CAPÍTULO XII
Si Temari pensaba que las cosas después de aquello iban a ser más sencillas, se equivocó totalmente, sobre todo cuando al día siguiente, al bajar con Karin, vio a una nueva invitada. Hacía cuatro años que no la veía, cuatro años en los que había tenido tiempo de pensar en el porqué de su traición, en por qué su propia sangre la odiaba hasta tal extremo de partirle la vida en dos.
Su hermana Samui Sabaku hablaba con familiaridad con Kin Tsuchi. Estaba claro que se conocían de antes, y aquello no hacía sino incrementar su agonía. Kin Tsuchi era una mujer muy bella y casi todos los Highlanders allí reunidos habían mostrado algún tipo de interés. Sin embargo, Temari desconfiaba de ella. La había visto lanzar algún que otro comentario velado e hiriente a otras de las invitadas más tímidas o menos agraciadas y se había ganado su antipatía. Si Temari había algo que no soportaba era a las personas que pensaban que podían dañar a otras por el simple placer de poder hacerlo, las que se sentían superiores y querían demostrarlo a base de avasallar y dañar a otros. La injusticia hacía sacar lo peor de Temari y Kin Tsuchi estaba haciendo méritos para que ella estallara. Eso, unido al constante interés de Kin en Naruto, hacía que quisiera estrangular a la dama en cuestión. Aunque eso lo tenía superado, se dijo interiormente. Lo que no tenía superado era ver a Samui después de todo lo que había pasado.
Su expresión tuvo que cambiar porque Karin la tomó por el brazo parándola de golpe.
—Quizás no haya sido buena idea que bajaras, te has puesto blanca de nuevo. ¿Estás mareada? ¿Voy a buscar a Naori? —le preguntó su prima con cara de preocupación.
Temari la miró con tranquilidad y esbozó una pequeña sonrisa.
—No es por lo que crees. Acabo de ver a una nueva invitada y es Samui.
Karin la miraba con cara de no entender nada.
—¿Samui? ¿Qué Samui? —Entonces los ojos de su prima se abrieron como platos—. ¿Tu hermana Samui? ¿La que no me has contado qué te hizo exactamente, pero que te traicionó de la peor de las maneras y a la que odiamos por ello? ¿A la que pienso estrangular en cuanto le ponga las manos encima? ¿Esa Samui?
Temari no pudo menos que volver a sonreír cuando Karin hizo su fervoroso discurso.
—Esa misma, pero tendrás que ponerte a la cola. Primero la estrangulo yo. Y encima está hablando con Kin Tsuchi. Creo que se conocen.
Karin hizo un bufido poco femenino.
—No me extraña, las alimañas se reconocen entre ellas.
Temari hizo una mueca e Karin soltó una risilla.
—Vale, ahora vamos a cruzarnos con ellas. En algún momento hay que hacerlo y no vamos a postergarlo. Lo que quiero es que pongas tu mejor sonrisa y seas toda amabilidad.
Karin negó con la cabeza antes de hablar.
—Todavía tienes fiebre si crees que soy capaz de hacer eso.
Karin la miró alzando las cejas cuando Temari la miró reprendiendo esa actitud.
—¡Qué! Esas dos juntas son peor que las siete plagas de Egipto —Karin supo que tenía que explicarse cuando vio la expresión de Temari—. El padre Ebizō es muy estricto en cuanto al conocimiento de las sagradas escrituras.
—Te lo voy a decir de otra manera. Si vas ahí y ven tu malestar, Kin disfrutará y mi hermana sabrá que todavía tiene poder sobre mí para hacerme daño, así que si yo puedo, tú puedes.
Karin la miró con admiración y reconoció a su pesar que tenía que hacerlo. Negarle a su prima lo que le pedía, no beneficiaría a Temari y sería egoísta.
—Sabes que te quiero mucho ¿verdad? Estoy orgullosa de que seas mi hermana mayor, porque esa bruja perdió su derecho y ahora lo tengo yo. Así que haré lo que me pides, no puedo negarme. Si hace falta me morderé la lengua y pondré mi mejor sonrisa.
Temari la miró con todo el cariño que le profesaba. Ella pensaba lo mismo y sentía igual, que Karin era su hermana, esa hermana que creyó tener una vez, pero que resultó ser una mentira.
Temari e Karin se dirigieron hacia la entrada. Antes de llegar a su altura, la voz de su hermana, apenas audible en un susurro de sorpresa, estrangulado y casi irreconocible, hizo que ambas miraran en su dirección.
—¿Temari? —preguntó Samui sorprendida y conmocionada de verla allí.
—¿Os conocéis? —preguntó también sorprendida Kin.
Temari se acercó con Karin a su lado, y cuando llegó junto a su hermana inclinó la cabeza en señal de saludo. Sintió a Samui tensarse cuando estuvo a escasos metros de ella, como si el mero hecho de que estuviera cerca le diese asco. Sí, era posible que sintiese eso por ella, porque su odio quedó claro en el pergamino que le mandó hacía más de tres años. No le bastó traicionarla, sino que después tuvo que contarle la magnitud de su traición y de lo mucho que lo había disfrutado, como si su venganza no fuese completa hasta que ella lo supiera y fuera consciente de su éxito. Y así había sido. Temari no hubiese sabido nunca cómo era en realidad su hermana, todo lo que había hecho para dañarla si no hubiese sido por aquellas líneas escritas.
—Hace mucho tiempo, Samui —dijo Temari con frialdad.
Esa frialdad, esa falta de reacción le dolía a pesar de todo lo que había pasado porque una pequeña parte de ella quería reconocer en aquella mujer que tenía delante a su hermana, a la niña que había crecido con ella y a la que había querido y protegido. Samui era dos años menor que ella y, aunque la diferencia era poca, Temari siempre la defendió del mal humor de su padre, de su violencia y de la indiferencia de la madre de ambas. Intentando siempre protegerla de todo aquello, que dolía y mucho, y que siempre disimuló y disfrazó por Samui.
Sin embargo, no podía perdonarla. Lo había intentado, pero después de lo que hizo, después de provocar casi su muerte y la de lo más preciado para ella, después de conseguir que Naruto desapareciera de su vida, de ponerla a merced de la furia y la violencia de su padre, del destierro, del dolor. No, no podía olvidarlo.
Ella mató muchas cosas en la vida de Temari. Entre ellas, el amor por su familia y su hermana.
—Somos hermanas —dijo Temari mirando a Kin.
Vio la confusión de esta a la vez que miraba a Samui y a ella alternativamente, como si todavía no lo creyera.
—No sabía que ibas a venir —dijo por fin Samui, que hasta ese momento parecía incapaz de articular una palabra, recelosa por la reacción de Temari al verla. Vio el miedo en sus ojos al observarla como si estuviese esperando el estallido por parte de su hermana, la condena por todo lo que le había hecho.
—Ni yo tampoco que ibas a venir tú —contestó Temari.
Y entonces Karin no pudo morderse la lengua.
—A veces vivir en la ignorancia es una bendición.
La cara de Samui y Kin era todo un poema.
Temari miró a Karin y, esta cuando vio la reprimenda en su mirada, esbozó rápidamente la sonrisa más forzada que jamás se hubiese visto.
Temari se quedó mirándola fijamente, con claro gesto de «¿en serio?» antes de continuar con la pequeña farsa.
—Samui, te presento a nuestra prima Karin, hija de nuestra tía Fusō.
Karin enarcó una ceja en dirección a Temari cuando escuchó su presentación diciendo claramente «¿en serio tú también?».
—Encantada de conocerte —dijo Samui, a lo que Karin respondió con un gesto con la cabeza y el gruñido de un perro rabioso con afonía.
Ni muerta le decía a esa que también se alegraba de conocerla, se dijo Karin, que no dejó la sonrisa en ningún momento. Estaba haciendo un gran esfuerzo. Temari no podía exigirle nada más, ¿verdad? Suficiente que no le había arrancado la cabeza a esa sanguijuela de Samui Sabaku.
Temari vio la mirada especulativa de Kin evaluando y sacando la acertada conclusión de que entre las hermanas no había una buena relación. El silencio se hizo tenso hasta que pareció quebrarse y volverse incómodo.
—Nos veremos más tarde, sin duda. Karin y yo vamos a dar un paseo. Si nos disculpan —dijo Temari despidiéndose de ellas y encaminándose con Karin hacia la puerta principal del castillo.
—¿Vamos a dar un paseo? Creía que íbamos a sentarnos un rato. Todavía no estás bien.
Temari aceleró el paso.
—Créeme, estoy bien y necesito salir, necesito sentir el aire fresco. Aquí no puedo respirar.
—Está bien, está bien, vamos fuera —se apresuró a contestar Karin cuando vio la cara de su prima—, pero espérame un momento. Subiré por algo para abrigarnos. Hace un poco de frío.
—Te esperaré en los establos —contestó Temari, que no quería seguir allí dentro ni un momento más—. Hace dos días que no veo a Radge.
Karin la miró viendo en los ojos de Temari cierta preocupación.
—Radge está bien. Sabes que Yahico no dejaría que le pasase nada.
Yahico, uno de los hombres de confianza de su cuñado Ise, se había quedado con ellas, y aunque había respetado la intimidad de ambas para que pudieran integrarse bien entre todos los asistentes a la reunión, siempre estaba pendiente. Sino encontrándose en la misma sala, merodeando por los alrededores, hasta que Temari habló con él. No había ningún peligro allí y el hecho de que estuviese tan cerca de ellas mandaba el mensaje de que no confiaban en Suigetsu Hōzuki para la salvaguarda de sus invitados.
—Efectivamente, no confío. No lo conozco de nada —le había dicho a Temari con cara de no admitir réplica alguna.
—Yahico, no queremos iniciar una guerra, más bien, salir ilesos de estos días y volver a casa así que, por favor, yo prometo no ir a ningún lado sin decírtelo y tú prometes alejarte un poco para que podamos respirar, ¿vale?
Yahico había asentido porque sabía que Temari no le ofrecería nada mejor, y aquella mujer era de armas tomar, así que, aunque estaba cerca, cuando ellas no salían del castillo iba a ayudar a los hombres del pueblo con la reconstrucción de algunas casas que habían sufrido daños por las lluvias semanas atrás. Se había ofrecido cuando vio en uno de sus paseos los estragos hechos por las tormentas recientes y, aunque reticentes, los hombres aceptaron su ayuda cuando vieron dos pares de brazos fuertes. Era más que evidente que las gentes del clan Hōzuki, a pesar de su buena disposición, no estaban felices de tener a todos aquellos foráneos allí. No todos eran iguales, pero algunos de los Highlanders, incluso de las damas no habían tratado con la consideración adecuada a los Hōzuki. Suigetsu había dejado claro que no iba a permitir ninguna trasgresión, ninguna falta de respeto hacia su gente, hacia su clan, pero había formas veladas para quebrantar la buena educación sin llegar a ser insultante y unos cuantos de los que estaban allí eran verdaderos artistas en ello.
Temari dejó de pensar en Yahico y en lo que le había dicho Karin en cuanto entró en el establo después de cruzar el patio. El día estaba nublado y unas nubes hacían presagiar lluvia, sin embargo el ambiente no era tan frío como había imaginado, y el sentir el aire limpio después de dos días de encierro había inundado sus sentidos con apabullante necesidad.
Miró al fondo, donde estaba Radge. Parecía algo nervioso. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, este se movió rápido, inclinando el cuello y buscando el contacto de su mano.
—Hola, corazón, ¿Cómo estás? Nervioso, ¿eh? No te preocupes, mañana tú y yo saldremos a dar un paseo.
Radge parecía entender a Temari, que al decir las últimas palabras recibió en compensación un cariñoso achuchón extra del mismo.
—Yo también te quiero, grandullón.
—Es un caballo precioso.
Temari se volvió rápido cuando la voz suave y aniñada resonó a sus espaldas. Había creído estar sola, pero cuando se volvió, un par de ojos enormes la miraban tímidamente.
—Sí que lo es, pero yo no soy objetiva. No puedo, me tiene ganado el corazón.
El dueño de esos ojos, un niño que no alcanzaría los diez años, esbozó una verdadera sonrisa.
—No me extraña, señora. Es uno de los caballos más bonitos que he visto nunca.
Radge lanzó un relincho.
—Radge te da las gracias.
El pequeño soltó una carcajada.
—Pero no nos han presentado. ¿A quién tengo el honor de conocer? —preguntó Temari.
El niño se ruborizó de pronto, evidenciando su timidez. Temari decidió presentarse ella primero para hacer que el pequeño dejara de sentirse tan cohibido.
—Temari Uzumaki —continuó, esperando que el niño se animara a decirle su nombre.
Las mejillas del pequeño se colorearon aún más, mientras sus pies parecían no poder permanecer quietos.
—Haku Momochi.
Temari sonrió.
—Encantada, Haku Momochi. Imagino que te gustan los caballos por lo que acabas de decirme y que sabes mucho de ellos —continuó Temari.
—No, señora. No sé mucho, pero sí que me gustan y soy el que me encargo de limpiarlos y estar pendiente de ellos. El Laird Momochi me ha traído para eso.
Temari pensó en el jefe del clan Momochi. Ese hombre no le gustaba. Su furia incontrolable y su falta de respeto eran sus cualidades más destacables, por lo menos las que ella había podido observar desde su llegada.
—Bueno Haku, ese es un trabajo de responsabilidad. Está claro que confían mucho en ti.
Temari vio cómo el chico volvía a ponerse rojo y se le hinchaba el pecho de orgullo por las palabras que había escuchado de labios de ella.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó convencida de que era muy joven.
—Siete, señora.
Ahí estaba, tenía razón, pero para sus siete años el chico era muy espabilado y un cielo.
—¿Le echarás un vistazo a Radge de mi parte cuando no pueda estar con él?
—Por supuesto, señora. Será un honor.
—Muchas gracias, Haku. Es muy amable por tu parte.
El chico asintió antes de volverse y marcharse a toda prisa. Temari no pudo evitar sonreír. Le caía muy bien Haku.
Cuando se giró para salir, otro caballo le dio un suave golpe en el hombro con la quijada.
Temari se volvió y una triste sonrisa acudió a sus labios.
—Hola, Bribón —saludó mientras le tocaba entre las orejas y le acariciaba lentamente—. Pensé que ya no te acordarías de mí, hace mucho tiempo —continuó Temari mientras le miraba a los ojos. El pelaje negro con una mancha blanca entre ellos le hacía inconfundible—. Te he echado de menos.
—Él también. Siempre tuvo debilidad por ti.
Temari dio un salto cuando la voz de Naruto resonó fuerte detrás de ella.
