los árboles y las ramas que se abren hacia el verde de la tela: el follaje. El resto del atuendo es blanco —más cercano al crema que al blanco puro— con bordados de color verde en el cuello: hojas, más follaje.
Katsuki, como siempre que lo necesita, tiene la corona puesta. El cráneo del ciervo descansa sobre su cabeza, la capa sobre sus hombros. Nada más.
La comitiva llega y las primeras en descender de la comitiva, supone, son las damas de compañía de Inko Midoriya. El último palanquín en desocuparse es el que está al frente. Desciende de él una mujer vestida de blanco —con bordados verdes—, cabello verde —labio, por lo que los rizos de Izuku son los de Hisashi Midoriya— acomodado con un flequillo al frente y con un medio chongo detrás. Una peineta sujeta el cabello en su lugar y el resto le cae por la espalda.
Katsuki no es realmente consciente de lo pequeña que es hasta que se va a acercando. Si a Izuku le saca casi una cabeza entera, a Inko Midoriya, la cabeza del consejo de Gobierno del Reino Midoriya, le saca dos.
También observa que Izuku heredó de ella .los ojos verdes, pero allí donde los de Izuku son verdes y profundos, que le hacen temblar las rodillas, los de Inko Midoriya son siempre afables —aunque también capaces de asomarse hasta su alma.
Izuku se queda congelado a su lado un momento, pero Katsuki lo empuja invitándolo a ser él quien la reciba. Es su invitada, es su boda, es su familia. Así que Izuku se acerca, tímidamente al principio, porque es la primera vez que el sur entra en el norte y todas las partes de Izuku colisionan en un encuentro. Cuando está frente a su madre, sin embargo, no puede contenerse. No se pone en cuclillas, como hace usualmente —o Katsuki supone que hace usualmente, porque sólo la ha visto hacer ese gesto con él— sino que cae de rodillas frente a ella y sus manos buscan sus pies.
Inko Midoriya aprieta los ojos, como si quisiera alejar el llanto. Le pone la mano en la cabeza a su hijo, en un gesto cariñoso. Katsuki no puede despegar sus ojos de él, recordando la mano de Mitsuki. No sólo el zape usual, sino también esa manera de revolverle el pelo.
«¡Seré una madre orgullosa cuando te entregue el día de tu boda!»
«¡No soy una posesión para que me entregues, vieja!»
«¡Yo te parí, Katsuki!», espetaba Mitsuki y le daba un zape, aunque nunca demasiado fuerte, para después de revolverle el cabello. «¡Es mi deber acompañarte a un lado de tu amado o amada!»
Y Katsuki bufaba.
Quién iba a desear que estaría extrañando esa plática años después.
—Mamá… —escucha a Izuku decir. La mano de Inko Midoriya aprieta su hombro en un cariñoso gesto, invitándolo a levantarse y el príncipe lo hace. Es más alto que su madre.
Katsuki traba saliva cuando Eijiro le da un codazo y le pasa el tapiz. Ve a Inko Midoriya acercarse y aplasta los nervios muy al fondo.
—Un regalo —extiende en tapiz—, tradición del norte.
No dice ningún título. No sabe si debiera llamarla Su Alteza, si todavía mantiene su título, ese que consiguió por matrimonio. El Reino Midoriya es, después de todo, un reino sólo en el nombre, gracias a Izuku.
Inko toma el tapiz y hace un gesto de asentimiento.
—Gracias, Su Majestad.
—Sin el honorífico —dice Katsuki—, aquí no los usamos.
Inko Midoriya le pasa el regalo a una de sus damas y luego cae sobre ellos un silencio más incómodo que otra cosa. Así que Katsuki carraspea en dirección a Denki.
—Enséñales los aposentos que ocuparan —le dice—. Ala oeste, ya sabes. —Y a continuación mira a Eijiro con cara de circunstancias, para que acompañe a Denki.
La madre de Izuku se vuelve hacia sus damas, que son las primeras en seguir al mago y al dragón. Ella, sin embargo, se excusa.
—Estoy segura de que Izuku podrá acompañarme más tarde —dice—; si no es molestia, me gustaría caminar con él un rato.
—No hay problema —dice Katsuki.
Ahí no hay protocolo. No tienen por qué ser rígidos en cuanto a nada. A continuación se acercan a saludar a la mujer Lady Ochako y Lady Tsuyu —le tocan los pies, costumbre del sur, aunque sin la misma ceremonia con que lo hace Izuku— e inmediatamente después se excusan también.
Katsuki se queda sólo frente a Izuku y su madre.
Traga saliva.
Alza la mano izquierda y retira el cráneo de ciervo de su cabeza, tomándolo por las astas. Así puede apreciarse su rostro completo, en toda su dureza y vulnerabilidad.
—Gracias por la invitación, Su… —Inko Midoriya se corta justo antes de decir el honorífico—. Oh, lo siento. Es sólo la costumbre. ¿Cómo debería llamarte? —La mujer alza su rostro hacia arriba. Katsuki le calcula los mismos años que Mitsuki tendría si estuviera viva. Quién sabe. A pesar de los años de diferencia entre él e Izuku y lo diferente que es la imagen de Mitsuki en comparación a Inko Midoriya, aquella mujer afable le recuerda a su propia madre.
—Bakugo es formal —responde—, pero Katsuki es para la familia.
Traga saliva y entonces se deja caer.
De rodillas, también, como Izuku. Porque hay mucho simbolismo en ese gesto de Katsuki. «No me pongo de rodillas ante cualquiera». Deja el cráneo del ciervo a un lado, en el suelo y busca con sus manos los pies de Inko. Aquel gesto es un protocolo que aún no entiende y que probablemente nunca entenderá del todo. Pero es parte de la cultura de Izuku y como tal lo honra —algo que no entendió al principio, la primera vez que vio al príncipe, porque Izuku era sólo una molestia con la que tenía que vivir para conseguir la paz.
La mano de Inko se detiene en su cabeza.
No se parece en nada a la de Mitsuki. Y sin embargo.
—No es necesario, Katsuki —dice ella—. Eres un rey, no es…
—En el norte no importan los títulos —responde él, alzando la cabeza.
E Inko Midoriya pone su mano diminuta sobre el hombro de Katsuki y lo aprieta. «Levántate», dice.
Como lo haría con un hijo.
El consejo sesiona más tarde —no hay demasiado que discutir, pero Kyoka partirá pronto hasta la frontera y Katsuki quiere asegurarse de que no haya disputas entre aldeas vecinas—, pero un toque en la puerta los interrumpe después de unas horas.
Eijiro —que no forma parte del consejo— asoma la cabeza.
—Siento interrumpir —se disculpa, al ver el ceño fruncido de Katsuki. Entra y cierra la puerta detrás de sí y se acerca hasta la mesa—. Katsuki, Inko Midoriya está afuera. —Eijiro se muerde un labio—. Está esperándote. Le pregunté qué era lo que hacía ella sola y dijo que quería hablar contigo, pero que estaba esperando a que terminara la sesión. Sonrió y todo cuando dijo que no quería molestar.
Katsuki se queda mirando a Eijiro un momento demasiado largo.
Luego alza un brazo.
—¡Todos fuera! —espeta, con un gesto brusco—. Y, Eijiro, carajo, dile que pase.
Inko Midoriya es diminuta.
Ese es un hecho.
Sin embargo, se mueve con una solemnidad y una amabilidad capaces de romper el mundo entero y ponerlo a sus pies. Katsuki no sabe si la mujer es o no es consciente de esa cualidad suya, pero definitivamente es algo que aprecia.
—Siento haber interrumpido la sesión —es lo primero que dice—. Le dije a… ¿Eijiro, es? Creo que dijo que así se llamaba. —Pone una cara pensativa un momento y luego asiente, más para sí—. Le dije a Eijiro que no importaba, podía espera.
Katsuki señala la silla que está a un lado de él.
—No es ningún problema —le dice.
Inko se sienta a un lado de él.
—De todos modos, es importante lo que tengo que decirte, Katsuki —dice ella y su tono es solemne. Katsuki alza una ceja, dejándola hablar—. Supongo que sabes que me opuse a que Izuku viniera al norte, originalmente —empieza. Katsuki asiente y se pregunta si Inko sabe sobre la cicatriz que Izuku tiene en el pecho y las amenazas con las que Hisashi Midoriya lo convenció—. Todavía cuando fue a verme a Hosu y me contó sobre ti… Todavía entonces tuve reservas. Es natural, ¿no? Siendo una madre, es quizá imposible no tenerlas. —Inko Midoriya recorre a Katsuki con la mirada—. Me sorprendió que Izuku te describiera tan diferente de cómo solemos escuchar las historias de los reyes forjados por la conquista. Sé que le has salvado la vida.
Katsuki no puede evitar interrumpir entonces.
—También él me salvó la vida —dice.
Inko sonríe, pero no hace ningún comentario sobre eso.
—Una madre no puede sino preocuparse y tener reservas, Katsuki. Es nuestro trabajo, si queremos mantener vivos a nuestros hijos en un mundo tan cruel —sigue ella—. Sobre todo si los trajimos al mundo desde el amor. —Suspira—. Por eso quiero arrancarte una promesa. No, no una promesa, un juramento.
Por su tono, Katsuki sabe que no es una petición ni una pregunta. Está obligado a aceptar.
—Quiero que jures nunca hacerle daño, Katsuki —dice Inko Midoriya—. Izuku se merece todo el amor del mundo y… estoy segura de que tú también, pero…, lo entiendes, ¿no? Una madre no puede sino preocuparse.
Las palabras acuden a sus labios sin esfuerzo alguno, porque aquel quizá es el juramento más sencillo que ha hecho en su vida.
—Lo juro. —Su mano se dirige a su corazón—. Si esa es la única petición…, lo juro por los Dioses Sin Cara. Por la tierra que piso y el cielo que nos acoge.
Inko no sabe cómo juran los bárbaros —y la fórmula de Katsuki ni siquiera es la única fórmula que existe—, pero entiende sus palabras. Sonríe y asiente, agradecida.
—Que tengan un buen matrimonio, Katsuki.
—Hay una frase que se dice aquí. Bueno, que se decía en mi aldea, donde nací; no en todo el norte —dice él, en un impulso. Es culpa de Inko Midoriya, que no deja de recordarle a su propia madre y remarca todavía más su ausencia—. No tiene que ver con los matrimonios, pero… —Carraspea—. Que el amor y la magia conquisten todas las tempestades.
Inko le sonríe.
Katsuki no sabe de dónde salió el nudo de su garganta, pero de repente no puede hablar.
II.
Antes de la boda, tienen que honrar sus respectivos templos.
Izuku le dice a Katsuki que hacer y lo ve arrodillarse frente a Nana Shimura, La Madre, frente a él. Deja una ofrenda, de la misma manera que Izuku. El príncipe no sabe si el Rey Bárbaro pide algo, pero él ruega a Nana Shimura por un amor próspero y tranquilo. Un amor que florezca con calma y sea fuerte, con un vínculo que no se rompa con facilidad. Un amor de los que duran siempre.
Hace un año conoció a Katsuki piensa.
La vida cambia en un momento.
Después, es a él a quien le toca arrodillarse frente a los dioses antiguos, los Sin Cara. Katsuki le dice cómo encender el fuego del altar para llamar su atención y que sus plegarias sean escuchadas.
De nuevo, Izuku no tiene idea de que el Rey Bárbaro pide algo, pero el repite las mismas plegarias que le dedicó a La Madre.
Después de eso, los días vuelven a correr. Recorre el castillo con su madre. Le habla de los tapices y lee con ella en la biblioteca. Katsuki y él apenas si tienen tiempo de pasar tiempo a solas y a menudo sólo duermen juntos. Hasta que el día temido llega.
La noche anterior no duerme con Katsuki. En cambio, lo despierta el parloteo de Mina Ochako y Tsuyu. Sale todavía con cara de sueño y la ropa de dormir y las encuentra en la salita. También llevan ropa de dormir y se callan en cuanto lo ven. Ochako es la primera en reaccionar.
—¡Izuku! —Se pone en pie casi de un salto, como su emoción lo requiere y se acerca hasta él—. Estamos esperando a que esté la tina lista. ¿Estás nervioso?
Niega con la cabeza, pero el temblor de sus manos lo traiciona.
No puede creer que esté pasando lo que está pasando.
Ochako lo nota y toma sus manos entre las suyas.
—Todo estará bien. Y Denki dijo que arreglarían a Katsuki como un novio digno de ti. —Sonríe enseñando todos los dientes. Ilumina el mundo, imagina Izuku que dirá Tsuyu—. Y nosotras nos encargaremos de ti.
—Y su madre —añade Tsuyu.
Izuku no es capaz de sacarse los nervios de adentro hasta que no llaman a la puerta. Es su madre. La acompaña una de sus damas.
Primero, el baño.
Los ritos dicen que es necesario llegar limpio a una boda.
Las sacerdotisas hablarán de la pureza y otras cosas, pero Izuku honra el ritual porque no todos los días uno tiene la oportunidad de sumergirse en agua caliente y disfrutar un baño como aquel. Especialmente en el norte, donde no hay baños como se debe durante todo el invierno —a menos de que uno conozca a una bruja dispuesta a derrochar su magia—, pues el agua se congela entera.
Alguien le talla toda la piel hasta dejarla reluciente y le echan agua en el cabello, asegurándose de que no quede sobre él ni una mota de polvo. Luego le ponen un traje rojo, sin detalles, cualquiera y lo cubren con un velo y lo acompañan de nuevo a sus aposentos, donde esperan Ochako, Mina y Tsuyu, acompañadas de su madre, que les está contando una historia.
La narración, sin embargo, se detiene cuando lo ven llegar.
Su madre le descubre el velo —porque a Izuku se le enreda en la cara y en las manos—. Se supone que nadie fuera de su familia —o aquellos que representen a su familia— puede verlo el día de la boda hasta que el novio o la novia le descubra el velo. Cuando intento explicarle a Katsuki todos los pequeños rituales, el Rey Bárbaro sonrió conteniendo la risa y le dijo que en el norte eran más sencillos. Pero aun así accedió a todas sus peticiones. La fe de Izuku siempre ha sido importante.
—Oh, te ves precioso —dice su madre, tocándole una mejilla—. Vamos a arreglarte, anda.
—Mamá…
Su tono sale como un quejido, pero ni siquiera se le ocurre oponerse. En el día de su boda, le corresponde dejarse agasajar. Se supone que las bodas son el cierre de una era y el inicio de otra, pero Izuku no siente que vayan a cambiar demasiadas cosas en su vida.
Algunos detalles menores, por ejemplo.
Katsuki y él por fin hablaron seriamente de compartir aposentos. En los de Katsuki hay una habitación sin usar que será para Izuku, para aquellas noches en las que prefiera dormir solo. Es bastante amplia —casi como la que tiene— y tiene un gran ventanal que da hacia el bosque. Con la habitación vacía que dejará atrás, Mina probablemente tome la oportunidad y se mude con Ochako y Tsuyu. Quiere dejarle su espacio a Kyoka y a Momo —e Izuku sospecha que no las aguanta demasiado, aunque sean sus amigas.
Otros detalles no son tan menores.
Aunque no tendrá ningún efecto fuera de su vida, planea dejar atrás el nombre de su padre. Katsuki dijo que Izuku Bakugo sonaba bien, después de todo. Y su madre lo escuchó cuando le habló del asunto. Ella cambió su nombre al casarse, pero no tuvo ninguna elección acerca de ello. «Midoriya ahora es parte de mi identidad», le dijo, al escucharlo. «Y no lo dejaré ir porque es un apellido poderoso en el reino, Izuku. Pero si tú quieres…». Suspiró entonces. «Entiendo que quieras desmarcarte de él y de lo que representa para ti».
Y otros detalles serán enormes.
Como consorte del Rey Bárbaro, puede, si lo desea, acceder a su consejo. El gobierno de los bárbaros en las aldeas siempre toma en cuenta como núcleo a las familias y es por ello que, cuando alguien se casa dentro de la aldea, se vuelve parte de ella. Completamente. Izuku, sin embargo, está en una posición complicada. No se inmiscuirá en ninguno de los dos consejos: ni en el sur, ni en el norte. Mediará entre ellos.
—Deja que disfrute el momento, Izuku, no creí que te vería con tu atuendo de bodas —dice Inko, jalándolo hasta su habitación. Las otras tres mujeres los siguen.
Izuku es quien se arrodilla frente a su baúl y busca, hasta el fondo, el espacio cuidadosamente separado para el atuendo de bodas.
—Ahora que lo pienso —comenta Ochako—, nunca lo vi terminado.
Izuku, mientras tanto lo pone en la cama. Camisa blanca, que sólo se verá en el cuello. Chaqueta verde con blanco y complicados bordados, un cinturón lujoso y pantalones que tienen también bordados en los tobillos. Sonríe al verlo. Antes de partir hacia el norte, pasó muchas horas mirando a su madre bordándolo y lamentarse no poder asistir a la boda, así como sus circunstancias. Se alegra, ahora, que vaya a usarlo por elección propia.
—Oh, es precioso —murmura Mina—. Nunca había visto como… en el sur.
—Usualmente son más sencillos —dice Inko—. Pero Izuku era un príncipe heredero. Teníamos que derrocharlo todo entonces. El hilo de oro es de Shiketsu, no es muy común… —Y se entretiene contando entonces la historia del hilo, mientras Izuku se pone la camisa y la sujeta por delante, para que no parezca última bata.
Él solo puede ponerse los pantalones y las medias —que tienen delicados bordados en la parte del tobillo—, pero la chaqueta es mucho más pesada. Las mangas son gruesas por la cantidad de hilos que tienen y las cuatro tiras que usualmente sólo llegan hasta arriba de las rodillas son más largas y llegan casi al piso, dando la impresión que es un vestido. Tsuyu tiene que ayudarle a que quede todo en su lugar y, después, Ochako es quien se asegura de que el cinturón mantenga todo en su lugar. Izuku sólo puede respirar nervioso y voltear a ver a su madre.
Mina también los mira maravillada.
—¡Es precioso! —comenta, acercándose—. Creí que sería parecido a tus ropas usuales, pero es más…
—¿Opulento? —intenta Izuku.
—Algo así.
—Vamos a que te veas al espejo —sugiere su madre, extendiéndole la mano.
Izuku la toma y se acerca con ella. Aunque el atuendo no está finalizado todavía, porque le faltan los tocados y las joyas, pero aun así es capaz de ver el trabajo impresionante de Inko Midoriya en el bordado —y no sólo el suyo, sino también de sus damas y de otros muchos artistas que prestaron sus manos y sus dedos para crear aquel suntuoso bordado.
—Abre los brazos —le pide su madre—, así se verán todos los detalles.
Izuku le hace caso y cuando la tela se levanta con sus manos, ve el bordado entero. Antes, en su reino, cuando se sentaba con su madre a verla bordar —porque a un novio o novia no le está permitido participar en su propio bordado—, nunca puso demasiada atención en el tema que había elegido para las mangas de tela verde muy oscuro, acercándose al negro. La tela es la noche y la historia es sobre la dama de la luna. Es una historia muy vieja. Quizá de cuando los Primeros Hombres todavía caminaban por la tierra y no quedaban sólo sus descendientes, con sus orejas puntiagudas. Cuando los dioses Antiguos moraban en todos los templos.
—Es hermosa. —Se le llenan los ojos de lágrimas.
La Dama de la Luna se sube a los árboles de sus bordados y contempla al único detalle plateado del bordado: la luna.
—La Dama de la Luna nació en una aldea muy pequeña en tiempos muy antiguos —empieza su madre, y sus dedos rozan el bordado, siguiendo el hilo de la historia—. Nadie recuerda su nombre, porque entonces sólo unos cuantos tallaban las piedras con sus inscripciones y saber escribir estaba reservado sólo a los poderosos. Los reinos empezaban a formarse, lentamente, pero las fronteras no estaban delimitadas. El norte y el sur aun no peleaban. Por eso elegí la historia. —Inko Midoriya suspira—. Me daba miedo perder a Izuku, verlo prisionero e imaginarlo desgraciado. Me esforcé por pensar una historia de cuando el norte y el sur no estuvieran en constante pugna y recordé a la Dama. En su aldea, su deber era ser madre y nada más. No tenía otro papel. Y aunque ese papel tiene honor cuando es elegido y fuerza cuando es deseado, ella no amaba a ningún hombre.
»Tenía ojos sólo para la Luna, imaginando acercarse hasta ella y tocar sus cabellos plateados. Huía todas las noches de luna llena y subía a los árboles, buscando admirarla en todo su esplendor. Poco a poco, le ocurrió lo que le ocurre a los amantes desesperados, cuyo amor está condenado por la imposibilidad. —La voz narradora de Inko Midoriya es tranquila. Izuku aprendió de ella a hilar sus historias y disfruta oírla—. En su aldea, los Viejos empezaban a desesperarse. La Dama de la Luna debía cumplir su deber. Así que ella huyó una última vez y suplicó a los dioses un final feliz. Ellos, al verla tan desgraciada, le concedieron su deseo.
»Desde entonces, La Dama de la Luna sueña. Duerme en la copa de los árboles y sueña que puede tocar los cabellos plateados de la luna y acercarse a ella. Y el sueño no es un engaño: es real. Lo que ocurre en el mundo onírico es sólo otra realidad. Y la luna, después de todo, fue quien intercedió por ella ante los dioses, pues se había enamorada de ella.
La habitación se queda en silencio un momento. Izuku no deja de admirar el arte del bordado de su madre sobre la tela que bordó para él a modo de despedida. Siente su cariño en cada hilo, cada hebra, cada vez que medio y sacó la aguja y cada vez que la clavó en su carne por bordar con los ojos llenos de lágrimas.
—Izuku —interrumpe Mina—. Me alegra que te sientas afortunado —murmura—; me alegra tanto.
Antes de que terminen con Izuku, las demás también se arreglan. Ochako trenza el cabello de Tsuyu en dos y las une con un moño abajo, cambiando levemente su peinado de siempre. Tsuyu, en un gesto de cariño, trenza los mechones más largos del cabello de Ochako y enmarca con ellos su rostro. El resto del cabello, un poco más largo que el año anterior, se vuelve un delicado chongo en la parte trasera de su nuca. Ochako también se ofrece a arreglar el cabello de Inko Midoriya, que acepta encantada y termina con un medio chongo para ajustar en él una peineta. Mina, con su cabello corto, no tiene mucho que hacer, así que es ella quien se encarga de peinar a Izuku y ordenar sus rizos que le caen ya casi hasta los hombros. Arregla también los mechones sobre la frente y le calza el tocado de bodas.
Lleva el emblema de los Midoriya, con las tres flamas, por supuesto. Pero es más alto y más lujoso que ninguno que haya usado antes, en oro únicamente. Las tres flamas se alzan como una corona por encima de su cabeza allí de donde irá sujeto el velo.
Después, Mina le aplica el kohl verde en los ojos, como siempre, pero agrega un poco de polvo a sus mejillas.
Y luego saca sus pinturas y sus pinceles.
—Es tradición hacer figuras en tus manos y en tus brazos —le dice—, en el norte. Y te quedaría precioso. ¿Puedo? —pregunta.
—Sí —dice Izuku.
Extiende sus manos ante Mina.
Ella, por supuesto, lleva sus mejillas pintadas y también los brazos. En el vientre hay un par de detalles. Se ve preciosa, con su falda color púrpura, amplia, llena de aplicaciones en color rosado, como la de su pintura. Con su blusa color rosado y cortas mangas con bordes púrpuras en patrón. Con sus velos de tul rosado. Ochako también va de rosa, aunque un rosa más claro y gentil. Su falda tiene flores, mientras que la chaqueta primaveral que lleva tiene una flor a cada lado del pecho. Tsuyu, en cambio, eligió verdes y amarillos. Mueve sus orejas de mujer del mar cuando se mira al espejo.
Con mucho cuidado, Mina mezcla sus pigmentos con un poco de agua hasta encontrar el tono correcto de verde que combina con todo su atuendo, sus ojos y su cabello. Lo llena de patrones en todos los brazos, delicados, distintos a los que usan para la guerra.
—Para la guerra todo es más brusco y más triste —explica Mina cuando él pregunta—, por eso las pinceladas son más grandes, bruscas, sin buscar patrones o estética. Para los festivales es algo… no tan brusco, pero no tan cuidado, porque son despedidas de una estación a otra. Pero las bodas son motivo de felicidad. En el norte la gente sólo se casa por amor, después de todo.
Esa es una diferencia enorme.
El no concebir la existencia de los matrimonios arreglados en donde nunca nace el cariño y que se convierten en un juego de poder cambia a toda una población.
—Me gusta —dice Izuku.
Mina alza la vista y busca sus ojos.
—¿Estás nervioso? —pregunta.
—¿Honestamente? —Izuku suelta una risa nerviosa—. Estoy temblando.
Para cuando se acerca peligrosa el punto del sol más alto sobre el cielo, Izuku está completamente arreglado. Su madre le puso un par de pendientes que recuerdan a las hojas para también simbolizar a su lado de la familia y Mina eligió de, entre toda la joyería, con que adornar sus manos y su cuello —donde descansa una pequeña esmeralda—. Nunca se ha visto a sí mismo tan arreglado y apenas si se reconoce al mirarse al espejo. Mina, Ochako y Tsuyu se disculpan, puesto que tienen que ir al salón que se ha dispuesto para la ceremonia. Izuku será el último en aparecer. Katsuki le dijo que no tenía importancia el orden en el que los novios entraran a una boda o se aproximaran al fuego ceremonial; dijo también que solían decidirlo al azar. Pero él e Izuku lo decidieron por practicidad.
Inko le ajusta un velo de tul a la espalda, en el tocado. Y luego toma el que es más grueso y esconde su rostro casi por completo para ajustarlo en lo alto del tocado, para que cubra su rostro. Lo echa para atrás para que puedan caminar hasta el salón.
No hay prácticamente nadie por los pasillos.
Inko aprieta su brazo. Izuku siente que está en un sueño. No ha podido quitarse esa sensación las últimas semanas, pero especialmente este día que está viviendo. No ha visto a Katsuki todavía. No puede. No debe. Es tradición. Quiere deslumbrarse cuando por fin descubra su rostro. Enamorarse otra vez, volver a sentir ese morir y renacer.
Se detienen ante la entrada.
—Creo —empieza su madre— que ya he dicho esto demasiadas veces, pero nunca sobra otra vez. Estoy orgullosa y me alegra infinitamente, que conozcas el amor y vayas a casarte por él.
Posa una mano en su mejilla.
Izuku no sabe muy bien qué tendría que decir en un momento como ese. Sólo sonríe y contiene las lágrimas.
Todo ocurre en un estado de oniria que no puede quitarse de encima.
Inko le cubre el rostro con el velo y lo guía con su brazo.
—Vamos —dice—. El novio está esperando.
Como camina a ciegas, no puede ver a la pequeña multitud reunida en aquella sala, ni puede ver el fuego ceremonial —tradición del norte—; no puede ver a Kacchan, sino tan solo adivinar donde está. Su única ancla con el mundo es su madre y hay algo hermoso en ello. Ser guiado por el brazo mismo que lo trajo al mundo y confiar en el ciegamente.
Se detienen de repente. Izuku contiene la respiración.
—Katsuki… —dice la voz de Inko, que se alza sobre el silencio ceremonial.
La mano de su madre lo suelta y a Izuku le cuesta encontrar balance en el mundo.
Pero después siente el velo moverse y, cuando Katsuki lo pasa por encima de su cabeza, para que quede detrás del tocado, el mundo lo deslumbra. Mira al Rey Bárbaro como si lo viera por primera vez.
Tiene una expresión seria, como cuando intenta ocultar lo que siente u ocultar su vulnerabilidad. Izuku supone que lo hace al tener tanta concurrencia. Lleva la capa roja de siempre y el cráneo del venado en la cabeza —aunque un poco echado hacia atrás, para que su rostro pueda apreciarse—. Cuando sus ojos encuentran los de Izuku, su expresión seria se desaparece. Abre mucho los ojos, por la sorpresa. Izuku se sorprende al verlos enmarcados de kohl rojo. En su mirada hay una felicidad furiosa, segura de todo lo que han pasado para llegar vivos y enteros a ese día. Su rostro entero es un testimonio de que el amor, al menos el día de su boda, puede conquistarlo todo.
Sus mejillas están pintadas también e Izuku supone que Denki es el responsable de los patrones que salen levemente de sus patillas hacia su mandíbula. Esos patrones son de color naranja, como las mangas que usa para proteger sus brazos. En sus manos también hay más dibujos, parecidos a los de Izuku. Por lo demás, no va tan diferente a como el príncipe lo ve diario. Pero hay algo, un brillo diferente y el porte tan seguro, sin rastro de tensión o nerviosismo alguno. En ese momento no es un guerrero, sino sólo un novio ante el fuego sagrado.
A los dos los embarga la sorpresa. El príncipe olvida como respirar un momento, hasta que la mano de Kacchan busca su muñeca y así es como se ancla al mundo. Todo deja de dar vueltas cuando siente la mano de Katsuki en su muñeca. Sus ojos no dejan de mirarlo.
El Rey Bárbaro sonríe levemente.
—Hola —dice, para que sólo pueda oírlo Izuku.
El príncipe sonríe.
—Hola —responde. Apenas contiene las lágrimas. Esa vez, son de felicidad.
Notas de este capítulo:
1) Agárrense que las de hoy son largas. La historia de Orokku, ahora sí lo puedo decir, tiene paralelismos —algunos— con la historia de Merlín y Nimue y su traición —aunque en este caso es el hada, que representa a Nimue, quien le enseña magia—. El bosque féerico o el Gran Bosque o simplemente el Bosque tiene que ver con Broncelandia, pero también con Faerie. Me gusta mucho ese folklore y creo que vale la pena rescatarlo.
2) Las madres me rompen, lo he dicho muchas veces. Me parecía muy importante confrontar a Inko con Katsuki y que Katsuki se arrodillara ante ella. Ya dije que ese gesto remite mucho a cómo saludan en la cultura hindú (ojo, hindú, no india). Y esos gestos tienden a verse, desde la mirada occidental, únicamente como sumisión y no se aprecia ningún otro matiz. Creo que es importante no verlo todo desde lo occidental.
3) ¡El traje de bodas de Izuku! En Asia es común que se casen de rojo como aquí es común el rojo. ¡Pero también es común el verde en las novias musulmanas de india (aunque muchas usan también el rojo)! Lo aprendí viendo Raaes (con Mahira Khan y Shahrukh Khan) y sale en el video de la canción Udi Udi Jaye. De hecho para mí el verde y el rojo son dos colores perfectos para una boda y los protagonistas del fic eran perfectos para ello. El resto de la descripción del traje remite a un hanfu (mientras que los trajes de Ochako y Tsuyu están a medio camino entre hanfu para mujer y yukata). Para Mina, de nuevo, un saree estilo guyarati, esta vez con velo.
4) El fuego remite a la tradición de bodas hindu (sí, esto está lleno de referencias a Bollywood hoy), al igual que los dibujos que ambos novios tienen en sus manos porque se hacen en el norte. Se les llama mehndi. Para Izuku pueden imaginarse uno como el que sí llevan las novias, que cubre las manos y el antebrazo. Para Katsuki sólo uno sencillo que cubren la palma y el dorso. También es común hacerlos en los pies, pero aquí no lo menciono.
5) Sobre descubrir el velo. Sé que es algo más común aquí (lo hace el padre de la novia o algo cuando la «entrega», puaj), pero en realidad pensé en algo que ocurre en Jodhaa Akbar. Cuando Akbar va a buscar a Jodhaabai para rogarle que vuelva con él a Hindustan (él era un sultán musulmán y ella una princesa Rajput y hindu) le dicen que los rajputs (estaban ubicados en Rajasthan y eran reinos muy orgullosos) tienen por costumbre probar al novio: salen todas las mujeres con velo sobre sus rostros y el novio tiene que encontrar a su novia y descubrirla. De ahí salió lo de descubrir el velo (al principio del fic y aquí).
Andrea Poulain
