Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es iambeagle, yo solo traduzco con su permiso.
Capítulo 14
El pánico sobre mi inminente cita con Edward me había obligado a no volver a trabajar después del almuerzo. En cambio, pasé el resto del día comiendo por estrés y dando vueltas de la sala a la cocina.
Había acabado de comer restos de comida china cuando Rose entró al departamento, para nada sorprendida de verme en casa más temprano de lo usual.
—¿Dónde estuviste todo el día de ayer? —preguntó en cambio, arqueando una ceja—. Desapareciste durante la película el sábado y no te molestaste en responder tu teléfono ayer.
Ignorándola, y sonando un poco demasiado desesperada, solté:
—Necesito ayuda.
—Vas a tener que ser más especifica —respondió Rose, ojeando, pero sin comentar, los envoltorios de bocadillos de fruta en el suelo.
—Tengo veinte horas antes de mi cita con Edward. Necesito que hagas un milagro.
—Entonces, ¿allí es dónde estabas? ¿Con Edward? —cuestionó, sonriendo ampliamente.
—Te estás concentrando en la cosa equivocada —me quejé, dándole detalles mínimos para seguir adelante—. Sí, estuve con él ayer, ¿de acuerdo? Ahora, sé una buena amiga y dime que esta cita no será un desastre.
—La cita no será un desastre —repitió ella.
—¿Estás mintiendo? Estás mintiendo —acusé, hundiéndome en el sofá.
—Por supuesto que estoy mintiendo —bufó—. Vas a estar bien, amiga. No necesitas mi ayuda.
—Sí. La necesito. Necesito aprender cómo actuar normal —chillé.
—Entonces, estás jodida —respondió de inmediato, riéndose cuando la fulminé con la mirada.
—Qué manera de tener fe en mí —espeté, subiendo mis pies sobre la mesa ratona.
—Bueno, ¿qué? Si intentas actuar normal, terminará siendo mucho más raro.
—Eso es... grosero. —Y probablemente verdad.
—A Edward no le importa si eres normal, idiota. ¿Acaso no te has dado cuenta de eso ya? —preguntó ella.
Antes que tuviera posibilidad de responder, Emmett entró al departamento, caminó directo a la cocina y abrió el refrigerador.
—¿Alguien puede decirme dónde mierda está mi comida china? —gritó, azotando la puerta del refrigerador.
—Creo que la tiré a la basura —respondió Rose, estirándose para tomar el control remoto y encendiendo el televisor—. Era, como, de hace dos semanas.
Mi estómago dio un vuelco mientras mascullaba:
—¿Qué? No la tiraste a la basura. Acabo de comerla.
—¿Quién mierda come comida que no es suya? —preguntó Emmett, levantando el contenedor de poliestireno de la mesa ratona para encontrarlo vacío.
—Estaba en mi refrigerador —razoné, tomando mi botella de agua y vaciando el contenido.
—Agh —gruñó Rose—. ¿Y si te intoxicas? Eso le pasó a mi primo.
—No va a pasar. Lo puse en el microondas. Seguramente eso hubiera matado cualquier bacteria... ¿cierto? —pregunté, apartando la idea de enfermarme fuera de la cabeza, no necesitaba estresarme por algo más—. Me siento bien de todas formas. —Sonreí débilmente, ignorando las miradas que intercambiaron.
Iba a estar bien.
~HoF~
No estaba bien.
Después de despertar con un mensaje de Edward alrededor de la una de la mañana, haciéndome saber que llegó a casa después la cena de cumpleaños, inmediatamente supe que algo horrible estaba por pasar.
Media despierta, salí de la cama tambaleando hacia el baño, entrecerrando los ojos ante la repentina brillantez cuando encendí la luz. De inmediato me puse de rodillas frente al inodoro y aparté mi cabello, mis ojos llenándose de lágrimas mientras jadeaba y vomitaba.
Después de lo que pareció ser una eternidad, el vómito eventualmente se detuvo y solté un gruñido, sin tener la suficiente energía para abandonar el suelo del baño. Me estiré y jalé de una toalla, luego la doblé en una almohada improvisada antes de sucumbir al cansancio.
~HoF~
—Vaya, luces espantosa —bramó Emmett, empujándome con su pie—. Sal de aquí. Necesito ducharme.
Mis ojos se abrieron e hice una mueca, cada músculo de mi cuerpo protestando mientras me sentaba lentamente.
—Mira lo que hiciste, pequeño cretino —acusé con voz ronca, extendiendo mis brazos en busca de su ayuda.
—¿Acabas de citar a Mi Pobre Angelito? —preguntó Emmett, quitándome del suelo—. Y tu aliento huele a mierda.
—Deja de juzgarme. Tú me enfermaste, así que no tienes permiso para decir algo —mascullé débilmente, tambaleándome hacia el sofá ya que se encontraba más cerca que mi cama.
—Yo no te enfermé, Bella. Esa asquerosa comida china de dos semanas te enfermó —señaló, y la simple mención hizo que mi estómago se retorciera.
—Tú fuiste el que lo colocó en mi refrigerador. Sabes que no puedo controlarme cuando se trata de pollo Kung Pao. ¡Lo sabes! —grité, dejándome caer sobre el sofá.
—Cálmate. Solo duerme y te sentirás mejor en poco tiempo.
Bien, dormí, y cuando desperté con el sonido de mi teléfono, no me sentía mejor. En absoluto. De hecho, al ver el nombre de Edward en mi pantalla, de repente me sentía mucho peor.
—Hola, ¿estás bien? —preguntó inmediatamente Edward, sonaba preocupado—. Tanya acaba de mensajearme preguntando por qué no estás en el trabajo.
—Solo... me tomé el día —susurré, sin querer mencionar que había estado vomitando toda la noche y toda la mañana.
—¿Por qué? ¿Estás bien?
—Estoy bien —mentí, poniéndome de pie para dar vueltas por la sala, e inmediatamente volví a la cama, tratando de descifrar cuándo me había movido del sofá.
—Suenas ronca —evaluó él.
—Es una nueva voz que estoy probando... y simplemente quería tomarme el día libre así podía comenzar a prepararme para esta noche. Nunca puedes estar demasiado preparada.
—Son solo las once, Bella.
Apartando el teléfono de mi oreja, observé la hora, y mierda. En serio eran solo las once de la mañana. ¿Cuánto tiempo se supone que dura una intoxicación en una persona?
—Sí, lo sé. Me lleva todo este tiempo para estar lista.
—Estás actuando extraño, incluso para ti. ¿Estás segura que sigues en pie para esta noche? ¿Te echas atrás o qué?
—¿Qué? —Tosí—. No. Edward, en serio, estoy bien. Espero con ansias esta noche —insistí.
Edward estaba hablando cuando Emmett abrió de golpe la puerta de mi cuarto, una mascarilla quirúrgica cubría su boca y nariz.
—Genial, sigues viva —anunció fuertemente, levantando un litro de Sprite y una bolsa de lo que asumía que era medicina—. Traje refuerzos.
—¿Ese es Emmett? —preguntó Edward, y llevé mi dedo índice sobre mi boca, indicándole a Emmett que cerrara la puta boca.
—¿Edward? ¿Sigues allí? —pregunté, tomando un pedazo de papel de mi escritorio y arrugándolo cerca del teléfono—. No puedo escucharte. La conexión falla —mentí antes de colgarle el teléfono.
—Cúrame —gemí, volviéndome a recostar sobre mi cama.
—Bebe esto —instruyó, lanzando un frasco de Pepto-Bismol en mi dirección.
Las próximas seis horas transcurren alternando entre dormir inquietamente y vomitar. Fue agotador y molesto, y se sintió como la muerte, pero —por alguna razón— insistía en ir a cenar con Edward.
—Ayúdame —grazné—. Necesito prepararme para mi cita. Edward estará aquí en menos de dos horas.
—No estarás pensando en salir, ¿o sí? ¿Cuándo fue la última vez que vomitaste? —preguntó él, sus palabras amortiguadas por la mascarilla.
—No hagas preguntas a las que no quieres respuestas —siseé—. DayQuil. Eso debería ayudar, ¿cierto?
—Yo... no creo que ayude.
—Debería haber algo de DayQuil en el baño. Por favor, Emmett. Me lo debes. Te salvé de la intoxicación —dije, tratando de que se sintiera culpable—. Tomaré más Pepto y DayQuil, y estaré divina y encantadora para mi cita.
Emmett puso los ojos en blanco y abandonó el cuarto, volviendo con la caja de medicina.
—No puedo cuidarte más, tengo que irme —murmuró, lanzando la caja hacia mi cama—. Cuando tengas una sobredosis y mueras, no me eches la culpa.
Ignorándolo, llevé dos cápsulas de gel a mis labios y las tragué con Sprite, seguido por dos cápsulas más, obligándome silenciosamente a sentirme mejor.
—Deja de vomitar, cobarde —murmuré para mí misma por lo bajo.
Bajándome de la cama, lentamente me dirigí hacia el baño, esperando que la medicina y una ducha caliente ayudara.
No lo hizo.
Y cuando noté la caja de NyQuil en el suelo de mi cuarto, me di cuenta por qué casi me había quedado dormida en la ducha.
Ya que estaba determinada a no dejar que un poco de vómito y mareo me alejaran de mi cita con Edward, comencé a prepararme. Sequé mi cabello, luego me di por vencida, siguiendo con mi maquillaje, con el cual también me di por vencida después de cinco minutos.
Una hora después, llamaron a la puerta. Gruñí, levantándome del sofá y abrí la puerta.
—Hola. —Edward sonrió—. ¿Estás lista para irnos?
—¿Por qué simplemente no entraste? —me quejé.
—Porque esto es una cita, Bella.
—¿Adónde vamos? —pregunté, tomando mi cartera y cerrando la puerta detrás de mí.
—Pensaba en P.F. Chang's —ofreció mientras bajábamos las escaleras y salíamos afuera.
—¡No! —grité, sorprendiéndome de mi propia voz.
—¿No? —preguntó él, abriendo la puerta del coche para mí.
—Pensé que te encantaba la comida china —mencionó una vez que estaba sentado a mi lado.
—Pensaste mal —mascullé, inclinando mi cabeza contra la ventana.
Después de unos minutos, preguntó:
—Bueno, entonces... ¿adónde quieres ir?
Levantando la cabeza, señalé por la ventana al primer lugar por el que pasábamos.
—¿Quieres ir a la veterinaria? —preguntó, riéndose—. ¿Qué tal si vamos a Romeo's?
—Seguro. Perfecto —acordé.
Al ser martes por la noche, pudimos conseguir una mesa de inmediato. Y como esta era una cita, y Edward estaba siendo Edward cita, apartó la silla para mí.
—¿Cómo están esta noche? Mi nombre es Jake y seré su mesero de la noche.
—¿Qué hay, Jake? —saludé con entusiasmo para compensar el hecho que casi me quedaba dormida—. Estamos genial.
—Perfecto. —El mesero forzó una sonrisa antes de observar expectante—. ¿Qué se les ofrece para beber? Nuestro especial de esta noche es botella de vino a mitad de precio.
—¿Quieres vino? —Edward me preguntó educadamente, estirando el brazo para tenderme el menú de vinos.
—Quiero sopa —decidí fuertemente, haciendo que las personas de la mesa a nuestro lado echaran un vistazo en nuestra dirección.
—¿Entonces están listo para ordenar? —preguntó Jake, sacando una pequeña libreta y un bolígrafo.
—Sí. Eso suena genial. Tres sopas, por favor. —Asentí demasiadas veces, juntando cualquier energía que me quedaba para meter mi menú en sus manos.
—Está bien... —dijo, colocando el menú debajo de su brazo y escribiendo mi orden—. ¿Qué sopa le gustaría?
—Sorpréndeme —sugerí, recibiendo una mirada perpleja tanto de Edward y el mesero.
—Eh. —Edward me miró, luego a su menú, ordenando algo que hizo que la bilis subiera a mi boca.
Una vez que el mesero se alejó, Edward me observó, entrecerrando los ojos ligeramente mientras comenzaba a hacerme preguntas sobre cosas. No estaba exactamente segura de lo que estábamos hablando, ya que era difícil concentrarse, pero respondí sus preguntas hasta donde yo sabía.
O sea, cuando él preguntó qué hice temprano, comencé a citar a Mi Pobre Angelito. Y cuando sugirió que bebiéramos agua porque no me veía bien, le expliqué que no me importaba el postre, pero que él podría ordenar si quería.
Algún tiempo después, el mesero coloca tres boles de sopa frente a mí. Con una mano temblorosa, tomé mi cuchara y comencé a sorber el caldo, a pesar de la inquietud de mi estómago.
—Oye, ¿estás segura que estás bien? —preguntó Edward, y escucharlo pronunciar las palabras empeoró la sensación en mi estómago.
—Estoy bien —murmuré, mi boca llenándose de saliva al hablar.
—Tu mano está dentro de tu sopa, Bella —señaló, haciendo que bajara la vista y jadeara en sorpresa, porque tenía razón.
—¡Quiero ir a casa! —grité de repente, quitando mi mano de la sopa y secándola con mi vestido—. Necesito ir a casa y morir. Lo siento. Lo siento mucho.
Los ojos de Edward se abrieron de par en par con mi arrebato, y entonces escaneó la sala para localizar a nuestro mesero.
—Deja de disculparte —dijo en voz baja—. Cielos, ¿qué pasa?
—Tengo ganas de vomitar. Vomité mucho hoy, Edward. Y luego Emmett... —dejé de hablar, las lágrimas ardían en mis ojos porque me sentía como la mierda, y el solo hablar me hacía sentir exhausta—. Emmett accidentalmente me dio NyQuil en vez de DayQuil.
Tomó un momento para que la información fuera procesada, pero entonces Edward comenzó a temblar de risa.
—¿Estás bromeando ahora? —cuestionó, acercándose y apoyando sus codos sobre la mesa.
—No.
—¿Por qué no me lo dijiste, Bell? —Él sacudió su cabeza, colocando su servilleta junto a su agua—. Podríamos haberlo dejado para otro momento.
—Porque no quería arruinar nuestra cita —me quejé, incapaz de no hundirme en mi silla.
—Vamos. Salgamos de aquí —murmuró él suavemente, dejando algo de efectivo en la mesa mientras alejaba su silla.
—Guarda el cambio, inmundo animal —mascullé al mismo tiempo que Edward me ayudaba a salir del restaurante.
Casi una eternidad después, me desperté en mi cama, bañada en sudor, vistiendo una camiseta grande y un viejo par de shorts de algodón. Edward estaba a mi lado, sentado contra el cabecero, completamente dormido.
Con cuidado me arrastré sobre él y suavemente cerré la puerta detrás de mí, dirigiéndome al baño para asearme. Después de ducharme y cepillarme los dientes dos veces, volví a mi cuarto para encontrar a Edward despierto.
—Oye —dijo él, silenciando el televisor—. ¿Estás bien? —preguntó, tomando la botella de agua que se encontraba a un costado de la cama.
—Sí, solo estaba duchándome. ¿Qué hora es? —Bostecé, arrastrándome sobre el colchón, tomando un sorbo de agua.
—Pasadas las tres de la mañana —me informó—. ¿Cómo te sientes?
—Me siento como la mierda —admití—. Un poco débil, pero como sea. Por casualidad no vomité sobre ti, ¿o no?
—No, pero el interior de mi coche es otra historia.
—Arruiné todo, ¿no es cierto? —pregunté suavemente, sintiéndome un muy avergonzada—. Esa será la última vez que me invites a salir.
—Vamos. Estás enferma. No arruinaste nada, Bella —me aseguró, sonriendo.
—Solo estoy enferma porque no pude contenerme de comer comida china de dos semanas —mencioné; el hecho que mi estómago no se revolviera al mencionar comida era una buena señal.
—Sí, pero no es como si supieras que la comida era vieja, ¿cierto? Estoy seguro que no la hubieras comido si supieras eso de antemano —insistió.
—Estoy muy segura que aún así la hubiera comido. Tengo cero autocontrol cuando se trata de comida china —mascullé—. O quizás tengo cero autocontrol en general.
—Bueno... —comenzó a decir, bajando el tono de su voz—. No creo que tengas un problema de autocontrol. Lograste ignorar mi encanto por cuatro años.
—¿Has intentado cortejarme por cuatro años? —pregunté suavemente.
—¿Cortejarte, Bella? ¿En serio?
—No juzgues mi elección de palabras. He sido drogada, ¿recuerdas? —le recordé, maldiciendo en silencio a Emmett—. Y no cambies el tema.
Él exhaló lentamente antes de decir:
—Supongo, sí. Desde que terminaste con ese perdedor Garrett.
—¿Perdedor Garrett? Ni siquiera recuerdo a Garrett —dije, echándome hacia atrás para apoyarme contra el cabecero.
—Sí, lo recuerdas. Él tenía un hámster de mascota —me recordó, riéndose.
—Oh, sí, ese tipo. ¿Pensé que te agradaba?
—No. Nunca me agradó Garrett. Nunca me agradó ninguno de los tipos con los que salías porque no eran yo.
Sus palabras hicieron que mi corazón se hinchara mientras yo susurraba:
—Cuatro años es mucho tiempo.
—Lo sé —concordó, tragando fuertemente.
—Deberías haber dicho algo antes.
—¿Cuándo hubiera tenido la posibilidad? Te gusta salir mucho —dijo en broma, pero tenía razón.
—¿Eso es algo malo? —pregunté, y él simplemente se encogió de hombros.
Rodando hacia un costado, metí mi mano izquierda bajo mi almohada y cerré los ojos mientras Edward comenzaba a frotar mi espalda.
—No creo que alguna vez te haya dicho esto, pero eres muy dulce —admití, manteniendo mis ojos cerrados—. No parecías estar enojado con que haya vomitado en tu coche, e incluso me pusiste el pijama.
—Colocarte tu pijama fue más para mi beneficio —admitió él, riendo.
—Pero aún así... —me quejé, deseando que este momento de vulnerabilidad desapareciera—. No sé cómo me has soportado por tanto tiempo. No te merezco. No lo valgo.
—Oye —él reprendió en voz baja, y cuando abrí los ojos, me tomó por sorpresa su mirada intensa—. Cállate, Bella.
—Oh. Pensé que ibas a decir algo muy dulce, pero... cállate funciona también.
—Lo pensé —dijo él—, pero entonces recordé que has sido drogada y probablemente no recuerdes nada de esto. Necesito guardar los buenos discursos para cuando estés más consciente.
—Tiene sentido —concordé, volviendo a cerrar los ojos.
Volvió el silencio, y estaba a punto de quedarme dormida cuando el cuarto de repente se oscureció más. Edward se movió a mi lado en la cama, y noté que había apagado el televisor.
—Oye —mascullé medio dormida—. No te vas, ¿o sí?
—¿Y perderme la posibilidad de verte vomitar de nuevo? De ninguna manera —respondió en voz baja, tapándonos con la manta.
—Está bien. —Bostecé—. Porque quiero que te quedes. —Su pulgar rozó mi mejilla y pregunté—: ¿Qué dices de hacer cucharita con alguien que vomitó en tu coche?
Sentí su aliento en mi rostro cuando se rio suavemente, respondiendo:
—No eres solo alguien. Ven aquí.
Me coloqué contra su pecho y acomodé mi cabeza en la almohada, estremeciéndose al ser rodeada con su calor.
—No puedo creer que no me dijeras que no te sentías bien —murmuró contra mi cuello—. Ordenaste tres sopas en el restaurante.
—Eso no es tan raro —discutí.
—Tu mano estuvo dentro de la sopa en un momento —me informó, su cuerpo sacudiéndose con su risa.
—Como sea. —Suspiré—. Obviamente no volveremos allí para nuestra próxima cita.
—¿Qué te hace pensar que habrá una próxima cita? —bromeó, ajustando su agarre a mi alrededor.
—No soy solo alguien, ¿recuerdas? —contesté—. Tú mismo lo dijiste.
—Sí dije eso... me sorprende que no te hayas asustado.
—Las drogas ayudaron —bromeé—. Hablando de drogas, creo que necesitas patearle el trasero a Emmett.
—Realmente pensé en ello, pero luego deduje que fue tu culpa por confiar en que él te diera la medicina correcta en primer lugar.
—Tienes razón —mascullé—. Pero estamos saliendo ahora, así que tienes que hacer todo lo que digo.
—Oh, estamos saliendo ahora, ¿eh? —cuestionó, y podía escuchar la sonrisa en su voz.
—Bueno, sí —dije suavemente—. Tampoco eres solo alguien para mí.
Pepto-Bismol: es un medicamento usado para el tratamiento de la indigestión, el malestar estomacal, la diarrea y otros malestares temporales del tracto gastrointestinal.
DayQuil: es un medicamento que trata los síntomas diurnos del resfriado y la gripe, incluyendo la congestión nasal, tos, dolor de garganta, dolores menores, fiebre y dolor de cabeza.
NyQuil: NyQuil es lo mismo que el DayQuil solo que para los síntomas nocturnos.
Jajaja, solo a Bella le pasan estas cosas.
¡Gracias por comentar y hasta el próximo!
