Este Fic es una adaptación del libro "AMA" de Keyla Leiz la cual les comparto sin fines de lucro,

sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes a Tite Kubo. Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Advertencia: En este fic algunos capítulos contienen material BDSM, si no te gustan estos temas, sigue de

largo y disfruta de algunas de mis otras historias.

Capítulo 12

Seduce la mirada, seduce la voz, seducen las caricias, seduce el aroma,

seduce su sabor. Y al final... seduce la persona.

Rukia se echó hacia atrás descansando su cuello en la silla. Desde que

había llegado el papeleo no había hecho otra cosa que crecer y, pese a

que lo tenía todo organizado, parecía que las cosas no estaban por la

labor de no dar problemas. Afortunadamente, tenía un buen equipo y, esa

mañana, solo había tenido que gritar a un par de trabajadores que no asumían

la culpa que tenían.

— Rukia, ¿has terminado? —preguntó Momo asomándose por la puerta del

despacho.

— Me queda esta carpeta. ¿Cómo es posible que se haya complicado

tanto? Era el lote que menos quebraderos de cabeza nos había dado.

Sam se encogió de hombros. Llevaba trabajando con Rukia desde hacía tres

años pero todavía no entendía demasiado de los pasos que había que dar

para subastar una obra o para prepararla para ello.

— ¿Tardarás mucho? —insistió ella.

Rukia levantó la mirada del documento y la fijó en su amiga.

— ¿Qué pasa?

— Es que... Rangiku llamó.

Rukia levantó la cabeza y suplicó al cielo que le dieran paciencia, porque

al paso que iba, no la tendría.

— ¿Ahora qué? — Quiso saber el motivo por el que Matsumoto había vuelto

a ponerse histérica.

— Parece que han llegado los regalos que van a hacer en la boda y no le

gustan.

— Ya le dijimos que eso había que verlos antes, que no podía guiarse por

lo que veía en internet. Pero no, ella tenía que encargarlos todos sin pedir

uno y verlo antes de hacer el pedido grande. ¿Qué son? ¿Muy feos?

Momo agarró su móvil del bolsillo y buscó en la galería hasta dar con la

foto que Matsumoto les había enviado. Era de un grupo de WhatsApp que habían

creado, pero como Rukia solía tenerlo en silencio y sin notificaciones, solo

cuando se metía veía que había mensajes nuevos.

En la imagen aparecía una figurita de una pareja. En un principio les

había parecido muy bonita, pero Rukia discrepaba en hacer el pedido completo

sin antes tener una muestra y ver si se correspondía con lo que se mostraba

en internet.

Cuando miró un poco más de cerca sus ojos se ensancharon y Rukia se

carcajeó haciendo que el espaldar del sillón se echara hacia atrás.

— Pues eso, que dice que ella no está embarazada y no piensa regalar una

figurita de unos recién casados con la mujer embarazada.

— ¿Los puede devolver? —preguntó Rukia secándose las lágrimas de los ojos.

— Sí, creo que sí. Pero hay que buscar otros recordatorios. Hemos quedado

a comer hoy... —la informó.

— Sabes que no reviso el grupo mientras trabajo, Momo —contestó Rukia

recordándole que cuando entraba a trabajar, se abstraía de todo lo demás.

— Lo sé, lo sé. Pero he revisado tu agenda, que al fin y al cabo es la mía,

y esta tarde la tenemos libre. No hay citas, el papeleo ya está listo y...

bueno, salvo que tú tengas una cita.

— No, no había quedado —comentó ella recordando que había pensado enllamar

a los inspectores al mediodía para tener una charla con ellos acerca de su

plan—. Está bien, ¿dónde habéis quedado?

— En Da Ernesto —respondió Momo sonriente.

También Rukia sonrió. Esa pizzería era una de las mejores y no solo

ofrecía pizzas, había en su carta muchos más platos italianos que tenían una

gran calidad.

— ¿Hora? —preguntó entonces, haciéndosele la boca agua pensando en lo

que iba a disfrutar de la comida, eso sí, acallando antes a su amiga para que

no diera la lata por algo que podían solucionar después.

— A las tres. Pero si crees que vamos a llegar más tarde llamo y lo

retraso.

— No, a esa hora va bien. Pero entonces, déjame que acabe con esto

cuanto antes.

— Claro. — Momo salió de inmediato del despacho, con el móvil en la

mano, y tecleando en el grupo por lo que pudo atisbar Rukia.

Suspiró y se concentró en los documentos. O eso intentaba ya que, cada

vez que podía, su mente no dejaba de mandarle imágenes de diferentes platos

de la pizzería. Y empezaba a tener hambre.

XXX

— ¡Arggggg! ¡Esto es desesperante! —gritó Ichigo en medio de la comisaría.

Todos en el cuerpo lo miraron, incluidos otros que estaban allí de paso.

Se había sujetado la cabeza con las manos y tirado una carpeta el suelo.

— Ichigo, cálmate —le pidió Kaien agachándose a recoger los papeles—.Fue

hasta su despacho y se sentó. Llevaban toda la mañana releyendo los informes

y los casos abiertos de desapariciones de mujeres. Esto es así.

— Esto es así... ¡Y una mierda! —Se levantó y fue hasta la mesa de Kaien

—. Con otros casos no hemos tenido ni la mitad de problemas que con este.

¿Será posible que Aizen vaya a salirse con la suya siempre?

Ichigo estaba muy cabreado. Esa misma mañana habían llegado a la

comisaría y su capitán les había informado del hallazgo de un cadáver. El

cuarto. Una mujer que presentaba heridas de arma blanca, quemaduras y que

había sido sometida a vejaciones y relaciones sexuales no consentidas. Lo

peor de todo es que la habían identificado como una de las mujeres que, días

atrás, se reflejara en los informes de seguimiento que les pasaban todos los

días.

— Míralo por el lado bueno, ahora podemos interrogarle.

— ¿Y qué? No tenemos nada. Lo único que sabemos es que entró y salió

después con dos hombres. Si hay alguna culpa, se la echará a sus hombres y no

hay pruebas para detenerle a él —contestó conteniéndose—. Kaien, ¿cómo

podéis estar tan tranquilos con un hijo de puta como él libre?

— Pues teniendo paciencia —contestó él posando su mano en el hombro

—. Con tipos así solo hay que esperar a que den un paso en falso.

— ¿Y mientras qué? ¿Seguir poniéndote delante de los familiares y

dándoles tus condolencias porque un cabrón ha matado a su hija? ¿Poniendo

cara de circunstancia?

— Ichigo, sé que no te gusta que hagan daño a las mujeres, pero no podemos

hacer nada, tú lo sabes mejor que yo.

— Lo sé... —agregó derrotado. Pero no significaba que le molestara menos.

Había visto cómo los padres de esa chica, de apenas veinte años, habían acudido

a la oficina esperanzados porque la hubieran encontrado con vida. Y se habían

encontrado con los peores temores hechos realidad. Y él estaba ahí, aguantando

el tipo, dejando que el padre se desahogara y les dijera de todo por no haber protegido a

su pequeña, por no haberla liberado antes. Él mismo se condenaba por

ello, másporque sabía quién era el causante de tanto mal.

— No entiendo cómo la ciudad no se manifiesta contra él. ¿De verdad que

puede vivir tranquilo?

— Yo no he dicho que sea así —comentó Kaien—. Hubo un tiempo,

cuando se asentó, que muchos pusieron el grito en el cielo. Pero hablamos de

un pez gordo, Ichigo. Tiene dinero suficiente para comprar su tranquilidad y

los demás han aprendido a no meterse con él o a salir malparados.

Ichigo apretó las manos en puños haciendo que las uñas se le clavaran en

las palmas. Necesitaba sentir el dolor para aliviar la frustración que tenía en

esos momentos.

— Oye —llamó su compañero—. ¿Por qué no te das una vuelta? No creo que sirvas

de mucho en tu estado.

— Como si tú estuvieras mejor —le acusó Ichigo. Señaló la mesa y Kaien

miró. Había una caja de clips abierta, donde quedaban pocos. Sin embargo,

alrededor de la misma, estaban los que faltaban, doblados, o incluso rotos.

Kaien tenía uno en sus manos que estaba retorciendo sin darse cuenta—. El

jefe te va a llamar asesino de clips.

— Qué gracioso... —comentó él recogiendo los clips y echándolos a la

basura, ya inservibles—. Pienso en mis hijos y en lo que tienen como "vecino"

en la ciudad y... te juro que si esto sigue así, alguno de esta ciudad se tomará

la justicia por su mano.

— No me extrañaría. El problema es llegar hasta él. Si no fuera tan difícil,

yo mismo habría alentado a más de uno —murmuró mirando hacia el exterior

de la comisaría.

Kaien lo miró con cara de sorpresa, pero pronto cambió de parecer.

También él lo había considerado en varias ocasiones.

— ¿Qué tal si le hacemos una visita? Habrá que darle la noticia a Aizen,

¿no? —propuso Kaien.

— De acuerdo. Y de paso apretarle las tuercas. Quizá tengamos suerte y

nos da motivos para hacer que pase una noche encerrado.

— Con eso me conformo ahora mismo —convino Kaien.

XXX

— ¿Y este? —señaló Rukia.

El grupo se volvió hacia ella y pusieron mala cara. Vale, estaba claro que

no opinaba lo mismo que ellas. Pero empezaba a perder la paciencia. Dos

horas de ver figuritas de recién casados era su límite. Por eso se había

fijado en esa figura de una mujer vestida de novia con un corpiño blanco y

unos pantalones de igual color, botas altas y una cadena que llevaba hasta

el marido, a cuatro patas y al lado de ella. Muy ella.

— Venga, Rukia, échanos una mano —le pidió Nanao.

— ¿A dónde? —sonó jocosa—. Llevamos dos horas viendo figuritas. Me van a salir

por las orejas.

— Si es que Matsumoto no se decide —intervino Momo—. Cuando da con una

idea y encontramos la figura ideal, no le gusta.

— ¡Por eso me gustaba la de internet! ¡Y ahora no puedo usarla! —

exclamó Matsumoto.

— Bueno, siempre te puedes quedar preñada antes de la boda y anunciarlo

allí mismo.

Nanao y Momo se echaron a reír con Rukia mientras Rangiku las fulminaba

con la mirada.

— Muy graciosas —se quejó—. Ya los he devuelto. Esta mañana envié el

paquete —anunció para que no siguieran por ese camino.

— Qué pena —se lamentó Nanao—. Mira que si al final vas encinta a la iglesia...

— Uy, uy, ¿no habíamos quedado en que se iban a mantener puros hasta la

boda? —Quiso saber Momo.

— ¡Cállate, Nanao! —gritó Matsumoto enrojeciendo

— A ver, ¿nos centramos? Que yo tengo cosas que hacer...

— ¿Qué cosas? —preguntó Matsumoto.

— Cosas —contestó Rukia.

— ¿Tienen que ver con el buenorro del otro día? —lanzó Momo. Al ver que

Rukia no entendía, añadió—: el que casi derriba la puerta para hablar contigo.

— ¿Cómo? ¡Cuenta, cuenta! —saltó Nanao.

— Pues eso. Que el otro día se presentó en la empresa un tío

impresionante. Estaba cuadrado y tenía un cuerpo de infarto. Le dije que Rukia

no estaba porque había pasado mala noche y le recomendé que se echara un

rato en el despacho pero no había forma de que se fuera. ¡Estaba duro como

una roca! Le toqué el pecho y os puedo decir que se me fue el aliento al

sentirlo. »Los ruidos alertaron a Rukia y salió a ver qué pasaba. Y cuando lo

vio, lo hizo entrar allí. No sé más, pero tardaron bastante...

Las tres la miraron como tigresas que esperan para cazar a su presa. Pero

ni siquiera con esas miradas amilanaron a Rukia. Simplemente torció sus labios

en una sonrisa ladina.

— No esperéis que os diga nada.

— Jo, venga, Rukia. ¿Quién es? —insistió Matsumoto—. ¿No me digas que

vas a venir acompañada a la boda?

— Quién sabe... —Dejó caer. Habían tenido la precaución de contratar un

tanto por ciento más de cubiertos por si alguien se presentaba con

acompañante, incluidas ellas tres, ya que Momo había comenzado a salir con

un chico.

— ¡Ayyyyyy! ¡Esa, esa! —gritó Matsumoto corriendo hacia Rukia quien la

miró horrorizada. Se apartó de inmediato y vio que seguía hasta una estantería.

En ella había una figurita de una pareja. El hombre la abrazaba por detrás y

ella giraba el cuello para darle un beso en la mejilla—. ¡Esta! —La cogió y se

la enseñó a las demás.

— Por fin... —masculló Rukia. Ahora solo quedaba ver si la tienda era

capaz de traerles el número que necesitaban de esas figuritas y que las

grabaran con los nombres de los novios y la fecha de su casamiento.

Rukia se sentó en un sofá que había en la tienda mientras las otras discutían

con la encargada el tema de las figuritas. Sacó su móvil y observó una tarjeta

que sobresalía. La sacó y leyó el contenido. Entonces marcó.

XXX

— ¿Está seguro, Aizen? —preguntó Kaien—. Porque el último sitio en el

que sitúan a la mujer es su casa.

— Y salió de ella. Creo que hay grabaciones de ello, ¿o acaso la policía

tiene que reutilizar las cintas por falta de fondos? —respondió Aizen.

Estaban en la casa de Aizen. Les había abierto la puerta y se encontraban

en el salón. Aizen se había sentado en un sofá blanco ocupado única y

exclusivamente por él. En cambio, Kaien había elegido un sillón de cuero

oscuro que había a un lado e Ichigo se paseaba por toda la sala.

Se notaba que era un hombre de dinero. Los muebles, y sobre todo la

decoración, exudaba por todos los rincones el poder, el estatus social al que

se había aficionado Aizen. Había cuadros de pintores famosos, algunas

esculturas en las estanterías de los muebles. También había libros antiguos, y

otros muy nuevos, como si nunca se hubieran utilizado, pero con un acabado en

oro o plata que era por lo que destacaban.

El suelo era de mármol que casaba a la perfección con la pintura de las

paredes y la decoración en el techo, hecha con madera. El salón daba acceso no

solo a la salida, sino también a otro pasillo, en ese momento franqueado por

dos de los hombres de Aizen, y al exterior, a través de una puerta donde se

podía ver un jardín y una piscina. El ruido de fuera les dijo pronto que había

mujeres bañándose y divirtiéndose allí.

Llevaban una hora allí intentando sonsacarle algo de información, o algún

desliz, del que pudieran tirar para forzar la conversación.

— ¿Para qué vino? —preguntó Ichigo sin mirar a Aizen.

— Ya se lo he dicho. Vino aquí porque nos conocimos y la invité a tomar

un café.

— ¿Y de qué hablaron? —intervino Kaien.

— Me parece, señores, que se están repitiendo. ¿No me lo han preguntado

hace un rato?

El teléfono de Kaien comenzó a sonar. Lo cogió y miró el número.

Entonces se lo pasó a Ichigo que lo atrapó al vuelo.

— Contesta tú. Señor Aizen, una mujer ha aparecido muerta en la

ciudad y la última persona que la vio con vida fue usted, perdóneme si

quiero hacer bien mi trabajo —le respondió a Aizen.

— Entonces debería ser más específico —rebatió Aizen—. Porque la

última persona en verla no fui yo, sino su asesino.

— ¿Y no son la misma cosa?

— Cuidado, Shiba. Cualquiera diría que me estás acusando de algo... —

dijo con mordacidad.

Ichigo se retiró al pasillo por el que habían accedido al salón. También

allí, en cada una de las habitaciones, había uno o dos hombres haciendo

guardia. Incluso en las escaleras que conducían hacia la parte superior.

— Teléfono del inspector Shiba —contestó acallando el tono de llamada

predeterminado que tenía su compañero. Tendría que hablar seriamente con él

para que lo cambiara por algo más personalizado.

— ¿Hola? ¿No está el inspector Shiba? Esa voz le resultaba muy familiar,

tanto que su cuerpo sintió un cosquilleo que lo pilló desprevenido. Soltó

todo el aire de su cuerpo, sin que le importara que la otra persona lo oyera.

— Sí, en estos momentos no puede ponerse. ¿De parte?

— ¿Ichigo? —Al escuchar su nombre la imagen de Rukia se hizo clara en su mente.

— ¿Necesita algo, señorita? —preguntó sin querer nombrarla en un lugar

como ese.

También Rukia notó que algo pasaba.

— Creo que están en un lugar donde no pueden hablar libremente... —

conjeturó ella.

— Sí, así es —contestó él sin querer darle más información, a sabiendas

que lo escuchaban.

— Me gustaría que nos viéramos. Tengo algo que puede servirles.

Ichigo pensó en la relación de Rukia con Aizen e instintivamente miró

hacia el salón. Las miradas de Aizen y él chocaron. Fue Kaien el que tuvo

que girarse para ver cómo su compañero parecía tener una batalla con el

anfitrión de la casa.

— Ichigo... —Escuchó que lo llamaban—. ¿Va todo bien?

— Sí, lo siento. Kaien la llamará en un rato.

— No, sería esperar demasiado... —contestó. Ichigo aguantó la risa. ¿Tan

poco aguantaba la espera esa mujer? —. Les espero mañana por la tarde en mi

casa. A las ocho.

No le dio tiempo a decirle nada más, colgó no sin antes escuchar gritos de

mujeres a su alrededor que hicieron que arrugara la nariz. ¿Con quién estaba?

— ¿A quién has llamado? —chilló Matsumoto cuando, al volverse, vio a

Rukia hablando por teléfono y quedando para el día siguiente.

— A nadie. Un asunto del trabajo.

— ¿Del trabajo? —Se metió Momo—. No teníamos que concertar ninguna

cita. Y di la orden de que no molestaran esta tarde. —Una bombilla se

encendió en su cabeza—. ¿¡El tío bueno!?

Rukia puso los ojos en blanco. Se levantó del sofá y dejó que sus amigas

empezaran a cuchichear. Salió de la tienda seguida por ellas. Iba a ser una

tarde muy larga.