Capitulo 15
Riddle sacudió con suavidad a Aitana para despertarla. —Debemos ponernos en marcha. La joven se quejó cuando él se sentó, privándola del maravilloso calor de su cuerpo.
—¿Cómo subimos ahora? —preguntó Aitana —Con magia cariño, ¿como si no? —respondió Riddle con una media sonrisa—. ¿Ven esas raíces que sobresalen de la tierra? Traten de encantarlas para poder subir por ellas. Por fortuna la elfa subió primero. Aitana necesitaba ver lo que hacía para imitarla.
—Primero pruébalas y asegúrate de que sean lo bastante fuertes para resistir tu peso —le advirtió Riddle.
Cuando logró aferrar una raíz resistente, se agarró con fuerza y se izó. Unos instantes más tarde la elfa ya estaba en la superficie. Asomó su cabeza, para seguir las instrucciones.
—Quiero que ayudes a Aitana una vez que esté cerca de la superficie —le pidió Riddle.
El comentario hirió el orgullo de Aitana ¿por qué no podría salir como lo hizo la elfa? No era una debilucha, ¡por Merlín! Solo quería salir lo antes posible de ese agujero y señalarle su error.
—Ahora es tu turno, Aitana —le dijo Riddle.
Se arrastró hasta el lugar donde él estaba arrodillado. Riddle puso sus manos sobre su cintura y la levantó del piso. Aitana sintió su cálido aliento sobre la piel que el escote dejaba al descubierto. El rostro estaba a la altura de sus pechos y sus pezones se endurecieron. Con cuánta facilidad él la perturbaba. Se preguntó si todas las mujeres reaccionaban hacia él de la misma manera. Aunque Aitana hubiera deseado que su instinto femenino tampoco estuviera tan desarrollado.
—Extiende tus manos —Riddle dirigía sus movimientos, su voz sonaba más ronca que de costumbre.
Trató de alcanzar las raíces. No pudo. Las manos de Riddle se deslizaron hasta sus caderas y la levantó un poco más. Por fin pudo aferrar dos gruesas raíces que sobresalían. Debió esforzarse. Pero solo consiguió desprender tierra a su alrededor. El agujero sobre su cabeza empezó a desaparecer. La elfa gritó y sacó sus brazos. Entonces Aitana se cayó. Riddle la recibió y en una confusión de brazos y de piernas cayeron más profundamente dentro de la guarida. Él quedó encima de ella; Aitana casi no podía respirar, aunque no hubiera podido hacerlo en ningún caso, porque el lugar estaba lleno de polvo. Además, estaba oscuro. Más oscuro que a la medianoche.
Riddle podía estar aplastándola, pero también la estaba protegiendo. Seguía cayendo tierra desde la parte superior de la cueva, sobre la espalda de Riddle, y pensó aterrorizada que serían enterrados. Aitana apretó el rostro contra su cuello y cerró los ojos. Le pareció que transcurría una eternidad hasta que dejó de escucharse la caída de los terrones sobre la espalda de Riddle.
—¿Estás bien? —le preguntó él al oído. —Creo que sí —susurró ella—. ¿Y tú? —Sí, estoy bien. Necesitamos quedarnos inmóviles hasta estar seguros de que no caerá nada más encima de nosotros. Escucharon la voz de la elfa llamándolos desde arriba. —No respondas —le advirtió Riddle en voz muy baja—. Podría producir más desprendimientos de tierra. Le desagradaba no responder al llamado de la pobre elfa, pero ¿qué otra cosa
podía hacer? ¿Y qué era, con exactitud, lo que iban a hacer? No había demasiado aire en la trampa en la que habían quedado encerrados. La sola idea le hizo sentir pánico.
—Debes relajarte, Aitana —le murmuró al oído—. Respira con lentitud.
Sin duda él sentía los movimientos de su pecho, el corazón latiendo a un ritmo enloquecido.
—Lo intentaré, pero tengo un problema con los lugares pequeños y oscuros.
Riddle sabía que no les quedaba mucho aire dentro de la guarida y también que Aitana se hallaba al borde de un ataque de pánico. Debía moverse con rapidez y con mucho cuidado, porque el techo estaba a punto de derrumbarse por completo. Se deslizó por la tierra húmeda hasta el lugar donde se había producido el desprendimiento. Todavía con la varita podía iluminar la estancia.
El miedo en aumento de Aitana casi se palpaba. Riddle pensó que conversar quizá la ayudaría, aunque él no era un hombre conversador.
—Cuéntame algo de tu familia —se le ocurrió por fin.
Creyó que el miedo se había apoderado de su garganta, quitándole la palabra, pero pronto comenzó a hablar:
—¿Mi familia? Son magos de alta cuna, bueno ya te lo puedes imaginar... Papá y mamá se casaron porque les convenía a ambos. Pero parecen bastante satisfechos con el matrimonio. Mi hermano es tres años menor que yo.
Riddle le echó un vistazo por encima de su hombro. Parecía una niñita asustada, aunque ese cuerpo sensual no correspondía a una niñita.
—Ya veo—dijo él— Yo no tengo una familia, estuve en un orfanato desde que nací. Nunca supe lo que es el amor de una madre o un padre.
Cielos, nunca le había confesado algo tan personal a una mujer. Debía de ser la falta de oxígeno, se dijo Riddle. Aunque tenía que seguir hablando para evitar que ella entrara en pánico y los pusiera en un peligro mayor.
—Vaya… eso no lo savia—exclamo la joven—. ¿Y no sabes nada de nada de tus padres, ni cómo eran, si eran magos o no?
Concentrado en su tarea de cavar, repuso: — Bueno, mi madre era una bruja… mi padre, mi padre fue otro cantar.
—¿Vaya, ¿Te sientes decepcionado, por él? Su pregunta lo sorprendió. Y lo confundió un poco. —¿decepcionado?
—Si, por lo que cuentas.
Riddle siguió cavando y haciendo movimientos con la varita para sacar todas las piedras. —Nunca me importó, fue un sucio muggle, que abandono a mi madre estando ella embarazada de mí. Nos abandonó para morirnos de hambre. Como unos vulgares animales. Son unos idiotas y retrasados todos lo de su especie. Perezosos y engreídos. Como me voy a sentir decepcionado por una chusma como esa.
—Ya veo…pero estás siendo prejuicioso. No puedes condenar a todos por el acto de uno. — dijo Aitana con enfado.
—Por supuesto que puedo. En especial cuando a los seres que defiendes. No pueden pensar por sí mismos. Hay que decirles lo que tienen que creer y opinar sobre todo acontecimiento.
—Eso no es cierto —lo rebatió, indignada—. aunque no tengan poderes mágicos como nosotros, hicieron grandes cosas. —agregó —. Si condenas a todos por lo que piensan unos pocos, te conviertes tú también como mi familia.
La muchacha se comportaba con pedantería y estaba demasiado segura de sus opiniones, pero Riddle lo consideró un rasco divertido.
La excavación le había resultado más sencilla de lo que había anticipado. No le llevó mucho tiempo ensanchar el espacio como para poder salir. Sacó la cabeza y buscó a su alrededor. No pudo ver a la elfa por ninguna parte, y, por suerte, no vio a ningún otro ser indeseable.
—Aitana, voy a salir. Tú reptarás detrás de mí, por si necesitas mi ayuda.
Riddle prefirió salir primero antes de que la torpeza de Amelia causara otro desprendimiento de tierra.
—Tengo miedo —susurró ella—. ¿Y si vuelve a caer tierra? Podría quedarme atrapada aquí dentro sola.
—No sucederá —le aseguró, y esperaba no equivocarse—. Solo ten cuidado al salir. Trata de no apurarte.
—Cualquier cosa con tal de salir de aquí —afirmó, y Riddle se sintió aliviado al no percibir miedo, sino decisión y valor.
Riddle se escurrió por el conducto hasta la superficie. ¡Qué maravilla respirar aire puro!
—Bien, vamos. Despacio y con cuidado, arrástrate boca abajo. Muévete con mucho cuidado —repitió.
Aitana intentó salir, entonces, pero el miedo se apoderó de ella. Se arrastró tan velozmente que la tierra empezó a desmoronarse a su alrededor. Riddle extendió su mano y la aferró del brazo, y empezó a tirar para sacarla, alejándose de los lugares donde la tierra se desprendía amenazando con enterrarlos vivos. En pocos segundos, la cueva se desplomó íntegra.
Aitana jadeó tratando de recuperar el aliento. Ambos estaban sentados afuera observando el lugar que podía haberse convertido en su tumba. Estaban cubiertos de polvo, pero vivos.
—Me salvaste la vida —susurró ella, agitada—. Una vez más. Él le quitó un poco de tierra de la mejilla. —Busquemos esa elfa perezosa. Se levantó y le tendió la mano para ayudarla a ponerse de pie. Era extraño, pero cada vez que se tocaban lo recorría un hormigueo. Caminaron juntos hasta la laguna, donde divisaron a la elfa sentada a la orilla del agua. Cuando se acercaron, se llevó una mano al corazón.
—Pensé que habían muerto, mi señor —balbuceó—. No sabía qué hacer. No podía regresar a la mansión...
—Estamos bien —le aseguró Aitana a la elfa, sacudiéndose el polvo de las faldas de su vestido—. No podíamos gritar para avisarte porque temíamos un nuevo desprendimiento.
Riddle se inclinó al lado de la muchacha y se lavó las manos en la laguna. —Podrías haber ocasionado un derrumbe mucho peor —le aseguró—. Hiciste muy bien en alejarte. La elfa señaló el agua con la cabeza. —Mientras estaba aquí pensando qué debía hacer, encontré unos peces atrapados entre las rocas. Estaba por preparar uno para comer. Resultaba curioso que la elfa hubiera pensado en comer si estaba tan preocupada acerca de su destino. —Tenía que pensar en mí —se disculpó, ruborizada—. ¿Cómo iba a sobrevivir
aquí sin usted ni la señorita Singh?
Aitana se arrodilló al lado de Riddle. Arrugó la nariz al ver el agua verdosa, y luego se enjuagó las manos de prisa. —Supongo que estabas reaccionando de una manera práctica —concluyó—. Eres más sensata que la mayoría de los elfos.
La elfina sacudió su cabeza.
—No, no podía, señorita. Además, tenía mucho miedo de tener que internarme sola en el bosque.
—Lo que bien empieza bien termina —le recordó Aitana—. ¿O era al revés? No tiene importancia.
Después de muchas horas de andar…
Riddle levantó una mano para que detuvieran. Escrutó los árboles a su alrededor para identificar el ruido. Otra vez. Un crujido. ¿Una rueda? Se acercaba algún tipo de vehículo por el camino a unos pocos metros a su izquierda. Había decidido no usar el camino para evitar a sus persecutores.
—¿Por qué nos detenemos? —susurró Aitana.
—Viene alguien. Nos acercaremos al camino y esperaremos. —No oigo nada —murmuró, luego de una pausa de unos minutos. Riddle la fulminó con una de esas miradas con las que hacía callar a cualquiera que lo molestara con su cháchara. Tal como se lo imaginaba, no surtió el mismo efecto en ella.
—Bueno, no oigo nada —repitió ella.
Riddle las hizo avanzar un poco. La vegetación se volvía más profusa a medida que se acercaban al camino. Las zarzas y las ramas se enganchaban en su ropa y cabellos. La elfa tenía más suerte: al ser mucho más baja.
Él esperaba que Aitana protestara, pero no lo hizo, aunque su rostro revelaba evidente fastidio.
El estómago le hacía ruido. Tendría que haberla obligado a comer pescado crudo esa mañana. Se había portado como una consentida. Y ahora debía estar muerta de hambre. Por todos los astros, incluso él estaba muerto de hambre, aunque había logrado tragar el pescado crudo.
Una vez que el camino estuvo a la vista, Riddle buscó un lugar para agazaparse.
—¿Dónde están? —susurró Aitana a su lado—. Puedo ver el camino, pero no veo a nadie.
—La paciencia es una virtud. —Susurro Riddle.
—No me importa demasiado ser virtuosa. Preferiría darme un buen baño caliente, ponerme ropa limpia y llenar mi estómago.
Riddle sonrió. Su descaro le causaba gracia, no estaba acostumbrado a que algo lo divirtiera con tanta facilidad. Por todos los diablos, la mera proximidad de Aitana lo excitaba. La había besado y anhelaba ardientemente hacerlo otra vez. Pero no podía distraerse pensando en lo que le gustaría hacerle, debía concentrarse en sortear los peligros que los acechaban.
Permanecieron sentados en silencio. Los tres estómagos daban un concierto famélico. Tal vez podría cazar algo con bastante facilidad, pero de ninguna manera podían arriesgarse a encender un fuego, con magia. ¿cuánto resistirían? Por fin apareció un carro tirado por un hombre, y otro hombre que caminaba a su lado. Parecían campesinos. Uno caminaba con un bastón, en realidad, solo un grueso palo. Riddle no vio indicios de que fueran enemigos parecían inofensivos, pero las apariencias a menudo engañan. —¿Serán muggles?— pregunto dubitativa la elfa, que acababa de divisar el carro y los dos hombres.
—. ¿No lo sé? —señaló, disgustado—. Dudo que nos puedan ayudar. Será mejor dejarlos pasar.
—¿Qué no nos pueden ayudar? —repitió Aitana, abriendo sus grandes ojos almendrados—. ¿Por qué no nos van a poder ayudar?
Riddle le quitó una ramita enganchada en sus cabellos.
—Paso de dar explicaciones a unos miserables muggles.—sugirió—.
—¿Lo dices enserio Riddle? Si nos pueden ayudar por que rechazarlo. —Dijo Aitana con mosqueo —Quizá tengan un poco de comida de más —agregó Aitana.
Riddle resoplo. Aitana estaba hambrienta. Nunca había tenido que ocuparse de nadie, salvo de sí mismo.
—Muy bien —accedió por fin—. Pero iré solo. Te quedaras aquí escondida, y tu elfa, cuídala en mi ausencia. ¿Entendido?
La elfina asintió. Cuando se levantó, sintió un fuerte dolor en el muslo por todos esfuerzos realizados esa mañana.
Riddle se encaminó hacia los hombres, que se detuvieron de inmediato cuando lo vieron aproximarse. Él dejó caer sus brazos a los costados de su cuerpo en señal de paz, aunque todavía llevaba la varita en el cinturón de sus pantalones debajo de su camisa.
—Buenas tardes —los saludó. Ninguno respondió, pero tampoco sacaron armas —. Tuve un percance —les dijo, acercándose—. Mi caballo se desbocó y hace dos días que estoy caminando. Me preguntaba si tendrían algo para comer.
—¿Tienes con qué pagarnos? —le preguntó uno de ellos.
—Tengo algo —Riddle los observaba con detenimiento, savia perfectamente que con un gesto de su varita los mataría. Pero, prefería no llamar mucho la atención.
—¿Cuánto tienes? —le preguntó el otro hombre, cuando estuvo más cerca. —Eso depende de lo que tengan para darme a cambio. Ambos hombres se dirigieron a la parte posterior del carro. —Les llevamos provisiones a nuestras familias —mencionó uno—. De otro modo, no tendríamos mucho. Pero si tienes monedas, supongo que podremos reemplazarlo sin problemas.
Riddle se sintió, pero no pensaba bajar la guardia hasta que el intercambio hubiera concluido. Corrieron una tela hecha jirones y le mostraron sus provisiones. Se sorprendió de la cantidad que había allí dentro.
—Tenemos familias muy numerosas —explicó uno de los hombres—. Nos deslomamos para poder llevar el pan a la mesa.
La mayoría de las provisiones no le servía a Riddle. Harina, azúcar y especias, todo para cocinar.
—Necesito algo que me sirva para el camino —especificó—. ¿Tienen carne seca? ¿Pan? ¿Sidra?
—¿Adónde te diriges?
No se lo diría a estos muggles.
—A un lugar a tres o cuatro días de camino —fue todo lo que dijo—. Nunca hice el camino a pie, no estoy seguro de cuánto más demoraré.
—Estás solo, ¿verdad? —Así es —afirmó, alerta a cualquier movimiento sospechoso. —Eso no es bueno —opinó el hombre, sonriéndole—. Estos caminos son peligrosos para un hombre solo. —En especial cuando está vestido con tanta elegancia como tú —agregó el otro.
—. Se ve a la legua que no eres un pobre jornalero como nosotros. Para un aristócrata londinense estos caminos son todavía más peligrosos.
Ambos rieron. Riddle les sonrió amablemente. Volvió a examinar las provisiones, esperando una reacción de los hombres. De seguro lo creían un blanco fácil, a pesar de su tamaño. No esperaban que él supiera defenderse, pero se llevarían una sorpresa.
—¡Riddle! ¡Cuidado!
Cuando se dio vuelta, vio a Aitana en el camino. La distracción le valió un golpe. El hombre le asestó con el palo sobre los hombros, tal vez queriendo acertarle a la cabeza. El golpe lo hizo trastabillar.
—No mencionaste que tenías compañía. Qué belleza. —Una flor en el desierto —acotó el otro riéndose entre dientes. Cuando lo atacó por segunda vez, Riddle esquivó el golpe. Tantos años en el orfanato supo cómo defenderse.
—Aquí va otro. Uno por mí y otro por ti —chilló el hombre con el palo.
La elfa debía de haberse unido a Aitana en el camino. Riddle aprovechó la distracción de ambos hombres, adelantándose para arrebatar la rústica arma, con un movimiento de varita. Con un golpe certero le rompió la nariz a su oponente.
Riddle le propinó un puñetazo que lo hizo caerse hacia atrás. Los contrincantes rodaron por el polvoriento camino. En la lucha Riddle rodó, se puso de pie y pateó al hombre en las costillas. Este lanzó un gruñido y se llevó las rodillas al pecho. Riddle hizo una pausa lo bastante larga como para quitarse el cabello del rostro y limpiarse la sangre del labio con su manga. Lo atacaron por la espalda.
El otro hombre había recuperado el palo de su compañero. El golpe dio sobre el hombro, y Riddle tuvo que reprimir un quejido, mientras que con la otra mano apunto con su varita, para enfrentar al enemigo. Se quedó estupefacto cuando vio que Aitana saltaba encima del hombre.
—¡Maldita perra! —gritó el campesino y se quitó con facilidad su ligero peso. Luego la arrojó al suelo con violencia. Riddle se enardeció.
Enfurecido, le lanzó un hechizó y le quitó con toda facilidad el palo rompiéndolo por la mitad. Los ojos del contrincante casi se le salen de las órbitas.
—Si le tocas un solo pelo, date por muerto —gruñó Riddle, con una voz muy ronca.
En vez de responderle, el hombre se levantó a duras penas y salió disparado en la dirección contraria.
—¡Espérame… —aulló el otro, corriendo detrás de su compañero.
Riddle se precipitó al lado de Aitana, y la ayudó a levantarse. —¿Estás herida? —Solo me dejó unos segundos sin aliento.
Riddle exhaló un suspiro de profundo alivio. Luego se enojó. —¿En qué diablos estabas pensando? Te pedí que te quedaras quieta. Los cabellos se habían soltado de la trenza que la elfa le había hecho antes.
Algunos mechones caían sobre su rostro sucio de polvo, y aun así, seguía estando hermosa.
—Pensé que necesitabas ayuda —le respondió, ofendida. Reparó de pronto en el palo hecho trizas—. Creo que me equivoqué. — ¿Cómo pudiste ser tan estúpido Riddle? Mostrando a unos muggles la magia…
Riddle se dirigió a la elfa, sin escuchar los quejidos de Aitana.
—Reúne las provisiones. Tú sabrás mejor que nadie qué necesitamos. La elfa obedeció.
—No me respondiste, Riddle —le recordó Aitana—. ¿Cómo pudiste hacer tal cosa?
Tenía que inventar alguna excusa o seguiría molestándolo el resto del camino.
—No soy estúpido, señorita Singh. —Ella frunció el entrecejo. —¿Creías que no utilizaría un hechizo para confundirlos? Riddle se dirigió a la parte trasera del carro donde estaba la elfa. —Si no hubiera sido por tu intervención, hubiera terminado con esos dos. El idiota tuvo suerte de que no le rompiera el cuello con la misma facilidad con que partí el palo —como Aitana lo contemplaba perpleja, Riddle creyó conveniente derivar la atención de la mujer hacia otro tema—. ¿Qué necesitamos de todo esto?
La elfa había separado algunas cosas.
—. Dos panes. Un poco de queso. Manzanas. Una jarra de sidra por si no podemos encontrar agua.
Riddle colocó la tela rota sobre el suelo para envolver las provisiones. Aitana todavía lo estudiaba con sospecha, así que él le arrojó una manzana para distraerla. Tenía tanta hambre, que la estratagema funcionó. Una vez que juntaron todo lo que necesitaban, se cargó el fardo al hombro.
Al menos tenían comida, pensó Riddle. Pero ¿cuánto tardarían en alcanzarlos? Riddle no advertía indicios de nuevos problemas. No olía ni a hombres ni a bestias. Eso lo inquietaba más que si hubiera tenido que pelear a cada rato….
