—¡Claro que confío en ti! Es Mackenzie la que me da mala espina.

Estábamos las dos en mi cuarto discutiendo sobre si debía o no ir a la biblioteca. Yo había tomado ya la decisión pero era Lena la que no daba el brazo a torcer. Y la entendía.

De ser la situación al revés me sentiría igual, o peor, de alterada. Pero algo me impulsaba a querer saber de qué iba tanto misterio. Una parte de mí no dejaba de relacionarlo con Excalibur. Si se escondía Mackenzie detrás de aquellas tantas conversaciones tendría varios problemas.

¿Para qué otra cosa iba a querer verme? Humillarme había sido la primer opción de Maggie, luego Lena sugirió algo parecido pero ahora ya no tenía ganas de objetar. Mackenzie no era lo que se dice un ángel y Lena y Maggie tenían razones para desconfiar pero yo había nacido con ese don característico que me hacía siempre creer en los demás. Esperar lo bueno a toda costa.

Cuando me senté en la punta de la cama Lena se me quedó mirando exasperada con las manos en la cintura. No era el momento para decírselo pero hoy lucía dolorosamente atractiva. Su chaqueta habitual tenía el cierre hasta arriba, los pantalones de cuero y las botas acompañaban el atuendo desinteresado y rebelde que solía tener todo el tiempo. El cabello oscuro apenas ondulado le enmarcaba el pálido rostro de forma que incluso sus ojos, verdes y serenos, resaltaban su belleza.

Me sentía toda una adolescente por quedarme admirando su belleza. Me costaba hacerme a la idea de que ahora era mi novia. Por muy absurdo que sonara en mi cabeza ahora éramos más que amigas.

—Sé cuidarme sola, de verdad. Ahora ven aquí —con pasos perezosos Lena se dejó caer a mi lado. Me giré lo suficiente para poder ver mejor su perfil. Su mandíbula, tan recta como siempre, provocaba ganas de besarla.

—No intento ser una idiota o esa clase de novia controladora, yo... Sé lo que Mackenzie es y lo imbécil que puede comportarse. No puedo entender para qué te querría ver a ti. Nadie nos ha visto tan juntas como para adivinar lo que tenemos.
—Dilo otra vez —Lena me miró sin entender. —Eso de que eres mi novia.
—Kara... —su rostro pasó de un falso enfado a una sonrisa juguetona. —Soy tu novia.
—Suena mucho mejor cuando tú lo dices.
—Si intentas que olvide lo que en realidad ocurre con esa manera tuya de hacerme perder la cabeza déjame decirte que estás teniendo éxito.
—Lena, escucha, nada va a pasar. Estaré de vuelta tan pronto sepa qué quiere.
—No le debes nada a Mackenzie.
—Lo sé. Pero mi curiosidad siempre me gana así que iré de todos modos.

Lena suspiró con pesadez y se puso de pie. Hice lo mismo y dejé que mis manos cayeran hasta su cintura. Me hubiera gustado decirle que nada me podría pasar jamás, nada era lo suficientemente malo para mí.

—Bien.
—¿Si?
Ella asintió.
—Pero si no regresas en una hora considera a Mackenzie en peligro de extinción.
—¿No estás exagerando un poco? —dije alzando una ceja.
—Ya, lo siento —que se disculpara cuando no había hecho nada me causaba algo de ternura.

Puse mi mano en su barbilla para hacer que me mirara y la besé. Un beso lento y sin prisas. No hice más que sonreír sobre sus labios y el cosquilleo en mi estómago se acrecentó.

—Ya debo irme. No me extrañes demasiado.

Lena solo sonrió. Me despedí con un rápido beso y salí de la habitación antes de que el deseo de quedarme con ella se volviera más grande. Maggie me había preguntado el dia anterior si quería que me acompañara, también Lena, pero sentía que debía hacer esto sola. Tal vez por el posible descubrimiento de Excalibur... Quizá por otra cosa.

Pasaban cinco minutos de las cuatro cuando atravesé la puerta de la biblioteca. Tan silenciosa como siempre y, extrañamente, poco concurrida. No había más que dos o tres estudiantes aquí y allá en las estanterías y uno que otro echado sobre la mesa con algún libro.

Por las pocas indicaciones que había obtenido y lo grande que la biblioteca era me llevó su tiempo encontrarla. Pero ahí estaba. En una de las mesas junto a la desolada sección de arte Mackenzie repiqueteaba con las uñas perfectamente arregladas la madera. Parecía nerviosa pero quién sabe.

Aclaré mi garganta y se detuvo. Al levantar la mirada ví que no tenía tanto maquillaje como de costumbre, a decir verdad casi nada. La peliroja tenía el aspecto de alguien que no había dormido en días. Aquella coraza de superioridad en esos momentos estaba por el suelo.

—Viniste.
—Y aún estoy dudando si fue lo correcto —repliqué sin ningún tono en específico.
—¿Podrías sentarte?

Replanteando mis opciones podía quedarme donde estaba, a tres metros de ella junto a los libros de Dalí, o hacer uso de mi gentileza y sentarme frente a ella. Sin saber porqué, elegí la segunda opción. Mackenzie esperó paciente pero su mirada me ponía un tanto nerviosa.

—Dime de qué va todo esto.
—Sé que empezamos con el pie izquierdo —comenzó. Percibí que su cara se había puesto tan pálida que creí que se desmayaría en algún momento o algo por el estilo. —Y sé que fue todo mi culpa pero lo lamento.
—¿Solo de eso se trata? ¿Disculparte?
—Puede parecer una estupidez para ti pero es preciso que sepas que me arrepiento de cómo te traté.
—¿A qué viene? ¿Citaste a todos los que humillaste también? —Mackenzie apartó la mirada.
—No me queda mucho más tiempo en esta universidad, ¿bien? En su momento era divertido reírme de todos y... Okay, eso no suena muy bien. Intento pedir perdón. Me comporté como una gran imbécil desde que llegaste pero no puedo irme sin que sepas cuánto lo siento.
—Sigo sin entender... ¿A dónde vas?
—Lejos. A China. Mis padres creen que me irá mejor ahí.
—¿Y estás de acuerdo tú con eso? —la peliroja me contempló como si lo que acababa de decirle fuera de lo más raro. No sabría descifrar si era porque sonaba estúpido o porque nadie jamás le había preguntado lo que quería. Una vez más, tuve lástima por ella. Sacudió la cabeza negando pero cambió de tema.
—Descubrí la razón de porqué te detestaba tanto —añadió con pena. —Lena.
—¿Perdona?
—No tienes que fingir, sé lo que hay entre ustedes y el que no lo vea es un idiota. Pero en su momento... Cuando por primera vez se puso frente a ti y te defendió, pues... Comencé a sentir toda esta ira. No te molestaba por el solo hecho de existir, lo hacía por lo mucho que me fastidiaba que Lena te hiciera tanto caso como si fueras la octava maravilla del mundo.
—¿Todo fue por Lena? —dije sin creermelo. Nadie nos había visto tanto tiempo juntas, era casi imposible.
—Lena siempre formó parte de mi vida incluso después de que le hiciera todas esas cosas horribles.
—Tú creaste los rumores. ¿No crees que deberías estar disculpándote con ella?
—Tal vez. Pero no podría mirarla a los ojos. Lastimé a muchas personas, Kara, y aunque no lo parezca eso pesa mucho. Solo quería decirte que lo siento.
—Está bien. ¿Estás segura que eso es todo?
—No tengo más que decir —contestó levantándose de su silla. Me miró por un par de segundos sin mediar palabra y comenzó a irse. Fue cuando estuvo a punto de desaparecer tras una de las estanterías que se detuvo y, mirándome inexpresiva, murmuró —Con respecto a Excalibur... Ella te romperá el corazón.

Ante su mención mi corazón empezó a latir con una rapidez sobrenatural. La conmoción no me permitió ir tras ella y pedirle una explicación, al contrario me quedé viendo el lugar vacío por dónde se había ido. Mackenzie no era Excalibur, hasta lo que suponía, pero ¿acaso ella la conocía? Comenzaba a sentirme la única en esta universidad que jamás sabía lo que pasaba.

Volví a la habitación unos diez minutos después. No era fácil ordenar mis pensamientos ahora, no podía pensar con claridad ni mucho menos formar una sola frase coherente. Por lo que ver a Lena y a Maggie en la cocina no fue exactamente lo que esperaba. Necesitaba procesar lo ocurrido pero ni siquiera lo entendía aún.

—Hey —dijo mi novia acercándose. —Por dios, parece que viste un fantasma. ¿Que pasó?
—La cabeza de zanahoria hizo algo, ¿verdad? ¿Dónde está? ¿Dónde se esconde? Deja que ya mismo saco el machete y...
—No, no. No hizo nada.

El toque electrizante de las caricias de Lena en la palma de mi mano de a poco me devolvía a la realidad. Las tres nos sentamos en la mesa y de alguna manera conseguí explicar lo que Mackenzie había dicho. Omitiendo claro lo último.

—¿Mackenzie pidiendo disculpas? —dijo una confundida Lena. —¿Hablamos de la misma?
—Pues sí. También me pareció extraño. Pero creo que entiendo un poco que quisiera hacerlo antes de irse.
—Siento pena por China —murmuró Maggie viendo sus uñas. —Pero me alegro de que al fin se largue.

Lena frunció el ceño.

—Sigue sin cuadrar. ¿No dijo nada más?
—No, nada.

¿Aquello contaba como mentirle? No estaba segura pero solo omitía parte de la verdad. No es como si quisiera hablar sobre todo el tema de Excalibur. Mientras más rápido saliera de mi mente lo que la peliroja había dicho, mejor.

Pero habían pasado tres horas y mi mente seguía en el mismo caos. «Excalibur... Ella te romperá el corazón.» ¿Qué demonios significaba eso?

Primero que todo, sabía que no se trataba de Lena. Ya había conseguido su número de teléfono y tenía mis razones para creer que no podía ser ella. En segundo lugar, y lo que más me había afectado, eso sobre qué Excalibur me rompiera el corazón. Tan exagerado y tonto como sonaba me avergonzaba hasta pensarlo. Estaba bien y era feliz con Lena, ¿como siquiera llegaría a sentir cosas por Excalibur? Mucho menos que me hiciera daño de alguna forma. Por último, era molesto en exceso no saber cómo Mackenzie conocía a Excalibur. Nuevamente volví a pensar que todos estaban un paso más adelantados que yo.

Golpearon la puerta de mi cuarto un par de veces e instantes más tarde la cara de mi novia asomó. Le hice un sitio a un lado de la cama y Lena se dejó caer pesadamente, cerrando los cansados ojos.

—No quiero volver a tocar otro libro en mi vida —murmuró en una voz ronca y suave. Me apoyé sobre un codo y la observé. Las ojeras bajo sus ojos ni siquiera manchaban lo hermosa que era.
—Será mejor que descanses.

Abrió los ojos, apenas un poco, y se inclinó unos centímetros. Lo justo para rozar mis labios y volver a caer en la almohada.

—¿Puedo dormir aquí?
—Claro que sí.
—Me mirarás mientras duermo como esos psicópatas asesinos, ¿no es cierto?
—Oh, no lo sé, ¿tú quieres que te mire? —sonrió sin abrir los ojos.
—Con que te quedes aquí estaré bien.
—El sábado tengo el día libre, ¿crees que podamos ver esas películas que tanto te gustan? —esta vez me miró. Se demoró unos segundos y susurró.
—¿Star Wars?
—Sí.
—Muy bien. Que la fuerza me acompañe entonces.
—Te aprovechas porque no sé lo que significa pero ya verás.

Lena sonrió nuevamente ya cayendo en un sueño profundo. Me gustaría creer que ese momento, tan íntimo y perfecto, duraría por siempre pero yo sabía sobre las vueltas del universo y aquello a lo que tantos denominaban destino y me asusté.

Estar con Lena se sentía bien. Más bien de lo que esperaba. Y eso mismo me aterraba. Todo lo que había amado una vez en Krypton había desaparecido sin más en un abrir y cerrar de ojos. Todo lo que creía que me acompañaría hasta el día de mi muerte se había extinguido. No podía hacer otra cosa más que aprovechar mis momentos con ella porque sabía lo estúpida que se pone la vida con lo que más deseas.

Suspiré. Me hice un bollo a su lado y traté de que todo desapareciera.

Pero no puedes tapar el sol con un dedo. Y tampoco puedes evitar lo inevitable. Así que por más de que yo quería con todas mis fuerzas tenerla a mi lado, el destino se volvería una vez más en mi contra.

—¿En verdad es necesario que asistamos hoy?
—Por supuesto, he estado faltando varias clases, en algún momento me echan a patadas.
—Oh, claro que no —dijo Lena desde el otro lado de la habitación, mientras se colocaba las botas apoyada en la puerta cerrada.

De su cuarto Lena había traído un par de prendas para cambiarse aquí ya que tendría un examen, así que en voz alta yo la ayudaba a repasar. Hasta el momento yo había seguido tan distraída ordenando mis cuadernos, barras de chocolate y lápices dentro de la mochila que no había mirado en su dirección. Pero cuando detuve mis quehaceres y reparé en que se estaba quitando la camiseta para quedar solo con el brasier, ahogué un suspiro.

—Crees que me harán explicar toda la teoría completa o... ¿Kara?

Había visto su cuerpo un par de veces, claro que no en su totalidad, pero recordaba haber curado sus heridas tiempo atrás. En ese momento mi objetivo había sido únicamente ayudarla. Pero ahora que mis ojos la miraban sin filtro alguno y mi boca se hacía agua la situación era algo diferente.

Las cicatrices de su abdomen ya no estaban tan a la vista, al contrario eran líneas menos marcadas, muy finas. Lo mismo con las de alrededor de su clavícula. Culpé al sujetador porque sus pechos estuvieran tan voluptuosos y llamativos. Sentí que la sensación de deseo que había explotado haciéndose paso por todo mi cuerpo crecía más al ver su mirada animada. Enarcó una ceja todavía con la camiseta en la mano, como si disfrutara de ver mi tan abrumada expresión. Tosí por el puro hecho de cambiar el ambiente que se había creado pero sabía que era tarde. Lena no se colocó la camiseta y en cambio se acercó, buscó a tientas en su mochila junto a la mía y de la nada se puso a leer, aún de pie, un párrafo sobre Claves de la Economía a nivel mundial, frunciendo el ceño y aparentando la mayor concentración.

—Es de lo más absurdo.
—¿Qué cosa? —pregunté de la manera más normal. Fingiendo acomodar mis útiles otra vez.
—Los índices y... —Lena hizo una mueca, negando para sí misma, cerrando el libro de golpe y viéndome directamente a la cara. —¿Me ayudas con los botones? Tiene demasiados y ya estoy llegando tarde.

Mi boca se abrió un momento sin comprender. Pero bajé la mirada a su pantalón desgarrado cuando ella lo señaló. Al ver los botones sin abrochar mi estómago dió un salto. Me estaba provocando de una manera peligrosa pero ella solo fingía inocencia y estar ocupada con los apuntes mentales que decía en silencio viendo un punto en la pared.

Lena se colocó la camiseta al momento en que me puse de rodillas a la altura de su cintura. No bajó la vista hasta que mis dedos hicieron contacto con el botón más cercano a su centro íntimo. No dejé de mirarla en ningún momento, su rostro se mostraba expectante y ansioso. Esta vez yo era la que tenía el poder en las manos. Literalmente.

—Y dime —seguí con total naturalidad—, ¿te tomará mucho ese examen?
—Creo que...

Apretó los labios en una línea y cerró los ojos un par de segundos cuando seguí con el siguiente. Mi pulgar había rozado sin querer la tela de su tanga verde agua. No negaba que su reacción me había alterado mucho más de lo que dejaba entrever.

—¿Si?
—Creo que estás... —con el tercer botón entre mis dedos, empujé de el hacia mí haciendo que Lena se moviera varios centímetros más cerca de mi rostro. Se pasó una mano por el cabello cuando terminé y me puse de pie sin más. Le sonreí y casi pude ver cómo trataba de ubicar sus pensamientos en su mente.
—No eres la única que sabe jugar, Lena. Considera que estamos a mano.

Ella sonrió, todavía sin decir ninguna palabra. Pero solo bastó que yo me acercara a la puerta para ir a por algo de beber antes de irnos para que Lena me tomara del brazo y me detuviera. Me acercó a su cuerpo con tanta rapidez que casi pierdo la noción del lugar.

—Verte de rodillas entre mis piernas me dejó un tanto descolocada así que dudo mucho de que estemos a mano.
—Te ha gustado verme así, ¿no es cierto? —dije a media sonrisa observando sus labios. Dejó de sujetar mi brazo y en cambio sus manos empezaron deliberadamente a acariciar mis manos.
—Más de lo que puedes imaginar.
—Tú misma empezaste —añadí rememorando su piel al descubierto.
—Parecías disfrutar muy bien lo que veías.
—Cállate.

A continuación fui yo quien tomó sus manos y la atraje hacia mí en un beso. En ese momento descubrí que mi cosa favorita en el universo era probar sus labios. Mi pecho subía y bajaba por la adrenalina que todo ese juego había provocado pero me alteró incluso más como Lena se soltaba de mi agarre y vagaba por mi cintura hasta apretar mi trasero. Arrimándome a sus caderas. Tuve que hacer un esfuerzo glorioso para no morder su labio.

Aquel beso desenfrenado que parecía no apagar nuestro deseo se vió interrumpido de repente por unos golpes en la puerta. Lena se separó de mí a regañadientes pero solo un poco, rodeando mi cintura con su brazo. La puerta se abrió sin yo tener que hacerlo y mi amiga apareció al instante en frente nuestro.

—¿Estaban grabando una porno aquí dentro? —dijo con los ojos yendo de mi novia a mí y viceversa.

Miré los labios hinchados de Lena y casi sonreí. Debíamos de tener un aspecto de los mil demonios pero de todos modos ella seguía igual de hermosa, posiblemente más atractiva que antes. Cuando mi respiración se volvió más adecuada clavé mi mirada en Maggie.

—Toda peli triple equis que podríamos haber hecho la has estropeado, ¿pero qué pasa? —escuché a Lena reír con suavidad y Maggie puso los ojos en blanco.
—La clase de literatura que tenemos ahora fue suspendida. Dicen que a la señora Jacqueline le chocaron el auto y no sé qué. Creo que se quebró una pierna y le quedaron los dedos del pie como astillitas. En fin —el modo despreocupado de Maggie al hablar y su expresión tan natural hacía que todo pareciera mucho menos trágico de lo que en verdad era. Lena levantó una ceja con expresión asqueada y Maggie se dirigió a ella —Pero tú sí que tienes clases.

Lena abrió la boca para replicar pero la cara de Maggie dió a entender que había recordado algo más.

—Por cierto, Kara, en la puerta está tu amiguito.
—¿Quién?
—¿Miguel? Pues yo qué sé, el que tiene cara de constipado todo el tiempo.
—¿Mike? —sentí el brazo de Lena cerrarse aún más en mi cintura cuando lo mencioné. Aquello provocó cosquillas en la base de mi estómago y unas inquietantes ganas de besarla. —Su nombre no es Miguel y no luce como si estuviera constipado.
—Ah, pero supiste al instante de quién hablaba —dijo entre risitas Maggie y guiñando. Lena suspiró.
—Ya debo irme.
—Suerte en tu examen —murmuré mientras ella me soltaba a un ritmo demasiado lento. Como si en verdad irse fuera de lo más tortuoso. Ella asintió pero su manera de no verme y evadir mi mirada me intranquilizó un poco. —Maggie, ¿podrías decirle a Mike que voy en un momento?

Maggie se fue sin más y Lena se colocó la chaqueta con rapidez, tomando su mochila después. Los movimientos apresurados con el que se subía el cierre de la chaqueta me hicieron poner una mano en su pecho para detenerla, haciendo que finalmente me mirara.

—¿Por qué de pronto te comportas así?
—¿Así como? —contestó con sequedad, frunciendo apenas el ceño. Yo bajé la mano.
—Pues así.
—Ya estoy cinco minutos tarde, Kara, no...
—Para —le corté. —¿Esto tiene algo que ver con Mike?
—Por dios —soltó, riendo sin una gota de diversión. Percibí que actuaba con algo de indiferencia. —No tengo tiempo para esto, me voy.
—Lena.

Pero por primera vez no hizo caso a mi llamado y desapareció de mi vista, dejándome con una sensación estúpida en el interior. ¿En qué momento había ocurrido todo?

—¡Kara!

Maggie ya no estaba. Era Mike quién levantaba la mano en la sala de estar cuando salí de mi cuarto. Su sonrisa me hizo pensar al instante en algún actor que ahora no recordaba y que siempre sonreía de esa manera tan despreocupada. Todo lo pasado con Lena minutos antes me había quitado por completo el humor. Ya sabía cuál era la cosa que más odiaba en el mundo; sentirme distante con Lena. Ella no había querido decirme nada y se burló en mi cara al segundo en que yo sugerí que Mike tenía que ver en su repentino cambio de humor.

Si bien no era tan trágico como mi mente lo quería hacer parecer, ya quería volver a verla para solucionar la situación. Mientras tanto, me acerqué al chico alto en la sala y me crucé de brazos, impidiendo en silencio el contacto. No olvidaba nuestra última conversación y su forma de tratar a Lena como nada más que una chica bonita.

—Me sorprende verte aquí.
—Me temo que nuestra última plática fue algo... Desastrosa. Metí la pata y venía a decir que lo siento.
—Qué con todos pidiéndome perdón estos días...
—¿Disculpa?
—Nada, olvídalo.
Mike se puso las manos en los bolsillos delanteros de los pantalones.
—Lo que dije estuve mal. No quería faltarte el respeto a ti ni a tu amiga —por Rao, las ganas que tenía de corregirle esa última palabrilla. —Pero es que en serio estaba muy nervioso y no pensé en lo que decía.
—¿Nervioso por qué?
—Oh, Kara... Vamos —en su cara de formó una sonrisa extraña. No disfrutaba del camino que estaba tomando esto. —Debes de saberlo a estas alturas.
—¿Saber qué cosa?
—Que me gustas.
—Okay —murmuré ladeando la cabeza. Quizás si lo miraba desde otro ángulo sus palabras tendrían más sentido.
—Hablo en serio. Desde que te he visto que no dejo de pensar en ti, voy todos los días a Morrigan's solo para verte y...
—Alto —él se calló de inmediato. —No puedo gustarte, no... Solo me viste unas cuantas semanas y ni siquiera me conoces.
—No todavía pero si me dejaras...
—Mike.
—Si me dieras la oportunidad de una cita o solo salir a tomar un helado te demostraría que no soy tan idiota como parezco.

Casi podía escuchar la vocesita de Maggie hacer eco en el fondo de mi cabeza diciendo «¡no eres idiota, eres un estúpido!»

—No creo que sea posible —contesté incómoda. La esperanza abandonando su rostro me hizo sentir un poco mal.
—¿Por qué no? ¡Tú no tienes que hacer nada! Solo déjame que...
—Estoy con alguien, Mike.
—Ah.

Bajé la mirada ante su expresión atontada. Bueno, pues de algún modo tenía que detenerlo, ¿qué mejor que la verdad?

—No buscaba hacerte sentir mal o algo por el estilo.
—Estoy bien, no te preocupes —replicó sin el más mínimo entusiasmo que lo caracterizaba. —Pero supongo que debo retirarme ahora, me siento un verdadero imbécil.
—Lo siento, Mike.
—Yo lo siento. Adiós, Kara.

Mike se fue, dejando en la sala una fragancia masculina, de esas que eran en verdad fuertes. Suspiré bajando los brazos y observé la puerta por donde se había ido. Lo que Mike había confesado no me había sorprendido pero de todos modos me generaba una emoción amarga. Entre lo de Lena y esto, no sabía que era peor. ¿Pero qué iba a hacer sino? ¿Mentir? ¿Aceptar salir con él? No. Lo máximo que podría haberle dado era la oportunidad de ser amigos pero eso solo le mantendría las esperanzas en alto.

Treinta minutos más tarde comía una ensalada de frutas enlatada con el ánimo rozando el subsuelo. Por mero aburrimiento encendí mi celular recordando que la noche anterior lo había apagado. Tenía un mensaje de hace dieciocho minutos de Excalibur.

Excalibur: te extraño.

Me quedé viendo la pantalla sin saber que hacer. Por alguna razón me sentí como si estuviera haciendo algo malo. Tal vez le había dado malas señales a Excalibur también sin saberlo.

Resolví buscar en cambio el nombre de Lena en mi lista de contactos y presioné las teclas rápidamente, todavía con el mal sentimiento que el día me estaba dando hasta ahora.

Kara: necesito que hablemos cuando vuelvas. Me he sentido una completa idiota desde que te fuiste y odio que las cosas estén raras entre nosotras.

Viendo mi bandeja de entrada era casi cómico. Excalibur y Lena.
Tiempo después cuando mi celular seguía igual de desolado y sin respuesta de mi novia, el mensaje de Excalibur me seguía causando algo que no podía descifrar así que opté por responder.

Kara: ¿A qué te refieres?

Casi di un salto cuando no habían pasado ni dos minutos y su nombre apareció ante mis ojos.

Excalibur: solo eso. Extraño hablar contigo pero creo que no has tenido mucho tiempo para mí. ¿Crees que debería darme un puñetazo a mí misma o escupirle al espejo primero?

Sin saber por qué, sonreí. Con solo esa tontería me había hecho olvidar el mal rato con Mike y la extraña-rarísima situación con Lena.

Kara: ya, disculpa.
Kara: si te digo que me has alegrado un poco el día, ¿lo arreglo de una forma?
Excalibur: sería hacer trampa pero acepto mi derrota. Eres difícil de resistir.
Kara: lo sé, me lo dicen todo el tiempo.
Excalibur: ¿Y qué otras cosas te dicen, señorita irresistible?

Reí sin más. Ya no importaba si se sentía o no como un mal día. Excalibur siempre aparecía para hacerme sentir mejor de alguna u otra manera aunque yo no lo admitiera la mayor parte del tiempo.

Hablamos por lo que pareció mucho hasta que tuve que prepararme para ir al campo de atletismo. Aunque luego, incluso de camino, continuamos nuestra conversación. Iba tan concentrada en el celular esperando a por su respuesta que no ví que alguien venía delante. Fue muy tarde para detenerme y terminé dando de lleno y con todo mi cuerpo a nada más y nada menos que Lena.

—Por la mierda... —soltó un suspiro ahogado, alzando la vista hacia mí. —Demonios, creo que me rompiste el brazo.

Lena rodeaba su hombro derecho con una mano y la expresión más inexplicable de dolor. Mi corazón latía de tal manera que comenzaba a dolerme el pecho. Las lágrimas que la impotencia y haberle hecho eso me causaban amenazaban con escapar. Lena se metió en el baño justo frente a nosotras y la seguí, si bien en el pasillo no había nadie, imaginaba que ella no quería que nadie nos viera de casualidad.

—Lo siento, lo siento tanto. No te ví venir, y...
—¿No me viste? —repitió incrédula, apoyándose en la pared y respirando como si tuviera cientos de toneladas presionándole el pecho. —No me viste.

No sabía si me acusaba o sólo estaba demasiado adolorida. Seguro las dos cosas a la vez. Y no la culpaba. Sentí una lágrima caer por mi mejilla en ese instante. Mis poderes causaban que temiera hacerle daño a los que más amaba todo el tiempo. Siempre me había controlado y mantenido a raya y ahora por una estupidez la había lastimado. Me llevé una mano a la frente caliente sintiendo como ardía, tal vez por la rabia o el miedo, tal vez la vergüenza por no haber dejado el celular al menos un segundo antes.

—No llores, oye —su repentina suavidad me hizo lloriquear aún más. Genial. —Kara, ven aquí, ven.

Negué con la cabeza sin ser capaz de verla tampoco pero me obligué a hacerlo de todos modos. Su brazo al menos. Dejé que mis gafas resbalaran sobre mi nariz sin que fuera muy obvio y estudié su brazo. No había nada roto por suerte. Casi que grité del alivio pero no bastó para calmarme.

Lena se acercó y levantó el brazo sano. Su mano acarició mi barbilla hasta que la miré a los ojos.

—No llores, todavía no me mataste.
—Lo lamento en serio, Lena, no sé en qué pensaba. Debería haberte visto.
—Tienes mucha fuerza para lucir tan pequeña —susurró con una sonrisa. —Pero si me acompañas a la enfermería antes de que me desmaye voy a adorarte aún más.

Me sequé las lágrimas con la manga del suéter y asentí rápidamente. Si Lena quería ir por voluntad propia a la enfermería entonces le estaba doliendo demasiado.

—Pero antes —con el brazo libre me sujetó de la cintura y entre un beso algo salado y abatido dadas mis emociones me calmé un poco. —Ahora sí, chica dura.

Cumplía quince años terrestres la primera vez que herí a alguien de verdad. Me sentía tan emocionada, contenta y feliz de que tantos estuvieran presentes en mi fiesta de cumpleaños que al momento de despedirme de uno de los niños le rompí varias partes del cuerpo. Pasé más de tres meses tratando de dejar atrás el miedo que me causaba siquiera tocar a mi madre o jugar con mi hermana. No había forma de que dejara que me abrazaran y tampoco tenía ganas de hablar del tema. ¿Qué les diría? Estaba aterrada de ser lo que era. Le dijeron a los padres del niño que solo fue producto de las píldoras que tomaba para mi hiperactividad, que de alguna manera algo no estaba balanceado. Oh, claro, las píldoras siempre te darán una pequeña fuerza bruta.

Era una noche de verano y recuerdo que Alex estaba aún en la piscina. Hacía mucho calor, todo se te pegaba al cuerpo y tenías que hidratarte constantemente. Al menos a mi familia. A mí tal aumento en la temperatura nunca me causó nada.
Yo la miraba desde mi cuarto en el piso superior, no con envidia o remordimiento, sino con mucha tristeza. Mi madre me tomó por sorpresa al entrar y sentarse a mi lado en la cama. Estuvimos así por lo que fueron unos cinco minutos hasta que ella suspiró, tomando mis manos.

—Desde que llegaste, Kara, supe que eras muy especial. No por el hecho de caer del cielo en una nave de compleja tecnología —sonrió—, tampoco por lo que supimos luego, cuando tu primo nos dijo quién eras y de dónde venías. ¿Pero sabes por qué eres especial?
Yo negué.
—El día que te encontramos te veías tan desorientada. Estabas perdida, claro, pero me sorprendió que en tus ojos se viera tanta determinación. Al abrirse esa cápsula estabas preparada, Kara. No conozco nada sobre lo que era tu vida en Krypton pero te aseguro que la manera tan desafiante con la que quisiste adaptarte a un nuevo lugar me sorprendió. Me dije en ese momento que si habías atravesado todo un universo, tantos planetas y estrellas para llegar hasta aquí entonces debías ser la niña más fuerte y capaz. Me di cuenta de que tu voluntad podría doblarse a veces pero nunca romperse. Yo sé que no eres una mala niña, eres dulce, especial y generosa. Jamás lastimarías a nadie. Perdonate a ti misma. Todo en esta vida se quiebra y se destroza de maneras imposibles y no puedes culparte por ello, Kara.

Después de esa conversación las cosas habían mejorado bastante. Permanecía el miedo latente pero ya no me preocupaba por tantas cosas. Lo que hice fue convertirme en alguien mejor. Busqué la forma de controlar mi fuerza, canalizar todo lo que ocurría en mi interior para algo bueno.

Lo logré. Realmente lo hice. Pero hay un límite y una línea muy fina donde tus peores temores salen a la superficie. En mi caso las pesadillas con herir a los que más quería siempre estuvieron ahí. Y por más de que la doctora me dijera que todo estaba bien, que nada se había roto y que con unas horas de reposo y los medicamentos adecuados el dolor se iría... yo seguía rehusándome a tocar a Lena.

—Kara, por favoooor —dijo mi novia por cuarta vez consecutiva, poniendo su mejor cara de perrito mojado—. Ven, acuéstate conmigo.

Debería darme un premio a mí misma por resistirme de esa manera a ella. El plan iba fenomenal. Yo en la silla reclinable junto a su cama leyendo un libro del que no podía sacar una sola idea razonable. El problema fue cuando dejó caer su cabeza contra el respaldo y la expresión más infantil se le plasmó en la cara. Cerré el libro rendida y me saqué parte de la ropa antes de acostarme a su lado.

Lena podía no llevar cabestrillo pero su brazo reposaba en la misma quieta posición, un ligero movimiento le haría revivir el dolor de nuevo así que procuré meterme bajo las sábanas con extremo cuidado. Ella sonrió.

—No me mires así.
—Deja de sentirte culpable, ¿quieres? Fue un accidente. Venías a mil por hora —dijo frunciendo el entrecejo, lo que hizo que su sonrisa se convirtiera en una graciosa mueca que quise besar.
—Lamento haber estado tan distraída.
—Yo era la apresurada, solo olvídalo y déjame disfrutar de tu increíble presencia.

Su cabeza se acomodó en el hueco de mi cuello. Pensé que se dormiría por la tranquilidad que emanaba pero, al contrario, movió la cabeza unos centímetros y sus labios cálidos besaron con suavidad mi piel. El cosquilleo que se expandió por todo mi cuerpo se concentró en un lugar en el que no quería pensar justo ahora.

—Gracias por faltar a tu práctica —murmuró mirándome sin parpadear.
—¿Qué clase de novia sería si me fuera?
Aquello la hizo sonreír.
—No sé si serán los medicamentos pero tengo sueño —sentenció, con un bostezo interrumpiendo la última palabra—. ¿No te irás mientras duerma?
—Estaré aquí, Lena. Todo el tiempo que quieras.
—Entonces quedate por siempre.

Habían sido palabras apenas susurradas pero tan significativas para mí como sentir su cercanía. Nadie podía quitarmela, nadie podría jamás romper esa conexión que teníamos. Lena tenía todo lo que yo había necesitado y nunca admití. Era alguien a quien querer, alguien a quien algún día amar.

Me pregunté si no lo estaría haciendo ya.

Cuando el teléfono en la mesa de noche comenzó a vibrar hice todo tipo de movimientos ninjas para no despertarla. Al llegar al aparato Lena solo giró la cabeza hacia el lado opuesto.

—¿Quién es? —gruñí. Quitándome un mechón de cabello de la frente.
—¿Estabas durmiendo a las seis de la tarde?
—¿Alex?
—¿Por qué susurras? —la sospecha se le había instalado rápidamente.
—Es que estaba durmiendo y...
—¡Estás con Lena! ¿No es así? Dios, era hora.
—No es lo que parece, uh... —froté mis ojos y contuve un bostezo—. Solo estábamos durmiendo. Ocurrió un accidente.
Finalmente mi hermana se puso un poco más seria.
—¿Qué pasó?
—No puedo hablar de eso ahora.
—Ya —las dos nos quedamos en silencio por un largo rato hasta que por fin Alex suspiró—. Con respecto a Becca...
—No quiero hablar sobre ella. ¿Por eso llamaste?
—De verdad lo siente, Kara. Sabes mejor que nadie que Becca tiene buenas intenciones y lamenta cada cosa que te dijo.
—¿Por qué no me lo dice ella entonces?
—Le cuesta disculparse. Es algo terca a veces.
—Tengo más cosas en las que pensar ahora mismo, ¿de acuerdo? Becca me dejó en claro lo que pensaba. Si me disculpas, volveré a dormir.

No esperé su respuesta ya que sabía que si Alex decía algo más, eventualmente cedería. Por mucho que quisiera a mi mejor amiga no la perdonaba por juzgar a Lena sin un fundamento cierto.

Me giré hacia la mujer a mi lado, sus ojos me observaban expectantes.

—Hey.
—Esa amiga tuya, Becca, no le caigo muy bien ¿verdad?
—No tienes que preocuparte por ella.
—¿No la extrañas?
—No, no la extraño —dije sin más.

Era la pura verdad. No había pensado en Becca y no tenía ni el menor interés de volver a verla en algún momento pronto. No estaba lista todavía, desconocía si algún día lo estaría.

Mi mano descansaba sobre el cabezal y mis dedos jugaban con un par de mechones de su cabello. Lena había cerrado los ojos pero estaba bien despierta.

—Me gustaría disculparme por lo que pasó antes de irme.
—Lo he olvidado ya, Lena.
—No. No hagas eso. No actues como si no hubiera pasado nada y no nos hubiera arruinado buena parte del día. Al menos a mí. Me sentí como una idiota por irme de esa manera. No quiero que me entiendas ni jugar al papel de la víctima.
—¿Puedo saber entonces por qué te volviste tan fría de repente? —Lena me miró con ojos cansados pero no había señal de enojo.
—Quiero que conozcas las partes de mí que no sé cómo enseñarte, Kara, de verdad. Pero parece tan complicado. Puedes decirme lo estúpida que soy por esto pero cuando Maggie mencionó a Mike me alarmé. No quería que fueras con él, quería que se largue, que se aleje de ti. Es un comportamiento bastante mierda si me lo preguntas y en verdad no lo tolero ni suelo ser así. Sabía que no iba a perderte por una tontería como esa pero eres lo único que tengo, la persona a la que puedo regresar siempre que me pierda.

Me quedé muda con tal confesión. Sí había actuado de lo más extraño y sí se había ido dejándome con esas horribles emociones. No tenía palabras para responder a eso pero la entendía, de todos modos la entendía.
Con el brazo sano sujetó mi mano y se la llevó a los labios.

—No quiero ser esa clase de novia. Desconfiada y asustadiza. Sé que eres mucho más de lo que yo merezco y no puedo entender cómo dejé que seas parte del desastre que soy. Cuando te dejé en la habitación me sentí bastante a como soy cuando estoy con mi padre. Esa frialdad es la única defensa que tengo contra él, mi único escudo para todo. Y cometí el error de levantarlo contra ti. Lo siento tanto, Kara.
—No quiero que te disculpes conmigo, ¿bien? —nuestras manos seguían juntas. Inseparables—. No tienes la culpa de lo que Lionel causó en ti. Más aún, no eres culpable por nada de lo que sientas. Todos experimentamos emociones que no queremos de vez en cuando.

Lena permaneció en silencio. Su pulgar acariciaba el dorso de mi mano. Pero estaba en calma. Al menos lo estuvo por los próximos cinco minutos cuando suspiró y me soltó. Algo parecido a la lamentación se plantó en su rostro.

—Kara, tengo algo que decirte.
—¿De qué se trata? —mi cuerpo entero había entrado en estado de alerta pero intenté que aquellas sensaciones no se marcaran de más en mi rostro.
—Lionel.
—¿Qué con él?
—Me ha llamado ayer, quiere que vaya a verle. Creo que las dos sabemos lo que eso significa.

Había querido postergar ese momento desde el primer día en el que nos besamos. Claro que sabía que Lena iría a uno de los hoteles de su padre y convencería con sus encantos a uno de los negociadores para comprar el contrabando de Lionel. Esperaba tener más tiempo para hacerme a la idea pero no había forma. No me sacaba de la cabeza esa horrible sensación de que al instante en que se fuera de aquí estaría bajo el control de alguien más. Que fingiría y se humillaría por el placer de otro.

—¿Puedo preguntarte algo personal? —murmuré sin poder verla a los ojos.
—Claro.
—¿Duele?
—Depende el cliente —la última palabra no mejoró la situación—, algunos son más violentos que otros pero me he logrado acostumbrar un poco.
—¿Cómo te acostumbras a eso, Lena?

Tuve que mirarla. Esta vez no se mostraba alterada. Era la expresión de alguien que conocía de antemano lo que le esperaba y sabía que era la única opción.

—Bueno, no sé si alguna vez me acostumbraré del todo. No sé si olvidaré cómo me tocan. Pero existe algo a lo que te aferras en situaciones en las que pierdes toda esperanza. Piensas en que pasará. De una u otra manera va a pasar algún día. Me vuelvo otra persona y trato de no pensar, pero cuando ya no puedo y tengo que concentrarme en cumplir mi rol me limito a creer que acabará. Quiero creer que todo acaba.
—No sé qué decirte, Lena.
—Yo solo sé que lo lamento. Tú no mereces esto.
—No tenemos que hablar de eso... —al intentar apartar la mirada ella apoyó los dedos en mi mejilla obligándome a verla.
—No lo mereces —sentenció con firmeza—, no tengo idea de cómo hacer esto sin herirte, Kara. No quiero traicionarte, eres tan importante... no puedo lastimarte.

Sus palabras en verdad me llegaban a lo más profundo. No toleraba verla a así, tan preocupada por lo que yo pudiera llegar a sentir. Claro que me afectaba saber lo que haría y por supuesto que me gustaría que fuera de otra manera. Pero esta era nuestra realidad. Yo tenía más que claro lo que iba a ocurrir si Lena le decía que no a Lionel. Estaría desaparecida por días y volvería más golpeada que antes.

A estas alturas no sabía cuál situación sería peor. Si dejarla ir hacia la desagradable humillación por la que tenía que pasar o retenerla conmigo, protegerla, y afrontar las terribles consecuencias.

Después de unos minutos dejé salir todo el aire que retenía como si de un tóxico veneno se tratase. Mi pecho se sentía pesado y los nervios se habían adelantado en mi voz.

—Tú has... Has lo que debas hacer pero asegúrate de regresar a mí.

Tratar de estudiar era una gran perdida de tiempo. Por más de que leyera y volviera a leer las mismas páginas nada se quedaba en mi cerebro y solo me cansaba más. El examen sería en tres días y aún así no podía.

Lena se había ido hace un par de horas y el no saber por lo que estaba pasando en estos momentos me alteraba. A la vez, quizás, era algo bueno desconocer lo que sucedía. Había querido seguirla, había deseado terminar con Lionel, pero simplemente yo no era así.

Por lo que la ví alejarse de mí, salir por esa puerta sin mirarme. Lo agradecí. Aunque lo habíamos hablado y llegamos a la conclusión de que era la única salida viable, según Lena, yo tampoco habría sabido cómo contenerla si la miraba una vez más a los ojos.

Por lo tanto el ánimo que había tenido al despertar desapareció junto con mi novia. Claro que quería que estuviera bien y a salvo pero yo sabía que esta no era la manera. Quizás no encontraba la solución aún, era probable que fuera muy peligroso pero no la dejaría ser usada de esa manera por mucho más.

Cuando Maggie carraspeó en el marco de la puerta de la cocina me alegré de tener a alguien que me hiciera pensar en otra cosa. Cerré los dos libros rendida y los alejé de mí.

—Creo que hoy no voy a estudiar.
—Te ves un poco distraída —y tomó asiento a mi lado.
—Es solo... Que no es mi día.
—¿Dónde está Lena a todo esto? —traté de que mis sentimientos no fueran muy obvios.
—Tiene asuntos de familia que atender.
—¿Tú estás bien?

O yo era muy fácil de leer o Maggie sabía percibir cualquiera de mis emociones. Seguro las dos cosas. Pero no podía decirle la verdad así que tuve que hacerlo de otra manera.

—Digamos que hay algo que te molesta y de alguna forma es lo único en lo que puedes pensar. Algo que no puedes arreglar o cambiar porque así las cosas tienen que ser. ¿Cómo se supone que lo ignoras?

Maggie se reclinó en la silla, ladeó la cabeza y contempló la tapa de mi libro de comunicación, pensativa y con ojos cansinos. Hoy se había dejado el cabello suelto. A mí parecer le favorecía mucho más.

—¿Si no puedes cambiarlo por qué le das tanta importancia? Sé que parece imposible a veces. Esperar a que termine nunca es siempre la mejor de las opciones, ¿sabes? Te contamina por dentro y sea cuál sea la situación jode como mil demonios. Pero ¿qué otra cosa hacer? Trata de que no te afecte tanto, intenta hacerte a la idea de que llegará el momento de dejar todo atrás.
—Pero mientras tanto es insoportable —murmuré más para mis adentros que para Maggie. Mi amiga asintió—. Da igual. Necesito despejar mi mente. Cambiemos de tema. ¿Me dirás de qué trabajas o tengo que esperar mucho tiempo más?

Ella rió echando la cabeza hacia atrás y negando.

—Pocos me creen cuando les cuento, piensan que solo estoy bromeando.
—Ponme a prueba —Maggie se quedó sin hablar un instante. Viéndome, preguntándose algo en silencio. Al fin suspiró y una sonrisa vaga se le amplió en el rostro.
—Soy consultora de la policía —ante mi expresión confusa su sonrisa se extendió aún más—, digamos que soy buena para resolver alguna que otra investigación. Era por puro pasatiempo antes pero se convirtió en algo interesante así que comenzaron a pagarme un dinerillo porque creían que sería todo un deshonor si no lo hacían. Ya sabes, policías.
—¿Eso es por lo que siempre sales corriendo?
—Lo sé, me veías como a una gangster del más alto nivel. Lamento la decepción, Kara. Estoy muy ligada a las leyes.
—Estoy sin palabras —admití—. Creí que odiabas a los policías o cosas así.
—De vez en cuando rompo las reglas, Kara, pero no significa que me guste ir robando motocicletas todas las tardes.

Recordé cuando Maggie y yo tuvimos que tomar prestada una del estacionamiento y sonreí. Por desgracia recordé la razón y al segundo quise estar lo más lejos del planeta tierra.

—Tengo que prepararme para mi clase de atletismo —dije recordando de pronto mis responsabilidades—, e inventar una buena excusa del porqué me ausenté la otra vez.
—¿Decir que por poco le quiebras el brazo a tu novia no es lo suficientemente genial?

Maggie rió y por más de que el tema no me resultara del todo gracioso, también lo hice. Me sentí un poco más liberada. Por suerte correr aliviaría parte de mi estrés. Pensé, para mis adentros, lo mucho que deseaba poder volar.

Verifiqué en mi celular que todavía estaba a tiempo pero de todas maneras apresuré el paso a través del pasillo de los dormitorios. Divisé a las antiguas amigas -más bien seguidoras- de Mackenzie. Lucían como dos pollitos sin su madre, bastante acertadas de hecho, hablando a un costado casi en silencio.

Tuve pena por ellas. Ahora que la peliroja no estaba solo eran ellas contra el mundo. Muchos estudiantes las miraban con gracia y les decían cosas por lo bajo. Tanto ellas habían molestado a los demás debido a Mackenzie y el karma les devolvía el favor.

Suspiré siguiendo mi camino y estuve fuera del edificio de los dormitorios minutos después. Fui la primera en llegar al campo donde la profesora Stone miraba una planilla. Alzó la mirada y los ojos miel me escrutaron de arriba a abajo.

—Entrenadora, quería disculparme por lo de la otra...
—No me importan tus excusas, Danvers, ya ha pasado y no es necesario. Pero procura no volver a faltar, ¿hecho?

Asentí con la cabeza a la velocidad de un rayo. No podía decepcionarla. Su rostro se suavizó y permanecimos ahí de pie en un incómodo silencio hasta que ella, viendo sobre mis hombros a la universidad, habló.

—Siempre demoran en llegar —le echó un vistazo al reloj en su muñeca para luego unir las manos detrás de su espalda. Tenía una figura fuerte y sin duda alguna su porte era confiable—. ¿De dónde vienes tú?
—Midvale, está en las afueras de Metrópolis, es una ciudad pequeña.

Ella asintió despacio procesando mis palabras.

—Vienes desde muy lejos, chica. ¿Qué te hizo venir hasta el otro lado del país?
—Solo quería cambiar de aires —dije lo más natural—, explorar nuevos lugares, emociones.
—¿Y ha servido hasta ahora?

Repasé todo lo ocurrido en los últimos tres meses. Me perdí en las sensaciones que me habían abrumado, los sentimientos que había negado, y las confusiones tan grandes por las que una chica de ojos verdes me había hecho pasar. No lamentaba nada. Apreciaba la amistad tan difícil de construir y lo complicado de nuestra relación. Me di cuenta que mientras más mi mente lo debatía más me daba cuenta de lo importante que había sido para mi conocer a Lena. También a Maggie. Las dos eran especiales para mí.

Ante el silencio que mis pensamientos habían provocado la entrenadora Stone sonrió.

—Parece que sí. Están llegando. Puedes comenzar a estirar.

Empecé a elongar y sin saber muy bien porqué dirigí la vista a las gradas donde Lena había estado la primera vez que me presenté. Estaba vacío por supuesto. Lena no estaría aquí y lo mejor que podía hacer era no pensar en lo que justo ahora debía de estar haciendo. Sentí el pasto hundirse demás bajo mis zapatillas y procuré que nadie me hubiera visto. No me di cuenta de que estaba presionando tanto, no me había percatado de la fuerza que había ejercido.

La entrenadora nos colocó en grupos de tres. Me tocaron dos chicas amables, cada una centrada en lo suyo pero igual de simpáticas. Cada equipo corrió la pista unas dos veces pero nosotras logramos tres vueltas limpias. Eran bastante buenas para ser sincera y yo tampoco había dejado que mi velocidad interfiriera. Me dejaba ir al ritmo de ellas.

La entrenadora Stone nos hizo correr un poco más a todos antes de decirnos que la clase había acabado. A mi parecer aquello no había sido nada, unos cincuenta minutos de fácil calentamiento y trote simple. Pero luego ví que la gran mayoría estaban por completo sudados y muy cansados. Bajé los hombros y traté de respirar como ellos para parecer un poco más normal.

—Lo has hecho bien —dijo una de las chicas con las que me había tocado correr. La otra ya se había ido—. Me llamo Vera.
—Soy Kara —respondí devolviéndole la sonrisa.
—Nos vemos el próximo martes.

Tenía una sonrisa peculiar pero bonita, los dientes perfectos. Era solo un poco más alta que yo y llevaba el cabello rubio algo platinado en una tirante coleta. Sus ojos eran marrones y grandes. Cuando se fue, girándose una vez más para sonreírme, imaginé la escena exacta dónde Maggie diría que Vera seguro estaba queriendo ligar.

Ya volviendo a mi cuarto una hora después, luego de ducharme, encendí el celular y una sensación incómoda me molestó en el pecho al ver el único mensaje que llenaba mi bandeja de entrada.

Excalibur: no quiero ser esa clase de persona que tiene que disculparse a cada rato porque sé que no he hecho nada pero estoy un poco preocupada. ¿Es que acaso hice algo mal, Kara? Me has ignorado deliberadamente los últimos días y no quiero presionarte, pero me importas de verdad, al menos me gusta la amistad que tenemos. Si deseas dejar de hablar lo entiendo. Solo dime algo.

Me debatí entre eliminar el mensaje y olvidar haberlo leído tal y como había hecho las veces anteriores. Desde el incidente con Lena no podía hablar con Excalibur. Me envió mensajes varias veces y así como llegaron los borré. Podía ser la culpa que no se iba, quizá. Pero ahora me sentía aún peor por como la estaba tratando.

Kara: no has hecho nada, todo es mi culpa pero no sé cómo explicarlo.

La respuesta ni siquiera demoró más de un minuto en llegar.

Excalibur: ¿dices que no puedes explicar por qué no quieres hablarme?
Kara: no dije que no quiero hablarte.
Excalibur: pero no respondiste ninguno de mis mensajes.
Kara: esa es la parte complicada.
Excalibur: ¿tiene algo que ver con mi identidad? Porque antes de que me ignoraras a lo grande tenía una idea importante que contarte con respecto a quién soy.
Kara: nunca se trató de eso pero ahora estoy un poco intrigada ¿a qué te refieres?
Excalibur: no sé si sea lo correcto ahora que sé que estás de novia y todo eso.

No quería ponerme a negarlo como si Lena fuera algo que tuviera que ocultar pero ¿cómo sabía ella que tenía novia? Otro mensaje llegó antes de que me confundiera más.

Excalibur: paso mucho tiempo libre en la universidad y soy observadora. No lo pienses mal, no estaba espiandote, pero estabas en medio de la pista de atletismo con Lena Luthor viéndote como helado al que lamer así que até sola los cabos. Me imagino porqué lo escondes así que tu secreto está a salvo conmigo.
Kara: mejor hablame sobre esa idea sobre quién eres en realidad.
Excalibur: ¿has escuchado sobre el baile qué está planeando hacer la universidad?
Kara: en cuatro semanas, ¿no? Para el receso creo.
Excalibur: exacto, el tema de este año serán las máscaras. Y bueno, esta es la parte vergonzosa.
Excalibur: me gustaría invitarte.
Excalibur: como amigas, claro, me pareció una genial idea utilizar el pretexto de las máscaras para estar un poco oculta hasta decirte finalmente quién soy luego de un par de canciones.
Kara: ¿hablas en serio? ¿sabré al fin quién eres?
Excalibur: no digas que no es una grandiosa idea, ¿eh? quiero que sepas quién soy, Kara. Para lo que necesito que sea especial.
Excalibur: no tienes que aceptar ahora, tomate tu tiempo para pensar.
Excalibur: ¿sigues ahí?

Tuve que bajar el celular para dejar de leer. Si no me sentía más culpable que antes entonces estaba más indecisa que de costumbre. Claro que sería una interesante manera de conocerla pero jamás podría aceptar. ¿Cómo iría a un baile con otra chica que no fuera Lena? Era absurdo y me sentía mal por siquiera considerarlo.

Por mucho que quisiera no podía aceptar. Aún así tampoco quería arruinar tan pronto la posibilidad de saber quién era Excalibur. Por lo que la confusión se instaló incluso hasta después de apagar el teléfono para no ver los mensajes de Excalibur aún sin responder.

Vaya suerte la mía.