Los personajes son de Stephenie Meyer y la Historia Pertenece a Noelia Amarillo
CAPÍTULO 15
El sol del medio día taladró los parpados cerrados de Bella, alguien estaba levantando las persianas de su habitación. Parpadeó confusa. Había pasado toda la noche dando vueltas en la cama; pensando, llorando y golpeando la almohada enrarecida. La última vez que miró por la ventana estaba amaneciendo.
—Hija, es casi la una. Me parece que ya es hora de que te despiertes —comentó su suegro mirándola cariñosamente. Sabía por Alec que Bella no había pasado buena noche o que quizá la había pasado demasiado buena y ahora estaba pagando por ello, igual que su nieto, que en esos momentos estaba en la cocina tomando café para intentar quitarse la resaca de encima.
Bella miró a su suegro con los ojos entornados. Carlisle se sobresaltó al ver que los tenía enrojecidos y que en sus mejillas había regueros de maquillaje, como si hubiera estado llorando.
—Bella, hija. ¿Qué ha pasado? —preguntó preocupado, sentándose en la cama y acariciándole la frente.
—¿Edward tiene alguna cabaña en un claro en medio del bosque? —preguntó ella sin molestarse en responder.
—¿Eh? Sí, en La Luz.
—En La Luz... —Bella recordó—. El sitio ése de dónde sacó los arbustos para su casa.
—Sí.
—Y, ¿al lado de la cabaña hay un cercado para caballos?
—Sí. Allí es donde junta a Negro, ejem —carraspeó Carlisle—, su semental, con las yeguas.
—¿La cabaña es de madera y tiene pocos muebles, una mesa, un par de sillas, una cama y... una preciosa mecedora en el porche, igual que la de tu habitación? —fue detallando Bella a la vez que se levantaba de la cama y empezaba a hurgar en sus cajones en busca de ropa.
—Eh... sí —asintió su suegro aturdido.
—Mamá, ¿cómo sabes todo eso? Nunca has ido allí —preguntó Alec, entrando en la habitación.
—¿No? —inquirió Bella, sin saber bien qué contestar a su hijo.
—No. Tío Edward lleva todo el verano sin dejar que nadie vaya a La Luz, dice que quiere estar solo.
—¿Ah, sí? Me parece cojonudo, porque no pienso volver a subir allí nunca más —afirmó Bella, sin percatarse de las miradas asombradas de su hijo y su suegro—. O tal vez no. Tal vez suba una última vez. —Sus ojos destellaron. Estaba enfadada, muy enfadada—. Si no os importa, necesito arreglarme. Voy a salir —dijo echándoles del cuarto sin contemplaciones.
Edward estaba medio inclinado sobre los asientos traseros del coche. La vieja camiseta yacía abandonada junto a los pies calzados con botas que se apuntalaban en el suelo del establo. Los músculos de su espalda ondulaban brillantes por culpa del sudor mientras los bíceps se marcaban por el esfuerzo.
—¡Joder! —siseó entre dientes—. Putas brevas...
Las manchas que las cajas habían dejado en el maletero y el suelo del 4 × 4 habían salido con facilidad, pero las de los asientos le estaban resultando un hueso duro de roer. Salió por completo del vehículo y estiró la espalda, estaba medio adolorido de estar tanto tiempo agachado. Se limpió el sudor de la frente con el brazo y salió afuera para remojarse bajo la bomba del agua. Dejó correr el fresco líquido por la nuca, se lavó las axilas y el pecho, y acabó echándose el cubo por encima de la cabeza. Dos veces. Luego volvió a llenarlo y se dirigió al establo para acabar de limpiar el puñetero 4 × 4.
Nada más entrar, un relincho de Negro le avisó de que tenía visita. Edward se giró extrañado, Bella jamás había ido tan pronto a la cabaña y sus amigos y familiares sabían de sobra que no quería a nadie rondando por allí. Él mismo se había encargado de dejárselo bien clarito.
Se asomó a la puerta y volvió a ocultarse entre las sombras. Bella atravesaba decidida el claro, parecía enfadada. La observó extrañado entrar en la cabaña y dejar la puerta abierta. Cuando empezó a abrir sistemáticamente las contraventanas y descorrer las cortinas, supo que su secreto había salido a la luz.
Él, Edward, no estaba allí. No se lo podía creer. Bella echó la cabeza hacia atrás y dejó que el cabello que llevaba recogido en una coleta le hiciera cosquillas en la espalda. Se secó las palmas de las manos en la falda y miró a su alrededor, todo seguía igual que la última vez que había estado allí. La cama, la mesa, las cuerdas de cuero colgando del techo. Su estómago se contrajo al recordar; un segundo después sus manos se apretaron en sendos puños.
—Hola —susurró tras ella la voz de él, de Edward.
Bella se giró lentamente. Levantó la barbilla y le miró a los ojos fijamente. Ninguna sonrisa iluminaba su rostro. Su boca estaba apretada en una línea tan fina que sus labios habían palidecido.
—Ya has descubierto quien soy. —No era una pregunta—. ¿Cómo lo has averiguado? ¿En qué he metido la pata?
—Un amigo tuyo me dio ayer un mensaje para Edward. Quiere saber cuándo puede traer su yegua a la cabaña para que tu semental la monte. No fue difícil atar cabos.
—Entiendo.
—No. No entiendes nada. No tienes ni la más remota idea... Me has engañado como a una idiota. Me has mentido.
—Nunca te he mentido —negó él, sin tratar de acercarse a ella.
—Te has reído de mí.
—Jamás me he reído de ti.
—¿No? ¿Cómo le llamas tú a follar con tu cuñada haciéndote pasar por un desconocido?
—Nunca quisiste saber quién era yo.
—Si hubiera sabido quién eras desde el principio, jamás me hubiera acercado a ti.
—Lo sé. Pero viniste a mí, a mi claro del bosque, a mí casa, miraste a mis caballos apareándose y permitiste que te tocara —le recordó Edward.
—Y luego te marchaste sin decir nada, sin dejarme ver tu cara. ¡Cabrón!
—Pero volviste... ¿no es cierto? —rebatió, con voz demasiado serena—. Volviste a la cabaña, entraste en ella por voluntad propia y dejaste que te hiciera el amor una y otra vez. Me aceptaste entre tus piernas, dentro de tu boca... y en algún sitio más —finalizó con una sonrisa seductora.
—¡Cállate, hijo de puta! —espetó Bella, sin moverse de su sitio. Se negaba a acercarse a él—. ¡No sabía quién eras! ¡No tenía ni puta idea! ¡Debiste decírmelo!
—Si me hubieras preguntado, te lo hubiera dicho. Si hubieras querido ver mi cara, te hubieras quitado la máscara. ¡Tú elegiste no saber quién era yo! —exclamó Edward, empezando a perder la paciencia.
—Eres un cabrón retorcido. Jamás me habrías dicho nada. ¿Verdad?
—Pensaba decírtelo.
—Claro que sí —aceptó ella—, cuando te hubieras cansado de follarme —afirmó.
—Jamás me cansaré de hacerte el amor.
—Oh, qué tierno. ¡Vete a la mierda! No puedes ni imaginar cuanto te aborrezco en estos momentos —siseó entre dientes—. No tienes ni la más remota idea de cuánto me repugna pensar que he follado contigo.
—¿De veras? Yo pensaba que disfrutabas como una loca con mi polla bien dentro de tu coño —atacó Edward, con los dientes apretados y las venas sobresaliendo en su cuello.
—No me lo recuerdes, hijo de puta —le espetó, cruzando los brazos sobre su pecho para que él no viera cómo le temblaban las manos.
—¿Por qué no? Recuerdo perfectamente cómo te has corrido contra mis dedos —dio un paso hacía ella—, contra mis labios —otro paso— con mi polla profundamente enterrada en todos los orificios de tu cuerpo —un paso más. Sólo con extender su brazo podría tocarla.
—Por supuesto que sí —admitió Bella con tono desafiante—. De hecho, estoy rabiosamente satisfecha, he tenido los mejores orgasmos de mi vida con un desconocido.
—Con un desconocido, no. Conmigo —la corrigió Edward.
—En absoluto. Cada vez que me he corrido lo he hecho con un desconocido.
—No —contestó él con serenidad—. Cada vez que te has corrido lo has hecho conmigo. Aunque no supieras mi nombre, era yo. Nadie más que yo. El único desconocido que te hace el amor soy yo —finalizó algo alterado.
—No seas iluso. Cada vez que me has follado me he imaginado a un hombre distinto —mintió descaradamente.
—No te creo.
—Piénsalo. ¿Por qué iba a conformarme con un solo desconocido, pudiendo tener a quién me diera la gana? Ése era el juego, admítelo. Cada vez que he follado contigo he imaginado a un hombre distinto y ninguno tenía tu rostro —asestó la puñalada mortal.
—Mientes —escupió Edward.
—Si tú lo dices —Bella se encogió de hombros y, esquivándole, se dirigió a la puerta.
—Has hecho el amor conmigo —sentenció Edward, aferrándola de los hombros—. ¡Conmigo! Me vieras o no. Lo supieras o no.
—No —replicó Bella tranquilamente—. Tú has follado conmigo, yo me he follado a todo aquél que se me pasara por la cabeza en ese momento —afirmó dando un tirón, intentando soltarse de su amarre.
Edward la miró fijamente a los ojos, en silencio, incapaz de creer lo que oía. Sus manos clavadas en los hombros de la mujer.
—Suéltame —ordenó ella.
—Ni lo sueñes.
—¡He dicho que me sueltes, cabrón hijo de puta! —gritó Bella, perdiendo por fin el control.
Uno de sus pies voló hasta estrellarse contra la espinilla de Edward. Este la soltó asombrado, Bella aprovechó su despiste y le estampó una sonora bofetada en la cara. Él no reaccionó. Volvió a abofetearle otra vez, furiosa, y otra más. Cuando levantó el brazo para abofetearle por cuarta vez, Edward sujetó su mano con su puño y la mantuvo alzada. Bella no se lo pensó dos veces, le pegó con la que tenía libre. O al menos lo intentó, ya que él paró el golpe con su antebrazo y, antes de que diera darse cuenta, la sujetaba ambas manos con una de las suyas. La que tenía libre la aferró por la cintura, levantándola en vilo, para llevarla hasta el centro de la cabaña. Bella pataleó y forcejeó, pero no sirvió de nada. Bueno, sí, sirvió para que las bailarinas que calzaban sus pies acabaran tiradas en el suelo.
Edward la soltó la cintura y, haciendo caso omiso de sus patadas, comenzó a atarle las muñecas con una las cuerdas de cuero que colgaban del techo. Cuando hubo acabado dio varios pasos atrás.
Bella se debatía con las manos a la altura de la cara, las muñecas juntas, atadas a la cuerda. Le miró, rabiosa, y comenzó a morder los nudos.
Edward fue hasta las poleas que tensaban las cuerdas y las giró. Cuando terminó, Bella estaba atada con los brazos alzados, las piernas extendidas y ligeramente abiertas, apoyándose sobre las puntas de sus pies desnudos en el suelo. Era la imagen más erótica y sensual que había visto en su vida. Su polla saltó dentro de sus pantalones y él supo, exactamente, lo que iba a hacer.
—Abre bien los ojos —ordenó—. Te voy a hacer el amor hasta que mi cara quede grabada en tu retina.
—Atrévete. Vamos. No tienes los cojones que hacen falta para lograrlo —le incitó sin dejar de lanzar patadas al aire—. Por mucho que me folles cerraré los ojos y me imaginaré con otro.
—¡No me desafíes!
—Adelante... vamos... hazlo —gritó ella, mirándole a los ojos, asustada por su propia reacción. No tenía miedo de Edward. No podía tenerlo. Al contrarío, estaba excitada. Muy excitada. Notaba las bragas empapadas y los pezones endurecidos.
Edward se acercó furioso, dispuesto a hacerla el amor hasta que gritara su nombre, pero Bella lo recibió con una patada, y otra, y otra más. Edward se alejó pensativo y sonrió.
—¿Quieres jugar? Bien. Jugaremos.
Se dio media vuelta y se dirigió al aparador. Abrió las puertas y sacó la bolsa de deportes que contenía trozos de cuero. Descartó varios hasta encontrar el que sería perfecto para sus planes. Luego se acercó a Bella sin desviar la mirada de sus agresivos pies. Cuando ella le soltó la enésima patada, la paró con el antebrazo y, antes de que pudiera retirarla, aferró con fuerza el tobillo y giró hasta quedar a espaldas de la mujer.
Bella gritó de impotencia al ver que no podía atacarle en esa postura, con la pierna sujeta entre sus manos. Gruño cuando sintió el tibio cuero rodear su tobillo y comenzó a debatirse cuando él intentó capturar el pie que aún estaba libre. Por supuesto no le sirvió de nada. Edward ató la cinta de cuero a ambos tobillos, dejando varios centímetros de separación entre ellos, y luego la soltó y se colocó frente a ella. Satisfecho. Seguro de sí mismo. Confiado.
Bella forcejeó con las cuerdas que ataban sus tobillos y al final acabó por intentar darle una patada con ambos pies a la vez. Edward alzó una ceja, desafiante, y dio un paso adelante. Bella volvió a atacarle, Edward la sujetó ambas piernas con un brazo y dio un último paso. El paso que lo dejó pegado a ella.
—¿Y ahora qué? ¿Piensas sujetarme a la vez que me follas? —le desafió de nuevo—. Lo veo un poco complicado.
—¿Tú crees? Yo no lo veo tan difícil... De todas formas, no hará falta sujetarte. En cuanto te acaricie dejarás de luchar.
—Adelante —siseó ella—. En cuanto me sueltes, te patearé los huevos.
—Inténtalo.
La soltó las piernas de repente, haciendo que cayeran hasta tocar el suelo con las puntas de los dedos. Antes de que ella pudiera reaccionar, uno de los pies de Edward pisaba las tiras de cuero que había entre los tobillos atados, inmovilizándola. Bella le miró asombrada... y muy excitada. Edward sonrió engreído y, muy lentamente, levantó con su mano izquierda la camiseta que cubría los pechos dulces y tentadores. Cuando los tuvo ante su vista, sonrió y metió los dedos por debajo del sujetador.
—¿Ves cómo no era tan complicado? —preguntó suavemente junto al oído de la mujer.
Bella echó hacia atrás la cabeza y, antes de que él pudiera ni imaginar lo que pensaba hacer, le dio un tremendo cabezazo. Edward dio un paso atrás y se llevó la mano a la sien.
—Vuelve a intentarlo si tienes huevos —le desafió, pateando con ambos pies el aire.
El hombre observó a la salvaje mujer que tenía frente a él. Altiva, Sensual. Enfadada... Excitada. O al menos eso parecían decir los pezones, duros como piedras, que se marcaban orgullosos contra la tela de la camiseta que había vuelto a caer sobre sus pechos. Quitó la mano de la sien dolorida y miró indiferente las gotas de sangre que decoraban las yemas de sus dedos.
—No imaginaba que fueras tan salvaje —dijo con sonrisa felina—. Me gusta.
Bella observó el hilillo de sangre que brotaba de la ceja de Edward y se arrepintió de inmediato de lo que había hecho.
—¡Mierda! No lo he hecho a propósito...
—¿No? Pues para no haberlo hecho aposta, has tenido una puntería letal.
—No era mi intención... Lo siento —afirmó, compungida.
—¿Cuál era entonces tú intención al golpearme? ¿Hacerme una caricia? —se burló él, a pesar de que sabía que estaba verdaderamente arrepentida.
—Desátame, te lo curaré.
—¿Tengo pinta de idiota? —Se desplazó lentamente por la estancia hasta quedar situado a su espalda—. ¿Crees que te voy a soltar por un poco de sangre? No tienes ni idea de lo hermosa que eres. La mera visión de tu cuerpo, aunque esté cubierto de ropa inútil, está haciendo estragos en mi cerebro. Y eso por no hablar de mi polla —afirmó pegando la ingle a las nalgas de Bella. Ésta se intentó alejar dando un bandazo, pero Edward volvió a pisar la cuerda que unía sus tobillos, inmovilizándola de nuevo—. Estoy seguro de que si pudiera ver y tocar tus encantos, me pondría todavía más duro.
Bella cerró los ojos excitada ante sus palabras. Él volvió a desplazarse hasta quedar situado frente a ella. Pisó de nuevo la cuerda que unía sus tobillos y la agarró de la coleta, obligándola a echar la cabeza hacia atrás.
—Golpéame ahora —desafió.
—¡Que te follen! —espetó Bella, sintiendo como su sexo volvía a humedecerse, empapando aún más sus bragas.
—Cuando quieras. Estoy a tu entera disposición —replicó él.
—Lo siento, no puedo follarte. Estoy atada...
—Entonces seré yo quien te haga el amor —afirmó Edward.
Sin apartar la mirada de los ojos de su mujer, retiró la mano que la sujetaba por el pelo y esperó unos segundos. Bella se mantuvo inmóvil, sin intención aparente de volver a golpearlo, tal y como él intuía que haría. Deslizó lentamente la mano por la clavícula, los pechos y el abdomen hasta tocar el dobladillo de la camiseta. Con los ojos fijos en Bella, sujetó la tela con ambas manos y... tiró. La camiseta se rasgó en dos mitades desiguales. Bella jadeó sobresaltada. ¿Por miedo? No. La excitación era evidente en su rostro, en su espalda arqueada, en sus labios húmedos y entreabiertos, en las manos que sujetaban con fuerza el cuero que la tenía presa. Edward sonrió. Deslizó los dedos por debajo de las copas del sujetador. Bella cerró los ojos, sus pechos temblaron, impacientes por oír el sonido de la tela al rasgarse.
Edward arqueó una ceja y retiró suavemente el encaje, no tenía ninguna intención de romperlo. Colocó con cuidado los pechos sobre el borde del sujetador. Estos quedaron levantados y expuestos, justo como había imaginado mil veces. Sus dedos se posaron sobre la trémula piel y la acariciaron con delicadeza sin llegar a tocar ningún punto demasiado sensible. Bella bufó irritada. La sonrisa de Edward se extendió a sus ojos. Tentó los pechos, los acogió en las palmas de sus manos, sopesó su tamaño, los amasó entre los dedos... pero no tocó los pezones.
Devoró con la mirada a la tentadora mujer que estaba ante él; tan hermosa que dolía mirarla.
—Sigo pensando que llevas demasiada ropa encima —declaró.
Sus manos se movieron veloces. Aferró la cinturilla de la falda y, sin pensárselo dos veces, arrancó el botón y de un tirón reventó la cremallera. La prenda cayó arremolinada sobre la bota que pisaba la cuerda de cuero.
—Mucho mejor —afirmó, dando una parada a la arruinada falda.
Dio un paso atrás y se recreó en la erótica imagen que aparecía como un espejismo ante sus ojos. La respiración agitada de Bella hacía oscilar sus seductores y expuestos pechos, los brazos levantados sobre la cabeza hacían que se alzaran sobre las copas del sujetador de encaje rosa. Su vientre, feo y estirado por la postura en que estaba, mostraba un ombligo pequeño y tentador. Un poco más abajo, unas braguitas de un azul más intenso en la entrepierna le mostraron todo lo que quería saber. Ella estaba mojada. Por él.
—Parece que hoy no te has molestado mucho en vestirte —comentó burlón.
—¿Perdona? —Bella lo miró como si se hubiera vuelto loco. Estaba atada, excitada, impaciente y más caliente que una estufa en pleno invierno ¿Y él le hablaba de ropa?
—Bragas azueles... sujetador rosa... tsc tsc. Es una mala combinación de colores. No me gusta.
—Te jodes.
—En absoluto.
Antes de que Bella pudiera parpadear, él había pisado otra vez la cuerda que unía sus tobillos, introducido su poderoso muslo entre sus piernas y metido los dedos por debajo del elástico de las bragas.
—Prefiero librarme de lo que me molesta —afirmó, rompiendo sin miramientos la prenda.
Antes de que las bragas llegaran a tocar el suelo, sus dedos se habían colado dentro de su vagina y el pulgar pulsaba sobre el clítoris mientras la otra mano se aferraba a uno de sus deliciosos pechos a la vez que sus labios mordían y succionaban el otro.
Ella era incapaz de moverse, no porque estuviera atada, que también, sino porque todo su cuerpo estaba siendo asediado por sensaciones imposibles e incontenibles. Unos dedos entraban y salían de ella sin compasión, presionando contra las paredes de su vagina; la palma de esa misma mano presionaba una y otra vez contra su vulva mientras el pulgar trazaba círculos sobre su clítoris. Los dedos de la otra mano pellizcaban y tiraban de sus pezones, haciéndolos arder de placer, alterando todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo, convirtiendo su piel en metal incandescente que, con cada caricia, casi explotaba.
Casi.
Edward presionó más su boca contra los labios cerrados y firmes de la mujer, muy alejados de la habitual suavidad con la que solían recibir sus besos. Gruñó contra ellos. Deseaba penetrarlos, saborearlos, rozar los níveos dientes, acariciar el interior de las mejillas, frotar el cielo del paladar y, por encima de todo, deseaba que ella respondiera con su propia lengua, que le lamiera y succionara, que le mordiera hasta hacerlo sangrar si era preciso. Lo que fuera con tal de que abriera la maldita boca y lo dejara entrar.
Bella abrió los labios, inhaló una profunda bocanada de aire y; junto a ella, se coló la esencia única de Edward; a bosque, a tierra mojada, a sudor. Su sabor penetró en ella a la vez que su lengua y no pudo evitar responder a sus acometidas. Sus lenguas se enzarzaron en una violenta lucha, se frotaron y saborearon, se juntaron y separaron con fuerza, imitando los movimientos de dos amantes en pleno éxtasis.
Edward se separó bruscamente de ella, dejando que el aire se interpusiera entre sus cuerpos sudorosos.
—Ahora di que no soy yo el que te ha besado —siseó, sujetándola de la coleta para que no pudiera girar la cabeza y evitar su mirada.
—¿Te conformas con un solo beso? —resolló burlona— Bien. Tú me has besado— ahora. Pero nunca me has follado —Edward tiró con fuerza de la coleta y ella sonrió satisfecha— No ha sido tu rostro el que he imaginado cada vez que me he corrido.
Todo resto de contención se esfumó de las facciones del hombre. Asedió feroz a sus labios, los mordió y succionó hasta que quedaron hinchados. Dos dedos se introdujeron con más fuerza y profundidad en la vagina, entrando y saliendo con violencia de ella. El pulgar pulsó con ímpetu contra el clítoris, presionando y soltando, frotando la vulva, humedeciéndose y volviendo a presionar contra el hinchado y terso botón. Los tirones en sus perones se hicieron más intensos, más largos, los pellizcos más contundentes. Y Bella no pudo apenas respirar. Todo su cuerpo era un volcán a punto de explotar.
A punto.
Echó la cabeza hacia atrás y observó las facciones del hombre al que había temido amar tantos años atrás, del desconocido al que había empezado a amar hacía tan sólo unos días. Estaba tenso, las venas se le marcaban en el cuello, las aletas de la nariz se hinchaban con cada respiración, los parpados entrecerrados mostraban un deseo candente, imposible de contener. Pero que contenía.
—No lo intentes mas —jadeó—. Con tu rostro frente a mi cara soy incapaz de correrme —atacó Bella con crueldad.
La mano que torturaba sus pechos la sujetó veloz por la nuca, un tercer dedo se unió a los que penetraban su vagina, su boca se deslizó contra su cuello y mordió con fuerza sobre la vena que palpitaba en él. Bella gritó, todo su cuerpo se tensó para a continuación convulsionarse mientras el desgarrador sonido se convertía en un quedo jadeo que luchaba por llevar aire a sus pulmones.
—Al final parece que he conseguido hacer que te corras —gimió Edward, alejándose tambaleante de ella.
Su cuerpo vibraba impaciente y frustrado; las yemas de los dedos hormigueaban por volver a sentir su piel contra ellos, el pene latía furioso contra la tela de los vaqueros, su torso subía y bajaba con fuerza, intentando llenar de aire los pulmones, todo su ser moría por estar dentro de ella, por tocarla, por saborearla. Dio un paso atrás, y luego otro, y otro más. Separándose de ella, de la tentación. Intentando dominarse más allá de lo que le permitía su fuerza de voluntad. Si se acercara un solo centímetro, si diera un solo paso hacia ella, la follaría tan ferozmente como salvaje era la bestia que en ese momento rugía en su interior.
Bella lo observó retroceder, girarse y dirigirse hacia el aparador y apoyar las manos sobre él, apretando los dedos contra la madera como si quisiera hundirlos en ella. Pasó un minuto, tal vez dos, y él se irguió, abrió uno de los cajones y sacó una pequeña navaja automática. La misma con la que el día anterior le había cortado las tiras del tanga.
Bella no apartó la mirada. Comprobó enfadada que él había conseguido dominar su deseo. Lo vio acercarse a ella, indolente, los brazos caídos a los costados, la mano sujetando firmemente la navaja y esperó. Sabía perfectamente lo que iba a hacer... y ella no lo iba a consentir. Sí, ella había caído, pero él caería con ella, y su caída sería más dura, más fuerte, más dolorosa.
Edward se agachó frente a ella, sujetó uno de sus tobillos y cortó la cuerda que lo unía al otro, liberando sus piernas. Se irguió ante ella, sus ojos eran dos pozos de agua clara, turbulentos y a la vez contenidos. Alzó la mano para cortar la cuerda que unía sus muñecas.
—No eres lo suficiente hombre para follarme sin taparme la cara. Te conformas con sobarme porque sabes que eres incapaz de follarme si te miro a los ojos —siseó furiosa, intentando hacer que él perdiera la cabeza de la misma manera que la había perdido ella.
—Cállate —gruñó él con la navaja inmóvil en el aire, al lado de la cuerda de cuero.
—Esta noche me masturbaré pensando en todos los hombres que imaginé follándome, serán sus caras las que veré.
—¡Mientes! —gritó él. Su mano se abrió dejando caer la navaja. Las cuerdas continuaron intactas.
—No. No miento. No puedo mentir, de la misma manera que no puedo imaginar tu cara follándome, porque jamás te he visto cuando lo has hecho.
Los labios del hombre se abrieron dejando escapar un rugido sobrehumano, sus manos se cernieron sobre los muslos de la mujer, aferrándolos, abriéndolos con fuerza; obligándola a abrazar con las piernas sus caderas, a pegar el pubis empapado de pasión contra la erección que palpitaba bajo los vaqueros.
—No tienes ni idea de lo que me estás haciendo —gruñó Edward, deslizando las manos por la espalda femenina. Las piernas de la mujer siguieron fuertemente ancladas a sus caderas, aunque nada ni nadie las obligaba a ello—. No sabes cuánto te he deseado.
—Por supuesto que no lo sé, nunca he podido ver tu rostro cuando me has deseado —afirmó Bella entre dientes.
No necesitó escuchar más, se desabrochó los botones de la bragueta con una sola mano, la misma mano con la que asió con fuerza su propio pene y lo guió hasta la humedad cálida e impaciente de Bella.
La penetró de un solo empellón, anclando las manos en los sedosos muslos femeninos; incapaz de contenerse, de tratarla con suavidad, de posponer su deseo. Bella jadeó, su coño ciñó la polla con ímpetu a la vez que sus piernas envolvieron con más fuerza al hombre que se sumergía en ella. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ser delicado o contenido. La espalda de Bella se arqueó, sus pezones se frotaron contra el pecho duro y velludo, sus labios se abrieron en un gemido ahogado a la vez que su vagina se tensó y vibró contra el pene, que entraba y salía de ella salvaje e impetuoso. Pesado y contundente. La verga se hinchó al sentirse comprimida hasta el límite, palpitó a punto de vaciarse.
—Di mi nombre —ordenó Edward, aferrando la coleta medio desecha, obligándola a alzar la cara y mirarlo a los ojos.
—Ni lo sueñes —espetó ella, con la respiración entrecortada.
Una de las poderosas manos masculinas se deslizó por detrás del muslo de Bella hasta tocar el empapado perineo, lo acarició humedeciendo los dedos, y ascendió por la grieta entre las nalgas hasta llegar al fruncido orificio.
—Dilo —volvió a ordenar, penetrando con un dedo el ano.
Bella ahogó un gemido y negó con la cabeza incapaz de hablar.
Las caderas del hombre se alzaron violentamente, pujando contra el coño con más fuerza, introduciendo más la polla a la vez que el dedo que penetraba el ano presionaba sin pausa contra las paredes del recto.
Bella aferró con desesperación la cuerda que sujetaba sus muñecas, sus piernas se apretaron contra la cintura del hombre, los talones de sus pies se clavaron en sus muslos. Todo su cuerpo se agitaba incapaz de contener el placer que la atravesaba de pies a cabeza para acabar estallando en su mismo centro. Un grito comenzó a formarse en su garganta y entonces, él paró. Se quedó inmóvil dentro de ella. La mano anclada al trasero hundió los dedos en las nalgas gemelas, impidiéndola moverse. La que sujetaba su cintura la pegó a su estómago, inmovilizándola por completo.
—Di mi nombre —ordenó él, saliendo lentamente de ella.
—No —gritó Bella, intentando introducirlo de nuevo. No lo consiguió.
—Hazlo —gruñó él, apretando con fuerza los labios, aunque le costase la misma vida, aunque muriera en ese mismo instante, ella iba a decir su nombre.
Bella cerró los ojos y volvió a negar con la cabeza. Él volvió a introducirse en ella, tan lentamente que estuvo a punto de gritar de frustración. La mano que sujetaba su trasero se abrió suavemente en abanico, el anular presionó contra él sin penetrarlo. Sus cálidos labios lamieron las gotas de sudor que caían por la clavícula y se perdían entre sus pechos. Todo el cuerpo de Bella se tensó al borde del orgasmo.
Sus labios se separaron de la piel, el dedo se alejó de su ano y el pene comenzó a escapar de su vagina.
—Di mi nombre —susurró, mirándola a los ojos.
—Edward.
Entró en ella con fuerza, el dedo se hundió en su recto. Su mirada siguió clavada en Bella.
—Dilo otra vez.
—Edward.
Sus movimientos se hicieron más rápidos, más bruscos, más fuertes. Sus ojos claros quemaron los de Bella.
—Otra.
—Edward. Edward. Edward —gritó, con el rostro del hombre grabado en su retina en el mismo momento en que ambos caían en el abismo del placer. Permanecieron uno junto a otro, unidos en cuerpo y alma durante una eternidad. Una eternidad que se vio interrumpida cuando las piernas de la mujer soltaron la cintura del hombre, cuando él se separó de ella y se arrodilló, cuando se irguió con la navaja en la mano y con dedos temblorosos cortó las cuerdas que sujetaban las muñecas de su mujer.
Se observaron durante un momento que duró una eternidad. Una eternidad que terminó cuando la mujer se ató las dos mitades desiguales de su camiseta en un nudo apresurado, cuando se agachó para recoger su falda y ponérsela, cuando recorrió la estancia buscando las bailarinas que habían caído de sus pies.
Una eternidad que se rompió en mil pedazos cuando la mujer alzó la barbilla y miró al hombre a los ojos.
—Te estaré eternamente agradecida por este polvo. Ahora que he visto tu cara mientras me follas, no me será difícil olvidarte.
Aaahhhh! Bella ya se enfrento a Edward, ahora como lo tomara Edward cuando la vuelva a ver? Carlisle y Alec se enteraran? Ya veremos en la próxima actualización!
Mini adelanto:
Cuando subió de nuevo en el coche su actitud había cambiado radicalmente, la rabia había quedado olvidada y, en su lugar, la determinación y la seguridad se agitaban en sus rasgos.
Arrancó y aceleró, echando un último vistazo al pueblo; pensando en la lucha de Edward para conseguir que Mombeltrán siguiera siendo lo que era: un sitio maravilloso donde vivir. Aunque no para ella. Nunca para ella.
A las afueras de El Casar del Ciego, un cartel indicaba dos posibles caminos.
«Madrid, 125 km»
«Mombeltrán, 41 km»
Lucerito!
