CAPÍTULO 30

María

—Kurt Hummel al habla.

—Oh dios, al fin…

—Espero que sean muy buenas noticias, porque esas 17 llamadas que tengo perdidas, casi me provocan un ataque de ansiedad.

—Siento haberte molestado tanto, pero necesitaba hablar —se excusó—. ¿Dónde diablos has estado?

—Con James. Fuimos al norte y olvidé mi teléfono en casa. Acabo de descubrir las llamadas. ¿Qué diablos te pasa? ¿Dónde estás tú?

—Pues estoy paseando por la calle, buscando algún tipo de distracción o alguna excusa para no comprar un billete de vuelo a alguna isla perdida en el océano, y no volver a aparecer nunca más…

—Uoh… Ok. ¿Quinn te ha descubierto?

—No, aún no. Pero me temo que falta poco para que lo haga.

—¿Qué ocurre?

—Dave.

—¿Quién es Dave?

—El mejor amigo de Quinn, alguien a quien yo también conozco, y que me reconocería perfectamente si me viese.

—¿Y qué sucede con él? ¿Te ha visto?

—No, por ahora.

—¿Por ahora?

—Ayer me enteré por pura casualidad que va a venir el próximo domingo, Kurt, , y no tengo ni idea de lo que voy a hacer para evitarlo.

—Desaparece.

—Oh, cierto. ¿Cómo no lo había pensado antes? —replicó con sarcasmo— Soy Houdini y desaparezco así, sin más.

—Rachel, si no puedes encontrarte con ese chico, tienes que salir de ese apartamento si o si. No te queda otra opción.

—Ese es el problema. Que no tengo otra opción, y no sé cómo hacerlo. Por eso llevo toda la mañana dando vueltas como una idiota por la calle. A ver si por casualidad me viene la inspiración y encuentro una buena excusa

—Eres chef ¿no?

—Chef no, lo que soy es una rata… Dios, Kurt. ¿Qué diablos hago?

—Te han llamado de un restaurante muy importante para hacerte una prueba.

—¿Qué dices? Kurt, no soy chef de verdad…

—Es la excusa, idiota.

—Oh dios… Ok, ok. Si, una oferta de trabajo, una entrevista de trabajo… Eso puede ser una buena idea. Pero… ¿Qué restaurante?

—No sé, cualquiera.

—Ya, y cuando me pregunten cual es el nombre, les digo el primero que se me ocurra, y que el día menos pensado decidan ir —se detuvo—. No, no me vale Kurt. De hecho, te juro que no me sentiría a salvo ni saliendo del apartamento. Esta ciudad tiene algo y constantemente estoy encontrándome agente conocida. Por cierto, gente conocida también tuya.

—¿Mía? ¿Quién está en San Francisco que yo conozca?

—Robert Mcguiver.

—¡No!

—Sí —replicó Rachel—. De hecho, ha estado a punto de fastidiar mi plan en varias ocasiones, porque cada vez que me ve, no se le ocurre otra cosa mas que gritar mi nombre.

—Ese chico tiene el don de la inoportunidad, ya lo sabes. Oh dios, hace meses que no sé nada de él. ¿Cómo…?

—Kurt, no te he llamado para hablar de un antiguo ligue tuyo. ¿Ok? Necesito una solución a mi problema.

—Ok, ok… Centrémonos. ¿Cuánto tiempo va a estar ese chico, Dave?

—Pues no lo sé, pero supongo que varios días.

—Pues entonces la única solución que encuentro es que no dejes rastro de Rachel en el apartamento, y vueles hasta aquí al menos esa semana. Regresa cuando ya sepas que no está.

—¿Volar hasta Nueva York?

—Sí, así evitas problemas y aprovechas para atender los asuntos de Rachel, no de Rebecca. Te recuerdo que aquí tienes una vida.

—Uff…

—Lo que tienes que hacer es averiguar cuántos días va a estar, y así planificas. Que va a estar un par de días, pues te quedas ahí, en cualquier hotel enclaustrada. Que va a estar más días, pues vuelas hasta aquí. No creo que tengas inconvenientes en encontrar billetes de vuelos.

—No es ese el problema, el problema es dejar a Quinn sola.

—No va a estar sola. Va a estar ese chico y estarán tus compañeros.

—Ya, pero resulta que Dana y Michael se marchan mañana de viaje, y vuelven el domingo, el mismo día que viene Dave. No me puedo ir antes, no puedo dejar a Quinn completamente a solas.

—Pues vuelas el domingo.

—Oh, claro ¡qué casualidad! ¿Verdad? —ironizó—. Quinn va a sospechar, Kurt, y lo último que necesito es que ella…

—Vamos Rachel, no seas idiota —le interrumpió—. Se supone que tienes una vida, y ella no va a juzgar cada cosa que hagas. Recuerda que ella no sabe que estás ahí solo por ella. No te compliques, es completamente normal que Rebecca viaje. No tiene por qué levantar sospechas…

—Ya… El problema es que hay algo más, y temo que Quinn realmente empiece a atar cabos.

—¿Algo más? Ok, por el tono que has usado, me temo que esto es mas importante que lo que me has dicho.

—Quinn sabe que Rachel está en la ciudad —le confesó lamentándose.

—¿Qué? ¿Qué dices?

—Hace dos días me escuchó cantar en un karaoke, por culpa de Robert que me incitó a que lo hiciera —se quejó.

—¿Te escuchó? Oh dios… ¿Y tú la viste? Quiero decir, no entiendo que sucedió.

—Al parecer iba paseando y justo pasó por el bar donde yo estaba. Mi suerte fue que iba sola y solo me oyó cantar. Si llega a ir con Dana o Michael…

—¿Y qué hizo?

—Me llamó por teléfono.

—¿A ti?

—A Rebecca. ¿Te das cuenta de lo que eso significa? Me escuchó cantar y llamó a Rebecca, Kurt. Quinn creyó que le estaba mintiendo, que yo realmente soy…

—¿Y le aceptaste la llamada? —le interrumpió de nuevo, y Rachel dejó escapar un sonoro suspiro.

—Salí corriendo y llegué antes que ella al apartamento, no le acepté la llamada porque me hice la dormida, y fue entonces cuando supo que no era Rebecca, sino Rachel, la que estaba en aquel bar.

—Oh dios mío.

—Pero eso no es todo. Quinn, después de toda esa odisea, me llamó. Pero esa vez no a Rebecca, sino a Rachel.

—¿Qué? No me lo puedo creer.

—Me llamó para asegurarse de que era yo, y que estaba en San Francisco. No se lo pude negar y le dije que había venido para unas pruebas de un grupo de teatro, pero que no iba a molestarla.

—Oh dios…

—Aún hay más —le dijo mientras Kurt alargaba el silencio, incitándola a que continuase hablando—. Quinn me habló, me habló como hace años que no lo hace, Kurt. Me habló más de lo habitual, y lo hizo sin discutir. De hecho, me pidió que no le montara un drama, que solo quería poder despedirse de mi como la gente civilizada.

—Creo que empiezo a hiperventilar —espetó completamente sorprendido—. Rachel, ¿me estás diciendo que Quinn fue amable contigo? ¿Con Rachel? ¿Justo ahora que Rebecca está en su casa? Dios, esto es una locura. Deberías largarte de ahí, ¡ya! La estás influenciando…

—No, no la estoy influenciando. Quinn no me quiere ver, me dijo que hiciera mi vida, que ella iba a hacer la suya y ya está. Que no podíamos seguir discutiendo, pero que no íbamos a ser amigas.

—Ok. Eso suena mas a ella. Y no debería sorprenderte. Ya sabias lo que Quinn pensaba sobre vuestra amistad.

—Lo sé. Pero algo en mi ha cambiado, Kurt. No, no me siento bien siguiendo con esto. Es una locura. A lo máximo que puedo aspirar con Quinn es a que me diga precisamente lo que me ha dicho, que me perdona, pero que no quiere saber nada de mí. Y me duele descubrirlo. Me duele, y hace que no actúe como debería. Yo, yo me estoy convirtiendo en un ser despreciable. Son, son tantas mentiras.

—¿Ahora te das cuenta? Vamos Rachel, te lo he dicho miles de veces, lo que haces, está bien, porque quieres ayudarla. Y ver que dejas todo por ella es digno de alabar, pero, estás mintiéndole. Y no solo a ella, también a ti, y no es justo para ninguna de las dos.

—Pero Quinn sigue necesitando ayuda —respondía completamente abatida—. No puedo abandonarla ahora.

—Te van a descubrir. ¿Te compensa todo eso?

—¿Y qué hago? Todo va a estar mal, Kurt. Tanto si me descubren como si no, me voy a sentir despreciable —se lamentó—. Yo lo hice por su bien, solo quiero su bien y Dios lo sabe, pero me odio a mí misma.

—Es lo que sucede cuando eres una persona coherente, y sabes que estás cometiendo un error.

—No me ayudas en nada, podrías al menos compadecerte, o ayudarme a encontrar una solución.

—Ya te lo dije, olvídate de todo y regresa.

—No puedo hacerlo ahora.

—Pues entonces no tengo otra solución, Rachel. Escápate esos días en los que vaya a estar el chico ese, y luego… Pues que se yo, el destino dirá.

—El destino se ríe de mi continuamente —balbuceó completamente frustrada. Tanto que apenas tardó un par de minutos mas de conversación, antes de darla por finalizada y despedirse de su amigo.

Sabía que tanto Kurt como Jennifer tenían razón. Cada vez que ella trataba de encontrar un punto de inflexión en sus consejos que fuesen favorables a sus intereses, ellos eran capaces de rebatírselos con contundencia. Y era lógico, porque eran sus amigos, y por supuesto, no iban a incitarla a hacer algo que seguro le iba a traer problemas.

Pero eso no le servía en aquel instante.

La llegada de Dave era algo con lo que no había contado en ningún momento, y si además le sumaba las dudas que aún rondaban a Quinn, y su empeño por descubrir el sexo con una chica, estaban poniéndola en la situación más compleja que jamás había pensado que iba a vivir. Más aún después de que Rachel apareciera de nuevo en la vida de Quinn, y ésta mostrase un leve interés por saber de ella.

Un alud de situaciones complejas de las que no sabía cómo iba a lograr salir, y que, de regreso al apartamento, vio aumentadas al recordar que tenía otro frente abierto, el cual se había prometido solucionar aquella misma tarde.

María aparecía tras los enormes ventanales de su cafetería, completamente ausente mientras degustaba uno de sus magníficos cafés, y observaba algo sobre la pantalla de su teléfono.

No lo dudó. Rachel cruzó la avenida dispuesta a enfrentarse a la chica, y tratar de solucionar algo que ni siquiera sabía lo que era.

—Buenas tardes —le dijo a María, que se sorprendió al verla llegar frente a ella.

—Hey. Hola —respondía con un extraño gesto en su rostro.

—Hola, ¿estás ocupada?

—Eh…no, estaba mirando algunos videos. Soy una adicta a Youtube —respondía rápidamente—¿Y tú? ¿Qué tal? ¿Vienes a por café?

—Eh no. Bueno, lo cierto es que pasé por la puerta, y recordé que ayer te dije que iba a venir.

—Cierto…Siéntate.

—¿Estás bien? —insistió al notar el gesto serio de la chica.

—Sí, muy bien. ¿De verdad que no quieres un café?

—Pues, tal vez sí. Igual me viene bien…

—Perfecto —lanzó una mirada al camarero, que apenas necesitó un pequeño gesto de su jefa para ponerse manos a la obra—. Paul ya sabe que lo quieres

—Vaya, menuda eficiencia. Estarás contenta de tener un trabajador como él, ¿no?

—Sin duda. Es eficiente, comprometido y leal, sobre todo leal. Algo que yo valoro muchísimo.

—Haces bien. Ya apenas existen personas leales. Yo creo que me sobran prácticamente todos los dedos de mis manos, si me detuviese a contar las personas honestas que conozco.

—Dicen que cada uno recibe lo que da —replicó dejándola en silencio— ¿Tú eres honesta? —fue directa.

—Intento serlo —murmuró cohibida por la mirada que le estaba regalando. Una mirada muy diferente a la que solía mostrar con ella—. Pero no siempre se puede ser honesta.

—La honestidad es una cualidad. Si eres honesta, lo eres siempre sin importar las circunstancias.

—¿Tú eres honesta? —le preguntó Rachel.

—Sí, siempre lo he sido.

—Y si alguna vez te ves en problemas, ¿también eres honesta?

—Por supuesto.

—Dime algo…Si esto, tu café, peligrase, si alguien o algo estuviera a punto de destruirlo y tú quisieras conservarlo, ¿serías honesta o harías cualquier cosa por mantenerlo?

—La honestidad está en la persona. Si no puedo mantener este café, volvería a luchar por conseguir otro.

—Vaya, ahí no estaríamos de acuerdo. Yo jamás me conformaría con otro, yo quiero lo mío y hago lo que sea porque lo mío esté bien.

—Rebecca —susurró bajando la mirada—, ¿sabes cómo he llegado hasta aquí?

—Pues no, no tengo ni idea, supongo que luchando.

—¿Un café por aquí? —Paul interrumpía y dejaba la taza de café sobre la mesa.

—Gracias Paul —respondía María. Rachel se limitó a sonreír sin apartar la mirada de la chica—. Luchando no. Solo he hecho lo que deseaba hacer.

—Eso significa que todo te ha venido y solo has tenido que desearlo. No todo el mundo tiene esa suerte.

—¿Sabes por qué este lugar está lleno de imágenes de puentes?

—Según me comentó Paul, te gustan mucho y los has visitado todos.

—Exacto…—respondió recuperando su teléfono— Mira… ¿conoces esta red social? —preguntó mostrándole la pantalla a Rachel, que rápidamente asintió—. Esta red social la creó mi padre, hace exactamente 15 años.

—¿De veras?

—Sí. Mi padre fue el que tuvo la idea y la desarrolló.

—Vaya, pues me alegro mucho. Pero no entiendo qué tiene que ver eso con…

—A los tres años de crear proyecto, le detectaron una distrofia muscular que fue mermándolo hasta dejarlo sin fuerzas, acostado en una cama sin poder moverse —continuó dejando a Rachel en silencio—. Mi madre y mi hermana pequeña lograron asimilarlo con el paso del tiempo, pero yo jamás pude superar eso.

—Vaya, lo siento mucho

—A los cuatro meses, cuando apenas podía moverse, uno de sus abogados llegó a nuestra casa. Mi padre había hablado con ellos, y había ordenado la venta de la red social por una cantidad que ni tú ni yo podemos llegar a asimilar en la vida. Cientos de millones que no servían para nada, porque mi padre seguía metido en esa cama, apagándose como se apaga una vela cuando se queda sin cera.

Yo estaba estudiando arquitectura, estaba obsesionada con los puentes y él, desde pequeña, compartía esa afición conmigo. Recuerdo, recuerdo que compraba maquetas de ellos para que los montásemos juntos, y siempre me decía; María, algún día visitaremos todos los puentes que estamos construyendo, y lo haremos juntos. Pero ese día nunca llegó —hizo una pausa—. Dos meses después de haber recibido todo el dinero de la red social, me pidió que me sentara a su lado. Él sabía que yo no podía verlo así, que mis fuerzas decaían y no lo asimilaba, así que solo se limitó a mirarme, y me dijo que tomase mi parte del dinero y que hiciese lo que quisiera con él, que disfrutase de la vida y llevase a cabo mis sueños. Que aquella idea revolucionaria que tuvo para crear esa fortuna, le servía para ser feliz viendo como nosotros podíamos llevar a cabo nuestros sueños.

¿Y sabes que le dije? Que yo no tenía sueños, que todos mis sueños estaban junto a él, que no había nada que quisiera hacer sin él —añadió antes de provocar un nuevo silencio, en el que dejó muestras de una visible emoción—. Él me miró y simplemente me dijo, pues haz realidad nuestros sueños.

Dos días después de aquello, murió.

—Oh dios —susurró Rachel—. Lo, lo siento mucho, María.

—Mi madre y hermana decidieron que querían dejar la casa y vivir cerca de donde viven nuestros abuelos —continuó la camarera—, y yo, yo me decidí a cumplir los sueños que ambos teníamos. Desde entonces no he dejado de viajar y visitar todos y cada uno de los puentes que construimos juntos. Y decidí comprar este café y llamarlo como su puente favorito.

—¿Y no estarías dispuesta a hacer lo que sea por conservarlo? ¿Incluso perder tu honestidad?

—Mi honestidad fue lo que hizo que mi padre me conociera perfectamente. Si no llego a ser honesta con él, jamás me habría dicho que disfrutase de la vida y del dinero que él me dejó. Solo me habría dicho que siguiese estudiando, que fuese alguien importante y consiguiese mi propia fortuna. Pero no era eso lo que quería…Yo solo quería construir puentes y vivir mi vida, junto a él.

—¿Eres feliz haciendo lo que haces?

—Sí. Cada nuevo puente que piso, sé que él me sonríe y se siente orgulloso. Y he decidido volver a arquitectura, algún día construiré un puente.

—¿Y solo tienes el café por él? ¿Por llamarlo como a él le gustaba?

—Tengo esto porque llegué a esta ciudad dispuesta a visitar el Golden Gate, y encontré mi lugar. Sé que aquí debo estar, al menos por ahora y…Bueno, éste local ya era una cafetería. Paul trabajaba aquí, y estaban a punto de echarlo a la calle porque el dueño decía que no rendía lo suficiente. Que la cafetería estaba abocada al fracaso —sonrió—. Un día llegué, me senté en esa barra y lo vi completamente abatido. Para él, esto era su vida. Le gustaba trabajar aquí y me confesó que sí era un buen negocio, solo que el dueño no sabía cómo llevarlo. Yo le miré y le pregunté que, si él sabía cómo hacerlo, fue honesto y me dijo que no, pero que estaba seguro de encontrar la fórmula para hacerlo salir a flote. Y me convenció. Decidí comprarlo y…bueno, aquí estamos.

—Menuda historia.

—¿Como ves? La honestidad siempre me ha llevado por buen camino, por eso quiero que la gente que me rodea sea honesta conmigo. A Paul también le sirvió ser honesto conmigo —dijo provocando el malestar en la morena. No por sus palabras, sino por lo que sentía. Por la culpabilidad y los remordimientos de conciencia que volvía a acusarla al ser consciente de lo que hacía. De como ella no estaba siendo honesta con la gente que la rodeaba, y que con tanto cariño la habían recibido en sus vidas, en sus casas.

Estaba siendo desleal así misma. Estaba mintiendo a todo el mundo, y la carga emocional empezaba a pasarle factura. Y la confesión de María, su historia tan particular, acabó hundiéndola aún más.

—¿Odiarías a alguien que no fuese honesta, aun no compartiendo sus acciones? —masculló buscando algún resquicio de confianza.

—Yo no suelo odiar, odiar es de cobardes. Supongo que todo el mundo tiene razones para hacer lo que hace, pero eso no quita que tengas que dejar de ser honesta.

—Puedo ser realmente honesta contigo, pero me temo que, si lo hago, no conseguiré lograr mis sueños.

—¿Por? Si deseas algo, puedes lograrlo.

—Si tú eres honesta, no permitirías que yo siguiese adelante y mis sueños se verían truncados —replicó, y María no dijo nada. Solo desvió la mirada de nuevo hacia su teléfono, y su cejo se frunció de tal modo, que Rachel fue consciente de que algo callaba —. Sabes que no soy honesta, ¿verdad? —preguntó tras tomar una gran bocanada de aire.

—Sé que no lo eres, pero no sé el motivo que te lleva a hacer algo así.

Lo supo. Aquella respuesta, sin duda, demostraba que María conocía algo sobre ella, que sabía que no todo lo que hacía y decía era cierto. Y el malestar se apoderó de la morena, que inevitablemente dejó caer varias lágrimas.

—¿Por qué lloras? No te estoy juzgando —le dijo buscando su mirada—. Seguro que tienes tus razones, sin duda…

—Me llamo Rachel —confesó provocando la sorpresa en María—. Rachel Berry, no Rebecca Green. Y no soy de Chicago, soy de Lima, Ohio. Pero vivo en Nueva York desde hace 5 años. Acabo de graduarme en una de las escuelas de artes escénicas más importantes del país, así que no soy chef, aunque no sé si habías logrado averiguar ese dato.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, y Rachel la miró confusa.

—¿No te sorprende?

—Ya sabía que te llamabas Rachel y que tienes algo que ver con Quinn, pero no sé qué haces aquí, mintiéndole a ella precisamente.

—¿Cómo lo sabes? ¿Es por lo que oíste de mi amigo la otra noche?

—Mas o menos. Fue curioso, estaba aburrida y me puse a ver videos y sin saber por qué, terminé pensando en esa anécdota. Solo tuve que poner Rachel y Chicago en el buscador, y me apareció este video —le dijo mostrándole la pantalla de su teléfono.

De nuevo las nacionales de Chicago. De nuevo ella liderando al Glee Club en una actuación que fue el punto de partida para su gran proyecto de vida, pero que, en ese instante, lograba crearle el mayor de los problemas.

Había bloqueado, eliminado y ocultado todo cuanto aparecía de ella en las redes sociales, y no había servido de nada. Con solo poner su nombre y la ciudad de la que supuestamente procedía, María había descubierto que era una impostora. Y no solo ella, también lo logró el Sr. Robinson semanas atrás. Que Quinn no hubiese logrado que ninguno de sus amigos la descubriera, solo podía ser cuestión de suerte para ella. Porque la probabilidad de lograrlo, tal y como acababa de descubrir, era realmente alta.

La vergüenza o quizás el miedo se apoderó de la morena que volvía a buscar la mirada de aquella chica que había conseguido descubrir su plan, y de nuevo las lágrimas comenzaron a caer.

—Rebecca…o Rachel, como quiera que te llames, no tienes que llorar. Y a te he dicho que no te juzgo. Pero, sí te voy a pedir que me des una explicación lo suficientemente razonable, como para convencerme de que no debo ir en busca de Quinn ahora mismo, y decirle quién eres realmente.

—Quinn era mi mejor amiga. Fuimos compañeras de instituto y vivimos dos años en Nueva York. Bueno, ella en realidad vivía en Connecticut, pero solía venir a casa prácticamente todos los fines de semanas. Estábamos, estábamos muy unidas —comenzó a relatar completamente emocionada—, pero entonces yo cometí un error, y ella se alejó de mí. No me quería en su vida, ni me quiere. Y durante tres años, ha estado esquivándome, ignorándome y odiándome. Yo, yo acepté su decisión, por supuesto. Ella no me quería en su vida, y yo por supuesto, la estaba respetando. Hasta que sucedió lo de su accidente. Una amiga en común me dijo que lo estaba pasando muy mal, que, aunque no lo demostrase, estaba realmente hundida. Y fue superior a mí. Yo no podía quedarme allí sabiendo que lo estaba pasando tan mal. Por eso tomé esta decisión. Ella sigue rechazándome como Rachel, así que simplemente, pensé en una alternativa. Es…es por eso por lo que estoy haciéndome pasar por otra persona, para poder estar cerca de ella —añadió con las lágrimas bañando sus mejillas—. Yo no quiero hacerle daño, no quiero hacerle daño a nadie, pero daría mi vida por verla sonreír, y sabía que lo estaba pasando mal. No…no podía quedarme de brazos cruzados.

—Ok —respondía con absoluta serenidad.

—¿Ok? ¿Te parece bien?

—No, pero ya te he dicho que no te voy a juzgar. Lo que no entiendo es como Quinn no sabe que eres tú.

—Quinn… Bueno, ella tenia sus sospechas, por supuesto, pero me las he ingeniado para convencerla.

—¿Tú sola? Santana, Dana, Michael… ¿Ellos no te conocen?

—Santana sí.

—¿Santana lo sabe?

—No. Ella no tiene ni idea de que Rebecca soy yo. No me ha visto —le confesó, y el gesto confuso de María la puso en sobre aviso—. Hay otra persona que me está cubriendo con ella. Pero no me pidas que te diga quien es, porque entonces estaré rompiendo aún más mi promesa. Lo que si te puedo asegurar es que no voy a hacerle daño a Quinn. Mi intención es evitar que ella esté sola durante estas semanas, en las que Santana va a estar fuera. Y también que gane un poco de confianza, nada más. Cuando Santana esté aquí, yo ya me habré marchado.

—Ok.

—¿Ok?

—Ya te he dicho que no te voy a juzgar. Te he pedido una explicación y me la has dado.

—Pero…no, no sé qué piensas. No sé si le vas a decir a ella quien soy o…

—Yo no tengo nada que decir, Rebecca —interrumpía—. Es tu vida, son tus errores y tus triunfos. Si crees que estás haciendo el bien, tú sabrás.

—¿Tú crees que lo estoy haciendo? Quiero decir, según tu punto de vista, ¿está mal o está bien?

—¿Es solo amistad o hay algo más?

—Hay más, mucho más…Estoy enamorada de ella desde hace mucho tiempo —respondía completamente convencida.

—Entonces te dejas guiar por el corazón y no la cabeza, y dicen que, contra el corazón, nada puede. Excepto si le vas a hacer daño.

—No quiero hacerle daño, solo quiero estar aquí el tiempo que no van a estar ni Santana ni Britt, y poder ayudarle, poder estar a su lado —insistió—. No sé, algo me dijo que tenía que venir y hacer esto, y simplemente lo estoy haciendo.

—¿Eres consciente de que no es lo más acertado?

—Sí.

—¿Y eres consciente de que puede ser peor el resultado?

—Totalmente. De hecho, ya me estoy replanteando si debo seguir o no adelante.

—Si quieres mi opinión, te diré que, si sigues adelante te van a descubrir, te lo aseguro.

—Lo sé, cada día estoy más convencida de que así será.

—¿Y estás dispuesta a que eso suceda?

—Si Quinn me descubre, será el fin. Pero no puedo no estar aquí con ella. Escúchame, tú no has conocido a la verdadera Quinn, como la conozco yo. Y sé que ahora mismo no es ella. Tal vez necesita tiempo para adaptarse, por supuesto, y por eso es insegura en muchos aspectos, pero ella tiene capacidad suficiente para superar cualquier obstáculo que se interponga en su camino. Lo que no está bien es su mente. Quinn, y de eso me di cuenta nada más llegar. Quinn es una persona que necesita tenerlo todo controlado, para sentirse segura. Y no me refiero a que controle a las personas, o lo que le rodea, sino a ser ella plenamente consciente de la situación o la circunstancia. Pero sin vista, no puede. Y eso le está afectando.

—¿Y tú crees que puedes evitar eso?

—Yo creo que puedo ayudarla a comprender que incluso sin vista, puede seguir siendo como era. Quinn lo pasó realmente mal en su adolescencia, y necesitó de un cambio muy radical para lograr una seguridad que justo acaba de perder. Y me niego a que eso suceda, si yo puedo ayudarla. Si por estar a su lado una semana, logro que se sienta segura de si misma, me habrá merecido la pena. Aunque esté destrozando mi consciencia por mentirle.

—Pues entonces será mejor que no te descubra. Créeme, más vale una retirada a tiempo que un lamento de por vida. Apuesto a que hay miles de formas para acercarte a ella y no correr ese riesgo.

—Es lo que estoy pensando. No puedo alargar mas todo esto. No solo por evitar que me descubra, sino porque dudo que pueda seguir mintiéndole. Ella no se lo merece.

—Pues medítalo —espetó recogiendo sus cosas—. Haz las cosas bien y entonces, tu lucha será leal. Mientras, permíteme que yo no acepte tus razones. Mi forma de ser me lo prohíbe.

—¿Te lo prohíbe?

—Si, claro.

—¿Te vas?

—Sí, tengo clases de yoga en menos de 10 minutos y me temo que no voy a llegar a tiempo.

—Ah…bueno, seguro que el profesor te espera.

—Ese es el problema —respondía sonriendo por primera vez—, el profesor soy yo.

—Oh…vaya, siento haberte entretenido.

—No te preocupes. Tendremos más tiempo de seguir hablando, si así lo deseas claro.

—Claro, es algo que realmente necesito.

—Ok, pues ya hablamos…cuídate—se despedía.

—Eh…María—la detuvo—, no me ha quedado claro lo que pretendes decirme con que tu forma de ser te prohíbe aceptar mis razones. Eso significa que le vas a contar a Quinn quien soy… ¿O me guardarás el secreto mientras?

—Mientras Quinn no corra peligro de sufrir, lo haré. Todo depende de ti.

—Ok…—respondía al tiempo que la chica abandonaba su propia cafetería— No me esperaba menos —susurró siendo completamente consciente del tremendo error que estaba cometiendo.

Aquella charla anuló definitivamente sus intenciones, y la decisión de acabar con el plan era algo casi definitivo en su mente. Ahora solo tenía que recapacitar y buscar la solución más acertada para salir de la vida de Quinn, sin hacer el menor ruido posible, sin provocar ningún tipo de daño en ella. La idea de Kurt para abandonar la ciudad durante unos días apareció de nuevo por su mente, en el mismo instante en el que entraba en el departamento y se encontraba a Quinn tumbada en el sofá, escuchando música con sus cascos, y una caja de galletas entre sus brazos.

La minina duda que quedaba en ella, se esfumó en ese preciso momento. No haría daño a aquel ser, a aquella chica que había vivido en su corazón durante tantos años, incluso mucho antes de que fuese consciente de lo que sentía por ella, porque estaba segura que ya la amaba antes de conocerla.

Apenas dio un paso en el interior, y Quinn alzó la cabeza, percibiendo el sonido de la puerta al cerrarse, a pesar de llevar los cascos puestos.

—¿Dana?

—No, soy yo, Quinn —respondía con dulzura.

—Ah…hola Rebecca, pensaba que eras Dana. Estoy esperando que llegue y como siempre, llega tarde.

—¿Vais a hacer algo?

—Sí, ayer apenas pudo decidir qué bikini comprarse, y hoy quiere repetir.

—Genial. Tenéis planes, eso está bien.

—No, no está bien.

—¿No? ¿No te apetece salir? —cuestionó tomando asiento justo en el hueco que Quinn había dejado tras reincorporarse en el sofá.

—Sí me apetece, pero te recuerdo que hoy ha sido mi primer día de gimnasio después de mucho tiempo, y te juro que no siento ningún músculo de mi cuerpo —soltó divertida, y Rachel no pudo contener la risa.

—No te rías, es cierto.

—Te creo. Yo solía hacer mucho ejercicio, y temo el día que regrese. Lo voy a pasar realmente mal.

—Si quieres te puedes venir con nosotros al gimnasio.

—Mmm, no creo que pueda. Tengo, tengo algo que decirte.

—¿A mí?

—Si.

—Ok. Eso ha sonado realmente serio. ¿Qué ocurre?

—Me han llamado de Chicago. Un restaurante muy importante quiere que haga una prueba con ellos y bueno, voy a tener que viajar.

—Oh, joder… Pensaba que era algo malo. Eso es una muy buena noticia, Rebecca —musitó mostrando un hilo de ilusión.

—Solo, solo es una prueba. Y sí, supongo que si es una buena noticia.

—Claro que lo es. ¿Y cuando vas?

—Pues tengo que estar el lunes, así que supongo que salgo el domingo —soltó esperando su reacción.

—¿De verdad? —cuestionó Quinn completamente sorprendida.

—Eh…sí, si.

—Ok. Pero, no te vas del todo, ¿no? Quiero decir, que vas y vuelves.

—Sí bueno, volveré y depende de lo que me hayan dicho pues…

—Sí, si claro, eso lo entiendo. Si sale bien regresarás, está claro, pero me refiero a que te vas el domingo, pero vuelves para recoger tus cosas ¿no?

—Eh… sí, claro —respondía confusa por su respuesta.

Pero lo que no sabía era que Quinn, realmente no conseguía aceptar que el destino le estuviese otorgando la oportunidad de sorprender a aquella chica.

Su deseo porque nadie supiera que iba a ser sometida a aquella operación, la llevó a plantearse multitud de opciones para evitar que la morena lo supiera. Que tuviera que viajar el mismo día era lo mejor que le podía suceder. Si todo salía bien, Rebecca regresaría al apartamento para quedarse o bien para recoger sus cosas y marcharse. Pero para entonces, Quinn ya sabría si la operación había dado resultado o no.

—Genial, me alegro mucho por ti, espero que salga bien.

—Vaya…Parece que quieres deshacerte de mí —murmuró buscando algún gesto que le hiciera confirmar sus sospechas.

—No, en absoluto. Solo quiero que te sucedan cosas buenas, y si eso es una buena oportunidad, sin duda me alegro, aunque te tengas que marchar.

—Vaya Quinn, no sabes lo importante que es eso para mí, que me guardes ese cariño. Es…

—Bueno —interrumpió—, también lo digo porque si algún día voy a Chicago, podré cenar gratis en ese restaurante. O eso espero.

—Eso ni lo dudes.

—¿Ves? Es genial, entonces. Oye, ¿qué tienes que hacer ahora?

—Eh…Pues no mucho, ¿por?

—¿Te apetece venir con Dana y conmigo?

—¿De compras?

—Sí. Ya que probablemente regreses a tu ciudad, me gustaría pasar más tiempo contigo. Es mas divertido que con Dana a solas.

—Ok…Si tú lo deseas, yo os acompaño. Pero antes voy a darme una ducha —respondía levantándose del sofá y caminando hacia su habitación.

—Ok…eh…Oye, eso de que yo desee y tu cumplas, ¿es real?

—Si está en mis manos, por supuesto —respondía desde el interior.

—Ok —susurró.

—¿Ok qué? —cuestionó al tiempo que volvía a aparecer en el salón tras dejar sus cosas en la habitación, y tomar su toalla, dispuesta a meterse en la ducha.

—Nada. Solo quería asegurarme. Es bueno tenerlo en cuenta.

—¿Ah sí? ¿Hay algo que desees ahora y que yo pueda darte?

—Sí. Hay un par de cosas, la verdad —respondía.

—¿Y por qué no me lo dices? Quinn, si te puedo ayudar…

—Hemos hablado de deseos —la interrumpió—, no de necesidades.

—Ok. Pues de deseos. Dime, ¿qué es lo que deseas que yo pueda lograrte?

—Ven, acércate —le dijo, y Rachel no dudó en colocarse de nuevo a su lado.

—Dime…

—Una, es que me dejes entrar en tu ducha ahora mismo —susurró, y la palidez pintó el rostro de Rachel—. Pero para eso no tenemos tiempo, puesto que Dana está al llegar… Así que puedes cumplir el segundo de mis deseos.

—¿Qué…qué es? —balbuceó.

—Me muero por un beso —susurró. Y de nuevo el vértigo apoderándose de Rachel. De nuevo el miedo, de nuevo su corazón latiendo tan fuerte que casi podía oírlo desde el exterior—. ¿Lo tengo? —añadió alzando la cabeza, esperando la respuesta de la morena.

Rachel no dijo nada, no conseguía atinar palabra alguna. Solo era consciente de ver como Quinn parecía esperar aquel beso antes que su respuesta en forma de palabras, y no lo dudó, aunque sus manos temblasen.

Ni siquiera se sentó, simplemente tomó rostro de la rubia entre sus manos, y tras dudarlo unos segundos, fue a dejarle el beso en la mejilla, cerca de la comisura de los labios.

—Mmm —susurró Quinn tras sentir como se apartaba de ella tras besarla—. Se supone que los besos se dan en los labios.

—Me pediste un beso, pero no especificaste donde. Así que ambos deseos cumplidos, ahora…voy…voy a la ducha —se excusó tratando de no volver a caer en la tentación.

—Ok…—respondía lamentándose.

Rachel se fue. Se apartó de la chica y se introdujo en la ducha, dispuesta a calmar con el agua el temblor y el escalofrío que seguía atizando su menudo cuerpo. Quinn, volvía a dejarse caer en el sofá, recuperando la postura que había mantenido hasta su llegada, y dibujando una sonrisa en su rostro.

Aquella chica era especial. Había llegado y se iba a marchar, justo lo que ella deseaba, pero iba a tener la oportunidad de conocerla, de verla y descubrir que podía llegar a sentir cosas por otras chicas aparte de Rachel, de su gran amor.

Todo un paso para poder afrontar sus miedos, y seguir caminando.

—Rachel…—susurró tras recordar a la morena— Tendrías que ser tú.