Era la mujer más impresionante que había visto nunca. Alta, fuerte, con unos brazos capaces de decapitar a una anguila gigante. Su cabello corto, de un castaño rojizo, echado de lado, mostraba un cuello firme y extrañamente femenino. Tenía los rasgos agraciados, marcados, y la mirada más intensa que Otto había visto nunca en unos ojos marrones. Era hermosa… y lo estaba mirando esperando una respuesta pero Otto ya había olvidado la pregunta.
Hubo un grito en el aire, desgarrado y chirriante. Ella alzó la mirada hacia la oscuridad.
–Levanta. Volvemos al barco.
Otto miró hacia la barcaza, encallada cerca de la orilla y vio al orco a bordo. Había venido con ella. Oh, mierda. Se puso en pie para echar a correr y una presa de acero agarró su muñeca.
– Pero, ¿qué haces?
– ¡Suéltame, perra!
Se debatió contra ella, pero era demasiado fuerte, y sabía cómo agarrar. No le costó nada dominarlo. Iba a arrastrarlo por la fuerza. Un grito de rabia surgió de Otto, aferró los brazos de Lavina tratando de apartarlos. Y, donde sus manos tocaban la tela de la camisa, empezó a humear… y las mangas prendieron.
– Qué mierdas…
Por un momento, ella pareció sorprendida, pero no lo soltó. El tipo estaba mojado, ¿cómo demonios había hecho eso? Y Lavina lo entendió… Aquel esclavo era como ellos.
A pesar del dolor, Lavina no apartó los brazos. Lo levantó en volandas, lo empujó por el terraplén y ambos cayeron al agua. Ella no lo había soltado y se las había apañado para caer sobre él. Durante los angustiosos instantes en que ella lo sujetó bajo el agua, Otto pensó que iba a ahogarlo pero lo sacó a la superficie. El agua chorreando de ellos.
– Escucha, diota. Hay espectros. ¡Vuelve al barco ya!
Otto la miró con expresión de odio.
– Prefiero morir. Nunca serviré a La Sombra
– Maravilloso. Ya somos dos.
Otto la observó desconcertado. En ese momento, Jasper se asomó por la borda.
– Chico, sube de una vez. Están de nuestro lado.
Él pestañeó encajando todo aquello y balbuceó…
– Yo… Alguien mencionó tu nombre… En Puerto Baden. Sabía que nos íbamos a encontrar. No sé cómo.
Ella frunció el ceño.
– ¿Quién?
– No lo sé… A la puerta de una taberna, un borracho, me hizo tropezar… Me dijo que Lavina era mi comandante y que debías ir a Cambrial. Que tenías que estar en Cambrial.
– ¿Qué aspecto tenía?
– No lo sé, parecía un borracho, en una taberna…
Cuando los izaron a bordo, Otto vio que la chica de negro estaba hablando con el capitán de esa barcaza y sus dos ayudantes. Los tres gnomos la observaban atemorizados. Ella no gritó, no amenazó.
– ¿Cuál es tu nombre? – preguntó al capitán.
– Talmedio, señora.
El esclavo que todavía llevaba los grilletes, tenía agarrado del cuello al otro humano esclavista y parecía estar disfrutándolo. La chica siguió interrogando al capitán.
– ¿Y cuál era el nombre de ese despojo? – preguntó señalando hacia el cadáver del legado río abajo.
– Sedric, señora.
– Muy bien, capitán Talmedio, ya has visto lo que ha pasado: Sedric ha sido incapaz de cumplir una misión tan simple como un transporte y ha sido relevado por mí. Mi nombre es Yemala.
– Pero, necesito un salvoconducto…
Yemala se agachó, lo miró a los ojos y le respondió con una voz suave, seda negra helada deslizándose sobre sus almas.
– Ya has visto todos los salvoconductos que necesitas ver, capitán. ¿Queda claro?
El gnomo tragó saliva y asintió.
– Bien. Y ahora, quiero que alejéis esta barcaza de la orilla y la mováis.
Lavina y Yemala se volvieron hacia el otro esclavista retenido por la cadena de los grilletes sobre su cuello. Se notaba que el esclavo que lo estaba controlando quería matarlo. Era un hombre fornido, con una tupida barba parda y unas cejas a juego. Le habían marcado la señal de esclavo en la frente.
– Sugiero que lo lancemos por la borda – dijo – y que se lo coman los espectros, comandante.
Lavina observó al prisionero evaluativamente. Tenía una expresión de confusión.
– No soy un traidor – balbuceó–… Hicimos el trabajo. Trajimos el transporte.
– ¿Hacia dónde los lleváis?
– Al frente de fuego. Son la última remesa de carne para el fuego.
– Explícame esa mierda.
– Necesitan esclavos humanos, desechables para que prendan fuego al bosque… Pero con Maulgrim ya no hará falta.
– ¿Quién es Maulgrim?
– La catapulta. Podrá lanzar brea y fuego a kilómetros de distancia.
El hombre que lo retenía se impacientó…
– Este mierda nos vendía para ser asados en los fuegos del frente…
Y se puso a estrangularlo tirando de la cadena. El tipo tosió, se debatió y se puso rojo... Lavina golpeó la mano del esclavo con el revés de la suya.
– ¡Quieto!
El tipo aflojó la presa.
– ¿A quién lleváis la carga?
– El encargado es un orco llamado Mugdul.
Lavina lo observó unos instantes buscando la mentira en él. No la había.
– ¿Podemos arrojar a esta mierda ya por la borda? – preguntó el esclavo.
– Todavía no – dijo Lavina.
Se acercó al tipo, le quitó la insignia del ejército de la Sombra de la coraza y la enganchó en la suya.
– Ahora sí.
Repartir comida de los sacos entre los esclavos obró maravillas en el ánimo general. Algunos comían el pan con lágrimas de alegría que les caían por la cara.
La chica vestida de negro le preguntó al esclavo que llevaba grilletes su nombre... Robert. Y después, si quería que intentase soltarlos. Él asintió. Sacó herramientas y se pasó un buen rato peleando con el mecanismo hasta lograrlo.
Todos parecían volverse hacia Lavina y ella expuso la situación
– Nos dirigimos al frente de fuego para cumplir una misión.
– ¿Qué vais a hacer con nosotros?
– Lo vais a decidir vosotros. No podemos escoltaros de vuelta, ni ayudaros a buscar un sitio donde La Sombra no os encuentre, tenemos nuestros propios problemas. Si decidís hacer eso, deberéis lograrlo por vuestros medios. La marca que tenéis en la cara os lo pondrá difícil. Vuestra mejor posibilidad de escapar sería alcanzar el bosque de Erethor. Pero esta zona está infestada de espectros y son varios días de camino hacia el sur antes de alcanzar la línea de árboles. Y detrás está el bosque ensombrecido. Una zona de bosque especialmente peligroso. La otra opción que se me ocurre es que sigáis el río hasta el Ardune. Pero, todo este río lo recorren cada día barcazas de La Sombra.
Robert preguntó:
– ¿Por qué vais al frente de fuego?
– Tenemos una misión.
– ¿Cuál es esa misión?
– No la podemos contar.
Jasper levantó la mano.
–Comandante Lavina, si no me equivoco, al otro lado del frente de fuego está el bosque. ¿Qué tal si la acompañamos, para tratar de ayudarla en su misión, e intentamos atravesar el fuego?
Lavina sonrió.
– Es posible que no sea buena idea. Creo que deberíais intentar alejaros de allí.
Peq intervino.
– Lavina, podría funcionar. Se supone que ellos son los encargados de prenderle fuego...
– Los pondríamos en peligro. No son combatientes.
Jasper rió.
– Mírame niña, he vivido mucho más de lo que me toca. Quiero ver lo que vais a hacer antes de partir de este mundo. Quiero ir con vosotros y reírme en mis últimos momentos. Y creo que toda esta gente, que todavía puede correr, tendrá más posibilidades desobedeciendo en el momento correcto y echando a correr bosque adentro que enfrentándose a kilómetros de espectros o millas de río patrullado por La Sombra.
Pequeña Nutria asintió.
– Podría funcionar.
Una de las mujeres levantó su voz, chillona y nerviosa.
– No, ¡no funcionará! Los elfos nos matarán, nos acribillarán. Lo he oído. No los ves llegar y cae todo el mundo a tu alrededor y siempre dejan a uno para que cuente la historia…
Lavina se volvió hacia Erisad.
– ¿Crees que podrías hacer algo al respecto?
Erisad asintió.
– Puedo encargarme de que los elfos no os disparen.
– No te creo – era la misma mujer, con voz chillona y nerviosa.
Más voces nerviosas se elevaron. Lavina levantó una mano pidiendo silencio y todas las miradas se volvieron hacia ella atentas.
– No vamos a forzaros a venir con nosotros. Conocéis las opciones, vosotros escogeréis. Detendremos la barcaza al amanecer, los que quieran bajar, podrán hacerlo. Pero, los que escojan venir con nosotros van a tener que obedecerme. ¿Entendido?
Jasper rió.
– Sí, comandante.
Una decena de los esclavos decidieron que bajarían a tierra al amanecer y probarían de alcanzar el bosque caminando hacia el sur. Lavina asintió. Eran libres de decidir dónde vivir o morir. Se volvió hacia Otto.
–¿Qué vas a hacer tú?
Él pareció desconcertado.
–No lo sé.
–Antes de que decidas, vamos a hablar.
