Capítulo 29
Inuyasha observaba a Naraku, éste estaba serio. ¿Cómo podía haber mandado esa nota si él había estado en todo momento con él? Bueno, no, casi en todo momento, sin olvidar que tuvo que perder de vista tanto a su esposa como a él sólo para fingir ir con esa mujer a una habitación.
No, negó para sí mismo, era mejor que no se confundiera, era probable que tuviera hombres que hacían el trabajo sucio por él y seguramente uno de ellos tenía a su esposa.
— ¿Alguna novedad?— preguntó Naraku, intrigado al ver a Inuyasha.
El ojidorado no respondió. Hizo bolita la nota y la guardó en el bolsillo de su saco.
—No. Todo está perfecto, si me disculpas ya es tarde y debo irme.
Se levantó de la silla y dejó unas cuantas monedas de propina para la mesera. Se disculpó con los hombres con la excusa de que le había salido un imprevisto.
Al salir de allí se dirigió a la casa de Koga, ese maldito miserable, por su culpa su esposa había estado en ese lío tan grande. Llamó varias veces, hasta que una mujer abrió la puerta.
— ¿Dónde está tu patrón? – preguntó arrastrando las palabras.
—El señor está dormido – respondió la mujer.
—Ve por él y dile que Inuyasha Taisho está aquí.
—Pero señor…
—Mujer es de vida o muerte – apretó los dientes para contener la furia.
La mujer salió despavorida escaleras arriba en busca de su amo. Minutos después aparecía Koga con ojos somnolientos, Inuyasha no le dio tiempo de hablar cuando ya le había dado un golpe en la cara, justo en la mejilla derecha, haciéndolo tambalear y caer al suelo.
—Te advertí que si algo le pasaba, tú serías el único responsable.
Koga frunció el cejo, llevándose una mano a la mejilla.
— ¿Qué ha sucedido? – preguntó mientras se levantaba del suelo.
— ¿Qué ha sucedido? – Repitió – Que la han descubierto. Han descubierto a Kagome y por si fuera poco me piden dos mil monedas de oro por su rescate.
Ante esto, Koga se dio media vuelta y fue hasta su despacho, seguido de Inuyasha. Cuando el ojidorado entró, vio a Koga que estaba escribiendo algo sobre un papel.
— ¿Qué vas hacer? – preguntó el ojidorado, frunciendo el cejo.
— Debemos actuar rápido e ir tras Naraku para que responda.
Inuyasha se cruzó de brazos y siguió avanzando – No creo que él sea el responsable.
Sacó la carta que le habían mando y la dejó caer sobre el escritorio de madera. Koga tomó la carta y comenzó a leerla.
— ¿Sólo esto? – Dijo mostrándole el papel – No dice más, ni un lugar donde verse para hacer el intercambio. – analizó la nota para ver si encontraba algo extraño en ella – Si dices que él no es el responsable, estoy seguro que sabe perfectamente quien es la persona quien tiene a Kagome.
—Entonces debemos hacerle una visita a Naraku, para que responda por esto. Mientras más tiempo tardemos, es menos tiempo para Kagome.
— ¿Sabes? – Le preguntó Renkotsu a Kagome – Nunca había visto a una mujer vestida de hombre, pero es la cosa más fascinante que he visto en mi vida. – La miraba lascivamente provocando que a la joven le causara asco – La verdad no sé si regresarte a tu marido o no – el hombre esbozó una sonrisa, acariciando una de sus mejillas – Una mujer como tú sería un desperdicio que él te tuviera, después de todo, ha tenido una infinidad de amantes.
Acto seguido se echó a reír.
—Pero veamos cuál es tu precio. Dos mil monedas para que regreses a él o la persona que está dispuesta a dar lo que sea con tal de verte muerta. ¿Quién crees que pagara más? ¿Lady Ayame o el Lord Inuyasha?
Kagome frunció el cejo. ¿Así que esa mujer deseaba verla muerta? ¿Con que propósito? Jamás le había hecho daño a ella, al contrario, ella era la que se había metido en sus vidas, la que había pasado más tiempo con su marido que ella con él. En ese caso, la que la quería ver muerta sería precisamente ella como derecho a esposa.
— ¿Qué dices? – Renkotsu se llevó una mano a la oreja al escuchar los murmullos de Kagome –Ah, permítame Lady Kagome – y le quitó la mordaza de la boca – Ahora si ¿Qué me deci…
—Vete al infierno. No me interesa quien pague más por mi salvación o verme muerta – lo miraba desafiante, como si ninguna de sus palabras hubiese hecho efecto sobre ella.
—Eso lo averiguaremos – y le volvió a colocar la mordaza –Todos tenemos un precio, es solo cuestión de saber cuál es – le guiñó un ojo y la dejó sola.
Kagome se recargó en el tronco de un árbol y suspiró. Maldiciendo el día en que había aceptado ayudar a su amigo, maldiciendo el día en que se casó con Inuyasha, maldiciendo el momento en que se encontró en aquel lugar con él, semidesnudo, pero aun así no podía maldecir el amor que sentía por él.
Ambos no comenzaron bien, dónde el odio y la desconfianza era lo único en lo que estaba construido su matrimonio. No se conocían el uno al otro, su matrimonio había sido prematuro, así como su separación. Eran dos corazón que simplemente no latían al mismo tiempo, se necesitaría más que el amor para complementarse el uno al otro. Para borrar el pasado que él tenía y dejar en el olvido el historial de sus amantes.
Sólo haría falta si él estaría dispuesto a embarcarse en esa aventura. Ya se lo había prometido un sinfín de veces, de su promesa de cambiar, era probable que Kagome no lo hubiera visto, pues sus ojos aún estaban cubiertos por la venda de la duda.
Cerró un momento los ojos, ella lo había lastimado diciéndole sobre la supuesta pérdida de su hijo y ¿Cómo había reaccionado él? alejándose de ella y regresando a su antigua vida. Una lagrima amenazó con salir, seguramente ahorita estaría en los brazos de aquella mujer que se le insinuó en el club de Naraku, estarían haciendo el amor y riendo al mismo tiempo.
¿Y ella? ¿Acaso tampoco tenía derecho a reaccionar de la misma manera que él? Él la había dejado siete años y nunca protestó, en cambio, con su mentira mal intencionada, Inuyasha había preferido alejarse de ella.
Abrió los ojos y se encontró con la luna, brillando tan hermosa y esplendida en el cielo y fue ahí cuando la lágrima que amenazaba con salir fue liberada.
Lo amaba y no podía permitir que otra u otras se lo quitaran así porque sí. Era un libertino que debía ser reformado, pero para ser felices tendrían que partir desde el principio.
—Lo único que queda sería comenzar de nuevo. Dame una oportunidad para verlo de nuevo.
El camino se le había hecho una eternidad, si no hubiera sido un hombre prudente en estos momentos estaría amenazando a Naraku y preguntándole sobre el paradero de su esposa. Se recargó incomodó en el respaldo del asiento. De vez en cuando se pasaban los dedos de las manos por su melena negra.
Contemplaba desde la ventanilla la ciudad, cubierta por el manto nocturno. Había desperdiciado cada hora del día por estar con una infinidad de amantes cuando en lugar de eso pudo haber aprovechado ese tiempo por estar con ella.
Aún estaba la herida de su mentira, cuando ella le había confesado que nunca estuvo embarazada. En primer lugar se había sentido dolido y traicionado, pero comprendió que no la podía juzgar ya que él había hecho cosas por las cuales no se había ganado la confianza y su amor.
¿Amor?
¿Qué era el amor?
¿Qué sientes por ella en estos momentos?
Muchos sentimientos estaban a flor de piel. La preocupación de saber quién la tenía y si ella estaba bien, de no quererla perder y aferrarla a sus brazos para no dejarla ir nunca. En el pasado se había comportado como un completo idiota, por no decir más.
Esos siete años suponían un abismo tan grande entre ellos, donde solo existían dudas, errores, desconfianzas, pero estaba dispuesto a cambiarlo todo. Tal vez no lo demostró de la mejor manera, pero si volvía a verla, si volvía a tenerla entre sus brazos, de ver esos cálidos ojos color chocolate, ver esa sonría tan sincera y encantadora que supondría era una invitación en su vida y en su corazón.
Hace siete años, aquel día de su fatídico encuentro donde los llevó a ambos al matrimonio, no había sido culpa de ella –cómo siempre la culpaba – o de él. Sino más bien fue el capricho del destino que quiso unirlos desde ese día.
Lo que habría dado si aquel día hubiese sido ella con la que hubiese estado en lugar de Lady Ayame. Esos ojos hermosos, lo habían visto con tal inocencia, ella se merecía un cortejo y no una boda exprés.
Estaba decidido a cambiar, pero las palabras se las llevaba el viento y lo que hacía falta eran hechos. ¿Qué estaba haciendo él por merecerla?
Suspiró para sí mismo. Esta pesadilla tenía que terminar por el bien de los dos, una vez que la recuperaría y la tuviera sana entre sus brazos se la llevaría a Hampshire para comenzar desde cero, justo donde había comenzado todo, y se pasaría el resto de su vida desmostarle que la amaba.
—Hemos llegado.
Anunció Koga, abriendo la puerta del carruaje, Inuyasha asintió y ambos hombres bajaron. Se quedaron por un momento contemplando la mansión de Naraku.
—Kagome…
Inuyasha iba salir corriendo en dirección hacia la entrada, pero el ojiazul lo detuvo.
—No seas imprudente – le dijo el hombre – Debemos contemplar la posibilidad de que él la pueda tener tanto como no – lo soltó – Lo haremos juntos.
Acto seguido, llamaron a la puerta, pero nadie contestaba, entonces Inuyasha se dio cuenta que la puerta estaba sin llave. Se miraron uno al otro y Koga asintió.
Entraron a la mansión pero todo estaba desordenado, como si hubiera pasado un torbellino adentro de la mansión. Cuadros, floreros y espejos tirados al suelo.
—Será mejor que tengamos cuidado – sugirió Koga, sacando un arma.
El ojidorado asintió y lo siguió por detrás. Mientras más avanzaban más escuchaban los gritos de furia de una voz masculina que provenía justo del estudio.
—¡Ese hombre! – Gritó la voz – ¡Juro que cuando lo tenga entre mis manos lo voy a matar!
Koga se sobresaltó al escuchar un objeto estrellarse contra la puerta, volteó a ver a Inuyasha y le susurró.
—Creo que puedes tener razón. Ya no estoy convencido de que éste sujeto sea un salteador de caminos.
Giró la perilla de la puerta lentamente, sólo había visto la chimenea y los muebles iluminados por el fuego. Entonces salió una botella volando por el aire hasta llegar al fuego y este cobraba vida con el licor.
Abrió un poco más la puerta y ahí estaba Naraku, sentado en escritorio con una botella de whisky en la mano.
Naraku se percató de la presencia de alguien y tomó el arma que descansaba a un lado de él.
—¿Quién anda ahí? – preguntó el hombre.
Koga guardó su arma y entró al despacho con las manos arriba de la cabeza y seguido de Inuyasha.
—¿Qué hacen aquí? – Preguntó furioso, pero hizo a un lado su arma —¿Cómo entraron?
—Sé que no es el momento…
—¿Dónde está mi esposa? – Interrumpió de golpe Inuyasha, acercándose a Naraku y apretándole el cuello contra sus manos — ¿Dónde la tienes?
—Inuyasha, tranquilo – Koga lo apartó de él para que llegara a hacer algo estúpido (aunque ya lo había hecho)
Naraku se apartó de los dos hombres, llevándose las manos al cuello donde hace rato Inuyasha lo estaba asfixiando.
—¿De qué demonio me hablas? – preguntó arqueando una ceja con expresión confusa.
—No te hagas estúpido – vociferó el ojidorado y si no hubiera sido por Koga que lo sostenía, se hubiera abalanzado sobre él una vez más – Sé que la tienes y exijo saber dónde está.
Naraku alzó un dedo para obligarlo a cerrar la boca – Mira, en primer lugar no sé quién es tu esposa y mucho menos no sé en donde esta y segundo, no estoy de humor para tus preguntas. Así que les pido que se retiren de mi casa.
—Sabes perfectamente quien es, ha estado entre nosotros – dijo él con la mirada puesta en aquel hombre — ¿El nombre de Lady Safira o Lord Claymore se te hace familiar?
Naraku observó con los ojos muy abiertos a Inuyasha y éste asintió.
—No tengo idea en donde esta – él de encogió de hombros – Después de que te fuiste con una de mis chicas é…ella había desparecido. Pero nunca regresó. No sabía que era tu esposa y mucho menos si esta disfrazada de hombre – frunció el cejo —¿Me pueden decir que significa esto? ¿Por qué están los dos aquí, preguntándome por tu esposa? Y sobre todo ¿Qué tengo que ver en esto?
—Creemos que eres el líder de una banda de salteadores de caminos.
Naraku se quedó con los ojos muy abiertos ante la confesión de Koga y acto seguido hizo algo que ni Inuyasha ni Koga se esperaban. Él se echó a reír.
—Eso es lo más estúpido que he escuchado toda mi vida. ¿A qué idiota se le ocurrió esa locura?
Inuyasha observó a Koga, y éste disimuló no escuchar nada.
Más de rato, estaban los tres hombres sentados sobre el piso de alfombra, bebiendo lo que quedaba de la única botella de whisky.
—Reconozco que me he aprovechado de los que van a apostar a mi club todas las noches – confesó el hombre, dándole un pequeño trago a su copa – Pero jamás he sido un salteador de caminos y no sé porque llegaron a esa conclusión.
—Estábamos casi seguros que eras tú, todas las pistas te señalaban a ti – explicó Koga.
—Te equivocaste de hombre –negó con toda la serenidad del mundo.
—¿Y por qué estabas decorando tu casa? – preguntó Inuyasha.
Naraku suspiró y al recordar lo que le había hecho su hombre de confianza esa ira se volvió a reflejar en sus ojos.
—Por mi gran hombre de confianza. Renkotsu, ese maldito infeliz hijo de puta me ha estado estafando. Era mi amigo y no le importó robarme. Pero les juro que cuando lo encuentre, recibirá el mejor trato que se le da a una rata traicionera.
—¿Cómo que te ha estado estafando? – estaba más intrigado Inuyasha que el propio Koga.
—Él se encargaba de llevar las cuentas, me entregaba notas alteradas. Cuál fue mi gran sorpresa que voy viendo los verdaderos números. Se ha estado llenando el bolsillo por más de mil libras.
Inuyasha había llegado a una conclusión, Kagome había ido hasta el despacho para buscar algo que incriminara a Naraku y en lugar de encontrarse con él, se había topado con Renkotsu, éste al verse descubierto por ella la secuestró y así pidió el rescate de su mujer.
Si, asintió para sí mismo, coincidía con Naraku, era un maldito infeliz hijo de puta y si lo tuviera en frente lo mataría.
—Así que… estoy seguro que ese maldito tiene a tu mujer – concluyó él.
—¿Sabes cómo dar con él? – preguntó Inuyasha.
—No – Naraku negó – Es muy escurridizo, no será fácil dar con él. Lo único que sé es que no vive en la ciudad.
Inuyasha se levantó seguido de Koga, no estaba dispuesto a perder más tiempo, si Naraku no sabía en donde estaba Kagome, él mismo la encontraría e iría al fin del mundo con tal dar con ella y saber que se encontraba en buena salud.
Tanto él como Koga se separaron en el camino, el ojidorado tenía mucho en que pensar y lo haría en la soledad de su mansión.
En cuanto entró lo recibió su mayordomo, quien le entregó una nota y era de la persona de quien menos se lo esperaba.
"Mi buen estimado Lord Taisho:
No hace falta que me presente con usted puesto que creo que sabe quién soy. ¿Ya consiguió lo que le pedí? Espero que sí, porque no olvide que tengo a su mujer.
Nos vemos entre los límites de Londres y Westminster
Tiene hasta las tres de la madrigada para conseguirme esas dos mil monedas de oro o de lo contrario comenzaré a entregarle a su esposa en partes"
Arrugó el papel y lo tiró al suelo, comenzaba a cansarse de esos mensajes. Fue primero a su habitación donde sacó un pequeño cofre de caoba con destellos de oro a los costados. Después fue a su despacho, se detuvo justo en la chimenea, hizo a un lado un atizado y en seguida la chimenea comenzó a cobrar vida. Se abrió en dos y entró a otro despacho mucho más pequeño que el otro donde guardaba las pertenencias de sus antepasados. Dejó el cofre sobre el piso y recorrió la alfombra, para develar una puerta secreta. La abrió y su cara se iluminó debido al tesoro familiar. Había perlas, diamantes de rubíes, esmeraldas y monedas de oro.
Una vez contadas las monedas y puestas en el cofre, salió de ese pequeño despacho y regresó a la posición normal el atizador.
Decidió a encontrarse esa madrugada con aquel hombre. No le iba a informar nada a Koga, lo haría por su cuenta, rescataría a su esposa y mataría a ese infeliz.
Sus pies pisaban la húmeda yerba, a su paso había rastros de fuego, dos hombres se encontraban dormidos, uno de ellos tenía abrazada una botella de ron, el otro permanecía dormido con los brazos cruzados y al fondo, la figura de una mujer, quien dormía sobre unas mantas.
Esbozó una fría sonrisa, sacó una daga de su hermosa melena larga y sus largos de fuego ardiente cobraron vida mientras avanzaba hacia ella.
Se arrodilló y contempló a la pálida mujer, movió la cabeza hacia un lado y recorrió la manta con que la joven había usado para cubrirse del frio y lo hizo hasta la mitad de la cintura, observaba su respiración tranquila.
Esbozó una sonrisa de maldad pura, la tenía donde quería, dormía plácidamente sin llegar a imaginar que nunca iba a despertar de ese sueño.
—Jamás debiste cruzarte en nuestro camino – dijo con profundo odio hacía la joven –Tú me robaste lo que debió ser mío hace mucho tiempo, si tú no hubieras intervenido, yo sería ahora su esposa. Por eso, si no es mío, tampoco será tuyo. Buenas noches bella durmiente, espero que nunca despiertes de tu sueño.
Y clavó la daga en su corazón…
Kagome se despertó de golpe, para su sorpresa se encontraba sudando y se sintió relajada al saber que todo había sido un sueño. Escuchaba a lo lejos las risas de Renkotsu y de su cómplice Mukotsu.
"Fue sólo una pesadilla. Tranquila"
Pero la había sentido tan real, no sentía miedo por ella, sino porque Lady Ayame pudiera hacerle algo a Inuyasha y es ahí donde ella no iba a poder soportarlo.
Intentó no volverse a quedar dormida, pero el sueño la venció nuevamente, siendo ajena a lo que pasaba.
Inuyasha dejó el cofre sobre el escritorio y salió del despacho. Iba en dirección a su habitación cuando vio a Ayame parada justo en la entrada principal. Lucía demacrada, pálida, con los ojos rojos como si no hubiera dormido en días., su cabello estaba completamente enmarañado y por sin ningún lado, nada que ver con el sedoso cabello que un día le conoció y que había recorrido siento de veces.
Llevaba puesto sólo un camión y un batín de bajo de este.
Él se acercó a ella.
—¿Qué haces aquí, Ayame? – puso su mano en su frente para comprobar que no estuviera enferma – No te vez bien.
—No pagues esas monedas de oro.
El ojidorado frunció el cejo ¿Cómo sabía ella sobre esa cantidad?
—No se las pagues a Renkotsu – ella trató de acercarse a él, pero éste se alejó – Yo podría dar el doble con tal de que la desaparezcan de nuestras vidas y así, ambos seríamos felices. Yo sería tu esposa y tu única amante.
Inuyasha estaba aterrado, era como si ella hubiese perdido toda la capacidad de razonamiento, ella se había convertido en una mujer esquizofrénica que le producía escalofríos.
—No sé de lo que me estás hablando – fingió él.
—Ambos sabemos de lo que estoy hablando – respondió ella y dio un paso hacia el frente, acorralando a Inuyasha entre la pared y su delgado cuerpo –Por favor, ya no me rechaces. Te he estado deseando desde la soledad de mi habitación, esperando cada noche tu regreso – derramó una lágrima– Pero nada, todas tus atenciones eran para tu esposa, esa mujer que llevaba doble vida. Fingiendo algo que no era. Yo jamás te he fingido nada Inuyasha – lo miraba fijamente, intentando robarle un beso desesperadamente –Ella es la culpable de nuestra desdicha, desde el primer momento en que se casó contigo.
Inuyasha la tomó de las manos cuidadosamente para no lastimarla.
—Te equivocas cariño – dijo dulcemente para no alterarla más de lo que ya estaba –Ella no tiene la culpa de nuestra ruptura. Esto debió terminar desde hace mucho tiempo, incluso desde antes que muriera tu marido.
—¿Entonces? ¿Le pagamos a ese hombre para que la aleje de nuestras vidas?
Él suspiró profundamente, se sentía un completo desgraciado al ver en lo que se había convertido lo que alguna vez había sido una mujer tan hermosa y con quien había compartido momentos felices llenos de frivolidad.
Era el único culpable de su desgracia.
—No Ayame – él negó con la cabeza – Voy a pagar el rescate de mi esposa porque la quiero sana y salva. La quiero aquí, conmigo.
—¿Y yo? ¿En qué parte de tu vida quedo?
—En el pasado. Junto al Lord Inalcanzable, es ahí donde perteneces.
—No – ella negó y alzó la voz. Poniéndose más histérica de lo que ya estaba – Tú eres mío…mío…mío…
Se desmayó y éste la sostuvo, tomándola entre sus brazos y llevándola a la sala de estar donde la dejó sobre un sofá.
Consultó su reloj, eran las dos de la madrugada y se tenía que apresurar para estar puntal a la cita. Fue hasta el despacho y tomó el cofre, observó por última vez a Ayame y a su Mayordomo, quien estaba al lado de la joven.
—¿Qué desea hacer con la señorita? – preguntó el anciano.
—Llévala a su casa. Ella no puede estar aquí.
Dicho esto, salió de la mansión y se dirigió a los establos, amarró el cofre al caballo y montó. Salió a todo galope hacia su destino.
—No regresare sin ti…
Pero lo que el ojidorado nunca se imaginó fue que alguien más lo seguía en la oscuridad de la noche.
