Capítulo 12

—Siento llegar tarde.

Había siete personas alrededor de la mesa y, siguiendo el ejemplo de un hombre de cabello blanco, presumiblemente Fugaku Uchiha, los demás hombres se levantaron.

Aparentemente, su padre se había tomado en serio la advertencia de Sasuke.

Sakura sonrió mientras él hacía las presentaciones. Siempre era difícil entrar en una habitación llena de extraños, pero entrar en una habitación llena de extraños cuando una se estaba haciendo pasar por alguien que no era llevaba el estrés al límite. Aunque no le daba tanto miedo ser el objetivo de siete pares de ojos como la idea de estar a solas con Sasuke después de la cena.

¿Qué iba a decirle?

Ahora que estaban acompañados se le ocurrían cien réplicas sarcásticas que habrían dejado bien claro que no estaba interesada.

Pero, ¿qué había hecho? Nada. Y nada era prácticamente como decir la verdad: que la sugerencia la había excitado. No había dicho nada porque tenía miedo de que la respuesta que saliera de sus labios fuera: «sí, por favor».

—¿Y bien?

—¿Perdón?

—Mi padre te ha preguntado qué tal el viaje, Sakura —sonrió Sasuke.

—Ah, disculpe. Ha sido una experiencia nueva para mí. No estoy acostumbrada a viajar con tanto lujo —contestó Sakura.

Al lado de dos primos que eran versiones menos formidables de Fugaku, estaba el propio Fugaku, una tía, un abogado que le había sido presentado como amigo de la familia, Izumi y su madre, una mujer delgadísima que bebía agua y se limitaba a mover la comida con el tenedor, sin probarla.

La madre no miraba a Sakura con la simpatía con la que miraba a Sasuke, por supuesto.

Y la expresión de Izumi cuando lo miraba era igual de transparente. Pero seguía sin creer que Sasuke fuera indiferente a tan tímida adoración. La joven estaba preciosa con un vestido que dejaba al descubierto sus hombros dorados. En cuanto la miró, Sakura se sintió como una anciana con sobrepeso.

—¿No tienes hambre? —le preguntó Sasuke.

—Pues... —Sakura se quedó callada al notar una mano en su pierna.

—¿Sí?

—Me he mordido la lengua sin querer —contestó por fin, enviando una mirada de reproche sobre Sasuke mientras asentía febrilmente cuando la camarera empezó a servir el vino.

Para cuando terminaron el primer plato, la incomodidad de Sakura había sido reemplazada por una temeridad a causa del alcohol.

Estaba preguntándose si podría irse a dormir sin que nadie se diera cuenta cuando la voz de Fugaku interrumpió sus pensamientos.

—Mi hijo me ha contado que se conocieron en Monaco.

Sakura levantó los ojos del plato.

—A mí me encanta Monaco —intervino Izumi—. Es mi país favorito.

—Yo nunca he estado allí —dijo Sakura.

Sasuke no mostró pánico o preocupación porque no le siguiera el juego. Al contrario, le pareció verlo sonreír mientras tomaba su copa de vino.

Sakura, guiñando los ojos, lo miró con desagrado.

Un hombre que se había molestado en inventar una prometida, a la que había besado hasta dejar sin aire en los pulmones delante de un testigo, debería parecer menos relajado cuando su charada estaba a punto de hundirse.

—Ella dice que... —empezó a decir Fugaku.

—Se llama Sakura y está sentada a tu lado —lo interrumpió Sasuke—. Espero, ma petite, que perdones a mi padre. No intenta ofender, pero lo consigue de todas formas.

Fugaku abrió la boca para decir algo, pero Sakura se adelantó.

—Los genes son como son —sonrió, recordando que Sasuke sólo estaba haciendo un papel cuando salía en su defensa—. Sería una sorpresa para mí que tu padre fuese una persona de maneras impecables.

Fugaku Uchiha la miró, atónito. Sin experiencia con invitados insultantes, intentó buscar una respuesta apropiada... aunque Sakura podía ver que su instinto natural lo guiaba hacia la estrangulación.

—Jovencita...

—Sakura —volvió a decir Sasuke.

—Sakura, pareces una chica muy sincera. Eso, sin duda, es lo que ha atraído a mi hijo de ti, pero a mí no me gusta...

—No, yo soy muy superficial —lo interrumpió Sasuke—. Que Sakura sea sincera no es lo que me atrajo de ella.

Sakura, con la cara colorada, soltó el tenedor. Que, lamentablemente, en lugar de caer en su plato, cayó al suelo.

—No creo que tu padre esté interesado en eso.

—Qué inocente. Pues claro que está interesado. Me sorprendería que no hubiera una agencia de investigadores privados trabajando veinticuatro horas al día en busca de los detalles sucios de esta relación. Para mañana sabrá el número de zapato que calzas y cuál es tu color favorito. Pero podrías haberte ahorrado ese dinero, Fugaku. Nada de lo que puedas contarme sobre mi prometida me va a asustar.

Sakura pensó que estaba de broma hasta que vio la expresión seria del magnate griego. Y se puso pálida al pensar que alguien podría estar investigando los detalles de su vida...

—Entonces no os conocisteis en Monaco. Y supongo que tampoco estáis prometidos.

—No me casaría con él aunque fuera el último hombre de la tierra —anunció Sakura.

Todos se quedaron en silencio, un silencio roto por la carcajada de Sasuke.

Su reacción hizo que todos los presentes tomasen la frase de Sakura como una broma y ella lo miró, enfurecida.

—Os agradecería que no trajerais a la mesa vuestras riñas de enamorados —protestó Fugaku.

—Tienes razón —dijo Sasuke.

Su padre lo miró, estupefacto.

—Perdonadnos, no es apropiado ventilar nuestras diferencias en la mesa. Prometo que no volverá a pasar.

—No te disculpes por mí. Y ésta no es una riña de enamorados. Ni siquiera somos...

—¿Qué?

—Amantes.

Sasuke dejó el tenedor sobre el plato y el corazón de Sakura empezó a latir con fuerza al ver el mensaje en sus ojos de color ónix. Era una combinación de reto y algo más, algo que no podía identificar.

Después de lanzarle una mirada asesina, Sakura clavó los ojos en su plato de cordero hasta que se convirtió en un borrón.

No podría decir qué más comió en esa interminable cena pero, cuando terminó la tortura, tuvo que retirarse con las mujeres a un saloncito. Aquella incomprensible segregación victoriana y la conversación, incómoda y absurda, era una tortura peor.

No podían haber pasado más de cinco minutos cuando Sasuke dejó a los otros hombres en la terraza para ir a buscarla.

—Ha sido un día muy largo —murmuró, poniendo una mano en su hombro.

Ella asintió, preguntándose si habría alguna manera de hacer que apartase la mano sin montar otra escena.

—Pareces cansada —observó Sasuke, como un amante atento—. Será mejor que nos vayamos a dormir.

Sakura intentó no pensar en lo que eso significaría si las circunstancias fueran diferentes. Intentó no pensar, pero lo pensó. No sabía si el gemido había escapado de sus labios o estaba sólo en su mente, pero entonces vio las caras de las señoras. Ya tenía su respuesta.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Sasuke.

—¿Se te ha ocurrido pensar que quizá yo no quiera irme a la cama todavía? Soy perfectamente capaz de decir cuándo me voy a dormir y con quién.

No añadió que, normalmente, la elección era entre un buen libro y el gato del callejón, que solía entrar en su casa cuando dejaba abierta la ventana.

—¿La verdad? No, no se me ocurrió —admitió él—. Pero no te preocupes, me tomo bien los rechazos.

—Sí, seguro. Como que tú sabes lo que es un rechazo.

«Muy bien, chica, tú infla aún más su ego».

—Sakura —sonrió Sasuke, para beneficio de las señoras que escuchaban la conversación sin perder detalle—está intentando reformarme.

—¿Reformarte? —repitió Izumi, sus preciosos rizos castaños moviéndose mientras miraba de uno a otro.

Sakura entendía el dilema de la chica. ¿Por qué reformar algo que ya era perfecto? Por cómo lo miraba, era evidente que pensaba eso.

—Su ambición es llevarme al siglo XXI y convertirme en un hombre moderno.

—Un hombre moderno —repitió Helena Constantine, levantando las cejas pintadas con una sonrisa despreciativa—. A pesar de lo que digan, la mayoría de las mujeres prefiere a un hombre fuerte, no un cachorrito.

—Por favor, señora, no lo anime.

La mujer miró a Sasuke y pareció decepcionada cuando, en lugar de ponerse furioso, se mostró divertido.

—Un hombre debe guiar, una mujer debe seguirlo —afirmó.

—No esta mujer —replicó Sakura, disfrutando de la novedad de encontrarse en el papel de feminista activa—. Yo no soy de las que siguen a nadie.

—Mi madre dice que el truco es hacerle creer a un hombre que las ideas son siempre suyas —le confió Izumi—. Dice que una mujer inteligente puede hacer que un hombre haga... —no terminó la frase cuando su madre clavó en ella una mirada de hielo.

Fue Sasuke quien la rescató.

—Una mujer inteligente... ah, eso te deja fuera, mon ange.

—¿Me estás llamando estúpida? —exclamó Sakura.

—Tengo demasiado aprecio por mi vida como para llamarte eso. Qué suerte que yo prefiera a las mujeres peleonas —sonrió Sasuke, mirándola con una expresión que, en opinión de Sakura, era totalmente inapropiada fuera de un dormitorio.

—Y en cuanto a convertirte en un hombre moderno —dijo ella— yo soy una persona realista.

Y, como realista que era, sabía que Sasuke estaba haciendo un papel. Él no quería arrancarle la ropa, tirar las figuritas al suelo y hacerle el amor sobre la mesa. «Oh, sí, Sakura, piensa en eso. Eso te va a ayudar a estar tranquila».

—Como realista que soy, no intento lograr un imposible,

—¿Qué tal...?

Sakura cerró los ojos. Sasuke parecía haber tenido una revelación y el brillo de sus ojos le indicaba que pronto iba a desear darle un puñetazo.

—He pensado que, para llevarnos bien, en cuanto cerremos la puerta del dormitorio... hoy te toca a ti mandar. Sé que eso te gusta.

Un sonido gutural emergió de la garganta de Sakura. En la imagen que se había formado en su mente, Sasuke no llevaba ropa. Lo único que cubría su piel de bronce era una fina capa de sudor... y sus muslos, porque ella estaba sentada encima.

—¿Te gusta la idea?

A ella le gustaba más la idea de encontrar un agujero en el suelo que se la tragase. No se había sentido más avergonzada en toda su vida.

Bajando la mirada, dejó escapar un bostezo teatral para anunciar que estaba muy cansada.

Y no miró a nadie a los ojos mientras se despedía de los invitados y se dirigía a la puerta.