14
SAKURA
Cuando desperté a la mañana siguiente, todavía me dolía el culo.
Tenía las nalgas rojas e irritadas, en carne viva por el mordisco de su cinturón de cuero. La crema que me había puesto había calmado el dolor, pero sabía que las marcas seguían allí sin necesidad de comprobarlo. Abrí los ojos y me di la vuelta, esperando verlo a mi lado.
Pero él no estaba allí.
A veces se levantaba temprano y hacía ejercicio antes de ducharse y reunirse con su cuadrilla. Su horario nunca era algo concreto, así que yo no tenía idea de lo que hacía. Y tampoco me lo habría dicho si le hubiese preguntado.
Aparté las sábanas de una patada y miré por la ventana, viendo como el sol matutino salpicaba el castillo. El lugar parecía sacado de un cuento de hadas... a pesar de que no se sentía como tal.
Como si supiese que estaba despierta, Sasuke entró en aquel momento.
–Bien. Estás despierta.
―Espero que eso quiera decir que has traído el desayuno.
No rió entre dientes como acostumbraba a hacer, y eso me dijo que estaba de particularmente mal humor a pesar de la acción que tuvimos anoche. No me molesté en sentirme avergonzada; me gustaron las cosas que me había hecho. Era estúpido seguir luchando contra ello... y mentir sobre ello también.
―Vístete y baja. Podrás desayunar después.
―¿Se trata de la sorpresa de la que me hablaste?
―Sí. ―Cogió un par de pantalones y una camiseta del armario y las tiró sobre la cama―. Pero posiblemente no tengas ganas de desayunar después.
Eso no sonó bien.
Se aproximó a la cama y me cogió de la barbilla, dirigiendo mi mirada hacia él a pesar de que ya tenía toda mi atención
―Tienes quince minutos. Si no estás en la salita para entonces, te arrastraré hasta allí yo mismo... del pelo. ―Me soltó, aún con fiereza en la mirada.
Quise volver a huir. Lo que estuviese esperándome abajo seguramente era cruel.
―¿De cuerdo?
―Sí ―contesté de inmediato, odiándome por ello.
―Sí, señor. ―Me había ordenado llamarlo así en contables ocasiones, pero no podía hacerlo.
Y seguía sin poder. No podía doblegarme a ningún hombre. No podía arrodillarme. No podía rendirme; así no. Puede que me abofetee o algo peor, pero seguía sin poder someterme a su voluntad. Aquella era una parte innata de mí: ser desafiante cada vez que pudiese. Él necesitaba control, pero yo también. Éramos dos caras de la misma moneda.
―He dicho que sí.
Sus ojos negros se entrecerraron de irritación, pero no me amenazó con un castigo. De repente, una sonrisa apareció en sus labios, siniestra y terrorífica. Se apartó y metió las manos en los bolsillos, pareciendo complacido con nuestro intercambio.
¿Qué me estaba perdiendo?
Se marchó, con la cruel sonrisa aún en sus labios.
―Quince minutos, monada.
.
.
.
Tras vestirme, bajé la escalinata y entré a la salita con dudas. No estaba segura de lo que encontraría allí, pero fuera lo que fuera, no podía evitarlo. Puse un pie dentro y vi a algunos hombres de espaldas al fuego de la chimenea, disfrutando de un trago y de la compañía del otro. Los demás están diseminadas por la sala, fumando puros y bebiendo escocés. Encontré a Sasuke en el centro, sentado en un enorme sillón rojo que estaba hecho para un rey.
Karin se inclinó sobre un hombre que había en el suelo, limpiándole algo del cuello con una toalla.
Fue entonces cuando noté el charco de sangre en el suelo de madera... y la identidad del hombre que sangraba.
―¿Dei? ―Contuve un grito mientras corría a su lado, reconociendo a mi hermano de inmediato. Su cabello era mucho más largo que la última vez que lo había visto y parecía pálido como si no hubiese visto la luz del día en semanas―. ¿Qué le estás haciendo?
Karin tenía un cuchillo e hilo de sutura en las manos, obviamente terminando algo en él.
Ésta ignoró mi pregunta como si no fuese lo bastante importante para contestarla.
Yo exploté. La cogí de la muñeca y la tiré al suelo. Luego me subí encima y le enterré el puño en la cara.
―¡No toques a mi hermano! ―Volví a levantar el puño para golpearla nuevamente cuando me quitaron de encima.
Para mi molestia, Sasuke se arrodilló junto a ella y examinó su rostro con preocupación.
―¿Está bien? ―Notó que tenía el labio ensangrentado y sacó un pañuelo.
Mantuvo su voz baja y su interacción discreta.
Ahora sí que odiaba a Sasuke.
―Estoy bien. ―Karin lo apartó y se puso de pie―. La furcia golpea como una nena.
―¿Ah, sí? ―Me solté de los hombres―. Pues vamos a intentarlo otra vez.
Sasuke levantó una mano para silenciarme.
―Ya basta.
Volví a ponerme de rodillas y cogí el rostro de Dei con ambas manos.
–Dei, soy yo. ―Le di golpecitos en el pecho, intentando llamar su atención. Estaba aturdido y confuso, como si acabase de despertar de la anestesia.
–¿Sakura?
―Sí, soy yo ―dije aliviada―. ¿Estás bien?
―Yo... ―Intentó incorporarse, pero estaba demasiado débil.
Los pies de Sasuke aparecieron al otro lado de su cuerpo, sus zapatos eran brillantes y sus pantalones de vestir limpios.
―Está desorientado. Lo hemos operado de emergencia.
―¿Qué tipo de operación era esa? ―Levanté la mirada, el odio latía en mis oídos.
Sacó un pequeño artilugio negro antes de arrodillarse para estar a mi mismo nivel.
―Deidara ha intentado jugármela otra vez. Le avisé que no lo hiciera, pero igual que su hermana, nunca escucha. Así que también tengo que castigarlo a él.
―A lo mejor si dejases de intentar controlar a todo el mundo, esto no pasaría ―siseé.
Sasuke ignoró el comentario.
―Soy misericordioso, así que quise darte la oportunidad de despedirte. He insertado un EMP en la parte inferior de su cerebro. En cuanto pulse este botón, tendrá una aneurisma que le causará la muerte.
Mis manos empezaron a temblar cuando me di cuenta de que estaba a segundos de perder a mi hermano.
―Te daré el dinero, ¿vale? ―Me aferré automáticamente al pecho de mi hermano―. Déjalo en paz.
―No se trata del dinero. ―Sasuke jugueteó con el mando que tenía en la mano, acariciando la suave carcasa con los dedos―. Y lo sabes.
―Sólo... por favor. ―No sabía que más decir. No podía razonar con aquel hombre; era demasiado cruel, demasiado malvado.
―No te preocupes ―dijo―. No voy a pulsar el botón. Es Deidara el que lo hará.
―¿Qué?
―Sí. Porque si no se suicida... ―Sasuke estiró una mano a su espalda y sacó una pistola cargada. La preparó para disparar antes de apuntar el cañón entre mis ojos―. Te mataré a ti. Así que tiene que elegir: o él o tú.
Lo había subestimado por completo. Estaba psicótico, loco.
–No puedes hacer esto...
―Puedo y lo haré. ―Le dio un empujón a Deidara en el costado―. ¿Lo has oído? Tienes que elegir.
―Está completamente ido ―espeté―. No puede tomar una decisión así.
―Pues tendrá que hacerlo. ―Sasuke miró a mi hermano―. Elige.
Deidara abrió los ojos y miró fijamente la pistola que apuntaba directamente a mi cara. Luego le echó un vistazo al localizador.
Ya sabía lo que iba a elegir.
―¿Qué va a ser? ―presionó Sasuke―. ¿Tu hermana o tú?
Deidara levantó una mano temblorosa.
―Dámelo... ―Se aclaró la garganta e intentó sentarse, queriendo parecer fuerte.
Sasuke sonrió antes de entregar el rastreador.
―Tú presiona el botón y terminará todo inmediatamente. ―Me encaró, la pistola seguía apuntándome―. Ver a tu hermano acabar con su propia vida debería ser castigo suficiente para los dos.
Me puse roja de lo enfadada que estaba. Había dejado que aquel hombre me tocase, me besase, y era peor que el mismísimo diablo. Cada día era peor que el anterior, y ahora iba a perder la única familia que me quedaba.
―Sasuke, por favor. Haré lo que sea.
―No hay nada que puedas ofrecerme ―dijo fríamente. Su agarre sobre la pistola no flaqueó―. Pulsa el botón, Deidara. El resto de nosotros tienen vidas que vivir.
―No. ―Le cogí la muñeca a Deidara y lo forcé a bajar la mano―. Sasuke, tiene que haber algo que quieras. Te daré cualquier cosa. Deja ir a mi hermano. Ya te has vengado suficiente.
―Lo único que quiero es algo que has demostrado no poder dar. ―Presionó el cañón contra la piel de mi frente.
No tenía ni idea de qué estaba hablando.
―¿Qué?
―Obediencia. Obediencia absoluta.
Aquello era algo que jamás podría entregarle a nadie... hasta aquel momento.
―¿Quieres que te obedezca? Si hago lo que me digas, ¿lo dejarás vivir? ―Si aquel era el caso, estaba pidiendo mucho. Mi cuerpo y mi mente ya no serían míos. Tendría que ladrar a su orden, como un perro.
―La única forma de que deje ir a este imbécil es que aceptes entregarme tu devoción absoluta. Cuando te diga que hagas algo, lo haces. Sin preguntas. Eres mi esclava, mi propiedad. Tu propósito es obedecerme, escuchar con atención cada palabra que diga. Cuando te diga que te sientes, te sientas. Cuando te diga que me chupes la polla, me la chupas y lo disfrutas. Es un precio demasiado alto para ti. Te conozco, Sakura. No podrías soportarlo.
No, no podría. Pero lo haría para salvar a la única familia que me quedaba.
―Lo haré, Sasuke. Lo que tú quieras. ―Dejaría que me rompiese, que me controlase exactamente como quería. Si quería follarme, podría hacerlo.
Sasuke al fin bajó la pistola, ladeando la cabeza.
―No creo que lo entiendas, Sakura. Seguiré teniendo el localizador. En cuanto no me complazcas, pulsará ese botón. Te ordenaré hacer cosas que despreciar... y actuar como si lo disfrutases. He permitido que te salieses con la tuya en muchas cosas desde que llegaste a mi posesión, pero todas esas libertades desaparecerán. Todo será diferente.
Sí entendía la crueldad que ello implicaba. Entendía que tendría que sellar mi mente y obedecer todas sus órdenes. Cumplir las órdenes de alguien iba en contra de todas mis creencias. Pero tenía que hacer lo correcto por mi hermano; tenía que salvarlo. Con el tiempo averiguaría la forma de salvarme. Y cuando lo hiciese, me encontraría libre. El encierro era sólo temporal. Podía hacerlo.
Sasuke siguió observándome con sus ojos negros, la pistola seguía elevada.
―¿Estás segura de poder soportarlo?
Asentí.
―Déjalo ir.
Por fin bajó la pistola del todo.
―Tienes más agallas de lo que pensaba. ―Se puso de pie y le hizo un gesto a sus hombres―. Sacadlo de aquí.
Los hombres se acercaron a Deidara y lo cogieron de los brazos. Tenía el cuerpo lacio porque todavía estaba atontado, incapaz de pensar o hablar.
―¿A dónde lo llevas? ―exigí saber.
―A un lugar seguro. ―Sasuke metió la pistola en la parte de atrás de la cinturilla de su pantalón.
Se llevaron a Deidara de la salita y salieron por la puerta principal del castillo. Yo seguía aterrada por su seguridad, insegura de si estaría realmente bien.
―¿Y cómo sé que no vas a matarlo sin más?
Sasuke se me acercó, su cara se acercó a la mía. Puso una mano en mi mejilla, con el pulgar acarició la piel. Era cuidadoso conmigo a pesar de haberse comportado tan inhumano hacía sólo un momento.
―Soy un hombre de palabra, monada. Si digo que está a salvo, lo está.
Por alguna razón estúpida, le creí.
―¿Dónde?
―Lo dejarán en un hotel. Cuando despierte, podrá llamar a su gente.
Cerré los ojos del alivio, necesitando saber que mi hermano estaría bien. No lo había visto tan a menudo como me habría gustado en años anteriores, pero seguíamos siendo cercanos. Cuando murieron nuestros padres, dejamos de ser hermanos que se peleaban y nos convertimos en una familia. Él era la única persona por lo que haría cualquier cosa sin dudarlo.
―Para que esto funcione, lo necesito con vida. ―Sasuke continuó tranquilizándome a pesar de que no había exteriorizado mis dudas―. Quiero que sepa que eres mi prisionera, que te sacrificas para que él viva. Todos me temerán más de lo que ya lo hacen.
Aquello era todo lo que le importaba. El dinero era irrelevante; lo que deseaba era poder absoluto.
Apartó la mano de mi mejilla y su mirada se tornó fría. Sus emociones cambiaron dramáticamente, de un extremo al otro. Su respiración se aceleró igual que cuando me azotó el trasero hasta dejarlo rojo.
―Ve a mis aposentos, arréglate y arrodíllate en el suelo. Espérame.
Extendió su primera orden y yo tenía que obedecer. Si no lo hacía, todo lo que tendría que hacer sería pulsar el botoncito y mi hermano estaría muerto. Me atravesó un escalofrío de rechazo, pero mantuve la boca cerrada. Me observó atentamente, esperando ver mi respuesta. Me desprecié a mí misma por cooperar, pero tenía que hacerlo. Tenía que entregarle a aquel rey lo que quería.
―Sí.
Su mano se movió hacia mi cuello, rodeándole cuidadosamente con los dedos. Acercó su rostro al mío, sus labios a meros centímetros. Miró fijamente mi boca.
―Sí, señor.
El asco me atravesó como un rayo. Mi cuerpo se retorció internamente y ardió de angustia. Tenía que rendirme a él, entregar mi respeto por mí misma y mi perseverancia. A pesar de las circunstancias, seguía juzgándome a mí misma por cooperar. Me negaba a permitir que un hombre me mandase, pero ahora tenía que olvidar mis principios... para sobrevivir.
–Sí. . . señor.
