Tía Koharu
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
-¡Oh, no!
Hinata cruzó la cocina corriendo, apartando el humo con la mano Usando el delantal de agarradera, abrió la puerta del horno y sacó la bandeja de galletitas. Había fallado otra vez. En lugar de los deliciosos hombrecillos de pan de jengibre dorado que imaginó mientras mezclaba y amasaba y daba forma a la horneada, lo que tenía eran bultos deformes de masa quemada y maloliente.
Tras empezar el día con un impulso tan positivo, a Hinata le costaba creer que todo se hubiese estropeado tan rápidamente. Conque la esposa de un ranchero, ¿eh? Desesperadamente decepcionada, llevó las galletitas inservibles a la ventana abierta y las arrojó al suelo. Al mismo tiempo, vio a Naruto que se acercaba al porche con largas zancadas impacientes.
-¡Maldición, Hinata! ¿Acaso estás tratando de incendiar la casa -bromeó, al verla en la ventana.
-¡No tiene nada de divertido, Naruto Namikaze! -le respondió, también a gritos-. ¡Te juro que hice todo bien esta vez, y las canallas van y si queman! Hasta le pedí a Azumi que me leyese tres veces la receta, pan cerciorarme de no cometer errores. Pienso que es esta maldita cocina, es eso lo que pienso. ¡La odio, porque es un artefacto maldito!
-¡Vamos, querida! -empezó Naruto, entrando en la cocina, pero si quedó inmóvil al verla girar hacia él con los ojos inmensos y los fina mechones de cabello negro con toques azules rizado que escaparon de la cinta y le colgaban sobre el cuello.
-¡Es la estufa! -declaró, agitando la mano para apartar el humo que se elevaba desde el homo-. ¡Ni Dios podría hacer una comida decente en ese... monstruo!
Con dificultad, Naruto contuvo una sonrisa.
-Sí, claro, supongo que es un poco vieja, pero Sam Butts, el de la tienda, me juró que estaba en perfectas condiciones de funcionamiento cuando me la vendió.
-Es vieja -insistió con los ojos un poco entornados, como dagas plateadas, primero hacia la estufa y luego hacia Naruto-. Ese artefacto ya era viejo cuando Matusalén aún era un niño.
-¿Probaste la temperatura espolvoreando harina en el fondo del homo?
-¡Claro que lo hice! Te repito: es la estufa.
-Y cuando miraste la harina para ver cómo estaba, ¿la viste con claridad? Hinata hizo un ademán vago. -Más o menos.
Cuando el humo se despejó un poco y Naruto pudo verle las mejillas, no pudo menos que maravillarse del súbito rubor que las coloreaba. Y de cómo los pechos empujaban contra la tela delgada de la adorable blusa azul, a cada inspiración agitada.
Avanzó lentamente, procurando mantenerse serio. Pero, que Dios amparase su lamentable pellejo, ¡qué bonita se ponía cuando estaba perturbada! Y, pensándolo bien, casi tan linda como cuando no lo estaba. Podría haber sido mucho peor para Naruto. Diablos, todavía no podía creer en su propia suerte.
-Bueno, si tienes razón, creo que tendremos que añadir una cocina nueva a nuestra lista -dijo, con el tono más sincero que pudo-. En cuanto compre un nuevo par de lentes a mi pequeña esposa corta de vista. -Cuando Hinata le lanzó una mirada furiosa, la contuvo levantando una mano-. Por las dudas de que el problema sea tu vista, y no la
cocina. Si no puedes ver bien lo que pasa con la prueba de la harina, es muy difícil que pongas la temperatura adecuada, mi amor. Pero no digo que ese sea el problema.
Su boca suave se tensó, y la barbilla se alzó un poco más.
-¡Pero tuve mucho cuidado!
Al verle la expresión dolorida, a Naruto se le encogió el corazón. Para él, no era más que un pan de jengibre quemado, pero para Hinata sin duda significaba mucho más.
-No es tu culpa. Cuando vayamos al pueblo y consigas tus lentes de repuesto, cosas como estas no sucederán más.
-Le prometí a Azumi pan de jengibre y leche para cuando terminara las tareas.
Le temblaron los labios un poco cuando se dio la vuelta. Antes Naruto se impacientaba, como cualquier hombre atareado, con las manifestaciones de emoción, pues no sólo eran improductivas y hacían perder tiempo, sino que siempre las consideró un signo de debilidad. Sin embargo, con Hinata no podía impacientarse. Se le ocurrió que debía agradecer a Dios el no haber tenido hermanas, pues las habría consentido demasiado.
-Azumi lo entenderá -le dijo, volviéndola otra vez hacia él.
Se le cortó el aliento cuando vio que había lágrimas que apagaban la intensidad de aquellos ojos plomizos fuera de foco.
-No, no lo entenderá, y lo comprendo -murmuró, fijando la vista en el pecho de Naruto-. Una promesa es una promesa.
Sin poder resistirlo, Naruto le rodeó la cintura con los brazos y la atrajo hacia sí y, al hacerlo, recordó lo suave y tibia que era la piel de ella bajo sus manos. Y la ansiedad con que lo recibió en la cuna húmeda, entre sus muslos.
-Haremos más -se oyó prometerle, con una voz tan ronca que le sonó extraña-. Yo te ayudaré.
Hinata sonrió apenas y negó con la cabeza.
-No hay más harina -murmuró, apoyándole una mano en la cintura-. Por lo menos, nada que esté en condiciones de ser usada.
Encerrándole la cara entre las manos, le hizo levantar un poco más la barbilla y esperó a que lo mirase, antes de preguntar con ternura:
-¿Qué ha pasado?
Hinata movió la cabeza, y Naruto tuvo un deseo tan intenso de besarla que se le hizo un nudo en el estómago. Durante toda la mañana, había estado buscando una excusa para volver a la casa. Y a ella.
No tanto para besarla otra vez, aunque en ese momento sí lo pensaba, sino para cerciorarse que no había sido su imaginación la expresión de felicidad pura que había visto en sus ojos en el desayuno. No todos los días un hombre tenía la ocasión de que se le saltaran los botones de la camisa de puro orgullo masculino, pero, caramba, se sentía muy bien. El solo saber que era el primero en ver esa piel del color de la crema a la luz de la lámpara le provocó en la garganta un nudo grande como un huevo.
Maldición, la amaba. Claro que no estaba, en absoluto, dispuesto a decirlo en voz alta. La noche anterior llegó hasta el punto de decirle que creía estar enamorándose de ella, pero eso estaba muy lejos de admitir que ya lo estaba. Un hombre debía tener en cuenta las consecuencias antes de revelarse a sí mismo de ese modo, en especial a una mujer que había estado tan renuente de llevar su apellido... y tan nerviosa ante la perspectiva de compartir su cama.
-Dime qué ha pasado con la harina -la instó, más para disfrutar de la música de su voz que por mera curiosidad.
-Me creerás una torpe sin remedio.
Con el pulgar, Naruto le quitó una mancha de harina del mentón y lo sintió temblar. La piel de Hinata era flexible y tibia, y su carne, lechosa, suave como un pétalo. Bajo la simple falda azul que no dejaba ver otra cosa que las puntas de los zapatos, los muslos eran esbeltos aunque de deliciosa plenitud, las pantorrillas bien formadas, los tobillos, delgados. Esa noche, cuando hubiesen bajado la llama de la lámpara y la puerta estuviese cerrada, lamería cada centímetro de su mujer con la lengua, y ella emitiría otra vez esos ruidos que le salían del fondo de la garganta.
El cuerpo se le puso tenso contra la bragueta de los vaqueros.
-Creo que eres adorable.
-No, no lo soy. Soy torpe y corta de vista y no puedo ni hacer una costura derecha.
-No necesitas más que tus gafas y un poco de práctica, eso es todo.
Hinata sintió como un aleteo en las cercanías del corazón. Aunque le dolía admitirlo, incluso para sí misma, anhelaba la aprobación de Naruto. Casi tanto como anhelaba su amor. Pero se esforzó por ser sincera. A pesar de que el matrimonio se había precipitado a raíz de una treta, o tal vez precisamente por eso, tenía deseos desesperados de que la vida en común se basara en la confianza mutua. Aun así, necesitó aspirar tres profundas bocanadas de aire hasta poder barbotar:
-Me tropecé con el tren que tallaste para Azumi y, eh... volqué el tarro de harina.
-¿Se rompió?
Asintió y agregó:
-Me llevó una hora barrer la harina de las grietas del suelo. Y mientras estaba ocupada en eso, Kurama robó el pollo que Daisuke trajo para la cena de hoy.
-¿Permitiste que Daisuke matara un pollo?
-Oh, no. El pobre murió de viejo. Por eso fue tan horrible que Kurama lo robara.
Quiero decir que no muy a menudo un pollo muere de viejo como este.
-Quizá más a menudo de lo que tú supones. Todas las primaveras compramos lotes enteros de pollos de una sola vez, así que cuando crecen y empiezan a caerse suelen caer uno encima de otro. No me sorprendería que hubiese otro lanzando el último aliento en este mismo instante. Tal vez todavía podamos cenar con pollo.
-¡Si yo no dejo que Kurama lo robe!
-Que el cielo nos ampare -dijo Naruto arrastrando las palabras, con un súbito chisporroteo en los ojos, bajo el marco de las rubias pestañas.
-De eso se trata, Naruto. Empiezo a pensar que ni el ángel Gabriel; sus arcángeles podrían convertirme en la clase de esposa que mereces.
La boca firme del hombre se curvó en las comisuras y terminó, a fin, en una sonrisa ladeada, de muchacho. Pero la expresión de sus ojos hubiese bastado para encender la sangre de Hinata.
-En lo que a mí respecta, Hinata, puedes quemar galletas desde ahora hasta el día del Juicio Final, y no me oirás una palabra de queja -le aseguró, con esa voz grave que Hinata había aprendido a adorar-. A menos mientras sigas apoyando ese pequeño y hermoso trasero contra mí todas las noches.
Le rozó el costado del pecho con una mano. Los dedos eran duros pero la caricia, suave, cuando ahuecó la mano sobre él.
-En cuanto a la maldita harina, no es tu culpa que Azumi dejara e tren tirado.
Aunque había dos capas de tela interpuestas entre la mano y su piel Hinata sintió que le quemaba donde tocaba, y lo único que pudo hacer fue murmurar sonidos inarticulados.
-Y en lo que se refiere al pollo, creo que podría matar a Kurama -sugirió.
Sin poder contenerse, Hinata se arqueó hacia él y, al mismo tiempo le rodeó el fuerte cuello bronceado con los brazos.
-Sólo bésame -susurró, acercándolo a ella.
El gemido de Naruto vibró contra los labios entreabiertos un segundo antes de que su boca se cerrase sobre la de ella. Los labios del hombre eran calientes; el aliento, húmedo; la lengua, exigente y arrogante.
Hinata sintió que el corazón se le aceleraba, y un zumbido sordo rugió en los oídos, anhelante, desesperado; se arqueó contra él, y su cuerpo respondió al de su esposo como si tuviese voluntad propia. El susurro áspero de su respiración la embelesó.
Cuando las manos de él le soltaron la cintura de la falda, Hinata ahogó una exclamación. Cuando las yemas de sus dedos buscaron otra vez el pecho, gimió. Entre besos intensos, ansiosos, ella desabotonó la camisa de cambray que esa mañana había tomado directamente de la canasta de planchado.
En el instante en que la falda quedó abierta, oyó un ruido. Una voz que llamaba a Naruto. La voz de una mujer. Naruto se soltó, y su manos, instintivamente, la atrajeron contra la protección de su propio pecho ancho, en el mismo momento que se volvía hacia donde venía la voz.
Con el corazón golpeándole y los pulmones anhelantes de aire, Naruto trató de despejarse la cabeza. Conocía esa voz...
-Naruto, ¿eres tú?
-¿Tía Koharu?- dijo, atónito, un segundo antes de que la silueta rotunda de su tía llenara el vano de la puerta.
Como un rollizo pajarraco negro abriendo las alas, la tía, vestida de negro de pies a cabeza, abrió los brazos a los lados.
-Recibí tu carta, ¡y aquí estoy, he venido a atender la casa y a ayudar a criar a esos queridos sobrinos míos!
