Lady Natsu
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni dónde, te amo directamente sin problemas ni orgullo: así te amo porque no sé amar de otra manera.
Pablo Neruda.
Cuando entraron en la cocina, el ruido y el calor reinante impactaron a Hinata de tal modo que pensó que la casa estaba ardiendo. Los sirvientes estaban escandalosamente borrachos, aunque trataban de ocuparse de los asadores y hacer que circulara la comida y la bebida en el piso de arriba. Algunos se habían rendido. Una pierna de cordero se chamuscaba, y una mujer borracha roncaba en un rincón, con los labios entreabiertos.
Nadie se dio cuenta de que Naruto se apropiaba de una cesta y metía en ella algunas rodajas de carne, pasteles de fruta y un tarro de nata montada, antes de llevarse a Hinata de allí. Ella miró hacia atrás y vio cómo un cocinero se giraba y buscaba aturdido la crema.
Pasaron por el cuarto donde se almacenaban las viandas antes de ser servidas, donde, muy oportunamente, había media docena de botellas de vino abiertas. Una de ellas y un par de vasos fueron a parar a la canasta. Esta vez, Hinata protestó.
Naruto la miró.
—Has dicho que tenías hambre, encanto. Me propongo satisfacer te en todos los terrenos.
Lo decía sonriendo, pero ella seguía percibiendo una heladora frialdad tras sus palabras. En cierto modo, se alegraba de aquella displicencia. No quería que él sintiera ternura por aquella mujerzuela de una noche.
Y, una vez más, tuvo que reconocer que estaban viviendo una mentira.
Él la condujo hasta una estrecha escalera de servicio. En su arranque, había una hilera de velas y una lámpara para encenderlas. Naruto prendió una y se la dio a Hinata para que la llevara mientras subían por aquellos escalones.
A Naruto le hubiera costado mucho expresar lo que sentía tras aquel nuevo rumbo de los acontecimientos. Después de todo, ella era una fresca. Él la había dejado a salvo en la habitación y después se la había encontrado, en su verdadera salsa, haciendo de furcia. El único motivo por el que podía haberse sumado a la fiesta era la búsqueda de un hombre.
Le daban ganas de llorar.
Por otro lado, iba a poseerla. Si pensaba burlarse de él del mismo modo que había hecho con Inuzuka, iba apañada. Se había mostrado dispuesta y le había seguido sin protestar. Pronto aplacaría la lujuria que llevaba días atormentándole. Aquel beso había bastado para dejarle el cuerpo temblando.
Y bien sabía Dios que se encargaría de que ella le recordara. Tal vez hubiera retozado en la cama con la mitad de los hombres de Inglaterra, pero no podría olvidar a Naruto Namikaze.
Subieron dos tramos de escaleras y Naruto, que iba en cabeza, abrió una puerta forrada de tela que daba a un pasillo silencioso y polvoriento.
—Tal y como yo pensaba. El ala de los cuartos de los niños. Y lleva mucho tiempo sin usarse.
En aquel tranquilo rincón, la orgía que se desarrollaba más abajo parecía algo irreal. Con todo, hacía frío y, a pesar de llevar puesto el abrigo de Naruto, Hinata tiritaba.
El exploró las cuatro habitaciones y después se decantó por una de ellas. Probablemente habría sido el dormitorio de la niñera, porque contaba con una estrecha cama que aún estaba cubierta por una manta y un edredón.
Naruto colocó la cesta en el suelo e inspeccionó la chimenea.
—Todavía queda leña aquí, y hay algunos trozos de carbón en el balde. Tal vez podamos hacer fuego. Hinata dejó la vela en el suelo. Su luz era tenue, incluso en aquella pequeña estancia. Se acurrucó dentro del abrigo de Naruto, ahogándose en su aroma, pero empezando a tener dudas.
¿Qué estaba haciendo lady Hinata Hyūga en esa habitación polvorienta con aquel hombre? ¿Cómo era que su vida la había llevado a ese punto? En un estante, había unos cuantos libros mordisqueados por los ratones. Él los hizo pedazos y, aplicándoles la vela, prendió la lumbre.
Las llamas arreciaron y después se oyó el chisporroteo de las ramitas. Hinata se acercó instintivamente al fuego.
Él levantó la vista.
—Creo que arderá y el tiro parece despejado. No obstante, tardará un rato en notarse el calor.
—Por lo menos hay luz.
La habitación resultaba más acogedora por el simple hecho de tener la chimenea encendida.
Naruto quitó el colchón, la manta y el edredón de encima de la cama, colocando el primero en el suelo. Extendió la manta sobre él e hizo una elegante reverencia.
—Su sofá, mi lady.
Hinata se daba cuenta de que una vez se sentara en aquel jergón su destino estaría sellado. Se hundió en él a través del torbellino de sus perfumadas faldas de seda. Y de una buena cantidad de polvo. Él trajo la cesta y la puso en el suelo antes de sentarse a su lado y echar el edredón por encima de las piernas de ambos. Ella se apretó aún más el abrigo sobre los hombros.
—¿No tienes frío en mangas de camisa? El la miró de soslayo.
—En absoluto.
Hinata apartó la mirada. La expresión de Naruto había hecho que su temperatura aumentara unos cuantos grados.
Él sirvió el vino y le tendió a ella un vaso. Ella dio un sorbo y sintió cómo su calidez se extendía por su cuerpo y le afectaba inmediata mente al cerebro.
Esperaba que él saltase sobre ella en cualquier instante y deseaba que lo hiciera antes de que perdiera el aplomo.
' —Necesito de veras comer —dijo ella rápidamente.
—¿O te emborracharás? —murmuró él—. Tal vez yo te quiera borracha, encanto.
Ella le miró a través de las ranuras de la máscara y dejó el vaso.
—¿Creéis que es preciso que yo esté como una cuba para que vos hagáis lo que os plazca, milord?
Naruto torció la boca.
—No. Eso sería ridículo, ¿no? —Alargó la mano y le recorrió los labios con un dedo. Un contacto enardecedor. Luego, añadió en tono seductor—: ¿Alguna vez te dijo tu niñera que no jugaras con las cosas que vas a comer? —Cogió una rodaja de carne de ternera y la enrolló lenta mente—. A ver, ¿a qué te recuerda esto?
Aquella pregunta hizo que Hinata frunciera el ceño.
—¿Un rollo de carne? Él se quedó pensativo.
—¿Demasiado pequeño? Tienes razón, sin duda. —Enrolló alrededor dos rodajas más y se lo volvió a enseñar—. ¿Así te gusta más?
Y, tras colocar la carne en la mano izquierda de Hinata, le cogió la derecha y la llevó hasta su entrepierna.
—¿Qué te parece?
Hinata se quedó helada. Nuevamente, comer. Pero, se suponía que ella era una libertina y tenía que comportarse como tal.
Sonrió de la mejor manera que pudo.
—Parece normal —dijo con la voz entrecortada. De hecho, todavía parecía más bien pequeña. ¿Todos los hombres la tenían enorme?
—Entonces, come —le dijo él con suavidad.
Tenía las mismas ganas de comerse aquello que de comerse una serpiente, pero no tenía elección. Se pasó la lengua por los labios, se llevó la carne a la boca y mordió. El bulto que tenía bajo la mano brincó como si ella hubiera dado allí el mordisco. Ella se concentró con fiereza en masticar la tierna carne.
¿Qué haría una furcia en aquellas circunstancias?
Ella trató de retirar la mano derecha, pero él se la retuvo allí.
—Quiero un poco de vino —dijo entonces la muchacha. Él usó la mano libre para coger el vaso de Hinata y levantarlo hasta la altura de sus labios, mientras el bulto se movía como si estuviera vivo debajo de su mano cautiva. A continuación, él bebió también de aquel vaso.
—Come —le dijo él con delicadeza—. Vas a necesitar tener fuerzas.
Hinata estaba aturdida. Había esperado que la agarrara, la besara, la acariciara y la penetrara. No había estado muy segura de que le fuera a gustar, pero se trataba de algo por lo que tenía que pasar. Desde luego, lo que no había esperado era que ella misma tuviera que hacer algo que no fuera rendirse.
Él parecía listo para tomarla, entonces ¿a qué se debía aquella demora? Dejó caer la carne a medio comer.
—Creo que ya he comido bastante.
—Pero, tú eres una dama de feroces apetitos. A lo mejor eres golosa. —Naruto se movió para coger los pasteles y la nata, soltándole la mano para poder hacerlo.
Hinata se apartó ligeramente con disimulo y notó en las costillas la llave que llevaba dentro del corpiño. Sospechó que muy pronto resultaría un incordio, así que se la sacó rápidamente y la metió debajo del colchón.
Naruto contemplaba pensativo uno de los pasteles y Hinata adivino lo que vendría a continuación. La seducción mediante la comida parecía ser su técnica preferida.
Y resultaba efectiva. Gracias a sus encuentros previos, ella se hallaba sensibilizada de antemano. Todo el confuso anhelo creado por una galleta de Shrewsbury y un pastelillo de manzana regresaron para inflamar las ambiguas ansias que sentía
Él mordió el bollo, y un jugo carmesí le chorreó por la mano.
—Cereza —dijo haciendo una mueca—. Muy apropiado.
Se llevó el pastel a la otra mano y le tendió a ella la que estaba manchada de aquel néctar. Obedeciendo la silenciosa orden, Hinata lamio el espeso líquido. Tenía un sabor agridulce, al que había que añadir el gusto salado de la piel de Naruto. Él le pasó la suave carne de su mano por la lengua. Ella aplicó allí la boca y chupó. El soltó la mano con suavidad y le tendió el bollo.
—Come.
Ella dio un mordisco. El jugo se escurrió de nuevo. El inclinó el pastel, haciendo que se derramara sobre los pechos de Hinata. Ella gritó y levantó las manos para proteger el vestido, pero él se las cogió hizo que se tumbara de espaldas. Naruto usó la lengua para lamer hasta la última gota, mientras ella yacía sobre el colchón presa de extraños deseos.
Unos dedos hábiles le desabrocharon el traje, le soltaron los lazos el corpiño y se lo quitaron. Una vez abierto el vestido, Hinata quedo tendida debajo de Naruto, cubierta solamente por la fina camisola de seda y la enagua. Ella se preguntó si él la encontraría dotada.
Le miró a la cara y supo que no era así. Inflamado, extasiado, y con una oscura intensidad en la mirada, le recorría con los dedos la curva de sus pechos. Ella se sintió henchida de un arrebatado poder.
—¿Le parezco de su gusto, milord? —murmuró ella.
—Eres bella, como bien sabes —le dijo en un tono de voz que era no más que un susurro.
A continuación, llevó la mano a los cordeles de la máscara, pero la se la cogió.
—¡No! La máscara se queda puesta.
—Entonces, ¿tanto valor tiene tu reputación?
—Para mí sí.
Él le recorrió la mejilla con el pulgar siguiendo el borde del negro terciopelo.
—¿Me confiaras al menos tu nombre?
—No —musitó ella—, pero puedes llamarme Natsu.
—¿Natsu? ¿De verdad? ¿Te reirás de mi dolor? —Y citó en voz queda—: «Bésame, querida, antes de que muera. Bésame una vez y alivia mi dolor».
Los tórridos labios de Naruto cayeron sobre los de ella. Santo cielo, ella daría lo que fuera por aliviar su dolor. A sus ojos acudieron las lágrimas. Afortunadamente, la máscara las ocultaba
Súbitamente, él la dejó. Ella se incorporó, temiendo que algo en ella le hubiera disgustado. Pero él había cogido el tarro de crema chantilly. Sonrió, levantó las cejas y, tras coger una pequeña cantidad, la dejó caer sobre su clavícula.
Hinata se miró y se quedó boquiabierta. Él la hizo tumbarse otra vez y le extendió la nata sobre la curva superior de sus senos. Después, ella sintió cómo él le retiraba la camisola y se supo desnuda. Notó que le ponía y le extendía más crema.
Sin aliento, ella esperaba anhelante su boca. Pero, en cambio, un dedo le recorrió los pechos y se presentó delante de sus ojos.
—Come. Tienes hambre.
Hinata no tuvo que separar los labios porque tenía todavía la boca abierta de la conmoción. Sacó la lengua y tomó un poco de nata, estaba sazonada con licor de naranja.
—Está muy buena —susurró—. No deberíamos desperdiciarla. Él sonrió.
—No vamos a desperdiciarla. —Se lamió lentamente el resto de la nata del dedo, después untó más y se la ofreció a ella nuevamente—. Esta vez cométela toda, dulce Natsu. Toda.
Atrapada por su mirada, Hinata tomó el dedo de Naruto en su boca, saboreó la deliciosa, escurridiza y refrescante crema y se la tragó. Cuando iba a soltar el dedo, él le dijo:
—No. Quédatelo. Chúpalo. Despacito...
Acto seguido, bajó la cabeza y le lamió parte de la crema de los pechos de una larga pasada. Como si estuviera viviendo un sueño, Hinata siguió sorbiéndole el dedo.
Sintió cómo su lengua le rodeaba primero un pezón y luego el otro. La dulzura de aquella sensación le hizo contener el aliento. Su boca jugueteó con la punta de ambas aréolas.
—Ah, preciosidades —murmuró—. Tenéis envidia de mi dedo, ¿a que sí?
La boca de Hinata se quedó súbitamente inmóvil. Él se agachó y, fue a meterse uno de los pezones en la boca, lo friccionó con la lengua, un estremecimiento sacudió a Hinata y ella hizo lo mismo con él.
—Muy bien, encanto —le dijo él con suavidad—. Enséñame lo que quieres.
Hinata se quedó a la espera de lo que vendría a continuación. Pero él no hizo nada.
Entonces comprendió el juego. A modo de prueba, le chupó el dedo. Y él le chupó el pezón. Ella chupó más fuerte. Y él también. Parecía como si ella, de un insólito modo, se diera placer a sí misma.
Ella sorbía lenta y profundamente, al tiempo que sentía como una creciente fiebre la abrasaba por dentro. La entrepierna empezó a palpitarle y ella se agitaba con desazón. Escuchó unos gimoteos y se dio cuenta de que era ella misma la que emitía aquellos sonidos. Y, en realidad, ninguno de los dos se había quitado todavía la ropa.
Él se le colocó encima y se frotó contra ella. Aquello ayudó un poco pero no mucho. Desesperada, Hinata sorbió el dedo de Naruto hasta el fondo de su boca, pero él se rió y lo liberó.
—¡Santo cielo, Natsu! A este paso, uno de los dos acabará antes de que pase algo. Ven, desvísteme.
Para sorpresa de Hinata, él se puso de pie y parecía esperar que ella hiciera lo mismo. Ella se quedó tumbada unos instantes, enfebrecida por la lujuria, pensando que él cambiaría de opinión.
¿No sentía la misma apremiante urgencia que ella? Al parecer, no. Mareada y palpitante, se incorporó con dificultad. Bajó la vista y se observó. El lerdo vestido le colgaba de los hombros y, de cintura para arriba, era jugo lechoso, nata y piel desnuda. Dando un tirón, volvió a cubrirse los pechos con la camisola.
Luego, con dedos torpes y temblorosos, trató de desabrochar los botones del largo chaleco de Naruto, con los nervios a flor de piel al sentir el contacto de su cuerpo. Se rindió a la mitad, poniéndole las manos sobre el pecho y buscando ayuda en su sombrío y penetrante rostro.
Con la intención de apremiarlo, se irguió para darle un beso. Los labios de Naruto juguetearon con los suyos pero luego él se retiró.
—Cuanto antes acabes, encanto, antes podremos continuar.
La fiebre amainó un poco, aunque Hinata hubiera llorado para hacerla desaparecer. ¿Qué loco juego era aquél? Empezaba a creer que se proponía mortificarla y que no iban a hacer nunca el amor. Acabó con los botones rápidamente. Al soltar el último, notó la rígida dureza del hombre.
Aquello la tranquilizó un poco. El necesitaba una mujer, la necesitaba a ella. Se acordó de lo que había pasado cuando tuvo que desatarle los lazos. Vacilante, presionó y frotó con suavidad.
Naruto contuvo el aliento.
—Todo depende de la velocidad a la que quieras que vayan las cosas, Natsu.
Hinata no tenía manera de saberlo. Retiró la mano.
—Ah —dijo él, con una larga exhalación—. Eres una experta. No esperaba menos.
Sonaba algo molesto, pero como todo estaba resultando diferente de lo que Hinata había esperado, ¿por qué habría de sorprender la aquello? Le sacó la camisa del talle y se la subió por encima del pecho. Descubrió que le encantaba pasarle las manos por los tersos músculos. Se detuvo para recorrer con los dedos el perfil de éstos, extasiada.
Se quitó él mismo las mangas de la camisa y, después, se la sacó por la cabeza.
Hinata recorrió con un dedo la lívida cicatriz que le atravesaba el torso.
—¿Cómo te has hecho esto?
Cualquier mujer haría aquella pregunta.
—Un sable. En Quebec.
—Debiste sangrar un montón.
—Como un odre rajado. Puse perdido mi mejor uniforme.
A Hinata le asaltaron recuerdos agridulces. Sabía que las cosas entre ambos tendrían que ser de otra manera, pero aquello era lo mejor a lo que podían aspirar.
Bajó la vista y observó sus propios pechos, sus pechos desnudos, todavía veteados de nata. Cogió la poca nata que quedaba y la extendió suavemente a lo largo de la cicatriz. Después la retiró con la lengua. Aunque él permanecía inmóvil, ella era consciente de que su respiración se había hecho más profunda.
El bulto que escondía su pantalón se apretó contra el vientre de la muchacha.
—Vamos Natsu —dijo él con viveza—. Una cosa es ir despacio, pero si sigues demorando esto, vas a desaprovechar mis atributos.
Hinata dio un respingo al oír aquello y desabrochó rápidamente los botones del pantalón y de los calzoncillos. Armándose de valor, le bajó ambas prendas. El pene de Naruto emergió libre hacia ella.
Hinata lo agarró con las dos manos.
Al instante siguiente, no sabía por qué lo había hecho. Tal vez fuera un intento por controlar aquella cosa, pero ahora la notaba palpitar entre sus manos y no tenía ni idea de lo que iba a hacer con ella.
Con nerviosa frivolidad, él le dijo:
—Bésala y se portará muy bien contigo.
Ella contempló su húmeda punta y después le miró a él con los ojos muy abiertos. El sacudió la cabeza y deslizó los dedos de ella, hadándole soltar su presa. Ella se alegró de dejarla marchar.
Naruto se despojó rápidamente de las prendas inferiores y las medias, hasta quedar espléndidamente desnudo allí de pie. Hinata contempló a su hombre. Naruto Namikaze había perdido casi toda su apariencia de delicadeza.
Era todo músculos. Hermosos y tensos músculos. La realidad se desvanecía. El disfraz, aquella mascarada en la que se hacía pasar por puta, su pasado, su futuro, todo se convirtió en sombras. En aquel momento, sólo estaban ella y Naruto.
La muchacha jadeó cuando él le cogió la barbilla y la obligó a mirarle a los ojos.
—Necesito hechos, dulce Natsu. Me parece que no tienes tanta experiencia en esto como pretendes hacerme creer, ¿no es cierto?
Hinata quería mentir. Tenía miedo que la echara de su lado y se fuera a buscar a una mujer del estilo de Sable. Pero él exigía la verdad.
—Cierto.
Él asintió y respiró para calmarse.
—Bien, lo que te voy a preguntar es importante y, si me mientes, te juro que te zurraré. ¿Eres virgen?
Hinata vaciló. Supuso que si decía que sí, todo habría terminado y no podría aplacar su feroz apetito. Por otro lado, ella no era fisiológicamente virgen, así que él no se daría cuenta.
Después del fiasco con Ōtsutsuki, Hinata había llamado a su médico para que la reconociera y certificara su pureza. Cuando su padre se enteró, se apresuró a hacer que la visitara una mujer; ésta decía ser comadrona, pero Hinata sospechaba que regentaba algún burdel.
El odioso lacayo de su padre, Lindie, la había sujetado mientras aquella mujer le desgarraba el himen, llevándose la endeble prueba de su virtud.
Cuando el doctor Marsden llegó por fin, ella no quiso recibirlo, pero su padre la obligó a aceptar que la examinara el afligido médico. La advirtieron de que si algún día trataba de contar su versión, el doctor Marsden certificaría su perversidad.
—¿Y bien? —preguntó Naruto con viveza—. No es una pregunta tan difícil.
—No —dijo Hinata—. Por supuesto que no soy virgen.
Él le sondeó la mirada.
—¿Es eso cierto? Hablaba en serio. Te zurraré si me mientes en esto, y sabré si me has dicho la verdad o no. Hinata tragó saliva pero le miró a los ojos.
—No me harás sangrar, te lo aseguro milord. Antes de hoy, ya ha habido un hombre en mi cama. —Ambas afirmaciones eran completamente ciertas.
Él le soltó la barbilla.
—Sea pues.
Le retiró el abierto vestido de los hombros y lo dejó caer al suelo. Después, hizo que se diera la vuelta para desatarle los lazos de la enagua. El contacto de los dedos de Naruto en su columna le produjo pequeños estremecimientos.
Cuando la enagua cayó, él le pasó los nudillos por las vértebras. Hueso, seda y carne. Ella se bamboleó hacia atrás y él le mordisqueó suavemente la nuca.
Entonces estornudó.
—Maldita sea. ¿Por qué demonios te has tenido que poner polvos? —Pero lo decía en tono jocoso mientras le daba la vuelta.
—Lo siento. Como has adivinado, no tengo mucha experiencia en estos asuntos.
Naruto le cubrió los pechos con las manos,
—No creo que la experiencia tenga nada que ver en eso. He conocido mujeres sabiamente perversas que no parecen darse cuenta de lo mucho que las cremas y los productos para el pelo pueden entorpecer el placer.
Le frotó levemente los pezones a través de la seda. Aquel febril anhelo creció de nuevo en el interior de Hinata, esta vez con más fuerza por haberse visto frustrado antes. Ella hizo ademán de quitarse la camisa pero Naruto la detuvo.
—No, encanto, déjatela puesta. No estoy seguro de estar preparado para verte en todo tu esplendor.
La cogió y la tumbó de nuevo en el colchón.
—Yo sí estoy lista para recibirte.
—¿Ah, sí? Vamos a ver.
Se arrodilló entre las piernas de ella. Le puso las manos en los tobillos y las fue deslizando poco a poco hacia la parte superior de los muslos. Sus endurecidos dedos producían una deliciosa fricción al rozar la suave piel de la muchacha, que se retorcía con desasosiego, abriendo voluntariamente las piernas ante aquella deliciosa invasión, pero las manos de Naruto se detuvieron a la altura de los muslos.
Sus dedos se flexionaron allí, contra la satinada epidermis de su cara interna. Hinata apretaba la cabeza hacia atrás.
—Santo cielo, ¿qué me estás haciendo?
Notó que él tenía allí la cabeza, entre sus piernas, con los labios en lugar en el que habían estado los pulgares. Ella se incorporó, apoyándose sobre los codos.
—¿Qué...? Él la cortó.
—No hagas tantas preguntas. ¿Te gusta?
Ella sintió sus dedos en el vello del pubis, resbalando por el fluido Que se había producido allí.
—Claro que te gusta. Parece como si te hubiera puesto crema también ahí.
Sus dedos se deslizaron dentro de ella. Hinata se desplomó hacia ellas con un gemido gutural que la sorprendió a ella misma por su sonido primitivo. Ella empujó contra su mano y él siguió el ritmo de la acción que ella parecía demandar.
Naruto se desplazó un poco hacia arriba para atrapar un pezón con la boca y chupar al compás del movimiento de la mano.
Aquello fue la perdición de Hinata. Una parte de su cerebro conservaba la cordura y gracias a ella supo que seguramente estaba expresando a gritos la desesperada necesidad que tenía de dejarse ir.
Hubiera preferido estar callada y comportarse como una dama pero le resultaba imposible. Trató de disculparse pero lo que en realidad hizo fue ponerse ancha y apretar su cuerpo contra él. Entonces, Naruto se movió. Su boca y su mano la abandonaron y ella sintió cómo la rigidez del hombre se apretaba sobre ella.
—Sí —dijo ella jadeante.
Él se deslizó dentro de ella lentamente, casi como de prueba. Hinata gimoteó y se propulsó hacia arriba para absorberlo. Parecía que no iba a poder entrar, porque su gran tamaño contrastaba con lo prieta que estaba ella, pero la plenitud que producía aquel ensanchamiento era deliciosa.
A Hinata le pareció oír un extraño suspiró cuando él se instaló lentamente en su interior. Después, volvió a salir con delicadeza.
Ella serpenteó tras él, temiendo que fuera a dejarla. Él volvió a entrar y ella se estremeció aliviada.
—No tengas miedo, Natsu —dijo él suavemente, pasándole la mano tiernamente por la mejilla—. No voy a dejarte con las ganas. Vamos, vayamos hasta el final.
Cada acometida encontraba su respuesta simétrica. Al principio iban despacio, mientras se estudiaban mutuamente con suavidad y ternura. Pero, luego, la inminencia de la descarga se apoderó de ellos y corrieron hasta alcanzar una explosión que hizo trizas la mente de Hinata.
La muchacha emergió flotando de aquella oscuridad y llenó de aire sus pulmones vacíos con la certeza de que nunca volvería a ser la mis ma. Se había quedado completamente limpia, llena y vacía a la vez, aturdida, pero más viva que nunca.
Él se quedó tendido sobre ella, respirando profundamente, caliente y sudoroso. Cuando se meneó, se habían adherido el uno al otro a causa de la transpiración, el jugo y la crema, y tuvieron que despegarse para poder separarse. El aire fresco acarició la húmeda piel de Hinata y ella se echó a reír con fruición.
Él se inclinó sobre ella, con los ojos oscuros y misteriosos, pero sonriendo al verla complacida,
—Una cosa está clara, Natsu de mis amores, lo que ha pasado hasta ahora por tu cama no han sido más que patanes. ¿Por qué malgastar todo este esplendor con ellos?
Ella quería contarle la verdad, pero estropearía aquel glorioso momento. Y no estaba segura de que él no fuera a zurrarla por la mentira que le había contado, aunque todo lo que le había dicho fuera cierto.
—No sabía lo que me perdía
Él apartó la vista y le pasó una mano por el brazo.
—¿Y ahora?
—Ahora ya lo sé.
—¿Y qué vas a hacer con esa información?
Ella supo entonces qué era lo que tenía que hacer. Él no creía haber sido el primero, pero estaba seguro —segurísimo— de haber sido el primero en mostrarle aquel éxtasis.
Y ahora se sentía responsable, igual que si le hubiera arrebatado su virginidad. Volvía a surgir el caballero andante. ¿Acaso tenía que intentar ayudar a todas las criaturas extraviadas que se encontrara en su camino?
Ya tenía bastante con tener en sus manos a Hanabi, Udon y Hiroshi. Sólo le faltaba tener que preocuparse de la lasciva Natsu.
Hinata tenía que liberarlo. Con este pensamiento, se incorporó hasta quedar sentada.
—A partir de ahora, sabré lo que valgo —dijo ella con franqueza
—. En el futuro, no otorgaré mis favores con ligereza. Él apoyó la mano sobre el muslo de ella. —¿Es eso una promesa?
Ella asintió. Ansiaba desesperadamente poder abrirle su corazón, decirle que le amaba y que no podía imaginarse aquellas intimidades con ningún otro hombre, por habilidoso que fuera.
Anhelaba poder liarse con él, aunque sólo fuera durante un instante.
Pero aquella noche era todo lo que les estaba permitido tener, y si tentaba ser honesta, la echaría a perder.
Y la noche aún no había terminado.
Ella contempló pensativa su pene, que le caía flácido sobre el muslo . El se rió entre dientes y dijo:
—No tardará mucho, ya lo verás.
Se sentó y le quitó a ella la manchada y arrugada camisola. Después, echó el edredón por encima de ambos. Estar acurrucada junto a él, era para ella una inesperada dicha. Tal vez la cosa se le estuviera yendo de las manos, porque aquello no iba a poder olvidarlo tan fácil...
El sirvió dos nuevos vasos de vino.
—Háblame de tú. — El trato de Hinata no incluía la conversación.
—¿Serías capaz de arrancarme la flor de mi misterio?
—Desde luego que sí. Te desnudaría hasta llegar al fondo de ella. — Ella se estremeció.
— ¿Por qué no me cuentas primero tus secretos, milord?
—Mis secretos... —El se quedó contemplando el resplandeciente fuego—. ¿Es un secreto que suelo tener miedo antes de la batalla? No es entre mis compañeros de armas, porque todos compartimos la misma debilidad. Sólo un tonto no siente miedo. No temo a la muerte sino a la mutilación.
Hinata apretó con fuerza el vaso que tenía entre las manos. La muerte era la última cosa sobre la que quería hablar.
—¿No tienes secretos menos militares? Él le lanzó una mirada.
—¿Quieres una lista de mis amantes? Por supuesto que no.
—¿Así se resumen tus intereses? ¿El amor y la guerra?
—Tal vez. Me pregunto cuánto tiempo hace falta para conocer a alguien. Para enamorarse.
Hinsts se quedó mirando fijamente el misterioso mundo del fuego,
—Un instante o toda la vida.
—Muy cierto. Me debes un secreto. Ella sacudió la cabeza.
—Estoy hecha de secretos y misterios y, si revelo tan sólo uno de ellos, me desmoronaré.
Súbitamente, la hizo ponerse de pie y la arrastró hasta el pequeño espejo moteado que había en la pared y la sostuvo allí. Ella observó la imagen desnuda de ambos, un poco distorsionada por la ondulación del cristal y la luz parpadeante.
El era Naruto, con el cabello cayéndole hasta los hombros. Ella era un misterio, incluso para ella misma. Desconocía a aquella mujer enmascarada, de cabello oscuro y empolvado, y labios abultados.
—Mira —le dijo él—, y yo te enseñaré tus secretos.
Empezó a tocarla con minuciosa destreza, observando cómo ella contemplaba a aquella extraña libertina derretirse de deseo. Dejó caer la cabeza hacia atrás, sobre el hombro de Naruto. Sus labios se abrieron.
Su pecho subía y bajaba al compás de las profundas y anhelantes respiraciones. Hinata miró la imagen de Naruto en el espejo. No estaba poseído por el deseo sino atento a las reacciones de ella.
—No me gusta esto —dijo ella.
—Mentirosa.
—No quiero que te quedes atrás. Acompáñame. Él le mordisqueó el hombro.
—Puedo descubrir todos los secretos de tu cuerpo y usarlos para hacerte estallar en pedazos, pero no te desmoronarás. Te harás más fuerte.
Ella trataba de resistirse a su hábil roce.
—Eso es otra cosa.
Él incrementó la presión de su mano entre sus muslos y un estremecimiento hizo flaquear la voluntad de Hinata.
—Es la misma cosa —dijo él—. Cuéntame tus secretos.
Una nueva oleada de tormentoso deseo la recorrió. Ella cerró los ojos.
—¿Qué es lo que quieres?
—Lo quiero todo de ti. Confía en mí. Ella abrió las piernas.
—Confío en tí.
La mano de él se detuvo.
—No me refiero a eso. Confía en mí con todo tu ser. Ella sacudió la cabeza.
—No tengo nada para ti, Naruto Namikaze. —La muchacha se soltó y echó a correr, agachándose para recoger su ropa. Él la derribó sobre el colchón, usando el peso de su cuerpo para doblegar el de Hinata y la sujetó por las muñecas.
—Esto aún no ha llegado a su fin —le dijo con sombría mirada.
—Ya te he dicho que no tengo nada más.
—Sí que lo tienes. Lo quiero todo de ti. Quiero tus secretos.
Hinata forcejeó.
—¡Estás loco!
—Claro que lo estoy. ¿No lo notas tú también? ¿Qué hay en esta habitación, maldita sea? Después de esto, ¿podrás estar con otro hombre?
—¡No pienso estar con ningún otro hombre!
—¡Confía en mí! —El la besó con pasión. Hinata le devolvió el beso entre sollozos. Esta vez, las lágrimas se escurrieron por debajo de la máscara y él las bebió de sus mejillas.
—Llora, llora por nosotros, Natsu. Pase lo que pase, nunca olvidarás esto.
Él volvió a hacerle el amor, con la boca, las manos y todos los nervios de su cuerpo. Al principio, ella luchó contra aquella pasión, porque tenía miedo de su ferocidad, de la violencia con la que él se entregaba, pero después se rindió.
El no se lo puso fácil. Por dos veces la llevó hasta las puertas del clímax y, a continuación, se detuvo a pesar de sus súplicas, refrescándola con vino y nata, hasta que volvía a la realidad, una realidad llena de deseo.
Ella le llenó de improperios, incluso trató de pegarle.
Él le dio la vuelta con suavidad y le masajeó la espalda, usando la nata como lubricante, hasta que se quedó flotando, como si estuviera inerte, y encontró cierta paz. Después, la hizo ponerse de rodillas y la acarició desde detrás hasta que volvió a jadear de excitación.
—Que el demonio te lleve, Naruto Namikaze —susurró ella—, si vuelves a dejarme colgada otra vez.
El se echó a reír y se escurrió hasta quedar tumbado debajo de ella, mirándola.
—Entonces, vuela tú misma, Natsu. Cabálgame.
Se sentó a horcajadas sobre él y lo engulló con codicioso apremio, deslizándose arriba y abajo con la fricción más dulce del mundo. Observó cómo él se desmadejaba, pero la muchacha había aprendido bien la lección. Con un supremo esfuerzo de voluntad, se detuvo, quedándose en suspenso encima de él.
Naruto abrió los ojos de golpe y apretó los puños.
—Oh, dulce arpía libertina de los infiernos... ¿Tengo que suplicarte?
—Sí —dijo ella.
—Por favor —susurró él, con lóbrega mirada.
Hinata volvió a acoplarse y ambos se elevaron a las alturas.
Durmieron.
Hinata se despertó atravesada encima de Naruto con el edredón más o menos sobre ellos. El fuego se había extinguido, y la luz que entraba por la polvorienta ventana sugería el despunte del alba. Se levantó con mucha cautela, estremeciéndose a causa del aire helado, pero él no se movió.
Apenas podía verlo con aquella luz grisácea aunque se moría de las ganas. Se acercó con la intención de tocarlo pero apartó la mano. Las lágrimas le ahogaron al comprender que aquello era el final. Después de aquella noche, ella tendría que huir.
Sin apenas respirar, se puso la camisola, la enagua y el vestido. Cogió el corpiño, calculando que le resultaría demasiado difícil intentar colocárselo allí. Pensó que no se encontraría con nadie a aquella inerte hora de la noche. Pero, si así era, la ropa que llevaba puesta sería suficiente para atravesar la penumbra.
Rescató la llave de debajo del colchón y abrió con cuidado la puerta, parpadeando al oírla rechinar. Pero él no se despertó.
Ella salió con sigilo al exterior, bajó por las estrechas escaleras y emprendió el camino de regreso a la habitación de lord Yahiko.
Naruto abrió los ojos tan pronto como ella se hubo marchado. La noche más tórrida de su vida estaba teniendo un desenlace verdadera mente fría y desoladora. Cerró los ojos y la revivió. No se sentía orgulloso de todo lo que había ocurrido pero era consciente de que, al final, había salido bien.
Una cosa estaba clara: ya no podría vivir sin ella. Y no podría dejar que ella viviera sin él.
Había sentido dolor físico al reconocer el perfume que llevaba la furcia de Inuzuka. Le pareció que todos los placeres de la tierra se habían vuelto escoria al darse cuenta de que su damisela era una libertina y no un ángel injustamente juzgado. Se la había robado a su amigo Mi más ánimo de venganza que de placer.
Se había mostrado dispuesto a que una ramera le asqueara con sus galanteos, pero, en cambio, había sido seducido por una gallarda ignorancia. Entonces, había esperado de verdad que ella le confesara que era virgen y se preparó, con gran perjuicio para su salud mental, para dejarla intacta. Incluso cuando la penetraba, estaba convencido de que descubriría que ella le había mentido.
Y le decepcionó comprobar que ella decía la verdad.
Pero, después de todo, para arrebatarle a alguien la virginidad no hacía falta gran cosa. Y estaba claro que no era una experta mujerzuela. Tal vez Ōtsutsuki hubiera sido el único...
Sacudió la cabeza y sonrió. Sin duda, ella estaría en aquellos momentos volviendo a adquirir la subrepticia identidad de Hiroshi. Iba a ser duro, pero pensaba abandonarla hasta que hubiera encontrado una solución.
El futuro no se presentaba fácil. El mundo no iba a perdonar que un Namikaze se casara con una mujer deshonrada, y Menma haría lo imposible para impedirlo.
Pero a pesar del mundo, de Menma y de todo, él la haría suya, la cuidaría y la haría cantar de júbilo día y noche. Se les presentarían algunas dificultades, pero las dificultades eran el antídoto del aburrimiento.
Se puso de pie y se estiró, sintiéndose el rey del universo. Se vistió trató de poner en orden su insólito nido de amor.
Lo hizo silbando.
