Este Fic es una adaptación del libro "Conspiración en la noche" de Jezz Burning la cual les comparto sin fines de lucro,

sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Troll mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Capítulo 29

—No conseguiréis nada. Vuestro plan está destinado al fracaso —espetó Halibel mientras

Rukia aseguraba por segunda y última vez las cadenas que la mantenían bien sujeta al primer

vagón.

El Silverpilen, como había llamado Ichigo al tren que descansaba en aquella estación fantasma,

volaba sobre las vías a velocidad máxima. El sueco había hecho un buen trabajo manteniéndolo

en magníficas condiciones de uso. Acababan de pasar por la antepenúltima estación de su

recorrido, en pocos minutos llegarían a su destino.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Aizen tiene un ejército con el que defenderse. Mi hermanastro os aplastará antes de que ni

tan siquiera os acerquéis.

—Es una lástima que no puedas ver nuestra derrota —dijo Rukia.

Halibel aprovechó la cercanía de la Pura para escupirle. Rukia se limpió la saliva con el dorso

de la manga antes de erguirse sonriendo. Cerró la cremallera de la cazadora y cogió el casco

entre las manos.

—Nos veremos en el infierno, zorra —dijo la presa.

—Quizá en alguna ocasión, pero te prometo que incluso allí volveré a matarte —se despidió

encogiéndose de hombros—. Que tengas un buen último viaje.

Rukia corrió hacia el vagón de cola. La imagen que le devolvían las ventanillas debido al fondo

negro del túnel era la de una mancha roja que se desplazaba rauda atravesando el tren de punta

a punta.

Ichigo había programado el recorrido para que la «flecha plateada» fuera perdiendo velocidad a

medida que llegaba al final de la línea. Pero Rukia no estaba de acuerdo y, en silencio,

observando el proceder del sueco, aprendió a modificarlo para que esa merma de velocidad no

se produjera. El tren se estrellaría en pocos minutos y la explosión terminaría también con el

contingente enviado allí. No estaba dispuesta a que los soldados tuvieran vía libre, nada más

recoger a Halibel sana y salva, para volver hasta Skokloster y sorprenderlos por la retaguardia.

Tenía muy claro que la decisión del sueco sobre entregar con vida a Halibel la había causado ella

con sus continuos reproches por las muertes acaecidas desde que comenzara su cruzada

contra Aizen. Y no consentiría que algo así ocasionara el fracaso de la misión o la muerte de

alguno de los suyos.

Abrió la portezuela y tuvo que sujetarse con fuerza cuando un vaivén del vagón casi consiguió

que perdiera el equilibrio. Agarrándose a las barras volvió sobre sus pasos y montó sobre la

moto que puso en funcionamiento al instante. Imprimiendo velocidad, se lanzó hacia la negrura

del túnel justo en el momento en que atravesaban la penúltima estación.

Desde donde se encontraban escondidos, observando los movimientos de los soldados con los

que Aizen se protegía, Ichigo dejó vagar la vista sobre las avenidas de tilos y el precioso manto

de césped verde que cubría el enorme jardín que rodeaba el castillo de Skokloster. Casi pudo

recordar a su madre, recogiendo manzanas y castañas de los árboles mientras el frío viento de

otoño enredaba su rubia cabellera.

—¿Es nostalgia eso que veo? —preguntó Chad en tono burlesco.

—No. Eso que ves es el castillo de Skokloster y sus jardines —respondió el sueco con la

rapidez acostumbrada.

—No hay nada de malo en mostrar emociones. Te haría un poco más humano.

—No tengo ninguna intención de parecer humano —respondió sin apartar la mirada de las idas

y venidas de los soldados—. Jamás lo he sido y no voy a adoptar costumbres que nada tienen

que ver conmigo.

—Quizá me esté acostumbrando demasiado a la forma de hablar de Galilahi, quería decir que te

haría un poco más cercano. Ya sabes, más accesible.

—¿Y en qué podría beneficiarme eso?

—Quizá en evitar que Rukia se marche —respondió el indio a quemarropa.

Sólo entonces Ichigo apartó los ojos de los jardines y sus alrededores para mirar a Chad

directamente a los ojos. El jodido cherokee había puesto el dedo sobre la llaga sin titubeos.

Observó su rostro, buscando en él alguna señal que le diera pistas sobre lo que motivaban

aquellas palabras. Los ojos negros del indio no se apartaron de los ámbar en ningún momento,

soportando el escrutinio del sueco con voluntad, impasible.

—Dime una cosa, indio, ¿cuándo pasaste por la metamorfosis que te convirtió de guerrero en

alcahueta?

—No seas más imbécil de lo acostumbrado, sueco. Admite que esa hembra te importa.

La tensión entre ambos licántropos era palpable. Ichigo no iba a permitir que nadie se

inmiscuyera en lo que podía o no sentir hacia Rukia y Chad no estaba dispuesto a que los

caprichos de un inmaduro Ichigo hicieran daño a una hembra con el valor necesario para

afrontar una situación tan dura como la que había pasado. Si existía una que pudiera soportar la

terquedad y difícil personalidad del sueco, esa era Rukia.

—Sabes que si no le proporcionas algo a lo que agarrarse se marchará y es muy probable que

no vuelvas a verla jamás —continuó Chad.

—No tienes ni idea, indio. Rukia puede marcharse pero volverá a mí le guste o no. Es su

destino. Soy su destino.

—Tienes razón, no puedo saber qué ha ideado tu retorcida mente. Pero Rukia no es de las que

dan su brazo a torcer con facilidad. Es una guerrera, igual que tú. Cometes un error creyendo

que puede haber algo que la obligará a aceptarte contra su voluntad. —La frente del sueco se

arrugó ligeramente ante la exposición de Chad y éste aprovechó para atacar de nuevo—. Si

no le dices lo que sientes, la perderás.

—Ella ya sabe lo que hay —dijo terminando de fruncir el ceño y volviendo a dirigir la vista hacia

el horizonte.

—¡Por todos los dioses! Debes de ser el cruce entre un lobo y una jodida mula.

—¡Maldita sea! ¡No pienso ponerme de rodillas a implorarle para que no se marche! —exclamó

siseando—. No soy de esa clase.

—Tampoco creo que Rukia aceptara algo así.

—Se reiría en mi cara.

—En eso estamos de acuerdo. Y aunque me gustaría estar presente en ese momento, creo que

no es la forma correcta en que debes abrirle tu corazón.

—¿Y qué narices sugieres? Ya le he dicho que me siento muy cómodo a su lado y por lo visto

tampoco eso le basta.

Ichigo respiró con algo de tranquilidad al ver que Chad pensaba en ello sin dar réplica y

volvía a prestar atención a los movimientos de los soldados. Parecía que al fin el indio se había

convencido de que, tal como lo veía él, había hecho todo lo posible para mantener a Rukia a

su lado.

—También estás cómodo cuando te tumbas en el sofá —murmuró.

—¡Joder, indio! Estoy pensando en matarte y terminar con esta conversación de una vez por

todas.

—Es muy interesante ver que no soportas tu propia manera de tratar al resto.

—¿Te estás vengando? ¿Por eso has decidido tocarme los huevos de esta manera?

—Si quisiera vengarme no te habría mencionado el problema, sueco. Dejaría que Rukia se

marchara y vivieras amargado el resto de tus días pensando en que quizá, si te hubieras

sincerado con ella, todo sería distinto.

El camino de vuelta, montada en la motocicleta a toda velocidad por los túneles del metro,

transcurrió sin incidentes.

Lo único que se podía objetar como inconveniente era el humo y el calor procedentes de la

explosión del tren. Todo había salido a pedir de boca a juzgar por el estruendo que acusó al

estrellarse. Ningún bicho viviente podría salir de allí tal como calculó. Esperaba que a Ichigo y

Chad les fuera igual de bien y alcanzaran su objetivo sin problemas. ¡Maldito cabezón!, ella

aún tenía tiempo de sobra para desplazarse hasta Skokloster y luchar junto a ellos tal como

sugirió antes de partir. La parte del plan que ambos llevarían a cabo era mucho más compleja y

llena de riesgos. Pensó en Yumichika, estaría solo y, podía estar segura, atacado de los nervios,

haciéndose miles de preguntas. Al menos era portadora de buenas noticias.

Subió la moto por la rampa de acceso saliendo de la hondonada donde discurrían las vías y

desmontó. Desde allí todo parecía tranquilo. Caminó por los pasillos interiores deprisa,

deseando ver una sonrisa en el rostro del licántropo eslavo cuando le explicara sus peripecias

para hacer estrellar el tren. Pero encontrar el taller de Ichigo patas arriba, puso en alerta todos

sus sentidos.

La visión de aquel caos le recordó inmediatamente el asalto al Latin Kiss. Ahora comprendía el

objetivo de aquella intrusión y por qué no atacaron a Yumichika. Lo habían usado. Después de todo,

era evidente que sí tendría un poco de lucha cuerpo a cuerpo sin haber de recorrer los

kilómetros que la separaban del castillo.

El corazón comenzó a bombear con fuerza al imaginar al licántropo muerto. Con las rodillas

destrozadas, seguro que le había sido imposible defenderse aunque no tuviera nada que hacer

frente a un grupo numeroso. Yumichika no era diestro en la pelea. Oculta entre un montón de

escombros, cerró los ojos con fuerza para exorcizar aquella visión. Debía ser optimista, quizá

los oyó y logró esconderse o encerrarse en la habitación de Ichigo, aquella que parecía

reforzada para resistir ataques.

Una consecución de ruidos y algún cristal roto la advirtieron de que no estaba sola. Tal como

esperaba según el procedimiento a seguir, muerto Yumichika o no, tuvieron que dejar a un par de

individuos haciendo guardia. Bien, ya había localizado a uno de ellos, sólo debía asegurarse de

dónde situar al otro.

Se preparaba para abandonar el precario escondite cuando algo, enterrado bajo tornillos,

tuercas y las herramientas del sueco, brilló llamando su atención. Con muchísimo cuidado,

extrajo la espada lentamente hasta que pudo empuñarla. Como afirmó Ichigo, era realmente

liviana y muy manejable. Armada con ella, se irguió lo suficiente para poder caminar y acercarse

hasta la puerta entreabierta. Rogó a los dioses para que el intruso, que aún ocupaba la cocina

entretenido en vaciar el contenido de la nevera, se colocara en lugar visible desde aquel ángulo.

Rukia observó al licántropo de cabellos negros en su ir y venir, pero la arquitectura redonda

del distribuidor le impedía tener una visión clara para poder apuntar correctamente. Existían

demasiadas posibilidades de error. Esperó unos minutos hasta que, por fin, el tipo pareció

satisfecho con el botín obtenido y cerró la puerta del frigorífico.

Era el momento.

Lanzó la espada con todas sus fuerzas y ésta voló recta y directa hacia su objetivo. Cuando un

esbozo de sonrisa acariciaba sus labios celebrando la hazaña, un objeto lanzado con fuerza

brutal, salido de dios sabía dónde, impactó contra la hoja desviándola de su trayectoria.

—¡Yumichika, ponte a cubierto!

¿Yumichika? ¿Pero no se suponía que aquellos hijos de perra lo habían matado?

—¿Yumichika? —exclamó Rukia.

—¡Quietos! ¡Quietos! —se oyó gritar al eslavo—. ¡Es Rukia!

—¿La Pura? —preguntaron desde la cocina.

—Muéstrate, Rukia, no somos enemigos.

—¡Soltad a Yumichika primero!

—Estoy bien, pequeña. No estoy preso —dijo apareciendo en su ángulo de visión.

—¿Quiénes son? —preguntó con un ademán de la cabeza cuando tuvo a Yumichika frente a ella.

—Hisagi y Kon —la respuesta pareció tranquilizarla y se relajó visiblemente—. Ven conmigo.

No hay peligro.

Rukia aceptó la mano del eslavo y salió de su escondite para entrar en el distribuidor. Allí el

caos era menos evidente, no obstante existían señales claras de una lucha reciente. No había

quedado ni un solo cristal intacto y el sofá ahora descansaba, hecho trizas, en mitad de la

estancia.

Desde la cocina el rostro joven y sonriente del licántropo de iris de color marrón y tez

tostada la saludó con un guiño. El otro, de pelo negro y los ojos azules más oscuros que

había visto en su vida , le ofreció la mano para estrechársela.

—Es un placer y un honor conocerla, señora —dijo.

—Mi nombre es Rukia y no soy señora de nadie —afirmó respondiendo al saludo—. ¿Qué ha

pasado aquí?

—Llegamos justo a tiempo de impedir que se llevaran a Yumichika.

—Los tipos del Latin Kiss, ¿no? —Yumichika asintió apesadumbrado—. Te siguieron, por eso no

hicieron nada por atraparte.

—Sí —murmuró.

—Ichigo me llamó hace varias horas para que sirviera de apoyo en Skokloster —explicó Hisagi—.

Pensaba dejar a Kon aquí antes de dirigirme al castillo.

—Bien, ya que has venido para eso, vamos, pongámonos en camino.

—¿Adónde crees que vas? —exclamó Yumichika colocándose frente a ella, bloqueándole la salida.

—A Skokloster, por supuesto.

—Pero Ichigo dijo que...

—Me importa una mierda lo que diga Ichigo, no me quedaré de brazos cruzados mientras su

orgullo de macho consigue que lo maten.

El joven Kon irrumpió en carcajadas y los labios del egipcio se curvaron en una sonrisa.

—¿Qué te hace tanta gracia, pimpollo? —preguntó recordando el apelativo que usaba el sueco

para referirse a él.

La hilaridad del joven licántropo terminó de pronto al escuchar aquella palabra. Masculló una

serie de improperios dirigidos a Ichigo mientras se daba la vuelta para darles la espalda y atacar

la comida que había apilado sobre la mesa.

—¿Cómo habéis llegado hasta aquí? —quiso saber Rukia.

—Alquilamos un coche en el aeropuerto, lo necesitaremos para transportar a Isshin—

respondió el egipcio.

—Bien. Vamos, yo iré en moto, sólo tienes que seguirme.

—De acuerdo.

—Yumichika, descansa esas rodillas para que terminen de curar. Kon se quedará contigo para

ayudarte en lo que necesites.

—¿Qué? —Se quejó el joven emergiendo de la cocina como un ciclón—. ¡De eso nada! ¡No soy

la niñera! ¡Os acompañaré a Skokloster!

—No vamos a tener tiempo de cuidar de ti, así que te quedas y compórtate como un buen chico,

deja esto para los más experimentados.

—¡Maldita sea! ¡Soy un licántropo adulto! ¡No es la primera lucha que enfrento!

—Estás hablando con un militar de alto rango, Kon —advirtió Hisagi con voz queda—,

demuéstrale el respeto que debes.

—Quiero ayudaros.

Rukia y Hisagi intercambiaron una mirada y el egipcio supo al instante que la Pura estaba al

tanto de todo lo referente al joven. No podían arriesgarse a llevar a Kon al lugar donde

encontrarían a Aizen. Si algo salía mal, era como ponerle el objetivo que perseguía en bandeja

de plata.

—Si de verdad deseas ayudar, debes quedarte. No se admite más discusión —sentenció la

hembra.

Los ojos marrones de Kon despidieron fuego mientras sus manos se cerraban en duros

puños.

—Kon... —dijo Hisagi en tono de advertencia.

—¡De acuerdo! ¡Maldita sea! —exclamó golpeando la puerta de la cocina que colgaba

precariamente de sus goznes.