Disclaimer: Los personajes pertenecen al imaginario de la serie Once Upon A Time

Periodicidad de actualizaciones: Domingos 22h / GMT +1

Notas: ¡Feliz inicio de semana! ¿Qué tal estáis? Disculpad la demora con la actualización, finalmente ayer no pude publicar el capítulo. Recordad que tenéis la información en el twitter ;) Como de costumbre, muchísimas gracias todxs lxs que leéis la historia y un abrazo virtual a quienes también la comentáis. ¡Aquí os dejo el capítulo!


CAPÍTULO 15

La trastienda del Lumiere

El candor de la luz de la mañana se posaba sobre sus párpados, como una suave caricia. Despertó, menos sobresaltada que de costumbre. Tal vez tuviera mucho que ver el hecho de que ya se había acostumbrado a sus extraños sueños. Cada vez eran más frecuentes y a ella cada vez le resultaban menos embarazosos. Tanteó con la mano sobre el colchón y sólo dio con un curioso vacío. Algo que, por supuesto, no debería haber ahí. «¿Dónde está Graham?», se preguntó mientras entreabría el ojo izquierdo.

Estaba sola en aquel pequeño cuarto. Una habitación que, ni de lejos, podía compararse a su lujosa estancia en el apartamento de Regina. El dormitorio del castaño a duras penas debía llegar a los cuatro o seis metros cuadrados, ocupados en su mayor parte por el robusto colchón que coronaba la estancia. Las paredes estaban repletas de estanterías que, a su vez, rebosaban de libros de todos los tamaños, colores y encuadernaciones. A lo sumo, el aroma que desprendían tantísimas páginas le recordaba fugazmente al de una librería antigua o una biblioteca. Sin embargo, lo que más le gustaba a ella era la pequeña cómoda de roble con tiradores de hierro forjado que había junto a la estantería de mayor envergadura. Le recordaba a una especie de cofre pirata y eso le resultaba gracioso.

Bostezó, decidiéndose por abrir ambos ojos. Ya llevaba durmiendo en casa de Graham tres días. No era algo frecuente, ya que la rubia prefería dormir sola, pero la inmensidad del apartamento se le echaba encima. Parecía que cuanto más tiempo permanecía en él, más extrañaba a su excéntrica dueña. Así que se había decantado por pasar las noches junto al castaño. Aún y así, ambos no pasaban por su mejor momento. Y Emma sabía que era su culpa.

Cuando estaba con él, no estaba con él. Al menos no al cien por cien. Siempre había una pequeña parte de su mente que se evadía o que imaginaba que eran otros brazos los que la rodeaban. Se volteó, dándole la espalda al lado vacío de la cama, y suspiró. Quizás no debería haberle dicho que no el día en el que él le propuso vivir juntos. ¿Por qué lo había hecho? Las palabras acudieron a ella de inmediato, ni siquiera tuvo que pensarlo. Sus labios marcaron un «no» rotundo que dejó a Graham casi tan confuso como ella misma.

Frotó la cara contra la almohada, ahogando su frustración en un grito silencioso. Debería ser mucho más feliz de lo que era, debería dar saltos de alegría por tener la suerte de haber dado con un novio como el castaño. Y, con todo, seguía sin sentirse satisfecha. Oyó un par de pasos acercarse, así que se despegó de la funda y empujó las manos contra el colchón, incorporándose. Cuando la puerta del cuarto se abrió, ella ya se encontraba en una postura aceptable y no pataleando como una cría pequeña. Graham cruzó el umbral aún en pijama y con el cabello revuelto, pero con una sonrisa que hacía que todo lo demás pasara por alto.

—Buenos días, dormilona —saludó, sentándose junto a ella en el borde de la cama—. Ya empezaba a temer que te hubieras convertido en una especie de bella durmiente... ¿Hoy no trabajabas?

—Sí, pero le cambié el turno a Tim. Tenía un «no sé qué» familiar y me pidió que le echara un cable —explicó, bostezando.

—Mejor para mí, así te disfruto durante un poco más de tiempo —dijo, ladeando una sonrisilla traviesa.

—Si lo que estás pensando es lo que me temo: Ni se te ocurra —resolvió, acomodando la espalda en un par de cojines—. Estoy muy cansada y hambrienta ahora mismo.

—¡Ouch! —se llevó la mano al corazón, los labios convertidos en un puchero infantil—. Ahora en serio, no me refería sólo a eso, mal pensada. Puedo disfrutar de tu compañía de muchas otras maneras —aclaró, inclinando el cuerpo hasta besarle en la mejilla—. Y... te he hecho el desayuno, lo tienes en la cocina.

—Eres demasiado bueno conmigo —admitió, casi sin pensar.

—Sólo son un par de huevos revueltos y tres lonchas de bacon, no es nada del otro mundo.

—No me refiero a eso, bobo —le replicó, dándole un toque en la frente con el dedo índice—. Hablo en general. Te agradezco lo mucho que haces por mí —añadió, adornando sus palabras con un casto beso en los labios.

Graham amplió la sonrisa y le acarició la mejilla. El tacto de sus dedos era cálido, aunque la robustez de sus manos las hacía algo ásperas.

—Múdate conmigo —volvió a proponerle, los ojos brillantes—. Daría lo impensable porque lo primero que viera al despertar fuera tu rostro.

—Graham... —suspiró ella, deslizándose sobre las sábanas hasta llegar al extremo de la cama—. Ya hemos hablado de esto. Hace poco que hemos empezado a salir, lo veo muy repentino…

El castaño la miró, arqueando las cejas como si aquella fuera la mayor tontería que hubiera escuchado jamás, y Emma decidió ignorarle mientras bordeaba el colchón y se dirigía a la cómoda en busca de su ropa.

—¿Y no viste repentino mudarte al piso de una mujer que apenas conocías y a la que debes una millonada? —repuso, cruzándose de brazos. El tono de voz era casi tan inquisitorio como su mirada.

—¿A qué viene eso ahora?

La camiseta se dejó caer sobre su torso y Emma pasó los brazos por sendas mangas. Quería darse prisa por terminar, ya que intuía que la conversación no iba a acabar bien.

—Llevo días pensando en ello —expuso Graham, poniéndose en pie. Ella continuó vistiéndose—. Desde que te propuse vivir juntos y me dijiste que no, concretamente. Al principio pensé que quizás estaba yendo todo muy rápido, pero luego caí en algo: Aceptaste mudarte con una desconocida con la que te habías visto un par de veces, pero no quieres vivir en casa de tu pareja de hace meses. Raro, ¿no crees?

Emma resopló, subiéndose la cremallera de los pantalones. El corazón había empezado a martillearle en el pecho y los nervios amenazaban con embotarle el estómago. Ya no sabía ni si iba a ser capaz de tomar el desayuno.

—No te sigo, Graham —dijo, sentándose sobre la cómoda para abrocharse las botas—. Claro que es extraño que me mudara con una desconocida, fui la primera que lo admitió cuando te conté mi situación. Pero, precisamente por eso, deberías entenderme. ¿Acaso no ves que le debo prácticamente mi peso en oro? Regina me propuso una opción que me pareció interesante para saldar mi deuda cuanto antes.

—Yo podría ayudarte a pagar parte de la deuda y lo sabes.

—Sí, lo sé. Pero no quiero que lo hagas —aclaró, acabando de hacer el nudo de los cordones de su zapato derecho.

—Es que no son trigo limpio…

La rubia rodó los ojos, suspirando. Todo lo atractivo, bueno y gentil que tenía el castaño, lo compensaba con una testarudez que rivalizaba la suya.

—Otra vez no, Graham. También hemos hablado de eso, no sé por qué no dejas el tema... ¿Tanta manía le tienes?

—Sé que hay algo más, mi instinto me lo dice. El modo en el que aquella mujer corrió por el hospital hasta llegar a tu cuarto no fue normal, Emma —explicó, el gesto impasible—. Te presta demasiada atención.

—Así que eso es lo que ocurre —vaticinó ella, los brazos en jarra—. Tienes celos.

—¿¡Qué!? ¡Por supuesto que no!

—¿Cómo explicas tu obsesión con Regina sino?

El castaño la contempló, boquiabierto.

—¿Estás hablando en serio? ¿Que yo tengo una obsesión con ella? ¿¡Yo!? —se pasó la mano por la cara, arrastrándola de arriba abajo—. Tiene gracia que seas tú quien diga eso, precisamente. No soy yo el que se ha pasado estos días pegado al teléfono hablando con ella, ¿verdad?

—¿Qué dices, Graham? —frunció el labio, cada vez más disgustada—. Mira, déjalo. Me voy, ¿vale? Ya hablaremos de sea lo que sea que es esto en otro momento.

—Si te vas ahora mismo, no es necesario que vuelvas —resolvió Graham. Seguía cruzado de brazos y en actitud hostil—. Estoy harto de sentir que soy tu segundo plato, harto de que parezca que «nosotros» sólo existimos en mi cabeza. Si no quieres hacer planes de futuro conmigo, yo no quiero compartir el presente contigo.

La rubia enmudeció. Quería contradecirle, asegurarle de que aquello sólo eran impresiones suyas, pero una parte de ella sabía que había cierta verdad en sus palabras. Una parte que se avergonzaba de sí misma, consciente del daño que su indecisión estaba causando. Apretó los puños, conteniendo las lágrimas, y se limitó a asentir.

—Si eso es lo que quieres —masculló, la voz a punto de romperse—. Adiós, Graham.
Él la observó, estoico, mientras Emma palpaba el pomo de la puerta y tanteaba a la espera de algún tipo de reacción por su parte. No tenía claro qué era lo que esperaba, ya que había sido ella la primera que no había puesto trabas a la salida que el castaño le ofrecía. Cogió aire y dejó atrás la habitación.

[...]

El turno de tarde en el Lumiere era horrible. A pesar de que había pasado por el piso a darse una ducha y hacer un par de tareas para descontar algo de importe a su deuda, sentía que no había aprovechado el día lo suficiente. Se encontraba fregando un par de cacharros que le habían traído de la mesa quince: dos platos de postre y sus respectivas cucharas, además de otros tantos vasos y tazas.

Al menos fregar le mantenía la mente ocupada en algo más que la discusión que había tenido con Graham. Sentía que tenía que intentar arreglar las cosas con él, ¿pero realmente aquello era lo adecuado? ¿Eso era lo que quería? Bufó, agachando la cabeza.

—Ay Emma, Emma... Verás lo que se te viene encima —canturreó Mary mientras pasaba por su lado, dejándole una bandeja repleta de tazas vacías.

—¿Se puede saber qué hablas, loca?

Su amiga rió y le hizo señas con la cabeza hacia la entrada. Cuando Emma se volteó, entendió a qué se refería su amiga. Regina acababa de entrar en el local, cruzando el umbral de la puerta y ganándose las miradas (que rozaban la curiosidad, la adulación y la lascivia) de todos los comensales y del personal de trabajo del local. Aquel era el efecto que tenía ella, una especie de divinidad, sobre el resto de mortales. Ese día vestía con unos pantalones de pinza negros que le rebasaban la cintura, enmarcando sus curvas, y un jersey bastante grueso en tono burdeos que le sobresalía por ambos lados. Un tono que jugaba a la perfección con el de sus labios, también rojizos, y el ramo de rosas que sujetaba en su mano derecha.

Cuando se sentó en uno de los taburetes de la barra, justo frente a ella, y le sonrió, Emma no pudo evitar sentirse afortunada y a la vez envidiada.

—Hola —la saludó, ampliando la sonrisa. Estaba preciosa.

—¿Y esto? —quiso saber Emma, señalando el ramo.

—Son para ti —dijo, acercándole las rosas—. No quería darte una sorpresa y venir con las manos vacías.

—¿Has venido a darme una sorpresa?

—Claro, ¿a qué sino? —rió ella, apoyando el mentón sobre su mano izquierda—. Me moría por volver a verte. Te he echado muchísimo de menos estos días, Emma.

Las palabras se clavaron en su pecho y un molesto revoloteo se apoderó de su estómago. Ella refunfuñó algo entre dientes, dándose tiempo para elaborar una respuesta. Por desgracia, la verborrea había decidido abandonarla.

—¡Agh!

—Veo que no eres tan elocuente en persona. Con todo lo que me decías por mensaje y mírate ahora... —bromeó la morena.

—Lo dices como si te hubiera escrito algo raro o fuera de lo normal —renegó la rubia, deshaciendo el nudo del trapo que tenía atado a su cintura—. Y no es el caso.

—Como si lo fuera.

—Veo que tu viajecito a Boston te ha hecho volverte aún más pedante —replicó, mordaz, con una sonrisilla traviesa.

Sin embargo, su expresión se ensombreció al instante al ver otra figura emerger en el local. Graham abrió la puerta, ataviado en un chaquetón gris claro que contrastaba con sus botas oscuras y el tono celeste de su jersey de cuello alto. El castaño avanzó con prisa por el local, a todas luces molesto por la compañía que tenía. Se acercó a la barra, ignorando por completo la presencia de la morena, y la miró a los ojos.

—Emma, ¿podemos hablar? —le preguntó, el tono bajo.

—Hola a ti también, querido —saludó Regina, volviéndose hacia él.

—Por favor —insistió, optando por pasar por alto el comentario emponzoñado de la morena.

Emma empezaba a tensarse. No le gustaba que ambos estuvieran en el mismo espacio y menos aún tener que estar ella presente. Alzó la vista, buscando a Mary entre la multitud y cuando sus ojos se encontraron, su amiga se limitó a encogerse de hombros y dibujar un «lo siento» con los labios. Estaba sola.

—Ahora no es el momento, Graham. Estoy trabajando —le respondió, pasando el trapo por encima de la barra de mármol.

—Exacto, ¿es que no tienes ojos en la cara? —añadió Regina con sorna.

—Por supuesto. Otras personas, en cambio, parece que tienen demasiada cara y no saben cuál es su sitio —le replicó él, la mandíbula tensa.

—Oh, querido —Regina se relamió los labios, poniéndose en pie. Parecía disfrutar del cara a cara—. Claramente eres tú quien no sabe en qué liga está jugando. ¿Por qué no te haces un favor y te apartas? —añadió, acentuando sus palabras con una sacudida de su mano.

—¿Esa actitud de matona de barrio te funciona alguna vez? Es lamentable.

La morena rió, dispuesta a responderle con algún nuevo comentario viperino, pero Emma golpeó la barra con ambas manos y ambos se ladearon para mirarla.

—¡Basta! ¡Ya está bien! —siseó, la mirada fiera—. Estáis abochornándome en mi trabajo, así que esto termina ahora. Graham espérame fuera y tú —señaló a la morena—. Tú te vienes conmigo.

Emma la cogió de la mano y la arrastró hacia el interior del local, obviando las miradas de sus compañeros y la cara de perplejidad de Claire cuando le ladró que la cubriera por unos minutos. Lo único que quería era alejar a ambos y que dejaran de discutir, pero su primer impulso había sido el de llevarse a Regina y no a Graham hacia la trastienda del Lumiere. «Maldita sea, Emma...», se reprochó, apretando los ojos a la par que su mano se cernía sobre el tirador de la puerta. Cuando entraron, cerró tras ellas y suspiró.

Aquel lugar nunca le había parecido tan pequeño. Las cuatro paredes a su alrededor se abocaban sobre ella, asfixiándola. El corazón le bombeaba con fuerza y tenía los nervios a flor de piel. ¿Qué demonios se suponía que tenía que hacer? En aquel momento sentía que la estaban forzando a decidirse, a lanzarse al vacío. Y no estaba preparada.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Regina, sacándola de sus pensamientos.

La morena la contemplaba con esa intensa mirada del mismo azabache que cubría su cabello, las cejas enarcadas y el labio apretado en una mueca de incomprensión.

—No lo sé —admitió, la voz temblorosa—. Necesito pensar y no podía concentrarme con vosotros dos discutiendo ahí fuera. ¿Te das cuenta del espectáculo que estabais formando? ¿Y si me despiden? —sintió que el cuerpo le tambaleaba, así que se aferró al marco de una de las estanterías metálicas.

—Ya te lo he dicho muchas veces, si te quedas sin trabajo…

—«Yo te contrataré como asistenta personal» —parafraseó Emma, terminando su frase—. Ya, ya. La cuestión es que no quiero que eso ocurra. El trabajo es lo único que queda en mi vida que puedo sentir que es realmente mío. Vivo en tu piso, como de tu comida y además te sigo debiendo un montón de dinero. No podría soportar añadir algo más a la lista.

La morena apretó los labios, encogiéndose de hombros.

—Como prefieras, pero sabes que no sería ningún problema para mí. Me gusta que estés en nuestro piso —la corrigió, subrayando el pronombre mientras dibujaba una sonrisilla.

Ella rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír también ante su comentario. Y ese era uno de sus muchos problemas. Le hacía demasiado feliz cualquier tontería o gesto bonito que tenía con ella.

—Graham me ha pedido que vivamos juntos —escupió sin más. No tenía claro por qué lo había dicho, pero al instante sintió el cuerpo más liviano, como si aquello hubiera estado oprimiéndola desde dentro.

—Oh...

—¿Oh?

Regina carraspeó, parecía que se le hubieran atragantado las palabras.

—Perdón, me has cogido por sorpresa. ¿Qué quieres que te diga? ¿Que me alegro por vosotros? Lo siento, pero no lo hago —admitió, dejando escapar una larga bocanada de aire—. ¿Tanto odias vivir conmigo?

—Le he dicho que no, Regina —se apresuró a aclarar. La morena parpadeó, confusa—. Hemos discutido esta mañana por ello y ha venido hasta aquí a disculparse —añadió.

—Espera, ¿habéis discutido? ¿Estás bien?

—No, claramente no estoy bien —rió ella, los nervios brotándole por la garganta—. Debería haberlo tenido claro y haberle dicho que sí al instante y no lo hice. ¿Por qué demonios no lo hice? Ni yo misma lo sé, pero no dejo de atormentarme una y otra vez. ¿Sabes en qué pensaba cuando me lo propuso? «Si me mudo, veré menos a Regina».
—Emma…

—No, Emma no. Es todo por tu culpa —sollozó, exhausta—. Tus tonterías se me han metido en la cabeza. No puedes ir diciéndole a la gente que te gusta tan a la ligera, ¿sabes? ¡No es normal!
—Escúchame un momento…

—Sea lo que sea que esté pasando aquí —hizo señas hacia ambas con el dedo índice—. No está bien. Yo tengo pareja y le quiero, estoy bien con él. Graham es bueno para mí. A ti no te conozco, ni tú me conoces. Es un sin sentido.

—Emma... —la morena dio un par de pasos en su dirección, pero ella no se dio ni cuenta. En aquel instante, su mente era un auténtico hervidero de pensamientos que se atropellaban al salir.

—Así que olvidémoslo y sigamos como si nad-...

No fue hasta que notó la calidez de los dedos de Regina rozando sus mejillas que supo que era demasiado tarde. Se había quedado sin escapatoria y perdió también el aliento en cuanto los dulces labios de la morena se posaron sobre los suyos. La besó, atrayendo su rostro con las manos y devorando sus labios con ternura. Fue un contacto efímero y delicado que se cerró con un jadeo por parte de la rubia. Sentía la cabeza embotada y el estómago revoloteándole. Aún podía sentir la humedad y el sabor de su boca.

No obstante, cuando las conexiones de su cerebro volvieron a funcionar, su primer instinto fue el de abofetearle la cara. Tras oír el chasquido, parpadeó, como si su cuerpo se hubiera movido por su cuenta y ella no hubiera sido partícipe de esa decisión. La mano le ardía, testigo de lo que acababa de ocurrir, pero Regina no dijo nada. Se quedó en silencio, con varios mechones cubriéndole el costado y la mejilla sonrosada, tornándose en un rojo casi tan vívido como el de sus labios, en ese momento entreabiertos por el dolor del impacto. Ambas cruzaron miradas durante unos segundos, sendas respiraciones tan disparadas como sus propios pulsos. El corazón le atronaba en el pecho y el cuerpo le quemaba casi tanto como la palma de la mano. Los ojos de la morena la atraían, con esa profundidad y magnetismo que los caracterizaba, y su vista cabalgaba de ellos a sus labios sin control alguno. Brillaban, aún húmedos por el contacto que ambas habían compartido.

«Mierda, se acabó», pensó mientras se abalanzaba sobre ella. La sujetó por la barbilla y devoró sus labios con frenesí. No fue un roce delicado, ni tierno, sino más bien desesperado. Regina correspondió su beso, hundiendo las manos en su cadera mientras la empujaba con el cuerpo hasta que la espalda de la rubia chocó contra una de las estanterías. Emma dejó escapar un gemido ronco al sentir la dureza del metal contra su piel, pero los labios de la morena la callaron al instante. Las lenguas se entrelazaron con fervor y las respiraciones se convirtieron en una sinfonía de jadeos ahogados que adornaba el baile de sus manos, ansiosas por aferrarse al cuerpo de la otra.

No podía pensar en nada que no fuera ella. Ni siquiera le importaba que la puerta no estuviera cerrada con llave. Lo único que quería en ese momento era continuar besándola, sentir su piel contra la suya, su aliento contra el suyo, sus labios devorando su cuerpo.
Todos los sentidos de Emma estaban empapados del aroma de Regina, gritándole que continuara, que se perdiera en esa sensación tan placentera, que diera rienda suelta a su deseo. Y ella obedeció.


¿Qué os ha parecido el capítulo?

A falta de cinco capítulos para el cierre, ¿cuáles son vuestras teorías?

¡Nos leemos!