— Bokuto, espera. No, ¡no lo hagas!

Akaashi no estaba acostumbrado a elevar la voz, primero y principal porque nunca había tenido necesidad de hacerlo. Los Elfos tenían un oído prodigioso y podìan escucharlo incluso a una distancia bastante prolongada, siempre y cuando supiese entonar las palabras correctas. Otra razón, por supuesto, era que jamás había discutido con nadie perteneciente a su especie, menos con alguna criatura ajena al Valle.

Podía decirse que, en términos prácticos, Akaashi no sabía gritar. Lo había intentado en varias ocasiones, pero la pena y el dominio de sus propias emociones le habían hecho imposible la tarea, mucho menos si se encontraba frente a compañeros de su misma raza.

Por eso, al hallarse en esos momentos en aquel claro del bosque un tanto alejado del territorio central del Valle, Akaashi deseó haberle pedido un par de consejos a Konoha acerca de cómo desgarrar sus cuerdas vocales cuando se hallaba enojado o ansioso, como era su caso.

Había pensado que, ahora que Bokuto se había recuperado completamente de sus heridas y parecía haber restablecido su fuerza y buen humor, sería una buena idea darle una visita generalizada por el territorio en el que ahora viviría; Bokuto lo había hecho bien, para orgullo de Akaashi. Se había comportado bastante sosegado y tranquilo cuando lo había presentado a otros Elfos que aún estaban un poco renuentes a aceptar a un humano entre ellos - pero que habían acatado la cuestión bajo una muy posible amenaza de Konoha, los Altos lo tuviesen en su gloria -, principalmente a quien se dedicaba a manipular el hierro y otros metales nobles, así como también cuando lo convidó a conocer el terreno en general. Incluso se había ido acostumbrando al ritmo tranquilo, pausado y lento de la vida de los Elfos, quienes no tenían apuro alguno, dado su gran longevidad.

Ambos habían encontrado un equilibrio plácido y moderado en su convivencia, Akaashi adaptándose del todo a Bokuto y éste acostumbrándose a la cadencia armoniosa de aquel lugar.

Sin embargo, había momentos en los que Bokuto volvía a perder las riendas de su propia conducta, volviéndose nuevamente impredecible y temerario. En ningún momento Akaashi había intentado cambiar su forma de ser o su carácter, del cual se había enamorado años atrás...sólo que se había acostumbrado tanto a no sufrir sobresaltos o una ansiedad incontrolable que, en el momento en el que éstos aparecieron nuevamente, no supo manejarlos demasiado bien.

Habían ido a visitar un claro particularmente tranquilo y solitario que a Akaashi le gustaba frecuentar bastante seguido, lugar que solía utilizar para meditar y a conciliar sus ideas en calma y quietud. Le pareció buena idea compartirlo con Bokuto porque, en su mente, aquel sector del bosque era un pequeño rincón secreto para él, un refugio del que no solía conversar con nadie. No quería mantener secretos con Bokuto y le había parecido incluso cautivadora la idea de que, en algunas ocasiones, ambos pudiesen escaparse y reservarse allí del resto del mundo.

Pero, por supuesto, Bokuto había visto el pequeño lago que centraba el claro. El agua cristalina, estática y reposada había atraído al humano de una manera que Akaashi no se esperaba, para nada. Ya había visto otros lagos y arroyos dentro del bosque, ¿por qué aquel en particular había logrado que Bokuto soltara un grito y comenzara a deshacerse de todas las prendas que cubrían su cuerpo?

Akaashi no tenía la respuesta, y tampoco podía detenerlo. Había intentado elevar su voz todo lo que su mesura le había permitido, pero no había sido suficiente. Bokuto lo había ignorado o directamente no lo había escuchado, ni siquiera quería saberlo; la última pieza de tela había abandonado su piel y, como si de un niño de tratase, Bokuto se había lanzado en picada dentro del lago, el agua quieta volviéndose de repente caótica, ondas del líquido transparente expandiéndose por doquier.

El Elfo se detuvo a una distancia prudencial de la orilla, sus dedos entrelazados entre sí, presionando sus manos en un acto inconsciente e inquieto. Su cuello largo y delgado se estiró un poco más, intentando distinguir en qué posición bajo el agua se hallaba Bokuto, sin éxito. El humano había desaparecido ni bien su cuerpo había desaparecido de la superficie. No conocía con exactitud la profundidad de aquel estanque grande, pero no debía ser demasiada. Dio uno, dos pasos más, acercándose. Se hallaba a unos seguros tres o cuatro metros del borde, su caminar trémulo. Akaashi estiró al fin una mano hacia el lago, el hechizo formulándose en su mente mientras sus dedos largos apuntaban al agua, ahora bastante calma, sospechosa y angustiosamente serena…

— ¡Akaashi! ¡¿Por qué no me habías dicho de éste lugar?! ¡Es fabuloso!

El sobresalto que sufrió Akaashi en esos momentos hizo que sus piernas temblaran, casi cayendo hacia atrás. La mano que había estirado con el fin de sacar a Bokuto del agua también tembló, su brazo retrayéndose hacia su pecho. En ese momento, Akaashi percibió a través de la palma su corazón desbocado, rápido y potente dentro de su torso. Jadeó, asustado y aliviado a partes iguales. Bokuto había surgido nuevamente de la superficie, asomando parte de su cuerpo en el lago. Reía y parecía bastante satisfecho con el descubrimiento, para satisfacción de Akaashi.

— Ahora mismo te lo estoy enseñando, Bokuto.

— ¿Mmh? ¿Estás molesto? ¿Qué sucedió?

En ese momento, Akaashi se alejó un poco de la orilla y juntó algunas de las prendas que Bokuto había ido dejando desperdigadas por el camino, sentándose al fin en una roca lisa donde solía meditar a menudo; su túnica clara con una tonalidad oliva descansó a sus costados, cubriendo también el suelo. Mientras doblaba la ropa del otro más en un acto mecánico que consciente, suspiró.

El lazo que los unía no había dejado de transmitirle a Bokuto el susto que se había pegado hacía unos momentos cuando pensó que le había sucedido algo malo. Debía comenzar a quitarse aquel pensamiento reiterativo y nefasto de su mente, ahora se hallaba a salvo con ellos, junto a él.

— No lo estoy.

— Akaashi, sabes que no puedes mentirme.

El Elfo oyó el agua agitándose y vio a Bokuto nadando hasta la orilla más cercana de donde él se encontraba sentado en su faena; finalmente, se detuvo y apoyó ambos brazos sobre una roca tosca en la orilla. Akaashi se dedicó a observarlo por el rabillo del ojo, discretamente. No deseaba que Bokuto pensara que lo estaba sometiendo a algún tipo de escrutinio grosero y descarado de su parte pero, en ocasiones, le era complicado desviar la mirada. Había visto a Bokuto crecer a lo largo de los años que había visitado el bosque, desde su más tierna infancia hasta su adultez; había notado los cambios que se habían ido suscitando en su cuerpo: su altura, su voz, su porte. De llegarle a la altura de su estómago, Bokuto había terminado sobrepasando su altura; de poder rodearlo fácilmente con sus brazos, ahora era el otro quien tenía esa facilidad. Su voz suave se había vuelto grave, un tanto ronca con el paso del tiempo y todo, todos los cambios que Bokuto había experimentado bajo su mirada añosa, resultaban atrayentes y cautivadores.

Por eso, cuando sus ojos se deslizaron de la ropa que aún doblaba hacia los ojos ambarinos que lo observaban con duda y curiosidad, y de allí a sus amplios hombros, a sus brazos fornidos y a lo que alcanzaba a ver de torso ancho y robusto, no era de extrañar que desvariara y sus manos quedaran suspendidas sobre su falda, la tela estirada entre sus dedos sin recordar realmente qué hacía allí con ella. Como distracción, Bokuto funcionaba a la perfección.

— ¿Akaashi?¿Estás bien? Te cambió la cara.— soltó Bokuto de repente, un aire un tanto alarmado en sus palabras.

Akaashi parpadeó un par de veces, volviendo su atención a la camiseta que yacía ahora sobre sus piernas. ¿En qué momento había resbalado de sus dedos?

— Estoy perfectamente bien.

— Te has molestado porque me lancé sin hacerte caso, ¿verdad? ¡Hace tanto tiempo que no visito el río con los demás! No fue mi intención profanar el agua, o algo así.

— No has profanado nada, no te preocupes. No estoy molesto, sólo me preocupé un poco.

— ¿Un poco?

— Sólo un poco.

Bokuto le sonrió desde su posición, aún en el agua; recargó la cabeza sobre sus brazos sin dejar de observarlo mientras suspiraba, como si Akaashi se tratase de alguna imagen realmente digna de admirar. Un poco cohibido por el desparpajo que Bokuto no parecía querer ocultar — a diferencia suya, qué infantil era — apiló los pantalones, calcetines y camiseta uno sobre el otro, dejándolos a un lado de la roca. Mientras analizaba las palabras de Bokuto, supo que se refería a sus amigos humanos, a la criatura con la que había hecho buenas relaciones, y una extraña congoja se apoderó de su corazón.

— ¿Los extrañas?

— ¿Eh?¿Te refieres a mis amigos? Sí, a veces. Sobre todo a Kuroo. Es raro no oír sus tonterías.

— ¿Te gustaría volver con ellos?

El pedido egoísta que Akaashi le había hecho hacía un tiempo atrás, cuando había despertado luego de un letargo prolongado provocado por la gran herida que había sufrido, ahora le parecía exagerado, canalla. Lo había prácticamente privado de su libertad al solicitarle que no saliera más del Valle, logrando con eso enclaustrarlo y separarlo de la gente que él apreciaba. Pese a que Bokuto no demostraba nostalgia o tristeza por aquello, Akaashi no podía dejar de pensar que le había cortado las alas cuando apenas estaba aprendiendo a volar.

— No voy a mentirte, me gustaría verlos alguna vez, saber que están bien. Pero si eso significa separarme de ti, no me interesa en lo más mínimo.

— No quiero que tengas que elegir entre ellos y yo, Bokuto.

El semblante de Bokuto se tornó un poco serio mientras Akaashi sentía el nerviosismo del otro y el suyo propio. Tardó varios segundos en contestar a su réplica, la sonrisa volviendo a su rostro.

— No te confundas, Akaashi. Tú no me has hecho elegir. Fui yo quien tomó la decisión de estar a tu lado. Era elegir entre la vida y la muerte.

— Tus heridas ya están curadas. No morirás.

Pese a que decía la verdad, dolía. Akaashi no quería que Bokuto se confundiera, que creyera que dependía de él de alguna otra manera que no fuese el lazo creado entre ellos...Akaashi podría vivir, siempre y cuando supiera que él era feliz…

— No me refería a la herida. Hablaba de ti.

— ¿De...de mi?

— Sé muy bien sin quien no puedo vivir.

Un silencio profundo los envolvió a ambos; Akaashi se hallaba francamente conmovido por sus palabras, pero más aún por los sentimientos que éstas transmitían. Podía percibirlo tal y como si Bokuto intentara traspasar la intensidad de sus emociones para que comprendiera la seriedad de la cuestión, hecho que Akaashi entendía por cuenta propia desde hacía bastante tiempo ya.

— Cuando te sientas atrapado aquí, sabes que puedes expresarlo con total libertad.

— Lo haré, tenlo por seguro, Akaashi. Cuando Konoha intente cumplir sus amenazas, lo haré.

— ¿Qué amenazas? No tenía conocimiento de tal situación.

— Es una broma, Akaashi.

— Ah.

Pese al tiempo que hacía eran compañeros y que Bokuto había compartido con Akaashi en la más íntima convivencia, el Elfo aún no lograba distinguir el doble sentido en algunas de sus frases.

— ¿Por qué no te metes conmigo? El agua no está fría.

— ¿Qué? Lo siento, creo que no te entendí.— Bokuto miró a Akaashi como si le hubiese salido un tercer ojo en la frente, pero volvió a expresar su idea.

— Que por qué no te bañas conmigo aquí, Akaashi.

— De ninguna manera.

— ¡Oh, vamos! ¿Cuál es el problema? Siempre te escondes para hacer éstas cosas. Te busco y nunca te encuentro.

— ¿Qué cosas?

Akaashi estaba intentando mantener la compostura pero a veces, cuando se trataba de Bokuto, era una tarea un tanto titánica; más rápido de lo que podía manejar, sentía como el calor ascendía por su cuello hacia sus mejillas al saber a qué se refería Bokuto. ¡Qué...qué audaz! No sabía si aquella característica era propia de los seres humanos o una cualidad única de Bokuto, pero parecía no sufrir vergüenza alguna; los Elfos solían mantener cierto grado de decoro entre ellos y actividades tales como higienizarse se volvía más bien una cuestión privada, incuestionable. Por el contrario, Bokuto parecía tener la necesidad de declarar cuándo iba a hacerlo, cómo y dónde. A Akaashi no le molestaba, pero el hecho de que hubiese confesado abiertamente que lo había buscado para compartir un momento así, como mínimo, lo sofocaba.

— Bañarte.—lo dijo en tono cansado, como quien le explica las cosas a un niño pequeño.— ¿Lo haces en algún lugar que no conozco

— No. No me escondo, es sólo que se trata de una circunstancia privada.

— ¿No quieres compartirla conmigo?

El tono de Bokuto se volvió repentinamente extraño y en esa ocasión, Akaashi sí fue capaz de reconocer el doble sentido de sus palabras. El calor que ya experimentaba en el rostro se transformó en un ardor bochornoso, y no tenía forma de disimularlo.

— Bokuto, eso es...es un tanto impropio de realizar aquí.

— ¿Por qué? No hay nadie. Vamos, Akaashi. Nadie salvo yo va a verte desnudo.

Akaashi no iba a negárselo a sí mismo, la idea resultaba aterradora pero al mismo tiempo tentadora. Nunca había estado con su piel completamente al descubierto frente a alguien más, y el pensamiento de que esa primera y única persona fuese Bokuto lo reconfortaba al tiempo que le generaba una especie de ansiosa expectativa.

¿Y si él no era lo que Bokuto esperaba? ¿Si no alcanzaba a cumplir sus expectativas? Que Akaashi supiera o pudiese evidenciar, sus anatomías eran prácticamente las mismas, pero no sabía qué clase de estándares de interés manejaba Bokuto.

— Podría considerarlo.— la sonrisa tímida de Bokuto se ensanchó un poco más, las comisuras de sus labios elevándose, la diversión llegando a sus ojos ambarinos.

— ¿De verdad?

— De verdad.

— Entonces, ven.

Acto seguido, Bokuto se irguió y deslizó hacia atrás en el agua, alejándose de la orilla. Akaashi tardó varios segundos en reaccionar a su provocación, la inseguridad aún aflorando en su mente. ¿Quién le hubiese dicho que a sus 400 primaveras iba a enfrentarse con semejante situación, tan común pero a la vez tan importante para él?

Se incorporó de la roca, sus túnicas cayendo gráciles a sus costados. Sus manos otra vez se entrelazaron delante de su cuerpo, sin saber realmente cómo proceder. Bokuto aún le sonreía a unos metros de la orilla mientras Akaashi se debatía internamente cómo proceder a continuación. Se sentía como un niño inexperto, sin experiencia alguna en esos temas y, pese a creer saber que Bokuto tampoco la tenía, éste se manejaba naturalmente, sin pudor. ¿Por qué él no podía ser igual?

— ¿Te da pena? Puedo voltear.

— Podrías hacerlo para mi.

— Claro.

Pese a que Akaashi estaba seguro su voz había salido en un susurro, aún en la distancia, Bokuto lo había sabido oír perfectamente. Lentamente dio la vuelta dentro del lago, dándole la espalda; elevó sus manos y las entrelazó por detrás de su cabeza en una clara señal de paciencia. Aquello no podía costar tanto tampoco, ¿no? Akaashi se deshizo de la túnica oliva, en apariencia pesada pero liviana como una pluma. Poco a poco y con movimientos medidos fue retirando cada prenda que lo cubría, sintiendo la brisa acariciando su piel; pese a ser cálida, un escalofrío recorrió su cuerpo, erizando sus vellos. Inspirando profundamente dio uno, dos, tres pasos hacia el lago. Sus pies descalzos no resonaban, la piel aplastando suavemente la hierba donde pisaba.

Finalmente llegó al borde del lago; tanteó la profundidad con un pie, notando que ésta era progresiva. Con seguridad, se animó a introducir el otro pie, el agua cubriéndolo hasta la cintura. Era cierto, el agua no se hallaba fría, pero aquel estremecimiento afanoso no abandonaba su cuerpo. Aceleró el paso mientras el lago iba ganando terreno sobre su piel al percatarse que Bokuto había oído el sonido que había producido al entrar. Lentamente, sus manos dejaron su nuca y volteó nuevamente, encarándolo. Su sonrisa se amplió aún más.

A fin de cuentas, como casi todas las veces, Akaashi había cumplido el capricho de Bokuto. ¿Es que alguna vez podría negarse a él?

Imprevistamente, Bokuto se hundió en el agua, ocultándose de su vista. Sin saber muy bien qué actitud tomar, Akaashi permaneció quieto en el mismo el lugar, el agua llegando a la altura de su estómago.

Debía haberlo previsto; aún así, no pudo evitar sonreír cuando Bokuto reapareció delante suyo, apenas a unos centímetros de su cuerpo, invadiendo completamente su espacio personal. Al surgir bruscamente del agua lo había salpicado completamente mientras Akaashi reía, desprevenido.

— Amo ese sonido.

Akaashi suspiró al sentir los brazos mojados rodeándolo, atrayéndolo. El estremecimiento se acentuó al tiempo que sus manos acariciaban los hombros ajenos explorando la piel expuesta. Podía sentir las manos de Bokuto, grandes y un tanto ásperas rozando su espalda, desde sus hombros hacia la parte más baja de su cintura. Ansioso, Akaashi buscó sus labios de manera un tanto necesitada, ávida. Su anhelo fue correspondido con creces; jadeó, satisfecho por la vehemencia con la que Bokuto tomaba su boca y hundía sus dedos en su piel, presionándolo aún más contra su torso.

Necesitaba sentirlo más cerca, ansiaba mayor contacto. ¿Por qué? No lo sabía, no podía explicarlo. Akaashi se descubrió a sí mismo abrazando el cuello de Bokuto, atrayéndolo más contra sus labios en un beso que ya había perdido todo rastro de sosiego. Una de las manos de Bokuto descendió un poco más, tocando piel que Akaashi jamás había expuesto a nadie, ni siquiera a sus allegados más cercanos dignos de su confianza. La sensación expectante, la caricia suave, precavida y contenida mientras Bokuto mordía su labio inferior lo hicieron gemir, deseoso de más.

— Bokuto...yo...te necesito…- lo dijo con pena pero también con anhelo, ansiando que Bokuto comprendiera el tenor de sus palabras

— Eres perfecto. No...no podré contenerme, Akaashi. Eres...tan hermoso…

— No lo hagas, no te contengas, no conmigo…

Akaashi sujetó el rostro de Bokuto entre sus manos, sus ojos encontrándose. Nuevamente sus labios se unieron en un beso más profundo, concienzudo. Sin embargo, Akaashi percibía la ansiedad en Bokuto casi como si fuera la suya propia; rápidamente abandonó sus labios y lo halló sobre su mandíbula, sobre su cuello. Akaashi se aferró un poco más al cuello de Bokuto cuando lo sintió lamiendo, mordiendo la piel que iba recorriendo; adosó sus torsos buscando mayor contacto y, en ese momento, Bokuto lo levantó con sus brazos, obligándolo a enroscar sus piernas en torno a su cintura para no perder el equilibrio.

Volviendo a sus labios, Bokuto se desplazó en el lago. No podía ver por dónde iba, pero tampoco hacía falta. Su objetivo era la orilla, allí donde se había recargado en un primer momento. La espalda de Akaashi chocó suavemente contra la piedra fría y finalmente detuvieron su trayectoria.

No iba a mentirse, Akaashi estaba nervioso. Aún seguía abrazando a Bokuto con sus brazos y piernas, pero un leve temblor había comenzado a sentirse en sus extremidades, atento a lo que le deparaba el destino; Bokuto se había limitado a depositar besos suaves y cortos por su rostro, casi sin despegar su mirada ambarina de la suya, la seriedad reflejada en sus orbes.

— Tu cabello.

— ¿Qué?

— Tu cabello es...más largo de lo que creía.

Bokuto frunció el ceño ante las palabras de Akaashi; dentro de su nerviosismo, el Elfo había notado que el cabello mojado de Bokuto había caído en todas direcciones, incluso sobre su rostro. Con sus largos dedos, despejó su frente, separando sus cabello hacia un lado y otro con movimientos suaves, afectuosos. Bokuto se acercó más a él, prácticamente aplastándolo contra la roca.

— Akaashi, si no quieres, yo lo entenderé...esta no era la idea inicial, lo juro…

— Sí quiero. Lo deseo, Bokuto. Anhelo experimentar contigo una unión también en el plano físico

— Akaashi.— Bokuto bufó, al parecer un poco consternado.— A veces hablas muy difícil.

— ¿Soy muy difícil?

— Nah, ya me acostumbré.

Akaashi agradecía infinitamente los intentos que realizaba Bokuto por distraerlo, por hacer de aquella situación algo más ameno y menos traumatizante; por supuesto, no pudo evitar que la incomodidad dominara a Akaashi ante una primera invasión a su cuerpo. Jamás había pensado siquiera en cómo se sentiría aquello y la incertidumbre hizo que le costara adaptarse. Bokuto se contuvo, fue lento; aguardó pacientemente a que Akaashi relajara su cuerpo, se acostumbrara al preludio al que lo sometía.

Poco a poco, Akaashi fue encontrando la satisfacción a todo aquello, su cuerpo más predispuesto y ávido porque Bokuto aumentara el ritmo de aquellas atenciones que sus manos sabían brindar provechosamente. De forma osada, Akaashi se atrevió a acariciar el torso firme, los músculos tensos a su paso hasta que sus propias manos blancas se perdieron bajo el agua, tanteando más allá. Ambos jadearon cuando Akaashi rodeó su miembro viril, más que despierto y predispuesto a sus caricias. Rápidamente, Akaashi halló el ritmo, la velocidad. Ambos lo hicieron, al menos hasta el instante en el que aquello ya no alcanzaba.

Akaashi necesitaba más, anhelaba lo que sabía Bokuto podía brindarle, la máxima conexión entre ellos.

— Hazlo.— susurró contra sus labios, un tanto agitado por la expectativa, ansioso.

— ¿Estás seguro, Akaashi? Quiero decir, no quiero lastimarte, no…

— No lo harás. Sé que no.

No lo había hecho, por supuesto que no. Aún así, Akaashi experimentó incomodidad, un poco de temor en la primera penetración a su cuerpo. Inspiró profundo intentando relajarse, sintiendo como sus músculos se distendían a la fuerza pese a que él se sabía laxo, listo para aquello. Bokuto, como siempre, lo esperó. ¡Qué paciencia estaba demostrando frente a su impericia! Al cabo de un par de minutos, la cuestión cambió; Bokuto se movió, la incomodidad disminuyó siendo reemplazada por ardor y, finalmente, un extraño hormigueo cuando su cuerpo finalmente se acostumbró a la invasión. Sus piernas se aferraron con más fuerza a la cintura del otro cuando las penetraciones se volvieron más rítmicas, más profundas. Avergonzado, Akaashi se descubrió clavando sus uñas en la espalda de Bokuto; ¿acaso no sentía dolor, no le molestaba? No pudo ni quiso saber la respuesta.

En algún punto, ambos perdieron el control de sus mentes, sus instintos haciendo el trabajo pesado. Akaashi no pudo acallar mucho más los sonidos indecorosos que surgían de su garganta, jadeando de manera contenida contra el oído de Bokuto, abrazándose a su cuello cuando las embestidas se volvieron vigorosas, rápidas y certeras. De imprevisto, un placer desbordante recorrió su torso obligándolo a curvar la espalda, una corriente de energía indescriptible recorriendo su espina dorsal.

— También puedo...acostumbrarme a esos sonidos…

Bokuto había aprovechado la exposición de su cuello para atacarlo otra vez mientras seguía profundizándose en su cuerpo. Azorado, Akaashi había casi gritado al experimentar semejante dicha, elevando demasiado la voz. ¿Así que...eso era gritar? No había sido para nada difícil.

— No puedo reprimirlos, no por más...tiempo…

Ni siquiera podía comunicarse decentemente, pero tampoco le estaba importando demasiado en esos momentos, sobre todo cuando otra descarga similar a la vivida se repitió, y luego otra vez. Y otra. Sin embargo, a medida que aquel deleite se acumulaba en su vientre, otra sensación más profunda, más intensa crecía momento a momento, estremeciéndolo y alarmándolo un poco.

— Bokuto…— ¿aquella era su voz? Había llamado a su compañero en un tono suplicante, casi en un sollozo complacido.

— No te resistas, sólo deja que...déjate ir, Akaashi…

Confiando en su palabra, así lo hizo. Dejó de resistirse a la sensación creciente, la cual estalló en su vientre y recorrió su cuerpo entero. Nunca creyó poder experimentar un regocijo tal, su cuerpo temblando, los espasmos transitando su cuerpo de forma incontrolable, sostenido por los brazos de Bokuto. Sus gemidos se habían vuelto más sonoros incapaz de gobernarse a sí mismo hasta que se quedó sin aire, casi sin energía. Su cuerpo se volvió débil, flácido mientras Bokuto seguía en su interior.

Akaashi se abrazó con fuerza a él cuando, nuevamente, el mismo placer recorrió su cuerpo, su mente. Dichoso, comprendió que Bokuto había experimentado su propio deleite y ahora, él percibía el de Bokuto como suyo. Sintió los brazos de Bokuto temblando a su alrededor, tal y como le había sucedido a él momentos atrás.

Tardaron varios minutos en recomponerse, cómodos con el silencio, sin separarse. Finalmente, Akaashi se soltó de su abrazo, recostándose sobre la roca.

— Mierda.

— ¿Qué sucede?.— Akaashi se preocupó al ver la expresión compungida y un tanto angustiada en el rostro de Bokuto, pero éste no lo miraba a él, sino a su cuerpo. La mirada de Akaashi descendió hacia su torso, sin encontrar anomalías.— ¿Algo está mal?

— Terminé lastimándote, soy un animal…

— No me has herido, ¿por qué dices eso?

— Tu cuello.

— ¿Qué tiene?

— Ah...está...te he mordido demasiado fuerte, lo siento tanto, Akaashi.

Akaashi chasqueó la lengua, restándole importancia. Acarició la piel que Bokuto aún observaba sin sentir dolor alguno.

— No siento ninguna dolencia. Estoy bien.

— ¿De verdad te encuentras bien? Quiero decir, ¿no te duele nada...nada?

— ¿Debería?

El silencio se instaló otra vez entre ellos y, pasados el momento ardoroso, Akaashi comprendió a qué se refería Bokuto. El fuego, ya sosegado, volvió a subir hacia su rostro.

— Pues…

— Confío en que no sucederá.

— Eso espero, sino...Konoha va a matarme en serio.

— Háblame de esas amenazas. Estoy seguro de que no son una broma.

Bokuto rió, divertido y preocupado a partes iguales. Mientras Akaashi volvía a besarlo en forma pausada y tranquila, Bokuto volvió a rodearlo entre sus brazos.

— Claro. Pero luego de que repetir lo que hicimos.— Akaashi entrecerró los ojos, un tanto incrédulo.

— Ya le agarraste el gusto a esto.

— ¡Akaashi!

Esa vez, fue el turno de Akaashi de reír mientras lo abrazaba. Pegó sus labios al oído de Bokuto, apenas susurrando.

— Yo también puedo acostumbrarme a esto, mer mela.