La plática con su amigo, le puso de nuevo los pies en la tierra. Bastó una simple llamada para saber el estado de sus cuentas bancarias, y asegurar una cita con su asesor financiero; de estúpido dejaría que le siguieran arruinando la vida por otros medios. La mayoría de su trabajo era realizado por su asistente, o eso hacían creer a los alfas. A pesar de su actitud desdeñosa y desagradable, terminó sintiendo un gran respeto por su jefe; aunque trata de ocultarlo con malos comentarios respecto al bicolor, algo que Shoto siempre agradecerá. Fue el mismo Neito quien sugirió, en una de sus visitas a la mansión de su jefe, hacer el trabajo a escondidas; enviar los documentos por correo o fax, o los más importantes encargarse de ellos en sus visitas a la oficina, también sugirió traspasarle el aumento que Enji Todoroki planeaba entregarle por aumentar la carga de su trabajo. Al final, logró que el bicolor aceptara compartir la mitad del aumento.

Monoma sabía lo mucho que Shoto odiaba al tal Katsuki Bakugo, él también lo detestaba; había algo en ese otro rubio que hacía querer agarrarlo a sillazos con solo verlo un segundo. También supo que el bicolor fue arrastrado y obligado a ese matrimonio de la más pura y vil conveniencia. Incluso un beta como él, podía simpatizar con el infierno que el omega estaba viviendo a escondidas del resto del mundo. Tener a Neito de su lado, fue una gran y acogedora luz en su vida; no solo lo mantenía al corriente de lo que sucedía en la empresa, también se estaba arriesgando para poder ayudarlo a alejarse lo más alejado posible del animal de Katsuki.

— ¿Monoma? —encendió el automóvil, dejando en el manos libres la llamada.

¿Si, señor?

—Necesito que me abras una nueva cuenta bancaria —el silencio resonó en el interior del auto; los dedos de Shoto contra su labio inferior, mirando por la ventana, esperando a que el semáforo le dejara continuar su camino. —Una… ¿nueva cuenta, señor? —podía notar la duda y miedo en la voz de su asistente. No lo culpaba. —Si… pero no quiero que hagas lo posible para mantenerla escondida de mi padre o de Bakugo.

Lo… lo intentaré, señor. Le llamaré cuando tenga noticia alguna al respecto.

—Muchas gracias, Neito. Nos vemos —y sin esperar respuesta, terminó la llamada. Siguió con su camino, alejándose un poco de su ruta diaria; tendría que asegurarse de eliminar el historial de GPS, si no quería que el rubio le causara problemas de nuevo.

Las calles comenzaban a cambiar lentamente su apariencia; el ambiente sobrio inundaba el lugar, haciendo que mostraras tu faceta más seria y madura posible. Estacionó por un momento, sacando el celular, tecleando rápidamente un mensaje que le fue respondido casi al instante con la ubicación que había requerido. La direccional le puso de nuevo en marcha, deslizándose lentamente entre las pulcras calles distintivas de la nación; no tardó en encontrar el gran edificio al que le habían mandado. No tardó mucho en encontrar un lugar de aparcamiento en el estacionamiento techado del lugar.

La música en el ascensor logró calmar un instante sus nervios, los cuales regresaron justo al momento en que ponía un pie en el alfombrado piso del despacho. Con el corazón en el puño, se acercó a la recepcionista quién, luego de pedir su nombre, le mostró con una sonrisa el camino hasta la pequeña sala de espera. —El señor Iida lo atenderá en unos momentos —declaró la chica, antes de regresar a su puesto tras el escritorio en la entrada. Tomó asiento en una de las sillas forradas de cuero, los codos sobre los reposabrazos de madera pulida, y la pierna derecha meneándose de arriba abajo por los nervios. No pasó mucho para que una puerta se abriera, dejando pasar a una bella mujer: largo y lacio cabello castaño, tez blanca, ojos tan azules como el mar, el rostro salpicado de pecas, y más alta que muchas mujeres con las que haya tenido contacto.

Por un momento, la fría expresión de la chica se posó en él, haciéndole sentir incómodo ante la mirada algo desafiante; no pasó mucho, antes de que la mujer se diera la vuelta, dejando ver a un hombre en silla de ruedas y con una radiante sonrisa de oreja a oreja. — ¿Estás seguro que no quieres que venga por ti? —su fuerte acento dejó a la vista que su teoría de que la muchacha fuera extranjera era real. Por su parte, el moreno tomó la mano de la chica, dejando un beso sobre el dorso de la misma. —Tranquila, cariño. Puedo arreglármelas solo; además, Tenya podrá ayudarme —. La mujer se agachó un poco, para poder besar al alfa frente a ella. Una vez de pie, se giró hacia él, y con una suave sonrisa, alzó la mano, moviendo ligeramente los dedos. El bicolor miró confundido a la chica, hasta que una fuerte voz resonó por la sala. —Hasta luego, hermana —la aludida besó por segunda vez al hombre en la silla de ruedas, antes de encaminarse al elevador.

— ¿Señor Todoroki?

—Sí.

—Pase, por favor.