Capítulo 11
La primera semana Sakura inició tres guerras.
Sus intenciones eran buenas. Había decidido sacar el mejor partido posible de la situación, aceptando el hecho de que estaba casada con un señor. Cumpliría su deber de esposa y cuidaría de Sasuke y del hogar. Sin importar lo difícil que fuese la adaptación para él, ella no pensaba eludir sus propias obligaciones.
En el fondo de su mente tenía la esperanza de que, mientras se ocupaba de las nuevas tareas, también podría realizar algunos cambios que le parecían necesarios. Si en realidad se lo proponía, hasta podría civilizar a esos habitantes de las Tierras Altas.
Las guerras, una tras otra, se abatieron sobre ella, aunque no estaba dispuesta a culparse por haber desatado los conflictos. No, la culpa era de los escoceses, de sus ridículas costumbres, de su naturaleza empecinada y, en especial, de su inflexible orgullo. ¿Acaso ella tenía la culpa de que ninguno de esos bárbaros tuviera una pizca de sentido común?
Sakura durmió hasta después del almuerzo el día siguiente de la cura de Itachi. Pensó que merecía un descanso prolongado hasta que recordó que era domingo y que había faltado a misa. Era un deber asistir, y se enfadó al comprender que nadie la había despertado. ¡Ahora tendría que gastar uno de sus chelines para comprar una indulgencia!
Se puso una camisa de color crema y encima una prenda de color rubí, se colocó un cinturón trenzado muy suelto, de modo que se apoyara sobre las caderas, como dictaba la moda de esos días. Si bien no había estado en la Corte, se mantenía al tanto del estilo más moderno aunque fuese incómodo. No quería que los escoceses la consideraran una pobre campesina ignorante. Era la esposa del señor y tenía que estar siempre elegante. Se cepilló el cabello, se pellizcó las mejillas para darles color, y fue a ver cómo estaba el paciente. Si Itachi estaba bien, buscaría al sacerdote y pondría el asunto en sus manos.
Temía la penitencia que sin duda le daría.
Sin embargo, la suerte estaba del lado de Sakura. No solo Itachi dormía apaciblemente sino que también el sacerdote estaba en el salón, pues le tocaba el turno de cuidar al enfermo.
Cuando la vio acercarse, el clérigo hizo ademán de levantarse.
—Por favor, quédese sentado, padre —le pidió, sonriendo.
—No fuimos presentados como corresponde —dijo el cura—. Soy el padre Murdock, lady Uchiha.
Era difícil entenderlo, pues la voz del sacerdote era tenue como el aire y el rodar de las «r» complicaba la cuestión. Se le oía como si tuviese inminente necesidad de toser y Sakura tuvo que contener la tentación de toser por él.
—Padre, ¿se le alivió el dolor del pecho? —preguntó.
—Sí, milady, sin duda —respondió el padre Murdock—. Hacía muchas noches que no dormía tan bien. Esa poción me mejoró mucho.
—Me gustaría prepararle un ungüento para que se frote el pecho —dijo Sakura—. En una semana, la tos desaparecería.
—Gracias por perder el tiempo en ayudar a este viejo, muchacha.
—Padre, debo advertirle que el olor de esta pasta es tan desagradable que todos sus amigos se alejarán de usted.
El padre Murdock sonrió:
—No me importará.
—¿Itachi ha descansado bien?
—Ahora duerme, pero hace unas horas Óbito tuvo que tranquilizarlo. Itachi quería quitarse las vendas del brazo herido. Izumi estaba tan angustiada que quería despertarla a usted, pero Óbito le ordenó que se fuera a acostar.
Al oír las noticias, Sakura frunció el entrecejo mientras examinaba los dedos hinchados del guerrero: tenían buen color, cosa que la satisfizo. Le posó la mano sobre la frente.
—No tiene fiebre —afirmó—. Padre, sus plegarias lo salvaron.
—No, muchacha —replicó el padre—. Usted fue la que lo salvó. Dios debe de haber decidido que Itachi permanezca con nosotros y, en su sabiduría, la envió a usted para que lo curases.
El elogio la incomodó.
—Bueno, le envió a una pecadora —exclamó, deseosa de terminar con el enojoso asunto—. Esta mañana he faltado a misa —explicó, tras dejar una moneda en la mano del padre—. Por favor, tome esta moneda para comprar una indulgencia.
—Pero, señora...
—Padre, antes de que decida qué penitencia me corresponde, quisiera explicarle mis motivos. Si Sasuke me hubiese despertado, yo no habría faltado a la misa —dijo, con los brazos en jarras, arrojando el cabello tras el hombro en un gesto que al padre Murdock le pareció encantador—. Ahora que lo pienso, en realidad este también es un pecado de Sasuke. ¿Qué opina usted?
El sacerdote no se apresuró a responder.
—¿Sabe usted? —continuó Sakura—. Cuanto más pienso en el problema, más me convenzo de que Sasuke tendría que haberle dado la moneda. En realidad, es culpa de él.
El padre Murdock no podía seguir el hilo del pensamiento de Sakura. Tuvo la sensación de que había entrado un torbellino en la habitación. Un torbellino en el que brillaba el sol. El anciano sintió deseos de reír de alegría. Ahora se disiparía la pesadumbre que flotaba sobre el hogar de Sasuke desde la muerte de Helena: estaba seguro de ello. Había visto el modo en que el señor contemplaba a su esposa mientras ésta curaba a Itachi: estaba tan sorprendido como los demás... y tan complacido como ellos.
—¿Padre? —preguntó Sakura—. ¿Qué piensa de mi preocupación?
—Ningunó de los dos ha pecado.
—¿No?
La sorpresa que provocó su comentario hizo sonreír al padre Murdock. Lady Uchiha parecía sorprendida.
—Eres muy devota, ¿verdad lady Uchiha?
Dejar que el padre Murdock pensara eso habría sido un pecado.
—¡Oh, cielos, no! —dijo Sakura precipitadamente—. No puedo permitir que crea semejante cosa. Es que el sacerdote que tenemos, allá en mi patria.., bueno, es muy devoto, y debo decirle que sus penitencias por lo general son espantosas. Yo creo que el aburrimiento hacía que fuera muy estricto. En una ocasión, hizo cortarse el pelo a Shizune. Ella lloró durante una semana.
—¿Shizune?
—Una de mis queridas hermanas —le aclaró.
—Debío de haber cometido un pecado terrible —señaló el padre Murdock.
—Se quedó dormida durante uno de los sermones —confesó.
El sacerdote contuvo la risa.
—Aquí no somos tan rigurosos —le advirtió—. Le prometo que nunca le obligaré a cortarte el pelo, lady Uchiha.
—Es una pena que usted no viviera con nosotros en aquel entonces —dijo Sakura—. El cabello de Shizune no volvió a rizarse desde que la obligó a cortárselo.
—¿Cuántos son en su familia? —preguntó el clérigo.
—Éramos cinco, todas muchachas, pero Ayame, la mayor, murió cuando yo tenía siete años, de modo que no la recuerdo bien. Luego vienen las mellizas, Shizune y Anko, después Kurenai y por fin, yo, que soy la menor. Papá nos crió él solo —agregó con una sonrisa tierna.
—Me parece una familia sólida —señaló el cura con gesto enfático—. ¿Sus hermanas son tan bonitas como tú?
—¡Oh, son mucho más bonitas! —exclamó Sakura—. Cuando se casó con papá, mi madre estaba embarazada de mí. Mi padre había perdido a su esposa, ¿sabe usted?, y mi madre perdió a su marido poco antes de casarse con el barón. Sin embargo, a papá no le importó. En cuanto se casó con mamá, yo me convertí en su niñita.
—Un buen hombre —comentó el padre Murdock.
—Sí —confirmó ella con un suspiro—. El solo hecho de hablar de mi familia me hace echarla de menos.
—En ese caso, no hablaremos más de ello —sugirió el padre Murdock—. Por favor, tome esta moneda y dale un empleo mejor.
—Preferiría que la conservara, pues creo que al alma de mi esposo le hace falta. A fin de cuentas, es un señor y tiene que matar en la batalla. No me interprete mal, padre, pues Sasuke jamás tomaría una vida sin un buen motivo. Aunque no lo conozco tanto como usted, creo que no buscaría problemas. En el fondo del corazón, sé que es así. En esta cuestión, deberá aceptar mi palabra, padre.
Sasuke entró en el salón a tiempo de escuchar la defensa que su esposa hacía de él.
—Estoy de acuerdo contigo, muchacha —respondió el sacerdote. Alzó la vista y se encontró con el semblante exasperado del señor. Le costó bastante esfuerzo contener la risa.
—Bien —dijo Sakura con evidente alivio—. Me alegro de que esté de acuerdo. Aunque sea vergonzoso admitirlo, estoy harta de tener que preocuparme constantemente por mi alma. El padre Charles nos obligaba a confesar cualquier pensamiento y, para serle sincera, en ocasiones yo inventaba algo solo para complacerlo. Es un sacerdote muy concienzudo y llevábamos una vida muy tranquila. Nunca sucedía nada pecaminoso.
Al padre Murdock le pareció que aquel sacerdote debía de ser un fanático.
—Lady Uchiha, aquí estamos mucho más relajados.
—Me alegro —dijo Sakura—. Ahora que estoy casada, también debo cuidar del alma de mi esposo, y no sé qué otra cosa sería capaz de hacerme encanecer. Padre, creo que seremos buenos amigos. Tendría que tutearme, ¿no cree?
—Lo que creo, Sakura, es que tienes un corazón tierno. Eres como la brisa fresca que este castillo frío y viejo necesitaba.
—Sí, padre es cierto que tiene un corazón tierno —in tervino Sasuke—. Tiene que superar ese defecto.
—Eso no es un defecto.
Sakura se alegró de haber hecho la enfática afirmación con la mirada aún fija en el sacerdote, pues cuando se volvió para ver a su marido, ya no pudo pronunciar palabra y solo ahogó una exclamación.
Sasuke iba medio desnudo.
Estaba vestido a la usanza bárbara. Llevaba puesta una camisa blanca, que era la única prenda civilizada que cubría ese cuerpo enorme. La camisa quedaba cubierta, en parte, por el manto plegado sobre el hombro. El resto del manto se enrollaba en torno de la cintura. Acomodado en amplios pliegues, sujetos por una cuerda a modo de cinturón, solo le llegaba hasta la mitad del muslo. Unas botas negras raídas en algunos sitios por el uso, cubrían solo una parte de las musculosas piernas.
Las rodillas estaban tan desnudas corno el trasero de un niño de pecho.
Sasuke creyó que su esposa estaba a punto de desmayarse. Ocultó su irritación esperando que se acostumbra a su atuendo, y dijo:
—¿Cómo está Itachi?
—¿Qué has dicho? —preguntó Sakura, todavía con la mirada fija en las rodillas de Sasuke.
—Te he preguntado por Itachi —repitió con más vigor.
—¡Ah, sí, claro, Itachi! —respondió la joven, asintiendo varias veces.
Como no agregó otra palabra, Sasuke le ordenó:
—Esposa, cuando me hables, mírame a la cara.
La aspereza del comentario la sobresaltó y se apresuró a obedecer. Sasuke estaba seguro de que el rubor de su esposa podría encender un fuego.
—¿Cuánto tiempo crees que te llevará acostumbrarte a verme vestido así? —preguntó, sin disimular su enfado.
Sakura se recuperó enseguida.
—¿De qué modo? —preguntó, sonriendo con aire inocente.
Una sonrisa maliciosa suavizó la expresión de Sasuke.
—¿Siempre tendré que repetirte todo?
Ella se encogió de hombros.
—¿Hay algo de lo que querías hablarme? —preguntó.
Sasuke se propuso avergonzarla otra vez:
—Esposa, ya me viste sin ropas, y sin embargo reaccionas...
Sakura se precipitó a cubrirle la boca con la mano.
—Esposo, yo te sentí desnudo, no te vi. No es lo mismo —añadió. Al advertir lo que había hecho, dejó caer la mano y retrocedió—. Sasuke, cuida tus modales ante el sacerdote.
El hombre puso los ojos en blanco, y Sakura pensó que pedía al cielo que le diera paciencia.
—Ahora dime lo que querías decirme.
—Quiero hablar con Itachi —respondió Sasuke. Se encaminó hacia la cama, pero Sakura se interpuso, otra vez con los brazos apoyados en la cadera.
—Sasuke, ahora está durmiendo. Puedes hablar con él más tarde.
Él no podía creer lo que oía.
—Despiértalo.
—Es probable que tus gritos lo hayan despertado —musitó Sakura.
Sasuke tomó una bocanada de aire.
—Despiértalo —repitió, para agregar en tono más suave—: Ah, Sakura.
—¿Sí?
—Nunca me digas lo que puedo hacer y lo que no puedo.
—¿Por qué?
—¿Por qué?
Con el propósito de darse ánimos para responderle, Sakura recordó que su esposo le había prometido que nunca se enfadaría con ella, pero la expresión de Sasuke era estremecedora.
—¿Por qué no tengo que decirte lo que puedes o no hacer?
Vio que la pregunta no le agradaba, pues la mandíbula de Sasuke estaba tensa. Los músculos de las mejillas se contrajeron un par de veces. Se preguntó si él siempre habría tenido esa afección nerviosa o si sería reciente.
—Así acostumbramos hacerlo aquí —intervino l padre Murdock.
El clérigo se levantó con esfuerzo de la silla y se apresuró a ponerse junto a lady Uchiha. Su preocupación no era inmotivada. Hacía muchos años que conocía a Sasuke Uchiha, conocía muy bien esa expresión y quiso intervenir en favor de Sakura antes de que Sasuke explotara. A u debido tiempo, sin duda ella aprendería el peligro de interrogar a un hombre tan poderoso. Hasta entonces, el sacerdote tomó la resolución de cuidarla.
—Sasuke, la chica ha estado aquí poco tiempo. No creo que haya querido provocarte.
Sasuke asintió. Sakura movió la cabeza.
—Sí, pretendí desafiarlo, padree aunque no quise ser insolente. Solo quisiera que me explique por qué no puedo decirle lo que tiene que hacer. Él me lo dice con frecuencia.
Tuvo la audacia de dirigir a su esposo una expresión enfurruñada.
—Esposa, soy tu marido y tu señor. ¿Acaso esos dos motivos no son suficientes?
Otra vez se contrajo un músculo en la mandíbula de Sasuke; Sakura lo miraba, fascinada. Pensó si podría darle alguna poción para librarlo del problema, pero como Sasuke la miraba colérico, decidió que no se molestaría en hacerlo.
—¿Y bien? —exigió Sasuke, dando un paso hacia ella con aire amenazador.
Sakura no retrocedió un centímetro. Sino que se adelantó.
Sasuke estaba atónito: era sabido que hombres ya maduros huían de él, y esta mujercita le hacía frente con la mayor audacia.
¡Demonios —admitió—, me hace frente!"
Nuevamente, el sacerdote intentó intervenir.
—Sakura, ¿acaso te atreves a provocar la ira del señor?
—Sasuke no se enfadará conmigo —afirmó ella, con la vista fija en su esposo—. Es un hombre muy paciente. —Como miraba a Sasuke, no vio la expresión perpleja del sacerdote—. Me dio su palabra, padre, y no dejará de cumplirla.
¡Por Dios, estaba provocándolo! Sasuke no supo si estrangularla o besarla.
—Esposa, ¿quieres que me arrepienta de mi promesa?
Sakura negó con la cabeza.
—No. Pero tu actitud me aflige. Si no aprendes a ceder, ¿cómo haremos para entendernos? Soy tu esposa, Sasuke. ¿Acaso mi posición no me permite decirte...?
—No —afirmó él, en tono firme como una piedra—. Y si alguien tiene que ceder aquí, serás tú. ¿He sido claro?
La expresión del hombre le sugirió que no discutiese, pero ella hizo caso omiso.
—¿Acaso una esposa no puede dar su opinión?
—No puede. —Sasuke exhaló un prolongado suspiro y luego continuó—: Veo que no comprendes cómo son las cosas aquí, Sakura, y por eso perdono tu insolencia de hoy. Pero en el futuro...
—No he sido insolente —replicó ella—. Solo quiero tener claro esto en mi cerebro tan inferior. Por favor, explícame —añadió—. ¿Cuáles son mis responsabilidades como esposa? Me gustaría comenzar lo antes posible.
—No tienes ninguna responsabilidad.
Sakura reaccionó como si Sasuke la hubiese golpeado. El hombre vio un relámpago de auténtica ira en sus ojos cuando dio un paso atrás y no supo cómo tomar esa extraña reacción. ¿Acaso Sakura no comprendía lo considerado que se mostraba?
Otro comentario insolente le demostró que no lo en tendía.
—Todas las esposas tienen responsabilidades, aun las que tienen opiniones propias.
—Tú no.
—¿Por las leyes escocesas o por las tuyas?
—Por las mías —respondió Sasuke—. Sakura, te librarás de los callos que tienes en las manos. Aquí no serás una esclava.
Ella ahogó una exclamación indignada.
—¿Acaso sugieres que en mi casa lo era?
—Sí, eras una esclava.
—No —repuso la joven, casi gritando—. ¿Acaso soy tan poco importante para ti que no me dejarás hallar un lugar aquí?
Sasuke no le respondió, pues de verdad no sabía de qué estaba hablando.
Una áspera orden del señor despertó a Itachi, que luego fue interrogado en un gaélico hablado a toda prisa. Era sorprendente la lucidez del guerrero herido. Si bien su voz era débil, pudo responder a las preguntas de Sasuke con la mayor concisión. Cuando el señor concluyó el interrogatorio, Itachi forzó una sonrisa y le preguntó si podía ir con él de caza.
Sasuke rechazó el ofrecimiento con una sonrisa. Sakura le oyó decirle al soldado que, cuando se sintiera mejor, se mudaría a su propia cabaña, donde su esposa pudiese cuidarlo.
Se dispuso a salir de la habitación sin volver a hablarle a su esposa, pero Sakura lo siguió.
—¿Sasuke?
—¿Qué pasa? —le dijo en tono brusco, volviéndose para mirarla.
—En Inglaterra se estila que el esposo le dé a su mujer un beso por la mañana —mintió. Acababa de inventarlo, pero estaba segura de que él lo ignoraba.
—No estamos en Inglaterra.
—Eso es correcto en cualquier sitio —musitó.
—Es correcto cuando la esposa usa el manto con los colores del esposo.
—De modo que así es, ¿eh?
—No soy sordo, mujer. No es necesario que alces la voz.
Sasuke mantuvo una expresión dura, aunque le costaba esfuerzo. La desilusión de Sakura era manifiesta. Quería que él la abrazara, pero Sasuke pensó que acababa de conquistar el poder que necesitaba sobre ella. No sentía el menor remordimiento por aprovechar la atracción física mutua en su propio beneficio y, a decir verdad, se reprochaba a sí mismo no haberlo pensado antes. Especuló que hacia el fin de esa semana, Sakura usaría el manto, más aún si entretanto él se negaba a tocarla.
—Sasuke, ¿en qué lugar seguro puedo guardar mis monedas? —preguntó Sakura.
—Sobre la repisa de la chimenea, detrás de ti, hay una caja —respondió el hombre—. Si quieres, pon tus chelines junto con las otras monedas.
—Si necesito, ¿puedo tomar prestadas algunas?
—Me da lo mismo —contestó sin mirarla.
Sakura miró ceñuda la espalda de Sasuke, irritada porque el hombre ni se había molestado en despedirse; luego se preguntó en qué andaría cuando vio que tomaba la espada de la pared.
—Padre, ¿sabe usted a dónde va Sasuke? —preguntó, cuando su esposo salió del salón.
—A cazar —respondió el padre Murdock mientras se sentaba otra vez junto a Itachi.
—¿Pero no por deporte, ni para la cena?
—No, muchacha. Persigue a los hombres que le hicieron esto a Itachi. Cuando los encuentre, ellos no serán tan afortunados.
Sakura sabía que, de acuerdo con las pautas de un guerrero, la venganza era algo honroso, pero aun así no le gus taba en absoluto. La violencia engendraba más violencia, ¿verdad? Ese era otro tema en el que jamás se pondría de acuerdo con él.
Sakura exhaló un suspiro de resignación.
—Iré a buscar más monedas para usted —le dijo al sacerdote—. ¡Solo Dios sabe cuántas indulgencias más necesitará este hombre para cuando el día termine!
El padre Murdock contuvo una sonrisa y se preguntó si Sasuke sabía lo bien que había elegido.
—En nuestras montañas arderán muchos fuegos —le dijo a Itachi, sin hacer caso de que el guerrero pareciera estar dormido otra vez.
—Es verdad —murmuró Itachi.
—¿Has oído el modo en que Sasuke y su esposa se gritaban? Si hubieras tenido los ojos abiertos, habrías visto las chispas.
—Los oí.
—Itachi, ¿qué piensas de tu salvadora?
—Lo volverá loco.
—Ya era hora.
Itachi asintió.
—Sí, ya era hora. Uchiha ha sufrido demasiado.
—Por el modo en que la mira, me doy cuenta de que no sabe qué hacer con ella.
—¿Le dará a usted una moneda cada vez que Sasuke la exaspere?
—Creo que sí.
El padre Murdock soltó una carcajada y se dio unas palmadas en la rodilla.
—Le llevará tiempo adaptarse a nuestro modo de vida. Y aun así, para este viejo es una alegría contemplarla.
Sakura regresó junto al clérigo, le entregó dos monedas más y le preguntó por qué sonreía.
—Estaba pensando en todos los cambios que tendrás que hacer, muchacha —dijo el sacerdote—. Sé que no será fácil para ti, pero llegará el momento en que amarás a este clan tanto como yo.
—Padre, ¿no se le ha ocurrido que tal vez sea el clan el que cambie? —preguntó Sakura, con los ojos chispeantes de malicia.
El padre Murdock pensó que estaba bromeando.
—Me temo que te has propuesto una meta imposible —le dijo con un bufido.
—¿Cuán imposible cree que sea? —preguntó—. ¿Tanto como si quisiera comerme yo sola a un oso gigante?
—Sí, así de imposible.
—Puedo hacerlo.
—¿Cómo? —preguntó el anciano, cayendo en la trampa.
—Mordisco a mordisco.
El padre Murdock se palmeó otra vez la rodilla y rompió en carcajadas, seguidas por un ataque de tos.
Sakura corrió hacia la zona del dormitorio, mezcló el ungüento de mal olor que le había prometido y regresó junto al sacerdote.
—Padre, tiene que esperar una o dos horas a que se le calme la tos antes de frotarse el pecho con esto.
El anciano aceptó la medicina con el entrecejo fruncido.
—Huele como un cadáver.
—No importa, padre. Le aseguro que le curará la tos.
—Te creo, Sakura.
—Padre, ¿cree que a Sasuke le molestará si echo un vistazo a la planta superior?
—Claro que no, muchacha. Ahora, ésta es tu casa.
—¿Los cuartos están ocupados?
El sacerdote negó con la cabeza.
—Eso significa que yo podría llevar mis cosas a una de las habitaciones, ¿no es verdad?
—¿Quieres trasladar tus...? Muchacha, a Sasuke no le agradará que lo dejes.
—No estoy pensando en Sasuke —repuso Sakura—. Padre, aquí no tenemos la menor intimidad. Estoy segura de que mi esposo estará mucho más cómodo en uno de los cuartos de arriba. Por favor, ¿quiere pedírselo usted?
El padre Murdock no pudo negarse pues la sonrisa de ella era encantadora.
—Se lo pediré —prometió.
El padre Murdock estaba contento de quedarse junto a Itachi y descansar. Estaba casi dormido cuando lo despertó un chirrido de metal que raspaba sobre piedra. Se volvió en dirección al ruido y vio a lady Sakura forcejeando con un enorme baúl. Estaba arrastrando el artefacto fuera de la primera habitación de arriba hacia las escaleras.
El clérigo cruzó deprisa el salón y subió.
—¿Qué tratas de hacer? —preguntó.
—Padre, pienso que podría usar la habitación de enfrente —respondió Sakura—. Tiene una hermosa ventana muy amplia.
—Pero, ¿para qué mueves el baúl?
—Ocupa demasiado espacio —le explicó—. No se fatigue, padre. Yo tengo suficiente fuerza para moverlo sola.
El sacerdote no hizo caso de la jactancia de la muchacha y apoyó la espalda contra el baúl, para ayudarle a trasladarlo a la segunda habitación.
—Tendrías que haberlo vaciado antes de moverlo —se le ocurrió luego.
Sakura sacudió la cabeza.
—No quería mirar dentro. No es mío, y todos tenemos derecho a nuestras cosas privadas.
—Este baúl perteneció a Helena —dijo el padre Murdock—. Creo que ahora sería tuyo, Sakura.
Antes de que ella pudiese responder, el sacerdote se volvió y salió por la puerta.
—Será mejor que vuelva junto a Itachi. Tengo que cuidarlo hasta que Óbito traiga a Izumi.
—Gracias por su ayuda —le gritó Sakura.
Casi una hora después, el padre Murdock pensó que esa muchacha no terminaba nunca. Se quedó mirando hacia el dormitorio, preguntándose qué haría. Cuando Izumi regresó al salón grande, el padre Murdock decidió ir a ver en qué se ocupaba.
Todavía estaba en la segunda habitación. Dos velas encendidas daban un suave resplandor al cuarto. Lady Sakura estaba en cuclillas frente al baúl. Cuando el padre Murdock entró, estaba cerrando la tapa.
—¿Encontrase algo útil? —preguntó el sacerdote.
No vio que la joven lloraba hasta que ella alzó la vista y lo miró.
—¿Qué te sucede, muchacha? ¿Qué te aflige?
—Soy una tonta —murmuró Sakura—. Ella está muerta, y yo no la conocí, padre, pero lloro como si hubiera sido mi propia hermana. ¿Me hablará acerca de Helena?
—Sasuke tendría que hacerlo —dijo el padre Murdock.
—Por favor, padre —rogó Sakura—. Quiero saber qué sucedió. Estoy segura de que Sasuke no la mató.
—¡Santo Dios, no! —dijo el padre—. ¿Dónde oíste se mejante cosa?
—En Inglaterra.
—Helena se suicidó, Sakura. Saltó desde un acantilado hacia el prado.
—¿No es posíble que fuera un accidente? ¿No pudo haberse caído?
—No, no fue un accidente. La vieron.
Sakura sacudió la cabeza.
—No entiendo, padre. ¿Acaso era muy desdichada aquí?
El anciano inclinó la cabeza.
—Tal vez fuese muy desdichada, Sakura, pero ocultaba muy bien sus sentimientos. Ahora comprendo que no la cuidamos como debimos hacerlo. Tanto Samui como Ino creen que pensaba matarse desde el momento en que se casó con Sasuke.
—¿Sasuke lo cree así? —preguntó Sakura.
—Creó que sí.
—La muerte de Helena debió de dolerle mucho.
Aunque el padre Murdock no hizo ningún comentario, pensó que Sakura tenía razón. El hecho de que Sasuke no hablara de ello demostraba que el tema aún le resultaba doloroso.
—Padre, ¿por qué una mujer que pensara matarse traería todas sus posesiones más preciadas al hogar de su esposo? Incluso guardó ropa de niño —continuó ella—. Y también hermosas sábanas. ¿No le parece extraño que alguien...?
—No pensaba con claridad —replicó el padre Murdock.
Sakura movió la cabeza.
—No, padre, no creo que se suicidara. Estoy segura de que fue un accidente.
—Muchacha, tienes un corazón tierno, y si te alivia creer que Helena murió de ese modo, estaré de acuerdo contigo.
Ayudó a Sakura a incorporarse. La muchacha apagó las velas y bajó las escaleras junto al padre Murdock.
—Rezaré todas las noches por el alma de Helena, padre —prometió.
Una criada entró corriendo en el salón, vio a Sakura y le gritó:
—Milady, la hermana está aquí.
Sakura apretó la mano del padre Murdock.
—Debe de ser Kurenai que viene a visitarme —explicó al sacerdote—. ¿Me disculpa, por favor?
Antes de que el padre Murdock hiciera un gesto de asentimiento, Sakura ya estaba a mitad de camino.
—Traeré a Kurenai para presentársela —exclamó sin apenas mirarle.
Sakura corrió hacia afuera, exhibiendo una amplia sonrisa de bienvenida, pero en el instante en que vio a su hermana la sonrisa se esfumó. Kurenai estaba llorando. Sakura miró alrededor para ver dónde estaba Asuma, pero comprobó que estaba sola.
—Kurenai, ¿cómo has podido llegar hasta aquí? —preguntó, después de abrazarla con entusiasmo.
—Sakura, tú eres la que siempre se pierde, no yo —le dijo Kurenai.
—Yo nunca me he perdido —repuso Sakura—. Ahora, deja de llorar. —Vio que varios Uchiha las observaban—. Ven, daremos un paseo para poder conversar a solas. Debes decirme por qué estás tan perturbada.
Sakura tiró de su hermana conduciéndola por el camino que llevaba al recinto inferior.
—Tres de los hombres de Asuma me indicaron el camino hasta aquí —le explicó Kurenai, ya repuesta—. Les menti, Sakura. Les dije que Asuma me había dado permiso para venir.
—¡Oh, Kurenai, no debiste hacer eso! ¿Por qué no le dijiste a Asuma que querías verme?
—Con ese hombre no se puede hablar —musitó Kurenai. Alzó el borde del vestido amarillo y se secó las comisuras de los ojos—. Lo odio, Sakura. Me he escapado.
—No, no hablas en serio.
—Hermana, no te horrorices tanto. Te aseguro que lo odio. Es cruel y malvado. Te juro que, cuando te cuente lo que sucedió, tú también lo odiarás.
Llegaron a la abertura en el muro. Sakura y su hermana se sentaron sobre un cerco bajo de piedra.
—Muy bien, Kurenai, dime qué sucedió —le dijo Sakura—. Aquí estamos solas.
—Es vergonzoso —le advirtió Kurenai—. Pero tú eres la única con quien me atrevo a hablar, hermana.
—¿Sí? —la animó.
—Asuma no me exigió que me entregase a él.
La frase cayó en el vacío. Sakura esperaba que Kurenai dijese algo más, y Kurenai, la reacción de su hermana.
—¿Te dio alguna razón?
—Sí —respondió Kurenai—. Y al principio pensé que lo hacía por consideración. Dijo que me daría tiempo para conocerlo.
—Eso fue considerado de parte —admitió Sakura, y frunció el entrecejo pensando por qué Sasuke no se había comportado del mismo modo con ella. Pero recordó que Sasuke no sentía compasión hacia nadie.
Kurenai rompió a llorar otra vez.
—Como te he dicho, así lo pensé yo. Pero luego me dijo que se sentía muy disgustado conmigo porque yo te obligué a protegerme cuando esos hombres nos atacaron. En realidad, Asuma piensa que yo tendría que haberte protegido a ti.
—¿Por qué?
—Porque tú eres la menor.
—¿Acaso le explicaste que yo poseo mejor entrenamiento en las destrezas...?
—Intenté hacerlo, pero no quiso escucharme. Y entonces, volvió a insultarme. Admito que le dije algunas cosas des agradables. Sin embargo...
—¿Qué te dijo?
—Me dijo que quizá yo fuera tan fría como un pez, Sakura, que todas las inglesas lo somos.
—¡Oh, Kurenai, qué cosa tan hiriente para decirle a una recién casada!
—Eso no es lo peor, Sakura —musitó Kurenai—. Cuando llegamos al hogar de Asuma, estaba esperándolo una mujer gorda y fea. De inmediato, se arrojó en los brazos de Asuma, y él no la rechazó. ¿Qué te parece?
—Tienes razón, hermana.
—¿Tengo razón?
—Has hecho que lo odiara.
—Te lo dije —afirmó Kurenai—. ¿Y bien? ¿Qué tengo que hacer? Jamás encontraría el camino de regreso a la casa de papá, y estoy segura de que los hombres de Asuma no me creerían si les dijera que tengo permiso del señor para regresar a Inglaterra.
—No, es imposible que crean eso —confirmó Sakura.
—¡Quiero ir con papá!
—Lo sé, Kurenai. Yo también lo echo de menos. En ocasiones, yo también quisiera volver.
—¿Sasuke te considera fría como un pez?
Sakura se encogió de hombros.
—No me lo ha dicho.
—¿Acaso Sasuke tiene una sierva amante?
—¿Qué?
—¿Tiene una amante?
—No lo sé —respondió Sakura—. Quizá tenga otra mujer —susurró—. ¡Oh, Kurenai, por Dios, no se me había ocurrido!
—Sakura, ¿podría vivir aquí, contigo?
—¿Estas segura de que eso es lo que quieres?
La hermana asintió.
—¿Sabes, Kurenai?, cuando conocimos a nuestros esposos, yo pensé que Asuma era el más amable de los dos. Sonreía, y parecía tener un talante alegre.
—Yo también lo advertí —dijo Kurenai—. Sakura, ¿y si estuviese en lo cierto? ¿Y si yo fuese fría como un pez? Hay mujeres que no son capaces de responder a las caricias de un hombre. Creo que la tía Ruth era así. ¿Recuerdas lo áspera que era con su esposo?
—Era áspera con todo el mundo —dijo Sakura.
—Sé que esto debe de ser incómodo para ti, pero me pre guntaba si...
—¿Qué, Kurenai?
—¿Acaso todos los hombres son como Asuma, o Sasuke es más...? ¡Oh, no sé qué es lo que quiero preguntar. Ahora me aterroriza la idea de que Asuma me toque, y es por su culpa.
Si bien Sakura no sabía cómo ayudar a Kurenai, estaba resuelta a intentarlo.
—Kurenai, tengo que buscar a Sasuke antes de que salga de caza —exclamó.
—¿Necesitas su permiso para que yo me quede? —preguntó Kurenai, asustada—. ¿Y si se niega?
—No necesito el permiso de Sasuke —alardeó Sakura, tratando de parecer convencida—. Lo que tengo que decirle ahora es otra cosa. Kurenai, ve a esperarme en el salón. Preséntate ante el sacerdote, el padre Murdock. Vamos, hermana, no te enfurruñes. Te agradará. No es como nuestro padre Charles. Yo me reunirá contigo en cuanto haya hablado con Sasuke. Luego, te prometo que terminaremos la conversación.
Antes de comenzar a descender la colina, Sakura observó cómo su hermana se iba. Pensaba mirar hacia el camino para ver si Sasuke y sus hombres ya se habían marchado.
En cuanto puso un pie fuera del muro, le bloqueó la sali da una fila de soldados. Llenaban las planchas de madera del puente levadizo que cruzaba el foso. Sakura imaginó que habían caído del cielo y, por cierto, eran más formidables que el muro mismo. ¡Tuvo que mirarlos uno por uno!
—¿Por qué me obstruyen el camino? —preguntó a un hombre de barba negra que estaba frente a ella.
—Tenemos órdenes, señora —dijo el soldado.
—¿De quién?
—De Uchiha.
—Entiendo —repuso Sakura, disimulando su irritación—. ¿Ya ha salido mi esposo de la fortaleza?
—No —respondió el soldado, con una sonrisa que suavizaba su expresión— . Está de pie detrás de usted.
Sakura no le creyó, hasta que se dio la vuelta y se encontró cara a cara con Sasuke.
—Te mueves como una sombra —murmuró, una vez que se hubo recobrado.
—¿Adónde crees que vas? —le preguntó Sasuke.
—Estaba buscándote. ¿Por qué diste órdenes de que me impidieran la salida?
—Por tu seguridad claro.
—Entonces, ¿seré una prisionera mientras estés ausente?
—Si prefieres considerarlo así... —respondió Sasuke.
—Me gustaría ir a cabalgar por las tardes. Te prometo que no huiré. Sin duda...
—Sakura, nunca pensé que huirías —replicó con evidente exasperación.
—Y entonces, ¿por qué?
—Podrías perderte.
—Nunca me pierdo.
—Sí.
—¿Y si prometo que no me perderé?
La expresión de Sasuke le demostró lo tonta que le parecía la pregunta. Óbito se acercó al señor sujetando las riendas del caballo de Sasuke. Antes de que Sakura pudiera decirle que necesitaba hablarle sobre Kurenai, su esposo había montado.
Sakura se interpuso.
—Kurenai está aquí.
—La he visto.
—Antes de que te marches, tengo que hablarte acerca de mi hermana. Sasuke, es un asunto muy importante, de lo contrario no te habría molestado.
—Te escucho, esposa. Pregúntame lo que quieras.
—Oh, no, tiene que ser en privado —dijo Sakura precipitadamente.
—¿Por qué?
Sakura frunció el entrecejo; ese hombre obstinado no le facilitaba las cosas. Se acercó al lado de Sasuke, le tocó una pierna y dijo:
—Uchiha, necesito hablar a solas contigo. Me aseguraste que me concederías todo lo que te pidiera, si era posible. Sin duda, esto es posible.
Mientras Sasuke se decidía, Sakura mantuvo la cabeza gacha. Al oírlo suspirar, supo que había ganado, pero lanzó una exclamación de sorpresa cuando su esposo la alzó sin esfuerzo y la puso sobre el caballo. Sakura solo atinó a sujetarse de la cintura de Sasuke antes de que el animal saliera al galope. Él no se detuvo hasta que estuvieron bien lejos de los hombres y del muro.
Sakura se demoró alisándose la falda. Estaban rodeados de árboles. La joven echó una mirada alrededor para asegurarse de que estuviesen solos y luego fijó la vista en sus propias manos.
Cuando al fin habló, la paciencia de Sasuke estaba casi agotada.
—¿Por qué no esperaste para acostarte conmigo?
Él no estaba preparado para semejante pregunta.
—Sasuke, por consideración hacia los sentimientos de Kurenai, Asuma está esperando. Quiere que antes ella lo conozca mejor. ¿Qué te parece?
—Pienso que no tiene demasiados deseos de acostarse con ella, pues en caso contrario ya lo habría hecho. Eso es lo que opino. Y yo te poseí porque lo deseaba —continuó—. Tú me deseabas, ¿no es cierto?
—Sí —admitió Sakura—. Es decir, al principio no. Mira Sasuke, lo que quiero comentar es el problema de Kurenai, no el mío.
El hombre no hizo caso de la incomodidad de la mujer.
—Te gustó.
Aun sabiendo que la arrogancia de Sasuke se desbordaría, Sakura fue sincera.
—Sí, me gustó.
—Mírame.
—Prefiero no hacerlo.
—Yo prefiero que lo hagas.
Sasuke le alzó lentamente la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos y vio que se ruborizaba. No pudo contenerse y le besó la frente fruncida.
—¿Y ahora qué te aflige?
—¿A ti te gustó? —preguntó la joven.
—¿No lo adivinaste?
—Asuma afirma que las inglesas somos frías como peces —dijo con énfasis para que él no creyese que bromeaba.
Sasuke rió.
—No es divertido —dijo en tono severo—. Y to davía no has respondido a mi pregunta.
—¿Qué pregunta? —la provocó Sasuke.
—¿Soy fría como un pez?
—No.
Sakura suspiró aliviada.
—Sasuke, una esposa necesita oír estas cosas.
—¿Quieres que te haga el amor ahora?
—¿A la luz del día? ¡No, cielos!
—Si no quitas las manos, te haré el amor ahora mismo —dijo Sasuke con la voz ronca.
Sakura vio que estaba apretando el muslo de su esposo con las manos y lo soltó de inmediato.
—¿Y entonces significa que no importa si llevo puesto tu manto o no, como lo sugeriste antes?
—No lo sugerí; afirmé un hecho. Antes de que vuelva a tocarte, usarás mis colores. Y ahora, ¿has terminado con las preguntas?
—¿Estas enfadándote?
—No.
—Pues lo parece.
—Deja de provocarme.
—¿Tienes otra mujer?
En ese mismo momento, Sasuke supo que nunca comprendería cómo funcionaba la mente de su mujer, ya que de pronto le presentaba las preocupaciones más absurdas.
—¿Te importaría si así fuese? —le preguntó.
Sakura asintió.
—¿A ti te importaría si yo me entendiese con otro hombre?
—¿Si te entendieses, dices?
—Tú sabes lo que quiero decir.
—No lo permitiría, Sakura.
—Bien, yo tampoco.
—Esposa, hablas como si fuésemos iguales.
Sakura comprendió que lo había exasperado y quiso borrarle el ceño.
—Sasuke, todavía no has respondido a mi pregunta.
—No, no tengo otra mujer.
Sakura sonrió.
—No eres fría —le dijo el hombre—. Y al formularme una pregunta semejante, me ofendes.
—¿Cómo es que te ofendo?
—Porque tengo la responsabilidad de enardecerte. Y tú estabas caliente, ¿no es así?
En realidad, la arrogancia de Sasuke consoló a Sakura, aunque no comprendió el motivo.
—Quizá —murmuró, contemplando la boca del hombre—. Pero quizá no, esposo. Creo que lo he olvidado.
Sasuke se propuso recordárselo. Le cogió el rostro entre las manos y posó la boca sobre la de ella. La joven cerró los ojos expectante.
La boca de él, posesiva, se adueñó de la de Sakura y la lengua entró y salió, cumpliendo el rito sexual que estremeció el corazón de la joven. Al sentir que se rendía, Sakura trató de apartarse, pero Sasuke se lo impidió. La voraz boca del hombre asaltó una y otra vez la de la mujer, y pronto Sakura olvidó toda idea de detenerlo.
La hizo desear más. Ella lo imitó, con timidez al principio, luego con audacia, hasta que las lenguas de los dos se acariciaron en el más erótico de los juegos. Cuando la muchacha gimió y se apretó contra él en un movimiento instintivo, Sasuke supo que había llegado el momento de detenerse. Si en ese instante no controlaba sus propias emociones turbulentas, Sasuke sabía que la poseería.
¡Diablos, tal vez él estuviera más caliente aún que ella! Con un quejido de frustración, se apartó de su esposa y tuvo que quitarle las manos de sus propios hombros.
De inmediato, Sakura ocultó el rostro en el hueco del cuello de Sasuke. Tenía el aliento entrecortado, como si acabara de correr una gran distancia colina arriba, y percibió que la respiración del hombre parecía tan agitada como la suya. Eso le demostró que el beso afectó a Sasuke tanto como a ella misma.
Pero las esperanzas de Sakura quedaron destruidas cuando Sasuke dijo:
—Si has terminado con tus preguntas tontas, me gustaría volver a ocuparme de cuestiones más importantes.
¿Cómo se atrevía a fingirse tan aburrido tras un momento de tan maravillosa intimidad?
—Sasuke, no es necesario que te comportes como si yo solo fuese una molestia para ti.
—Lo eres —repuso el hombre, suspirando. Y espoleó al caballo en el mismo momento en que Sakura se apartaba de él. Al instante, la atrajo con brusquedad otra vez. Esa mujer tenía que comprender cuál era su lugar. Sasuke era el amo, el señor, y sería mejor que comenzara a aceptar pronto ese hecho.
—No tienes conciencia de tu propia fuerza —musitó Sasuke.
—No, mujer. Tú eres la que aún no conoce mi fuerza.
La aspereza del tono de Sasuke hizo estremecer a Sakura.
—¿Estás...?
—No te atrevas a preguntarme si estoy enfadado contigo —rugió Sasuke.
Sakura ya tenía la respuesta. Estaba enfadado con ella, sin duda. ¡Dios era testigo de que le zumbarían los oídos toda la semana!
—No tienes que gritarme —dijo—. Y solo pensaba preguntarte si Kurenai podía...
—No me molestes con los problemas de tu hermana —le ordenó. Y agregó con tono más suave—: Una visita de tu familia siempre será bienvenida.
No era precisamente una visita en lo que Sakura pensaba, pero ya lo había importunado bastante por ese día.
—Tu talante es muy difícil de juzgar —señaló, cuando regresaron junto al muro y Sasuke la ayudó a desmontar.
»Sasuke.
—¿Y ahora, qué?
—Pienso que necesitaré las dos semanas completas que me otorgaste antes de usar tu manto. Quizá, en ese tiempo, tú comiences... a quererme un poco.
Sasuke se inclinó, le sujetó la barbilla y dijo:
—¿Quererte? ¡Diablos, mujer, en este instante ni siquiera me gustas! —dijo con tono enfadado y frustrado, pues creyó que Sakura estaba provocándolo.
Pero la expresión herida de la muchacha lo hizo lamentar el estallido y comprendió que no había tenido intenciones de provocarlo. Más aún, parecía a punto de llorar.
De súbito, Sakura se apartó y le mostró una expresión furiosa. En ese momento le recordó a una gata sálvaje. Tampoco parecía ya a punto de llorar. Sasuke se sintió regocijado. Y aliviado...
—Uchiha, tú tampoco me agradas demasiado.
Él tuvo el descaro de sonreírle.
—Eres demasiado arrogante —afirmó Sakura—. No, no me agradas en lo más mínimo.
Sasuke se dirigió hacia donde estaban sus hombres y echó otra mirada a su esposa.
—Mientes.
—Yo nunca miento.
—Sí, Sakura, y no lo haces nada bien.
Ella le dio la espalda y comenzó a ascender la colina. Sasuke la observó, pensando en lo bella que estaría cuando vistiera su manto. De súbito, Sakura se volvió y le gritó:
—¡Sasuke! Tendrás cuidado, ¿verdad?
El miedo que percibió en el tono de Jamie lo hizo responder. Asintió, pensando que eso la complacería, pero no pudo resistir la tentación de agregar:
—Pensé que no te gustaba, inglesa. ¿Acaso has cambiado de idea tan pronto?
—No.
—Y entonces, ¿por qué...?
—Mira, Uchiha, este no es momento para una discusión a fondo —le dijo Sakura. Corrió otra vez junto a Sasuke para que los soldados no oyeran la conversación—. Tú tienes que salir a cazar —le dijo—. Y yo tengo que hacer que Kurenai se sienta cómoda. Te pido que seas prudente, Sasuke. —Le dio unas palmaditas en la pierna, y él creyó que lo hacía sin darse cuenta. La mirada afligida de ella estaba fija en el rostro del hombre—. Hazlo solo para enfadarme.
—¿Sabes que me llamas Uchiha cada vez que estás en fadada?
Sakura lo pellizcó.
—Nunca me enfado —afirmó—. Aunque no me des responsabilidades — agregó con énfasis—. ¿Te parece bien que reorganice las cocinas mientras tú estás ausente? Sasuke, eso me dará una ocupación, y pediré a otros que hagan el trabajo pesado; yo me limitaré a dirigirlos.
Sasuke no tuvo ánimos para negárselo.
—¿Tú no moverás un dedo?
—No.
El hombre asintió. Y antes de que pudiese abordarlo otra vez, le dijo que le soltara la pierna o la arrastraría con él.
Sakura no pareció creer en la amenaza.
La actitud de su mujer lo hizo suspirar. Se sacudió de la cabeza esos pensamientos y se concentró en asuntos más importantes. Más tarde, cuando Óbito lo alcanzó, recordó que Sakura le había dicho que tenía que instalar a su hermana de manera confortable.
Pensó que se refería a una visita de un día entero.
Pero sin duda hablaba de instalarla para siempre.
Sí, lo comprendió bien cuando Óbito le informó que lady Uchiha le había dado refugio a su hermana.
Los Sarutobi habían declarado la guerra.
Sasuke supo que Asuma debía de estar debatiéndose contra su propia ira. Envió a Óbito de regreso al castillo para vigilar a su esposa. puso a otro soldado de confianza a cargo de la persecución, y luego se eneaminó hacia las tierras de Sarutobi.
Pudo interceptar a Asuma cerca del límite entre las tierras de los dos. Por propia decisión Sasuke iba solo, pero Asuma llevaba con él un pequeño ejército, armado para la batalla.
Sasuke frenó al potro y esperó a que Asuma hiciera el primer movimiento.
No tardó en producirse. Asuma sacó la espada y la arrojó al aire de modo que la punta se clavara en el suelo, ante el potro de Sasuke.
Era un gesto simbólico de declaración de guerra. Asuma esperó a que el otro repitiera el ritual. La expresión de Asuma se mantuvo impasible pero se convirtió en genuino asombro cuan do vio que Sasuke movía la cabeza y se negaba a arrojar el arma.
—¿Te atreves a rehusar la batalla? —bramó, tan colérico que se le hincharon las venas del cuello.
—En efecto —gritó Sasuke.
—No puedes.
—Pues acabo de hacerlo.
Asuma movió la cabeza.
—Sasuke, ¿qué juego es este? —preguntó, aunque ya no parecía que estuviese escupiendo brasas.
—No libraré una batalla que no deseo ganar—afirmó.
—¿No quieres ganar?
—No.
—¿Por qué diablos?
—Asuma, sé sincero, ¿crees que quiero tener a dos inglesas en mi casa?
La pregunta disipó parte de la ira de Asuma.
—Pero...
—Si ganara, Kurenai se quedaría a vivir con Sakura el resto de la vida. Me pides demasiado, amigo.
—¿No estabas de acuerdo en brindarle refugio a mi esposa? —preguntó Asuma, con un atisbo de sonrisa.
—No —repuso Sasuke, exasperado.
—Sasuke, tu esposa tuvo la audacia de proteger a Kurenai de mí. ¡De mí! Y mi esposa lo permitió. Se ocultó tras las faldas de su hermana, como una niñita.
—Son inglesas, Asuma. Tu error consistió en olvidarlo.
—Es verdad —admitió Asuma, suspirando—. Lo olvidé. Pero no me gusta que mi esposa actúe como una cobarde. Es vergonzosa la manera en que obliga a su hermana menor a...
—No es cobarde, Asuma —lo interrumpió Sasuke—. Fue educada para actuar así. Sakura hizo creer a todas las hermanas que ella las protegería.
Asuma rió.
—Las dos están locas.
—Sí, así es —concordó Sasuke—. Hace mucho que somos amigos para permitir que las mujeres creen una brecha entre nosotros. Asuma, he venído ante ti de buena fe, para pedirte... no, para exigirle que regreses a mi castillo y te lleves a tu esposa.
—¿Acaso he recibido una orden? —preguntó Asuma, riendo.
—Así es.
—¿Y si aún siento deseos de pelear?
—En ese caso, te complaceré —dijo Sasuke, marcando las palabras—. Pero las reglas serán diferentes.
El tono divertido de Sasuke intrigó a Asuma.
—¿Cómo?
—El ganador se llevará a las dos desposadas.
Asuma echó la cabeza atrás y estalló en carcajadas. Sasuke lo había ayudado a hacer un buen papel frente a sus hombres; le permitió retractarse sin parecer perdedor.
—Sasuke, tú no cederías tu premio, pero me anima saber que tú tampoco las tienes todas contigo con tu esposa.
—Se acostumbrará.
—Con respecto a Kurenai, tengo mis dudas.
—Asuma, lo que se necesita es mano firme.
Asuma hizo una seña a los soldados de que se fueran antes de responder al comentario de Sasuke.
—Mano firme y una mordaza, Sasuke. Desde que llegamos a mi hogar, esa mujer no ha dejado de quejarse. ¿Sabes que hasta le molesta el hecho de que yo tenga una amante?
Sasuke sonrió.
—Así es más divertido.
—Quizá la deje quedarse con Sakura.
—Asuma, en ese caso habrá guerra. Kurenai te pertenece.
—Tendrías que haberlas visto, Alee. —Arrancó la espada de la tierra, la guardó en la vaina, y añadió—: Tu esposa protegía a Kurenai mientras no dejaba de insultarme. Me dijo cerdo.
—Te han dicho cosas peores.
—Sí, pero sólo mis hombres, y no vivieron mucho tiempo para jactarse de ello.
—Mi esposa tiene carácter —admitió Sasuke, sonriendo.
—Me gustaría que parte de él se contagiara a Kurenai. Actúa como un conejo asustado.
—Cuando me informaron de este problema, yo estaba tras la huella de los atacantes de Itachi —dijo Sasuke, cambiando de tema.
—Supimos lo que sucedió —respondió Asuma—. ¿Qué te parece si te acompaño en la búsqueda? Tengo entendido que los responsables fueron los barones de la montaña —aventuró su amigo, refiriéndose a los individuos que fueron expulsados de sus respectivos clanes y que formaron su propia unidad. Se les llamaba barones porque era un título que los ingleses valoraban y, en consecuencia, era el apelativo más ofensivo que un escocés podía aplicar. Por otra parte, resultaba apropiado pues, a semejanza de los ingleses, estos hombres de la montaña eran villanos que luchaban sin honor ni conciencia.
—Acepto gustoso tu compañía, pero antes tienes que llevarte a Kurenai a tu casa. Luego puedes alcanzarnos cerca del Peak.
Sasuke y Asuma no volvieron a hablar hasta que llegaron al hogar del primero. Sakura estaba de pie en el centro del patio con Kurenai a su lado. Al ver a su esposo sonrió; hasta que distinguió la expresión de Sasuke, y entonces, la sonrisa se esfumó.
—¡Oh, Dios, Asuma tiene una expresión como si quisiera matarme! —murmuró Kurenai, acercándose más a su hermana.
—Sonríe, Kurenai. Eso lo confundirá —le aconsejó Sakura.
Sasuke desmontó y se acercó lentamente a su esposa. Desde luego que no sonreía. A decir verdad, la expresión del guerrero era capaz de agriar la leche. Sakura hizo una inspiración profunda.
—Sasuke, ¿ya has dejado la caza?
Sasuke no hizo caso de la pregunta.
—¿Acaso le has brindado refugio a lady Sarutobi?
—¿Refugio? —repitió Sakura—. Yo no lo consideré así, esposo.
—Respóndeme.
El tono enfadado de Sasuke la quemó como un hierro candente, y eso encendió la ira de la Sakura. ¿Cómo se atrevía a criticarla ante los invitados?
—Kurenai me preguntó si podía quedarse, y yo le di permiso —dijo—. Si quieres llamarlo refugio, pues hazio. Yo prote geré a Kurenai.
—¿La protegerás de su propio marido? —preguntó Sasuke, con aire incrédulo.
—Sí, si el marido resulta ser un patán insensible —respondió Sakura. Dirigió a Asuma una expresión severa, y luego se volvió hacia Sasuke—. Sasuke, hirió los tiernos sentimientos de mi hermana. ¿Qué querías que hiciera?
—Que te ocuparas de tus propios asuntos —le espetó él.
—Fue cruel con ella.
—Sí, lo fue —gritó Kurenai, contagiada del fervor de su hermana—. Si no puedo quedarme aquí, entonces hallaré el camino de regreso a Inglaterra.
—Yo podría guiarte —musitó Sakura. Unió las manos y esperó a que Sasuke respondiese a la amenaza.
—Terminarías en Normandía —vaticinó él.
Antes de que Sakura pudiese responder, Sasuke se dirigió a Kurenai. La miró con severidad hasta que la joven se apartó del lado de su hermana, y luego alzó a su esposa en los brazos con un férreo apretón. Ella no se resistió, sabiendo que sería en vano. Además, divisó al padre Murdock de pie sobre los escalones, observándolos.
No iba a permitir que un clérigo la viese comportarse de un modo impropio de una dama.
—¡Asuma, no regresaré contigo! —gritó Kurenai.
Asuma no respondió al reto y se movió con una velocidad asombrosa en un hombre de su tamaño. Antes de que Kurenai pudiese gritar, estaba boca abajo sobre el regazo de su esposo sobre la montura.
Durante esta absurda situación, Sakura se desesperó por conservar la dignidad. La pobre Kurenai estaba tendida sobre la montura como un saco de cebada. Y aunque resultara humillante, Sakura deseó que no armara tanto escándalo. Los chillidos indignados atraían más aún la atención hacia aquella situación lamentable.
—No puedo quedarme inmóvil mientras la avergüenza de este modo — susurró Sakura.
—Oh, sí que puedes —afirmó él.
—Sasuke, haz algo.
—No intervendré, y tú tampoco —respondió—. Kurenai no recibe todo lo que merece, Sakura. Asuma tiene un carácter casi tan fuerte como el mío. Tu hermana ha avergonzado a su esposo.
Sakura observó a Asuma y a Kurenai hasta que desaparecieron cruzando la pradera.
—No le hará daño, ¿verdad?
El miedo de Sakura era evidente, y Sasuke lo consideró irracional.
—No le pegará, si eso es lo que te preocupa —respon dió—. Ahora, Kurenai es problema de él.
—Mi hermana olvidó su caballo.
—No lo necesitará.
Sakura contemplaba la boca de Sasuke, recordando la sensación que le provocó al besarla. Supo que era una idea tonta, ante el problema de Kurenai que aún no estaba resuelto, pero no pudo evitarlo.
—Quizá yo tendría que llevarle el caballo mañana—dijo Sakura, pensandó qué hacer para que su esposo la besara otra vez.
Sasuke la soltó y se dispuso a alejarse, pero Sakura no quería que la dejara todavía.
—Sasuke, dijiste que el carácter de Asuma era casi tan fuerte como el tuyo, pero habías asegurado que nunca te enfadabas. ¿No crees que es una contradicción?
—Me entendiste mal —respondió Sasuke—. Te dije que no me enfadaría contigo.
Comenzó a bajar la colina mientras Sakura se alzaba el borde de la falda y corría tras él.
—¿Y cuándo pierdes el control, pues?
Sasuke no pudo resistir la tentación. Su esposa era demasiado fácil de provocar. No se dio la vuelta para que Sakura no lo viera sonreír.
—Cuando se trata de algo que me importa. Algo importante.
La exclamación ahogada de ella acentuó su sonrisa.
—¿Sakura?
—¿Qué? —dijo la joven, en un tono que revelaba los deseos de estrangularlo que sentía.
—No me importunes más.
Era el último insulto que estaba dispuesta a permitirle.
—Mira, Uchiha, no es necesario que insistas en el hecho de que me consideras tan insignificante. Lo comprendo muy bien —afirmó—. Si yo huyese, no irías tras de mí, ¿verdad?
Sasuke no le respondió.
—Claro que no lo harías. Soy demasiado insignificante para que te molestes, ¿verdad?
—No, no iría tras de ti.
Sakura se vio obligada a bajar la cabeza, pues no quería que si Sasuke llegaba a darse la vuelta viese cuánto la había lastimado.
¿Qué le importaba si iba tras ella o no? Es un escocés bárbaro, se recordó.
—Mandaría a alguien a buscarte. —Por fin, él se dio la vuelta y la tomó en los brazos.— Pero no irás a ningún lado y, en consecuencia, no tiene importancia, ¿verdad?
—Sasuke Uchiha, comienzo a detestarte.
—Inglesa, tendrías que hacer algo para cambiar ese temperamento. —Le acarició la mejilla—. Trata de no meterte en líos mientras yo esté ausente.
Sakura supuso que esa era una especie de despedida, pues Sasuke montó el potro y la dejó allí, mirándolo.
Se tocó la mejilla que él había acariciado.
Luego enderezó los hombros y apartó la mano con brusquedad.
Casi lo odiaba. Casi...
Recordó que le había dado permiso para organizar las cocinas. Y aunque era una tarea pequeña, significaba un comienzo. Llegado el momento, cuando comprobara cuánto más agradable quedaría el hogar, Sasuke dependería de ella.
Sakura irguió los hombros y comenzó a subir la colina. Sería mejor que empezara en ese mismo momento.
Sonrió con renovado entusiasmo. Sasuke le había dado una tarea.
