CAPÍTULO 29

¡Demasiado lejos! ¡Su mujer había ido demasiado lejos!

Las caballerizas de Little Ribston parecía más un jardín de botánica que un lugar para entrenar potrillos. Candy se había extralimitado en sus funciones otra vez. Albert miró atónito el cambio en las cuadras. Seguía parado justo en medio de la entrada que dividía las diferentes áreas. Las paredes estaban pintadas en blanco, y las sillas negras de montar habían sido sustituidas por otras de piel marrón claro.

Albert había estado de viaje en Londres porque no conseguía vender su propiedad de Lakewood, y a su regreso había encontrado las caballerizas completamente renovadas. Nada quedaba de la sobriedad que a él le gustaba.

Le dijo a un mozo que diera aviso a la señora de que quería verla en las cuadras, pero Candy no se encontraba en Barnsley Park sino en Sheffield ultimando la compra de varios cuadros para decorar el vestíbulo. Albert se sentía frustrado. Nunca podía seguirle el rastro a su mujer.

—Lady Andrew no se encuentra en la casa —le dijo el sirviente.

—Está bien Tobby, sigue con tu trabajo.

No había podido evitar que su voz sonase un tanto decepcionada.

Él le decía que debía tomarse las cosas con más calma debido a su estado, pero ella se reía cada vez que él se lo sugería. Solía decirle que no era una inválida sino una mujer embarazada. Que necesitaba mantenerse activa porque de lo contrario terminaría hablándole a las piedras, que tanto ocio no era bueno sino contraproducente. Él se había resignado, y sonrió porque le gustaba esa nueva faceta suya. Además, le encantaba observarla en la cocina de Barnsley Park supervisando los alimentos que se preparaban, incluso la había visto elaborar ella misma algunos dulces.

Candy reía cuando lo veía apoyado en el marco de madera, y escuchaba los exabruptos de la cocinera al ver al señor en sus dominios.

Pero es que a él le gustaba contemplar a su esposa sentada en el taburete de la cocina tomando un vaso de limonada mientras la cocinera preparaba los alimentos. Verla lo relajaba, distendía sus músculos, y le hacía olvidar las frustraciones. Candy siempre escuchaba con suma atención todas las cosas que él le decía, y, en ocasiones, intervenía con comentarios agudos y llenos de humor que conseguían hacerlo reír. Su vida había cambiado por completo, pero, aún así, pensaba en no darle tregua esa noche. Estaba hambriento de ella: hacía varias horas que no la veía.

Candy estaba inusualmente pensativa. Albert observó de qué forma jugaba con su comida sin apenas llevársela a la boca. Decidió iniciar una conversación ligera.

—¿Qué tal el día, Candy? —la aludida negó con la cabeza y siguió en silencio—. ¿No tienes apetito? —nuevamente la mujer volvió a negar, pero Albert no se rindió—. A veces surgen ocasiones en las que debemos meditar antes de tomar una decisión importante. En ocasiones el corazón y la cabeza no se quieren poner de acuerdo. En esos casos, debemos buscar el asesoramiento de alguien que nos conozca lo suficiente para poder aconsejarnos sin que por ello debamos sentir que invade nuestro espacio personal. —Estaba dándole una charla—. ¿Estás preocupada por los cuadros que querías comprar —Candy miró a Albert con sorpresa—. Estás poco comunicativa esta noche. Algo insólito en ti, y me pregunto, sin que por ello creas que estoy invadiendo tu espacio personal, si puedo decir algo que mejore la comunicación en la mesa y haga que te sientas mejor.

Candy estaba a punto de dejar caer una lágrima por las palabras que escuchaba, le parecía sumamente conmovedor el interés que Albert mostraba por la preocupación de ella. —Una pequeña discusión que me ha alterado un poco.

—¿Una discusión? ¿Con el marchante de arte?

Albert escudriñó a Candy esperando su respuesta. Candy entendió perfectamente la mirada de él.

—No, pero no tiene importancia.

Albert seguía callado analizando la explicación de su esposa.

—Claro que la tiene cuando te tiene tan preocupada —dijo aludiendo a su cambio de humor.

—De verdad que no tiene importancia —se excusó.

—¿No deseas contármelo? ¿Piensas que no puedo serte de ayuda?

Candy supo que tenía que hablarlo con él.

—Disculpa, Albert, en ocasiones olvido que ya no estoy sola tomando decisiones —Albert la miraba con un brillo de preocupación en sus ojos—. He tenido que rechazar un regalo que tu padre le ha comprado al bebé.

Albert detuvo el tenedor a medio camino de la boca al escucharla. ¿Su padre le había comprado un regalo al hijo no nacido? ¿Por qué motivo?

Candy supo lo que pensaba Albert, aun sin que pronunciara palabra.

—Ha sido un gesto bonito, pero inadecuado.

Albert seguía callado esperando no sabía qué.

—¿Lo crees conveniente? —le preguntó a Candy—. Me refiero a rechazar un regalo. Candy resopló.

—Le ha comprado un potrillo, pero nuestro bebé no ha nacido todavía, y yo soy un poco supersticiosa.

Albert ignoraba que Candy era supersticiosa.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Candy lo miró confusa.

—Lo estoy haciendo ahora.

Él no se refería al regalo.

—El potrillo cuesta cinco mil libras.

Albert sintió deseos de silbar. El precio era escandaloso, y si su padre había elegido un potrillo, seguramente se convertiría en un semental espectacular.

—Deberíamos analizar juntos los pros y los contras de rechazar un regalo así, ¿no crees? —le dijo Albert en tono conciliador.

Candy comenzó a tamborilear los dedos en la mesa antes de decir:

—Es un detalle por parte de tu padre querer obsequiar un potrillo a un bebé que no ha nacido ni sabemos si será varón o hembra. —Albert la escuchaba en silencio, sin perder detalle—. No es que me muestre desagradecida —continuó Candy con firmeza—, pero me hace sentir incómoda.

Albert entrecerró los ojos. El potrillo podría crecer en las cuadras de Little Ribston. No entendía la postura de su esposa.

—¿Qué ocultas tras ese rechazo?

Candy suspiró.

—Mis hijos todavía no han aceptado mi matrimonio contigo —trató de explicarle—. Y pueden ver en este regalo a un bebé que no ha nacido un modo de coacción para que me posicione a favor de este niño en detrimento de ellos.

—Me ofende que lo hayas pensado siquiera —Candy lo miró con recelo, pero siguió escuchándolo—. Es un simple regalo que puede criarse en nuestras cuadras y que tus hijos no tienen por qué saber que es un regalo para el hermano que está por nacer —afirmó Albert—. Además, tendrán que comenzar a aceptarme de una vez.

—Solo necesitan un poco de tiempo para hacerse a la idea —respondió la madre—. Es un importante cambio para ellos.

Albert suspiró tranquilamente.

—Hablaré con mi padre sobre este asunto, no te preocupes.

Ella le sonrío.

—Te lo agradezco.

Y continuaron la cena en silencio.

...