InuYasha permaneció inmóvil. Notando como Kagome lo abrazaba, mientras que con los dedos dibujaba unas zigzagueantes caricias en su abdomen, que lo estremecían y hacían ambicionar lo inconfesado.
Ella era la calma después de la tempestad. Su debilidad, y al mismo tiempo, su mayor fortaleza. Aquella mujer lo era todo, y por ella era que en más de una ocasión había perdido el Norte. Aun así, no le importaba perderlo, si al final los brazos de Kagome eran su refugio.
—Que me quede aquí… Contigo… —Repitió él en un susurro, guiando sus manos donde las de ella reposaban—. Y… ¿Qué pasaría si lo hiciera? ¿No te incomodaría…?
La sacerdotisa sonrió. Guardando silencio al disolver su abrazo, y hacer que InuYasha se volteara para quedar el uno frente al otro. En sus miradas estaban las dudas y la incertidumbre, pero a su vez, brillaba un atisbo de convicción.
¿Qué decir? No estaba claro. ¿Qué hacer? Eso ya parecía menos complicado. Los dos carecían de experiencia en situaciones como aquella, pero igual percibían lo que sus cuerpos imploraban. Kagome guio las manos al hitoe de su hombre, deslizándolas hasta alcanzar el nudo de su hakama y deshacerlo con delicadeza.
Sólo estaban ellos dos en medio de aquel caldeado lugar. Sus ojos de avellana no descansaban ni siquiera para parpadear, mostrándose atentos a esas incipientes acciones, que se disponían a cumplir cuanto codiciaban y no se atrevían de voz a expresar.
Con aquella iniciativa, la sacerdotisa no tardó en aflojar la presión de las ropas y descubrir el torso desnudo de su amado. Escudriñando, con la boca haciéndose agua, aquel lienzo que con sus caricias y besos quería mancillar. Se quedó absorta y sin saber cómo continuar, siendo entonces el turno del joven híbrido de tomar las riendas.
Tampoco es que InuYasha se aventurara a mucho, pero la iniciativa de su compañera fue incentivo suficiente para instarlo a reaccionar. Posando las manos alrededor de su cintura, de forma posesiva y demandante.
—¿Te ayudo… Kagome…? —Ella asintió levemente, otorgando la voluntad de decisión a aquel hombre que tantos suspiros le había robado.
Tan pronto contó con su consentimiento, él comenzó a deslizar la tela de su hakui por los hombros, y la perfecta panorámica de sus senos fue la mejor de las visiones que pudo tener. Y es que, ¿Cómo no quedar prendado de aquel cuerpo de pecado?
Cuando sus miradas volvieron a cruzarse, las dudas se habían convertido en deseo y la confusión en determinación. Aparcando el pudor y la vergüenza, para dejar fluir esos sentimientos y emociones que abnegaban su razón.
—¿Está todo bien…? —Preguntó ella. Sabía que sí, pero igual le gustaba tentar el autocontrol del muchacho. Sintiéndose poderosa, al discernir ese matiz perverso que se reflejaba en sus pupilas.
La sonrisa de InuYasha se ensanchó, sobre todo cuando decidió obviar las finezas, al terminar de despojarla de aquellas ropas, que le privaban disfrutar de la silueta de diosa que ella poseía.
—Dímelo tú… —Sus dedos trazaron una senda invisible, que iba desde la separación de sus pechos hasta el borde de su hakama. Prácticamente no transcurriendo más de unos cinco segundos, que se zafó de aquella dichosa prenda y de la interior que cubría su intimidad—. ¿Está bien que siga, Kagome…?
Aquella voz ronca que utilizó al hablar, produjo que mil mariposas revolotearan en el estómago de la novicia. No era la primera vez que podía ver esa faceta fiera en el rostro de su hombre, aun así, de las pocas ocasiones que tuvo el gusto de presenciar, siempre se sentía como algo nuevo e incitador.
Sin querer quedarse atrás, ella se arrimó a su silueta y lo imitó al despojarlo del resto de su vestimenta. Permitiendo de este modo, que sus cuerpos se atrajeran como a imanes, y que la calidez de su piel los alentara a sucumbir sin esfuerzo.
—Depende… —Sus senos se apretaron contra el torso varonil, aprovechando la cercanía para ser curiosa y recorrer sus brazos con las yemas de los dedos—. ¿Tú quieres seguir… InuYasha…?
Una invitación como aquella no se podía rechazar. ¿Quién en su sano juicio lo haría? Siendo solo un hombre, era más sencillo lidiar con los arrebatos que pudiera tener. Rebajando el peligro de querer poseer a esa mujer, que desde hacía tiempo había vehemente deseado.
—Vamos al agua… —Susurró con voz profunda, a la vez que se tomaba las confianzas de recorrer las curvas de aquella bella ninfa. Partiendo de sus posaderas y acabando en sus turgentes senos—. Así estaremos más… Cómodos…
Kagome lo observó medio abstraída, pues aquel era el efecto arrebatador de InuYasha sobre ella. Un efecto que la hacía sentir como a una endeble criatura, y a su vez, como a la mujer más deseada.
Así fue que, sin perder de vista esos labios que tanto le apetecía besar, la sacerdotisa accedió a la petición del muchacho. Marcando algo de distancia, en cuanto ambos se dirigieron a la orilla y remojaron los pies, antes de sumergirse hasta el cuello en las cálidas aguas.
Una sensación placentera los embargó. Sus ojos volvieron a buscarse y sus cuerpos eran atraídos por ese magnetismo que no podían obviar, y que los convertía en meros esclavos de la lujuria.
Sin darse cuenta, la distancia entre sus rostros era de no más que unos insignificantes centímetros. Percibiendo el vaho que escapaba de sus labios y que los tentaba a recortar esa separación que seguía dividiéndolos. Kagome dejó que una de sus manos emergiera hacia la superficie del agua, después deslizando una caricia por la faz del apuesto híbrido.
—¿Ahora mejor…? —Inquirió ella en lo que pareció un murmullo. Conduciendo el dedo índice hasta su quijada—. ¿O se te ocurre alguna otra manera para estar más… A gusto…?
InuYasha la contempló fascinado. Arrimándose a su silueta por debajo del agua, y así lograr surcar la curvatura de su espalda en un lento vaivén que la hizo jadear contra su boca. Aquello tenía que ser un sueño. Percibir esos roces de su piel sobre la de ella, estaban provocando que su sexo se contrajera y requiriera de atención.
—Así estamos bien… —Sus pelvis chocaron y, una sutil fricción de sus sexos, produjo que la respiración de los dos se acelerara y el calor se acentuara en sus organismos—. Aunque… Me gustaría sentirte un poco más…
Una sonrisa pilluela se dibujó en los carmesíes de la muchacha, quien en una actitud más desinhibida, elevó las piernas y abarcó con ellas la cintura de su pareja. Obviamente, su reacción tomó por sorpresa al joven de cabellos azabaches, aun así, no le molestó; sino que alimentó el instinto voraz que rugía en su interior.
—Yo también quiero sentirte más… —Se removió adrede y él la sostuvo por los muslos. Eso sí, se detuvo cuando quiso ser más atrevido y tomarla de los glúteos—. ¿Qué pasa, InuYasha…? —Usó una voz inocente y de lo más persuasiva. Contoneando las caderas, por tal de que él se restregara contra su bragadura—. ¿Es que no te gusta…?
Ella apoyó su frente sobre la de él, moviéndose en un constante mecimiento, que intensificaba esas ansias que ambos albergaban hacia el otro. InuYasha ya no sabía cómo mantener sus pensamientos a raya. La forma en que Kagome se movía, al igual que esos perseverantes roces en su entrepierna, estaban haciéndole perder la cabeza.
El calor era tan embriagador, que bien podría tratarse de una repentina fiebre. Pero daba lo mismo. Quería más. Deseaba más. E igual le ocurría a ella, quien al notar como el miembro de su compañero se endurecía, no supo silenciar el jadeo que escapó a traición de sus labios.
—Kagome… —Adiós pudicia. Ya no podía soportarlo más. Sus manos llegaron a los glúteos de la sacerdotisa y los apresaron con descaro. Dirigiendo esos movimientos, que hasta entonces ella había orquestado—. ¿Por qué disfrutas tanto… Provocándome…?
La azabache se regocijó de verlo en aquella posición vulnerable, mostrando una expresión pícara que se mezclaba con una ingenuidad fingida.
—¿Provocarte…? ¿Yo? —Su aliento se fundía con el suyo y sus labios se rozaban. Toda una tortura y fuerte tentación. Pero fue más allá, cuando obstinada y codiciosa, acercó los dedos donde la virilidad de su hombre se frotaba asiduamente contra su intimidad—. Eres tú quien me provoca a mí… —Suspiró, jugueteando al no permitir que el beso se produjera—. ¿O vas a decirme que yo tengo la culpa de…? —Recorrió la extensión de su falo, desde el extremo hasta el escroto—. ¿... Esto?
Fue en ese instante que InuYasha gruñó deseoso y se despidió del poco control que le quedaba. No sabía qué tan sinvergüenza podría parecerle, pero ya no podía continuar disimulando. Apresando sus labios en un tórrido beso, al mismo tiempo que la cargaba de espaldas hasta una de las rocas cerca de la orilla.
La necesitaba. Necesitaba su calidez y necesitaba esas sensaciones que desconocía, pero que tanto le urgía experimentar. Sus lenguas se batían en duelo, uno y otro luchando por la sumisión del opuesto. Los dos querían ganar. Los dos querían la rendición de su pareja. Sin embargo, por contrapartida, también ansiaban estar en el puesto dominado.
—Inu… Yasha… —Kagome apretó la erección de su hombre contra la palma de su mano, y comenzó a masajearlo con un leve temblor en la muñeca. Lo deseaba, sí, pero eso no le quitaba la inexperiencia.
—Aprieta… Más… —Ella lo vio con desconcierto, por lo que InuYasha se encargó de acercar su mano donde la de ella se cernía. Acompañando sus acciones, al hacerle presionar, con el pulso firme, su endurecido miembro—. Así… —Jadeó audiblemente, inyectando sus ojos de tonalidad café a los de ella—. Tócame así… Kagome…
Ya más segura de sus actos, ella obedeció y lo besó con fiereza. Colmándose del dulce sabor de sus besos, al mismo tiempo, que con la mano estimulaba el sexo de su compañero. Saberse la causa por la que InuYasha estaba tan excitado, prendía el fuego que quemaba las entrañas de la novicia.
Él la deseaba; a ella. De la misma manera, que ella lo deseaba a él. Única y exclusivamente… A él.
—InuYasha… —Lo miró casi con desesperación, provocando que todo él se estremeciera con esa mirada perspicaz que le dedicaba—. Necesito sentirte… Dentro de mí… —Suplicó entrecortada, e impulsó sus caderas con impaciencia—. Por favor…
En otras circunstancias, él tal vez se hubiera resistido. No obstante, gracias a aquella noche de luna nueva, no perdería la oportunidad de cumplir, una de tantas fantasías, en las que Kagome era su principal protagonista.
InuYasha no se anduvo por las ramas. La besó con ansias, conduciéndola hasta la zona donde menos cubría el agua, para sentarse con ella cerca de la orilla. La sacerdotisa se acomodó mejor encima suyo y le cedió a él la iniciativa.
—Si te hago daño… —Resbaló su falo entre las ninfas de la joven. Tanteando la hendidura, al presionarla sutilmente con el extremo de su dureza—. Dímelo y me detendré…
Ella lo contempló ansiosa. Apartando sus cabellos, por tal de deleitarse con mayor claridad de su semblante perverso.
—No lo harás…
Sus bocas estaban a punto de sumergirse en la ambrosía de sus besos. Cada vez acercándose más el momento de su fusión, cuando en medio de aquel trance, InuYasha levantó la pelvis y poco a poco se fue deslizando en la cavidad de su mujer.
Kagome apretó los dientes y se aferró a los mechones de su amado. Notando que, pese a la fluidez de su incursión, le costaba habituarse a esa presión que acaparaba las paredes de su sexo. Y es que sentirlo dentro de ella, era una sensación indescriptible. Pues si al principio no le ocasionaba molestia, tampoco podía decir que llegara a disfrutarlo del todo.
Los dos guardaron silencio hasta que él culminó en lo más profundo de su núcleo. Mirándose a los ojos con las pupilas dilatadas y las mejillas sonrojadas.
—Kagome… —Aquel tono seductor podría volver loca a cualquier chica sin excepción. Y la sacerdotisa era víctima de su encanto—. ¿Estás bien…?
A esas alturas no había marcha atrás, y ninguno de ellos se lo planteaba. Kagome sonrió al reducir de nuevo la distancia con los labios del muchacho, atrayéndolo por la nuca, a la vez que comenzaba a moverse sobre él en un delirante, aunque aún prudente, balanceo.
Aquel movimiento los hizo gemir a ambos, y sus ansias y deseo se vieron incrementados exponencialmente. No existiendo nada más que ellos dos en aquel preciso instante y lugar.
Estuvieron probando el ritmo que mejor se adaptaba a ellos, y lo grato fue que, al poco rato, dieron con el compás que hacía danzar sus cuerpos en sincronía; inundándolos de un gozo que les hacía perder el mundo de vista.
—Mmph… Esto se siente… Increíble… —Jadeó ella, hundiendo los dedos entre las guedejas de su hombre—. Me encanta...
—¿De verdad…? —Colocó las manos sobre los glúteos de la sacerdotisa, amasándolos de forma que, durante el proceso, sus caderas chocaban con más brusquedad y apremio—. Entonces… ¿Te gusta tenerme… Dentro de ti…? ¿No te molesta…?
Kagome lo miró con un matiz granuja y después mordió el labio inferior de aquel atractivo rebelde.
—Lo único que me molesta… Es no haber hecho esto antes… —Echó la cabeza hacia atrás y sus pechos brincaron. Apoyando las manos sobre los muslos de su pareja, por tal de moverse con brío sobre él—. Ah-ahm… Llegas tan adentro...
Sus palabras y jadeos eran música a oídos de InuYasha, quien al fijarse en lo sugerentes que se veían los montes de aquella joven despampanante, no dudó ni medio segundo en inclinarse hacia adelante y reseguir con la lengua una de sus aureolas.
—Hmph… Tan deliciosa… —Impregnó de saliva aquel botón erecto, dándole después una leve succión que hizo gemir a la novicia. Desde luego, verla tan dispuesta y excitada, era el mejor espectáculo que él podía presenciar—. No puedes imaginar cuántas veces quise hacerte mía, Kagome… —La embistió calando más hondo, luego acercándola por la espalda, mientras surcaba con la lengua los senos de su Afrodita personal—. No puedo creer que al fin te tenga toda para mí…
—Yo… Tampoco… —Se humedeció los labios y movió la cintura en círculos. Acto seguido, incorporándose lo suficiente para atrapar el rostro de su amante y obligarlo a mirarla directamente a los ojos—. Pero ahora yo soy tuya… —Exhaló pesado, notando cómo él aceleraba la cadencia de sus envites—. Y tú… Eres mío…
«Mía...»
Sí, lo era. Pues pobre de aquel que quisiera interponerse entre ellos y robarle a su mujer. Kagome era todo cuánto deseaba, y después de aquel día, más montaría en cólera si alguien tuviera la desfachatez de siquiera pensar arrebatársela.
—Solo tuyo… —Profesó en un susurro que hizo a la sacerdotisa estremecerse—. Mi preciosa Kagome… —Escondió el rostro en el hueco de su cuello, imprimiendo avarientos besos en su piel de terciopelo—. Eres tan dulce… —Inhaló la esencia que emanaba de su cabellera, dirigiéndose a su oído para hablarle en un discreto bisbiseo—. Y estás tan estrecha…
La azabache lo contempló con el libido por las nubes, rasgando con las uñas sus fuertes brazos.
—¿Eso es un inconveniente para ti…?
A InuYasha todavía se le hacía increíble esa picardía que ella le estaba demostrando. Tentando esos instintos que durante tanto tiempo él había resguardado en su interior, y que por ese entonces, ya no existía forma humana de dominar.
—Yo no dije nada de eso, tonta… —Devoró esos labios que no dejaban de provocarlo con su lengua disuasiva, de mientras con una mano la atraía por las lumbares y la arrimaba a su silueta—. Me encanta que estés así de estrecha… —Murmuró en un tono grueso. Escuchando los gemidos que ella liberó tras brindarle unas estocadas más empoderadas—. Al igual que me encanta verte tan excitada…
—Inu… Yasha… —A cada segundo que pasaba, más le costaba no dejarse escuchar. Discerniendo su propio reflejo, en las gemas oscuras de su hombre.
Sus manos buscaban explorar el cuerpo del otro de una manera casi obsesiva. Así como sus bocas se iban reclamando a cada encuentro con más deseo y pasión. Y es que ya habían cruzado esa línea que los conducía directamente a un punto sin retorno.
El sonido del agua chocando con sus carnes, así como sus respiraciones irregulares, componían la más candente de las melodías. Invitándolos a adentrarse en aquel espiral de placer que ya estaba por hacerlos caer.
No había razón. Tampoco vergüenza ni arrepentimiento. Los dos se movían en busca de ese instante que los elevaría hasta el cielo. Abrazándose con todas sus fuerzas, mientras que sus caderas eran las encargadas de dirigirlos hacia aquella tan anhelada cúspide.
InuYasha hundió los dedos en los glúteos de la sacerdotisa. Penetrándola una y otra vez, ya sin descanso ni compasión. Sabiendo que estaba haciendo lo indicado, al oír esos gemidos que lo apremiaban a continuar sin rebajar el ritmo.
—Maldición… —Gruñó él al notar como su miembro palpitaba contra la estrecha cavidad de su compañera. Contemplándola con el pulso azorado y una mirada salvaje—. No voy a poder aguantar mucho más…
Kagome sostuvo sus mejillas y rozó sus labios con los de ella. Mismamente sintiéndose presa de unas sensaciones que la hacían delirar.
—No lo hagas… —Imploró en un entrecortado susurro. Tensando la mandíbula al percibir cómo un persistente hormigueo se concentraba en su sexo—. Llega conmigo...
Él no necesitaba más. Sólo aquella carta blanca que le permitía desenvolverse con esa salvajería que su ser reclamaba, y que igual ella ansiaba experimentar. Ambos jadeaban y sus respiraciones se fundían. Moviéndose con ese afán que mantenía prendida la llama en su interior.
Ya no quedaba mucho, cómo máximo, unas pocas estocadas que pusieran fin a aquel arduo traqueteo de sus cuerpos. InuYasha ahogó un gruñido en su garganta y de nuevo apresó los carmesíes de aquella diosa, sofocando así el éxtasis que lo inundó al llegar al orgasmo, y comenzando a vaciarse en el interior de su mujer.
Era una sensación plena y de un placer sin precedentes. La perfecta unión de sus cuerpos y el anhelado letargo de sus almas. Eran InuYasha y Kagome, sí, pero en aquellos instantes, eran más. Eran uno solo.
Sus movimientos se fueron ralentizando, y sus labios disolvieron aquel húmedo contacto, para verse a los ojos con un brillo especial. Permaneciendo en perfecta calma y serenidad.
Poco a poco, y tras un breve lapso, ella fue la primera en reaccionar. Dirigiendo una caricia de sus dedos a los cabellos que caían por la frente del muchacho, y apartándolos con cautela y un profundo mirar.
No sabían qué decirse. Buscando las palabras idóneas que expresaran las emociones que afloraron en sus corazones, y que alentaron la zozobra que desde días los había acechado sin perdón. Aun así, ¿Qué podía ser? ¿Qué podría definir algo tan mágico?
—Te amo, InuYasha.
Aquella confesión fue una sorpresa para ambos, pero sobre todo para ella. Pues por veces que había hablado sobre sus sentimientos hacia él, nunca antes había sido tan directa. InuYasha estudió su semblante con asombro y la agarró de las muñecas. Inmovilizándolas y asegurándose así de tener el control sobre ella.
—Kagome, yo… —Tragó grueso. Notando cómo sus latidos retumbaban contra sus oídos—. Yo...
El ruido proveniente de detrás de unos matorrales rompió el momento y alarmó a la joven pareja. Dirigiendo sus miradas donde se movía el follaje, y finalmente aparecían tres pequeños simios que jugueteaban cerca de la orilla.
—Falsa alarma… —Él suspiró aliviado, regresando su atención al rostro inescrutable de la sacerdotisa—. ¿Quieres que vayamos a descansar? ¿O prefieres que nos quedemos un poco más en el agua?
Kagome se quedó atónita. ¿En verdad le estaba diciendo aquello después de que ella se le confesara? Cierto que los habían interrumpido, pero aun así, ¿Cómo podía actuar tan despreocupado?
Sin alterar la compostura, la sacerdotisa se incorporó y fue hacia el extremo donde se encontraban sus prendas. Saliendo del agua y comenzando a vestirse, mientras InuYasha la miraba con incertidumbre.
—¿Kagome? —Él la siguió con interés y la duda bañando sus gemas—. ¿Va todo bien?
—Perfectamente. —Se atavió con sus ropas y sonrió sin ganas—. Sólo estoy cansada y quiero dormir.
—Oh… —Había algo que no acababa de encajar, pero prefería no ser un incordio. Apartándose a un lado para hacer lo que ella y vestirse—. En ese caso, vamos a descansar.
—Sí, será lo mejor.
Su frialdad al hablar era algo de temer. No obstante, por experiencia de ocasiones anteriores, InuYasha era consciente de que presionarla, únicamente empeoraría la situación. Optando así en guardar silencio y observar.
...
Continuará!
Sí, era el momento, pero no, no podía dejarlos completamente felices xD
InuYasha aún tiene mucho que aprender, veremos si se da cuenta de qué es lo que hizo mal, y sino... ¿Buena suerte?
Siempre se me complica escribir lemon, me extiendo más de la cuenta... Pero igual espero haya sido de su agrado! n_n
En cuanto a los comentarios de los usuarios invitados:
Moroha: Gracias! Intento ir mejorando para no repetirme escribiendo, aunque a veces cuesta... De todas maneras, yo ya me quedo feliz de que te guste cómo va la historia n_n
Andrea: Seguiré mientras siga teniendo ideas, por suerte de momento no me faltan jaja gracias por el apoyo, linda n_n
Y aquí me despido hasta la siguiente actualización! Os deseo muy buen fin de semana y, como siempre, agradecida de recibir vuestro apoyo!
Un besoo n_n
