Capítulo 12.

Cuando Sasuke enseña y... aprende

El lunes fue un día infernal para ambos.

Sasuke despertó antes de que sonara el despertador sin haber conseguido dormir apenas nada, dándole vueltas a cómo encarar el tema con el padre Kakashi. Se vistió en silencio y, dejándola dormida, bajó a desayunar al restaurante del hotel.

Una vez en la Univerzita tuvo que soportar el interrogatorio de varios compañeros acerca de la ausencia de Sakura. Explicó que había recibido un correo electrónico ofreciéndole disculpas por su comportamiento del viernes y que en él le comunicaba su ausencia, ya que se encontraba enferma. Todos parecieron creerlo, excepto Karin, que lo miró con tal mezcla de desprecio e incredulidad, que él se puso a la defensiva al instante. La profesora Hakumon parecía extrañamente decepcionada de que Sakura no hubiera sido expulsada del seminario, y él por primera vez se preguntó en serio qué tenía esa mujer en contra de Sakura. Tomó nota mental de concertar una reunión con ella para intentar averiguarlo, aunque no le apetecía lo más mínimo.

Al salir de sus clases, donde normalmente disfrutaba, respiró con alivio. Hasta para él habían resultado tediosas, y se dio cuenta que le faltaba el rostro de Sakura al fondo de la sala para que éstas fueran más agradables. Se dirigió a su despacho y se encontró de frente con el padre Hatake. Se paró frente a él, haciendo un esfuerzo de contención, intentando de forma infructuosa que no notara la furia reflejada en sus ojos negros.

—Profesor Uchiha.

—Padre Hatake. —Hizo hincapié en la palabra «padre».

—¿Tiene un momento?

—¿Qué quiere? —Sabía que estaba siendo brusco, pero era todo lo que podía ofrecerle, cuando en realidad quería darle una paliza.

—¿Ha tenido noticias de la profesora Haruno?

—Sí. He recibido un correo en el que me informa que estará ausente unos días. Algo relacionado con una gripe estomacal. Creo.

—¿Enferma? —inquirió extrañado el padre Hatake.

Sasuke se preguntó si este sabría que Sakura era adicta.

—Sí —contestó escuetamente observando el rostro del padre Hatake.

—¿Podría hacerme un favor?

—¿Cuál? —preguntó Sasuke sin comprometerse a nada en concreto.

—Ya que están en el mismo hotel, ¿podría acercarse a su habitación y comprobar que ella está realmente bien? Estoy algo preocupado.

—¿Y eso por qué?

—Porque hace muchos años fuimos buenos amigos —respondió él haciéndole un gesto de despedida con la mano, para dirigirse a una clase en la que le esperaban.

«¿Amigos? ¡Y una mierda!», pensó Sasuke con hastío. Estaba empezando a odiar esa palabra, que últimamente aparecía en cada conversación. Con gesto cansado y deseando volver ya a su habitación del ático, se dirigió a su despacho a cubrir el resto de las horas lectivas, sabiendo que iban a ser otra pérdida de tiempo.

Sakura despertó cuando llamaron a la puerta y una voz anunció que era el servicio de habitaciones. Se quedó quieta en la cama y una camarera entró con una bandeja que depositó en la cómoda al lado de la puerta. Dándole los buenos días, salió y cerró la puerta con llave. Por fuera.

—¡No me lo puedo creer! Ha dado orden al personal del hotel de que me encierren —exclamó en voz alta. En ese momento le comenzó a hervir la sangre, que no dejó de subir de temperatura en todo el día.

Totalmente aburrida porque Sasuke no le había entregado todavía el material de estudio de esa semana, se encerró en el aseo y se dio un largo baño. Después se hizo la manicura, la pedicura y en un alarde de tiempo que no sabía con qué llenar, se alisó el pelo. Lo que le llevó más de una hora. Vio su reflejo en el espejo y hasta ella se asombró del cambio. «Vaya, tendría que hacerlo más a menudo», pensó. Luego se maquilló un poco, disimulando el cardenal de la mejilla, que había adquirido tonalidades amarillentas.

Salió y vio la bandeja de la comida sobre la mesa. No tenía hambre. Sintió que apenas hacía un rato había desayunado. Era como estar en una habitación de hospital, en la que no tienes nada más que hacer que estar tumbado en la cama y comer. Así que, olvidándose de la bandeja, se dirigió al salón a comprobar sus correos electrónicos.

Tenía alguno de la Universidad donde trabajaba, que contestó en unos minutos. Otro de Karin, que leyó con una sonrisa en los labios:

Mira, guapa,
Eso de que estás enferma no se lo cree nadie. Cuéntame ahora mismo qué es lo que has hecho este fin de semana, que seguro que es lo que te mantiene encerrada en tu habitación del hotel. Esto es muy aburrido sin ti. El profesor Uchiha está cabreado, por lo visto tus disculpas no fueron lo suficientemente creíbles.

Sakura paró de leer. ¿Disculpas? Mira que será creído, masculló entre dientes.

Su clase de esta mañana ha sido tan tediosa que hasta la profesora Hakumon, normalmente encandilada con nuestro guapo profesor, parecía disgustada. Esa mujer es la palabra amargura hecha realidad en un cuerpo de vieja apergaminada.

Sakura rio sin proponérselo.

Me he tropezado con el padre Hatake, me ha preguntado por ti. Hay muchas cosas que presiento no me has contado, y estoy deseando que empieces a desembuchar. Parecía bastante preocupado. Solo le he dicho lo que pienso, que seguro que te fuiste de juerga este fin de semana y que todavía estás de resaca. Él ha puesto un gesto de lo más extraño.

«¡Maldita sea!» pensó Sakura ahora sin sonrisa alguna.

«Por cierto, conecta el puñetero teléfono móvil, que para eso están. Besos, cielo.
P.D. Por si es cierto que de verdad estás enferma, ¡cuídate!

Había otro mensaje en la bandeja de entrada. Uno que Sakura no quería abrir. Se levantó y paseó por la habitación parándose en la ventana a observar a la gente transitar en la calle, sin pensar en nada concreto. Se giró, conectó el teléfono y comprobó sus llamadas perdidas. Había varias de Karin, otras de su hermana y cuatro de Kakashi. Gimió en alto sin proponérselo. Finalmente se sentó frente al ordenador y abrió el correo parpadeante. Tenía fecha del sábado por la tarde.

Sakura,
Tenemos que hablar de lo sucedido. Hasta ahora dudaba que tú tuvieras los mismos sentimientos que yo, pero me lo has confirmado. Tengo que explicártelo todo, hay muchas cosas que desconoces y deberías saber. Por favor, no me rehúyas más. Si todo sale bien, dentro de poco tiempo podremos estar juntos, para siempre, y hacer lo que siempre deseamos, formar una familia.

Te amo, te he amado siempre, cada día, siempre fuiste lo primero en que pensaba al despertarme y lo último antes de dormir. Y te amaré siempre, porque podré ser libre para quedarme a tu lado. Sobre todo ahora que sé que tú también me amas. No importa lo que haya ocurrido estos últimos siete años. Sé que has seguido tu vida y que has estado con otros hombres, pero también sé que al único que amas es a mí.

Por favor, ahora que está todo tan cerca de solucionarse, no te alejes.

Ti amo, mi Madonna

Estaba sin firmar. No hacía falta.

Sakura notó lágrimas ardientes quemándole las mejillas. «¿Por qué ahora, Kakashi?», pensó. «¿Por qué ahora cuando ya es demasiado tarde? Nunca podremos recuperar los años perdidos, porque no fueron solo tiempo, fue vida, y hay cosas que no pueden volver atrás, que no pueden recuperarse, porque ya desaparecieron».

No contestó. Apagó el ordenador y cerró la tapa con un golpe que hizo que las teclas, de repente aprisionadas, casi se estrangularan en sus pequeños enganches metálicos, recibiendo un castigo dirigido a otro ser.

Cogió un libro y se dispuso a leer en la cama. Al poco rato, cansada de estar en la misma posición y de no conseguir pasar de las dos primeras frases, se deslizó hasta el suelo, se apoyó en sus brazos y lloró hasta que no le quedaron más fuerzas, quedándose finalmente dormida.

Estaba en esa posición cuando Sasuke la encontró. Por los altavoces del iPod sonaba la canción de Damien Rice The Blower's Daugther, recitando una y otra vez: «no puedo apartar mis ojos de ti, ¿dije que te detesto? ¿Dije que te quería? No puedo dejar de pensar en ti...». Supo que le había sucedido algo grave. Algo relacionado con el padre Kakashi, sumado a la situación de ansiedad por el síndrome de abstinencia y por estar encerrada en la habitación. Se preocupó y se inclinó sobre ella. Al principio creyó que se había desmayado o caído, pero observó cuidadosamente su respiración acompasada y se dio cuenta de que en realidad estaba dormida. En el suelo. «¿Es que no había otro sitio más cómodo en toda la habitación?», pensó algo absurdamente. Estaba situada boca abajo, con el rostro apoyado en sus manos y todo el pelo extendido a su espalda. Sasuke no pudo resistirse y, poniéndose en cuclillas a su lado, cogió uno de sus mechones completamente lisos, de tonalidades que iban del rosa claro hasta el rosa oscuro. Estaba preciosa y diferente. Y deseó verla desnuda tendida en la cama con todo ese cabello extendido a su alrededor. Y luego se arrepintió de desearlo. Ella no lo amaba. No lo amaría nunca. Y él tenía que encontrar la forma de ayudarla a recuperar al maldito padre Hatake. Le apartó el pelo del rostro para despertarla y se puso tenso. Había marcas de lágrimas en sus mejillas. ¿Qué habría pasado? No le dio tiempo a pensar más. Ella se giró y con un pequeño quejido exclamó:

—Sasuke, ¿ya has llegado?

—Sí, ¿cómo estás?

—Mal. Muy mal. Odio estar encerrada. Estoy nerviosa. Cansada. Aburrida. Y tengo unas ganas tremendas de... —Calló al observar el ceño fruncido de él—. Lo siento. Tú has preguntado.

—Nadie dijo que fuera a ser fácil, más bien al contrario.

—Ya lo sé. Pero no está resultando difícil, sino imposible. No sé cómo podré resistir así toda la semana.

—Lo harás, Sakura.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Porque confío en ti.

Ella se quedó en silencio. «Confío en ti». Nadie le había dicho eso en mucho, muchísimo tiempo. Y además sus palabras parecían sinceras.

—Sí, pero yo no confío en mí misma.

—Pues tendrás que comenzar a hacerlo, si quieres recuperar tu vida. Porque, Sakura, lo que llevabas hasta ahora no era vida.

—¿Y es vida esto, Sasuke? —exclamó furiosa señalando a su alrededor la lujosa habitación del ático—. A mí me parece que no.

—Lo sé. Solo es el paso previo a recuperarla. —Sasuke le contestó de forma calmada y tranquilizadora.

Ella bufó y se levantó de un salto, haciendo que por el impulso Sasuke casi cayera hacia atrás. Miró la hora en su reloj y se dirigió corriendo al salón.

—¿Qué ocurre? —inquirió él siguiéndola.

—Es la hora del skype con mi hermana. Si no me conecto es capaz de presentarse aquí mañana. Lleva todo el fin de semana intentando localizarme —explicó ella.

—De acuerdo. Te dejo sola. Voy a darme una ducha —dijo cerrando la puerta tras él.

Cuando Sasuke salió de la ducha, vestido con ropa deportiva, escuchó murmullos que provenían del salón. Con algo de curiosidad se acercó a la puerta cerrada. En realidad no quería escuchar. Le parecía infantil, pero una palabra pronunciada en un tono más alto le llamó la atención y finalmente se apoyó de forma descuidada en el panel que separaba una sala de la otra.

—Sigue siendo un cretino, pero un poquito menos.

«¿Quién es el cretino?», se preguntó Sasuke. «¿El padre Hatake?»

—¿Un poquito menos, Saku? ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

—Que tiene una sonrisa preciosa, cuando sonríe claro, que es casi nunca. Se le marca un hoyuelo en la mejilla derecha muy gracioso.

—¡Maldita sea! Yo soy el cretino —masculló Sasuke. El cretino con un hoyuelo gracioso, que en ese momento se estaba acariciando bajo la superficie cerdosa de su barba sin afeitar. Y no supo si sonreír o enfadarse.

Se escucharon risas saliendo del altavoz del ordenador.

—Ya veo. Ya veo. O sea que al final no se viste con chaquetas de tweed, pantalones de pana, ni fuma en pipa, ¿no?

—No. Eso no. Pero a veces lleva unos calcetines a cuadros realmente espeluznantes. Deberías verlos. Te dan ganas de salir corriendo y tirarte por un puente ante semejante insulto a la moda.

Ahora sí que estaba empezando a enfadarse. ¿Chaquetas de tweed y pantalones de pana? Él jamás había vestido así. Pero ¿qué imagen tenía Sakura de él? Sasuke apretó los puños contra su cuerpo en un acto claramente defensivo.

Más risas por parte de su hermana.

—Bueno, cariño, ¿cómo estás realmente? Me tenías preocupada, has estado tres días desconectada del mundo.

—Estoy bien, Temari. Creo.

—Yo no estoy tan segura. Se te ve pálida y nerviosa. ¿Qué ha ocurrido? ¿Lo has visto?

—Sí.

—¿Y?

—Sigue tan guapo como siempre. Su mirada es...

—¿Su mirada?

—Su mirada me hace estremecer y siento que estoy como al principio.

—¿Como al principio de qué? Porque yo no recuerdo nada bueno.

—Como cuando nos amábamos.

Se escuchó un hondo suspiro de ambas hermanas.

—¿Lo amas, Saku?

—Sí, creo que sí, que jamás dejé de hacerlo.

—Te has acostado con él, ¿no?

—Sí. —El tono de Sakura era de lástima.

—Saku, Saku, por Dios. Me lo habías prometido.

—Lo sé. Lo siento. Creo que desde que estoy aquí no paro de fastidiarlo todo una y otra vez. Me ha escrito un mensaje. Dice que me sigue amando y que pronto será libre y podremos formar una familia.

Su hermana masculló algo que Sasuke no alcanzó a entender.

—¿Se lo has contado?

—No. Tengo miedo a que me rechace. No lo podría soportar.

«¿Qué es lo que oculta Sakura?». Sasuke supo con certeza que algo mucho más grave que su relación con el padre Hatake seguía estando escondido.

—Por favor, Saku. Aléjate de él. No quiero perder a mi hermana otra vez.

—Yo... lo siento. No puedo prometer nada —dijo finalmente Sakura.

—Bueno. No me has dejado más opción. Este viernes Shikamaru y yo iremos a Praga. Tengo que ver con mis propios ojos qué es lo que está ocurriendo realmente.

—¿No vendréis a vigilarme? Sabes que no lo soporto.

—No. Solo voy a ver a mi hermana, a la que más quiero.

—Claro. Es la única que tienes.

—Cierto, pero también es la que más quiero.

Sasuke dejó de escuchar y se alejó a pedir la cena con la mente bullendo como un caldero al fuego.

Un rato después salió Sakura del salón y él la observó con cuidado. Parecía algo más relajada. Hablar con su hermana ciertamente le hacía bien.

—Sasuke.

—Hummm.

—Mi hermana y su novio vendrán este viernes. ¿No pretenderás tenerme encerrada aquí?

—Hummm —contestó él y, viendo la mirada furiosa que se estaba formando en su ángel, circundó la habitación buscando posibles objetos voladores. No vio ninguno a su alcance así que se relajó.

—Lo estoy diciendo en serio, Sasuke.

—Está bien. Veremos cómo transcurre el resto de la semana —concedió finalmente él.

Poco después, una vez que hubieron cenado y comentaron el material que le había llevado Sasuke para su trabajo de la próxima semana, se acostaron. Y como la noche anterior, él se quedó quieto esperando a que ella se acercara. Finalmente estaba a punto de quedarse dormido cuando de forma tímida y sigilosa ella alargó una mano y la pasó por su torso, luego se acercó un poco más y posó la cabeza sobre su pecho. Solo entonces, Sasuke cerró los ojos, feliz, y se durmió.

El martes fue peor, mucho peor que el lunes. Cuando Sakura se despertó, Sasuke ya se había ido. Se asombró de que fuera tan sigiloso. Se giró en la cama y su rostro aplastó un papel. Lo cogió y leyó.

Sakura, espero que hayas tenido dulces sueños. Me gusta que me utilices de almohada, es gratificante para un cretino como yo. Espero que avances en el trabajo, si no vas a estar algo retrasada. Nos vemos esta tarde. S.

—Será... cretino. Sí, pero cretino con mayúsculas —masculló ella arrugando el papel con furia.

Cerró los ojos y volvió a quedarse dormida. Unas punzadas en el vientre la despertaron. Encogió las piernas y se abrazó a ellas. Se levantó y fue al baño a recoger su neceser, rebuscó de forma furiosa, tirando varios objetos al suelo, sin encontrar lo que buscaba. Porque lo que buscaba se había quedado en un cajón de su baño en España. «¡Maldita sea! ¿Y ahora qué hago?», pensó emitiendo un sordo quejido. Le dolía tanto que rebuscó desesperada en el pequeño botiquín que había llevado consigo. Con una mirada de incredulidad se dio cuenta de que Sasuke lo había registrado y le había dejado únicamente unas tiritas. Ningún analgésico, ni una simple aspirina. «Pero ¿qué demonios piensa que soy? ¿Es que cree que me voy a colgar con una aspirina?». Estaba empezando a estar dolorida y muy furiosa y le entraron ganas de golpear algo fuertemente, a ser posible la cara de su profesor inglés.

Cogió el teléfono y lo llamó. Comprobó la hora. Todavía estaría en clase, pero no le importó. Llamó hasta doce veces. Sasuke percibió como su teléfono vibraba dentro del maletín, pero creyendo que no era importante no lo miró hasta que terminó su clase. Cuando ya estaba en el despacho comprobó las llamadas y se asustó. Se asustó mucho.

—¿Sakura? —murmuró con un hilo de voz cuando escuchó el tono de llamada.

—¡Qué! —El sonido rebotó en su oído y de tan fuerte salió despedido por el otro.

—¿Qué ocurre? —Su tono seguía siendo preocupado.

—Necesito salir a comprar algo. Ya puedes ir llamando a recepción y que me abran la puerta o soy capaz de bajar escalando desde la ventana.

—De eso nada. No vas a salir sola a la calle. ¿Qué es lo que tienes que comprar? —lo preguntó con clara desconfianza.

—Unas cosas privadas.

—¡Ya!

—¡Maldita sea, Sasuke! No es lo que crees.

—¿Y qué se supone que tienes que comprar en concreto?

—Unos... artículos de higiene femenina.

—¡Ah ya! ¿Champú, gel... alguna crema en especial? Dime lo que necesitas y yo te lo llevaré al hotel —se ofreció de forma solícita.

«Está bien, tú te lo has buscado», pensó Sakura con una sonrisa maquiavélica en su rostro dulce.

—Tampones y compresas. Sin alas, por favor. Y extrafinas.

Y Sasuke se quedó con la boca abierta. Por... ya nadie conseguía llevar la cuenta.

—Y ¿dónde puedo encontrar esos... esos... objetos?

—¿No eres profesor de Oxford? Pues apáñatelas, tío listo.

—Está bien —contestó furioso Sasuke a punto de colgar.

—¡Espera!

—¿Qué? —preguntó él temiéndose algo peor.

—Y chocolate. Necesito chocolate. Mucho.

—Pero si a ti no te gusta el dulce.

Escuchó mascullar algo entre dientes a Sakura.

—El chocolate no entra dentro de la categoría de los dulces. El chocolate es... CHOCOLATE y punto.

Sakura apagó el teléfono con tanta ira que la pantalla retembló de miedo.

Sasuke se quedó mirando el teléfono con gesto incrédulo. Nunca la había escuchado tan enfadada. Y no tenía ni idea de dónde, ni qué comprar exactamente. Había caído en la trampa como un niño ante una piruleta de fresa. Nunca había estado lo suficiente con una mujer como para intimar de esa manera. Normalmente, cuando llamaba para concertar alguna cita con alguna de sus compañeras sexuales y estas no podían, solía escuchar como excusa algo así como: «Lo siento cielo, esta noche no, ya sabes, cosas de mujeres». Él llamaba a la siguiente de la lista y con eso resolvía el problema. Y no entendía de cosas de mujeres, y en especial de una mujer en concreto. Con gesto algo angustiado salió de la Univerzita en busca de su encargo.

Entró en un supermercado camino del hotel. Cogió una pequeña cesta y buscó por los pasillos sintiéndose como Patton explorando el desierto. Finalmente lo encontró, y no supo qué hacer. Frente a él se extendía una estantería de cinco baldas desde el suelo hasta su cabeza llenas de cajas de artículos de higiene femenina. Y él no sabía ni por dónde empezar. Estuvo unos minutos observando cuidadosamente, cogiendo una caja y dejándola a continuación.

Dos cajeras lo observaban de forma curiosa.

—¿Crees que será algún tipo de fetichista raro de esos? —comentó la más joven a la otra.

—No creo. No tiene pinta. Yo más bien me inclino por que su mujer le ha enviado a comprar algo que ni siquiera sabe lo que es.

En ese momento Sasuke, como no se decidía por ninguna, porque todas las cajas le parecían iguales, optó por lo que hacía siempre: elegir la más cara. Aun así, dudando, cogió el móvil y le sacó una foto a la caja en cuestión. Escribió un mensaje y se lo envió a Sakura con una gran sonrisa de satisfacción adornándole el rostro.

Sakura cogió su móvil al recibir un mensaje. Lo abrió y se quedó mirando la foto con gesto incrédulo a la par que enfadado. Debajo de una fotografía de una caja de compresas para pérdidas de orina había un texto: Estas te sirven, ¿no?

Sasuke abrió el mensaje de respuesta y su gesto sonriente cambió de forma radical: ¡Como me traigas ESO te lo comes!

Las cajeras habían dejado de atender sus tareas para observarlo todavía con más curiosidad.

—¿Acaba de hacer una foto?

—Eso creo —contestó su homóloga.

Ambas escucharon maldecir a Sasuke muchas veces y en muchos idiomas. Finalmente la mayor de las dos, con gesto resignado, se levantó y se dirigió hacia él.

—¿Necesita ayuda?

—¿Cómo dice?

—¿Qué es lo que busca exactamente?

Y Sasuke, tragándose su orgullo y con las orejas totalmente rojas, respondió de forma apresurada:

—Tampones, y compresas extrafinas. Y sin alas. —Y luego, acordándose de ser educado, añadió—: Por favor.

La cajera se agachó y cogió varias cajas sin dudar ni un solo momento. Las dejó caer en la cesta con habilidad.

—Su mujer, ¿verdad?

—Hummm.

Ella rio.

—¿Necesita algo más?

—Sí. Chocolate.

—Está al fondo del segundo pasillo. ¿Quiere que lo acompañe?

—No será necesario. Gracias —contestó Sasuke alejándose rápidamente.

Pero frente al stand del chocolate volvieron a asaltarle las dudas. «¿Cómo es posible que haya tantas variedades? Si el chocolate es chocolate y ya está». Ahí no lo pensó mucho, cogió una tableta de chocolate con leche, otra de almendras, otra de pistachos, otra rellena de fresa... «No, esa no, que no le gusta». La dejó y la cambió por otra rellena de naranja. «¿Le gustará la naranja? Bueno, si no ya me lo comeré yo». Y otra rellena de menta. «Esta seguro que sí le gusta». Y como no le pareció suficiente compró una caja enorme de bombones. Por lo menos así tendría donde elegir.

Pagó todo bajo la sonrisa cómplice de ambas cajeras y se dirigió con paso rápido al hotel.

Sakura ya lo había visto llegar por la ventana, así que lo estaba esperando en el centro de la habitación. Sasuke entró y se la quedó mirando. Abrió los ojos desmesuradamente. Su pelo, otra vez rizado, estaba recogido en una especie de moño sobre la cabeza, sujeto con dos lápices que sobresalían como los cuernos de un demonio. Su rostro estaba pálido y tenía profundas ojeras bajo los ojos. Y temblaba, temblaba de furia porque apretaba contra ella los pequeños puños como si estuviese pensando en estrangularlo.

—Aquí tienes —farfulló Sasuke tendiéndole la bolsa, pero sin acercarse demasiado a ella. Por un momento se preguntó si sería todos los meses así. Pero no, no era todos los meses así, y Sasuke lo iba a averiguar en un momento.

—¿Quién te has creído que eres? —preguntó ella arrancándole la bolsa de las manos.

—¿Yo? —inquirió él dudando.

—Sí, tú. ¿¡Cómo te atreves a registrar mi neceser y mi bolso y quitarme todas las pastillas que llevaba encima!?

—Porque es lo que tenía que hacer —respondió él sin avergonzarse en absoluto. Lo que hizo que Sakura apretara más los puños y gruñera.

«¿Ha gruñido?», se preguntó Sasuke desconcertado. Frente a él tenía a Medusa con un ataque de furia y estaba empezando a darse cuenta.

—¿Crees que me voy a colocar con una aspirina?

—Yo... no estaba muy seguro, así que tiré todo.

—¿Todo? Yo te mato. ¿Sabes por lo que estoy pasando?

—Emmm... En realidad no. ¿Es muy duro? —preguntó él rascándose la barbilla.

—¡Arggg! ¡Hombres! ¿Te han dado alguna vez una patada en los testículos?

Sasuke abrió los ojos y luego los entrecerró frunciendo la boca.

—Sí —afirmó mascullando y recordando cómo dolía.

—Pues yo me siento exactamente así, y no tengo ningún analgésico. Nada. Nada. Por tu culpa.

—No pienso darte ninguna pastilla, Sakura, pero dime si puedo hacer algo que te alivie —aventuró intentando calmarla.

—Sí, puedes hacer una cosa.

—¿El qué?

—Desaparecer de mi vista. Para siempre —contestó ella con la bolsa firmemente sujeta entre las manos. Y entró en el baño cerrando con tanta fuerza la puerta que hasta tembló la pared.

Sasuke no pensaba desaparecer, porque sabía cómo se sentía ella. Estaba mal, bastante mal, y estaba empezando a acusar el encierro y la falta de drogas. Y no le iba a fallar, así que se dirigió al salón, sacó su iPod del maletín y lo conectó a los altavoces. Estaba siguiendo un antiguo y sabio consejo: la música amansa a las fieras. Y Sakura ahora mismo era una pantera enjaulada. Se quitó la chaqueta del traje, se deshizo de la corbata y se quedó esperándola escuchando su música preferida.

Sakura salió del baño e, ignorándolo, se sentó en el sofá, rebuscó en la bolsa, sacó el chocolate y bufó al hacerlo. «¿Naranja? Pero mira que será remilgado. ¿Menta? ¡Bah! No hay nada más cursi». Desechó por completo la caja de bombones y atacó la más simple y la única que en realidad le gustaba, la de chocolate con leche. Porque Sakura, aunque Sasuke todavía no lo sabía, era una mujer de gustos sencillos, por lo menos en cuestión de comida. De hombres... eso ya era otra historia. Empezó a comer y al momento notó como se tranquilizaba, por lo menos lo suficiente como para volver a mirarlo.

—Veo que no te has ido.

—No lo pienso hacer.

—¿Por qué?

—Porque prometí ayudarte. Y eso es lo que voy a hacer.

Sakura volvió a gruñir y fijó su vista en un punto cualquiera de la pared. Luego cerró los ojos y escuchó.

—¿Vangelis? —preguntó.

—La banda sonora de Miami Vice.

—No fastidies.

—No. Es verdad. Aunque tú eres demasiado joven como para recordarla. —Él sonrió.

—Es muy bonita. Relajante incluso —dijo terminándose la tableta ante la mirada divertida de Sasuke.

La música cambió y por los altavoces sonó la melodiosa voz de Loreena Mckennitt. Ella lo miró ahora más detenidamente.

—Tienes buen gusto para la música.

—También para otras cosas, Sakura.

Ella ignoró su comentario.

—¿Cuál es? No la reconozco.

—Never Ending Road.

—Es preciosa.

—Ven —exigió él acercándose y levantándola.

—¿Qué haces?

—Bailar. ¿No has bailado nunca?

—No. Sí. No desde... —Dejó la frase sin terminar y él adivinó por qué.

Sasuke la cogió y la abrazó con fuerza, con demasiada fuerza. Ella intentó pasar los brazos por su cuello, pero no llegó.

—Inclínate, Sasuke, eres demasiado alto.

Él sonrió y miró sus pies desnudos.

—Súbete.

—¿Dónde?

—A mí —afirmó él, y la alzó en brazos hasta posarla en sus zapatos. Ella se tambaleó un momento y se sujetó con más fuerza. Ahora sí que llegaba a su cuello. Con un suspiro se dejó caer sobre su pecho. Y él susurró a su oído como otro hombre había hecho hacía ya mucho tiempo: «Todos los caminos conducen a ti, este es un viaje que no tiene final... Aquí está mi corazón y te lo doy a ti...». Sakura sintió que lágrimas ardientes asomaban a sus ojos, y no supo si era por el pasado o por el presente. Las manos de Sasuke le acariciaban la espalda con ternura y ella se deslizó hacia un estado de semiinconsciencia, que se vio bruscamente interrumpido cuando la canción terminó y cambió a otra completamente diferente. Ella lo aprovechó y se separó de él. Compuso el gesto y lo miró. Sasuke la estaba observando intensamente con los ojos súbitamente oscurecidos y ella no supo muy bien cómo reaccionar.

—¿ABBA? —preguntó.

—Sí —contestó él perdido en su mirada.

—¿Chiquitita? Por los dioses del Olimpo, Sasuke, a veces eres extremadamente...

—¿Cursi? —él terminó su frase.

—Sí. —Sonrió ella. Pero él no le devolvió la sonrisa. Se giró y se encaminó hacia la ventana. Se quedó de espaldas a ella observando el cielo cambiante de Praga refulgiendo sobre los tejados frente a ellos.

—¿Qué ocurre? —Sakura se acercó y se quedó justo a su espalda.

Sasuke suspiró fuertemente.

—Esta canción me la cantaba mi madre al acostarme. Primero a mí y luego también a mi hermano. Él tiene solo dos años menos que yo. Me recuerda a ella. Cantaba realmente mal, pero para mis oídos era música celestial. Aunque la canción estaba dirigida a una mujer, eso no me importaba. La letra siempre me pareció adecuada para cualquiera. Pero eso ocurría solo en las escasas ocasiones en las que no estaba aquejada de uno de sus numerosos dolores de cabeza.

—¿Tu madre estaba enferma?

—Sí. No. En realidad, era alcohólica. O como lo definía ella, era una bebedora social. Todavía recuerdo estar asomado a la barandilla de la escalera de madera viendo cómo recibía a sus invitados y cómo bailaba y reía. Yo era demasiado pequeño para entenderlo, a mí me parecía preciosa. Era muy alta, blanca, con ojos negros y siempre tenía la atención de varios hombres sobre ella. Creo que eso fue lo que atrajo a mi padre. Ella provenía de una familia aristocrática pero empobrecida, escocesa, cerca de Inverness. Nunca había vivido en Londres hasta que se casó con él, y sin embargo se adaptó a la vida en la ciudad como una verdadera cosmopolita.

—¿Qué ocurrió? —Sakura habló susurrando, temiendo interrumpirlo. Sasuke tenía la mirada perdida en el exterior y hablaba sin dirigirse a nadie en particular.

—Al principio solo era en las fiestas o los cócteles, luego comenzó a beber a diario. Una copita de jerez, decía, antes de las comidas. Un martini, después. Un combinado por la tarde. Y al final de la noche alguien siempre tenía que acostarla. No estoy seguro de por qué lo hacía. En cierto modo creo que fue porque no era feliz, aquella no era su vida, mi padre estaba siempre fuera en viajes de negocios, y mucho me temo que la engañaba, y ella lo sabía. Nunca lo llegué a saber a ciencia cierta. Quizá ninguno de nosotros la hacíamos feliz. Cuando ya era lo suficientemente mayor como para comprender ciertas cosas, me alejaron de la casa familiar para internarme en Eton y de allí pasé directamente a Oxford. La veía en las vacaciones escolares, y aunque ella se esforzaba por estar sobria, yo ya me daba cuenta de que en realidad tenía la mirada perdida de todos los alcohólicos, como si ya nunca fuese la misma persona. Mi madre había desaparecido dejando paso a un fantasma, a una carcasa hueca que se esforzaba en atendernos, al menos el tiempo que estábamos con ella, pero que respiraba aliviada cuando volvíamos al colegio. Murió hace cinco años. Ya te lo dije.

—Sí. Lo recuerdo. Pero ¿por qué dices que no pudiste salvarla? Tú eras solo un niño, ¿qué podías hacer?

Un gemido brotó de la garganta de Sasuke, sobresaltando a Sakura.

—Cuando fui lo suficientemente adulto la llevé a un centro de desintoxicación. Era obstinado y terco, pero no contaba con que, para que ese tipo de terapias funcionen, la persona tiene que quererlo, desearlo incluso, porque de otro modo son inútiles. Ella no lo quería, y al poco de salir recaía. Una y otra vez. Los últimos años quedaba con ella los jueves de cada semana para almorzar juntos. Por lo menos, aunque no viviera en casa de mis padres, quería estar al tanto de cómo se encontraba. Aquel jueves ella no acudió y yo estaba demasiado enfadado pensando que había vuelto a emborracharse y olvidarse de acudir, como ya había hecho otras veces. Así que, en vez de ir a buscarla, decidí por mi cuenta y riesgo olvidarme del tema, creyendo que así le daba una pequeña lección.

Sasuke hizo una pausa y suspiró profundamente.

—Pero la lección la recibí yo. La encontró al día siguiente el ama de llaves tirada en el suelo, rodeada por un charco de sangre. Se había caído por la escalera golpeándose la cabeza. Estaba borracha, sí, pero también estaba vestida para salir a nuestro encuentro de los jueves. Si hubiera ido a buscarla la habría salvado. Pero no lo hice. Estaba harto de tanta excusa y de sentirme abandonado frente a una silla vacía. —El tono de Sasuke estaba tiznado de dolor, pero en él también estaba implícita la culpa que nunca desaparecería del todo.

Sakura lo abrazó rodeando su amplio pecho con sus delgados brazos y apoyó el rostro en la espalda de él, justo sobre el tatuaje del Arcángel Miguel. Él sacó las manos del bolsillo de su pantalón del traje y se las cogió entre las suyas.

—Lo siento, Sasuke. No sabes cuánto lo siento. He sido una tonta todo este tiempo. Perdóname. Lo intentaré. Lo prometo. Dejaré de hacer tonterías.

Él no contestó, pero se llevó sus manos a la boca y las besó con cariño. Y a Sakura no se le ocurrió otra forma mejor que consolarlo que haciendo una de las cosas que mejor sabía. Y titubeando al principio, y con más fuerza a medida que iba recordando la letra, cantó a su espalda la bonita canción Chiquitita, solo para él: «Chiquitita, tú y yo sabemos, que las penas vienen y van y desaparecen, otra vez vas a bailar y serás feliz como flores que florecen. Chiquitita, no hay que llorar, las estrellas brillan por ti allá en lo alto. Quiero verte sonreír, para compartir tu alegría, chiquitita...». Cuando terminó, Sakura notó como el cuerpo de Sasuke temblaba y lo abrazó con más fuerza, apoyando otra vez el rostro en su espalda, sintiendo su calor y su fuerza. De la garganta de él brotó un ronco sollozo. Se volvió hacia Sakura, le levantó el rostro y mirándola entre lágrimas le dio un beso en los labios.

—Gracias —murmuró. Y salió del salón para ir a encerrarse en el baño.

Sasuke se quedó unos instantes mirando su reflejo en el espejo. Odiándose a sí mismo. Y a la vez sin entender por qué ella no lo odiaba también. Desde que murió su madre había recibido palabras de consuelo de todos los que lo rodeaban, pero nunca nada tan sincero como lo que le había ofrecido ella. Una idea cruzó su mente como un destello. «Ella es como un ángel. No hay nada malicioso en todo su pequeño cuerpo». Y se dio cuenta de que iba a ser muy difícil separarse de ella dentro de cuatro semanas. Porque ella no lo amaba. Nunca lo amaría. Y eso era mucho más doloroso que la culpa que lo ahogaba desde hacía cinco años, y de la que había intentado huir desde entonces. Nunca había contado a nadie lo que sucedió realmente, y no llegaba a entender del todo cómo había podido sincerarse con ella. Pero había surgido de forma natural, porque con ella era así, no había dobles sentidos ni estrategias.

Tenía el día del funeral de su madre grabado a fuego en su mente. Había acudido toda la sociedad londinense a rendirle el último tributo. Falsos e hipócritas, chismorreando entre susurros el suculento cotilleo que había supuesto su muerte. Sasuke apenas pudo soportarlo. Recordaba haber apretado los puños con tanta fuerza que creyó partirse los dedos en el esfuerzo de no agredir a nadie. Cuando todos los asistentes por fin abandonaron la casa familiar, él se dirigió a la cocina y se sirvió un vaso largo de whisky. Se lo tomó de un sorbo y tiró el vaso contra la pared haciendo que este se rompiera en mil pedazos. En ese momento entró su hermano y se quedó mirándolo con una expresión ausente que él reconoció al instante.

—¿Cómo te atreves a presentarte en el funeral de mamá drogado, Itachi? —le dijo bruscamente.

—¿Quién eres tú para juzgarme? Ah, sí, el famoso y admirado catedrático de Oxford. Perdona, tu aura por un momento me había deslumbrado —contestó su hermano a su vez.

—Vete a la mierda, gilipollas —exclamó Sasuke hastiado.

—Ahí es donde estoy desde hace algún tiempo. Lo que tú no paras de señalar.

—¿Es que no te das cuenta de lo que estás haciendo? ¿No ves cómo ha terminado mamá? —Sasuke intentó suavizar el tono.

—Sí, lo sé. Como también sé que ese día había quedado contigo y que tú no viniste a buscarla. Si lo hubieras hecho quizá no tendríamos esta conversación. Pero claro, tú eres tan perfecto, que ver cómo otras personas no están a tu altura no lo puedes soportar, ¿es eso no? —inquirió su hermano ceceando ligeramente—. ¡Oh! ¡Claro que es eso! Sabes que podías haberlo evitado y no lo hiciste.

A Itachi , en un estado en el que la realidad que lo rodeaba le era tambaleante y dispersa, no le dio tiempo a ver cómo el puño de su hermano mayor se dirigía justo a su cara. Solo cuando este estalló en su rostro le dio tiempo a farfullar algo incoherente, antes de caer al suelo, golpeándose con la mesa de mármol siciliano.

—¡Joder! —aulló. Se levantó de un salto y arremetió contra su hermano de cabeza, hincándosela justo en el estómago y haciendo que Sasuke retrocediera por el impacto hasta golpearse contra una vitrina donde guardaban la cristalería de Bohemia, que estalló en mil pedazos e hizo que ambos cayeran al suelo en un revoltijo de cuerpos y cristales rotos.

Su padre, ante el estruendo, entró rápidamente en la cocina. Se acercó a ellos y los intentó separar utilizando toda su fuerza.

—¿Es que ninguno de los dos tenéis respeto por vuestra madre? —gritó.

Ambos se levantaron sacudiéndose la ropa, en la que habían quedado prendidos pequeños trozos de cristal como lágrimas de diamante.

—¿La tuviste tú, padre? —abroncó Sasuke de repente.

—No te atrevas a hablarme así.

—Hablaré cómo me dé la gana. Ya no soy un niño al que puedas mandar lejos de aquí para que no vea lo que está sucediendo.

Su padre boqueó y enrojeció de repente.

—¡Fuera de aquí! ¡Los dos! ¡Ahora mismo!

—Con mucho gusto, padre —contestó Sasuke con voz tranquila. Ayudó a su hermano y lo arrastró fuera del domicilio familiar. Una enorme casa en las afueras de Londres, que había sido la tumba de su madre en vida. Aquella vez fue la última que Sasuke volvió allí, y también la última que tuvo contacto con su padre.

En el jardín ambos hermanos se miraron.

—Lo siento, Sasu, no tenía derecho a decir lo que dije —se disculpó Itachi.

—No importa, Itachi. Sé que no eres tú mismo. Sabes que necesitas ayuda, ¿verdad? —afirmó Sasuke.

Su hermano comenzó a llorar calladamente.
Sasuke lo atrajo hacia él y lo abrazó.

—Ya está —le dijo—. Entre los dos buscaremos esa ayuda, ¿de acuerdo?

Su hermano asintió con la cabeza. Luego se separó un poco y lo miró a los ojos.

—Joder, Sasu, era mamá, era mamá, ¿lo sabes?

—Lo sé —contestó simplemente Sasuke.

Sasuke se frotó furioso el pelo con una toalla cuando salió de la ducha, dejándoselo la mayoría de punta, y se puso unos bóxer grises como única ropa. Esa noche nada le importaba. Abandonó el baño y vio a Sakura esperándolo en la cama.

—Ven —le instó ella.

Él se acercó y se tendió a su lado.

—Abrázame —pidió Sakura.

Él lo hizo sin rechistar y siguió en silencio.

Sakura apagó la luz y se acomodó junto a su cuerpo. Sasuke le puso una de sus enormes manos justo en su vientre plano y ella posó la suya, mucho más pequeña, sobre la de él.

—Necesito tu calor. Necesito tu contacto —le dijo.

Y ambos se abandonaron al sueño.