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CAPÍTULO 10

CANDY pasó la tarde visitando a su familia y a sus amistades, poniéndose al día de todas las noticias y acontecimientos que se había perdido durante los últimos meses. Anna había tenido un niño al que habían puesto por nombre Graham. Susannah se había casado con su prometido y ahora le parecía que podía estar esperando un bebé. Martha se había encargado de administrar la destilería de cerveza del pueblo mientras se consumía de preocupación por Candy y Jimmy.

Y Dermot había estado enamorado tres veces durante los últimos dos meses, o al menos eso fue lo que le dijo Martha. Candy quería preguntarle a su hermano acerca de ello, pero se encontró con serias dificultades para hacerlo, dado que él no quería acercársele debido a la ira irracional que sentía hacia Sin.

Aun así, era bueno volver a verlos a todos. Hasta a Dermot, que realmente se comportaba como si fuese un felpudo erizado de pinchos y estuviera dispuesto a herirle los pies en cuanto se le acercara lo suficiente.

Afortunadamente su tía Mary Jane, a la que planeaban visitar cuando fueron atrapados por Enrique, se había curado y ya estaba muy recuperada de su caída.

Todos se mostraron encantados ante la nueva de que Candy había contraído matrimonio hasta que supieron que Sin era un lord inglés. Entonces, uno por uno, Candy vio cómo sus rostros se oscurecían y sus ojos se llenaban de un aborrecimiento que iba acompañado por una hosca advertencia.

Eso la dejó muy deprimida. La cosa no iba a ser fácil. Martha fue la única que se molestó en tratar de sentirse feliz por ella.

Ahora estaba sentada a solas con Martha, amasando pan en la cocina mientras se ponían al día de todo lo sucedido durante las semanas que Candy había pasado en Londres.

Martha la miraba con dulzura mientras trabajaban y sus ojos estaban llenos de comprensión.

—Ya sé que es duro, cariño, pero lo que piensen los demás carece de importancia. Lo que realmente importa es lo que penséis tú y Sin.

—¿Por qué eres la única que puede aceptar a Sin?

Martha sonrió mientras se enharinaba las manos. Su larga melena oscura estaba recogida en una hermosa corona alrededor de su cabeza y llevaba un plaid verde y rojo encima de su falda.

—Porque ya he estado en sus zapatos. Cuando tu padre me conoció, enseguida supe que nunca querría a otro hombre del modo en que lo quería a él. En mi mundo no había nada más que él y deseaba tanto ser suya que mi corazón lloraba constantemente por miedo a que él no quisiera tener nada que ver conmigo.

—Mi padre te amaba.

—Sí, me amaba. Pero era un gran jefe de clan que tenía casi dos veces mi edad, y yo no era más que la hija de un pastor. Hubo personas como Tomer que hicieron todo lo posible para mantenerlo alejado de mí.

Candy se quedó bastante sorprendida. No recordaba ni una sola ocasión en la que Tom no se hubiera mostrado respetuoso y amable con Martha. De hecho, recordaba que él la había acogido en la familia con los brazos abiertos.

—¿Tomer?

—Sí, él pensaba que yo sólo andaba detrás del dinero y la posición de tu padre y que éste cometía una estupidez al correr detrás de una chica que apenas había dejado de ser una niña.

Hizo todo lo que pudo para mantenernos separados. Y había otros que pensaban que un viudo de una mujer de sangre real no tenía que perder el tiempo con alguien como yo.

Candy no pudo reprimir un bufido de indignación ante semejante muestra de soberbia aristocrática. ¿Cómo se habían atrevido a decir tales cosas de alguien tan bueno y lleno de amor como su adorada Martha?

Martha le pasó un molde para su pan.

—Ni siquiera una joyita que llevaba por nombre Candice quería verme rondando por ahí.

Candy se sonrojó al acordarse del primer año que Martha había vivido con ellos. Cierto, al principio ella no se portó nada bien con Martha. Pero, después de todo, estaba muy triste porque creía que su padre se había olvidado de ella y de su madre. La aterraba pensar que pudiese querer más a Martha y decidiera enviar a su hija al bosque para que se las arreglara allí sola.

Sus temores no podían ser más estúpidos, pero a sus años le habían parecido muy fundados. Afortunadamente, Martha tenía la fortaleza y la paciencia de una santa y había terminado por ganarse a la niña.

—Siento haberlo hecho.

Martha le palmeó la mano.

—No lo sientas. Me alegro de que al final terminara cayéndote bien.

—Te quiero mucho, Martha. No podría quererte más si fueras mi madre.

Martha la abrazó afectuosamente.

—Yo siento lo mismo por ti.

Candy le apretó la mano a su madrastra cuando ésta se separó de ella.

—Y me alegro de que te quedaras, pero temo que Sin no lo hará. Las responsabilidades que tiene en Inglaterra terminarán llevándoselo de aquí.

—¿Quieres que se quede?

—Sí, por alguna razón quiero que se quede.

Martha la escrutó con la mirada.

—¿Por qué razón?

Candy centró su atención en el pan al que estaba dando forma. Imágenes de Sin cruzaron su mente en un rápido torbellino. Su bondad para con Jimmy, su terquedad cuando estaba con Stear. Recordó cómo se había sentido entre sus brazos, cuando él la estrechaba contra su pecho. La sensación de sus duros músculos bajo sus manos.

Sus labios sobre los de ella.

Por encima de todo, recordó el modo en que la había mirado la primera vez que ella fue amable con él y la incredulidad que había visto en sus ojos.

—Me parece que Sin es un hombre bueno que necesita que alguien lo quiera.

Martha fue a poner los panes en el horno.

—Bien, pues yo haré todo lo que pueda para ayudarte. Si es necesario, llegaré a coger una vara para aplicarla al trasero de Tomer.

Eso hizo reír a Candy. Le encantaría presenciar semejante acontecimiento.

Se excusó, metió sus panes en el horno, se limpió las manos y luego salió a la gran sala, donde estaba ubicada la despensa. Se acordaba de que a Sin le había gustado mucho el pan con miel que compró para Jimmy en Londres y quería sorprenderlo sirviéndole un poco aquella noche.

Entró en la sala y se detuvo.

Para su consternación, vio allí a Tom rodeado por un grupo de hombres. Al menos eran una veintena. Hablaban en voz baja y sus palabras la alarmaron.

—No queremos a ningún demonio inglés entre nosotros. Yo digo que se lo devolvamos a su rey cortado en mil pedazos.

Candy lo vio todo rojo.

—¡David MacDamel! —exclamó, cruzando la sala a grandes zancadas para detenerse ante el hombretón de cabellos castaños que acababa de pronunciar aquellas palabras.

MacDaniel tenía la misma estatura que ella y llevaba un plaid rojo y negro. Era bastante apuesto, pero Callie lo encontraba demasiado altanero para su gusto. A ella eso no la afectaba, pero compadecía a su pobre esposa por tener que tratar con aquel hombre terco como una mula.

Candy se puso las manos en las caderas y lo increpó con la mirada. —No puedo creer que hayas dicho una cosa semejante refiriéndote a mi esposo.

Él se negó a retirar sus palabras.

—¿Por qué? Es la verdad. Si ahora tenemos aquí a un sassenach, entonces enviarán más. ¿Cuánto tiempo crees que tendrá que transcurrir antes de que Enrique nos haya sometido a todos?

—¡Demos un ejemplo con él! Que los ingleses vean lo que hacemos cuando se atreven a…

—¿Por qué no lo hacéis?

El silencio descendió inmediatamente sobre la sala.

Candy se volvió para ver a Sin, que bajaba lentamente por la escalera. Se movía como un peligroso león negro. Sus hombros estaban echados hacia atrás y sus andares irradiaban una letal precisión. Su fria mirada barrió a los hombres con un destello acerado que hizo que varios de ellos tragaran saliva audiblemente.

Dieron un paso atrás, abriéndole camino a Sin hacia el centro del grupo. El aura de poder que lo envolvía hizo estremecerse a Candy.

Volvió a ser consciente de lo poco que aquel mortífero caballero recordaba al hombre tranquilo y jovial que había bromeado con ella en aquel patio de Londres. La capa de guerrero convertía a Sin en todo un espectáculo y sin embargo ella echaba de menos su lado más alegre, aquel que podía hacerla reír y estaba lleno de ternura. Pero ambos lados la hacían temblar de deseo.

Sin midió con una mirada impasible a los hombres que había a su alrededor.

—¿Queréis verme lejos de aquí? Escoged a doce de vuestros mejores guerreros y que se reúnan conmigo ahí fuera dentro de tres minutos. Si gano, todos vosotros haréis lo que os diga… y si ganáis vosotros, me iré a casa.

David resopló.

—¿Por qué clase de imbéciles nos tomas? Ya sabemos que no se puede confiar en la palabra de un inglés.

Una sonrisa malévola danzó burlonamente sobre las comisuras de los labios de Sin mientras iba hacia David y se detenía ante él.

—¿Cómo, teméis no poder vencerme?

Un rugido se elevó de entre los hombres.

—Los que estén dispuestos a intentarlo, que se reúnan conmigo fuera —dijo Sin sin inmutarse antes de salir por la puerta. Candy corrió tras él con el pulso súbitamente acelerado por el temor.

¿Doce hombres contra él? ¡Era ridículo! No saldría vivo de allí.

Candy le agarró del brazo en el escalón que había ante la puerta.

—¿Es que te has vuelto loco? Te harán pedazos.

Un destello de diversión relució en los ojos de Sin mientras alzaba una mano para ponerla en su mejilla.

—No, mon ange. Lo único que conseguirán será hacerse daño.

Dios, lo habría estrangulado.

—¿Es que contigo todo tiene que ser un combate?

Él la miró con expresión acosada bajó la mano de su mejilla, dejándola súbitamente fría sin su calor.

—Es todo lo que sé hacer, Candy. Ahora hazte a un lado.

Candy vio salir a los hombres. El corazón empezó a latirle todavía más fuerte. No quería que Sin hiciera aquello.

—¡Tomer! —le gritó a su tío—. Detenlos.

—No. Él lanzó el reto y me aseguraré de que haga honor a su palabra.

Antes de que ella pudiera seguir protestando, doce hombres arremetieron contra Sin. Candy se persignó y se encogió temerosamente mientras los hombres se abalanzaban sobre su esposo y lo hacían caer al suelo.

Sin rodó sobre sí mismo y se levantó, y cuando el próximo hombre cargó, Sin lo agarró del brazo y lo lanzó por los aires para dejarlo tendido de espaldas en el suelo.

Boquiabierta por el asombro, Candy vio cómo Sin derribaba uno tras otro a los doce hombres. Una y, otra vez. Cada vez que un hombre lo acometía, terminaba encontrándose a los pies de Sin. Su esposo nunca desenvainó un arma y ninguno de los hombres de su clan logró asestarle un solo golpe.

Candy nunca había visto nada semejante.

Aun así los hombres de su clan lucharon, y por cada movimiento que hacían ellos Sin ejecutaba un contra movimiento que terminaba con sus cuerpos en el polvo.

—¡Es un demonio! —masculló Tomer—. Ningún hombre puede luchar de esa manera.

Después de unos minutos, los doce hombres yacían en el suelo, jadeando.

—¿Os dais por vencidos? —preguntó Sin mientras contemplaba a los guerreros caídos del clan de Candy. Ni siquiera respiraba pesadamente. La única señal de la contienda que acababa de librar era el polvo que había en sus ropas—. ¿O continuamos con esto?

Los hombres del clan se incorporaron lentamente y se miraron con expresiones avergonzadas. Candy pudo ver que ninguno de ellos quería admitir la derrota, pero nadie quería atacar otra vez a Sin.

El único de los hombres que volvió a ir hacia él fue Tavish MacTierney. No mucho más bajo que Sin, tenía dos veces la corpulencia de éste y unos brazos muy gruesos y musculosos.

Tavish nunca había sido vencido en un combate anteriormente. Fue hacia Sin con paso lento y tranquilo, se detuvo ante él y le tendió la mano.

—Me llamo Tavish, muchacho. Ha sido un combate justo y no te guardaré ningún rencor. Y me gustaría que algún día me enseñaras cómo lo has hecho.

Sin contempló la mano que se le tendía. Era un gesto que no había esperado.

—Será un placer. —Estrechó la mano del hombre alto, que le recordaba bastante a su hermano William.

Tavish asintió, se sacudió el polvo de las ropas y pasó junto a los otros hombres en dirección a las puertas del castillo.

Los demás fruncieron los labios mientras sus ojos pregonaban el odio que sentían hacia él.

Sin fue directamente hacia Tomer, quien le lanzó una mirada de declarada hostilidad mientras el resto de los hombres se dispersaba. Proferían insultos en gaélico en voz muy baja, pero Sin los oyó y los entendió todos.

Tomer ni siquiera trató de ocultar sus sentimientos. Bien, que así fuese. No necesitaba la ayuda del anciano para dar con el Incursor.

—Bueno, parece que me voy a quedar aquí— le dijo a Tomer, al tiempo que le dirigía una sonrisa fingidamente cordial que en realidad estaba llena de burla.

El anciano lo miró como si Sin acabara de ofrecerle un trozo de excremento.

Candy dejó escapar un suspiro de alivio a pesar de que sabía que las cosas distaban mucho de ir bien. Con el tiempo verían qué clase de hombre era su esposo, y esperaba que entonces aprenderían a tratarlo con un poco más de tolerancia.

Dio un paso adelante, con intención de cogerlo de la mano.

Antes de que pudiera moverse, Sin la agarró sin ningún miramiento, se la puso delante y la mantuvo a raya con los brazos extendidos. La sujetaba con tal fuerza que los brazos de Candy protestaron de manera claramente audible.

Sin se negó a soltarla.

La mirada de Tomer adquirió un brillo homicida.

Un extraño chasquido rasgó el aire y Sin dio un paso adelante, con un súbito opacarse de su mirada, mientras la presa con que la sujetaba se volvía todavía más fuerte. El tic familiar había vuelto a su mandíbula.

Entonces, tan deprisa como la había agarrado, la soltó.

—¿A qué ha venido eso? —preguntó ella mientras se frotaba los brazos allí donde los dedos de él se habían clavado en su carne.

Sin responder, Sin giró sobre sus talones y fue en ese instante cuando Candy vio la flecha que tenía clavada en el hombro izquierdo.

El horror hizo presa en ella y, mientras contemplaba la macabra visión de la flecha, comprendió lo que había hecho Sin. Su esposo había sabido que la flecha venía hacia ellos y la había mantenido inmovilizada para asegurarse de que la flecha lo alcanzaba a él y no a ella.

Su esposo le había salvado la vida.

—Encontrad al que ha hecho esto —les rugió Tomer a los demás antes de que pudieran irse—. ¡Quiero la cabeza del que ha sido lo bastante imbécil para poner en peligro la vida de Candy!

Mientras los hombres corrían por el patio en busca del culpable, Tomer fue hacia ellos.

—¿Te encuentras bien?

—No, me han disparado una flecha-dijo Sin, su tono lleno de sarcasmo. Aparte de su gesto torcido, no parecía haberse dado por enterado de la herida. —Y a decir verdad, estoy muy enfadado. Cuando encuentre al cobarde que ha hecho esto, con mucho gusto os entregaré sus testículos.

Candy padecía por el dolor que tenía que estar sintiendo.

—Debemos llevarte dentro…

Su voz se desvaneció en el silencio cuando Sin se apartó de ella y se encaminó hacia el muro.

Candy intercambió con Tomer un fruncimiento de ceño lleno de perplejidad. ¿Qué estaba haciendo Sin?

Tomer se encogió de hombros como si le estuviera leyendo los pensamientos.

Para el inmenso horror de Candy, Sin llegó hasta el muro y se dejó caer de espaldas sobre él, haciendo que la flecha pasara a través de su cuerpo.

Las lágrimas afluyeron a los ojos de Candy mientras reprimía un grito y veía cómo Sin le arrancaba la punta a la flecha con su mano buena. Luego fue hacia ellos con paso envarado y el rostro muy pálido, y le ofreció la espalda a Tomer.

—Sácala.

Por la cara que puso su tío, Candy supo que nunca había visto nada semejante.

—Santo Dios, hombre, ¿cómo puedes soportar moverte?

—Si ésta fuese la peor herida que he recibido en mi vida, sería realmente muy afortunado. Ahora saca la flecha para que me puedan coser la herida.

Tomer sacudió la cabeza con incredulidad mientras tomaba la flecha en su mano y Candy se mordió el labio, sintiendo el dolor de Sin como si fuera suyo.

La mandíbula de su esposo se tensó.

Candy le cogió instintivamente la mano derecha y puso la izquierda sobre el hombro que no estaba herido. Inclinándose hacia delante contra el brazo de ella, Sin tensó los músculos a la espera de las acciones de Tomer.

Candy le sostuvo la mano derecha entre sus pechos y le acarició los dedos, tratando de darle el mayor consuelo posible.

Sin contempló con el ceño fruncido sus manos unidas, pero no dijo nada. Su mirada sostuvo la de Candy y ella vio el dolor y la ira que ardían dentro de él.

—Gracias —susurró ella—. Pero ojalá te hubieras limitado a decirme que me agachara.

Sus palabras consiguieron que se le alegrara la expresión.

Al menos hasta que Tomer puso una mano en el hombro herido de Sin y luego tiró del astil de madera hasta extraerlo. Sin maldijo ruidosamente mientras trastabillaba hacia adelante.

Candy lo tomó entre los brazos y lo estrechó contra su pecho, deseando que le fuera posible tomar el dolor de su cuerpo y hacer que la herida curara al instante.

Sin no sabía qué decir mientras sentía el sordo palpitar de su hombro. El intenso dolor quedaba eclipsado por la cálida suavidad de los senos de Candy contra su pecho y el delicado aroma femenino a lavanda que emanaba de su pelo. Cerrando los ojos, Sin inhaló aquel olor que lo llenaba de tranquilidad y dejó que el consuelo que le ofrecía Candy tomara posesión de él.

Candy le rodeaba el cuello con el brazo y su manecita permanecía enterrada en sus cabellos mientras lo apretaba contra sus senos. Era la sensación más maravillosa que él hubiera experimentado jamás, y por un momento casi pudo fingir que era su esposo en el verdadero sentido de la palabra.

Sus labios se hallaban muy próximos al delicioso olor de Candy y le habría bastado con volver un poco la cabeza para poder enterrarlos en la curva de su cuello. Pensarlo bastó para que Sin sintiera endurecerse su virilidad. Ni siquiera el dolor de su herida podía disipar el deseo que sentía por ella.

—Encontraré al que ha hecho esto y lo castigaré —le susurró ella, dando un paso atrás para alzar la mirada hacia él. La sinceridad de aquellos ojos verdes lo sorprendió. Sin la contempló con asombro y anheló que le fuera posible mostrarle lo mucho que aquellas palabras significaban para él—. No consentiré que te hagan daño.

Él no supo cómo responder a eso.

—Sólo es una herida superficial —dijo quitándole importancia.

— Podría haberte matado.

—Lástima que no lo haya hecho. —Las palabras apenas audibles de Tomer lo atravesaron por dentro, apagando su lujuria al instante.

No, entre él y Candy nunca podría haber más que fantasías imposibles de realizar. El pensamiento lo hirió mucho más profundamente de lo que hubiese esperado.

Ignorando el comentario de su tío, Candy cogió de la mano a Sin y lo llevó al interior del castillo.

Estaban subiendo por las escaleras cuando vieron bajar a Archie.

Archie los saludó con un movimiento de la cabeza, pasó junto a ellos y luego volvió sobre sus pasos para detenerlos.

—¿Estás sangrando? —preguntó, señalando el desgarrón en la sobreveste de Sin.

—Eso parece —respondió Sin sarcásticamente

—Santo Dios, ¿qué ha pasado?

Sin se encogió de hombros.

—Aparentemente alguien no quiere verme aquí. Sin duda tampoco te quiere a ti, así que mantén los ojos bien abiertos, hermanito. Lo último que deseo es tener que decirle a Stear que has muerto.

—No temas. Lo último que deseo yo es que tengas que decirle que he muerto. —Archie hizo una pausa y volvió la mirada hacia la puerta de su habitación—. Estoy pensando que quizá debería regresar a mi habitación y ponerme la coraza antes de ir a comer.

—No es un mal plan.

Candy los interrumpió.

—Caballeros, por favor, necesito atender esta herida si quiero evitar que mi esposo muera desangrado.

Sin descartó su preocupación con un ademán.

—No ha tocado a la arteria. Te aseguro que no moriré desangrado de ésta.

Candy no pudo evitar fruncir el ceño ante la calma con que él lo aceptaba todo. Era como si no esperase nada más que ser insultado y herido.

—Entonces hazlo para complacerme, por favor.

Sin la siguió hasta su habitación sin expresar nuevas quejas, aunque Candy advirtió en su mirada que le rondaba por la cabeza más de una.

Candy lo ayudó a quitarse la sobreveste. Frunció el ceño mientras estudiaba el agujero donde lo había atravesado la flecha.

—Qué extraño. Apenas se ve la sangre en la tela, y sin embargo la siento—. De hecho, había una gran cantidad de sangre en ella.

Sin alzó la mirada de la herida.

—El negro está teñido con tinte rojo para encubrir cualquier herida que yo pueda tener. Durante la batalla, eso confunde y asusta a mis enemigos porque saben que me han herido y sin embargo no pueden ver la sangre.

—¿De ahí el epíteto de demonio invencible que te han aplicado?

Él asintió mientras se sentaba en el borde de la cama de Candy y se apretaba el hombro con un paño limpio.

Candy preparó su aguja y su hilo e hizo cuanto pudo para no percatarse de lo delicioso que era el cuerpo de su esposo cuando estaba desnudo. La tenue luz de la habitación creaba reflejos en su carne atezada, volviéndola todavía más irresistible. Dios, qué apuesto era aquel hombre.

—Un truco muy interesante. ¿Dónde lo aprendiste? —le preguntó, tratando de distraerse un poco.

En realidad no esperaba ninguna respuesta, por lo que la sorprendió mucho recibirla.

—Mientras vivía con los sarracenos. Fue una de las lecciones que me impartieron.

Ahora entendía las extrañas tácticas que había utilizado él para derrotar a los hombres de su clan.

—Esa manera de combatir que empleaste abajo… ¿también te enseñaron eso?

—Sí.

Qué extraño, él mostrándose dispuesto a revelar una parte de su pasado. Candy cogió el paño de su mano e inspeccionó la piel herida. Sintió que se le hacía un nudo en el estómago ante la nueva herida que surcaba una piel ya marcada por las cicatrices de heridas anteriores. Pasó los dedos por ella, sintiéndose embargada por la pena al pensar en todo lo que él ya había tenido que soportar. La dura piel de Sin estaba caliente y sus cabellos le rozaron la mano mientras preparaba su hombro limpiándolo con un paño empapado en vino.

Su pobre esposo.

—¿Cuánto tiempo viviste allí? —preguntó, intentando apartar su atención de aquella magnífica piel llena de músculos y del deseo que sentía de besarla y besar sus labios.

—Casi cinco años.

Candy no pudo evitar pensar que cinco años eran mucho tiempo para pasarlo entre los enemigos. Trató de imaginar lo que habría representado para ella vivir en Londres durante todo ese tiempo mientras anhelaba estar en casa. No era de extrañar que su esposo le hubiera dicho que entendía la necesidad que sentía Candy de volver con su familia.

De todos los hombres, él conocía esa necesidad hasta un extremo que Candy ni siquiera podía empezar a entender.

—¿Por qué viviste tanto tiempo con ellos? —preguntó mientras daba la primera puntada en la herida.

Los músculos de él se tensaron de una manera casi imperceptible antes de que hablara.

—No tenía otra elección. Era su esclavo. Cada vez que intentaba escapar, ellos me llevaban de vuelta.

Candy sintió que le daba un vuelco el corazón. La nota de desgarro que había en la voz de Sin le reveló que lo habían hecho padecer muchísimo por aquellos intentos de ganar la libertad. Su mirada bajó hacia las largas cicatrices que le atravesaban la espalda y se preguntó cuántas palizas tendría que haber sufrido a manos de sus dueños. Y no era más que un muchacho. No habría tenido más años que Dermot. Candy tragó saliva cuando cayo en la cuenta de que en realidad habría sido todavía más joven que Dermot.

Dio otra cuidadosa puntada.

—¿Cómo conseguiste escapar de allí?

—Enrique. Me enviaron a matarlo, y mientras me arrastraba por su campamento se me ocurrió pensar que, si quería volver a ser libre alguna vez, Enrique era el único que podía ayudarme. Así que en vez de cortarle el cuello hice un trato con él.

Candy ató el hilo y lo cortó.

—Todavía me sorprende que te ayudara.

—Yo también me sorprendí mucho. A decir verdad, esperaba que me hiciera matar en cuanto lo hube soltado. Pero pensé que de cualquier modo sería libre.

Cuántos horrores tenía que haber vivido. Candy era incapaz de imaginarse tomando una decisión semejante.

—¿Cuántos años tenías?

—Dieciocho.

—No eras más que un niño.

—Nunca fui un niño.

No, no lo había sido. Y eso era la peor parte de todo aquello. Sin había pasado la totalidad de su vida siendo un extraño. Aquí, en Inglaterra y en ultramar. Candy se sentía incapaz de imaginar lo que tenía que haber sido vivir así.

Cosió en silencio la herida de su pecho y luego le miró los antrebrazos allí donde lo había cortado la espada de ella.

—Siento mucho haberte hecho daño.

Sin alzó la mirada en cuanto la oyó decir aquello. La sinceridad que había en sus palabras lo abrasaba por dentro.

—No me hiciste daño.

Ella nunca le había hecho daño. Al menos todavía no. Contempló las doradas puntas de aquellos rizos que le caían sobre los hombros y la dulzura que había en sus verdes ojos. Mientras ella le tocaba la piel, se juró no hacerle ningún daño. Su tacto hizo que todo su cuerpo ardiera con una feroz intensidad, exigiéndole que la tomara en sus brazos y aliviara el dolor que sentía tanto en el corazón como en la entrepierna.

Candy era increíble. Y él la deseaba con una pasión tan intensa que se preguntó si no terminaría destruyéndolo.

Ella bajó la cabeza hacia la suya, y justo cuando abría los labios para saborear los suyos, el aire se llenó de un ruidoso estruendo. Se oyeron gritos cuando un grupo de caballos entró en el patio.

Candy se apartó inmediatamente, dejando solo a Sin para que maldijera la interrupción mientras ella iba hacia la ventana para ver qué estaba sucediendo. Sin fue a reunirse con ella y miró por encima de su hombro.

En el patio había tres jinetes. Los sirvientes y los hombres de su clan venían corriendo para darles la bienvenida como si fueran parientes largamente esperados, mientras Tomer y Dermot salían del castillo y saludaban a sus invitados.

—Los MacArdley ya están aquí —dijo Candy con una nota de reverencia en la voz.

Sin se obligó a no sonreír. Candy no tenía ni idea de lo que le reservaba el futuro.

Su hermano Victor montaba su brioso corcel Deamhan, que piafaba y arañaba el suelo con los cascos en señal de protesta por haber tenido que detenerse. El caballo y el hombre tenían un temperamento muy parecido.

Los largos cabellos negros de Victor estaban enredados por la galopada y llevaba su plaid negro y verde oscuro de cualquier manera como de costumbre.

William cabalgaba junto a él montando un caballo ruano, mientras que el rubio Alec ya pasaba la pierna por la grupa de su rucio para deslizarse hacia el suelo con la agilidad de movimientos propia de un maestro de la equitación.

Era bueno volver a verlos.

Candy se volvió hacia Sin para mirarlo con las mejillas encendidas. Él arqueó una ceja ante su rubor, un tanto molesto por ella. Ver a los MacArdley parecía llenarla de una felicidad que no mostraba cuando estaba con él.

—Iré a asegurarme de que tengan comida y bebida. Tú vístete y ya te veré abajo.

Sin frunció el ceño mientras ella salía de la habitación con paso rápido y ligero. Se volvió nuevamente hacia la ventana para contemplar a la alegre multitud que había acudido a dar una cálida bienvenida a los hermanos de Sin. Los gritos con los que los saludaban resonaron en los oídos de Sin cuando Tomer le palmeó la espalda a Alec como un padre que da la bienvenida al hogar a su querido hijo y Dermot rió con Victor.

Sin supuso que ciertas cosas nunca cambiaban.

Candy sintió que el corazón le latía con fuerza mientras bajaba la escalera. Un clan muy poderoso, tiempo atrás los MacArdley fueron aliados del suyo. Pero durante la última década, los lazos de antaño habían ido reduciéndose poco a poco. Aun así, renovar la alianza sin duda beneficiaría al clan de Candy, Y dado que los MacArdley se hallaban en tan buenos términos con el rey inglés, su presencia tal vez también ayudara a someter a los rebeldes.

Llegó a la sala cuando Tomer estaba entrando en ella con los hombres.

Candy se detuvo a alisarse el vestido. ¡Eran unos auténticos gigantes! Con sus cabezas y sus hombros elevándose por encima de su tío y su hermano, los MacArdley la hacían sentirse diminuta. Sólo Sin podía competir con ellos en estatura.

—Mi sobrina, Candice-dijo Tomer, dirigiendo la atención de los MacArdley hacia ella.

Candy tragó saliva nerviosamente. El efecto combinado que los hermanos MacArdley producían sobre los sentidos de una mujer era tremendo y altamente desconcertante.

El pelirojo se adelantó. Devastadoramente guapo, tenía los ojos verdes y una mirada penetrante.

—Alec MacArdley, mi señora. Es un placer conoceros. —Su profunda voz hizo que Candy sintiera un escalofrío—. Mi hermano William —presentó.

Candy miró al gigante que había a su izquierda. Era como un gran oso negro, y no le habría ido mal que alguien aplicara las tijeras a sus largos cabellos.

—Y Victor.

Candy asintió al tiempo que ocultaba una sonrisa. Ningún hombre tenía derecho a ser tan apuesto, y ella conocía la reputación de aquel hermano, del que se decía que era capaz de matar a un hombre con un solo golpe y poner de rodillas a una mujer con un solo beso.

Les sonrió a los tres.

—Es un placer conoceros. Entrad y tomad asiento, por favor. Tom fue con ellos mientras Candy los conducía hacia la mesa del jefe del clan.

—Siento que hayáis hecho el viaje en balde, muchachos. No tenía ni idea de que el inglés tenía intención de devolverme a mi sobrina

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—Yo también estoy sorprendido— dijo Victor—. No es propio de Enrique renunciar voluntariamente a sus rehenes.

—¿Es alguien a quien conozcamos? —preguntó Victor.

—Lo dudo —respondió Tomer—. Nunca había oído hablar de él. Candy, ¿verdad que es conde?

—Sí, tío.

Alec enarcó una ceja.

—¿Conde de qué?

Candy se detuvo cuando cayó en la cuenta de que no lo sabía. Nadie le había mencionado jamás cuáles eran las propiedades de Sin.

—La verdad es que no estoy segura. Pero me han dicho que tiene vastos feudos.

Se quedó de pie junto a la mesa, lista para atender las necesidades de los hombres. Los sirvientes entraron trayendo cerveza y bandejas llenas de carne y pan, y Archie llegó con ellos. Se encaminó hacia la mesa con aquella amable franqueza suya que Candy encontraba tan encantadora.

Los hermanos MacArdley lo observaron con ojos llenos de sospecha mientras iba hacia Candy.

—¿Los MacArdley? —preguntó Archie.

Candy asintió.

Archie fue hacia ellos. Su sonrisa se hizo más grande y un destello de afable amistad iluminó sus ojos nada más verlos. Parecía un hombre que da la bienvenida a unos viejos amigos a los que llevara mucho tiempo sin ver.

—Siento como si ya os conociera a los tres.

Victor lo miró con el ceño fruncido.

—¿Tú eres…?

—Archibald de Cornwell. Y tú tienes que ser Victor.

—No conozco a ningún Cornwell. ¿Cómo me has reconocido?

—Eres el más Joven y el más revoltoso. —Se volvió hacia Alec—. Y tú serás Alec, quien nunca ha cumplido una norma que no le pareciera justa. Nunca vacilas y siempre estás listo para dar la vida por cualquier miembro de tu familia o tu clan. —Luego miró a William—. Y tú eres el hermano callado. Serio y con bastante mal genio, siempre estás listo para luchar. Oh, las historias que he oído contar acerca de vosotros tres.

Los hermanos intercambiaron miradas nerviosas.

—¿De labios de quién has podido oír tú todo eso? —preguntó Alec.

—De los míos, sucio lacayo. Ahora cuéntame qué milagro os ha sacado de vuestras madrigueras y ha hecho que tres vagos como vosotros se decidieran a venir hasta aquí. Y con tanta prisa que habéis llegado un día antes de lo esperado.

Aquella sarta de improperios dejó helados a todos los que se hallaban en la sala.

Nadie en su sano juicio se atrevería a insultar a un MacArdley, y mucho menos a los tres a la vez.

Con una exclamación ahogada, Candy dirigió su atención hacia la entrada, donde Sin estaba de pie, llevando su armadura y con los brazos cruzados encima del pecho. No pudo leer nada en sus facciones. Sin se limitó a permanecer estoicamente inmóvil mientras contemplaba a los hombres a los que acababa de insultar.

Tomer se puso hecho una furia.

—¡Cómo osas insultar a mis invitados! —aulló mientras se volvía hacia Candy para fulminarla con la mirada—. ¿Ves la paz que trae?

Los tres MacArdley se levantaron lentamente. Como un muro gigante, rodearon la mesa para ir hacia su esposo.

Candy tragó saliva y se persignó cuando vio que Dermot sonreía con diversión. Su hermano ardía en deseos de asistir a aquella confrontación.

En cuanto los hermanos estuvieron lo bastante cerca de Sin para poder tocarlo, se echaron a reír y lo rodearon.

Candy contempló con ojos llenos de asombro cómo los hermanos MacArdley cubrían de abrazos a Sin y él ponía mala cara, maldecía y trataba de apartar sus manos.

—¡Ay! —exclamó finalmente—. Soltadme de una vez, malditos ogros.

—¿Tus quemaduras no se han curado? —preguntó Alec, frunciendo el ceño.

—Sí, han curado, pero tengo una nueva herida que no para de dolerme, y si no os estáis quietos, conseguiréis que vuelva a sangrar.

—¿Otra herida? ¿Cómo ha sido?— preguntó Victor, con un fruncimiento de ceño similar al de Alec mientras empezaba a tirar de las ropas de Sin como si estuviera buscando la herida—. ¿Qué ha pasado? ¿Has acudido a algún galeno para que se ocupara de ella?

Un potente silbido hendió el aire.

Los hombres dejaron de hablar y todo el mundo se volvió a mirar a Candy.

—¿Alguien haría el favor de contarme qué está pasando aquí?

William la miró con expresión disgustada.

—Da la casualidad de que estábamos saludando a nuestro hermano descarriado. Espero que no te importe, porque no tenemos ocasión de verlo muy a menudo.

Candy sintió que la mandíbula se le quedaba tan floja como a su tío y a su hermano Dermot. No…

¿Había oído bien? Si era cierto, ¿por qué su esposo nunca se había molestado en contárselo?

¿Qué razón podía tener para ocultar algo semejante? Cruzando la sala, se encaró con su esposo.

—¿Eres un MacArdley?

El dolor que vio aparecer en los ojos de Sin era tan profundo que la dejó sin aliento.

Alec se envaró.

—Por supuesto que es un MacArdley. —Entonces vio la cara que ponía Sin, y un instante después Candy le oyó murmurarle—: A pesar de tu pasado, tú siempre has sido un MacArdley.

Un temblor empezó a palpitar en la mandíbula de Sin, y cuando habló su tono fue igual de bajo. Miró fijamente a Alec.

—No sé si te acordarás, pero fui repudiado públicamete. En dos ocasiones.

Candy vio cómo la vergüenza cubría el rostro de Alec cuando bajó los ojos al suyo.

Tomer fue hacia ellos.

—¿Me estáis diciendo que este muchacho es un highlander? ¿Que Enrique ha casado a mi sobrina con un MacArdley?

—¿Que te has casado con ella?— jadeó Victor con incredulidad—. ¿Tú?

Sin resopló.

—Te dan ganas de salir corriendo para ponerte a cubierto antes de que llegue el Apocalipsis, ¿verdad?

La respuesta de Victor consistió en un jovial empujón.

—Ay —exclamó Sin mientras le apartaba la mano—. Ya te he dicho que estaba herido. Qué será lo próximo que hagas, ¿abrir el harril de la sal y frotarme la herida con su contenido?

Era la primera vez desde que lo había conocido que Candy veía a su esposo relajado y sin mantenerse en guardia. Incluso irradiaba un cierto aire de buen humor.

William la alzó en vilo y la estrechó entre sus brazos.

—Bienvenida a la familia— dijo al tiempo que plantaba un beso en su mejilla.

—Bájala antes de que le hagas daño —le ordenó Sin.

William respondió con un gruñido y se negó a soltarla.

—Bien, muchacha, ¿por qué has querido contraer matrimonio con su hosco pellejo cuando podías escoger entre Alec y yo?

—Porque tú no le pediste que se casara contigo— dijo Sin sarcásticamente.

—Sí, bueno, podría haberlo hecho si la hubiese visto primero.

—Bueno, pues no la viste primero. Ahora baja a mi esposa.

William volvió a ponerle los pies en el suelo y luego le guiñó el ojo.

—Se muestra muy posesivo. Eso es una buena señal.

—Sí —convino Sin—, pero un mal presagio para ti si no aprendes a mantener las manos alejadas de ella.

Alec rió.

—Empiezo a escuchar el acento de nuestras tierras en tu voz, hermano.

Sin se rió de él.

—Eso querrías tú.

—Oye —dijo Victor, señalando a Archie con un movimiento de la cabeza—, todavía no sabemos por qué sabe tantas cosas acerca de nosotros.

Sin dio un paso atrás e hizo avanzar a Archie para presentárselo a sus hermanos.

—Era uno de mis hermanastros.

—Tú tienes que ser el que lo hacía enfadar en mi lugar —dijo Victor, ofreciéndole el brazo a Archie—. Espero que hicieras un buen trabajo.

Archie le apretó el brazo con el suyo.

—Puedo asegurarte que al menos lo intenté.

Los hombres rieron mientras Tomer volvía a llevarlos hacia la mesa. Candy observó a los hermanos mientras los oía hablar y se asombró ante los cambios que su presencia provocaban en su esposo.

Con ellos allí, se permitió abrigar la esperanza de que podría hablar a solas con alguno de los hermanos de su esposo y averiguar algo más acerca del porqué éste se mostraba tan poco dispuesto a aceptarla.

Por encima de todo, quería saber por qué Sin no se había molestado en decirle que era escocés.

CONTINUARA