Los personajes de Dragon Ball y Naruto no me pertenecen. Son obra y creación de Akira Toriyama y Masashi Kishimoto respectivamente.
Antes que nada, lamento muchísimo no haber respondido los reviews. Me costó mucho sacar este capítulo por motivos de trabajo, así que de nuevo lo siento. Me dedicaré los próximos días a contestar los mensajes pendientes.
Sin más, lo dejo con el capítulo que sé que muchos estaban esperando. Agradezco la paciencia.
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29. La memoria del pecado
―Una victoria es una victoria, no importa cómo lo veas―espetó Luffa entre las briosas dentelladas con que desmenuzaba la carne deshidratada―. Nos hicimos con el control de esta maldita roca y es lo único que cuenta.
―Tú misma sabes que no es cierto ―replicó Lettus en una suerte de quejido exasperado―. Tomar Vegita 13 era necesario para establecer nuevos puestos de avanzada, es un planeta con posición estratégica y recursos energéticos valiosos en este cuadrante de la galaxia, pero…
―¿Pero en verdad deberíamos celebrar? ―remedó ella en un timbre agudo en tanto escupía un trozo de cartílago―. Si necesitas tiempo para llorar entonces sal y hazlo a solas. No me arruines la cena, que para variar no recuerdo la última vez que comí algo decente. Quiero disfrutarlo.
―El sargento tiene algo de razón ―concedió Zucchi, rebuscando en los contenedores de acero algunas piezas de armadura que repusieran las suyas―. Llevamos dos años en guerra y no parece que se vaya a acabar pronto. Quiero decir, por supuesto que es bueno ganar, lo que pasa es que… ¿cómo me explico? Perdemos rápido lo que tanto nos ha costado conseguir, avanzamos y a la vez retrocedemos sin parar. Debo admitir que a veces estoy desanimada porque… ¿acaso no había una sola hembra en este mugrero? Estas hombreras no me quedan, son grandes, feas, apestan y…
―¡Cierra la jodida boca! ―clamó Luffa, empuñando su oscura y erizada cabellera en un trance violento―. ¡Bendito Yamoshi (1), no paras de hablar, niña! Quiero comer en paz, ¿es demasiado pedir?
Zucchi apretó los párpados con fuerza, erizada de vergüenza ante el reclamo de su maestra.
―Lo siento. La manía de los vencedores, supongo
Lettus escaneó con ojo crítico el tablero y las pantallas de la sala, no sin antes retirar del asiento el cabizbajo cadáver del soldado al que Luffa atravesó el cráneo. Esa mujer disparaba láseres de sus dedos con una puntería de miedo, aunque el verdadero temor reptó por su médula al comprobar que los sistemas de seguridad y las torretas anticruceros con que disponían en esa base, estaban fuera del alcance de la tecnología de su gente, por no mencionar que los uniformes de los saiyajins que enfrentaron eran diferentes. Los rumores entonces eran ciertos: la reina Sarada se había aliado con los Furūtsu para expandir el imperio hacia las galaxias del sur. Ahora que se hallaban más lejos de casa, cobraba sentido que las colonias periféricas empezaran a mostrar tales modificaciones.
―Esto lo complica todo… ―murmuró, echando cuenta del progresivo deterioro del bando rebelde. Nunca tuvieron los recursos para afrontar una guerra de desgaste, y esta se prolongaba mucho.
―Ya te lo digo, niña, si sigues así de molesta y chillona, él nunca se fijará en ti. A los saiyajins les gustan las hembras fuertes y con carácter.
―No sé de lo que hablas. Parece que esa carne está envenenada. ―Se defendió Zucchi con las mejillas congestionadas.
―De Saffron, y no te hagas la estúpida.
―¿Sa-Saffron? ¿Qué tiene que ver él? ―La chica se dio vuelta para ocultar su rubor e hizo que buscaba de nuevo entre los desgastados protectores de combate.
―No tienes de qué avergonzarte, ambos están en la edad, llevan toda una vida peleando juntos, ¿y para qué nos vamos a engañar? Siendo el mejor guerrero que una hembra saiyajin haya parido jamás, es natural que llame tu atención. Sus venas están repletas de la sangre de Yamoshi, y bendito fue el pecho que le dio de mamar. Él es la clave de nuestra victoria, y algún día será nuestro Rey en lugar de la perra traidora de Sarada.
La luz verdosa de los monitores perfilaba entre sombras los duros rasgos de Lettus, que contemplaba en silencio la animada discusión de ambas. El cansancio del prolongado conflicto junto a sus horrores, comenzaba a pesar demasiado sobre su espalda. Se estaban matando entre ellos, y en tanto, la autonomía del reino se marchitaba a medida que se expandía al precio de permitir que otras razas les pisotearan la nuca a cambio de baratijas tecnológicas. Ya no conquistaban por ellos y para ellos.
Las voces en la sala de controles callaron cuando las puertas metálicas dieron paso a su héroe. Rozando con su alborotado cabello negro el marco de la entrada, ingresó Saffron cuan alto era, con el torso parcheado en quemaduras y tenues moretones.
―¿Un rato duro allá afuera?
―Esos cañones no eran un juego, mi señor. ―La cara de Saffron se contrajo en dolor cuando se sentó en el suelo para terminar de arrancarse los maltrechos restos de la armadura. Era una locura que apenas recibiera ese daño por parte de armas que disparaban rayos capaces de vaporizar la materia a niveles ridículamente ínfimos.
Zucchi le ayudó a conseguir algo que le quedara del contenedor, mientras Luffa le arrojaba algunas tiras de carne deshidratada para que se diera el gusto: un majar considerando los alienígenas extraños y desagradables que habían comido en conquistas pasadas, y ahora, durante la guerra, llegaron a canibalizar cadáveres en los casos más extremos.
En eso sonó el comunicador de bolsillo de Lettus con terribles noticias por parte de sus aliados. Recibieron un ataque de origen no precisado que acabó de un solo golpe con el planeta Selypar 9, lugar donde operaba una de sus tres bases principales.
―¿De un solo golpe? ¿Qué significa eso? ―preguntó Zucchi con el pálido rostro iluminado por las débiles luces del cuarto.
―Significa que lo destruyeron por completo de un disparo. ―gruñó Luffa, incapaz de controlar los temblores que le sobrevenían―. Esa maldita. ¿Tan bajo ha caído nuestro ejército que acepta semejantes órdenes de cobardía? ¿Dónde quedó el honor en la lucha cuerpo a cuerpo, la emoción en el choque de huesos y nervios? Pff, ahora resulta que volamos planetas a la distancia.
―No, no fueron saiyajins los que hicieron eso. ―Los tres voltearon en dirección al sargento Lettus, hundido por la derrota en la silla frente al panel de control―. Usaron una superarma, un cañón antiplanetario desde el espacio. El mensaje dice que captaron abundante actividad superlumínica, positrones y otras antipartículas. Se trata de tecnología Furūtsu. Quieren acabar con la guerra de una vez.
―Pero eso está prohibido, es una violación grave al tratado intergaláctico ―dijo Zucchi con los ojos explayados―. El comité supremo no aceptará una infracción de ese tipo, es una seria amenaza para el resto de los imperios.
―Ese es el problema ―Lettus guardó el comunicador y secó el sudor de su frente con una mano enguantada―. Apostaría lo que fuera a que el imperio Furūtsu no es el único nuevo aliado de la Reina Sarada. A estas alturas, no somos más que molestas piedrecillas en sus botas, por lo que está dispuesta a acabar con nuestros más importantes bastiones aun si eso significa vaporizarnos con todo y planeta incluido. Total, la Reina tendrá próximamente un dominio mucho más vasto en su posesión.
―Como hacer remodelaciones a una vieja casa, ¿no? ―Una sonrisa macabra surcó la cara de Luffa―. Esto se está poniendo muy feo.
Aun si ganaban la guerra y tomaban el dominio del reino, quedarían débiles y tendrían luego a media galaxia en contra, pues los rebeldes eran enemigos de la política expansionista a través de la alianza con otras razas. Los saiyajins eran espíritus indómitos, obstinados y libres por naturaleza. Era intolerable tener que compartir la gloria de una batalla con cualquiera que no fuera uno de ellos, ni hablar de agachar la cabeza o ajustarse a los requerimientos de otros ejércitos.
―Estamos perdidos.
―¡Que te calles, niña! Mientras tengamos la fuerza necesaria para empañar con nuestro aliento la ventana de una nave cápsula, habrá esperanza. Olvidas que tenemos al Legendario Super Saiyajin de nuestro lado. Con Saffron somos invencibles. Ya viste cómo entre cuatro nos hicimos con el control de un planeta entero, pero lo cierto es que fue posible gracias a la habilidad de nuestro futuro Rey.
―¿Vas a seguir con ese estúpido cuento del Legendario Super Saiyajin? ―replicó Lettus, perdiendo los nervios―. Maldición, Luffa, estamos en el mundo real. Por una vez en tu vida piensa con la cabeza y no con las tripas.
―Debería avergonzarte que, por pensar con las tripas, una hembra tenga más agallas de las que jamás has tenido y tendrás.
―Cuida tus palabras. Recuerda tu posición.
Saffron permaneció callado, admirando los aspavientos derivados de la discusión entre el sargento Lettus y su maestra Luffa, sumidos ambos en un trance mudo que no estimulaba sus tímpanos: no tenía cabeza ni oídos para asimilar la alterada percepción de su entorno. Por su mente desfilaban recuerdos más agradables, como las canciones y la buena comida alrededor de una fogata después de la batalla, a menudo acompañadas con las leyendas de los guerreros de antaño, contadas por los sabios en la bruta lengua antigua saiyajin; los entrenamientos junto a Zucchi cuando eran niños, donde Luffa la regañaba con severidad por no hacerlo la mitad de bien que él; la vez en que Lettus, por aquel entonces un simple cabo, se emborrachó al punto de despertar dentro de una nave cápsula ya de camino a un planeta bajo total control enemigo: se burlaron de él por semanas. Recordó a los que ya no estaban, a los que le hicieron reír, a los que le admiraron por su fuerza y depositaron su fe en él, viéndole como la encarnación del héroe de sus leyendas.
―Ya no quiero pelear más, no de esta manera. ―Los tres se giraron con gesto incrédulo en dirección a él―. Ya tuve suficiente, estoy cansado. No quiero ver morir a otro saiyajin.
―Sa-Saffron… ―musitó Zucchi, con el sudor abriéndole surcos por su empolvado rostro.
―¿De qué mierda estás hablando? ―Luffa olisqueó la carne para verificar si, en efecto, estaba envenenada―. Perder Selypar 9 es un golpe duro, aunque nada que no podamos superar, así que no vengas con esa mierda de mal gusto en un momento como este.
―Hablo en serio. Estamos a tiempo de salvar miles de vidas.
―¿Insinúas que deberíamos rendirnos? ―Ante su silencio, la sardónica mueca de Luffa se transfiguró en una profunda decepción que luego dio paso a la rabia―. Desgraciado, ¿cómo te atreves?
La mujer se aproximó a él y le viró el rostro de un sonoro puñetazo. Las paredes de acero vibraron, las pantallas de vidrio reventaron en pedazos, y algunos pernos saltaron de entre las coyunturas de los muros con el segundo golpe con que ella lo reprendía.
Saffron, inmutable, enderezó su cabeza y se limpió con el antebrazo la sangre que le corría por la comisura de un labio. Sintió una punzada en el pecho cuando vio lágrimas desbordando los oscuros ojos de su maestra. Nunca la había visto llorar.
Y es que él representaba el mayor orgullo de esa feroz guerrera; era el hijo que siempre deseó; el saiyajin más fuerte, valiente y destacado que alguna vez entrenó; el Rey al que ansiaba llevar a toda costa a su merecido trono. Se sentía abandonada. Habría preferido morir combatiendo ese mismo día que escuchar de boca de Saffron que se rendía.
Con la cabeza en alto, Luffa se retiró de la sala de controles, seguida de cerca por Lettus que, muy a su pesar, compartía el pensamiento del joven, pues la guerra les auguraba un balance tremendamente negativo sin importar el resultado final.
Zucchi no lo podía creer. Jamás imaginó que su amigo, a simple vista un implacable guerrero en el campo de batalla, se sintiera agobiado por el transcurso de tantas peleas.
―¿Por qué? ―preguntó con la voz quebrada, poniéndose de cuchillas para examinarle los golpes.
―No quiero pelear contra más saiyajins. No de esta forma. ―Observó su silueta reflejada en la roja mirada de la chica―. No quiero perderlos, no quiero perderte. Sería incapaz de soportarlo.
El cuerpo de Zucchi se estremeció. Contuvo la respiración cuando la mano de Saffron le retiró los mechones platinos de la frente.
―Yo también estoy cansada, pero si nos rendimos, nada asegura que seamos absueltos. La reina nos ejecutará a todos, los rebeldes somos una amenaza latente para ella, en especial tú. Sarada no puede ignorar los rumores de que eres el Legendario Super Saiyajin.
Él la observó largamente sin mediar palabra, reparando en sus rasgos, poniéndola nerviosa. Cuando Zucchi nació, estuvo por ser sacrificada, pues era demasiado rubia y aseguraron que tales genes eran débiles, incompatibles para un saiyajin tan siquiera sano. Se salvó porque su poder de pelea decía lo contrario, y la posicionaba como una candidata de clase alta, así que le dieron una oportunidad. Para Saffron, ella era un milagro en sí misma.
―Escapemos, nosotros cuatro.
―¿¡Estás loco!? Eso significaría abandonar al resto.
―Podríamos simular mi muerte, así la reina no tendrá razón para temer, no necesitará eliminar a los que se rindan porque sería malo para la estabilidad de su ejército. Yo soy el único que de verdad le preocupa.
―Incluso así, la maestra jamás estaría de acuerdo. Ella preferiría morir.
Saffron rio con hosquedad. Se imaginó a Luffa dándole una paliza por tan siquiera proponerle ese plan, y Zucchi, que la conocía igual de bien, leyó su mente y soltó una tímida carcajada de solo pensarlo.
El saiyajin aclaró su garganta. Se puso de pie, elevándose como un verdadero gigante frente a la chica. Se dio vuelta, rebuscando entre aparatejos electrónicos dispersos sobre una mesa algo que ni él tenía claro.
―Sería aburrido. Nos perderíamos de muchas peleas, pero quizá sea lo mejor. Lo importante es terminar con esto.
―A mí no me molestaría demasiado.
―Buscaríamos un planeta con clima agradable, que tenga buenas tierras, donde la guerra no nos alcance. Yo procuraría la comida, y tú… tú cuidarías de las crías…
―¿¡Las crías!? ―El escandalizado rostro de Zucchi se tiñó de rojo.
―Por supuesto, no esperarás que dejemos de propagar nuestros genes. Sería un desperdicio de potencial ―contestó con una ceja enarcada, extrañado por la reacción de ella―. ¿Acaso tienes algún problema? De ser así, siempre puedo encontrar a otra hembra dispuesta, tal vez alguna saiyajin mercenaria en otro sistema solar, aunque será difícil, sin mencionar que te prefiero a ti.
―¡No, no es eso, yo también quiero tener mis crías! Qui-quiero decir, es algo que tendré que hacer en algún momento, pe-pero no esperaba que lo dijeras así nada más, no estoy diciendo que no quiera tenerlas contigo, pero tampoco estoy admitiendo lo contrario como si fuera una loca o lo que sea que estés pensando, lo que pasa es que… me tomó por sorpresa, ¿vale? No tiene nada de extraño, yo solo estoy…
Zucchi calló. Tragó en seco, nerviosa con la presencia de Saffron que se inclinaba sobre ella. Sus rostros, más cerca que nunca, sentían la cálida respiración del otro.
―La maestra tiene razón. Hablas mucho. ―El cuerpo de la chica se tensó―. Pero eres fuerte, y también tienes tu carácter.
Sus recuerdos racionales no iban más allá de eso. Hubo una explosión demasiado fuerte, mucho ruido, polvo y destrucción por doquier. Vio los ensangrentados y mutilados cuerpos sin vida de sus amigos entre los escombros. Se volvió loco de dolor, la ira tomó el control y, para su desgracia, le convirtió en la leyenda que miles de saiyajins le adjudicaban. Su poder era monstruoso, se expandía con cada minuto que transcurría y superaba con creces lo que su cuerpo y mente eran capaces de soportar.
Despertaba entre fríos sudores, con borrascosos fragmentos de las atrocidades que cometía cuando era presa de tal trance de locura. Su ki se alteraba de nuevo, luchaba con todas sus fuerzas por no superar ese umbral sin retorno, pero con frecuencia fallaba y amanecía en algún planeta de otra galaxia, dejando una hecatombe cósmica como estela, perseguido por una maldición más nefasta que ninguna otra.
El precio que Saffron debía pagar, era el de la ambición de un Kaiō-shin que se empeñó en crear vida con una consciencia premeditada, en forjar un alma con esencia ya impregnada, dando luz a una fuerza lábil e incontrolable que permaneció dormida hasta que tuvo la ocasión de enseñar sus colmillos.
Entonces Rō le liberó de su encierro para manipular sus recuerdos. Ya no eran naves que, desde el espacio, bombardeaban el planeta donde su tragedia había comenzado, sino Goten y Trunks que asesinaban a sangre fría a sus seres amados.
Saffron estallaba, sobrepasado por el dolor y la ira, dominado por esa bestia escondida a la que tanto temía y odiaba. Desaparecían cien, mil, diez mil mundos en un pestañeo.
Rō sonreía. Estaba feliz. A su lado, un impasible Enki observaba en silencio las terribles imágenes que transmitía la bola de cristal. El Legendario Super Saiyajin estaba listo, ya había calentado.
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Karin escuchó el esperado zumbido tras el oscuro follaje. Lo que no pensaba encontrar otra vez era esa segunda figura femenina abriéndose paso entre las rebeldes ramas.
―¿Estás bien? ―preguntó Goten, ojeándola en busca de heridas.
―Sí, lo estoy. No hay enemigos cerca ni nada por el estilo. Estamos seguros.
El saiyajin respiró aliviado. Sus últimos dos encuentros resultaron trampas mortales, aunque en esta ocasión estaba seguro de que no se trataba de eso.
―¿Por qué no me llamaste la vez pasada? Iban a morir.
―Ni loca lo iba a hacer después de lo que pasó en Kumogakure. Prefería morir a que por mi culpa salieras lastimado o algo peor…
Los dos se dieron un breve abrazo que hizo fruncir el ceño de la pelirrosa. Aunque ya estaba al tanto de la verdadera relación entre ambos, no pudo evitar que un resquemor de celos le arañara las sienes.
―Bien, a lo que venimos. ―Cortó ella con una tos seca exagerada.
―Cierto, no contamos con demasiado tiempo, síganme y les explico en el camino. ―Karin sonrió en dirección a Sakura―. A propósito, es muy oportuno que hayas venido. Tus conocimientos serán de gran ayuda.
El comentario cobró sentido a medida que se adentraban en la caverna que, de a poco, tomaba la forma de una mazmorra bien estructurada, seguramente uno de los escondites de Orochimaru que todavía existían, quizá con algunos nefastos vestigios contenidos en sus pétreas e infernales entrañas. Se trataba de Itachi que agonizaba por su enfermedad. Sakura había escuchado historias a medias por parte de su padre: el más talentoso de los Uchiha que una noche enloqueció y asesinó a su propio clan, quedando Sasuke, su hermano menor, como único sobreviviente. El tema era tabú, de manera que nunca supo más que eso por mucho que su curiosidad la condujo incluso a las empolvadas esquinas de la sección prohibida de la biblioteca, donde todo pergamino o página que tratara sobre los Uchiha, fue decomisado por la División de Inteligencia según supo años después. Una historia turbia y de cabos sueltos.
―Es aquí. ―Karin se hizo a un lado para darles paso por una de las recámaras.
La pieza era fría, cuadrada, de piedra; un calabozo en algún otro momento quizá, iluminado con tan solo la danzante llama de una vela. Vislumbraron al fondo el catre donde dormía la famélica silueta de Itachi Uchiha. Sasuke, sentado en un pequeño taburete de madera, alzó la cabeza en cuanto entraron. Se le veía ojeroso y crispado pese a la inconmovible máscara con que solía ocultar sus emociones. Llamativo fue el brillo que encendió su oscura mirada al notar la inesperada presencia de Sakura.
―¿Qué le pasó? ―peguntó la kunoichi, acercándose al paciente con una naturalidad que descolocó a Sasuke.
―El problema principal reside en sus pulmones (2) ―contestó Karin―. Sin embargo, su salud en general se ha resentido mucho, al parecer como efecto secundario por usar tanto sus ojos.
―El Mangekyō Sharingan tiene un alto precio. ―Sasuke debió intervenir para no generar más dudas―. Las consecuencias pueden solucionarse si el usuario intercambia ojos con alguien de su línea sanguínea, pero ese no es el verdadero problema. Itachi contrajo una enfermedad que jamás recibió la adecuada atención y ahora está así.
―Con permiso. ―Las manos de Sakura se encendieron en chakra verde y las paseó sobre el torso del paciente para examinar sus órganos. Una mueca desanimada aunque bien disimulada contorsionó su cara al hacerse una idea del pronóstico.
―¿Y bien? ―preguntó Karin.
―Es grave. La enfermedad se encuentra en un estado muy avanzado. ―La kunoichi apagó su chakra. Las malas noticias se reflejaban en sus ojos verdes―. Hay que operar, regenerar sus células mediante ninjutsu médico avanzado. El problema es que su condición es tan delicada que el riesgo de la intervención es grande, necesitamos ciertas medidas de soporte para mantenerlo con vida durante el procedimiento. Debemos llevarlo a Konoha, de lo contrario no tendrá caso.
Tenía sentido lo que decía, no obstante, la malicia y suspicacia anegaron a Sasuke. ¿Una treta para regresarle a la aldea? Goten ya había dejado claro que no era su responsabilidad traerlo de vuelta, pero Naruto y Sakura eran otra historia.
―No me veas la cara de estúpido. ―Uchiha soltó una sonrisa ácida― ¿Acaso olvidas que soy un criminal desertor? No, por supuesto que no, pero con tal de tenerme de vuelta, Naruto y tú estarían satisfechos con la idea de retenerme así sea tras las rejas. Esta situación debe venirles de maravilla, es perfecta para coaccionarme como se les antoje. Por lo visto Konoha no pierde sus inmundas maneras.
―Ni siquiera sabía el motivo por el que nos llamaban, es imposible que planificara esto de antemano para chantajearte.
―No te equivoques, Sakura. Llamábamos a Goten, no a ti.
―¿Y por qué a mí? No conozco técnicas para sanar a las personas.
―Porque conoces a Kamisama. ―Intervino Karin―. La idea fue mía. Pensé que nos podrías ayudar ya que él me sanó con su magia cuando estuve al borde de la muerte.
Los ojos de Goten se ampliaron por la impresión. Kamisama nunca le contó sobre eso, y sabía que Karin no se lo estaba inventando porque nunca le habló a ella sobre tales habilidades curativas.
―Hay un detalle con eso. Lo que pasa es que… verán, Kamisama murió…
―¿¡Qué has dicho!? ―gritó la kunoichi― ¿Cómo es posible?
―Es algo complicado, puedo contar los detalles después, pero resumiendo las cosas, Kamisama sacrificó su vida para revivir a Trunks. Fue una trampa planeada por Akatsuki junto a otro tipo malvado.
El silencio era mortuorio, al punto que si algo podía escucharse, además de la estertorosa respiración de Itachi, era la desolación.
―Sasuke… ―La pelirrosa tragó en seco―. Tu hermano puede salvarse, es una posibilidad, pero para ello debemos llevarlo a Konoha. Por supuesto que me gustaría que volvieras y que las cosas se arreglaran, aunque te juro que ese ya no es mi objetivo. Es estúpido insistir en que lo hagas, después de todo, la noche que te despediste de mí, tomaste tu decisión, y me siento idiota por haber tardado tanto en entenderlo.
Era demasiado bueno como para ser verdad. Una risilla desdeñosa e incrédula desdobló los rasgos de Uchiha, que rompió en una sonora carcajada a medida que asimilaba la idea.
―Podías haberte inventado algo mejor, Sakura. Hasta hace unos días eras la misma chica que dejé inconsciente en una banca de piedra, ¿y ahora esperas que crea en este discurso prefabricado? Mi hermano tal vez ya esté condenado y juegas con mi esperanza de poder salvarlo. No puedo confiar en tu pala…
Sasuke quedó petrificado. Sintió que unos dedos helados arrancaban la katana de su funda. Se dio la vuelta, y el álgido acero, empuñado por la kunoichi, apuntaba a su garganta. Sakura, a una velocidad imperceptible, se puso tras él y le robó su arma. Aunque no era visible, el chakra de ella hizo pesada la atmósfera de la sala. Karin se tensó de pies a cabeza: era una presencia increíble.
―Soy más fuerte que tú, Sasuke. ―Dio vuelta a la katana, sosteniéndola por la punta entre sus dedos índice y pulgar, extendiéndola a Uchiha en perfecto equilibrio―. Podría darte una paliza y traerte a rastras a Konoha, pero como te dije, entendí que es una estupidez. Obligarte por la fuerza lo es.
Él recuperó su espada, anonadado con la demostración de Sakura. No necesitaba pelear ni obligarla a expulsar todo su poder para saber que, en efecto, era otra persona.
―Etooo… creo que los dejaremos a solas para que resuelvan sus cosas. ―Goten puso una mano en la espalda de Karin y la instó a que le siguiera fuera de la habitación.
Sasuke se dejó caer sobre el taburete, todavía consternado por lo ocurrido. La frase donde el saiyajin prometía que ella le superaría en dos días, resonó en su cabeza.
―¿Qué fue lo que pasó? ―balbuceó en tanto pasaba una mano por su cabellera rosa, admirando a Itachi y su quejumbrosa respiración―. Creí que querías venganza. Las cosas que hiciste, tu pelea contra Naruto, tu búsqueda de Orochimaru, la forma en cómo rompiste nuestros lazos, todo fue con ese propósito. Admito que en mi interior maldije a tu hermano y sus actos porque me convencí de que eso te alejó de mí. Luego me di cuenta de lo egoísta que fui al tan siquiera pensarlo, pues lo importante fue el infierno que viviste por su culpa. Entonces, ¿por qué estamos en esta situación ahora?
―Konoha ha hecho cosas que no te imaginas, oculta un montón de mierda bajo sus lindas calles y coloridas casas. Desde la tercera guerra se jactan de una falsa paz a costa del sufrimiento de otros, sin importar si se trata de la gente que vive dentro de sus propios muros. Descubrí que Itachi no fue más que un chivo expiatorio obligado a asesinar a su propio clan.
―¿Pero qué cosas dices? ¿Quién lo obligó a eso?
Sasuke se levantó, caminó hasta la puerta y con un gesto de su mano la llamó para conducirla al profundo calabozo donde torturaba a Danzō.
La celda apesta a heces y orina, y aun así, la sangre se las arreglaba para sobreponer su penetrante aroma a hierro. Sakura siguió con la mirada los kanjis negros que serpenteaban por los muros y confluían a la puerta de metal, tras la cual se ocultaba la persona que Uchiha le quería mostrar. Era un hombre mayor encadenado de manos y pies, envuelto en numerosas cintas con más garabatos inscritos que identificó como bloqueadores de chakra: una persona versada en fūinjutsu elaboró todo un entramado de sellos de nivel bastante decente, y apostaba a que Karin era la responsable de ello. Su asombro escaló un peldaño hacia el horror cuando reparó en la severidad de las contusiones del viejo, y creyó que perdería la compostura cuando rescató entre sus desfigurados rasgos una identidad familiar.
―No puede ser. Él es…
―Danzō Shimura, Hokage entre raíces y oscuridad, una escoria del mundo ninja como pocas.
El anciano levantó su cansada cabeza al escuchar una voz nueva. Su deformado rostro no dejó entrever la impresión que la alumna de Tsunade le trasmitía, pero sí que soltó una risilla descompasada a falta de dientes y una mandíbula fracturada.
―¿Quieres decir que él obligó a tu hermano a…? ―La kunoichi se llevó las manos a la boca, presa de una ignominia que rayaba en la blasfemia. Ese sujeto era alguien demasiado importante en Konoha. Lo que él sabía, con alta seguridad Hiruzen también, asimismo los ancianos Homura y Koharu, todos parte de un selecto círculo que por generaciones tuvo el destino de la aldea en sus manos.
―Así es. Nuestro incorruptible y venerado Sandaime Hokage, tras su sonrisa gentil y tono afable, esconde monstruosidades que enorgullecerían a un criminal. Yo soy un desertor, un descendido a paria condenado a muerte que, en el fondo, no es tan diferente a ellos.
A Sakura se le derrumbaba el mundo. Crecer con la idea de que ellos eran los buenos y los malos eran otros, resultaba una realidad complicada de aceptar, incluso si tenías las pruebas enfrente.
―Sarutobi-sama… él no debe saber nada, de seguro fue engañado o algo peor.
Sasuke exhaló con pesadez, preparándose para contar la cruenta historia que de a poco le hacía perder la humanidad.
―Sería un honor para mí que esta basura te confesara sus pecados, pero no creo que esté en las mejores condiciones para ello, así que te diré la verdad tras la extinción de mi clan. Te contaré cómo este infeliz arruinó mi vida y la de mi hermano.
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―Así que conociste a Kamisama ―afirmó Goten al tiempo que se echaba en el césped―. Antes de irse, me dijo que te enviara sus saludos. Ahora lo entiendo mejor.
La kunoichi se sentó a su lado, con la vista puesta en el riachuelo de enfrente que reflejaba en sus ondas de plata la luz de la luna. Mordió el interior de su mejilla con fuerza. No quería contarle esa historia a Goten, sabía que lo lastimaría todavía más, pero sintió que ocultarlo más tiempo le haría peor a ambos.
―Ese día no tuve el corazón para tomarte por la cola y entregarte a Orochimaru. Por primera vez elegí la opción que me ponía en riesgo, la que iba en contra de mis posibilidades para sobrevivir. Hui de aquella casa en el País de las Olas porque mi destino ya estaba sellado. Él me encontró, como era de esperarse, y no tuvo piedad. Estaba agonizando, pensé que comenzaba a alucinar, y entonces Kamisama apareció y me dio una segunda oportunidad. Fue como un sueño, olvidé qué había pasado, pero al parecer la magia se debilitó con los años y al fin pude recordarlo todo. No es tu culpa, fue mi decisión.
Hasta ese día, Goten no imaginó que Karin llegó a pagar tan caro su error. Revolvió su oscuro cabello con torpes y nerviosas manos, como deshaciéndose de la ansiedad.
―Tú me enseñaste algo terrible ―murmuró él con una sonrisa triste―. Vencí a un monstruo capaz de destruir a este planeta, pero a fin de cuentas, no tenía la fuerza para salvar a una sola persona. Tus heridas, tu pasado: intenté hacer un cambio y fracasé. Mi fuerza no servía de nada frente a eso…
―Tal vez, pero viste más allá de eso, ¿verdad? ― Karin se quitó las gafas y refregó los cristales con su camiseta. Inclinó la cabeza para velar la pena que translucía su cara―. Supiste desde un principio que tenía habilidades especiales, y aun así, eso fue lo que menos te importó. Te importé yo, no mis jutsus. Yo… por primera vez me sentí querida de verdad aunque apenas te conocía…
Intercambiaron miradas que proyectaban perdón. Sentían que cada confesión quitaba un inmenso peso al otro.
―Soy más fuerte que antes, aunque estoy seguro que siguen habiendo muchas cosas que no puedo cambiar, simplemente aprendí a aceptarlo.
―En realidad puedes lograr más de lo que piensas, Goten. Sí hiciste una diferencia. Tienes la capacidad de cambiar a quienes te conocen, lo digo por mí misma. Rechacé tu petición de acompañarte a Konoha porque ya pertenezco a un grupo al que considero mi familia.
―Entiendo a qué te refieres. De alguna manera yo también tengo a personas así.
Karin sonrió, reconfortada por saber que él estaba más tranquilo y a gusto con sus amigos.
―A propósito, ¿cómo lo llevan?
―¿Qué cosa?
―No te hagas el tonto. Lo tuyo con Sakura. En mi opinión creo que hacen buena pareja.
―Vaya, entonces lo estamos haciendo mal. ¿Acaso es tan obvio? ―farfulló con una mano en la nuca, crispado en vergüenza.
―Lo es. Aunque no tienen por qué ocultarlo, ¿o quizá los padres de ella se oponen?
―¡No, no es eso! Verás, lo que pasa es que… queremos llevarlo despacio para no alarmar a los demás, que no se note muy rápido o algo así, tú entiendes.
―Eso no tiene sentido ―Chasqueó la lengua, conteniendo las ganas de reír ante las muecas nerviosas del saiyajin―. Si no quieren que nadie lo sepa es porque están ocultando algo serio. ¿Están haciendo cosas perversas ustedes dos?
La cara de Goten palideció. Karin reventó en carcajadas hasta que le saltaron las lágrimas.
―Veo que estás de lo más chistosito esta noche, Goten…
Esa voz paralizó el corazón del saiyajin. Giró la cabeza con la rigidez de un robot. Sakura, de brazos cruzados y zapateando con un pie, le fulminaba con una mirada entrecerrada.
―¡Sa-Sakura, no es lo que piensas, no intentaba hacerla reír!
―¿Y por qué deberías intentar hacer reír a otras mujeres en primer lugar?
―Nos vamos a Konoha. ―Tuvo que decir Sasuke para evitar que esos dos se enzarzaran en una discusión―. Iré a avisar a Jūgo y Suigetsu. Tendrán unos minutos para comunicarme su decisión.
―¿Decisión?
―Por supuesto, Karin. Podrían meterse en problemas si nos acompañan. Nuestros nombres aparecen en el libro Bingo.
―Es cierto. No podemos asegurarles que no serán tocados ―explicó Sakura―. Con Itachi se podría demostrar que solo siguió órdenes, pero en el caso del resto, el desconocimiento de los hechos no les exonera de las faltas que cometieron contra la aldea.
―Danzō será nuestra garantía, y con él, quitaremos las máscaras a unos cuantos vejestorios. ―Sasuke se marchó para dar la noticia a los miembros faltantes del equipo Taka―. Eso, y que mi hermano sobreviva. Lo demás no me importa.
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―Está delicioso ―dijo ella con su suave voz, armoniosa como un canto, cálida como un beso―. No, no es tan simple como eso. El aroma es frutal, cítrico, aunque estoy convencida que no se trata solo de limón, ¿usaste extracto de naranja acaso? Ah, puedo saborear un toque a nueces tostadas, diría que le has agregado té verde de no ser por esa sensación a caramelo que me deja al final. Una mezcla interesante, melosa sin exagerar, casi terrosa al medio, con un matiz floral para cerrar. Me encanta, es una maravilla. Muchas gracias, Enki.
―Basta, Inana-sama, no es para tanto, ni siquiera tiene que agradecérmelo ―contestó el joven Kaiō-shin con la piel erizada ante tanto halago―. El resultado de tanto practicar, supongo yo. Sin embargo, admito que no hice nada especial. ¿Está usted de buen humor el día de hoy?
―No en particular. Deberías darte tu mérito de vez en cuando. ―Guiñó uno de sus preciosos ojos, verde como una brillante piedra de jade―. Además, parece que es a ti a quien el buen humor acompaña hoy.
―¿Por qué dice eso, Inana-sama?
―Un buen té es sinónimo de un alma tranquila. Eso lo dijo alguien muy sabio.
―Y supongo que esa persona sabia es usted ―murmuró con una gota de sudor en la nuca.
―Ah, qué va, esta vez no me refiero a mí. Se lo oí decir a Gowasu-dono, Kaiō-shin del décimo universo.
Una andanada de gráciles y comedidas carcajadas amenizaron la idílica escena de ambos bebiendo té en la pradera del Planeta Supremo, como si las risas las remeciera el viento junto al aroma a sándalo que arrastraba. Hasta para reír con ganas, ella desprendía una innegable esencia divina, propia de su condición de diosa.
A Enki se le congestionaba la cara en una agradable vergüenza. Se abstraía al verla tan feliz con el rostro ruborizado y salpicado en diminutas pecas, con su larga cabellera de plata líquida removiéndose al compás de sus convulsionados hombros.
―El secreto son los ingredientes, la práctica y la paciencia. ―Sentenció él en un dejo de incredulidad.
―Gowasu-dono tiene su teoría, si bien yo también tengo la mía.
―¿En verdad cree que el alma tenga que ver en ello, maestra?
―Sí, aunque eso solo es una parte. Contéstame algo, Enki: ¿por qué crees que te pido hacer el té todos los días?
―Se me vienen varias razones a la mente. ―Admitió con una mueca divertida―. Le gusta cómo lo preparo, sin mencionar que le da pereza hacerlo usted misma, eso por nombrar las dos más obvias.
Ella volvió a reír, llevándose una servilleta a los labios con su delicada mano.
―Es parte de tu entrenamiento. Los ingredientes, el tiempo de cocción, la temperatura, hiciste todo igual que ayer. No obstante, hoy me supo diferente. Capté nuevas sensaciones, y eso es porque el empeño que has puesto hoy fue ligeramente distinto. Sentí tu entusiasmo y alegría por aprender cosas nuevas, creo que eso lo hizo diferente. Aunque había algo más…
―¿Algo malo? ―Se atrevió a adivinar cuando la vio mover los labios con inquietud.
―Tu alma está tranquila, mas no en completa paz. Dime, alumno mío, ¿qué es lo que te atormenta?
Eran varias cosas para ser sincero. La violencia e injusticia que brotaba en los mortales del universo siempre fue algo que le ponía mal, pero esta vez había algo más que le rondaba por la cabeza manteniéndole en ascuas.
―¿Recuerda la historia que usted me contó sobre el origen del universo? Me refiero al mito de las dos cajas.
―Vaya, no me digas que eso es lo que te ha estado robando el sueño. Mira, si te sirve de consuelo, tengo ya unos cuantos millones de años desempeñando mis deberes sin demasiados problemas, y lo cierto es que apenas le he prestado importancia a ese cuento. En lo particular no me gusta, es oscuro y deprimente. Los humanos tienen sus defectos, pero nosotros los dioses no estamos exentos de ellos, y eso que vivimos por mucho más tiempo.
―Los humanos tienen sus virtudes, no hay duda de eso. Son capaces de lo mejor y también de lo peor. El problema es que lo malo empaña lo bueno, tal y como en la historia que me contó.
―Pero son fascinantes, ¿no lo crees?
Enki contuvo la respiración. El rostro de su maestra resplandecía cuando hablaba de los mortales; los ojos se le tornaban vivaces, brillantes; sus finos y hermosos rasgos se avocaban a formar encantadoras sonrisas.
»Al principio sentía lástima por ellos: sus vidas son cortas, como un parpadeo para nosotros. Aun así, con tan poco tiempo a su favor, se las arreglan para llorar y reír, para sufrir y disfrutar, para odiar y amar. Se equivocan, caen, y después se levantan y lo intentan de nuevo; incluso si prueban de la misma manera o de otra, guardan siempre la esperanza de mejorar. Están en la constante búsqueda de algo, y aunque no lo consigan, tienen la dicha de aprender en el camino muchas cosas que ni siquiera tenían en mente al inicio. Experimentan tanto en tan poco tiempo que a veces me cuesta imaginarlo, aun cuando puedo observarlos a diario. Comprendí que la grandeza de los humanos radica en que no necesitan vivir tanto como nosotros para aprender las cosas importantes.
―Inana-sama… ―Daría su vida por verla siempre así de contenta. Admiraba su pureza, que encontrara gracia y belleza en donde el resto veía simpleza. Quizá por esa sensibilidad y capacidad de observación, era la diosa suprema de la creación. Estaría satisfecho con ser algún día la mitad de bueno que ella.
―Oh, lo siento, creo que me dejé llevar de nuevo. ―Sorbió el té que quedaba en su taza, mostrándose complacida con los últimos sabores acariciándole el interior de las mejillas―. Sí, es exquisito. En los toques frutales puedo sentir tu generosidad, la fortaleza de tu espíritu en ese gusto amaderado del medio, tu bondad en el cierre floral, ―las lindas facciones de la diosa dejaron entrever un rictus de desconsuelo―, y al final, la sensación que me queda en la boca es de pura pena. Mi querido Enki, ¿qué es lo que te causa tristeza en el fondo?
Quedó pasmado. No podía ocultar las inquietudes que le anegaban a su maestra.
―Tiene usted tanta razón en todo lo que dice. Me avergüenza por eso admitir tamaña ignorancia en el miedo que me acecha.
―¿A qué temes, Enki?
―A la maldad de los humanos. ―Se sintió miserable al notar cómo la frescura se desvanecía en ella, como si la decepcionara con sus palabras―. Cierto que son impresionantes en más de un sentido, pero es la capacidad que tienen para odiar y lastimar lo que sin duda me supera. Me siento impotente, perverso por permitir que tantas abominaciones ocurran a los débiles y los buenos. La historia de las dos cajas no es más que una alegoría a esa malicia intrínseca en los mortales, transmitida por la observación de los antiguos dioses. Es claro para mí, excepto por un detalle.
―El final de la historia.
―Correcto. Por más que lo pienso, no sé qué pudo ser lo que el Dios de todo dijo a su hijo antes de desaparecer. Creo que usted prefiere obviarlo, Inana-sama, pues me dijo que lo había olvidado. Por favor, quiero que me lo diga. ¿Qué fue lo que su antiguo maestro le contó en esa parte del relato?
Pensó que ella se turbaría con la petición, que le daría vueltas al asunto o se marcharía para zanjar la discusión. En lugar de eso, se mostró asombrado al verla ladear la cabeza en una postura cándida, casi inocente.
―¿La verdad? ¡No lo recuerdo, fue hace tanto tiempo!
Enki se sostuvo de los bordes de la mesa para no caer de espaldas. Habría creído que le tomaban el pelo de no ser por las risas de Inana, que transmitían la sinceridad de un chiquillo.
―¿Y si era algo importante? Quizá la respuesta a mis angustias; la solución a tantas abominaciones, transferida por nuestros ancestros a partir de su observación; la…
Calló cuando Inana le tapó la boca con una servilleta. Ella se puso de pie, y bordeó la mesa hasta situarse tras su respaldo. Sintió una inmensa felicidad cuando los delgados brazos de su maestra le rodearon desde atrás en un gentil abrazo.
―Ya te lo dije, es un cuento desagradable y sin importancia. Sin embargo, me gusta imaginarme esa parte del relato, tal vez por eso la olvidé. ―Inana se inclinó, depositando un beso en la mejilla de Enki―. Me gusta pensar que Dios le dijo a su hijo cuánto lo amaba a pesar de sus errores.
Miles de años después, podía sentir la dulzura de su voz, la calidez de su tacto, aunque esta vez eran las gotas de té hirviendo que le corrían por la cara lo que le despertaba de su ensueño.
―Soy un maldito imbécil. ―Bufó Rō, removido en rabia―. Siempre me digo que no volveré a probar tus desabridos brebajes, pero la pereza me gana y te vuelvo a pedir que me prepares semejante mierda. Pura agua caliente, insípida y sin aroma como tu triste alma.
Enki tomó un pañuelo para secar el té de su rostro. Le habían arrojado la taza mientras fantaseaba en recuerdos más gratos. No se molestó, aunque en su estado tampoco podía. Rō sentía que su control se debilitaba por momentos y debía forzar el Sharingan para hacer lo suyo.
―El tuyo tampoco es que sea muy bueno. Creo que prefieres ahorrarte el disgusto además del trabajo.
―En eso tienes razón, como casi siempre, mi estimado Dai Kaiō-shin. ―Estiró una huesuda mano para alcanzar un muffin de arándanos―. Siempre sentí curiosidad. ¿Por qué el consejo del Otro Mundo te puso a cargo cuando fuiste tú quien cometió semejante metida de pata? Ah, cierto, es que Enki-sama es tan poderoso, tan íntegro, tan hermoso y talentoso. ―Sus puños hicieron moronas al inocente pastelillo―. Lo que el resto no esperaba es que mi ambición algún día te superaría. Yo sí tuve ganas de avanzar, de hacer verdaderos cambios con mis manos, sin esperar algo positivo por parte de los imbéciles humanos.
―Nuestro trabajo se limita a crear y observar. Ya bastante tuvo este universo con mis errores, e intentar enmendarlos tampoco es que sea lo más adecuado. Tú, por otra parte, has visto lo que resultó de mis pecados y te atreves a seguirme los pasos.
―No te sigo. Yo te he superado. ―Rō apretó los dientes, enseñando sus colmillos de serpiente―. Yo te gané. Demostré que al final soy mejor. A pesar de ser un Kaiō-shin como tú, el resto me veía como basura en comparación. Un poco de reconocimiento es lo que merecía, solo eso, si bien tus méritos y talentos eclipsaban de inmediato cuanto me proponía o hacía.
―Yo nunca te vi como menos.
―Y justo eso me enloquece de ti. Muy en el fondo sabes que no es así, en cambio te empeñas en creer lo contrario. No todos fuimos bendecidos con las mismas capacidades, algunos debemos trabajar más duro para compensar lo poco que tenemos, ¡y heme aquí como lo que soy!
Una chispa de luz pareció desencajar el semblante de Enki. Sumido en su estado autómata, reaccionó cuando vio en los amarillos ojos reptiles de Rō, un destello ajeno de ambición, propio de la maldad primigenia del más antiguo de los mortales.
―¿Eres tú, Rō?
La pálida piel de víbora se descamó cuando una mueca sardónica y gigante estiró su cara.
―Si lo que he obtenido hasta ahora no me satisface, solo debo hallar algo que lo sustituya, una cosa tras otra, y así podré ser quien quiero ser (3).
El perverso Kaiō chasqueó los dedos. La bola de cristal apareció en medio de la mesa de té. Colocó sus manos sobre ella hasta obtener la imagen de Saffron recostado al pie de un árbol, en algún planeta lejano perdido dentro de una galaxia recóndita.
―Despierta, legendario guerrero. ―Vía telepática, su voz hizo eco en la mente del saiyajin―. Ha llegado tu momento de hacer justicia, de tomar venganza contra los asesinos de tus seres queridos. Tú solo concéntrate en la pelea, que yo te llevaré a ella.
Rō teletransportó a Saffron a la Tierra.
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―Sasuke Uchiha. ―Tsunade, con los codos sobre el escritorio y una fiera mirada castaña entrecerrada, rumió con disgusto el nombre del joven frente a ella. Ni siquiera puso cuidado a la joven pelirroja que le acompañaba por dirigir su atención al traidor que huyó con Orochimaru hace tres años. Quería recriminarle mil cosas, entre ellas dejarle en claro la clase de gusano egoísta que era, pues por sus deseos de venganza, casi mueren los genin que una vez fueron sus amigos y que pelearon contra los cuatro del sonido en aquella fallida misión de rescate.
Sakura se encargó de explicar toda la situación. Quería ser mediadora de un acuerdo en el que Danzō haría de moneda de cambio por la vida de Itachi. Sasuke estaba dispuesto a asumir el resto de las consecuencias con tal de salvar a su hermano, cuestión que llamó de sobremanera la atención de la Hokage.
Hiruzen, también presente, debió poner la situación en contexto. Lo que reveló esa noche dentro de las paredes de la oficina, horrorizó a Tsunade y Shizune a un punto en que lo demás dejó de importarles de pronto (4).
―Tenemos esa deuda con los últimos Uchiha. ―Admitió Sarutobi, turbado en deshonor y culpa―. Yo mismo abogaré ante el consejo porque la pena de muerte no sea el destino de Sasuke, y a cambio, estoy dispuesto a someterme a juicio para al fin pagar por mis errores.
―No será necesario. ―Dispuso Tsunade―. No tiene por qué, usted trató de buscar la solución pacífica a ese conflicto, es Danzō quien deberá pagar por eso y por su traición a la hoja al colaborar con Akatsuki para propiciar la eliminación de los saiyajins.
―Se equivoca. Sarutobi no está libre de responsabilidad ―espetó Sasuke con veneno, sin anteponer honoríficos que reflejaran algún rastro de respeto―. Puede que no sea culpable directo de lo que ocurrió a mi clan, pero luego de eso estuvo al tanto de la responsabilidad de Danzō. A fin de cuentas, Danzō conspiró a espaldas del Hogake para hacer las cosas a su antojo, y una vez la masacre estuvo completa, no fue castigado de la forma que merecía. Me importa una mierda el cargo que tengan en sus consciencias, lo único cierto acá es que tienen una deuda con Itachi, quien actúo en beneficio de la hoja y continuó haciéndolo todos estos años como agente infiltrado en Akatsuki. Él nunca dejó de cumplir con Konoha. Ustedes se lo deben.
Y tenía razón. Tsunade no tenía nada que argumentar contra eso, sino que, por el contrario, temblaba de vergüenza al saberse parte de un sistema podrido, del maloliente cadáver en que se había convertido el legado de su abuelo.
―Itachi está en el quirófano principal ahora mismo ―informó Sakura, anticipándose a la vacilación de su maestra―. Estamos listos para iniciar cuando usted lo ordene, Tsunade-sama. Sí le advierto que el cuadro es complejo: necesitaré su ayuda, es una operación de dos.
―De acuerdo. ―Aceptó sin mayores rodeos―. Haremos lo posible por salvar la vida de Itachi, y después dejaremos ir a Sasuke sin consecuencias. Considérenlo una tregua, pero para ello tengo dos condiciones y el trato estará completo. ―Su semblante se tornó agresivo encima de Uchiha―. La primera es que permanecerás en tu estatus de desertor, por lo que tu retorno a la aldea no será posible. Es decir, tus crímenes no serán perdonados, no has hecho méritos y dudo mucho que algo pueda cambiar ese hecho.
Sakura se sintió herida con esa sentencia, si bien sabía que no podía ser de otra manera. Su antiguo compañero de equipo tomó caminos y decisiones que inexorablemente cambiarían su destino a un punto de no retorno. El equipo 7 jamás volvería a ser el mismo.
―¿Y la segunda? ―preguntó Uchiha con ademán desdeñoso. Le importaba una mierda regresar a Konoha.
―¿No es obvio? ―Sonrió la rubia.
Sasuke asintió. Dio permiso para que Goten se teletransportara de regreso a la base donde permanecieron Jūgo y Suigetsu custodiando a Danzō. El saiyajin regresó con él en cosa de cinco segundos, sin la compañía de los otros dos miembros del equipo Taka.
―Danzō… ―La voz de Hiruzen, rasposa y serena, dejaba aflorar, muy en el fondo, un retazo de pena. Gracias a su débil carácter y permisividad, las cosas llegaron a tal extremo.
Su amigo de la infancia estaba hecho una piltrafa, una informe pulpa ensangrentada que no pudo ser cegada por la iluminación de la oficina dada la extrema inflamación de su cara; pese a sus ojos completamente cerrados, dos lágrimas se las arreglaron para escurrir fuera de sus párpados, pues moría de vergüenza por presentarse ante ellos después de lo que había hecho. Danzō era un tipo que pese a sus crudas maneras, siempre actuaba en función de lo que él creía más beneficioso para la aldea, sin importar los sacrificios o las formas. Quién diría que su historia terminaría como lo que nunca fue ni intentó ser: un vil y despreciable traidor.
―Llévenlo a la División de Inteligencia y comuníquese con Inoichi e Ibiki para iniciar el interrogatorio cuanto antes. ―Sombras crueles desdibujaron la faz de Tsunade―. De más está decir que golpearlo no será una opción: no aguantará mucho en su estado. Bueno, ellos sabrán qué hacer, soy una ignorante en la materia al lado de esos dos. Tú, ―señaló a Karin―, acompaña a Shizune. Necesitaremos tu ayuda para eliminar esos sellos.
―Yo iré también ―dijo Goten con un leve titubeo en su voz―. Digo, quiero estar seguro que ella estará bien.
―Tienes mi palabra de que no le pondremos un dedo encima siempre y cuando no haga algo estúpido. ―Aclaró Tsunade.
―Déjelo ir, Hokage-sama. ―Sugirió Sakura―. Verá, por su ubicación discreta y estructura, la División de Inteligencia es un lugar seguro y Goten necesitará meditar toda la noche hasta mañana si es posible.
Fue un razonamiento tan raro, que ni una palabra saltó a cuestionarla hasta que la líder de la aldea sacudió la cabeza y exigió una explicación válida.
―Creí que lo haría en el templo sagrado…
―No. Ya lo pensé mejor y mi intuición me grita que aquí estarás mejor. ―La kunoichi se mostró irrestricta―. Por favor, discúlpenme todos, pero no puedo decir más. No hay lugar en este mundo donde mis palabras estén a salvo. Goten va a meditar, punto.
Un repelús espantoso les sacudió hasta la médula. El temor que reflejaba Sakura, no era causado por algo humano, y de cierta manera los presentes así lo entendieron. Significaba que ya estaba por empezar.
―De acuerdo. Gestionaré entonces una custodia para él. ―La frente de Tsunade brillaba en sudor. Sus uñas pintadas de rojo golpeteaban la madera del escritorio sin cesar.
―Que sea la mejor. ―Exigió Sakura.
―Gai está fuera de la aldea, en un puesto de avanzada con otros jōnin, esperando a Jiraiya-sama y Naruto que no regresarán sino hasta mañana de su entrenamiento. ―Informó Shizune entre temblores―. Tenemos a Kakashi. Buscaré una lista para ver qué otros shinobis del más alto nivel tenemos disponibles para…
―Yo iré. ―Resolvió Sasuke para sorpresa de la audiencia―. No tengo más nada que hacer hasta que la operación haya terminado, y si mi asistencia ayuda a dar más solidez al trato, que así sea.
―¿Se olvidan de mí? ―preguntó Hiruzen con una mueca divertida―. Estoy viejo y mi fuerza no es la de antes, pero aún tengo lo necesario para dar una buena pelea.
―Estás retirado. Es imposible.
―Técnicamente sí, Hokage-dono, aunque recuerde que cuando se trata de la existencia de la aldea, y en este caso del mundo quizá, el shinobi no se retira hasta la muerte misma. Además, sigo siendo uno de los ninjas más fuertes de Konoha.
―Hagan lo que les dé la jodida gana ―bramó la rubia con un golpe a la mesa―. Me retiro para operar. Con permiso.
―Esperen. ―El alto de Sakura los paralizó en sus puestos―. Yo también tengo una condición, y es absoluta―. Se giró en dirección a Sasuke con aire amenazante―. Cuando Goten comience con la meditación, su cuerpo quedará completamente indefenso. Si por algún motivo llego a sentir que su seguridad está en peligro, o que la custodia designada no será capaz de protegerlo, abandonaré la cirugía para ser yo misma quien lo defienda, no me importa si Itachi muere producto de ello, así que te recomiendo dar lo mejor de ti, tu vida si es necesario, ¿te quedó claro?
Sasuke, desde su altivez, le mantuvo la oscura mirada durante unos segundos que duraron siglos. Giró sobre sus talones y abandonó la oficina sin más.
De uno en uno fueron dejando la estancia. Sakura, sin importarle la presencia de los pocos que quedaban, se acercó a Goten, se puso de puntillas y le plantó un beso en los labios, aterrorizada de tan solo considerar que pudiera ser el último que le diera. Mientras tanto, el saiyajin peló los ojos y observó a Tsunade y Shizune, boquiabiertas a más no poder con la revelación del momento.
―Por favor, regresa a mí ―susurró ella con las mejillas coloradas y la voz doblegada en angustia―. Yo… estuve practicando y… tú sabes, con un poco de ayuda de mi mamá ya sé preparar un arroz decente. Quiero que lo pruebes.
―Se oye bien para mí. Solo te falta tener dinero y mi mamá te dará el visto bueno para ser mi esposa.
Ella rio como tonta y lo abrazó, incapaz de contener unas pocas lágrimas que aprovechó de secar con el dogi al restregar la cara contra su fuerte pecho.
Mientras que unos fueron al hospital y otros a la División de Inteligencia, Shizune se consagró en contactar con premura a Inoichi, Ibiki y Kakashi para que iniciaran lo antes posible sus respectivas actividades. Los primeros se encontraron con la herida y maniatada figura de Danzō, custodiado en la sala de interrogatorios por Izumo y Kotetsu, donde Karin los esperaba por si necesitaban que deshiciera algunos sellos.
Kakashi, por su parte, se encontró en su pieza designada con Hiruzen, Sasuke y Goten. Le advirtieron con antelación de la situación para que no se volviera loco al reencontrarse con Uchiha en tan extraordinaria circunstancia.
La habitación era blanca en su totalidad, vacía, de treinta metros cuadros de superficie, iluminada por tubos de neón que parecían parte del techo, dando la sensación de que la luz manaba directo de este. Uno de los muros era en realidad un vidrio a través del que podían ser vistos desde la habitación contigua, ocupada por algunos jōnins que trabajaban en la División de Inteligencia.
―Yo estaré en la entrada. ―declaró Hiruzen Sarutobi, ataviado con su traje negro de combate y el casco de metal―. Seré la primera línea de defensa. Mientras tanto ustedes pueden ponerse al día, sin descuidarse mucho del trabajo, claro está.
Una vez solos, Goten tomó asiento en el centro de la recámara y adoptó una postura de flor de loto.
―Descuiden, una vez que inicie, no seré capaz de escucharlos. Me desconectaré por completo de este plano.
―¿Cuánto tiempo estarás así? ―preguntó Kakashi.
―El necesario, pero calculo que como mínimo hasta mañana. ―Cerró los ojos e inhaló profundo antes de hablar por última vez―. Si las cosas se ponen feas por acá, con mayor razón no deberán interrumpirme, pase lo que pase.
Kakashi era demasiado perspicaz, incluso para su propio bien. Una corazonada le decía que tanto secretismo tenía que ver con el asunto de esos dioses que todo lo veían y escuchaban, lo mismo que supuso en la reunión de Iwagakure, cuando Sakura dijo que Goten no había mostrado todo su potencial, negándose ella a decir nada más que eso.
―Te estaremos esperando. Buena suerte.
Entonces Goten empezó a desligarse de la realidad en que se hallaba. Separó la mente de su cuerpo, y después la desdobló varias veces más hasta un total de siete, momento en que apareció en una dimensión oscura de absoluta nada donde de a poco, muy a lo lejos, comenzó a apreciar la pequeña figura de Blizzard que caminaba a su encuentro.
―Esta es tu última oportunidad para perfeccionarlo antes de la pelea ―dijo Blizzard con una expresión demasiado seria para él―. Vas a necesitar despertar el ki divino de una vez por todas.
―Maldición. Significa que ese sujeto llegará pronto. Por lo visto Kaiō-shin no quiere perder tiempo.
―No pienses en eso y concéntrate en el entrenamiento.
Blizzard chasqueó los dedos y el mundo de tinieblas se convirtió en el planeta de Kaiō-sama. A lo lejos, Goten vio el cuerpo de su amigo sentado bajo el árbol de siempre, meditando de la misma forma que él lo hacía en la Tierra.
―Es raro verte dos veces. Digo, estás aquí y allá al mismo tiempo. ¿Si te meto un dedo en el oído él también lo sentirá?
―Lo dudo. Nuestros cuerpos mortales podrían hacerse pedazos y nosotros no lo sentiríamos desde este plano astral.
Una deprimente aura azul apareció tras Goten.
―Lo decía en broma. No tienes que ser tan frío con lo que dices.
Encogiéndose de hombros, Blizzard encendió su aura divina como si fuera lo más casual del mundo. Quedó cubierto por una llama fantasmagórica, serena, hecha de destellos dorados y añiles que desdoblaban su silueta.
Goten tragó en seco. Era impresionante cada vez que lo veía con esa apariencia. Durante los dos años que estuvo en la habitación del tiempo, no dejó de entrenar con Blizzard a través de esta conexión mental. Sus progresos fueron excelentes, y aprendió además a percibir el ki de los dioses.
―Recuerda conservar el equilibrio entre la energía física, mental y espiritual. Mantén tu plano emocional en un estado neutro, no permitas que sensaciones negativas o positivas lo alteren. Haremos mil sesiones de combate simulado por segundo. Cuando logres mantener tu ki divino estable de aquí a la mañana, podrás hacerlo en el mundo real durante algo más de cinco minutos.
―De acuerdo. ―Empuñó las manos, bajó la cabeza y cerró sus ojos para mayor concentración. Empezó a elevar su ki despacio. Un viento de naturaleza casi mística comenzó a agitar con pasión su cabello y ropa.
Los dorados ojos de Blizzard se ampliaron al ver cómo el fuego de los dioses bañaba a Son Goten. En su fuero interno, no dejaba de sorprenderse con el potencial de ese chico.
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Cuando Trunks despertó, se encontró con la pequeña espalda de Ino a medio cubrir por las sábanas. Encorvada como estaba, pudo contar unas pocas de sus vertebras dorsales.
Se levantó con el sigilo de un ninja para no interrumpir su plácido sueño. Ojeó la habitación, cuyo suelo se adornaba por la ropa de ambos sin orden ni decoro de ninguna clase. Vio que las manecillas de un reloj de pared marcaban poco más de las nueve: no había dormido tantas horas seguidas desde hacía ya varios días, y encontró mucha razón en los reclamos de Ino que le exigía descansar un poco más.
―¡Hija, ¿sigues dormida?! ―Sonó la voz de la señora Yamanaka desde la planta baja, seguida por sus pasos subiendo las escaleras―. Anoche llamaron a tu padre del trabajo por una emergencia y no ha regresado. Tenemos que atender la floristería nosotras dos hoy.
La kunoichi despertó de golpe. Sus aterrados ojos, abiertos como platos, se cruzaron con los de Trunks, quien brincaba en una pierna mientras se colocaba el bóxer y el pantalón.
―¡No hay tiempo, escóndete en el armario! ―Chilló entre susurros, agitando los brazos como una histérica.
El saiyajin recogió el resto de la ropa y se lanzó al closet poco menos que de cabeza, justo en el momento que la mamá de Ino tocaba la puerta.
―Adelante ―dijo ella de la manera más casual que pudo, refregándose las lagañas y acomodándose la alborotada cabellera rubia.
―Hija, lamento molestarte en tu día libre, pero tu padre está… ―La señora Yamanaka abanicó las pestañas un montón de veces con la vista que le ofrecía la pieza―. Ino, ¿me puedes explicar por qué tu habitación está hecha este desastre? Ni siquiera de niña dejabas un calcetín fuera de lugar, y ahora… ¿eso que está en suelo es la cortina? ¡Pero cómo hiciste para arrancarla de esa manera! ―Vidrio molido crujió bajo las sandalias de la señora―. ¿Tiraste la lámpara de noche que te compramos la semana pasada?
―Ve-verás mamá, lo puedo explicar.
―Más te vale, señorita, y que sea buena la explicación. Ansío saber qué rayos fue lo que pasó. ―La recatada mujer, de brazos cruzados y el ceño fruncido, terminó por perder la compostura cuando olfateó el aire y captó el concentrado olor a hombre―. ¿¡Metiste a un muchacho anoche!? ―Y para confirmar sus sospechas, descubrió la espada recostada en la esquina de la pieza.
―¡No, mamá, cómo se te ocurre decir eso!
―¡Ohhhh, por qué a mí, esto no me puede estar pasando a mí! ―gimió la señora Yamanaka, pálida como el papel y con una mano presionando contra la joya que colgaba en su pecho―. ¡Mi niña, mi niña es una delincuente y una sinvergüenza! Con lo que tu padre y yo nos hemos esforzado todos estos años para educarte como una dama, como una futura líder de clan que debe mantenerse pura hasta el matrimonio. ¡Ay, por Kamisama! ¡Tu padre, si tu padre se llega a enterar le va a dar algo!
―Mamá, te pido que te tranquilices un momento y me dejes hablar. Yo no he metido a nadie en mi habitación.
―¡Ay, mi niña, mi niña! ―repetía la señora al borde de un colapso, dando vaivenes que anunciaban un desmayo―. ¿Fue tu primera vez? ¿O has hecho esto muchas veces? ¡Las sábanas! ¡Déjame ver si manchaste las sábanas!
―¡Mamá, basta, ya te dije que no…!
Las puertas del armario se abrieron de par en par. Trunks perdió el equilibrio por tan poco espacio y cayó de bruces al piso de la habitación. La señora Yamanaka se llevó el dorso de una mano a la frente y se desmayó con estrépito, derribando en el proceso el velador con todo lo que tenía encima. Incluso perdió el moño y quedó tendida con la cabellera castaña desparramada en el suelo.
―Estamos en problemas. ―Trunks se terminó de acomodar la ropa y recogió la espada―. El día no pudo comenzar peor.
Ino no podía recriminarle nada. Lo hicieron como animalitos hasta bien entrada la noche y cayeron rendidos, sin reparar en la hora que debían despertarse.
―Lo habría descubierto de una forma u otra. ¡Cielos, hasta pudo olerlo! ―La kunoichi se puso de cuchillas junto a su madre y le tomó el pulso―. Estará bien, solo se impresionó demasiado. Tuvimos suerte que mi padre no estaba.
―Igual se va a enterar cuando ella se lo cuente.
―No estoy segura. Quiero decir, si hablo las cosas con ella más calmadamente podríamos llegar a un acuerdo. Ella está consciente de que mi padre perdería la cabeza y no es algo que ninguna de las dos quiera. Además, está el asunto del clan…
―¿Te refieres a eso que dijo de llegar pura al matrimonio?
Ino asintió en medio de un hondo suspiro.
―Exacto, pero ya no hay vuelta atrás. Además, no es algo que me importe demasiado, hoy en día las normas han cambiado, puedo casarme con quien yo quiera sin la necesidad de que pertenezca a otro clan importante.
Permanecieron varios minutos en silencio, sin siquiera mirarse. Trunks caminó hasta el balcón y corrió las ventanas para retirarse.
―Eso es bueno, creo…
―¡Estúpido! ―Gritó Ino con rabia, haciendo que el saiyajin se sobresaltara―. Incluso si tuviera mil prohibiciones de estar contigo, no haría caso a ninguna norma de mierda. Vas a pelear, vas a ganar y vas a volver conmigo. Si mis padres no lo aceptan, entonces me iré contigo y asunto solucionado. ¡Ya basta de tanto sufrir por nada! Tenemos derecho a escoger nuestra felicidad, punto.
Trunks se ruborizó al verla enojada. A los saiyajins les gustaban las mujeres de carácter fuerte, era un hecho impregnado en la mitad de los genes que le componían.
―Me alegra saberlo. Ya no hay forma de que pierda esta pelea.
Ino lo abrazó lo más fuerte que pudo. Se besaron con ganas. La escena habría sido hasta romántica de no ser por la mujer inconsciente el piso de la estancia.
―Aquí te espero, Trunks.
El saiyajin se fue volando sin prisa. Recorrió unos cuantos cientos de kilómetros, permitiéndose gozar de la brisa que le golpeaba en el trayecto. Aterrizó en un paraje de acantilados rocosos, lejos de cualquier aldea o poblado, y esperó. Esperó una, dos, tres horas, y entonces apareció.
―Maldición, ¿ahora dónde estás, Goten? ―gruñó mientras observaba una enorme silueta que descendía de los cielos dentro de una bola verde de energía.
El escudo de ki se disipó, revelando a Saffron vestido con una armadura de guerrero saiyajin, cortesía de Rō.
―¡Saludos a todos, mis queridos terrícolas! ―Mediante su magia, Rō se las arregló para hablar con todos los habitantes del planeta vía telepática―. ¡Permítanme presentarme! Soy Kaiō-shin, Dios de dioses, y hoy vengo a traerles la batalla que decidirá el destino de su patético mundo.
Millones de personas a lo largo y ancho del globo terráqueo se sintieron aterradas. Muchos pensaron que se trataba de un demonio; otros, que habían perdido el juicio, hasta que se dieron cuenta que el resto escuchaba la misma voz en su cabeza; la mayoría creyó que eran víctimas de un genjutsu de largo alcance, si bien la teoría fue desplomándose cuando notaron que no había sello de liberación que deshiciera la supuesta ilusión.
―Ya comenzó ―dijo Ōnoki con los ojos cerrados, sudando copiosamente.
Kurotsuchi tragó en seco. Nunca había visto a su abuelo tan nervioso. Cerró también sus ojos para no perder detalle del combate.
―¿Dónde diablos está Goten? ―rugió el Raikage, reventado su escritorio de un violento puñetazo.
―Estos imbéciles. ―Karui temblaba de miedo e impotencia―. No es momento para que se pongan a hacer entradas triunfales o peleen por separado.
Desde Sunagakure se preguntaban lo mismo.
―¿Vi-vieron la apariencia de ese sujeto? ―tartamudeó Kankurō, presa del terror.
―Su aspecto es brutal. ―Temari no lo decía solo por su musculatura, o por el hecho de que le sacaba más de una cabeza a Trunks. Sencillamente ese monstruo transmitía algo salvaje, peligroso: una violencia inconmensurable.
Meī Terumi no tenía palabras para describirlo. Su lengua quedó dormida. Los dientes de Chōjurō se oían castañear, y ni siquiera Ao tuvo algo que recriminarle al muchacho ya que se sentía igual.
Y es que el Legendario Super Saiyajin cubrió con su pesada presencia a todo el planeta Tierra. No se trataba de que los shinobis fueran débiles o cobardes, puesto que el mismo Trunks estaba petrificado en horror con el ki que emanaba de esa bestia. Saffron era el alfa de su especie, el pináculo de la cadena alimenticia y de la evolución de un guerrero en sí mismo. Los demás sucumbían ante su implacable aura: el instinto de supervivencia más básico y primigenio de los mortales gritó de pavor.
―Póngase cómodos, cierren sus ojos, y disfruten de un espectáculo sin precedentes. ―Rō soltó una retahíla de irritantes carcajadas al notar la ausencia de uno de los saiyajins―. ¡Vaya, parece que Son Goten se ha acobardado! Bueno, el show no estará completo sin él, así que procedamos a comenzar para ver si lo sacamos por la fuerza.
Obito estaba muerto por dentro. Él colaboró para que un demente miserable consiguiera justo lo que deseaba.
―Representando a la Tierra, con un metro setenta y ocho centímetros de estatura, y ostentando ochenta y ocho kilos de peso, tenemos al asesino del emperador Cooler, al espadachín de cabellos de oro, el chico rebelde odiado por los Kages y amado por las terrícolas: ¡Trunks, el saiyajin del universo sieteeee!
―Maldito loco ―bramó Tsunade sin dejar de canalizar chakra al cuerpo de Itachi―. Está jugando con nosotros. Piensa que destruirnos es una clase de chiste.
―Y por el otro lado, representando a Dios y su justicia, con dos metros de estatura y ciento treinta kilos de peso por el momento, el campeón de campeones, el asesino de galaxias y destructor del espacio tiempo, aquel que despertó a Hakai-shin dada su incompresible fuerza sin límites, ¡denle la bienvenida a Saffron, el Legendario Super Saiyajin del universo nueveeee!
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Fin del capítulo.
(1) Yamoshi, el primer ssj legendario. Su nombre tiene que ver con los brotes de soja (vegetales, como todo buen saiyajin)
(2) En el canon nunca se dijo cuál era la enfermedad de Itachi exactamente, así que esto me lo estoy inventando. Igual está jodido de otros órganos, pero digamos que los pulmones es lo más comprometido.
(3) Por si quedaba duda: sí, la frase es original de Kabuto. Por lo visto su personalidad sigue viva y sí influye en algo a Rō. Los dos son relativamente parecidos: buscan la aceptación y el reconocimiento de los demás, tienen una débil identidad y muchos complejos de inferioridad encima. La mezcla de ambos hará que el tipo sea más inestable y loco.
(4) La verdad es que no recuerdo si Tsunade y Shizune están dentro de las personas que sabían toda la verdad tras la masacre Uhiha. Pero bueno, para fines de esta historia no hay problemas en suponer que no lo sabían y que Hiruzen se los contaba por primera vez (al menos con todos los detalles).
Bien, hasta aquí con las aclaraciones. Espero que el capítulo les haya gustado. Me queda ponerme al día con los reviews, pero preferí traer el capítulo antes de que finalizara el mes, de lo contrario habría tardado una semana más. Me disculpo por lo errores ortográficos que puedan haber especialmente en el último cuarto de capítulo (luego haré la correspondiente revisión).
Por favor, como siempre les invito a dejar sus comentarios al respecto.
Cuídense mucho, les deseo suerte.
―Taro
