Niebla de la Perdición
Un Mes y Tres semanas desde la Última Muerte (Nueve Muertes)
"… ¡Ricardo!" Una voz templada como el acero alcanzó los oídos del capitán del Colmillo de Hierro, que se encontraba montado sobre su preciado liger, esperando el momento en que el dueño de esa voz finalmente apareciera.
"¡Ya te vi!" Respondió el hombre bestia, con un grito atronador. Acompañando a la voz templada, se pudo escuchar el retumbar del galope de un dragón de tierra y una decena de ligers.
No había tiempo para detenerse a conversar, tampoco lo había para formular un plan; los últimos detalles tendrían que ser definidos sobre la marcha, en el poco espacio de tiempo y distancia que los separaba de la neblina. Ricardo suponía que Julius ya había sido informado, esa era la orden que poseía el mensajero que le envió, así que el resultado no debía porque ser diferente; por lo tanto, lo único que tendría que hablar con Julius sería sobre sus roles una vez entraran en la zona cubierta por la niebla.
Confiando en que su subordinado había sabido explicar bien al caballero lo que estaba sucediendo, Ricardo le dio una palmada a su liger, el cual comenzó inmediatamente a galopar. La pequeña sub-capitana hizo exactamente lo mismo, y tras ella el resto de los mercenarios comenzó a cabalgar hacia la masiva formación de neblina dentro de la cual se estaba llevando a cabo el combate contra la Ballena Blanca.
Julius, habiendo observado la rápida reacción del líder mercenario, tiró de las riendas de su ágil dragón de tierra, indicándole que se acercara rápidamente a él. Una vez se encontró cabalgando paralelamente a Ricardo, Julius le gritó sin despegar la mirada del frente. "¡Ricardo! ¡Además de entrar allí y rescatar a Felix, ¿cuál es tú plan?!"
"Hmm… ¡Pensé que ya lo sabrías!" Gritó de vuelta el hombre lobo, visiblemente consternado.
"Me hago una idea, Ricardo. Pero necesito que me lo ratifiques." Manteniendo la calma a pesar de lo frenético de la situación, Julius pidió a Ricardo que lo informara respecto a lo que tenía en mente.
"¡Mis camaradas no van a combatir contra la ballena, sería inútil!" Respondió Ricardo, haciendo una pausa para mirar a Mimi, que se encontraba galopando a su derecha un poco más atrás que Julius y él; tras un instante, el mercenario miró de nuevo al caballero. "¡Mientras venías hacia acá, les informé que su tarea trabajo sería rescatar al caballero con el que la señorita hizo el trato! ¡El de nosotros, y al decir nosotros te incluyo a ti y a Mimi, es ayudar al Demonio de la Espada a vencer a la ballena!"
"Hmm… Ya veo. Considerando la situación, esa definitivamente es la manera más efectiva de disminuir las víctimas. Bien pensado."
"¡Yo solo tengo en mente terminar el trabajo que me encomendaron, Julius!" Corrigió Ricardo, mirando de soslayo al caballero. Al fin y al cabo, él era un mercenario, no un caballero, no un héroe. "Esas víctimas de las que hablas, son guerreros que aceptaron venir a sabiendas de que podrían no volver a ver la luz del Sol. Lo que ocurra con ellos, ahora es su propia responsabilidad…"
"…" Julius escuchó la réplica del mercenario, pero se abstuvo de responder.
En parte, Ricardo tenía razón. Como los guerreros que eran, los hombres y mujeres que asistieron a la cacería de la Ballena Blanca lo hicieron con conocimiento de las consecuencias que el combate podía acarrear. Durante una batalla, el objetivo siempre es mantener las vidas perdidas al mínimo, pero sería demasiado idealista pensar que no habría casos desafortunados; sobre todo si el enemigo era una mabestia ancestral que aterrorizó al mundo por cuatrocientos años.
No obstante, Julius había jurado lealtad al reino. Y eso implicaba luchar por sus ciudadanos y protegerlos; y todos esos guerreros al mando de Felix y Wilhelm eran habitantes de Lugunica que deseaban un futuro mejor para su país. Por eso mismo, Julius no podía darles la espalda. Es cierto que esa no era su batalla, y que su rol durante todo el combate se encontraba en la retaguardia, asegurándose de que ningún civil ingresara en el área.
Pero ahora la situación había cambiado, y Julius estaba dispuesto a dar todo de sí para impedir que más vidas de honorables guerreros se perdieran en la batalla contra la Mabestia de la Niebla. Así que no importaba si Ricardo lo hacía solo porque era su trabajo, el cargaría con los deseos de los guerreros caídos y se enfocaría en derrotar a la ballena; solo así los supervivientes serían salvados.
"¡Ya vamos a llegar!" Informó de repente Ricardo, causando que varios gritos se escucharan como respuesta tras Julius y él, provenientes de la mitad del grupo de mercenarios que había estado bajo el cargo del caballero y el grupo bajo el cargo de Ricardo. Y aunque una pequeña porción se había quedado atrás vigilando la carretera, el Colmillo de Hierro se sentía unido una vez más, lo que había elevado considerablemente la moral de los mercenarios.
El grupo entero se acercó vertiginosamente a la niebla, y fue entonces que lo que antes habían sido gritos de batalla sofocados por la distancia y la densidad de la niebla, cobraron un significado completamente diferente. No eran gritos de batalla, o al menos no todos lo eran. Entre las vociferaciones y las imprecaciones, se podía escuchar gruñidos y aullidos de agonía y dolor; como si las puertas del mismísimo infierno hubieran sido completamente abiertas.
"¡Aaaaarrrrrgggghhhhhh!"
"¡AYUUUUDDDAAAA!"
"¡MAAAAMMMÁAAA!"
"¡Alguien…! ¡MÁTEME!"
"¡NO! ¡LO! ¡SOPORTO! ¡ARRGGGGHHHH!"
"¡AUXILIOOOOOO!"
"¡ARGH! ¡ARGH! ¡Sáquenlo… de… mi… CABEZA! ¡Aaaarrrggghh!"
Inevitablemente, los rostros de determinación y confianza de gran parte de los mercenarios perdieron el brillo que habían recuperado. Los gritos guturales completamente enloquecidos daban la sensación de que, en lugar de un campo de batalla, se estaban acercando a un manicomio. La víctimas de la Niebla de Contaminación Mental, habiendo perdido la noción de lo que les rodeaba, gritaban histéricamente mientras luchaban contra los demonios que habitaban en su interior.
Con nadie entre el grupo de mercenarios y el caballero solitario capaz de identificar los gritos como un efecto de la niebla, juntos avanzaron ignorantes. Con la niebla haciéndose cada segundo más cercana, las miradas de todos los allí reunidos se llenaron de coraje. Recubriendo sus corazones de acero, los combatientes avanzaron sobre sus bestias de montura, preparándose mentalmente para lo que fueran a encontrar dentro de la niebla.
"¡Una vez adentro, nosotros seguiremos adelante! ¡Ustedes divídanse en tres grupos y busquen al caballero real!" Con esas últimas palabras dirigidas a sus subordinados, Ricardo tomó con fuerza si espadón y se preparó para lo que podría ser su último combate como mercenario.
"¡Fue un placer servir a su lado como el mercenario Juli!" Gritó entonces Julius. Un comentario que los mercenarios fallaron en identificar si se trataba de una broma para aligerar la atmosfera o de sinceras palabras de apoyo. Sin embargo, antes de que nadie tan siquiera pensara en preguntar al respecto, Julius añadió algo más. "Dejo la seguridad del caballero Felix en sus manos." Y con esas palabras, el caballero tomó su espada y se dispuso a cortar al imponente enemigo que estaba por encontrarse.
Por último… "¡Sobrevivan! ¡Sin alguno de ustedes, la familia estaría incompleta! ¡Acompañen a Mimi una vez más a observar un nuevo amanecer!" Y así, los tres guerreros que se enfrentarían a la ballena entraron a la niebla, con los gritos de los mercenarios como música de fondo.
Con determinación ardiendo en sus pechos, aun cuando observaron a sus líderes desaparecer tras la masa nubosa, el resto del Colmillo de Hierro también se adentró a la niebla, sin detener los gritos de batalla que tenían como objetivo elevar la moral del grupo. Y fue entonces que los gritos de determinación y valor fueron ahogados por chillidos de desesperación y locura. Y aunque muchos no provenían del grupo que recién había ingresado a la niebla, muchos sí que lo hacían.
"¡Arrghhh! ¡¿Qué… está… PASANDO?!" Gritó uno de los demi-humanos encapuchados, agarrándose su cabeza como si esta estuviera a punto de explotarle.
"¡Ahhh! ¡AHHHH! ¡ARRRGGHHH!"
"¡NO! ¡NO PUEDE SER! ¡CÁLLENLO!"
"¡NO PUEDO MÁS!"
Con los susurros de la niebla filtrándose en sus mentes, aquellos débiles a su influjo cayeron víctimas de su terrible efecto. Habiendo perdido toda cordura, algunos comenzaron a golpearse contra los lomos y cabezas de sus ligers, causando que las bestias caninas reaccionaran violentamente, tirándolos con una sacudida o simplemente tirándose de lado para así quitarse de encima a su jinete.
En el suelo, los mercenarios enloquecidos por el efecto de la niebla prosiguieron con sus actos de autoflagelación, arañándose la cara o los brazos y arrancando jirones de piel en el proceso. Aquellos más afectados, incluso habían llegado al punto de arrancarse parches enteros de piel, dejando el músculo totalmente expuesto. Otros optaron por seguir golpeando sus cabezas y puños contra aquello que tenían más cercano; lo que ahora resultaba ser el suelo cubierto por rocas y pasto.
Con sangre fluyendo por sus caras y sus ojos enrojecidos, las víctimas de la niebla de la ballena lucharon por escapar del demonio que se había infiltrado en sus cuerpos. E incluso aquellos que habían evitado dañar a su liger, y por lo tanto no habían sido derribados, no podían hacer más que tapar sus oídos y gritar desesperados, esperando así silenciar los susurros atronadores que taladraban su cerebro sin cesar.
Ante la desgarradora imagen, aquellos que no habían sido afectados por la niebla observaron con horror. La determinación se esfumó de sus cuerpos, siendo reemplazada por temor y desconcierto. Actuado acorde al compañerismo que los unían como grupo, aquellos inafectados por niebla detuvieron la arremetida y se acercaron a aquellos afectados con el fin de ayudarlos.
"¡SUÉLTAME! ¡Arghhhh!"
"¡AAAAHHHHHH! ¡YA! ¡BASTA!"
Sin embargo, las reacciones de aquellos enloquecidos hacia los intentos de ayuda fueron de total aversión. Y sus reacciones solo empeoraron cuando sus compañeros resistentes a la niebla intentaron detener las autoflagelaciones a la fuerza. Con chillidos carentes de razón, los enloquecidos mercenarios alejaron violentamente a aquellos dispuestos a ayudarlos y reanudaron sus expresiones físicas de desesperación.
"¡No se dejan ayudar! ¡¿Qué hacemos?!" Se cuestionó uno de los mercenarios sanos, completamente superado por la frustración.
Ellos tenían que llevar a cabo un trabajo, tenían órdenes que seguir. Aun así, no podían dejar atrás a sus compañeros de armas; ese era uno de sus credos. "El Colmillo de Hierro es más que un simple grupo de mercenarios, es una familia, y como tal, nunca le da la espalda a uno de sus hermanos"; esas habían sido las palabras que Ricardo les había dicho cuando se unieron formalmente al grupo. "¡Ahora eres un Onii-san más!" Solía decir Mimi.
Con eso en mente, ninguno de los mercenarios se atrevió a proponer abandonar a aquellos afectados por la niebla. No obstante, el Colmillo de Hierro también tenía una reputación que proteger. No podían darse el lujo de que, lo que fuera que estuviera causando los ataques de pánico y locura, los superara y venciera.
"Tiene que ser algo relacionado con la ballena…" Murmuró uno de ellos, expresando con palabras las sospechas de todos los allí presentes.
"Más concretamente, con esta niebla. Pero… ¿por qué solo afecta a algunos?" Añadió otro, cuestionando la naturaleza de esa niebla y la razón detrás de que solo una parte de ellos se estuviera viendo afectada.
"No tenemos tiempo que perder y sucede esto…" Se lamentó otro. Caras como las suyas, llenas de preocupación y derrota, empezaron a aparecer entre cada vez más de los mercenarios, que, habiéndose separado de la principal cadena de comando, no sabían cómo actuar.
"¡No podemos simplemente quedarnos aquí parados!" Exclamó un demi-humano con vistosas facciones de tigre, sobresaliendo entre la niebla, los gritos y las palabras de preocupación. Con una expresión dura, el hombre bestia miró a todos su compañeros como una torre de hierro. Sus compañeros inmediatamente lo miraron de vuelta, después de todo, se trataba de uno de los miembros de élite del grupo, solo por detrás de Ricardo en poder físico. "Tenemos un trabajo que llevar a cabo. Creo que deberíamos dividirnos, pero no como nos ordenaron. Un grupo se queda junto a los afectados y el otro…"
"¡Chicos encontré la solución!" Pero antes de que el guerrero pudiera terminar de hablar, otro de los miembros de élite, uno con apariencia zorruna y delgada, exclamó excitado. Se trataba del mejor curandero del grupo, que desde que habían comenzado a aparecer los primeros afectados por la niebla, se dispuso a encontrar una manera de contrarrestar el efecto. "Requiere una enorme cantidad de maná, pero la magia curativa parece capaz de mitigar el efecto de la niebla."
"¿Entonces definitivamente se trata de la niebla?" Cuestionó el guerrero bestial, acercándose a su compañero curandero.
"Sí, estoy bastante seguro. Yo también puedo sentirlo, después de todo." Respondió el zorro humanoide, haciendo una mueca de dolor. "Parece ser que no me afecta tanto como a los demás, pero sí soy capaz de escucharlo. Es como si… la niebla, o la ballena, me estuviera hablando. Se trata del maná imbuido en la niebla, no hay duda. Por eso creo que deberíamos sacar de aquí a los afectados. Así que estoy de acuerdo contigo, deberíamos dividirnos. Sobre todo, porque temo aún más por la vida del caballero Felix. Él debería de ser capaz de tratar a aquellos débiles a la niebla mucho más rápidamente que yo, pero no parece que los gritos de guerreros afectados hayan disminuido…"
"Entiendo lo que quieres decir." Respondió el guerrero con facciones de tigre. Tras lo que levantó su mirada y se enfocó en sus compañeros reunidos alrededor. "Esto es lo que haremos: aquellos capaces de luchar se adentraran en la niebla junto a mí, aquellos hábiles en el uso de magia curativa se quedaran para tratar a aquellos vencidos por la niebla y a ayudar a sacarlos de aquí. ¡No tenemos tiempo que perder, así que no defrauden al capitán y den todo de ustedes!"
"Capitán…" Murmuró Mimi, mientras se adentraban velozmente en las entrañas de la niebla. Por la mueca de incomodidad que se había formado en su rostro, era obvio que algo le estaba molestando.
"Sí, lo sé. Ya lo oí." Respondió Ricardo, prestando atención a los gritos que de repente habían surgido a sus espaldas. No había duda de que se trataba de sus subordinados.
"Considerando los gritos de antes, y ahora esos, no hay duda de que lo que los causa está relacionado con la ballena; teniendo en cuenta el momento en que comenzaron a escucharse los gritos, existe la posibilidad de que la niebla los esté causando." Comentó Julius, tras haber analizado la situación por un momento. "Son tus subordinados, Ricardo. Si lo crees necesario, puedes volver con ellos."
"Esa no es una opción. Nosotros tenemos nuestro trabajo y ellos el suyo. Además, el Colmillo de Hierro está conformado por los mercenarios más eficientes de todo Kararagi, así que no deberías subestimarlos así. Ya encontraran su manera de resolverlo. ¿No es así, Mimi?" Ricardo sonrió viciosamente, para entonces lanzarle esa pregunta a Mimi. Sin embargo, ésta no recibió respuesta, por lo que el hombre bestia miró inmediatamente a su pequeña compañera. Lo que antes había sido una mueca de incomodidad, ahora se había transfigurado en una mueca de dolor. "¡¿Estás bien?!"
"¡Hnk! S-Sí, es solo que…" Tomándose su pequeña cabeza, Mimi se esforzó por no sucumbir ante la tóxica influencia de la ballena. "Julius-san tiene razón… Es como si la niebla… es como si la Ballena Blanca estuviera susurrando cosas sin sentido al oído de Mimi. ¡Es muuuy molesto!" Con un grito de coraje, Mimi sacudió su cabeza y miró con el ceño fruncido a Ricardo. "Esa ballena es muy molesta, capitán. ¡Apurémonos en vencerla, Mimi quiere evitar que siga susurrándole a través de su niebla!"
"¡Ja, ja, ja! ¡Así se habla, pequeña!" Respondió Ricardo, recuperando su sonrisa y liberando una risa estridente.
"Hmm… Parece ser que afecta con mayor intensidad dependiendo del individuo. Yo no escucho absolutamente nada de lo que dice Mimi. ¿Cuál es tu caso, Ricardo?" Llevando su mano a su barbilla, Julius cuestionó a Ricardo una vez él terminó su intercambio de palabras con la niña demi-humana.
"¿Yo? ¡Yo estoy de maravilla! Aunque es cierto que noté una especie de presión al entrar en la niebla, ¡pero no es nada que una buena batalla no pueda remediar!"
Tras recibir la respuesta estridente de Ricardo, Julius se mantuvo en silencio. Ambos líderes del Colmillo de Hierro, tanto Mimi como Ricardo, destacaban por su poder por encima del promedio. ¿Acaso tenía algo que ver con que no sucumbieran ante la niebla? Si ese era el caso, ¿no estaba acaso sobreestimando Ricardo a los mercenarios bajo su mandato? Julius en verdad esperaba que no, puesto que de ellos dependía el rescate de su amigo.
"¡Parece que tu deseo se cumplió, capitán!" Gritó vivazmente Mimi, sacando a Julius de sus pensamientos.
Ante tal afirmación por parte de la niña, Julius se enfocó en aquello que tenía al frente; al principio no vio nada, pero entonces lo notó. Al fondo, en lo profundo del océano de niebla, podía ser vislumbrada una silueta; una gigantesca silueta que apenas era visible gracias al hechizo utilizado al comienzo del combate para iluminar los cielos. Sin dudarlo, Julius desenvainó su espada y les dio un pequeño jalón a las riendas de su dragón; la batalla estaba punto de comenzar.
"¡Tienes razón, Mimi! ¡Bien, en ese caso, estén atentos! ¡Tenemos que encontrar al Demonio de la Espada! ¡Para vencer a la ballena, sin duda necesitaremos de su ayuda!"
"Considerando el profundo deseo de venganza de Wilhelm Van Astrea, no dudo que, si sigue con vida, se encontrará cerca de la mabestia. Y no tengo dudas de que sigue con vida; él no morirá hasta que esa ballena haya sido cercenada." Dijo Julius, con una sonrisa determinada dibujándose en su rostro.
El hombre conocido como el Demonio de la Espada fue un caballero que ostentó el logro de haberle arrebatado la espada a un Santo de la Espada, aquel anterior a Reinhard, después de todo. Él no tenía duda alguna de que el último en morir durante el combate sería Wilhelm Van Astrea. Pero su confianza fue puesta a prueba tan rápidamente que su mente y corazón se detuvieron por un instante.
"Acaso… ¡Capitán, parece ser que no solo es una ballena, son dos!" Atónita, la niña alertó a Ricardo, al percatarse de que la enorme silueta no se encontraba flotando sola entre la niebla.
"¡No! ¡Son tres!" Sin embargo, el hombre bestia se vio en la necesidad de corregir a Mimi. "¡Demonios!"
"¡¿A cuál atacamos?!" Preguntó la niña, tomando con fuerza su bastón de madera.
"Primero deberíamos acercarnos más y contemplar el panorama. Después podremos decidir cuál será el mejor curso de acción a tomar." Afirmó Julius, saliendo del shock momentáneo en el que había sido sumergido. "Enfoquémonos en encontrar a Wilhelm-san. Si logramos reunirnos con él, podremos entender que está sucediendo y por qué ahora hay tres ballenas."
"¡Bien, sigamos adelante!" Aferrándose con fuerza a sus monturas, el caballero y los dos mercenarios se acercaron raudamente a las tres siluetas.
Como navegantes en las feroces aguas de un enfurecido mar, los tres combatientes surcaron la tóxica niebla de maná con su mirada fija en las terribles y ominosas siluetas que nadaban entre la niebla con total libertad. Como si de guardianes de diferentes pisos o secciones se trataran, las tres figuras masivas sobrevolaron el área anieblada a alturas distintas.
La primera figura, representando una suerte de primer jefe, no se hallaba a más de cinco metros de altura. E incluso era posible vislumbrar como, por momentos, se acercaba al suelo y lo rozaba con su abdomen, mientras cantaba una melodía de muerte y escupía torrentes de niebla capaces de eliminar de la existencia a aquellos a quienes golpeaba; el mismo hechizo que había acabado con la vida de la firme y noble mujer que había organizado la cacería.
Las segunda figura se encontraba navegando entre la niebla a poco más de unos veinte metros de altura. A diferencia de la primera, ésta masiva silueta no descendía al suelo, o al menos no lo hacía tan frecuentemente como ésta. Sin embargo, eso no la privaba de atacar a aquellos desventurados sobrevivientes que se encontraba entre la niebla. Lanzando terribles chorros de niebla capaces de obliterar secciones enteras de la pradera, la segunda figura se aseguró de incrementar asiduamente la histeria y miedo que ya reinaban en el campo de batalla.
Mientras que las dos gigantescas siluetas antes mencionadas sembraban el pánico entre los derrotados guerreros e, in crescendo, sumaban más víctimas a la larga lista de guerreros que habían perecido, la última silueta, como sí de un rey se tratara, como si fuera el último jefe de una mazmorra o la bestia a vencer, sobrevolaba el campo de batalla sin disminuir su altura o dignarse a unirse al combate.
Sin atacar, la ballena que se encontraba nadando en la sección más alta de la niebla, a unos cien metros de altura, se limitó a moverse en círculos, mientras observaba detenidamente como se desenvolvía el combate… o, más adecuado sería llamarla masacre. Esa última silueta no estaba interviniendo, e incluso parecía estar evitando del todo acercarse al suelo; y Julius no fue ciego a tal comportamiento. Por lo mismo, el caballero se dispuso a advertir al respecto a sus dos compañeros, pero la reverberación de un poderoso grito se lo impidió.
"¡Arrghh! ¡Háganle un favor a este anciano espadachín y mueran, ustedes repugnantes bestias!" La voz de un guerrero, templado por décadas de práctica y experiencia en combate, alcanzó los oídos de los tres combatientes que tenían como objetivo unirse a la batalla contra las tres ballenas. "¡Sientan la ira de mi espíritu fluir a través de mi espada! ¡Nada de lo que hagan bastará para acabar con mi vida! ¡No daré mi último aliento hasta que mi filo haya cercenado sus vidas por completo!"
"¡Wilhelm-san!" Gritó Julius, apurando aún más a su querido dragón de tierra. Ese grito de ira y determinación había revitalizado sus esperanzas marchitas, puesto que implicaba que el gran guerrero Wilhelm Van Astrea todavía no había sido derrotado por la Ballena Blanca. "¡Ricardo, yo entraré ahí! ¡Necesito que Mimi y tú se mantengan al margen del combate por el momento! ¡Cuando sea el momento oportuno, contaré con sus gritos para tornar la situación a nuestro favor!"
Tras trasmitir esas palabras a Ricardo y su pequeña segunda al mando, Julius se adelantó, alcanzando finalmente la zona donde deambulaba la primera silueta. Ante lo que el caballero no tardó en finalmente apreciar por completo la aterradora imagen de la gran mabestia. Con un enorme cuerno espiralado sobresaliendo de su cabeza, un ojo enrojecido que trasmitía un odio animalístico, un masivo cuerpo teñido de blanco cenizo y aletas con detalles en un rojo carmesí que recordaba a la sangre, la Ballena Blanca, la Mabestia de la Niebla, finalmente apareció ante él con todo su esplendor.
Y eso no es todo lo que pudo apreciar el caballero. Sobre el lomo de la ballena, asemejándose a un letal ácaro recorriendo su pelaje, se encontraba Wilhelm Van Astrea. Con una velocidad inhumana, capaz de dejar boquiabierto hasta al guerrero más experimentado, el anciano recorrió el cuerpo de la ballena mientras arrastraba la punta de su espada, dejando atrás profundos cortes de los que brotaba sangre a borbotones.
Julius, notando que tanto la Ballena Blanca como el guerrero que se encontraba combatiendo sobre ella se encontraban considerablemente heridos, decidió no perder más tiempo con consideraciones innecesarias y saltó de su dragón de tierra, para posteriormente aterrizar sobre la ballena; acrobacia que no habría sido posible de no ser por el impulso otorgado por su fiel montura.
"¡Muere, maldita!" Gritó el envejecido guerrero, realizando un último ataque sobre la cabeza de la ballena, que la dejó considerablemente aturdida, para entonces acercarse rápidamente a Julius; accionar que no sorprendió al caballero. Era de esperarse que el veterano guerrero notara su presencia tan rápidamente. "No esperaba verte aquí, Julius. Después de que los mercenarios abandonaron el campo de batalla, creí que ya no recibiría más refuerzos… Aunque tampoco puedo culparlos por ello, la situación se fue a pique extremadamente rápido. No sé dónde se encuentra Felix y hemos perdido a la mayoría de los aliados que reunimos."
"Estoy al tanto, Ricardo ya hizo que uno de sus subordinados me explicara lo sucedido." Respondió Julius ante el informe del caballero, explicándole que ya estaba al tanto de todo. "Sin embargo, el Colmillo de Hierro no abandonó del todo el combate. Los dos líderes presentes y mi persona vinimos con la intención de prestarle nuestra ayuda, Wilhelm-san. Otro grupo fue asignado a rescatar a Felix."
El anciano miró por un momento a Julius directamente a los ojos, antes de liberar un pesado suspiro. "Me alegra escucharlo. Felix… Felix no se encuentra bien. Parece ser que la niebla lo afectó de sobremanera… Y a mí… Creo que a mí también… Siento como si algo hiciera falta en mi cabeza…" El caballero negó con la cabeza, mientras se llevaba una mano a la sien derecha. "Disculpa, este no es el momento indicado para los delirios de un anciano. Antes tenemos que derrotar a la ballena."
"¿Ballena?" Preguntó Julius, extrañado. Julius quería saber más respecto a lo que había dicho el anciano guerrero, pero como él mismo había dicho, ese no era el momento… Con su mirada, el caballero señaló el cuerpo de la ballena sobre la que se encontraba, para entonces señalar a las dos restantes.
"Correcto." Respondió Wilhelm, afirmativamente. "No soy un guerrero tan inconsciente como para no notar los cambios ocurridos en mi enemigo después de largos y arduos minutos de combate. Me tomó un tiempo percatarme, me avergüenza admitir, pero una vez noté los pequeños detalles, se volvió completamente obvio. No son tres ballenas, se trata de solo una, que se dividió en tres. La muy cobarde lo hizo después de que logré arrancarle uno de los ojos. Como podrás notar, todas las ballenas poseen la misma lesión."
Julius no tardó en mirar detenidamente el rostro de la ballena más cercana, y fue así como confirmó lo que había dicho el anciano. Era cierto, ambas ballenas se encontraban tuertas de uno de sus ojos. En ese caso, tenía sentido pensar que la ballena se había divido, en lugar de haber llamado refuerzos; además, nunca en la historia se habló de diversas Ballenas Blancas, y aunque podía deberse a que nunca se juntaron, Julius no creía que fuera el caso.
"Tenemos que asesinar a la original, y con ello deberían caer también las dos copias…" Razonó Julius, ante lo que el portentoso anciano asintió. Julius realmente quería preguntar sobre que otros hechos habían llevado a Wilhelm a la conclusión de que la ballena se había divido, puesto que dudaba que la lesión compartida fuera lo único en lo que se basó el guerrero. Sin embargo, él era consciente de que no contaban con el tiempo para ello. "Y la original es la que se encuentra más alto. ¿Estoy en lo correcto?"
"Veo que también llegaste a las mismas conclusiones que yo, Julius… A decir verdad, no podría afirmar que lo estás. Al fin y al cabo, yo mismo no estoy completamente seguro. Pero esa es nuestra mejor apuesta, así que pienso que lo mejor sería dejar de lado a los dos ballenas secundarias y enfocarnos en la que está más alto. Sin embargo, el verdadero reto se encuentra en el cómo alcanzar a la ballena principal. Ya llevo un rato buscando la respuesta, pero lo cierto es que aún no he logrado encontrar la manera de llevarlo a cabo."
"Hmm… Es posible que tenga una idea, Wilhelm-san." Y con esas palabras, la etapa final de la batalla contra la Ballena Blanca finalmente comenzó.
