El 4 de Julio llegó y el jardín de los Masen estaba decorado con una gran bandera de los Estados Unidos en un lateral. Guirnaldas con los colores del estandarte colgaban de un extremo a otro del patio mientras en la barbacoa Edward hacía la comida, con una camiseta con la insignia americana en el pecho.
Bella y Renesmee llevaban coloridos sombreros del tipo Abraham Lincoln y el resto de invitados iban ataviados con camisetas, gorras, etcétera, con los colores de la bandera americana como mandaba la tradición en ese día.
La música de Coldplay sonaba, alegrando la fiesta.
El colegio se había acabado ya y Renesmee había comenzado el campamento de arte al que le habían apuntado sus padres por deseo expreso suyo. Pero como ese día era festivo, no iba.
El matrimonio no había vuelto a El Jardín de las Delicias desde la noche de la Sexy Party y tampoco habían comentado nada de lo que pasó allí. Bella sabía que su marido estaba resentido por la conversación que tuvieron con Jacob y su insistencia en que él le hiciera una felación a Edward. Así que se dijo que lo mejor era dejar pasar unos días para que el mal humor se le quitara y las aguas volvieran a su cauce.
—Aquí llega la abuela-foto —murmuró Alice al ver a Esme.
Su hermana le había contado en infinidad de ocasiones el trato de su suegra hacia la familia de su hijo, el poco apego que tenía por ellos. Alice la llamaba «abuela-foto» porque era una persona a la que le gustaba el postureo, figurar en todas las fotos para que el mundo entero supiera dónde había estado, con quién, y lo divertido que se lo había pasado.
—Mírala: como si fuera la reina de la casa, repartiendo besos y sonrisas a diestro y siniestro. Me pone enferma —comentó en voz baja Bella.
Esme se acercó a Nessie para darle un beso, pero la niña no quiso y retiró la cara.
—Menuda cobra le acaba de hacer tu hija a la abuela-foto —se rio con disimulo Alice.
Renesmee pasó corriendo por al lado de su tía y su madre, para escapar de los arrumacos de su abuela, y se refugió en sus primos para jugar con ellos.
—Deberías educar mejor a la niña. No me ha querido dar un beso ni me ha dicho «hola» tampoco —se quejó Esme acercándose a las dos hermanas, pero hablando con Bella.
—Mi hija está muy bien educada —respondió Bella—. El cariño hay que ganárselo día a día.
—Manos que no dais, ¿qué esperáis? —soltó Alice apoyando a su hermana. Esme las miró a ambas con rencor.
—Debe ser algo familiar —comentó la suegra—. Lleváis en la sangre eso de ser bordes y desagradecidas.
Se dio la vuelta y se marchó hacia la barbacoa para saludar a Edward.
—Si yo no tengo nada que agradecer a esta señora. Cada vez que la necesito, me sale con alguna excusa barata para no ayudarme —dijo Bella.
—Ojalá aparezca un día por la peluquería donde trabajo. No te imaginas cuánto me gustaría raparle la cabeza y dejarla como un militar novato —añadió Alice.
Bella se echó a reír imaginándose a su suegra de esa guisa. Alice la acompañó en sus risas.
—Bueno, ¿y cómo vas con el embarazo? ¿Alguna molestia de las típicas? —se interesó Bella.
—De momento ninguna molestia. Todavía no lo he dicho en la peluquería ni a los niños.
Quiero esperar a que se cumplan los tres meses para anunciarlo. ¿Y tú? ¿Cómo vas?
Bella pensó un momento la respuesta.
—Yo estoy asumiendo que es posible que no vuelva a ser mamá. Como dice Edward ya tenemos a Renesmee y, si llega otro bebé o no, no es tan importante. Si no tuviéramos a Nessie sí que me importaría más, pero como la tenemos a ella… —Volvió la cara hacia su hermana y en voz baja añadió—: No quiero obsesionarme con el tema, así que lo mejor es pasar. Si me quedo embarazada de nuevo, bien; y si no, también.
Alice asintió.
—Además, Renesmee lleva unos días que no pregunta cuándo va a tener un hermanito. Yo creo que se está olvidando por fin de eso —prosiguió—. Y menos mal, porque mucho de mi agobio tenía que ver con su insistencia.
Se quedaron en silencio, observando a su alrededor cómo los invitados a la fiesta lo pasaban bien. Transcurrido unos minutos, Bella habló de nuevo:
—¿Te he contado que las obras del otro gimnasio ya están acabadas?
—No, pero lo sé por Jasper. ¿Vais a hacer fiesta de inauguración o algo así?
—No lo he hablado con Edward, pero supongo que sí —contestó Bella—. De todas formas, tenemos que esperar a que esté completamente equipado con todas las máquinas y materiales necesarios para desarrollar las actividades. Creo que la semana que viene empezarán a traer cosas, porque Edward hizo el pedido hace varios días y le dijeron que, después de la fiesta nacional de hoy, se lo servirían.
—Y también tendréis que contratar a monitores y demás —añadió su hermana.
—Sí, es cierto.
—Por favor, cuando hagáis el casting, llévame para elegir a los buenorros de los monitores.
Sabes que tengo buen ojo para los tíos —le pidió Alice.
Bella se echó a reír.
—Estás fatal —dijo.
—Son las hormonas del embarazo, que me tienen loca —se excusó ella. Alice se unió a la risa de su hermana.
En ese momento, se oyó a lo lejos el timbre de la casa.
—Voy a abrir, aunque no sé quién puede ser. Toda la gente invitada a la fiesta ya está aquí — comentó Bella encogiéndose de hombros.
Se adentró en la vivienda y recorrió el pasillo hasta llegar a la puerta.
Sin embargo, cuando la abrió no había nadie. Se asomó para mirar a ambos lados de la calle, pero tampoco vio a ninguna persona conocida. Cuando iba a cerrar, reparó en que habían dejado en el felpudo un sobre plateado. Lo agarró y leyó el nombre de Edward, junto con su dirección, escrito con una caligrafía muy bonita. Le dio la vuelta para ver quién era el remitente y en el dorso se encontró con la misma letra del frontal.
—El Jardín Secreto —leyó murmurando.
Al darse cuenta de lo que significaba, la excitación se extendió por su cuerpo. ¡Habían invitado a Edward al otro club! ¡A la zona vip!
¿Y ella? ¿También estaría invitada? ¿La incluirían en la convocatoria?
Con el corazón martilleando el pecho por el ansia de abrir la carta, cerró la puerta y se dirigió al jardín de su casa.
Pero, al llegar a él y verlo tan lleno de gente, supo que tendría que esperar a que se fueran todos los invitados para poder darle el sobre a su marido. No podían abrir allí la carta porque la gente preguntaría y no querían dar explicaciones sobre su vida sexual.
Así que se dio la vuelta, dirigiéndose a la habitación de matrimonio, y dejó allí el sobre plateado de El Jardín Secreto con la ansiedad corriendo por sus venas.
Regresó al patio de la casa y se acercó a Edward por detrás. Le pasó los brazos por la cintura y él, al notar la presencia de su esposa cercana a su cuerpo, giró un poco la cara y le sonrió.
—Te ha llegado una carta de El Jardín Secreto —susurró al oído—. La otra parte del club de Jacob y Sam, la zona vip —le recordó.
—¿Para mí? —se extrañó él—. Pero si la que quería entrar allí eras tú.
—Pues lo han enviado a tu nombre.
—Será para los dos aunque solo ponga mi nombre. ¿No la has abierto?
—Ganas no me faltan, pero quiero hacerlo cuando estemos solos —respondió ella en un murmullo tan bajo que solo pudo oírla él.
—¡Uf! Pues ya sabes que esta fiesta se prolonga hasta la madrugada. Vas a tener que armarte de paciencia hasta que se vaya toda la gente.
Bella se encogió de hombros.
—¡Qué remedio! —dijo rozando con sus labios el cuello de su marido—. Oye, esto huele de maravilla.
Inhaló el aroma de la barbacoa y su estómago rugió.
—¿Le queda mucho? —quiso saber—. Estoy hambrienta.
—No, ya está —contestó Edward—. ¡A comer! —gritó para que todos los presentes le oyeran.
Bella le acarició la espalda antes de separarse de él. Con un suspiro se alejó para hacer de anfitriona y servir la comida de la barbacoa.
El resto del día no se pudo quitar de la cabeza la carta de El Jardín Secreto. Rezaba para que el tiempo pasara rápido y la gente se marchase de su casa. Nunca antes había sentido tanta ansiedad porque se terminase una fiesta, pero el final del día se acercaba y se dijo que debía tener paciencia.
Todavía tenían que acudir a la playa para ver los fuegos artificiales que darían fin al 4 de Julio, así que al caer la noche, Bella estaba en un estado de agitación difícil de soportar.
Contó los minutos que duró el espectáculo de pirotecnia mientras el himno nacional sonaba a través de unos altavoces instalados en el paseo marítimo y, con la última explosión de luz y color, su corazón dio un brinco de alegría.
Jamás se había alegrado tanto de que la fiesta nacional terminase.
Ya podían volver a casa, acostar a Renesmee y leer el contenido del sobre plateado.
Se despidió de Jasper y Alice, de sus sobrinos, de Esme y del resto de invitados que les habían acompañado durante todo el día. Recibió felicitaciones por ser una gran anfitriona; Edward, por su buena mano con la barbacoa y por abrirles las puertas de su casa un año más para pasar con todos este día tan significativo para los americanos.
Iban caminando por la calle contentos y felices. Todo había salido a la perfección. Bella abrazaba a Edward por la cintura y este la ceñía a su cuerpo pasándole un brazo por los hombros. Renesmee iba agarrada de la mano de su papá, quejándose porque tenía sueño y quería llegar pronto a casa.
De repente, les salió al paso Rosalie Hale.
—Buenas noches, señores Masen, y feliz 4 de Julio —dijo muy educada. Ellos se detuvieron.
Renesmee, al verla, soltó a su padre y la abrazó.
—¡Rosalie! ¡Te he echado de menos! ¿Cuándo vas a volver a ser mi canguro?
—Hola, Rosalie —la saludó Edward con tensión.
Bella no lo hizo. Desvió la mirada hacia otro lado, denotando así su malestar por el fortuito encuentro.
—Volveré a ser tu canguro cuando tu papá lo decida —respondió ella a la niña.
Miró a Edward, comiéndoselo con los ojos, pero los brazos de su esposa alrededor de su cuerpo le revolvieron el estómago. Se dijo que si iban así, tan acaramelados, era porque Bella no sabía nada de lo ocurrido en el coche. Él no se lo había contado a su mujer.
Edward recordó el incidente en su vehículo y su cuerpo se tensó más aún. Rezó para que la chica no dijera nada o tendría problemas con Bella.
—Cariño, ¿por qué quieres que Rosalie sea tu canguro? ¿No estás contenta con Ángela? — preguntó Edward.
—Sí, sí que estoy contenta con Ángela. Es genial, pero es que echo de menos a Rosalie — explicó Renesmee, abrazando más a la joven.
—Tendrá que volver a llamarme, señor Masen —propuso Rosalie con chulería.
La chica llevaba, como siempre, una camiseta sin sujetador en la que se marcaban puntiagudos los pezones, unos shorts azules y unas Converse blancas.
—No te hagas ilusiones, bonita —soltó Bella, que se había girado para mirarla con furia—.
La babysitter que tenemos ahora es magnífica. Mil veces mejor que tú. En sus ojos, Rosalie pudo ver lo mucho que desagradaba a Bella. Sonrió maliciosamente.
Se agachó para quedar a la altura de Nessie y hablarle:
—La verdad es que tengo que ir un día por tu casa porque la última vez me dejé olvidado en el coche de tu papá una cosa y quiero que me la devuelva —dijo, sabiendo que Edward captaría el mensaje.
El matrimonio habló a la vez.
—Rosalie, por favor —pidió él.
—¿De qué hablas? —quiso saber Bella con malos modos.
—Del recuerdo que le dejé a Edward —contestó la chica, alzándose. Bella se giró hacia su esposo y le miró con una pregunta en los ojos.
—Rosalie, no, por favor —suplicó él—. Delante de Nessie, no.
—¿O te lo quieres quedar para recordar a la tigresa que tuviste esa noche en el coche? — cuestionó la joven sin hacer caso a su petición.
Un gemido ahogado salió de la boca de Bella, que rompió el abrazo con Edward y lo miró enfadada.
Rosalie se sintió orgullosa de sembrar la semilla de la desconfianza en el matrimonio. Bella tiró del brazo de Renesmee para acercarla a ella y taparle los oídos.
—Eres una zorra —siseó entre dientes.
—Basta, Rosalie —intervino Edward. Se giró hacia Bella y añadió—: Vámonos a casa.
Se marcharon de allí como si el lugar estuviera en llamas, bajo la atenta mirada de la jovencita, que no dejó de sonreír orgullosa hasta que los perdió de vista.
Cuando Bella y Edward llegaron a casa con Nessie, acostaron a la pequeña enseguida. Durante el camino no habían hablado del encuentro con la joven Hale. Querían esperar a estar lejos de oídos indiscretos para discutir el tema.
Bella entró en su habitación. Edward daba vueltas por ella como un animal enjaulado.
Se apoyó contra la madera de la puerta una vez que la cerró y observó a su marido varios segundos antes de hablar:
—¿Por qué no me dijiste que había sido la zorra de Rosalie la chica a quien le diste placer en el coche aquella noche del béisbol? —preguntó en voz baja y calmada, controlándose, pero por dentro echaba chispas de rabia. Le hubiera gustado gritarle, arañarle, pegarle… Pero Renesmee dormía en el cuarto de al lado y no podía hacerlo, o la despertaría—. ¿Por qué me mentiste, Edward?
¿Por qué te inventaste otra mujer? Sabes lo mal que me cae esa lagarta y…
—Precisamente por eso —respondió él, deteniendo su andadura por la habitación.
Se había quedado de espaldas a ella. No se atrevía a mirar a Bella a los ojos y confesarle la verdad. Era más fácil no ver su cara de dolor.
—Porque sé cuánto la odias —prosiguió—: Y si te hubiera dicho que el tanga era de ella te habrías enfadado muchísimo.
—¿Por qué ella, Edward? De todas las mujeres de San Diego, ¿por qué la elegiste a ella? — preguntó herida en lo más profundo de su orgullo femenino.
A pesar de que era verano y hacía calor, en la habitación se instaló un frío helado que congelaba los corazones de ambos.
Bella se abrazó a sí misma. Gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas, pero no quería llorar. No. Así que se las limpió a manotazos.
Edward, con las manos en las caderas, intentaba encontrar una explicación que le fuera menos dolorosa a su mujer.
—Yo no la elegí. Fue ella. Fue Rosalie —declaró.
—No te creo. Mírame a la cara y dime la verdad —le exigió con voz dura—. ¿Cuánto tiempo habéis estado liados?
Edward hizo lo que Bella le pidió. Se giró y, al contemplarla, su corazón comenzó a sangrar por el dolor que le estaba causando.
—No hemos estado liados. Solo fue una vez. Pero tampoco es cierto que las cosas sucedieron como te conté. No fue así —confesó con una mirada culpable.
Bella cerró los ojos y más lágrimas salieron de ellos. Edward se acercó para abrazarla. Le dolía verla así.
Pero cuando ella notó la cercanía de su cuerpo, abrió los ojos y, antes de que él pudiera cerrar sus brazos en torno a ella, le empujó.
—No se te ocurra tocarme.
—Por favor, no llores y déjame que te explique.
—¿Me vas a decir más mentiras? ¿Es que no han sido suficientes ya? ¿Todavía no te has cansado?
Edward negaba con la cabeza todas las acusaciones de Bella.
—Escúchame, por favor. No fue la noche del béisbol. Esa noche no pasó nada. Después del partido regresé a casa directamente sin detenerme ni ayudar a nadie. Ocurrió la última vez que ella hizo de canguro para Nessie, cuando la llevé a su casa. De repente se abalanzó sobre mí, me bajó la cremallera y me tocó. Luego se metió en la boca mi polla y comenzó a chupármela…
Bella se tapó los oídos.
—¡No quiero escuchar nada más! —gritó, escurriéndose hacia el suelo hasta quedar sentada con la espalda pegada a la madera de la puerta.
Edward se agachó junto a ella y comenzó a sollozar también.
—Pero es que tengo que contártelo —declaró apartándole a ella las manos de las orejas para que pudiera escuchar su confesión. La agarró por las muñecas y la obligó a oírle—: Fue ella la que me buscó, no yo. Tuve que parar el coche porque, si no lo llego a hacer, hubiéramos tenido un accidente. Todo pasó muy deprisa. Estaba chupándomela y yo le decía que se detuviera, que era un hombre casado, más mayor que ella, y que quería a mi mujer… Intenté apartarla, pero entonces ella se quitó la ropa y se subió encima de mí. Me montó mientras yo le decía que no una y otra vez, hasta que conseguí quitármela de encima y bajarme del coche.
Se ahorró el contarle a Bella las dudas que tuvo en aquellos momentos, la lucha interna entre detener a la chica o dejarla hacer. Lo bien que Rosalie le hizo sentir durante unos minutos, con su ego por las nubes viendo cómo una jovencita atractiva le colmaba de atenciones, mimaba su pene y después se empalaba en él. Fueron pocos instantes. Hasta que recuperó la cordura y se dio cuenta de lo que estaba pasando.
—¿Esperas que me crea eso? —preguntó Bella con las lágrimas arrasando sus ojos—. ¿Que no fuiste capaz de detenerla antes? —Forcejeó con él hasta que consiguió que Edward le soltase las muñecas.
—¡Me pilló desprevenido! ¡Me sorprendió! —chilló él con voz estrangulada por sus sollozos.
—¡Y una mierda!
—¡Es la verdad! ¡Te estoy diciendo la verdad!
Se acercó más a ella, con las rodillas en el suelo, e intentó abrazarla de nuevo, pero Bella le dio tal tortazo que le dejó los dedos marcados en la mejilla.
—No me vuelvas a tocar, malnacido —siseó rabiosa.
Edward se llevó una mano a la zona lastimada y miró a su esposa con tristeza.
—Por favor, Bella, tienes que creerme. Te he contado la verdad —dijo, implorando su perdón.
—Aléjate de mí.
En la mirada de Bella había furia, dolor e indignación.
—¿Y todas las mujeres que me he follado en El Jardín de las Delicias? —preguntó Edward—. ¿Por qué no puedes imaginar que Rosalie es una de ellas, otra más, que no tiene ninguna importancia en nuestra vida, que no la odias tanto?
—Porque no puedo. Las otras no me importan. Son desconocidas y yo he dado mí consentimiento para que tengas sexo con ellas. Pero Rosalie no es alguien ajeno, no he aprobado que te la folles. Desde el primer día que entró en esta casa, se dedicó a buscarte hasta que te ha encontrado. Y tú has caído como un tonto —le recriminó ella entre dientes por la ira que sentía.
—Perdóname, por favor. Solo fueron unos segundos y no pasó nada más. La detuve para que no hiciese nada más. ¿No te vale con que la parase? —quiso saber Edward—. Podría habérmelo montado con ella, haber disfrutado mucho, igual que con todas las mujeres de El Jardín. Y, sin embargo, paré aquello. No quise liarme con Rosalie porque te quiero a ti. En todo momento pensé en ti y en Nessie. Si no os quisiera, si no os amara más que a mi vida, si no respetase nuestro matrimonio, lo habría hecho con ella. Pero la detuve. Me la quité de encima y me bajé del coche para que no siguiera intentado seducirme. Tienes que creerme —confesó intentando cogerle las manos.
Pero Bella las retiró para que no pudiese tocarla. Si no hubiera sido con Rosalie…
Deseaba creer a su marido. Quería pensar que solo había sido una vez. Porque si se enteraba de que habían mantenido una relación más duradera… Su matrimonio se acabaría. Edward podía hacer el amor con todas las mujeres que quisiera, siempre que Bella estuviese enterada y hubiera dado su consentimiento. Le agradaba saber que otras disfrutaban de los encantos de su marido mientras ella miraba, pero solo ella era la dueña de su corazón. Al final del día era con ella con quien se iba a casa y la que compartía su vida, su cama, su intimidad.
Ninguna era rival para ella. Ninguna podría quitarle a su marido. Ninguna excepto Rosalie.
Edward nunca había dado muestras de andar detrás de la chica, pero la joven se había metido en sus vidas al ser la canguro de Renesmee. Y de ahí a congeniar con su marido, que se enamorasen, no iba mucho. Sabía que a él le resultaba atractiva y con su juventud, la tentación tan cerca, no podría resistirlo. Tarde o temprano acabaría cayendo. Como había pasado.
No era lo mismo que con las chicas del club. Con ellas tenía un interludio una noche y se acabó. O aunque coincidieran más noches. No había conversaciones sobre sus gustos, estudios, trabajo, ideas y demás. Allí iban a lo que iban.
Pero con la chica Hale todo era distinto. Había más confianza, más roce. Y dicen que del roce nace el cariño.
De nuevo, Bella se preguntó si solo habría sido una vez o habrían tenido más sexo. La duda no la dejaba en paz. La torturaba.
Una punzada de dolor le atravesó el cráneo.
Edward seguía mirándola, esperando su respuesta, su perdón.
—Me voy a acostar. Me duele la cabeza —dijo Bella alzándose del suelo. Su marido hizo lo mismo.
—No quiero compartir la cama contigo —le advirtió—. Tendrás que dormir en el sofá. Abrió la puerta y le señaló que se fuera.
—Bella, por favor —se quejó él. Ella movió negativamente la cabeza.
—Vete —le ordenó.
Como Edward sabía que no tenía nada que hacer, obedeció.
Con la esperanza de que al día siguiente ella hubiese recapacitado y le perdonase el desliz, se marchó al salón para pasar la noche.
