11. Blandengue


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Naruto saltó de la cama. No podía creer lo que le había sucedido. Era una pesadilla. Peor todavía. La humillación total. Un apocalipsis sexual.

Salió de la habitación y fue al otro lado del vestíbulo. La última vez que le había ocurrido eso tenía dieciséis años. Y de todas las mujeres del mundo, ¡iba y le ocurría con Hinata Hyūga!

Se encerró en el cuarto de baño. En el cuarto de baño compartido; gracias a Dios no iban a compartirlo en ese momento, necesitaba estar solo.

La sirena del faro seguía soltando su gemido lastimero. Encendió la luz, pero no fue capaz de mirarse en el espejo. Alojarse en ese lugar había sido una idea horrible.

El baño era tan anticuado como todo lo demás. Había un radiador debajo de la ventana y una bañera con patas rodeada por una cortina de ducha blanca. Giró el grifo y se metió dentro de la bañera como pudo. La boquilla de la ducha apenas le llegaba al pecho, y la cortina se le pegaba a la piel, haciéndole sentir que estaba siendo atacado por un calamar gigante.

—Estás mojándolo todo le recriminó una voz malhumorada desde el otro lado de la cortina.

—¡Sal de aquí!

—Tengo que hacer pis. No mires.

—Como si quisiera...

Cuando ella tiró de la cisterna, el agua hirviendo cayó en cascada por su pecho. Dio un salto atrás y chocó contra el extremo de la bañera. La húmeda cortina le encerró más fuerte entre sus tentáculos. Oyó un resoplido desde el otro lado.

Eso era lo que ocurría cuando uno abandonaba su plan de juego. Acababas maltratado. Y así había sucedido, ella le había ganado en su propio juego.

El agua de la ducha acababa de recuperar su temperatura normal cuando ella abrió el grifo del lavabo, provocando que le agrediera otro chorro hirviendo. Una vez más, dio un brinco hacia atrás.

«Eyaculación precoz.»

Solo repetir las palabras mentalmente le hacía retroceder. Era un deportista de fondo. El hombre maratón. El nadador resistente. Aguantar era un motivo de orgullo para él. Ella había irrumpido en su vida, estropeándolo todo. Pero jamás había esperado que le afectara en eso.

Movió el grifo para que el agua saliera fría. Dejó que el chorro helado le forzara a poner en marcha el cerebro otra vez. Si empezaba a pensar como un perdedor, se convertiría en uno, y nadie superaba a Naruto Namikaze. Tenía que encontrar una razón lógica para lo que había sucedido, algo que le salvara el tipo. Quizá podía decirle que tenía un problema médico.

Una secuela de la gripe. Una antigua lesión que le impedía esperar. O podía ser un cabrón y echarle la culpa a ella. ¿Y decirle qué? ¿Que había sido demasiado sexy? No era el momento de ser sincero.

Agarró una toalla. Una cosa era cierta. Tenía que enfrentarse a ella. Quizá pudiera utilizar el dolor como excusa. Podría funcionar. Le diría que acababa de recibir la noticia de que su abuelo había muerto. Ella no tenía forma de saber que su abuelo había fallecido hacía veinte años. Era la excusa perfecta.

Cuando salió del cuarto de baño, Hinata ya no estaba en su dormitorio y la puerta de ella estaba cerrada. Se puso los vaqueros y golpeó la madera. Al ver que ella no respondía, intentó girar la manilla, pero estaba cerrada con llave.

Aparentaría estar abrumado por la pena. Definitivamente era la mejor salida. La pérdida de su querido abuelo.

—¡Abre!

—No te preocupes por eso —replicó ella desde el otro lado—. Le puede pasar a cualquiera.

Ella era elegante en la victoria. ¡Oh, sí! Jodidamente elegante. Si las mujeres pudieran gobernar el mundo, los hombres se volverían irrelevantes.

—Ah, no me preocupa —se oyó decir—. Pasa cada dos por tres.

«¿Por qué mierda había dicho eso?»

—¿Lo dices en serio? —dijo ella—. ¿Te pasa a ti?

Se lanzó al vacío.

—¡Joder! Claro que sí. —Hasta ahí llegaba la mentira sobre la muerte de su abuelo.

—¿Y estás orgulloso de ello? —dijo ella abriendo la puerta con los ojos brillantes.

—No pienso mucho en ello, la verdad.

Hinata tenía las piernas al aire, pero se había puesto de nuevo la detestable camiseta de los Bears.

—Eres un auténtico imbécil. ¿Lo sabías?

Él se apoyó en el marco de la puerta y cumplió con creces las más bajas expectativas de aquella mujer.

—Lo que tienes que recordar, Sherlock, es que cuando eres yo, la vida es básicamente un remolino de mujeres heterogéneas. Puedo hacer lo que quiero cuando quiero.

Notó que ella todavía tenía los labios hinchados por sus besos y que sus ojos, del mismo color que la luna llena, ardían de indignación.

—¿Eres de verdad o solo uno de esos personajes de cómic que veo en mis pesadillas?

Sin saberlo, había dado con la defensa perfecta y se dejó llevar.

—A la mayoría de las mujeres no les importa, y si así fuera... —Se encogió de hombros.

Ella apoyó una mano en la cadera.

—Hay más peces en el mar, ¿no es eso?

Él bostezó y se estiró.

—Sí, seguramente debería darme vergüenza.

—¿Y no es así?

—Lo único que tienen que hacer es decir que no.

—Y nunca lo hacen.

—¿Quién puede entender a las mujeres?

Ella era demasiado lista para lo que a él le convenía, y notó que su indignación había comenzado a transformarse en algo parecido a diversión. Eso no le gustaba nada, por lo que subió la apuesta.

—Refréscame la memoria, Sherlock, ¿me he perdido la parte en la que decías que no? Ella apretó los dientes.

—No me has oído decir que no. Ya te he comentado que soy conocida por usar a los hombres.

—También me dijiste que pasabas de ellos.

—Pero no por cuánto tiempo. —Justo antes de cerrarle la puerta en las narices, ella lanzó la andanada final—. Buenas noches, Rocket Man.

Hinata se despertó con el sonido de la cuerda golpeando el asta metálica de la bandera al otro lado de su ventana. Durante la noche, la había asaltado un profundo sentimiento de decepción, aunque había hecho todo lo posible para deshacerse de él.

Que ella no hubiera culminado podría haber sido humillante para él, pero para ella había sido un regalo. Todo aquello había llegado demasiado lejos, lejísimos, sin necesidad de alcanzar la intimidad final.

¿En qué había estado pensando? Directamente no había pensado en nada. Ese era el problema.

Naruto Namikaze tenía algo que le dejaba la mente en blanco. Una cosa estaba muy clara: a pesar de sus bromas, de la atracción que sin duda sentía por ella, no iba a volver a enrollarse con él, no importaba lo bueno que hubiera sido. Y había sido casi fantástico; sentir esa dura tensión bajo las palmas, esas manos hábiles que sabían lo que hacían. Se estremeció.

Apenas hablaron durante el desayuno, consistente en muffins de fresa, un jamón delicioso y queso frittata que Hinata solo pudo picotear; temía las horas que estaría en el coche a solas con él y, cuando se pusieron en marcha para abandonar Two Harbors, estaba tan tensa como una bobina.

En lugar de reprenderse a sí misma por lo que había ocurrido, debería estar feliz de haber sido capaz de hacer perder el control a Naruto Namikaze. Pero no se sentía contenta. Rezaba para que él no sacara de nuevo el tema de lo ocurrido la noche anterior porque, si lo hiciera, tendría que concentrarse en usar todas las cartas que le quedaban para ser borde con él, y no sabía de cuántas disponía ya.

Apenas habían dejado atrás los muelles de hierro para la carga de mineral antes de que él soltara una risa diabólica.

—Acéptalo, Sherlock. Eres fácil. Lo único que tengo que hacer es quitarme la camiseta y estás perdida.

Y allá iban de nuevo. Cuesta abajo y sin frenos.

—Eso es cierto —reconoció ella—. Los torsos masculinos siempre han sido mi debilidad. En serio, Naruto, si fueras más musculoso, te rascarías las axilas y devorarías plátanos.

—Deja que de eso me preocupe yo, tú concéntrate en averiguar cómo vas a ayudarme con mi pequeño problema.

—Excelente idea. Cierra el pico durante los próximos ochocientos kilómetros para que pueda pensar sobre ello.

Otra risa, algo que no le importaba, siempre y cuando no hablara, podía reírse todo lo que quisiera. Debería haberla lanzado de nuevo sobre la cama y comérsela a besos hasta que le rogara que la llevara a la línea de meta.

Pero, en lugar de ello, había estado demasiado mortificado para pensar con claridad y había comenzado otro duelo dialéctico contra ella. Llevaba la necesidad de ganar en la sangre y odiaba ser el perdedor. Y todavía odiaba más saber que ella lo veía de esa manera.

No podía echarse a un lado en la carretera y tirársela en el asiento de atrás como quería, aunque el silencio que reinaba en el coche le enervaba. Tenía que encontrar la forma de demostrar que seguía siendo el quarterback del equipo.

—He estado dándole vueltas a la conversación que mantuvimos anoche —dijo—, y puede que tengas tu parte de razón.

—Es lo que suele ocurrir.

Ella se había aflojado el cinturón de seguridad lo suficiente para sentarse sobre una pierna. Si estuviera usando pantalones cortos en lugar de vaqueros, él habría tenido una vista inmejorable del interior de su muslo. Un muslo que, ahora lo sabía bien, era firme, suave y elegante.

—¿Y si me estoy perdiendo algo bueno por no dedicar un poco más de tiempo a mis amigas? —dijo él con rapidez.

Ella hizo una mueca.

—Es muy triste. Todas esas mujeres traumatizadas porque creen que tu problema es por su culpa. Debería abrir un gabinete de orientación.

No iba a reírse.

—Sí. Cuanto más lo pienso, más me parece que tienes razón. Puede que tenga un problema con el sexo.

—Por suerte, existe un gran número de libros sobre el tema.

—Lástima que no sea un gran lector. Demasiadas palabras difíciles.

—Interesante. Pues he visto todo tipo de libros en tu apartamento.

—Los deja la gente que viene a limpiar. —Siguió toreando el asunto justo como quería hacer con ella—. Ya que eres la que me indicó que tengo un problema, lo más justo sería que me ayudaras a superarlo. Ya me entiendes, solo como pareja sexual. Esto no tiene nada que ver con nuestra relación profesional.

Ella lo miró con una expresión de arrepentimiento fingido. —No te lo tomes a mal, pero he perdido todo el interés.

No se creía ni por asomo que una mujer que había respondido como lo había hecho ella la noche anterior no siguiera interesada, pero se limitó a asentir.

—Entiendo...

Permanecieron en silencio durante un rato. Para aliviar la tensión, Hinata llamó a Wasabi para averiguar cómo iba progresando su matanza. Según le dijo, iba muy bien. Se había deshecho de cinco compañeros de clase. Algo después, hicieron una parada para una comida rápida, y ella se hizo cargo de la conducción.

En el momento en que atravesaron la frontera del estado de Illinois, el esfuerzo por parecer relajado había hecho que se le agarrotaran los hombros. Se esforzó por buscar un tema de conversación que les hiciera más liviana la última etapa de ese viaje interminable.

—Me he enterado de que eres un auténtico blandengue. Y no me refiero al sexo. Aunque ya que estamos...

Él se atragantó con la Coca-Cola.

Hinata sonrió para sus adentros.

—Esas visitas que realizas al hospital, al Lurie...

—No sé de qué hablas.

Él lo sabía de sobra. A pesar de que había logrado entrar y salir del Hospital para Niños Lurie sin llamar la atención de la prensa, ella había descubierto el interesante hecho de que Naruto Namikaze pasaba mucho tiempo visitando a niños enfermos.

—No puedo imaginarte con niños alrededor. —Otra mentira. Por lo que ella sabía, se relacionaba con la misma facilidad con los niños que con las mujeres hermosas—. Puedes confesarlo... Es para ligarte a las enfermeras guapas, ¿verdad?

—Estás haciéndome sentir avergonzado.

—Es que se trata de un misterio que no logro entender. Ni siquiera con mis sorprendentes habilidades deductivas.

—Sorprendentemente desagradables.

—Cuando te estaba siguiendo, a veces abandonabas las calles principales y te acercabas a gente con aspecto no muy recomendable. ¿De qué iba eso?

Él dio un sorbo de Coca-Cola.

—No tiene importancia.

—No te creo. Cuéntamelo, soy como un cura bajo el secreto de confesión.

—No te pareces en nada a un cura. Tú eres...

—Deja de irte por la tangente.

Él se movió en el asiento; de repente parecía incómodo.

—No lo sé. Es... No voy a decir nada al respecto, así que esta conversación ha acabado.

Pero algo le decía que quería hablar, y ella recibía de buen grado cualquier tema de conversación que no les llevara de nuevo a lo ocurrido en aquella habitación. Así que esperó.

Él miró por la ventanilla.

—Se me ha ocurrido una idea... Pero es necesario mucho tiempo y esfuerzo, y no hay ninguna garantía de que vaya a salir bien. —Se volvió hacia ella—. Los solares vacíos de la ciudad son un desperdicio. Solo son lugares en los que se acumulan malas hierbas y basura.

Ella empezó a intuir por dónde iban los tiros.

—Te gustaría hacer algo más que lanzar bombas de semillas.

Él se encogió de hombros.

—Hay demasiadas personas sin empleo ni perspectivas. Todas esas parcelas vacías... Parecen una oportunidad para alguien.

—Pero no para ti.

—Joder, no. Ahora solo me interesa el negocio. —Lo vio sacar el móvil y llamar a Tony.

Lo escuchó hablar sobre el nuevo guardia que Obito había contratado para reemplazar a Deidara, al que había despedido cuatro días atrás. Se preguntó si Naruto habría descubierto ya que ella había terminado de trabajar para él.

Tras seis noches en el club, había llegado al punto de que no podía hacer más. El personal estaba limpio, y Obito y ella habían elaborado nuevos protocolos que debían contribuir a que las cosas siguieran así.

El dinero que le pagaría Naruto y el sueldo que recibiría por las horas como conductora la sostendrían durante una temporada. El lapso exacto dependía de lo contento que estuviera el propietario de la empresa de limusinas con ella y cuánto tiempo lograra estirar su labor en Rasengan. Pero el trabajo había terminado.

Se dijo a sí misma que debería pensar más como un tiburón y menos como una Girl Scout. El salario que le pagaba Naruto era su medio de subsistencia y tenía que aferrarse a ello. Salvo que no podía hacer nada más por él.

Ojalá Hiashi no le hubiera enseñado a ser íntegra, ojalá se hubiera limitado a enseñarle a disparar, a pescar y a sentirse mal por ser mujer. Por mucho que necesitara sangrar a Naruto un poco más, no podía hacerlo. Cuando él puso punto final a la conversación con Obito, ella apretó el volante con más fuerza.

—Ya he hecho todo lo que puedo para ti.

Él dejó el móvil en el soporte de vasos vacío y se volvió hacia ella.

—No es cierto...

—Hablo de mi trabajo —le interrumpió ella con rapidez—. He llevado a cabo la misión para la que me contrataste. Tu mayor problema ahora es esa idiotez de negarte a tener un guardaespaldas cerca.

—No necesito una niñera.

—Es interesante comprobar que todos los demás grandes deportistas que frecuentan el club llevan consigo tipos musculosos para que les protejan, pero tú eres demasiado duro.

—Puedo cuidarme solo. —No podía sonar más beligerante—. ¿Estás diciéndome de verdad que estás pensando en dejarme?

—No voy a dejarte sin más. He solucionado los problemas de Rasengan. Lo único que te falta es añadir a una mujer a tus guardias. No es demasiado inteligente dejar que sean tus hombres los que se encarguen de las clientas, no importa lo borrachas que estén. Podrías acabar con una enorme demanda por asalto sexual.

—Bien pensado. Estás contratada.

Debería haberlo previsto y, por un momento, se permitió considerar la idea. Pero no podía trabajar hasta la madrugada cuatro noches a la semana y seguir intentando sacar adelante su negocio, al menos a largo plazo. Antes de que se diera cuenta, trabajaría en la discoteca en lugar de como detective, y no había llegado hasta allí para renunciar a su sueño.

—No, gracias. Soy investigadora. Tendrás que encontrar a otra persona.

—Es por lo que ocurrió anoche, ¿verdad? Renuncias al trabajo porque tú...

—¿Porque me acosté con el jefe? —Esa era otra razón por la que no podía aceptar.

Él la miró fijamente.

—Eso es muy poco ético por tu parte. Tan poco ético como si fuera yo quien te despidiera.

—Denúnciame a la inspección de trabajo —le espetó ella.

—Deja de comportarte como una idiota. Sabes de sobra a qué me refiero.

Luchó para sonar profesional.

—Naruto, quiero terminar esto de forma agradable. Espero que estés de acuerdo con que he hecho un buen trabajo para ti, y te agradecería que me recomendaras a tus amigos.

—Sí, lo haré. Está bien —dijo él bajando el parasol y agarrando el móvil.

Naruto se dijo a sí mismo que aquello era bueno. Hinata había llevado a cabo el trabajo, lo había hecho bien y él había estado esperando la ocasión en que dejara de trabajar para él para poder lanzarse de lleno a ese asunto que tenían pendiente. Pero ahora que había llegado por fin el momento, ya no estaba tan seguro de que ella fuera a cooperar.

Fingió echarle un vistazo a ESPN en el móvil. Tras unas semanas, estar desnudo con ella se había vuelto más importante de lo que debería.

Quizá tuviera algo que ver con haberse retirado, con demostrarse a sí mismo que aquel espacio entre lo que solía ser y lo que era ahora no había cambiado.

Hinata era un territorio inexplorado para él. Sentimental e impredecible, una mujer que no lo tomaba en serio, a la que no le importaba la cantidad de partidos que hubiera ganado, ni lo rico o famoso que era. Una mujer que no lo consideraba irresistible.

Eso le irritaba. Por Dios, en comparación con las féminas con las que solía salir, Hinata era un chico más. Uno que estaba encerrado en un cuerpecito muy, muy sexy y poco accesible. Lo que básicamente contradecía todo lo que había tratado de decirse a sí mismo sobre ella.

Y esa era la razón por la que no podía permitir que Hinata Hyūga formara parte de su vida: la deseaba y ella se negaba a desearlo. Ella no le adulaba ni coqueteaba con él y, definitivamente, no se había enamorado de él.

La necesitaba por eso. Por no enamorarse. Era algo que odiaba; odiaba que se enamoraran de él.

—Quiero tener contigo una última entrevista —le dijo cuando se detuvieron justo detrás del coche de Hinata—. Mañana por la noche en Rasengan. —Le entregó los fusibles que había quitado del motor del Sonata sin ofrecerse a ponerlos de nuevo. Sin duda sabría cómo colocarlos, por supuesto que sabría. Era la vanguardia de una nueva civilización, una que desechaba las tradicionales habilidades masculinas de antiguos deportistas obsoletos.

La dejó con la cabeza enterrada debajo del capó del coche y se alejó para dirigirse a su casa. La puerta del garaje se abrió sin hacer ruido. Aparcó junto al Tesla, agarró la bolsa de lona y salió por la puerta lateral. Los reflectores de la parte trasera del garaje estaban apagados y el camino era oscuro.

Oyó un crujido. Sin otro aviso, un hombre salió de los arbustos y se lanzó sobre su cabeza con una barra de hierro. Naruto lo esquivó y lo empujó. La adrenalina invadió su sangre. Lanzó el hombro contra el pecho de su atacante y lo apresó por el brazo.

El atacante gruñó pero no cayó. Trató de balancear de nuevo la barra de hierro, sin embargo Naruto le retenía el brazo. Se retorció. El hombre consiguió zafarse, alcanzándolo en la rodilla lesionada y haciéndole perder el equilibrio. Naruto lanzó un duro golpe que habría acabado con él si sus reflejos no hubieran sido tan rápidos. El tipo era grande, pesado. Naruto ignoró el punzante dolor en la rodilla para perseguirlo.

La lucha fue corta y brutal hasta que su adversario tuvo por fin suficiente. Se libró de sus garras, le gritó algo y huyó por el callejón. Comenzó a seguirlo, pero le falló la rodilla y cuando por fin recuperó el equilibrio, el matón había desaparecido.

Le palpitaba la mandíbula. Le dolía mucho la pierna y le sangraban los nudillos. Pero en lugar de llamar a la policía, de ir adentro para coger un poco de hielo que ponerse en la cara, cojeó hasta el garaje y se metió en el coche.

—¡Oh, Dios mío! ¿Qué te ha pasado? —Hinata se agarró al borde de la puerta con los ojos abiertos con alarma. Llevaba de nuevo aquella puñetera prenda. ¿Cuántas malditas camisetas de los Bears tenía?

Pasó junto a ella y entró en el apartamento.

—Tú eres la investigadora. Así que ya me dirás.

Hinata tenía la palabra venganza escrita en la cara. Como si ella en persona tuviera la intención de ir detrás del autor del delito. Y se dio cuenta de que así era.

Se dirigió hacia la nevera, notando que la fiereza de Hinata le hacía calmarse.

—Un matón estaba esperándome cuando salí del garaje. —Agarró un paño de cocina y un poco de hielo.

No parecía que estuviera dispuesta a jugar a médicos y enfermeras, a diferencia de cuando lo había empujado en el callejón. La vio abrir un bloc de notas.

—Empieza por el principio y dime exactamente lo que ocurrió.

—Me asaltaron, no hay nada más. —Apretó la bolsa de hielo contra su cara.

—Descríbeme a ese hombre.

—Es grande. Es todo lo que sé. Estaba oscuro.

—¿Qué llevaba puesto?

—¡Un traje de Brooks Brothers! ¿Cómo voy a saberlo? Ya te lo he dicho, estaba oscuro.

—¿Y las cámaras de seguridad? ¿Las luces?

Él negó con la cabeza, y deseó no haberlo hecho.

—Estaban apagadas.

—Qué conveniente...

Ella le hizo empezar por el principio e ir contándole detalle a detalle. No había mucho que explicarle y lamentó haber ido allí. No estaba seguro de por qué lo había hecho.

La miró cuando levantó la vista del bloc de notas.

—Has dicho que gritó algo mientras huía, pero ¿qué?

—No me acuerdo.

—Pues piensa.

Él se pasó los dedos por el pelo.

—Maldición, no lo sé. Algún tipo de amenaza. «Volveré», o algo así.

—«Volveré», ¿es eso lo que dijo?

—Sí, creo que eso era. —Movió la bolsa de hielo.

—No parece apropiado para un asaltante de jardín. Y ¿por qué no iba armado? En esta ciudad es tan fácil conseguir un arma como una barrita de chocolate, y más conveniente que una barra de hierro.

—Has visto demasiados programas de televisión.

Ella insistió.

—Si hubiera querido quitarte la billetera, hubiera tenido un arma de fuego. Es como si hubiera ido a por ti de forma personal. Pero ¿por qué?

Él miró fijamente la camiseta que ella llevaba.

—Porque es fan de los Bears.

—No tiene gracia. —Hinata apuñaló el aire con el lápiz—. Y tienes que ir a Urgencias.

—Solo tengo la mandíbula magullada y las costillas un poco doloridas. Yo me ocuparé. Y antes de que digas nada, no informaré de esto a la policía.

Se sorprendió al ver que ella no discutía. Quizás entendiera que si él informaba de eso, la historia saldría en las noticias nacionales, la prensa le acosaría y, sin pruebas, la policía no sería capaz de capturarlo. Todo acabaría convirtiéndose en publicidad que no quería.

Hinata se puso el lápiz detrás de la oreja.

—Algo no encaja —dijo ella—, y no quiero que regreses a casa todavía. Esta noche dormirás aquí.

Él la miró con incredulidad. Tenía que ser una broma. Bajó la bolsa de hielo.

—Se helará el infierno antes de que me esconda detrás de las faldas de una mujer o, en su defecto, una fea camiseta. —Salió del edificio sin darle tiempo a que se pusiera a gritarle sobre el sexismo y esas estupideces.

Llegó a su casa sin problemas. Le dolía mucho la mandíbula y tenía que limpiarse, pero, antes de hacerlo, cruzó la cocina y salió al huerto.

Como siempre, el olor a tierra y plantas en crecimiento hizo su trabajo. Adoraba ese lugar.

El haz de luz de un par de faros iluminó el muro del callejón, detrás del edificio. Eran los mismos que le habían seguido hasta allí. Con una sensación de resignación, sacó el móvil y apretó el botón.

—Ve a dormir un poco, Sherlock. No pienso ir a ninguna parte.


Información

Blandengue : Que tiene poca fuerza o resistencia moral o física.


Continuara...