La Propuesta
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Capítulo 13
En aquellos días, había una comente solapada de seducción en cada encuentro entre Hinata y él. Siempre presente, cada gesto respondía a un deseo mutuo que no tenía nada de casual. Buscaban la intimidad y se aferraban a ella con ambas manos. Esa idea complacía a Naruto. Un calor hormigueante invadía su cuerpo cada vez que pensaba en la mujer con la que se había casado.
Iban de camino a la iglesia y Hinata estaba tan acicalada y decente como cabía esperar, con su vestido de los domingos, cubierta de pies a cabeza con una capa de alpaca, adornada con lana de otros animales más corrientes que los de Sudamérica. La había pedido él a través del catálogo, el que Azami Yamanaka había recibido de Nueva York. La encargada de la oficina de correos le ayudó a guardar el secreto, pues se trataba del regalo de Navidad para Hinata.
Naruto recordaba su exclamación de deleite cuando se la había puesto, envolviéndola entre sus amplios pliegues. Ella se sonrojó cuando la besó, aún poco acostumbrada a semejantes muestras de afecto.
Naruto pensaba que nunca olvidaría sus primeras Navidades juntos ni el árbol que había llevado a la casa y que habían decorado con cintas de colores y ristras de palomitas de maíz, con velas en los extremos de cada rama.
También había encargado los regalos de los niños mediante el catálogo. Hubo de envolverlos por la noche, ya que estuvieron escondidos bajo la cama hasta ese momento. Pero lo mejor de todo fue el regalo de aquella velada, cuando hicieron el amor en la oscuridad, los susurros dulces y las risas sofocadas, los suspiros de satisfacción.
Naruto carraspeó, consciente de la presión delatora entre sus piernas. Sus pensamientos se desbocaban cada vez que saboreaba los recuerdos picantes que compartía con su esposa.
-¿Naruto? -dijo ella que lo miraba con cara preocupada, consciente de su inquietud-. ¿Pasa algo malo?
Naruto hizo chasquear las riendas al darse cuenta de que había dejado que las yeguas aminoraran el paso.
-No, todo es como lluvia de mayo -declaró con una sonrisa que en sí misma era un hechizo. Hinata respondió con otra más débil y una oleada de rubor en sus mejillas.
-¡Naruto Namikaze! Vamos de camino a la iglesia. Podrías pensar en cosas más apropiadas.
-¿Y cómo sabes tú lo que tengo en mente, señora Namikaze? -preguntó él con un brillo malicioso en los ojos-. Simplemente, estoy disfrutando de pasear en una estupenda mañana de invierno acompañado de mi familia.
-Conozco de sobra esa expresión -replicó ella con la vista fija en el camino.
-Papá pone esa cara todo el tiempo, señorita Hinata -dijo Misuke inocentemente.
Hinata bajó la cabeza para ocultar el sonrojo de placer que le proporcionaban las palabras del niño.
-Eso, señorita Hinata -repitió su marido acariciándole la mano.
Todos llevaban guantes fuertes. Sin embargo, Hinata sabía que él trataba de comunicarle su deseo con aquel gesto sencillo de tocarle la mano. Ella se acercó un poco más, hasta que sintió el calor de su muslo y sus hombros se tocaron.
-¿Tienes frío? -preguntó él con una mirada de soslayo al color de sus mejillas.
-No -dijo ella mientras sacudía la cabeza. -¿Estás pensando en cosas más apropiadas para ir a la iglesia?
Aquello le hizo merecedor de un codazo.
Hinata levantó la barbilla, disfrutando del sol y del viento, del hombre que viajaba a su lado y de los recuerdos que había despertado en su mente.
-Si estar agradecida por lo que tengo y pensar en las bendiciones de que disfrutamos en vez de en los malos tiempos es apropiado, supongo que estoy preparada para asistir al servicio dominical.
Naruto le apretó la mano. Tenía un nudo de emoción en la garganta al que no sabía poner nombre.
-Yo no soy un hombre de rezos, Hinata. Nunca lo he sido. Pero doy gracias por lo que tengo, sobre todo por lo que tú me has dado.
-¿Yo? Creo que tú has sido el más generoso, Naruto.
-¿Eso crees? -preguntó él encogiéndose de hombros-. Entonces tendré que reconocer que debo darte una oportunidad para que te pongas a mi altura, ¿no te parece?
Naruto se puso su mano sobre el muslo y volvió a sacudir las riendas. Las yeguas respondieron hollando la nieve con renovados bríos, haciendo sonar los cascabeles del arnés.
Delante de ellos, las campanas de la iglesia tañeron. Al pie del campanario, una fila de gente entraba por las puertas. Naruto condujo el surrey hacia la explanada y ató los caballos. Se apresuró a bajar a Hinata para no perderse el primer himno. Mientras se dirigían a la iglesia sobre la nieve recién caída, supo sin lugar a dudas que Konoha un domingo por la mañana era un lugar hermoso en el que vivir.
Febrero
Febrero llegó con interminables días oscuros y noches heladas que obligaron a Hinata a subir al desván y sacar más edredones para las camas. Siempre temía al mes más corto del año por la sencilla razón de que era cuando peor tiempo hacía. Sin embargo, aquel año era distinto. La vida con Naruto y los niños le proporcionaba una felicidad que los peores días del invierno no lograban empañar.
El débil sol de febrero entraba por la ventana de la cocina mientras ella planchaba delante del fogón, donde dejaba los hierros a calentar. Oyó los ladridos de bienvenida de Sheba y los cascabeles que Naruto había puesto en el arnés al mismo tiempo. Naruto no tardó en entrar, llevando consigo un soplo de aire helado.
Agitó un sobre en la mano mientras estampaba los pies contra el suelo para quitarse la nieve de las botas.
-Sāra quiere hacernos una visita. Dice que echa de menos a los niños.
Dejó la cesta vacía de los huevos en la despensa antes de sentarse a la mesa con la carta en la mano. Hinata se acercó al fogón y cambió el hierro frío por otro, con cuidado de no quemarse.
-¿Me has oído, Hina? Ha llegado una carta de Sāra.
-Sí, te he oído. Dice que quiere hacernos una visita.
Naruto no podía verle la cara desde la mesa, pero estaba dispuesto a apostar que era tan agria como la de un juez de la horca, a juzgar por su tono de voz.
Algo andaba mal. Naruto se levantó, dejó su abrigo sobre la silla y dio tres pasos hacia Hinata.
-¡Eh, señora Namikaze! ¿No vas a darme un beso de bienvenida después de que he ido a la ciudad a vender tus huevos y tu mantequilla, te traigo las últimas noticias e incluso me he acordado del té verde?
El suspiro de Hinata fue casi silencioso mientras asentía. Deliberadamente, dejó el hierro sobre el fogón y soltó el trapo de franela con el que los cambiaba en la tabla de planchar. Cuando se volvió hacia él, alzó los brazos para rodearle el cuello.
-Por supuesto que te mereces un beso, señor Namikaze. Supongo que mi mente estaba muy lejos de aquí -se disculpó poniéndose de puntillas antes de depositar un beso húmedo sobre sus labios-. Ése es por el té.
Otro beso siguió al primero, pero Naruto ya estaba preparado. Lo prolongó incitándola con pequeños mordiscos, apretándola contra su pecho, alzándola con ambas manos en la cintura.
Hinata se echó a reír y cerró los ojos para que pasara aquel momento de inquietud. No le había sentado nada bien la mención de Sāra. Que la mujer echara de menos a los chicos, probablemente era verdad. Que fuera a visitarlos por una razón obvia, era lo más seguro.
Desde el primer momento sabía que a Sāra Hoshigaki no le había gustado que Naruto y los chicos se marcharan de Sunagakure. No sólo porque echara de menos a los hijos de su hermana, sino, sobre todo, porque iba a echar de menos al padre. Y ahora que su esposo había muerto, dejándola en buena posición según el propio Naruto, Sāra iba a hacer su entrada en escena.
-¿Qué son esas noticias que traes de la ciudad? Te has cortado el pelo. ¿Has hablado con Udon Ise? ¿Le ha pedido a Moegi que lo acompañara a la fiesta de la parroquia?
El nuevo barbero no había disimulado su atracción por la maestra durante los servicios de los domingos. Y aquella joven necesitaba urgentemente un pretendiente, si sus continuas miradas de soslayo a los feligreses más atractivos servían de indicación. Naruto hizo un gesto negativo.
-No he oído nada de Udon, pero Azami me ha contado que el señor Sarutobi está yendo dos veces al día a la tienda, una para recoger el correo que llega en el tren de la mañana y otra por la tarde, para comprar comestibles para la cena.
-Tiene un ama de llaves que se encarga de eso -dijo Hinata con el ceño fruncido.
-Incluso me ha preguntado si yo creía que Kurenai estaría dispuesta a que le hiciera compañía regularmente -dijo Naruto sonriendo-. Azami piensa que el señor Sarutobi quiere hacerle la corte a Kurenai. Dice que pasa mucho tiempo al medio día revisando su correo.
-¿Que trata de conquistar a Kurenai? Es demasiado joven para él. Vaya, pero si el señor Sarutobi debe tener sesenta años por lo menos.
-Kurenai tampoco es ninguna adolescente, cariño.
-Seguro que apenas tiene los cuarenta.
-A eso me refiero -insistió él-. Ya se le ha pasado la edad de encontrar marido.
-¡Pues yo la encuentro encantadora! -protestó Hinata-. Pero sigo diciendo que el señor Sarutobi me parece demasiado mayor para ella. ¿Qué más te ha dicho?
¿Cuándo has hablado con él, Naruto?
-Pasé por el banco un momento, Hina.
Naruto se apartó de ella y fue a servirse una taza de café. Hinata presintió su resistencia a responderle. Naruto se sentó a la mesa y sopló sobre la taza humeante antes de volver a prestarle atención.
-De todas maneras, por lo que Azami me ha contado, dudo mucho que Kurenai acepte que le den consejos -prosiguió él con una sonrisa satisfecha-. Van a ir a la fiesta parroquial juntos. Azami oyó cómo él se lo pedía y vio a Kurenai asentir.
-¡La está cortejando!
De repente, el problema de la edad desapareció de la mente de Hinata al pensar en la esbelta encargada de la oficina de correos y en la vida solitaria que llevaba. Una sonrisa tierna apareció en sus labios mientras miraba a su marido. Ni siquiera la noticia de la visita de Sāra podía estropear su alegría al imaginarse a Kurenai con el traje de novia.
-Eso parece -dijo Naruto-. ¿Por qué no le echas un vistazo a ese estofado y ves si podemos comer ya, cariño? Mis chicos han venido quejándose de que tenían hambre todo el camino. Aparecerán en cualquier momento.
-Quizá se casen en primavera -dijo ella, absorta en sus pensamientos.
-Quizá. ¿Quieres escribirle unas líneas a Sāra? Puede que se sienta mejor recibida si la invitación parte de ti.
Allí estaba otra vez, aquella leve renuencia cuando pronunciaba el nombre de Sāra. Sin embargo, Hinata apartó de su mente aquellas ideas y asintió.
-Sí, claro. ¿Crees que esperará a que mejore el tiempo?
-No sé. Me ha parecido que estaba deseando venir. Los trenes funcionan en invierno y en verano, cariño. No hay razón para que no llegue dentro de un par de semanas, una vez reciba tu visto bueno.
Pero la respuesta de Sunagakure supuso una sorpresa para Naruto. Cuando llegó la carta a principios de marzo, supo que Sāra no iba a hacer el viaje hasta abril.
-Mejor así -dijo él mientras Hinata leía la carta-. Así tendré tiempo de hacer un viaje a Chicago este mes.
-¿Para qué necesitas ir a Iwagakure, Naruto?
-Hace tiempo que quiero mandar esos novillos al matadero. Han engordado bastante bien durante el invierno.
-Pero, ¿no puedes mandarlos sin tener que hacer el viaje? Mi padre...
Hinata se detuvo al darse cuenta de que estaba cuestionando su autoridad. El ganado era asunto de Naruto, él se había echado aquella carga sobre los hombros y ella se alegraba de que lo hubiera hecho.
-Sólo serán un par de días, Hinata. Los niños y tú estaréis bien.
Naruto se apartó de ella para mirar por la ventana. Hinata sintió que la inquietud crecía en su interior.
-Naruto, no quiero inmiscuirme. Ya sé que el ganado es asunto tuyo, pero...
-¡Hina! Confía un poco en mí, ¿quieres?
Naruto no pudo o no quiso mirarla a los ojos. Sin embargo, no contento con eso, le dio la espalda.
-¿Hinata?
-Sí, sabes que confío en ti, Naruto.
Sus palabras rezumaban indignación, como si él la hubiera insultado al exigirle un reconocimiento verbal de su fe. Cuando Naruto se dio la vuelta, Hinata se quedó asombrada al ver su expresión de ternura.
-No tenía derecho a insinuar lo contrario - dijo él, yendo a su lado y tomándola de la mano-. Todo lo que hago es por ti y por los niños, Hina.
Hinata se mordió el labio inferior. Era la primera vez que no sabía en qué dirección quería Naruto que fuera. La vida con él se desarrollaba sin sorpresas, aparte del hecho de dormir en su cama. Y ella estaba dispuesta a aceptar aquel hecho en particular sin pensárselo dos veces. Pero aquel día descubría en él un aire de secreto, una impaciencia que no acertaba a explicarse. Como si Naruto tramara algo a lo que ella tenía prohibido el acceso, como si estuviera elaborando unos planes que no la incumbían a ella.
-Hinata, no te pongas tan seria. Este viaje es algo que llevo planeando algún tiempo. No te enfades, cariño. Estaréis a salvo aquí. Sheba es una buena perra guardiana. Si quieres, le diré a Shikaku Nara que os eche un vistazo.
-¡No! No será necesario.
Hinata volvió a morderse los labios. Detestaba la sensación de inseguridad que acababa de apoderarse de ella.
-Quiero que le escribas a Sāra mientras yo estoy fuera. Dile que nos avise por telégrafo de la fecha en que llega. Además, creo que será mejor que no se lo comentemos a los niños hasta que esté a punto de venir.
Por lo visto, una vez que Naruto Namikaze se decidía a hacer algo, no perdía el tiempo. Hinata tenía la sensación de que apenas acababa de mencionarle su plan para subir al tren de Grand Rapids y allí enlazar con el de Iwagakure, cuando ya estaba haciendo las maletas. Cuando Naruto la subió al surrey, tuvo la impresión de ser una marioneta en sus manos.
-Creo que necesito tomar las riendas, Naruto.
-Lo que tú quieras.
Naruto se las entregó y puso el brazo sobre el asiento, en contacto con su espalda. Detrás, los niños alborotaban, excitados con lo que su padre les iba a traer cuando regresara.
-No he llevado tus yeguas excepto en el campo y un par de veces por la ciudad.
Además, siempre ha sido con la carreta.
-Descubrirás que el surrey es distinto. Pesa menos y tienen tendencia a acelerar el paso.
-Sabré manejarlas -dijo ella con un chispazo de desafío en los ojos.
Sacudió las riendas y chasqueó la lengua hasta que las yeguas obedecieron y adoptaron un trote rápido. Sentían unas manos nuevas en las riendas y cabeceaban y levantaban las colas, deleitando a Hinata con sus excentricidades.
-Después de todo, parece que sí puedo controlarlas.
A su espalda, los niños le pidieron que acelerara. Arashi gorjeaba alegremente, mientras que Misuke la observaba con ojos envidiosos.
-¿Cuándo podré aprender a llevarlas yo, papá? -preguntó apoyándose en el brazo de su padre, asomándose entre los dos adultos.
-Dentro de poco, Misuke -dijo Naruto-. En primavera, cuando cortemos el heno.
-¿Y también podré montar a las yeguas nuevas?
-¿Quieres que te dé una sorpresa, hijo mío?
-¡Claro! -dijo Misuke bailoteando y levantándose para apoyar la mejilla contra el hombro de Naruto.
-He encargado una silla de montar pequeña para tu cumpleaños. He pensado que será mejor que aprender en la mía.
Los ojos del niño se encendieron con una mezcla de entusiasmo y deleite.
-¿Podré aprender a montar en la más pequeña? ¿En la marrón?
-Los caballos marrones se llaman alazanes -le explicó Naruto-. Iba a ser para Hinata, pero estoy seguro que a ella no le importará compartirla contigo.
-¿Mía? - exclamó ella, sorprendida-. Yo no sé montar, Naruto. Mi padre nunca me lo permitió.
-Bueno, pues ya va siendo hora de que aprendas. Creo que tu padre...
Naruto se contuvo, temeroso de agriar cualquier buen recuerdo que Hinata pudiera guardar de su padre.
-Ya he probado las dos. La baya es un poco caprichosa, pero la alazana es toda una dama. Necesitan que las monten antes de que me fíe de poner a Misuke encima de la silla, pero antes de que nos demos cuenta, irá en caballo a la escuela.
Estaban entrando en Konoha y Hinata refrenó el paso.
-Será de noche para cuando volváis a casa - dijo Naruto-. He dejado encendida la lámpara de la cocina para que no tengáis que andar a tientas.
Hinata suspiró. Justo cuando empezaba a sentirse a la deriva por su ausencia, Naruto le daba una razón para sentirse segura. No importaba que hubiera pasado más noches a oscuras en los dos últimos años de las que quería recordar. A Naruto le preocupaba que regresaran a casa sin otra luz que la de la luna y las estrellas.
-Si no esperas a que salga el tren, podrás estar de vuelta antes de que se haga de noche -dijo inclinándose hacia ella para susurrarle al oído. Hinata sacudió la cabeza.
-No puedo. Les hemos prometido a los niños que podrían ver el tren y decirte adiós.
-Volveré el jueves por la mañana temprano. He puesto las dos últimas espuertas de manzanas en la carreta. Están bien cubiertas para que no se hielen -dijo como si quisiera tranquilizarla-. Puedes traértelas el jueves, de paso que vienes con los huevos y la mantequilla.
-gracias.
Cargar aquellas espuertas desde el sótano a la carreta, no era algo que le hiciera ilusión a Hinata. Había hecho muchas conservas y secado las demás. Era hora de que se libraran de las sobrantes.
-Voy a echarte de menos -dijo ella en un susurro.
Naruto le puso la mano en el hombro y se inclinó hacia ella para rozarle la oreja con los labios.
-También habrá un regalo para ti, cariño - musitó junto a su oído, provocándole un escalofrío de placer.
-Seguro que sí, señor Namikaze.
Hinata se detuvo frente a la tienda. Naruto se bajó y ató los caballos antes de ayudarla a bajar.
-Yo llevaré los huevos, Hina. Encárgate tú de la mantequilla.
Naruto le alcanzó la cesta de mimbre en la que ella había metido las porciones de mantequilla dorada. Cada una llevaba impresa una margarita, era la señal distintiva de la granja Hyūga y un motivo de orgullo para Hinata. Naruto le abrió la puerta y Azami la saludó desde el mostrador.
-¡Yuju, Hinata! Me alegro de verte. Y a usted también, señor Namikaze, no faltaba más. Sonriendo, Azami tomó la cesta de la mantequilla y la dejó sobre el mostrador.
-Nunca tenemos problemas para venderla - dijo levantando la tapa-. Doce, me parece. ¿No, Hinata?
-Sí, y seis docenas de huevos, señora Yamanaka.
-Te aseguro que los huevos de tu granja son los más grandes de los alrededores, Hinata.
-Pues guardo los de dos yemas en casa -contestó ella, tratando de que el orgullo no se le notara demasiado.
-Yo te podría conseguir un buen precio por ellos -dijo Azami-. Al hotel les gusta servirlos y mi Inoichi dice que son algo muy especial.
-Igual que mi Naruto -respondió Hinata en el mismo tono presuntuoso.
Sin embargo, se sonrojó al oír la risa de su marido que habló en tono confidencial.
-No conseguirá derrotarla, señora Yamanaka. Tiene genio de sobra.
-¡Hinata!
Kurenai la llamaba desde el otro extremo de la tienda.
-¡Cómo me alegro de verte! Quería hablar contigo, pero no tuve ocasión después del servicio del domingo -dijo Hinata sonriendo con placer-. Me he enterado de que vas a la fiesta parroquial con el señor Sarutobi.
Kurenai se sonrojó y se retocó el pelo con el dorso de la mano.
-Las noticias se extienden como la pólvora - dijo inclinándose hacia ella-. Pero yo quería que tú lo supieras, Hinata. La verdad es que no estoy segura de si hago bien, pero no pude negarme cuando me lo pidió. El es... un hombre muy atento.
-¿Tan importante es, Kurenai? -dijo Hinata tomándola de la mano-. Pues claro que sí, qué pregunta. La amabilidad es una cualidad importante en un hombre.
Hinata contempló a Naruto y sus ojos se enternecieron.
-Tú has sido muy afortunada, criatura -dijo Kurenai-. Espero tener la misma suerte.
-¿Con Asuma Sarutobi? ¿No te parece que vas demasiado deprisa, Kurenai? Sólo has...
-Hace tiempo que pienso en él. Nos lo pasamos bien juntos y ha venido a visitarme más de una tarde.
Hinata parpadeó perpleja.
-No lo sabía. No había pensado que os veíais hasta que Naruto me contó que iba a llevarte a la fiesta parroquial.
-Hemos procurado ser discretos. No era apropiado que él fuera a visitarme sin carabina, pero pienso que ya no tengo que dar cuentas a nadie de mis actos. He cumplido los cuarenta y dos años y, si quiero recibir a un caballero que me pretende, creo que estoy en mi derecho.
-Sí... por supuesto -se apresuró a decir Hinata que veía a Kurenai con nuevos ojos-. Una persona como tú no debería estar sola.
Kurenai se miró las manos que tenía unidas en un gesto sereno ante ella.
-A veces, en nuestras vidas hay cosas en las que no queremos pensar ni tampoco hablar de ellas. Hace falta una clase de hombre especial para entender esas cosas, ¿no te parece, Hinata?
Hinata notó que se le aceleraba el pulso al oír aquella indirecta. Kurenai lo sabía. De alguna manera, el secreto que Hinata había creído esconder del mundo no le había pasado desapercibido a aquella mujer.
-Sí -susurró con la boca seca-. A veces hace falta un hombre muy especial.
-Me alegro de que hayas encontrado al señor Namikaze. Desde el primer momento supe que era el indicado para ti. Por eso sé que el señor Sarutobi lo es para mí.
Kurenai sonrió. Un gesto extraño y triste, una ligera mueca en sus labios.
-Somos muy parecidas, criatura. No en todo, pero en cierto modo somos asombrosamente parecidas.
La campanilla de la puerta anunció la llegada de otro cliente. Hinata levantó la vista. Asuma Sarutobi entraba con el sombrero en la mano y se limpiaba los pies en el felpudo.
-¡Ah! Está usted aquí, señor Namikaze - dijo el banquero yendo a su encuentro-. He pensado que podía ahorrarle una visita al banco cuando he visto su surrey ahí fuera.
Naruto anduvo rápidamente y le estrechó la mano.
-Salgamos a hablar fuera, Asuma.
Las cejas de Hinata se arquearon mientras volvía a repicar la campanilla.
¿Qué podían traerse entre manos aquellos dos? Naruto no había mencionado que tuviera que ir al banco. Dio un paso hacia la puerta, pero la voz tranquila de Kurenai la detuvo.
-Sólo se trata de negocios de hombres. Estoy segura, Hinata.
Sin embargo, Hinata tuvo que hacer un esfuerzo para dominar su inquietud.
-Sí, seguro que tienes razón -dijo con los ojos fijos en Naruto.
La estación estaba muy cerca. Hinata volvió a empuñar las riendas y se acercaron al edificio de ladrillo rojo a paso lento.
-¿No se asustarán los caballos con el tren, papá? -preguntó Misuke contemplando con asombro los raíles que se perdían hacia el norte y por los que en aquel momento se acercaba el monstruo de acero.
-No lo sé, hijo. Supongo que lo mejor será que sujete las riendas cuando la locomotora pite, ¿no?
Hinata, acurrucado en el asiento, sólo se atrevía a asomar la cabecita.
-Lo mejor será que me quede aquí, ¿verdad, papá?
Naruto bajó al suelo y sujetó a los caballos. Sin embargo, no fue necesario, las bestias apenas prestaron atención al estruendo del motor. Naruto les dio unas palmadas en la testuz, volvió al coche y tomó su maletín. Se quedó mirando a Hinata.
-¿Vas a despedirme desde aquí?
-Creo que sí, pero Misuke quiere acercarse. Arashi y yo nos quedamos en el coche.
Naruto le dio un beso al más pequeño y aprovechó para susurrarle algo al oído. Después le puso la mano en la mejilla a Hinata y la atrajo hacia sí para el beso de despedida. Sin embargo, primero miró a su alrededor para cerciorarse de que no iban a llamar la atención.
Hinata lo besó con una sensación de pérdida agobiante, como si aquel viaje fuera la semilla de la desavenencia. Luchando contra la tristeza, aceptó sus caricias y sus palabras de adiós.
A los pocos minutos, el tren reemprendía su viaje hacia el sur. Misuke volvió al coche y también ellos emprendieron el regreso a casa.
-¿Cuánto falta para el jueves, señorita Hinata? -quiso saber Misuke.
-Tres días.
-Eso es mucho -dijo Arashi desde atrás-. ¿Puedo sentarme delante con vosotros?
-Sí, claro.
Hinata detuvo el coche para que el niño saltara el asiento. Arashi se acomodó al lado de ella y tomó el cabo de las riendas para imitar sus movimientos.
-Cuando sea tan grande como tú, ¿podré llevar un coche como éste, verdad? Su sonrisa era contagiosa y Hinata se la devolvió.
-Puedes ayudarme a conducir ahora.
Se puso al niño en el regazo, ansiosa por sentir el consuelo de su cuerpo menudo. El surrey era veloz, pero no tanto como el sol precipitándose hacia el ocaso, la noche los rodeó antes de que llegaran a la casa. Sin embargo, aun en la distancia, la luz de la ventana les señalaba el camino. Hinata sintió que se le henchía el corazón.
Incluso en su ausencia, Naruto se las había apañado para recordarle que se preocupaba por ella. Con una firme determinación, dejó a un lado la inquietud que la había estado molestando todo el día.
