Prompt: alegría
La niña
—Cierra los ojos e imagina la casa.
Nymphadora aprieta con fuerza los párpados.
—Quiero una ventana con vistas al mar —le dice a su madre—, mi habitación será blanca, con dibujos de fuegos artificiales en todas partes. Tendrá un armario muy grande y una cama también enorme, con sábanas de color azul.
No se le ocurre nada más, así que abre los ojos de nuevo.
—Pues así será —declara Andromeda.
Lo redactan todo en un pequeño trozo de pergamino, que su madre dobla tres veces. Luego saca su varita y le da unos golpecitos al pergamino, hasta que empieza a arder
—¡Mi hija tendrá la casa que desea! —proclama Andromeda, de forma algo teatral.
Guardan todas sus cosas en baúles y se marchan de noche, porque su madre dice que, si lo hicieran de día, su conjuro para conseguir la casa deseada no funcionaría del todo.
Lo cierto es que el hechizo nunca le sale perfecto, hagan lo que hagan. Quizás por eso sus padres siempre parecen nerviosos durante las mudanzas, porque temen decepcionar a Nymphadora; pero una vez llegan a su destino, a ella no le importa que no haya armario, que las sábanas acaben siendo verdes o que las vistas den a un prado. Le basta con las paredes blancas y los colores que las salpican, y que reproducen fuegos artificiales.
Una vez acaba de examinar la habitación, corre al salón y se arroja en los brazos de su padre.
—¡Me gusta mucho! —exclama—. Nos la podemos quedar, de verdad que sí. No hace falta probar el hechizo de la casa perfecta otra vez.
Ted le sonríe, pero no le contesta. Nymphadora nota un cosquilleo desagradable en el estómago.
—Volveremos a irnos, ¿no? —le pregunta a su padre, decepcionada.
Fue en la anterior mudanza que empezó a sentirse cansada. Se pregunta qué sentido tiene que deban conjurar casas una y otra vez, y también cuestiona las miradas de angustia de sus padres, sus susurros y los periódicos que se apresuran a esconder cuando ella entra en la habitación.
—No sé lo que haremos —dice Ted, acariciándole el pelo, que se vuelve violeta sin que ella pueda evitarlo—, pero pase lo que pase, la siguiente casa será tan bonita como la quieras tú. Te lo prometo.
Nymphadora asiente, como si su madre hubiese logrado convencerla, pero esa noche cierra cierra los ojos, imagina, y luego escribe en un pergamino, que quema a la luz de una vela del salón.
Sabe que su nuevo deseo ha funcionado cuando, días después, baja al desayuno para encontrarse con sus padres riéndose juntos.
—¿Dijiste que te gustaba esta casa? —Su padre tiene lágrimas en los ojos. La coge en volandas —. Pues nos la quedamos para siempre.
Fuera, en la ventana, Nymphadora ve un par de lechuzas emprender el vuelo. No entiende lo que está ocurriendo, pero eso no impide que chille de alegría, mientras su padre le da vueltas y su madre solloza de felicidad.
