Lucy se retiró temprano aquella noche al dormitorio que había elegido, una habitación bastante bonita, si bien espartana y pequeña. Una cómoda alta, un armario ropero vertical con un espejo estrecho en la cara interior de la puerta, una cama de matrimonio con una mesita de noche y un farol, y un brasero apagado para el invierno. Tal vez demasiado espartana. Podría pedirle a Erza que le construyera algunos muebles más, ya que al menos ella iba a tener mucho tiempo libre en las semanas venideras. La idea la hizo sonreír con aire cansado. Por mucho que Erza hubiera manifestado que podía hacer ese tipo de cosas, Lucy no podía imaginarse a su menuda criada serrando tablas y blandiendo un martillo. Aunque tampoco podía imaginarse a sí misma cocinando.

Aquel dormitorio esquinero en la parte posterior de la casa quedaba directamente encima de la cocina. Lo había elegido porque tenía tres ventanas, con lo que podría tener más brisa en caso necesario.

Fuera estaba tan oscuro que apenas se veía nada, excepto la luna y las estrellas. Qué diferencia con la vista nocturna a la que estaba acostumbrada desde el dormitorio de su casa. Allá podía ver las farolas de la calle, elegantes casas urbanas, carruajes que transitaban por la calle incluso a altas horas de la noche. Aquí solo veía unas pocas luces parpadeantes del barracón de los jornaleros y más estrellas de las que había visto en su vida. Y se oía a un animal aullando a lo lejos. ¿Un perro? Más bien un lobo.

Al menos estaba satisfecha de que la casa, aunque no impecable, estuviera al menos habitable. Se sintió agradecida con los vaqueros. Ahora podía recorrer el vestíbulo sin estornudar. Habían hecho lo que les había pedido y en solo unas horas. Aunque se habían quejado cuando habían empezado a limpiar, se los veía preocupados por haberlo hecho bien mientras Lucy inspeccionaba las habitaciones.

Uno de ellos incluso la había sorprendido. Wakaba, había entrado en sala principal llevando un jarrón de flores silvestres. Lucy estaba revisando los muebles, pasando los dedos por los respaldos de las sillas y la mesa del comedor, y él le había entregado las flores diciendo:

—A mi madre le gustaba tener flores en casa. No he visto ninguna por aquí, ni siquiera de las secas.

Lucy se había emocionado tanto que se le habían humedecido un poco los ojos y les prometió que el primer pastel que hiciera sería para ellos. Los vaqueros habían silbado y pedido a gritos sus diversos pasteles favoritos. ¡Lucy se recriminó su impulsividad, recordando que antes tendría que aprender a cocinar!

Todavía no sabía cómo iba a hacerlo, pero tras cenar aquella noche el estofado de Richard, que Laxus había llevado a la casa tal como había prometido, se convirtió en su tercer objetivo, además de terminar con la enemistad y volverse a casa. El estofado era insípido y el pan estaba duro, pero al menos la mantequilla no estaba rancia. ¡Aunque luego le había tocado volver a fregar platos!

Esa vez acudió Laxus en su ayuda. Lucy pensó que ojalá no lo hubiera hecho. Estar a su lado junto al fregadero era peor que estar junto a Erik, aunque no estaba segura de por qué y estaba demasiado cansada para pensar en la cuestión.

—Pareces un poco agobiada —dijo a modo de explicación por su ayuda.

¡Qué manera tan educada de decirle que parecía tan agotada como se sentía! Tuvo que darle la razón.

—Es más de lo que esperaba cuando acepté el trabajo.

—¿Te he comentado que esta es mi habitación favorita de la casa? —Lucy le echó una mirada de escepticismo. Él se rio—. Déjame que rectifique. Desde ahora es mi habitación favorita. Tú la iluminas, Blondie, créeme. Creo que me encontrarás a menudo a tus pies.

¿Ya volvía a flirtear con ella o solo se hacía el simpático? Era difícil saberlo de un hombre que se reía tanto como él.

—Pues espero no pisarte demasiado fuerte.

Laxus sonrió por la réplica, aunque Lucy no se dio cuenta. Cuando subió a su dormitorio no estaba simplemente cansada; le dolía todo de haber hecho cosas que nunca antes había hecho. Le hubiera gustado dejarse caer en la cama, pero todavía tenía que escribirle a su madre, e iba a ser una carta difícil de redactar.

Lucy sabía que si Layla estuviera allí, jamás le habría permitido llevar a cabo aquel engaño. Aun así, Lucy todavía sentía que necesitaba el permiso de su madre… aunque fuera por un hecho consumado. Ni por un momento se le ocurrió mentirle, aunque tal vez se saltaría la parte sobre la insistencia de Makarov en que cocinara, ya que su madre se habría indignado por ella.

Probablemente habrá llorado si sus efectos de escritorio no hubieran estado en la maleta superviviente, pero allí estaban. Estaba demasiado cansada para deshacer su equipaje, aunque un vistazo rápido a su maleta le indicó que había perdido todos sus trajes de noche excepto uno, muchos de sus vestidos y todos sus camiones, lo que implicaba que tendría que dormir en bragas y camisola. Aunque todavía le quedaba su joyero, no podría lucir ninguna de sus lujosas joyas en su nuevo disfraz. Pero se permitió una leve sonrisa: la maleta más valiosa de aquel tren no había acabado como botín de los forajidos supervivientes, probablemente porque el salteador que había vaciado la mayor parte del vagón de equipajes había dejado las maletas más pesadas para el final y luego había tenido que huir por piernas.

Sin un escritorio y ni siquiera un tocador donde escribir, tuvo que hacerlo sobre su estuche y sentada en la cama.

Querida mamá:

¡Te echo mucho de menos! Acabo de oír a un lobo aullando bajo mi ventana. Alguien me ha hablado de un oso gris que asustó tanto a un joven que el pelo se le volvió cano. Animales salvajes, mamá… Estoy descubriendo de primera mano que Montana no está tan civilizada como me dijiste. Me siento muy asustada y fuera de lugar, aunque sé que estarás preocupada por el telegrama que te envié, así que déjame explicarme.

¡Fue tan inesperado! Estaba yo allí, tan nerviosa por conocer a mi padre que un poco más y me bajo del tren, y no se presentó nadie en la estación excepto dos miembros de la familia misma con la que quieres que me case. Me tomaron por error por el ama de llaves que papá había contratado, que resultó que viajaba conmigo en el tren. Pero el Oeste también la había asustado como a mí y había hecho lo que yo hubiera querido hacer: volver a casa. Yo no lo hice. No olvido mi promesa. Pero la oportunidad que me ofrecían los Dreyar resultó demasiado interesante para rechazarla. Me han contratado como ama de llaves sin saber quién soy realmente. Y no te rías, por muy divertido que pueda parecerte su equivocación, porque creo que me ofrece una situación ideal, por poco convencional que sea, para conocer a mi prometido, el auténtico Laxus Dreyar, y no a una versión artificial e inocente de sí mismo como la que habría fingido ser si hubiera venido a cortejarme al rancho de papá. Fue idea tuya que le diera una oportunidad. Pero ¿cómo podría dársela si no confío en su sinceridad acerca de lo que piensa él de esta boda? Aquí, en su casa, puedo averiguar cómo es realmente y cuáles son sus verdaderos sentimientos. Y, por cierto, tenías razón. Ha resultado ser bastante apuesto y también parece simpático.

Y pesado. Y demasiado rápido a la hora de sacar conclusiones, aunque eso no lo puso. Si su madre pensaba que podía gustarle, estaría mucho más dispuesta a que Lucy siguiese adelante con su plan por un tiempo.

No te estoy pidiendo quedarme aquí los dos meses, mamá, solo él tiempo suficiente para formarme una opinión sobre mi prometido. No sé cuánto tiempo necesitaré, pero de todos modos creo que todavía no estoy preparada para ver a papá. Él ha esperado quince años para verme, así que no le vendrá de unas semanas más. Pero a mí sí. Te prometo que no continuaré con esta farsa durante mucho tiempo, entre otras cosas porque me muero de ganas de volver a ver a mis hermanos. Pero esto me dará la oportunidad de conocer a esta gente y al mismo tiempo aclimatarme a Montana antes de afrontar el tener que conocer a mi padre. Y ya sabes cuáles son mis sentimientos al respecto. Son demasiadas cosas de golpe: este lugar espantoso, un prometido al que no conozco, un padre al que no conozco. Deja que lo consiga a mi propio ritmo. Sé lo que me hago. Así que te ruego que pienses alguna excusa para retrasar un poco más mi llegada. Que sea una excusa vaga. Y, para no morirme de hambre mientras tanto, ¿podrías mandarme algún libro de cocina para el cocinero de los Dreyar? Sí, vale, estoy exagerando con lo de morirme de hambre, pero no sobre la necesidad de los libros. Es un cocinero de campaña, así que seguro que imaginas lo poco apetitosas que son sus comidas.

Besos,

LUCY

Satisfecha de haber expuesto todos sus motivos, Lucy sabía que de todos modos viviría con angustia hasta recibir la respuesta de su madre. El problema era que si su madre estaba en contra de su decisión, tal vez sería capaz de presentarse en Nashart, a pesar de sus misteriosos motivos para no querer hacerlo, para sacar a Lucy del rancho Dreyar y llevársela directamente a Jude. O incluso peor, podía simplemente telegrafiar a Jude para explicarle dónde se encontraba. Pero esa noche estaba demasiado cansada para preocuparse por eso, incluso para desvestirse. Así que, con la carta ya lista, sencillamente se echó en la cama y a los pocos minutos ya estaba dormida.