CAPITULO XXX

El hombre de bata blanca trató de aplicar un doloroso sedante en su brazo izquierdo, mientras era sujetada por varias personas después de haber perdido el control de sí misma.

No era para menos.

Había pasado los últimos minutos lanzando a diestra y siniestra variados objetos de su recámara, asustando de paso a las empleadas domésticas y a su sobrina Anisha, quienes se habían atrincherado en una de las habitaciones más próximas, esperando a que el turbulento episodio de crisis nerviosa terminase.

Ni ella misma comprendía muy bien tan agresivo arranque de histeria que le había sumido en el ya de por sí profundo pozo de caos y desesperación en que se hallaba su endeble existencia.

Gemidos de lamento y dolor inundaron el condominio mientras recorría desesperadamente cada rincón de su hogar, gritando los nombres de sus hijos. Ni siquiera pudo percatarse de la llegada de su marido y su padre adoptivo quienes tuvieron que recurrir a una extraordinaria fuerza para poder tranquilizarla. Tampoco pudo ver las lágrimas de impotencia y rabia en los masculinos rostros al verla en tan miserable situación. Necesitada desahogarse después de todo lo ocurrido.

Una fuerte bofetada y la inmensa negrura que cubrió gradualmente su mente fueron los últimos hechos que alcanzó a percibir antes de desmayarse.

- ¿Se siente mejor?

Ahora, después de un indeterminado tiempo en el que había permanecido inconsciente, la voz del médico retumbó en lejanos ecos en su cabeza haciéndole abrir lentamente los ojos. La opaca luz que entraba por la ventana le provocó un lacerante dolor en las sienes por lo que se llevó instintivamente las manos a las mismas.

- ¿Qué... ha sucedido?

- ¡Candy! – la conocida voz le hizo recapacitar del instante actual.

- Terry... yo... no entiendo qué sucedió.

- ¿Cómo estás? ¡Nos diste un buen susto! – tomó con cuidado las femeninas manos y las protegió con las suyas.

- Yo... – calló por unos segundos en lo que se adaptaba a la luz e intentaba abrir de nueva cuenta los ojos – me siento un poco más tranquila – se abrazó a su marido y ocultó el rostro en su pecho. Se sentía muy avergonzada por su repentino cambio de humor.

- ¿Podrían dejarnos solos, por favor?

La mujer esperó a que se cerrara la puerta para ver a su esposo. También la mala noche pasada había dejado estragos en su semblante, al resaltar las profundas ojeras debajo de sus azules ojos. Después de varios minutos en silencio, por fin pudo retomar la palabra, aunque en el fondo aún se sentía intranquila:

- Terry, ¿tienen noticias?

- Todavía no mi amor, pero eso no es motivo para que te pongas así. Candy, yo estoy igual de desesperado y también a veces desearía desquitarme con el primero que se me atraviesa por todo esto que se nos ha venido encima pero no se va a resolver nada con una actitud así. Comprendo que hayas cargado con tantas cosas tú sola durante todos estos meses y no es para menos que tengas una reacción así, sin embargo, como tú misma lo has recalcado, es importante que nos mantengamos unidos y tranquilos para seguir enfrentando este grave problema que se nos ha presentado. La policía ya coopera en la búsqueda, Albert ha dado órdenes a un detective privado de que les siga la pista y nosotros no tenemos más que esperar. Tenemos que estar serenos para afrontar lo que sea que venga, ¿entiendes? Quiero atreverme a pensar que Nicole nos está haciendo una muy mala travesura por el tiempo que la tuvimos encerrada en el hospital y creer por un momento que Susana es la culpable de todo esto. Ya me cansé de seguir pensando en esa mujer. Por ahora, es importante que descansemos muy bien y que permanezcamos lo más lucidos posible para seguir al tanto de las investigaciones. Al menos pudieron ayudarte a dormir un poco. En mi caso ha sido imposible, por lo que me siento realmente fatigado y quisiera descansar un rato. ¿Querrías hacerme compañía? Me he tomado un tranquilizante y ya está haciendo efecto – el actor se despojó de su saco y se recostó sobre la enorme cama, tendiendo los brazos hacia su esposa, quien acudió solícita a la amorosa petición.

- ¿Albert estará al pendiente? – el temor en su mirada no desapareció aún a pesar de permanecer abrazada a Terry.

- Tratemos de descansar un poco, pecosa – el también empresario teatral cerró los ojos y se fue quedando rápidamente dormido en tanto ella le observaba perdida en sus pensamientos.

La mente de su esposa pasaba de una situación a otra. "Terry. Está agotado después de haber permanecido fuera toda la noche y ¿yo que le doy?, solo problemas y preocupaciones, pero, mis hijos. ¿A dónde pudieron haber ido? ¡Santo cielo! ¡Me voy a volver loca si no tengo una respuesta pronto!", se dijo internamente, mientras se perdía entre los últimos recuerdos amargos de la desaparición de Nicholas y Nicole.

Así como se hallaba, recostada a un lado de su esposo, la mujer no pudo evitar las silenciosas lágrimas mientras trataba de reprimir el sollozo que la desolada situación le provocaba. En su interior deseaba salir corriendo de aquel lugar para buscar ella misma a sus amados gemelos.

Envuelta en la oscuridad de su alcoba, cerró los ojos tratando de hallar un poco de paz pero no le fue posible. El incesante recuerdo de Susana maldiciéndole y burlándose de ella alteró aún más sus nervios. Si no hubiese sido por la pesada respiración de Terry quien dormía profundamente, presa del agotamiento con toda certeza, tal vez habría proferido un alarido de rabia y desesperación.

"Piensa Candy. Debes tranquilizarte y cooperar con los demás. Habrá una solución a lo que está pasando. Ella no podrá hacerles daño mientras no le demuestres miedo, pero ante todo, debes conservar la calma. Analiza con detenimiento. ¿Cuál podría ser el lugar en el que podrían haberse ocultado?", la verde mirada recorrió el techo de la alcoba, mientras intentaba responderse a sí misma. Cerró los ojos y trató de concentrarse pero el cansancio pudo más que sus endebles fuerzas, además, su mente estaba en blanco y eso la desesperó. Otra vez se durmió casi al instante.

Abrió de golpe los ojos y volteó a ver a su esposo. Con sumo cuidado se deslizó de la cama para salir de la habitación. Sentía que se ahogaba.

La desagradable sensación del vértigo ocasionado por el tranquilizante le hizo detenerse por unos breves segundos pero aún así, prosiguió. Los latidos de su corazón se aceleraron al pensar que Susana podría haberles hecho algo para ese entonces.

Al salir al pasillo, su mirada se topó con la puerta entreabierta del cuarto de su hija.

Con sigilo, se cercioró de que efectivamente se encontraba sola. No tenía el ánimo suficiente de toparse con Albert o Anisha quienes no tardarían en bombardearle con infinidad de preguntas. Necesitaba buscar la respuesta ella sola. Sus entrañas se lo pedían a gritos.

Se introdujo en el lugar en silencio y cerró la puerta tras de sí. La alcoba envuelta en penumbras poseía un gélido ambiente que le recibió como una bofetada, estremeciéndola de pies a cabeza.

Candy buscó la lámpara de noche y la encendió. Al ver que el aparato de la calefacción funcionaba, una fuerte sensación de miedo se apoderó de ella. Inexplicablemente, el frío seguía aumentando en intensidad y su origen seguramente era sobrenatural. Trató de tranquilizarse. Sus hijos eran su objetivo primordial. Elevó una rápida oración en su mente para armarse de valor y proseguir.

Echó un rápido vistazo a su alrededor y se dio cuenta de que la servidumbre ya había dejado la habitación en un estado impecable. La cama estaba hecha y todos los objetos que anteriormente yacían desparramados por todo el piso habían sido colocados de manera organizada en su sitio. Tal parecía que ahí no había pasado nada.

Con las manos temblorosas, se lanzó hacia la cómoda y hurgó en busca de algún objeto que le diese indicios de su paradero. Buscó entre ropa, juguetes y útiles escolares, sin olvidar los libros y los cajones de las mesas de noche. En su mente, esperaba encontrar algún diario que le indicase los motivos de la desaparición de los gemelos, aunque al final nunca lo halló.

Su mirada se posó en el enorme armario ubicado a un costado a la cama. Se acercó a él y lo abrió, siendo recibida por un putrefacto olor.

Contuvo las enormes ganas de vomitar y prosiguió, adentrándose entre las hileras de ropa a la par que sus manos recorrían cada prenda. No fue capaz de hallar evidencia alguna, sin embargo, un misterioso agujero de tamaño considerable, ubicado en una de las esquinas del piso, llamó poderosamente su atención.

Las luces parpadearon de forma intermitente y Candy fue incapaz de percibir el fantasmal movimiento de las cortinas que ondearon justo cuando una fugaz sombra cruzó detrás de ella.

Al agacharse con la intención de observar el agujero, sintió el estrepitoso movimiento de las puertas del armario cerrarse a sus espaldas, dejándola sumida en una profunda oscuridad. Volteó para abrirlas pero fue imposible. Algo o alguien la había atrabancado desde fuera y entonces el miedo que había sentido momentos antes se transformó en pánico total.

Gritó como nunca esperando a que alguien acudiese en su auxilio.

- ¡Terry! ¡Albert! ¡Anisha! – los gritos fueron desgarradores y su intranquilidad aumentó cuando nadie llegó a ayudarle.

- ¡Por favor! ¡Ayúdenme! ¡Sáquenme de aquí! ¡Auxilio! – la rubia golpeó la puerta con todas sus fuerzas hasta que se cansó.

Desolada, se dejó caer al piso, con las lágrimas recorriendo su rostro.

- ¡Ayuda! ¡Alguien me ha encerrado! – gimió débilmente con la derrota en su semblante.

Un vientecillo surgió del fondo del lúgubre lugar y ella volteó lentamente, rogando a Dios que le diera fuerzas para enfrentar lo que vería a continuación.

La pared del armario había desaparecido y ahora, un largo y oscuro pasillo se abría ante sus ojos. Los sucios cristales de la única ventana de apariencia antigua que se hallaba justo en la parte más alta del muro, apenas y dejaba filtrar un poco de luz grisácea luz del exterior. Tuvo la impresión de haberse adentrado en un sombrío sótano a juzgar por las oscuras baldosas que alcanzó a percibir en las paredes.

Sacando fuerzas desde lo más profundo de su ser, la mujer se armó de valor y se incorporó sujetando los bordes de su falda larga para no tropezar en el recorrido.

Caminó a paso lento por unos breves segundos, esperando a que sus ojos se acostumbraran a la densa oscuridad que le envolvía. Cuando lo hubo logrado, retomó el paso y se fue internando en el misterioso lugar.

El pasillo le condujo hasta el pie de unas estrechas escaleras que ascendían a la parte superior de la casa. Un ligero murmullo le esperaba arriba y su corazón se sobresaltó. Dio unos pasos hacia atrás y el llanto de una mujer le hizo girarse para quedar frente a una puerta, que hasta ese momento no había visto. Quiso girar el picaporte pero ésta se abrió por sí sola cuando ella intentó acercar su mano.

Era un cuarto apenas y más grande que uno normal, sin muebles y de muros de piedra sin ningún adorno, excepto la mortecina luz de una antorcha, misma que parpadeó ligeramente alumbrando una sombra que yacía sobre el suelo, en uno de los rincones del mismo. Le daba la espalda. Su vista tardó en acostumbrarse a la escasa luminosidad y cuando fue capaz de percibir las dimensiones del lugar en el que se hallaba, prestó atención a los movimientos de aquel desconocido personaje.

La figura yacía de cuclillas frente a la pared, mientras sus dedos se movían sobre la pared tratando de escribir algún párrafo imaginario. La esposa de Terry observó con terror, su descuidado cabello sucio y escaso que llegaba hasta su cintura. Vestía una bata de hospital llena de agujeros y salpicada con gotas de sangre. Sus movimientos eran grotescos, al balancearse de atrás hacia delante cual enferma mental, siempre dando la espalda a su sorprendida visitante. Creyó reconocer a la espantosa figura.

De sólo pensar en su rostro se asustó mucho e intento correr hacia el exterior pero la puerta se cerró de súbito dejándola encerrada con aquel abominable ser en el mismo cuarto. Se recargó en la puerta, encomendándose en su interior a todos los santos y al Santísimo mismo, para poder soportar la macabra visión que le revelaría la identidad de aquel temido personaje. "No lo permitas, Dios mío. Que no sea ella", cerró los ojos esperando despertar de tan terrible pesadilla pero una ronca voz le volvió a la realidad.

- Candy...

Los fríos y despiadados ojos azules le observaban con malicia, mientras sus labios llenos de minúsculas heridas que sangraban con el esfuerzo se torcían en una cínica sonrisa. Su cadavérico rostro, considerado en otro tiempo como uno de los más bellos del mundo del espectáculo neoyorquino, estaba cubierto de barro y polvo. Algunos jirones de carne colgaban de las cadavéricas mejillas y la rubia tuvo que disimular un intento de náusea que le había llegado de manera repentina.

- Su...Susana – murmuró sorprendida, tratando de contener un alarido de terror.

- Te he esperado desde hace mucho tiempo – si la imaginación no le jugaba una mala pasada, Candy juraría que el sonido de su voz era parecido al de un hombre. Tan gutural y anormalmente profunda que cimbró todo su ser.

- Déjame... salir – imploró débilmente.

La espectral figura emitió un macabro sonido parecido al de una sarcástica sonrisa para terminar rompiendo en una sonora carcajada que retumbó por el oscuro lugar. En unos segundos, se deslizó a gatas hasta quedar a escasos centímetros de ella. El movimiento era por demás, espeluznante.

- ¡Grita, suplica, llora... no imaginas cuánto gozo el verte sufrir maldita rastrera!, sobre todo porque ahora les tengo a ellos. Tu hija ha sido tan dócil y obediente, ¿sabes? Realmente es una suerte el que ella también te odie. Eso duele y mucho ¿no es así, Candy? – aquella afirmación y el simple pensamiento de imaginar a sus hijos bajo las garras de aquella malvada mujer hicieron que recobrara el temple e hiciera frente a la diabólica aparición.

- ¡No permitiré que les hagas daño! ¡Los defenderé con mi vida si es necesario pero te juro que no te saldrás con la tuya!

- ¡Eso, Candy! Necesito más odio y rencor. No imaginas cómo me hace sentir el hecho de verte sufrir y de saber que muy pronto, podré encontrarme con el responsable de todo esto.

El horror soltó otra fuerte carcajada mientras se contorsionaba de manera espeluznante sobre el suelo. Candy aprovechó el instante para voltearse y salir huyendo, pero la pesada puerta no respondió a su intento de escape. Estaba encerrada.

- Prepárense... querida. La recepción está por comenzar y los invitados no tardarán en llegar. Lamentablemente viene uno inesperado pero da lo mismo. Será igual de valioso que el resto de los asistentes.

- ¡Por.. favor... Susana... por lo que más quieras... déjame salir! - la esposa de Terry volvió a suplicar con lágrimas en los ojos. Todo aquello le daba muy mala espina mientras una angustia iba en aumento en su pecho.

El espectro sonrió antes de cruzar fuertemente la mejilla de Candy.

La rubia despertó repentinamente ahogando un grito de terror.

Todo haba sido un sueño.

- Candy, ¿qué ha sucedido? – la voz de su marido la regresó a su deprimente realidad. Entre sollozos, le narró parte de su pesadilla - ¡Debemos tranquilizarnos amor! Pronto tendremos noticias de ellos. Todo esto se resolverá, te lo prometo – le dijo entre abrazos.

- Terry, hay un lugar en el que quizá podrían hallarse. Tenemos que apurarnos – la mirada de la rubia reflejaba una determinación a pesar de los rastros del cansancio y del llanto. Le explicó su inquietud y el actor reflexionó.

- ¡No perdamos tiempo! Vayamos a esa maldita casa. Le diré a Albert y pediré a Anisha que se quede aquí para recibir noticias de la policía.

Apenas y habían podido probar algo de alimento para salir corriendo hacia la casona abandonada. Al notar la ausencia de su sobrina, escribió cuna ligera nota en la cual le pedía permanecer en el apartamento, esperando algún comentario de los detectives que buscaban a los gemelos. Rogó porque la muchacha estuviera por llegar antes de que salieran pero no fue así. Sólo le quedaba confiar en la mucama que le esperaría. Abordaron el auto junto a Albert quien lucía más nervioso que todos ellos y se dirigieron hacia el lúgubre lugar.

Candy intuyó muy en el fondo de su corazón que el final de todo aquello podría encontrarse cerca. Se llevó una mano al pecho y elevó una pegaría por todos ellos.

El mal les esperaba.


Las gotas de lluvia cayeron estrepitosamente sobre el cristal del auto. El rítmico sonido aumentó más aún cuando un fuerte granizo siguió al agua. Era un día de inusual tormenta que parecía no tener fin.

Los autos estaban detenidos en una interminable fila sobre el puente que debían atravesar para poder llegar al sector residencial donde se hallaba su próximo destino. Dadas las condiciones externas, ninguno se hizo el ánimo suficiente para salir del vehículo y seguir a pie.

El oficial miró con fastidio su reloj.

- ¡Maldita sea! Treinta minutos y el tráfico está parado – masculló para sí.

Fue el primer sonido que había envuelto el auto desde que había encontrado a Patrick Folsom y su peculiar compañera, Jaya, ya que el religioso se había sumido en un profundo silencio desde que habían abordado. Jack esperaba que le soltara todo una vez llegando a la vieja casa, pero con la situación actual, no se veía que fuera pronto y las dudas ya le estaban irritando los ánimos. Necesitaba una respuesta.

- ¿Ha dicho algo, oficial? – la voz del religioso le hizo mover la cabeza en señal negativa.

- No haga caso, padre – respondió de muy mala gana.

- Trate de conservar la calma, Jack. Enojarse y rabiar no le conducirá a nada, más aún, en estas situaciones tan escabrosas – la alusión a su nombre directamente, hizo enarcar una ceja al policía.

- Tal vez contribuiría mucho a tranquilizarme si pudiera al menos darme algún comentario inicial acerca de aquello "tan misterioso" que está a punto de sucede en el caso Grandchester. Créame padre, soy el más interesado en que todo este embrollo se aclare. Hágalo como un favor a un buen parroquiano que sólo desea un poco de paz en su vida. Este asunto me está enfermando – se sinceró aún a pesar del tono duro en su voz.

- ¿Podría aceptar el hecho de que Susana Marlowe se encuentre involucrada en este asunto, oficial Walter?

El hombre le miró con consternación a través del retrovisor. Jaya seguía tan callada, con la mirada perdida en la calle y los vehículos no daban pista de avanzar en cualquier momento. Sus facciones se endurecieron aún más y su humor pareció volverse aún más negro:

- ¿Se quiere burlar de mí, padre? Porque no estoy para bromas en este preciso instante. Lo que tenga que decir, hágalo directamente. No me venga a invocar muertos y espíritus, por favor. Además, le recuerdo que usted no tuvo una buena posición en su caso, así que déjese de rodeos.

- No es ninguna broma, oficial. Al contrario, lo que sucederá con toda certeza en unas horas podría cambiar inclusive su forma de ver... ciertas cosas. El caso Marlowe, del que reconozco no salí bien librado, ha vuelto a resurgir y con consecuencias, como usted bien ha visto, nada agradables. Me saltaré la explicación que podría agudizar aún más su molesto escepticismo, pero le pido amplíe en este momento su mente porque Susana se encuentra inmiscuida en el asunto que también a usted le compete. Ella ha estado acechando a los Grandchester y ha habido testigos de su presencia, si bien se le ha evitado a usted esta parte de la información. La principal afectada es Nicole y es ella la que nos ha conducido hacia este complicado caso, sin embargo, si usted sigue creyendo que todo esto son puras patrañas y fantasías alucinantes, me reservo el derecho de proseguir hasta que lleguemos a esa casa. No hablaré más por el momento.

El detective Walter acentuó más su dura mirada sobre aquel par de personajes y dio un fuerte manotazo sobre el volante, pero el simple recuerdo de su alterado superior le hizo recapacitar. En su interior, decidió darles por su lado dadas las circunstancias delicadas en las que estaba envuelto, por lo que decidió que suavizaría su trato hacia ellos. Finalmente, la integridad física de dos niños estaba en juego, así que continuó el juego:

- Le pido una disculpa, padre. Comprenda que para un policía, este tipo de explicaciones no es nada fácil de digerir y mucho menos aceptar. Nunca en mi vida he creído en el más allá y mucho menos en apariciones y espectros... – se mordió instintivamente el labio inferior en un intento por contener su impaciencia – así que, estoy dispuesto a escucharle, porque tal parece que aún tomará tiempo el que se despeje la vía para salir de aquí. Soy todo oídos.

Patrick supo que aquel hombre aún permanecería en tan escéptica posición pero también deseaba que todo aquello terminase y sobre todo que los hijos de los Grandchester estuvieran sanos y salvos. Poco importaba si Susana Marlowe encontraba el descanso eterno que dudosamente podría ameritar. Si había decidido hacer un pacto con seres diabólicos, asumiría su fatal destino, ardiendo en el infierno. Elevó una silenciosa plegaria al cielo y habló:

- Hace muchos años, aún antes de que yo conociera a Susana, me topé con ella en Nueva York, mientras hacía un voluntariado religioso en aquella ciudad. Fue un encuentro inusual aunque me sentí preparado a afrontar su inquietante... presencia.

- ¿A qué se refiere con eso?

- Esa mujer ya se había inmiscuido en prácticas paganas y con toda certeza ya participaba en extraños ritos, que presumo, tenían como fin hacerse de los favores de su eterna obsesión, misma que usted ya sabrá reconocer.

- ¿El actor Terrence Grandchester? Supe que compartieron varias puestas teatrales y que Susana había tenido un accidente que le había postrado en cama. Un compromiso matrimonial se había pactado entre ellos aunque nunca se llevó a cabo. Él se alejó de ella por un tiempo y cuando volvió a buscarla, la actriz ya había desaparecido. Aún no tengo los detalles del alejamiento entre ellos pero me atrevería a decir que Candice Andrey tuvo una participación significativa, ¿no es así?

- Tampoco cuento con tantos detalles, al igual que usted, pero me atrevo a pensar lo mismo. Lo importante en todo este embrollo, es la secta a la que perteneció y que le hizo perder la vida de forma tan... peculiar. – la voz del padre se ensombreció pero fue interrumpido antes de que prosiguiera.

- Patrick, dejaré de lado por un momento mi escepticismo. Dígame, ¿qué le sucedió a Susana aquella noche en el hospital? – preguntó sin ocultar su evidente ansiedad.

- El grupo con el que se había involucrado realizaba ciertos rituales a un demonio, con tal de ver realizados todos sus deseos. Desconozco la identidad de semejante ser, dado que nunca pude hacerle hablar durante el... exorcismo. Para que este rito sea eficaz, la identidad del demonio debe ser descubierta para proceder a la liberación del alma del individuo. En el caso de la actriz, no fue posible ya que falleció antes de tiempo. Su organismo estaba tan dañado que no pudo soportar la sesión. Aunque el parte médico diese cuenta de sus dolencias físicas... su alma ya se encontraba perdida. No sabría decirle a ciencia cierta si efectivamente el demonio se había apoderado de ella, o si a final de cuentas, murió presa de las torturas que su cerebro enfermo le impusieron hasta el último minuto, aunque su muerte estuviese rodeada de eventos... sobrenaturales – los recuerdos nublaron la mente del hombre, regresándole al pasado.

- ¿Qué tiene que ver la hija de los Grandchester en todo esto? – Jack Walker no pudo evitar su impaciencia.

- Nicky nunca habló conmigo directamente acerca de lo que veía. Siempre me rehuyó y mantuvo una distancia hacia mi persona, sin embargo, su madre pudo darme más detalles acerca de lo que la gemela e inclusive ella, habían atestiguado. Al parecer, Susana Marlowe estableció contacto con la niña a través de una visión en la que se presentó como una mujer desconocida que después resultó ser una maestra de la escuela donde estudiaba, asunto negado por las autoridades escolares. Posteriormente, la pequeña fue teniendo conocimiento de muchos hechos que imposiblemente podría saberlos puesto que concernían al pasado común de sus padres... cuando ella aún no había nacido. En muchas de sus conversaciones, siempre salía a relucir su nombre y aquello dejó intrigada a la pareja. Nicole demostró un inusual conocimiento de los detalles de la relación entre Terrence Grandchester y la difunta por lo que llegó a alterar a toda la familia. Su comportamiento fue transformándose lentamente hasta convertirse en una persona muy diferente de la que solía ser.

- ¿Por eso fue a dar al hospital?

- Los autos están avanzando – el padre desvió radicalmente la conversación ante un atónito detective que ya había olvidado por completo el embotellamiento en el que se encontraban.

- Pronto sabrá lo qué está ocurriendo – susurró en voz baja el padre, ante la mirada serena de Jaya.

El vehículo retomó el camino bajo la insistente lluvia que no les abandonó.


Anisha había salido a caminar un poco para despejar su mente después de los lamentables hechos ocurridos.

Aún no se resignaba a aceptar que su amado Nicholas estaba desaparecido y a pesar de que ya había recorrido incesantemente las calles aledañas con la esperanza de encontrar alguna pista que le indicase de su paradero, no cesó en volver a retomar el mismo trayecto para continuar con la búsqueda. Esperaba que un poco de aire frío y lluvia le ayudaría a no atormentarse más con lo que sus tíos estaban viviendo.

Londres le pareció aún más fría y sombría que antes.

Con pesar, recordó las escasas semanas que había pasado en el Colegio San Pablo, en donde había tenido que anunciar una baja temporal para ayudar a los Grandchester con las labores del Hogar. Por fortuna, la Madre Superiora había accedido al conocer un poco más en detalle el problema que estaba viviendo. Lejos estaba la férrea figura de Sor Grey, una de las más rígidas y estrictas directoras que la escuela había tenido en los últimos tiempos. La propia Candy le había puesto al tanto de los métodos inflexibles y hasta cierto punto, insensatos, a los que tenía sometidos a sus internos. No había tenido tiempo de hacer una amistad más cercana ya que había pasado tiempo inmersa en sus investigaciones con respecto a Susana Marlowe.

El sólo hecho de pensar en ese nombre le producía escalofríos. El extraño comportamiento de su prima aunado a los hechos poco usuales que había atestiguado junto a Nicholas y sus padres parecían quebrantar la endeble serenidad y calma que aparentaba frente a los demás. En el fondo, Anisha tenía miedo y sabía que el origen era sobrenatural.

Agitó un poco su cabeza para alejar esas ideas y se concentró en los rostros de las personas que aparecían en su camino. Nadie pareció percatarse de su triste semblante.

Llegó hasta el parque que solía visitar con su primo. La lluvia no daba un poco de tregua para que pudiera caminar libremente entre las bancas y árboles. Aferró la base de la sombrilla y decidió pasar a un costado del mismo. La calle por la que transitaba mostraba poca afluencia y ocasionalmente pasaban vehículos o gente.

- Con esta lluvia, sólo a mí se me ocurre dar un paseo – se dijo a sí misma.

Sin dejar de observar hacia el interior del parque, Anisha continuó caminando hasta que llegó a un frondoso pino que se hallaba colocada a la entrada de un sendero que conducía al centro del parque.

La hija de Annie observó un par de bancas próximas y al fondo una pequeña fuente donde un ángel de piedra vertía una olla hacia el interior de la misma. Decidió adentrarse y se sintió un poco más tranquila al ver que había algunas personas dispersas por el perímetro, que no le hicieron sentirse tan sola.

Cuando llegó a la fuente, permaneció observándola durante un tiempo indeterminado.

Una serie de imágenes inundaron su mente: el barco que les llevaba a Londres, la llegada a la residencia, la imagen de los empleados... y la siniestra fuente, similar a la que tenía enfrente, aunque con una figura mucho más sobrecogedoras y poco agradable. Recordó las veces que vio a Nicole jugar cerca de ella y de manera involuntaria, dio un paso hacia atrás, como si tratase de escapar de ella.

Tropezó con un hombre y cuando ambos cruzaron las miradas, se reconocieron al instante:

- ¡Jerome! – la chica le llamó con sorpresa y gusto a la vez. Era el antiguo chofer de la familia.

- ¡Señorita Cornwell! – a pesar de reconocerla, marcó su distancia con respecto a ella, aunque al sentir su mano sobre la suya, decidió suavizar un poco su actitud. Tampoco esperaba verla ahí.

- ¡Tal parece que hubieran pasado años de no vernos! ¿Cómo has estado?

- Bien, señorita. Afortunadamente no me ha faltado trabajo yeso gracias a la excelente recomendación de su tío. Ahora daba un paseo ¿Cómo está su familia, por cierto?

La mirada de la joven enrojeció por unos breves segundos pero después recobraron su apariencia normal. El hombre no hizo comentario alguno aunque se podía intuir que las cosas no seguían del todo bien. Al recibir la respuesta, su sospecha fue confirmada.

- Nos hemos mudado cerca de aquí. Ya sabes que vivir en esa casa era un poco... complicado. Nicole no nos la puso nada fácil.

- Siento mucho oír eso. ¿Los niños se encuentran bien?

Anisha tomó un poco de aire antes de proseguir. Su mirada se dirigió al repiqueteo de las gotas que caían sobre los charcos de agua en el piso. Le costó encontrar una respuesta neutra:

- No del todo, Jerôme. Tú mejor que nadie puedes intuir el por qué.

- Me ha dejado alarmado ¿Le ha sucedido algo a Nicky? – las gruesas lágrimas resbalaron al instante por el rostro de su interlocutora y Jerôme se estremeció. Jamás hubiese esperado lo que escucharía a continuación.

- Los gemelos desaparecieron anoche. La policía les ha estado buscando desde entonces y no han tenido resultados. Estamos desesperados ya que no tenemos siquiera una mínima idea de donde podrían estar – dijo entre sollozos.

- ¿Han intentado buscar en los lugares que solían frecuentar? La escuela, alguna juguetería, la casa en la que Nicky solía jugar. Tal vez hayan tratado de llamar la atención escondiéndose de ustedes. Puedo ayudar si es necesario... – dijo sin mucho convencimiento el chofer, aunque el semblante de la muchacha se había transformado.

- No se me habría ocurrido, Jerôme. Si mal no recuerdo, cuando nos llevaste al estreno de la obra, comentaste que Nicole estaba muy interesada en esa casa, pero... ¿será posible? – Anisha se perdió entre varios recuerdos y algo en su interior, tal vez su intuición, le dijo que no podría estar equivocada – Creo que ya sé donde podríamos buscar. Debo decirle a mis tíos que vayamos para allá inmediatamente. Me dio mucho gusto verte Jerôme. Ojalá podamos seguir nuestra conversación pendiente en otro momento. Debo retirarme. Gracias por tu apoyo.

Antes de que éste pudiera reaccionar, Anisha ya se había dado la vuelta rápidamente hasta desaparecer de su vista.

El chofer no pudo evitar un sobresalto en su pecho.


El lúgubre espacio en el que se encontraba hizo que Nicholas volviera a llorar inconsolablemente mientras pensaba en sus padres, Anisha y su tío Albert.

A pesar de que habían pasado unas horas de que había despertado en tan inhóspito y tenebroso lugar, al niño le pareció que habían pasado meses desde la última vez que recordaba haber estado en su hogar, aunque la hilera de imágenes que atravesó su mente en ese instante le hizo caer en cuenta de su dura realidad: la extraña actitud de su hermana mientras él estaba a su lado, el sorpresivo regalo del armario, y la peor parte, cuando un increíble hueco se había hecho visible a través del mismo para engullirlos por completo, arrastrándolos durante un peligroso recorrido, hasta ese sitio.

El niño tuvo la impresión de que se habían deslizado por algún túnel oscuro dando tumbos y chocando con fríos muros durante todo su recorrido, cayendo al final sobre el gélido piso de cemento. Sus ojos no terminaban de acostumbrarse a la falta de luz y trató de localizar, sin éxito, la posición de su hermana quien hasta antes de caer sobre el piso, iba a su lado sosteniéndole por los hombros en todo ese tiempo.

En un primer movimiento, sintió las piernas y la espalda adoloridas, como si hubiese recibido una dura paliza con algún objeto sólido. Tuvo que parar por un buen rato esperando a que el dolor fuera más tolerable, hasta que el cansancio, la fuerte impresión y el sueño se apoderaron de su ser, sumiéndolo en un profundo sueño.

Despertó abruptamente, creyendo que soñaba y se restregó los ojos esperando a que la pesadilla acabase. Echó un rápido vistazo a la pieza y sólo fue capaz de percibir las vagas formas de las paredes de aquella vacía habitación sin ventanas. Su mirada se topó con una sombría figura apostada en el otro extremo del cuarto donde se encontraba, presintiendo fuertemente que aquel ser era Nicole, mientras un ligero viento helado que emergía probablemente de alguna parte del exterior, recorría su cuerpo estremeciéndolo. Hasta entonces, comprendió que todo aquello era absolutamente real.

- ¿Nicky? – preguntó con la voz entrecortada por el llanto.

Un movimiento, parecido al de un pesado animal que se arrastraba le mantuvo clavado en su lugar, haciéndole callarse casi al instante. Lo que fuera aquella cosa que se acercaba a él no hizo más que aumentar su pánico por lo que apretó sus labios en un intento por reprimir un fuerte grito. Sus ojos se cerraron instintivamente y rezó en su interior.

El frío tacto de una mano sobre su mejilla le obligó a enfrentar el horror que se había plantado frente a él, reconociendo al instante el pálido y aún más delgado rostro de su hermana, ahora iluminado por un escaso rayo de luz que se filtraba por alguna parte del cuarto, que no supo ubicar.

- Nick. No temas... – dijo con voz suave.

Antes de que éste pudiera responder o reaccionar, Nicole se abalanzó sobre él, rodeándolo con sus brazos, ignorando el temblor de su cuerpo:

- ¡No me toques! – gritó con todas sus fuerzas, tratando de alejarse pero fue inútil.

- Nicholas, ¿no te das cuenta de que mamá nos ha utilizado?

Iba a responder pero el sonido de unos estruendosos pasos que se detuvieron justo fuera de la habitación en la que se encontraba, cortó su respiración. Él permaneció en silencio con la mirada puesta en la ahora visible puerta que ya se abría estrepitosamente, dejando pasar una amarillenta luz que delineó la maltrecha figura de una mujer a quien no tardó en reconocer:

- ¡Es ella! – susurró cantarinamente Nicole, con semblante burlón.

La mujer de larga y descuidada cabellera rubia se fue acercando hasta ellos en un agonizante movimiento lento. Llevaba una bata de hospital sucia y llena de sangre. Su rostro presentaba innumerables heridas y contusiones que resaltaban aún más su siniestro semblante. La gélida y dura mirada azul que se posaba fijamente sobre ambos niños transmitía un infinito odio.

- Mis niños... mis amados pequeños... – dijo con ronca voz, acercándose peligrosamente cada vez más. A Nicholas no le sorprendió ver a su hermana acercarse a a ella, ciñéndose a su cintura.

- ¡Aléjate de mí! – gritó el pequeño con todas sus fuerzas, dejando entrever el miedo en su voz. Susana sonrió burlonamente.

- Ven aquí, Nick. Solo faltas tú y así nuestra familia estará completa. Como siempre debió haber sido – la trastornada mirada le impidió moverse siquiera un milímetro de su lugar. Estaba aterrado.

- ¡Tú no eres mi madre! – nuevamente, Nicholas respondió sin saber de dónde había sacado aquella fuerza para replicarle, sin embargo, el fuerte golpe que recibió en la mejilla le hizo trastabillar y caer de espaldas, nublando por un instante su vista. Nicole se había hecho a un lado, mientras les observaba con inquietante expresión de seriedad.

- ¡Cállate, insolente! ¡Ustedes debieron ser mis hijos!

- ¡Carrie era tu hija y nunca la trataste bien! – volvió a gritarle aún a pesar del agresivo contacto, mientras sobaba con su mano la parte golpeada.

Antes la mirada burlona de su hermana, Susana profirió un grito tan fuerte que le hizo tirarse al suelo con las manos en sus oídos, tratando de protegerse del lacerante sonido que amenazaba con destruir sus tímpanos. Cuando pudo abrir los ojos se dio cuenta de que estaba solo, aunque aún podía sentir el ruido residual en su cabeza.

Corrió hacia la puerta intentando huir pero fue imposible. Estaba cerrada con llave.

Se tiró al suelo y lloró de la desesperación.


Después de un recorrido, a todas luces, agónico, el oficial y detective Walker se encontraba frente a la casa abandonada, junto al religioso Folsom y Jaya Soltzman, una inesperada médium.

El día repleto de oscuros nubarrones y la intermitente lluvia que caía por ratos no le ocasionaban un buen augurio de todo aquel embrollo en el que se encontraba. Había sido un invierno tan inusual como el hecho de que se encontraba metido en un asunto con tintes sobrenaturales al que se resistía ceder. Tenía que hallar una explicación lógica a todo lo que había sucedido, pero muy en el fondo sabía de antemano la respuesta.

Cuando los tres se adentraron en el jardín, un ligero ventarrón arrasó el lugar envolviéndolo todo en una atmósfera terrorífica. El padre Folsom ignoró el hecho y corrió a toda prisa hacia la puerta, siendo el primero en entrar en la sombría casa, seguido de Jaya, quien llevaba los objetos del ritual, y del policía.

El padre iba a tomar el picaporte de la puerta cuando esta se abrió sorpresivamente, haciéndoles retroceder. Un helado viento emergió de su interior llevando consigo un putrefacto olor y una nube de moscas, lo que les hizo agacharse y hacer un descomunal esfuerzo por no vomitar.

- En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo… – dijo Patrick Folsom al mismo tiempo en que sacaba de su bolsillo una pequeña botella con agua bendita y se dispuso a rociarla mientras sus labios musitaban una callada plegaria. Jaya respondió un "amén" en tono muy bajo y dirigió una mirada al detective para que éste respondiera igual.

Después del recibimiento tan peculiar, se dirigieron de nuevo hacia la entrada de la casa y se introdujeron en ella. Dada la falta de luz externa y las condiciones deterioradas de la propiedad, la oscuridad tan profunda les envolvió, por lo que hicieron un gran esfuerzo para que su vista se adaptase a la misma.

El detective llevó instintivamente la mano hacia su arma mientras recorría con la mirada el ambiente que le rodeaba. "¿Qué demonios está pasando aquí?", pensó al observar las ventanas sin cortinas. La luz de aquel día nublado debía filtrarse por las mismas, sin embargo, ésta no alcanzaba a traspasar los vidrios sucios. Un hecho que le dejó más que inquieto.

Las paredes estaban en un estado deplorable debido a uno de los tantos incendios que se había suscitado en la casona. Jirones de papel tapiz caían en una cascada sucia de colores deslucidos con el paso del tiempo. Los tres personajes llegaron hasta lo que había sido la sala principal recorriendo con la mirada el amplio espacio en donde resaltaba los restos de lo que había sido en sus mejores tiempos una elegante chimenea:

– ¡Nicole! ¡Nicholas! - gritó el padre Folsom, recibiendo a cambio un espectral silencio.

– No hay tiempo que perder, debemos encontrarlos... - fue interrumpido por Jaya quien no cesaba de girar la cabeza como si se hubiese percatado de algo.

– No estamos solos. Puedo sentirlo. Es una presencia... muy fuerte.

Como si hubiese sido guiada por una mano invisible, Jaya se dirigió hacia la derruida chimenea permaneciendo impasible ante la sorprendida mirada de ambos hombres.

– Quien quiera que seas... manifiéstate. No te tememos.

No tuvo respuesta, sin embargo, el silencio era cada vez mas inquietante. Tanto que podría decirse llegaba a molestar dada la sensación de peligro que les iba rodeando, como si "aquello" les fuera cercando como una cobra lo haría con un ratón.

El fuerte grito seguido de un tremendo portazo les hizo dar un salto tan fuerte a la par que un alarido de terror salía de las tres gargantas al mismo tiempo:

– ¡Busquemos a los niños! - Era Terry quien entraba de manera intempestiva seguido de Candy y Albert. Al ver a los demás dentro, con la expresión invadida por el miedo no pudo menos que imaginar lo peor y su voz se quebró al hacer la tan temida pregunta – ¿Los han encontrado?

– ¡Señor Grandchester! ¡Nos ha dado un tremendo susto! - le expresó enojado Jack Walker tratando de recobrar al instante su postura autoritaria. La agobiante tensión que les había rodeado antes se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos.

– ¡Mis hijos! ¿Están muertos? - la sollozante pregunta de Candy desvió la atención de todos hacia ella.

El religioso invitó a cada uno de los presentes a calmarse con el objetivo de actuar pronto, explicando rápidamente la situación. No había tiempo para las presentaciones y no dudaba que muy pronto se daría a conocer la causa de todo aquello:

– Jaya, dame la caja – el reverendo hurgó dentro de ella y tomó una estola morada y un libro de apariencia antigua mientras la médium le pasaba otro parecido al detective quien le miro de forma sorpresiva.

– No podré participar en el ritual ya que en cualquier momento podría manifestarse cualquier aparición y comunicarse a través de mi. Por favor, haga caso a lo que indique el padre Folsom.

– Ustedes permanezcan unidos junto a nosotros. Respondan junto al policía cuando así se los indique – dijo el padre a los acongojados familiares de los gemelos.

Se dirigió hacia el centro de la sala y empezó a esparcir el agua bendita por todos los rincones mientras iniciaba la oración pertinente:

Dios, Padre omnipotente que quiere que todos los hombres se salven esté con todos ustedes...

Antes de poder siquiera oír la respuesta de los demás, un estremecedor grito recorrió la casa seguido de un estruendoso golpeteo en las paredes. Todos los presentes se quedaron mudos del enorme susto y la única que pudo gritar fue Candy:

– ¿Qué es eso? - preguntó señalando hacia el largo pasillo que salía de la sala hacia una puerta ubicada al final del mismo.

La difusa sombra que había emergido de la oscuridad se fue haciendo mas nítida hasta aclararse y dejar al descubierto a Nicole Grandchester quien se iba dirigiendo hacia ellos con la cabeza cabizbaja. Caminaba a paso muy lento dibujando un misterioso zigzag. Su pijama estaba lleno de tierra y hojas, dando la impresión de que había pasado mucho tiempo arrastrándose por el jardín. Al acercarse a la sala, se colocó en en el centro de la misma y entonces, mostró el rostro. El sorpresivo murmullo no se hizo esperar. Lucía completamente desencajado y de un tono espectralmente blanco. Sus ojos estaban rodeados de un par de inmensas ojeras y los labios partidos cuyas heridas sangraban esbozaron una leve sonrisa. Miraba fijamente a su madre.

– Bienvenida Candice White. Por fin estás aquí – le dijo con un odio infinito. Su voz era demasiado grave para su condición infantil.

– Y con tu espíritu.. - Jaya habló sin pensar recordando al padre su tarea y éste prosiguió.

Dios, que para la salvación del género humano, hiciste brotar de las aguas el sacramento de la nueva vida, escucha, con bondad, nuestra oración... - la gemela gritó de rabia y se fue a golpes sobre el hombre. Fue contenida por el atónito policía y su asombrado tío.

Candy intentó acercarse a ella pero fue detenida por su esposo. Era obvio que había algo bastante inusual en la pequeña y no se equivocó al ver que su hija dirigía su mirada hacia su padre, ahora, con rabia:

– ¡Todos ustedes morirán! - el ensordecedor alarido que siguió a la frase les obligó a llevar sus manos a los oídos. La niña aprovechó el instante para liberarse de los brazos que la ataban y salió huyendo para desaparecer en las entrañas de la casa.

– ¡Nicky! - la angustiada rubia corrió detrás de la niña seguida de su esposo. Todo fue tan rápido que el padre Folsom no tuvo tiempo de advertirles, así que decidió continuar con sus oraciones pidiendo internamente por la salvación de todos ellos.

Mientras la interminable letanía de oraciones que salía de labios del religioso iba haciéndose cada vez más lejana, la pareja se estaba reencontrando al final del solitario y oscuro pasillo, frente a una puerta de madera roída que en sus mejores tiempos había sido verde. Conducía al sótano del sombrío lugar.

– ¡Candy, espera! - su marido tomó uno de sus hombros, mientras se inclinaba para tratar de recuperar un poco el aliento y evitar que su esposa bajara al lugar – No es seguro que estés sola. Iremos a buscar a nuestros hijos pero considero necesario el permanecer junto a los demás. Eso que vimos... no era nuestra hija ¡Por favor mi amor, te lo suplico! ¡No hagamos más grande el problema!

– ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Ayúdame! - el grito provino de la parte baja de la vieja casona. Aparentemente se trataba de Nicholas.

– No hay tiempo que perder, Terry. ¡No permitiré que esa mujer haga daño a mis hijos! ¡Permanece tú con ellos. Yo seguiré buscándolos!

Su esposa abrió la puerta de golpe y descendió los escalones, antes de que el actor pudiera responder. Sin pensarlo dos veces, se lanzó detrás de ella pero le fue imposible.

Algo había cerrado la puerta y aventado contra la pared.


Nicholas había permanecido sentado con la mirada implorante frente a la puerta, esperando que alguien fuese a rescatarlo.

Se sentía agotado, sucio y hambriento. Parecía que habían pasado días desde aquella noche en que se había levantado de su cama para ir al cuarto de su hermana quien se había comportado de manera muy rara con él. ¡Era un tonto!, se había reprochado a sí mismo al recordar las angustiantes escenas de su llegada a esa casa abandonada. Se había empeñado en creer que aquello era sólo un sueño pero no fue así. El intenso frío que calaba sus huesos y el penetrante hedor del sitio en el que se encontraba eran el triste recordatorio de que aquello era muy real.

Había estado pidiendo auxilio desesperadamente hasta el cansancio. Era obvio que nadie acudiría en su sano juicio pero aún así no desistió y siguió gritando hasta lastimarse la garganta. No fue sino hasta que el agotamiento amenazaba con cerrar sus ojos cuando un ruido proveniente de fuera le hizo reaccionar. Hubiese dado la vida por querer confirmar que aquello que había escuchado habían sido voces y gritos. ¡Alguien más se hallaba dentro de la casa y esa persona podría rescatarlo! En su desbordada imaginación creyó reconocer a su madre. Las lágrimas asomaron a sus ojos y siguió gritando esta vez, con mas fuerzas.

– ¡Mamá! - gritó con todas sus fuerzas al oír el sonido de la puerta que se abría. No era su madre.

– Querido Nicholas, vayamos a reunirnos todos en familia – el espectro de la actriz le propinó un fuerte golpe que le dejó conmocionado. Su mente se bloqueó y la oscuridad le rodeó. Se había desmayado.

No pudo sentir las frías manos fantasmales que tomaban sus pies, arrastrándolo dentro del sótano para llevarle hasta una de las oscuras esquinas del mismo. Tampoco pudo percatarse de que Nicole, su hermana gemela asistía a la horrible mujer, con la mirada perdida en la nada pero esbozando una burlona sonrisa. La niña ya no vestía su pijama habitual, sino una sucia bata de hospital que le colgaba hasta los maltratados pies. Las muñecas de sus manos estaban llenas de misteriosas heridas pequeñas. Tenía la apariencia de una completa lunática.

Cuando despertó, observó que se encontraba atado y su cuerpo se balanceaba como un péndulo con la cabeza hacia el suelo. Sus manos estaban atadas con gruesas correas parecidas a las que usaban los enfermeros para someter al paciente en un hospital psiquiátrico.

Un tropel de sonidos y murmullos se fue acercando con rapidez hasta él.

Sin poder evitarlo, gritó con todas las escasas fuerzas que le quedaban:

– ¡Mamá!

Sintió la felicidad más grande del mundo al reconocer la silueta de su madre que corría ya hacia él. Era tanta la emoción y la desesperación por salir de aquella pesadilla, que no fue capaz de hablar o decir algo y su madre sólo atinó a tomarlo entre sus brazos y besarlo por todo el rostro. Ambos lloraban desconsoladamente.

Ahora, sólo faltaba encontrar a su hermana.

– ¡Salgamos de aquí!

La rubia se dirigió con el gemelo en brazos hasta el pie de las escaleras. Todo a su alrededor se movía mientras gritos estremecedores les lastimaban los oídos. Entrecerró los ojos y se concentró en su hijo y los peldaños que le acercaban cada vez a la salida de aquel infierno.

Salió y una profunda oscuridad les rodeó. Nicholas no quiso levantar el rostro de su hombro para ver junto a ella, los eventos sobrenaturales que continuaban manifestándose. Solamente se estrechó más contra el regazo materno.

Candy caminó unos metros hasta que vio cuatro figuras que iban emergiendo de aquella infinita penumbra. Distinguió a Albert y por primera vez en su vida, sintió que el final de todo ese horrendo episodio estaba por llegar. Corrió hacia ellos mientras apretaba a su hijo contra su pecho.


Terry se encontraba desorientado después de haber visto desaparecer a su esposa en el oscuro sótano en el que se había introducido. Lo último que recordaba era haber corrido detrás de ella cuando repentinamente una abrumadora y espesa sombra le había rodeado impidiéndole ver más allá de sus narices y después había sentido el impacto de la pared contra su espalda.

– ¡Candy! ¡Candy! ¡Espera!

Su voz apenas y había salido en forma de murmullo de su garganta. Agitó las manos con desesperación al mismo tiempo en que trataba de abrirse paso entre la oscuridad para alcanzar la puerta del sótano. El nerviosismo fue creciendo al percatarse de que no importaba el esfuerzo que implicase el seguir caminando con dificultad. No podía salir de ahí.

– ¡Candy! - volvió a gritar y no tuvo respuesta.

A tientas, se fue desplazando lentamente por el pasillo cuando sus manos toparon con una puerta. De forma impulsiva, la abrió y una cegadora luz dio de lleno en sus ojos lo que le hizo trastabillar y caer de bruces sobre el viejo piso de madera que crujió al impacto de su cuerpo. Se talló los parpados hasta que pudo abrirlos dada la brutal y repentina iluminación que le había recibido.

Terry ya estaba al límite del nerviosismo y del pánico que recorrían todo su cuerpo desde que habían llegado a la vieja casona y lo que vio la continuación no le pudo dejar más que estupefacto:

Había un viejo camastro cubierto de una sucia sábana. Las paredes lucían sucias y con restos de barro regados a lo largo de la misma. Dada la escasa luz que se filtraba por las oscuras ventanas, pudo observar las decenas de caracteres desconocidos que se unían en curiosas y siniestras estrofas de algún oscuro párrafo del que no quiso siquiera pensar.

Conforme se fue acercando a la camilla, un sollozo acaparó su atención.

Era su hija, Nicole.

Se hallaba sentada de espaldas a la pared y se mecía lentamente de un lado a otro mientras garabateaba imaginarias letras como lo haría un pintor con su lienzo.

– ¡Nicky! - ella volteó hacia él.

Tenía el mismo rostro de siempre. El de su amada hija con la que había compartidos los mejores momentos de su vida. Aquellos en el que ella volvía a ser la niña llena de vida y alegría que hacía resplandecer sus días más aciagos. Tuvo el impulso de correr a su lado para abrazarla y estrecharla fuertemente entre sus brazos. Hacía mucho tiempo que añoraba esa sensación de sentir su cálido cuerpo pero cuando dio un paso hacia ella, tuvo que detenerse ante la voz ronca que emergió de la pequeña garganta.

– ¡Por fin nos encontramos! - le dijo con una sonrisa fingida.

– ¡Hija! ¡Soy yo! ¡No la escuches!

Quiso acercase a ella pero una fuerza invisible lo aventó contra la pared dejándole desorientado. Ese instante fue aprovechado por la niña, que corrió hasta el cuerpo de su padre y le propinó una inesperada patada en las costillas sacándole el aire.

– ¡Así te quería tener, hijo de puta! ¡Quiero que sientas el mismo dolor que yo tuve cuando me abandonaste por esa zorra! ¿Lo recuerdas? ¡Tus promesas alargadas, siempre, siempre alargadas a tu conveniencia! ¡La venganza es tan deliciosa! - le espetó con el rostro pegado al del actor.

– ¡Por... favor! ¡Deja a mi hija en paz! ¡Lo que quieras arreglar, hazlo conmigo, no con ella! - suplicó el asustado histrión.

– ¿Alguna vez pensaste en mí, Terry? ¿Antes de irte a tirar a los brazos de aquella puta? - la cara de Nicole adquirió un matiz pálido, semejante al de un cadáver. La mirada que le lanzó a su padre era de una rabia inmensa.

– ¡Susana... yo intenté decírtelo muchas veces... no podía estar contigo... no te merecías una persona que jamás te iba a amar como tú querías! ¡Las circunstancias nos juntaron de nuevo! ¡Fue un accidente, ella estaba muriendo...! - fue interrumpido por la brutal carcajada de la niña.

– ¡La pobre y triste Candy! ¡Siempre sufriendo! ¡Siempre atrayendo la atención de todos! ¡La desafortunada y pequeña huérfana! Pobre, pobre, pobre, pobre, pobre...! - Nicole comenzó a gritar frenéticamente hasta proferir un enorme chillido que lastimó los oídos de Terry; después, acercó de nueva cuenta su rostro al de él y en un inesperado acto le dio un leve beso ocasionando un más que evidente y repulsivo rechazo por parte de él.

– ¿Qué...diablos estás haciendo?

– ¿Nunca llegaste a sentir algo por mí? - Nicole le observaba ahora con el mismo semblante tan tierno y tan inocente. Terry no pudo ocultar su azoro y su repulsión por tan incestuoso acto.

Al no obtener la respuesta anhelada, la niña se levantó sigilosamente y observó a su padre sobre el suelo, adolorido y asustado.

– ¿Te imaginaste que en algún momento sufriría al no saber de ti? ¡No pudiste siquiera avisarme que te ibas con aquella arpía! ¡Maldita! ¡Cuánto la odio! ¡Tu hija pagará las consecuencias!

Nicole lanzó un grito de dolor que le hizo caer al suelo como una muñeca de trapo. Su rostro comenzó a moverse de un lado a otro presa de invisibles bofetadas que le dejaron marcas y rasguños en las mejillas. Terry no pudo soportar aquella terrible visión y trató de ayudarle, pero fue en vano.

Las infantiles manos le detuvieron de un certero golpe en el pecho que le mandó a estrellarse contra la pared y entonces, perdió el conocimiento.

Cientos de imágenes desfilaron en su mente:

Susana estaba sobre un altar rodeada de figuras envueltas en túnicas negras. En otra escena, la vio tener sexo con un desconocido de rostro demoníaco. Después, la vio correr desesperada, bajo la lluvia, buscando a su madre. En otra imagen, le vio junto a su entrañable amigo Robert Hathaway, con algunos policías. Vio con terror infinito, el momento en que la demoníaca aparición en la casa de las Marlowe se hacía de su cuerpo y desaparecía junto a él. También atestiguó su tortura a manos del mismo personaje siniestro para después ser encerrada en un oscuro ático en el que apenas alcanzaba a vislumbrar su abultado vientre, recordando al instante a la desafortunada Carrie, su hija. Las imágenes se sucedían una tras otra como si un proyector de fotografías funcionara automáticamente en su cabeza: el momento del parto, los maltratos de aquel hombre, las constantes peleas, los encierros de la pequeña, las grotescas ceremonias en las que participaban, los viajes frecuentes de la policía, la sentencia y el confinamiento en el psiquiátrico. El impacto fue enorme al ver la última escena en la que la muchacha se enfrentaba al padre Folsom. Su ex-compañera de teatro se estaba encargando de hacerle partícipe del tortuoso pasado al que se había visto expuesta. Sufrimiento, mas sufrimiento y el inmenso dolor ocasionado por él. Por su culpa. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Odio, rencor, venganza, ahora podía sentir todo lo que anidaba en el alma de la antigua actriz. Y no podía evitar ser responsable de todo aquello. No podía. Dio un grito de desesperación. Tan desgarrador y tranquilizante al mismo tiempo.

Había sido demasiado el sufrimiento. Demasiado.

Abrió los ojos y se percató de que se hallaba solo. Con sumo esfuerzo, trató de levantarse y un agudo dolor en el pecho le recordó de súbito el siniestro encuentro con su hija. A pesar de la escasa iluminación proveniente del exterior, la buscó por todos los rincones del oscuro lugar pero no la halló. Era tanta la impotencia que se soltó a llorar de nueva cuenta.

Entonces, una sarcástica risa se escuchó detrás de él. Al volverse para encarar a Nicole, Terry se encontró con la macabra cara maltrecha de la Marlowe.

Susana, encorvada como una araña, saltó de manera anormal sobre la figura masculina no sin antes emitir un sonido casi animal. Una fuerte bofetada le cruzó el rostro.

Concédenos Señor, por tu misericordia, que las aguas vivas siempre broten salvadoras para que podamos acercarnos a ti con el corazón limpio... - la firme voz del padre Folsom que ya había entrado se dejó sentir en toda la habitación. La espectral mujer emitió otro grito y se alejó velozmente de ellos.

– ¡Terry, ¡Terry!...¡Papá! - Candy y su hijo se abalanzaron sobre él, mientras el padre era auxiliado por el policía y la vidente.

Las gotas de agua bendita y sal salpicaron todo el perímetro en el que se encontraban y se concentraron principalmente sobre la encorvada figura que se hallaba de espaldas a ellos, acorralada en una esquina. Era pequeña y se hallaba en cuclillas con las manos rodeando sus piernas. En cada ráfaga bendecida, la figura se contorsionaba presa de convulsiones y espasmos.

– ¡Sujétenla! ¡Podría hacerse daño! - ordenó el padre mientras el policía y Albert corrían hacia Nicole en un intento por contenerla.

Patrick siguió recitando las oraciones sin amedrentarse ante las manifestaciones sobrenaturales que dejaron pasmados a sus demás acompañantes. Los ruidos iban desde aullidos animales hasta golpes estruendosos en las paredes.

– ¡Tengo que ayudar a mi hija! - Terry trató de incorporarse pero un fuerte mareo se lo impidió. El golpe había sido contundente.

– ¡No lo hagas, estás herido! ¡Nicholas, ayúdame! - su esposa le revisó fugazmente la espalda y él sintió el cálido contacto de la sangre mojada en su camisa. Ahora ya podía sentir la punzada de la herida por detrás. Su hijo sostuvo a su padre mientras Candy hacía una improvisada gasa con el borde de su vestido y presionaba fuertemente sobre ella.

– ¡Estarás bien!

El actor solo asintió, sin dejar de ver la escabrosa escena del exorcismo que se desarrollaba frente a su familia.


Las oraciones se iban dando sin ningún intervalo de descanso.

Nicole había podido ser sometida por Albert y el agente Walker quien había tenido que usar el par de esposas para poder contenerla. Al ser de tamaño grande la había atado por los tobillos, y con algunos retazos de las sucias sábanas del camastro habían improvisado un par de correas para atarla por las muñecas. Ahora se hallaba profundamente dormida después de haber escuchado la letanía de oraciones.

Nunca en su vida había forcejeado tanto como lo había hecho con aquella niña.

Por su mente desfilaban todo tipo de pensamientos, desde los más irracionales hasta los más escépticos pero aún así, no podía ser capaz de emitir juicio alguno ni pronunciarse al respecto.

De lo único que sí estaba seguro, era de que le poseía el más grande miedo que había sentido, aún desde niño, cuando los viejos cuentos de fantasmas le ocasionaban problemas para dormir. Pero esto era mucho peor que cualquiera de esos cuentos. Se limitó a apoyar en lo que fuera necesario.

En cuanto al líder de los Andrey, tampoco éste pudo ocultar el miedo al ver a su sobrina en tan lamentable estado. Todo aquello había rebasado sus propios límites racionales y ahora sólo se había unido en silencio al reverendo en un desesperado intento por apoyarla y salvarla de aquella terrible situación. Hubiera querido correr con todas sus fuerzas al lado de Candy y su familia pero también sabía que Nicky necesitaba ayuda y sólo él podría procurársela. Permaneció, expectante, a la espera del incierto final de la tragedia que estaban viviendo en ese instante. No se separó de la pequeña en ningún momento.

Por su parte Jaya limpiaba la frente del padre Folsom con una asombrosa tranquilidad. Su semblante, aunque contrariado, seguía siendo férreo y serio. De vez en cuando echaba ojeadas a la niña, por si llegaba a requerir algo. Tenía un contenedor de arcilla con algo de agua y usaba un paño mojado para humedecer la caliente frente de la hija de los Grandchester, presa de una feroz fiebre.

– ¡Tenemos que llevarla a un hospital! ¡Podría ser peor! - le susurró al oído al religioso pero éste se negó.

– Tendrá que ser fuerte. No podemos perder su alma. Si paramos ahora corremos el riesgo de que ahora sí, se muera y se condene junto a ella. No puedo, Jaya. Perdóname. Confío en que habrá un milagro – explicó entre jadeos el cansado hombre para después incorporarse y seguir con el singular acto.

El agua bendita volvió a caer sobre la dormida chiquilla, haciéndole gritar ferozmente al instante. Una serie de groserías y maldiciones salió de ella pero no se inmutó.

Impasible, prosiguió con la tarea mientras los dos hombres trataban de contener los frenéticos movimientos de la niña. Nicole trató de liberarse de las ataduras y lo único que pudo conseguir fue lastimarse aún más los tobillos y las muñecas. Tenía heridas por todo el cuerpo y su rostro estaba inflamado por causa de todos los golpes que había recibido.

Candy decidió tomar a su hijo y voltear su rostro hacia ella.

Hubiera dado cualquier cosa por que Nicholas no atestiguase tan terroríficos acontecimientos pero ya era demasiado tarde. No se aventuraba a salir de ahí por su propia cuenta y menos dejando a su marido tan lastimado físicamente. Volteó a verle y la expresión en la cara de éste le confirmó el estado tan deplorable en el que se hallaba.

Tomó su mano en un vano intento de transmitirle algo de paz pero sabiendo de antemano que nada de lo que ella hiciera podría curar su alma. La culpa asomaba por cada poro del cuerpo del actor y ella no supo como ayudarle a comprender que todos eran tan víctimas de las circunstancias como la propia y desafortunada Susana Marlowe.

Terry no le devolvió la mirada, sumido en profundos pensamientos. A cada grito agónico de su hija, restregaba fuertemente su frente con las manos mientras las lágrimas escurrían sin cesar.

La familia permaneció en el rincón, acorralada por el cruel y trágico pasado que les había arrastrado hasta esa tétrica casa en la que el destino de su hija era incierto.

El padre Folsom libró la batalla con todas sus fuerzas.

La voz, ahora afónica a causa de tantos gritos, no cesó en ningún momento aún a pesar de las amenazas y los eventos paranormales que les rodeaban. Jaya repetía con él las oraciones mientras un mudo Jack Walker contenía lo más que podía, a la desventurada gemela quien daba la impresión de que desfallecería en cualquier momento dado los sendos golpes y maltratos que su cuerpo estaba recibiendo:

– ¡Cerdo! ¡Hijo de puta! ¡No podrás conmigo! ¡Me la llevaré al infierno! ¡Es una perra igual que su madre! - Nicky no cesaba de gritar con odio, sin poder apartar la mirada de Candy, quien prefirió no ver la macabra escena. Le dolía tanto como a ella el verla en ese estado. ¡Si pudiera ayudarle lo hubiera hecho sin lugar a dudas! Hacer algo que pudiera aliviar el oprimido corazón de Susana y que salvara a Nicole.

Las horas se fueron sucediendo hasta que inesperadamente, los ruidos y los gritos cesaron. La voz del padre Folsom, que no se había callado hasta ese entonces, se apagó al atestiguar un inesperado evento revelador que aconteció en ese momento.

Una lucecita azul apareció en medio de la habitación, creciendo en tamaño e intensidad. Primero, fue un puntito, después, se hizo una burbuja que fue ampliándose por todo el lugar irradiando calor a la desolada y fría pieza.

Terry se abalanzó sobre Candy y Nicholas intentando protegerles con su cuerpo, mientras observaba el increíble suceso.

De la luz emergió una pequeña figura, etérea e impersonal y se acercó a Nicole quien le observó con el más grande terror plasmado en el rostro:

– ¡No! ¡No la soltaré! ¡No! ¡Es mía! - sus ojos parecieron salir de las órbitas al ver que el contacto de aquel ser con ella era inminente. Albert y Jack se hicieron involuntariamente a un lado, observando, atónitos, lo que acontecía.

La aparición no habló más se limitó a extender una mano hasta tocar la frente de la gemela. Ésta se estremeció y dio un grito tan fuerte que cimbró la casa entera.

– ¡No! ¡No quiero salir! ¡No! ¡Ellos tienen que pagar! ¡Ella me pertenece! - ahora, la voz de Susana Marlowe que ya estaba recobrando su normal tesitura, estaba invadida de angustia y desesperación. La evocación de un atormentado espíritu.

El dedo índice de aquella misteriosa presencia se posó sobre el infantil pecho y Nicole dio un profundo suspiro, desmayándose segundos después.

Lo que a continuación sucedió hizo que todos los presentes fijaran sus vistas en la sobrecogedora escena:

Susana, en forma espiritual, emergió del cuerpo de la niña, tomada de las manos por aquel ser, que ahora se mostraba ante ella para que la reconociera.

Carrie. Su hija.

Ya no era aquella inválida muchacha que había nacido de su vientre. Ahora, estaba sana y su rostro expresó una compasión y dulzura infinitas al momento de tomar a su madre y acercarla hacia la luz. Ya no hubieron palabras, sólo una expresión de paz y serenidad que aparecieron sorpresivamente en el rostro de la desgraciada rubia. Y se fundieron en un abrazo que expresaba todo el perdón y amor infinitos que sólo podían transmitirse entre madre e hija. Una reconciliación eterna. Un sentimiento tan puro que iba limpiando cada trozo de odio y rencor que había envuelto en la oscuridad a Susana, devolviéndole el hermoso rostro que siempre había poseído.

De entre aquella luz, Candy y Terry vislumbraron algunas caras conocidas que les dieron una rápida mirada: Anthony, Stear, Eleanor, Robert, la propia Edna Marlowe. Parecían haber acudido en auxilio de todos ellos.

Las etéreas figuras se fueron difuminando dentro de la azulada burbuja para después convertirse en brillantes esferas, al momento de reunirse en el centro de la misma. Después, desaparecieron hasta convertirse en un minúsculo punto de luz.

La oscuridad envolvió de nueva cuenta el lugar y esta vez, el policía usó su linterna para poder alumbrar a todos, después de que sus ojos se habían acostumbrado a la iluminación del espectacular suceso.

Un crujido sonó en alguna parte de la casa seguido de extraños chirridos. No hubo lugar a dudas y el agente Walker reaccionó a tiempo mientras tomaba a una inconsciente Nicole en brazos:

– ¡Rápido, huyamos! ¡La casa se derrumba!

Todos se incorporaron asustados y corrieron hasta la salida del espantoso lugar. Terry fue asistido por Albert para poder moverse con más rapidez, dada la herida en la espalda. Fuera, les recibió un oscuro firmamento, junto a una tormentosa lluvia que comenzó a caer.

Justo cuando salió el padre Folsom, el último en alejarse de la entrada de la vieja mansión, ésta se derrumbó ocasionando un estrepitoso sonido a sus espaldas. La nube de polvo les envolvió casi por completo.

Algunos vecinos cercanos ya estaban aproximándose al perímetro de la construcción, con expresiones variadas que iban desde la confusión hasta la incredulidad, al ver al famoso actor herido seguido de su familia y de otras personas, un policía entre ellos.

La sensación de libertad se había instalada en cada una de sus almas.

Había sido una noche muy larga.