30. Escolta
Hundir un barco portaaviones, el más poderoso de los buques de guerra, no era tarea fácil. Para muchos, podría ser calificado como una misión suicida.
Y es que antes de lanzar un ataque abierto en solitario contra él, debías vértelas contra los cruceros, destructores y submarinos que lo protegían.
Por supuesto, si hacías saltar las alarmas mientras te ocupabas de su escolta, el ejército que contenía el portaaviones se te vendría encima.
Era casi con toda seguridad una misión suicida para cualquiera, menos para su Deathscythe.
—¡El silencioso Dios de la Muerte ha venido a visitarlos! —exclamó, mientras eliminaba el último submarino.
Antes de eso, se había dado el gusto de arrastrar a todos los barcos de apoyo al fondo de mar, sin hacerlos explotar. No quería alertar ni al personal del portaaviones ni a Heero.
—Parece que fui el primero en llegar —celebró, cuando puso un pie en la superficie del objetivo y no había señales de su compañero por ninguna parte.
Explotó unos cuántos mobile suits para apurar su llegada. Nada saldría como lo planeó si él no llegaba pronto.
