Capítulo 28:
Chocar con el pasado
A Harry se le daban bien muchas cosas: canalizar su magia, cocinar, cuidar de niños pequeños, volar, derrotar amagos oscuros... Pero de todas las cosas que sabía hacer, disimular sus emociones no era una de ellas. Podía hacerlo con bastante destreza ante los ojos de aquellos que no le conocían, pero a Draco le gustaba pensar que le conocía tan bien que era capaz de leerle con facilidad.
Llevaba distraído toda la tarde, un poco apesadumbrado incluso. Se reflejaba en toda su cara, en su manera de mirar, en la forma en la que su dedo índice repiqueteaba contra cualquier superficie o en cómo se detenía durante una fracción de segundo en medio de un silencio, queriendo decir algo. Draco había tenido la paciencia suficiente para esperar a que Harry le dijese qué le ocurría, pero no parecía que ese momento fuese a llegar pronto.
—Puedes decírmelo, ¿sabes? —Harry parpadeó hacia él, alzando las cejas en una expresión extrañada. Era tan dolorosamente obvio que no sabía si echarse a reír o golpearle—. Sea lo que sea lo que te está molestando.
Su novio sonrió tenue y negó con la cabeza mientras cruzaban la carretera que daba al parque Regent. Habían decidido pasear, sin ir a ningún sitio en específico porque el tiempo había empezado a ser más cálido y el cielo se había mantenido en un azul brillante que invitaba a salir de casa.
—Ya no puedo ocultarte nada, ¿no?
—Lo dudo —contestó aliviado al ver que Harry parecía desenfadado. La noticia que tenía que darle no podía ser tan mala, entonces—. ¿Vas a decírmelo o tengo que adivinarlo?
Se sentaron en un banco de madera frente al lago. Habían pájaros de color blanco en la superficie, nadando y agitándose cuando alguien les echaba comida al agua. Unos chicos jugaban al fútbol a un lado y habían varias personas corriendo por el camino de tierra que rodeaba el césped.
Dejó que Harry agarrase su mano y juguetease con sus dedos. Hacía tiempo que había notado que su novio hacía eso repetidamente: agarrar su mano, entrelazar sus dedos, tocar su muslo, acariciar su espalda,... Siempre tenía esa necesidad de tocar a Draco, como si quiera asegurarse de que estaba ahí.
—¿Recuerdas que tenía un caso internacional en el que estaba trabajando con Ren? —Draco asintió— Tengo que irme a Estados Unidos durante unos días. Necesitan a alguien que sepa investigar y que conozca el funcionamiento del Ministerio allí.
—Oh —murmuró. No era la noticia que esperaba, aunque en realidad no había pensado en nada en específico—. ¿Cuándo te vas?
—La semana que viene.
Cabeceó, removiéndose en su asiento.
—¿Es peligroso? —cuestionó con la preocupación goteando en su voz.
—No, es solo un poco de investigación, algunas guardias y mucho papeleo —dijo, ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora—. Lo peor que voy a padecer es lo mucho que te voy a extrañar.
Draco rió en voz baja, dejando caer su cuerpo contra la figura cálida y conocida de Harry.
—Eres un cursi —se burló. Luego suspiró con algo de pena—. Yo también voy a echarte de menos.
No mentía, y se dio cuenta de ello a la semana siguiente, en cuanto Harry se despidió de él en la Estación de Trasladores del Ministerio, rumbo a Estados Unidos.
Fue extraño estar sin Harry. Draco se había acostumbrado tanto a compartir tiempo con él que se encontró aburrido y sin nada que hacer la mayor parte del día. También se encontró un poco solo, lo cual le hizo ser consciente de lo mucho que había cambiado su vida. Antes no le importaba la soledad, lo prefería de hecho. Se había encerrado a sí mismo bajo sus propios muros y se había distanciado de cualquier persona que pudiera hacerle sentir cualquier afecto. Había estado tanto tiempo de esa manera, que se dio cuenta de lo solo que estaba cuando Harry apareció de nuevo en su vida. Ahora, en cambio, podía notar cada pequeño detalle que le recordaba que tenía alguien con él y le hacía sentir una mezcla de nostalgia y añoranza a la que no estaba acostumbrado. Ya no era tan agradable despertarse solo y tener que comprar su café a toda prisa porque llegaba tarde al trabajo, ni volver a casa y no tener nada que hacer durante toda la tarde. Dormir en su cama vacía tampoco se le hacía atrayente.
Pasó mucha de sus horas muertas leyendo o viendo la televisión, como hacía antes. Ya no tenía que estudiar, pero repasó alguno de los libros que le habían parecido interesantes, ahora que ya no estaba presionado por memorizarlo todo. Durmió en su apartamento, porque ir a casa de Harry a dormir le hacía echarlo aún más de menos. Visitó a su madre y le ayudó a elegir el que sería su hogar definitivo, a pesar de que le había asegurado que podía quedarse el tiempo que quisiera en la casa de los Black. Fue a ver a Teddy y a Andromeda, también. Su tía había estado tan sorprendida como él por el divorcio de sus padres, y había insistido en que le dijese a su madre que su puerta estaba abierta por si algún día quería acompañarle a verla.
Fue en una de esas noche aburridas, donde no hacían nada en la televisión y a Draco no le aparecía ponerse a leer, cuando aceptó ir a una de las fiestas que celebraba su padre.
Su divorcio había sido tema común en El Profeta esos últimos días. Indagaron acerca de su relación rota, de cómo eso afectaría a su círculo social, tal y como había dicho Lucius que harían. Se especuló sobre las empresas Malfoy y metieron a Draco en medio de todo eso, teorizando si, ahora que el matrimonio Malfoy estaba acabado, Draco rompería con Harry para casarse con una buena sangre pura, concebir un heredero y ser el nuevo patriarca familiar. A Draco le habría hecho un poco de gracia la gran imaginación que poseía Skeeter, si no fuera por lo mucho que la odiaba.
Por todas esas circunstancias, Draco se encontró de pie en medio del salón de bailes de la Mansión, bebiendo un caro vino blanco y haciendo ver que escuchaba la conversación entre su padre y algunos de sus inversores.
—Así que, por lo que he podido leer en la prensa, estás con ese chico... Potter.
Alzó una ceja, levemente perdido en la conversación, dándose cuenta de que Argos Rowle se estaba dirigiendo hacia él. Por un momento pensó en resoplar y reír engreídamente por la forma despreciable en la que se había referido a Harry y de paso hacerle un buen recordatorio de que la guerra había terminado gracias a él, pero su padre le envió una mirada puntillosa y decidió morderse la lengua, sin ganas de querer montar un espectáculo.
—Sí —respondió.
—Pero te vas a casar en algún momento, ¿no? —inquirió, arrugando la nariz— Quiero decir, sería lamentable que el apellido Malfoy muriese contigo.
No fue el comentario en sí, fue la manera desagradable con la que lo dijo lo que hizo a Draco apretar los dientes.
—¿El tuyo tampoco va a tener mucha continuidad, verdad? —replicó con una voz suave y una sonrisa tenue que destacaba contra su malicioso comentario— No creo que tu hijo pueda darte nietos estando en Azkaban.
Rowle jadeó, parpadeando como un búho. Los otros dos hombres que estaba con ellos le miraron estupefactos. Su padre gruñó por lo bajo, agarrando su codo con fuerza.
—Draco...
—Si me disculpan —interrumpió, muy poco dispuesto a escuchar a su padre reñirle—, voy a ir a tomar un poco el aire.
Se soltó del agarre de Lucius y se dio la vuelta para caminar airadamente por el salón. Dejó su copa de vino en una de las bandejas flotantes y salió directamente a uno de los balcones de la estancia. La brisa fresca azotó su rostro y le hizo estremecer. Se apoyó en el barandal de mármol, observando el amplio jardín de la mansión.
No debería haber venido. Su padre iba a estar furioso y estaba seguro de que le esperaba un buen monólogo de lo mucho que le había dejado en ridículo. Suspiró. Ojalá Harry no hubiera tenido que marcharse y así podría haber pasado la noche con él, caminando cerca del río Támesis o acurrucado en el sofá. A decir verdad, aún podía irse de esa fiesta a la que no debería haber asistido, volver a casa y pasar lo que le quedaba de noche tranquilamente.
—¿Draco?
Por un momento, pensó que lo había imaginado. Los dos primeros segundos de escucharlo, creyó que su mente le estaba jugando una mala pasada, pero su cuerpo reaccionó antes de que pudiera asimilar a quién pertenecía esa voz. Su corazón se aceleró, palpitando con fuerza dentro de su pecho, sintió que toda la sangre se le drenaba de la cara, la piel le cosquilleaba y un ligero mareo le confundió por un instante. Y un parpadeó después tenía su varita en la mano, tan rápido que se sorprendió a sí mismo, y se dio la vuelta, tenso y a la defensiva, sin poder creer que tuviera a Ivan delante de él.
—¿Qué haces aquí?
Su tono era agresivo y su postura reflejaba su malestar. Ivan curvó su boca en una pequeña sonrisa, sin afectarle lo más mínimo que Draco estuviese apuntándole con su varita.
—Tu padre ha invitado al mío. Ellos siguen siendo amigos —respondió con parsimonia—. No sabía que ibas a estar aquí.
Ivan no había cambiado mucho. Seguía siendo alto y delgado, su cabello rubio había crecido y ahora las puntas de sus mechones rozaban su mandíbula. Tenía las manos escondidas en los bolsillos de su túnica, lo cual le hizo ponerse nervioso.
—Claro —farfulló con sarcasmo.
—No voy a mentir, muchas veces le he preguntado a tu padre por ti, pero no me ha dicho mucho —admitió, encogiéndose de hombros. Hubo un silencio en el que Ivan le miró y Draco intentó que su pulso no temblase—. Nunca respondiste a mis cartas.
—Será porque ya no tenía nada que decirte.
Se sentía erizado por todas partes, no sabía si por el enfado que tenía o por el pavor que le daba tener a Ivan delante después de tanto tiempo.
—Yo sí tenía cosas que decirte.
—Escuché suficiente en ese entonces —gruñó entre dientes. El relieve de su varita estaba empezando a clavarse en la palma de su mano por la fuerza con la que la estaba sosteniendo—. Y he escuchado suficiente ahora.
—Draco... Espera un momento, por favor.
—No quiero hablar contigo y no quiero que te acerques a mi.
—Te he echado de menos.
Resopló por la nariz, negando con la cabeza y mirándole con disgusto.
—Que tengas buena viaje de camino a la mierda —espetó.
Desapareció sin pensarlo demasiado y se alegró cuando pudo aterrizar bien en el salón de su apartamento. Temblaba desde dentro hacia afuera, como si el miedo y la ira surgiesen directamente de sus huesos y embargasen todo su cuerpo. Aflojó el agarre de su varita y respiró hondo al darse cuenta de que estaba prácticamente jadeando. Sus pulmones se sentían apretados, su garganta era un nudo tenso y los ojos empezaban a escocerle.
En ese momento, deseó poder abrazar a Harry.
Llevó su mano hacia su rostro, apretando sus párpados con los dedos. Se aseguró de mantener su respiración constante hasta que su cuerpo estuvo lo suficientemente estable como para hacer algo más que estar ahí de pie. Caminó hasta la cocina, sirviéndose un vaso de agua y luego se sentó en el sofá. Su pierna rebotó arriba y abajo con rapidez y nerviosismo. Ni si quiera se tomó la molestia de encender las luces o de quitarse la túnica que llevaba. Tenía la mente entumecida y los músculos agarrotados. No quería pensar en Ivan, porque eso hacía que el pánico le arrollase como una ola en su interior.
Se tumbó en el sofá, agarrando con fuerza el cojín bajo su cabeza, con los hombros rígidos y la boca seca.
No durmió mucho esa noche. Se encontró incómodo todo el tiempo y se despertó inquieto cuando todavía no había amanecido. La primera lechuza llegó poco después de que terminase de preparar su té. Era una lechuza grande y prominente. Draco supo inmediatamente a quien pertenecía y no se preguntó cómo Ivan había conseguido su dirección. Estaba seguro de que su padre tenía algo que ver. Mientras ignoraba al animal, pensó que era como volver al pasado. Como volver a aquella época en la que rompió con Ivan y él no dejó de hostigarle.
La primera pesadilla llegó esa misma noche. Soñó con las manos de Ivan en su cuello, con el pánico y la angustia por poder respirar de nuevo, con esa innegable realización de que estaba a punto de morir. Volvió a escribirle por la tarde. Y al día siguiente. Las cartas incesables de Ivan se mezclaron con el vociferador de su padre dos días después, pero a Draco no podría haberle importado menos.
Fue al tercer día de su encuentro cuando Draco salió de una de las chimeneas del Ministerio y vio a Ivan en medio del Atrio. Estaba lívido. Parecía una de sus pesadilla, solo que eso era la vida real.
Apretó los dientes, sintiendo que su respiración se aceleraba. Alguien chocó con él por la espalda, empujándole hacia delante. Tragó saliva, apartándose de la entrada de la chimenea y caminó con la cabeza gacha entre la gente hacia los ascensores para llegar hasta su Departamento y disponerse a trabajar. Se detuvo a medio camino, con una sorpresiva decisión en su cabeza. No podía estar así, escabulléndose asustadizo como hacía años. Lo había superado, había dejado atrás a Ivan y no podía permitir que le afectase de esa manera, escondiéndose en casa y en su trabajo.
Dio la vuelta, alzando la mirada para encontrarse con los ojos de Ivan. Él le observó avanzar con ese aire impasible que tenía siempre, aunque Draco le conocía lo suficientemente bien para saber que había algo de esperanza en sus ojos azules.
—¿Por qué no me dejas en paz?
Sonaba cansado, se encontraba así y, podía asegurar, que su aspecto también lo reflejaba.
Ivan guardó silencio durante un segundo y Draco se preguntó si sentía culpable.
—¿Por qué no quieres escucharme? —replicó a su vez.
—Porque es una pérdida de tiempo, Ivan.
—No he podido olvidarte —contestó en voz baja—. Aunque lo he intentado todos estos años, ha sido imposible. Si pudieras escuchar lo que tengo que decirte...
—No quiero hablar contigo y, por encima de todo, no voy a volver contigo —soltó un suspiro cuando Ivan frunció el ceño, como si esa afirmación no existiese en su cabeza— ¿No puedes respetar eso?
—Solo te estoy pidiendo una conversación antes de rechazarme.
Negó con la cabeza, entre frustrado y agotado. Al final suspiro pesadamente, dejando caer sus hombros.
—Si tenemos esa dichosa conversación, ¿me dejarás en paz? —murmuró.
—Sí.
—Bien —suspiró. Sabía que no era una buena idea, pero quería que Ivan volviese a salir de su vida y así poder recuperar su estabilidad—. Te enviaré una dirección por lechuza.
Se dio la vuelta y caminó de nuevo hasta los ascensores. Cuando entró en uno de ellos, Ivan todavía seguía en medio del Atrio, mirándole.
—0—
Apenas habían mesas libres en la cafetería. Draco había escogido ese lugar porque quedaba relativamente cerca de su casa, estaba lleno de gente y en el mundo muggle. Eran cosas estúpidas, porque era consciente de que su Ivan quisiera hacerle algo, podría hacerlo de todas formas, pero le daba un poco más de seguridad estar ahí que en algún pub mágico de a saber dónde.
—¿Qué van a tomar?
—Un café con leche para mi y un café solo para él —Ivan se detuvo, mirando desde la camarera hasta él—. Todavía te gusta el café solo, ¿no?
—Tráeme un té verde, por favor —pidió, solo por llevar la contraria.
La camarera asintió, anotando su comanda en un bloc de notas y marchándose de inmediato. Draco se preguntó si la chica podía notar esa sofocante tensión que había en la mesa.
—¿Por qué te mudaste al mundo muggle?
Entornó los ojos, desviando el rostro hacia el lado para observar el amplio local en vez de mirar a Ivan.
—Porque me gusta.
—Te queda bien la ropa muggle.
Resopló por la nariz, cabeceando incrédulo. Le estaba empezando a entrar una ira por dentro que asustaría a cualquiera.
—¿Esto es todo lo que tenías que decir?
—Deberías relajarte —dijo, ignorando por completo la mirada hostil de Draco—. ¿Vas a apuntarme con tu varita por debajo de la mesa todo el rato?
Sus dedos se flexionaron alrededor de su varita, que estaba estratégicamente colocada para que es ocultase entre su pierna y su silla.
—Sí.
—No voy a hacerte daño, puedes confiar en mi.
No supo si le entraron más ganas de carcajearse o de partirle los dientes.
—Gracias, pero eso lo decidiré yo —le ofreció una sonrisa falsa y desagradable justo cuando la camarera dejaba sus bebidas encima de la mesa—. Ahora, di lo que tenías que decirme para que pueda irme a casa.
Tendió su mano para sujetar su taza de té, con su varita aún agarrada en su mano izquierda.
—Quiero una segunda oportunidad —habló Ivan después de un momento de silencio. Draco lo contempló. Parecía muy seguro de lo que decía.
—Disculpa si no me río. Es que el chiste no ha tenido gracia.
—No estoy bromeando.
—Deberías —silbó. Estaba seguro de que el disgusto se reflejaba perfectamente en sus ojos—, porque estoy a punto de hechizarte las pelotas.
Qué poca vergüenza tenía. Qué desfachatez tan grande la de presentarse de nuevo en la vida de Draco solo para volver a acosarle hasta que volviese con él. Nunca había sentido tantas ganas de lanzarle un crucio a alguien como en ese momento.
Ivan se acercó a él, posando su mano encima de la de Draco. Frunció el ceño, antes de apartar la mano de la mesa.
—No me toques.
—Éramos buenos juntos —comentó, sin parecer afectado por su tono hosco—. Hasta que decidiste apartarte de mi y dejarme.
Abrió la boca, sin creer lo que estaba escuchando. ¿Esa era la única conclusión a la que había llegado después de todo?
—Intentaste matarme —pronunció, como si fuera retrasado—. ¿No es motivo suficiente para ti?
—Fue un error. Te prometí que no lo volvería a hacer.
—¿Quieres que te diga por dónde me paso tus promesas?
—No seas grosero, por favor. No me gusta cuando eres así —Ivan hizo un gesto despectivo con la mano. Draco le contempló, intentando decidir si sentirse asombrado o enfadado hasta la muerte—. ¿Qué tengo que hacer para que vueltas conmigo?
Enfadado hasta la muerte, decidió.
—No voy a volver contigo —se inclinó sobre la mesa y clavó sus ojos grises en los azules de Ivan. La varita en su mano tembló—. No hay nada en el mundo que pudieras hacer para que volviese contigo. No te quiero, no quiero verte, ni hablarte. Quiero que me dejes en paz y desaparezcas. Me mataría de la forma más cruel y dolorosa antes de si quiera plantearme volver a tener una relación juntos. Eres un capullo geocéntrico y despreciante al que ojalá no hubiera conocido nunca. No hay día en el que no me arrepienta de haber salido contigo.
Ivan le observó durante mucho tiempo. Draco inhaló profundamente, intentando controlar su respiración agitada.
—Tu novio sí intentó matarte deliberadamente y estás con él. Lo leí en su biografía. Hay un capítulo entero dedicado a ello.
Sintió que todo su cuerpo se encrespaba, a la vez que el rostro de Ivan se endurecía y sus ojos se enfriaban.
—Como te atrevas a meter a Harry en esto te enterraré vivo en el primer desierto que encuentre —amenazó y, para su sorpresa, su voz salió controlada y sin sentimientos, lo que quería decir que iba muy en serio e Ivan lo sabía—. Y espero que esta sea la última vez que escucho de ti, porque como tenga que enviarte de vuelta a Bulgaria de un solo hechizo, lo haré.
Escondió su varita en la manga de su camisa y se puso en pie sin esperar respuesta. Draco se fue con la certeza de que la cabeza hueca de Ivan no había comprendido nada de lo que había querido decirle y no tuvo ni por asomo la más mínima esperanza de que su acoso se detuviese.
Volvió a su apartamento, sintiéndose igual o aún más intranquilo que antes.
Pese a lo que pudo pensar, las cartas dejaron de llegar a su ventana y no volvió a ver a Ivan ni en el Ministerio ni en ningún otro lugar. Aún así, eso no le devolvió la calma que tanto había esperado. Ivan no era de los que se rendía a la primera de cambio.
Draco despertó esa noche con el corazón a punto de estallar en el pecho. Había sudor en su frente y tenía las sábanas enredadas en sus piernas. Recordaba haber soñado con Harry y su sectumsempra, solo que esta vez el moreno disfrutaba y se regodeaba por haber estado a punto de matarle.
Se asustó cuando un ruido provino del salón. Cogió su varita y se levantó con cuidado de la cama. Sus músculos protestaron, encontrándose tensos, pero Draco siguió avanzando lo más silencioso posible. Sus hombros se desplomaron y su garganta emitió un lloriqueó al ver que el ruido no era más que su vecino entrando en su apartamento.
Enterró el rostro en sus manos. Tenía un sueño terrible y a la vez se sentía más despierto que nunca. Necesitaba dormir, pero no iba a conseguirlo sabiendo que Ivan conocía su dirección y, en vez de enviar cartas, podría presentarse allí en cualquier momento.
Se irguió, con una esperanzadora idea. Fue a su habitación a paso rápido, cogió la túnica que iba a vestir mañana y todos sus artículos de aseo personal y se desapareció en casa de Harry.
Cerró los ojos y su pecho se ablandó cuando la magia familiar de su novio le envolvió dentro de las barreras protectoras de la casa. Subió por las escaleras hasta la habitación y, una vez allí, se metió en la cama y se envolvió con las sábanas hasta el cuello. Todo era silencio, seguro y tranquilo a su alrededor. No era como estar con Harry, pero se parecía, y ese pensamiento hizo que pudiese dormir durante toda la noche.
Bueeeeeeeno, llegó un poco de drama.
Todo era demasiado bonito para ser cierto, lo sé. Y quien suele leer mis historias sabe que siempre dejo lo mejor para el final, así que...
He de admitir que esto estaba planeado desde el principio. Desde que empecé a escribir esta historia, tenía claro que Ivan iba a reaparecer. Es una pena para Draco, que estaba muy tranquilo, pero la vida es así.
¡Nos leemos el próximo viernes!
