Naruto Y Hinata en:

Vudú


PASO ONCE


«ÁNIMO,COMPAÑERA, YA QUEDA MENOS. SIN EMBARGO, ESTE ES UN PASO QUE NO DEBES OBVIAR, YA QUE UN ALFILER EN SU OMBLIGO DEBERÁS CLAVAR. NO DUDES DE TU PODER A PARTIR DE ESTE MOMENTO, ¡SERÁS EL CENTRO DEL MUNDO!»

{...}

En cuanto puso un pie en su apartamento, Hinata se apresuró a encender todos los fogones. En su casa no había chimenea ni efectivas estufas eléctricas, pero no por ello iba a dejar de hacer lo que tenía que hacer.

Con más frustración, vergüenza y desilusión de las que cualquier ser humano vivo puede cargar a sus espaldas, lanzó el muñeco de poder a las azuladas llamas del gas. Mini Gaara quedó reducido a cenizas con la misma indiferencia con la que había nacido. Ni una mueca en su rostro de arpillera, ni un quejido de dolor en sus labios pintados con carmín.

Con un movimiento de la cadera, subió el volumen del equipo de música. Maldito Elvis. Siempre tan inoportuno. En cuanto escuchó las primeras notas de Love me tender, toda su entereza —si es que alguna vez había tenido de eso— se vino abajo.

Cantando a voz en grito con la desesperación de un borracho en una cantina, se preguntó qué extraño designio la había obligado a vivir siempre relegada a un segundo plano. Siempre había habido chicas más bonitas que ella, chicas más populares que ella. Las había más inteligentes que ella, con carreras universitarias o buenos trabajos que no implicaban repetir una y otra vez la misma sandez en tres idiomas, dos de los cuales había aprendido a pronunciar viendo la teletienda.

Había muchachas que encontraban novio durante el instituto y no se separaban nunca más de él. Las había que se casaban después de la graduación, o que no llegaba solteras a la veintena, y eso en su pequeño pueblecito era un honor más grande que ser visitado por el presidente o que salir en la portada de Cosmopolitan. Aunque también las había, de hecho, que salían en la portada de Cosmopolitan.

Otras eran madres, y se sentían felices sin tener otra cosa que hacer a lo largo del día que dar de mamar o consentir a sus pequeños malcriados cada vez que estos empezaban a berrear. Las había que triunfaban en Hollywood, que salían en la tele, que podían ver su rostro a una cantidad tal de pulgadas que hasta los extraterrestres podrían admirar su belleza desde el espacio.

Las había que volaban de flor en flor, picoteando aquí y allá, hasta encontrar el arbusto de sus sueños. Las había que acumulaban divorcios con la misma facilidad que periódicos viejos en el desván; sus fechas de boda convertidas en una efeméride más.

Otras permanecían solteras por convicción, y eran felices así. También había monjas, prostitutas, cocineras, ejecutivas, strippers, atletas, conductoras de tranvía, cantantes, maestras, multimillonarias que contrataban masajistas para su perro.

Y allí, en el fondo, perdida en la base de la pirámide, o más abajo aún, estaba Hinata Hyuga.

Fracasada. Perdedora. Soltera por obligación. Con un cuerpo, una cara y un pelo tan corrientes que ni siquiera podía destacar por fea. Con un trabajo tan mediocre que ni siquiera podía ser motivo de escarnio. Con un apartamento en una zona tan anodina que ni siquiera podía presumir de correr peligro cuando llegaba a casa sola después del oscurecer.

Con una vida social tan insulsa que era del todo inexistente. Con un acento que, en su voz, no sonaba dulce o acaramelado, como en el noventa y nueve por ciento de las muchachas, sino más bien como el graznido de un cuco rabioso en busca de nido.

Y, además de todo eso, era tonta de remate. Porque había perdido la única oportunidad que había tenido en su vida de sentirse como esas actrices de Hollywood a las que hasta los marcianos idolatran, como una estrella en su función estelar, como una madre de familia abnegada que merece los respetos de todo un pueblo, como una ejecutiva agresiva que hace papilla Wall Street y se embolsa dólares como caramelos.

Todo lo que Naruto le había hecho sentir.

Mientras contemplaba cómo Mini Gaara era pasto de las llamas, pensó que tal vez ya era hora de volver a casa.

Su aventura con la magia había terminado.

SIGUIENTE, PASO DOCE