CAPÍTULO 12

EL REGALO

Pasó una semana antes de que él volviera a decirle que la amaba.

Sakura rebuscó en todos los lugares habituales. Había acudido a su estudio para revisar el libro de cuentas de la casa, pero no había encontrado el volumen. Su escritorio tampoco estaba como debiera. Aquello era muy extraño, preguntaría a la señora West para resolver aquel misterio. Concentrada en sus pensamientos mientras rebuscaba en los cajones, no escuchó entrar a su marido.

—¿Has perdido algo, cariño?

—¡Oh, Sasuke! Lo cierto es que sí. He subido para revisar las cuentas, pero no encuentro los libros. No están en ninguna parte del estudio y, fíjate, alguien ha hurgado en mi escritorio.

—Bueno, ¿qué me dices? Debemos buscar al culpable y ocuparnos de que reciba el castigo que se merece. —Se acercó a ella y la ayudó a incorporarse.

Supo en ese instante que él se traía algo entre manos. Parecía envolverle un halo de azuzadora picardía y comenzaba a conocerlo lo suficiente como para suponer que ocultaba algo.

—¿Qué está pasando, Sasuke?

—Pues que estás ruborizándote como una colegiala; ocurre cada vez que te sientes frustrada. —Él le dirigió una sonrisa burlona—. Y también te aparece una arruga en la frente —añadió rozándole aquel punto con los labios.

—¡Bueno, es que me siento frustrada! ¡No encuentro ese dichoso libro!

—Tranquila, Sakura, estoy seguro de que aparecerá. Y antes de lo que te imaginas. Este tipo de asuntos suele resolverse solo. —Hizo un gesto con la mano.

Ella le estudió con atención. Parecía muy satisfecho de sí mismo y algo misterioso.

—¿Querías... algo, Sasuke? Ya sabes, ¿has venido con un propósito en concreto?

—Imagino que agradeceré un beso, pero no es por eso por lo que estoy aquí. Lo cierto es que necesito que me des tu opinión sobre algo. ¿Me acompañas y te lo enseño? —Le tendió la mano. Una lasciva y traviesa mirada brillaba en aquel rostro de mandíbula firme.

Ella tomó sus dedos y permitió que la condujera por el pasillo hasta el ala sur de la casa. Sasuke se detuvo finalmente ante una puerta, cerca del fondo del corredor.

—Quiero que eches un vistazo aquí dentro. —Lo vio sonreír a sabiendas—. Ahora, cierra los ojos.

—¿Otra sorpresa? ¿Nunca te cansas de agasajarme, Sasuke? —Le miró con suspicacia.

—¡Jamás! Ahora sé una buena chica y cierra los ojos —gruñó él.

Ella obedeció porque era lo que hacía cuando él le ordenaba algo. Cerró los ojos y le escuchó abrir la puerta. La empujó dentro de la estancia.

—Ya puedes abrirlos, Sakura.

Ella miró a su alrededor y se enamoró de aquella elegante estancia. Hacia el sur había un enorme ventanal que parecía enmarcar el mar en la pared. El escritorio estaba ante la ventana, captando toda la luz. Además había sillas tapizadas con seda de color turquesa y un enorme diván frente a la chimenea. Dominaban la salita lujuriosas tonalidades de azul, verde y marrón oscuro. La alfombra parecía cómoda y de buena calidad. Aquella habitación era absolutamente perfecta.

—¿Qué es este lugar?

Él no respondió y ella se acercó al escritorio. Puso las manos sobre la tabla de roble inglés y abrió los dedos. ¡Qué mueble tan magnífico!, pensó. Una podía sentarse detrás de aquella mesa y deleitarse viendo el mar en cualquier momento que deseara. ¡Qué agradable sería relajarse en una estancia así!

—Siéntate, Sakura.

Ella tomó la silla y se sentó. Miró por la ventana. Hacía un día ventoso, las flores blancas se agitaban en lo alto del acantilado y un solitario buque mercante surcaba el horizonte.

—Abre el cajón de en medio.

Contenía material para escribir correspondencia. Alzó una hoja y leyó la serigrafía impresa en la esquina: «Señora Sakura Uchiha, Stonewell Court, Kilve, Somerset». Se le escapó una risa y tuvo que taparse la boca con la otra mano. Percibió el movimiento de Sasuke; de pronto estaba a su lado.

—Ahora, abre el cajón de abajo.

El sonido de la madera al deslizarse chirrió en medio de la quietud de la estancia. El libro de contabilidad. Ese y los demás volúmenes para el gobierno de la casa estaban apilados allí dentro, pulcramente y en perfecto orden.

—¡Oh..., Sasuke!

—¿Te gusta tu nuevo estudio, Sakura?

Ella se levantó de un brinco y se volvió hacia él. Estaba justo detrás, con una amplia sonrisa en la cara.

—¿Que si me gusta? ¡No! «Gustar» no es la palabra adecuada para describir lo que siento al estar en esta estancia. ¡Sasuke, me encanta esta sala!

Se puso de puntillas para darle un beso en los labios.

—¿Por qué? —le preguntó, acariciándole la mejilla.

Él se encogió de hombros.

—Sé lo mucho que te gusta ver el mar y he pensado que te merecías poder realizar tu trabajo en un lugar hermoso. Un bello lugar para una mujer preciosa. —Él giró levemente la cara para besar la palma de la mano que todavía reposaba sobre su mejilla.

—Gracias —susurró ella.

«Merecer». De nuevo esa palabra. Él pensaba que ella se merecía esa estancia, pero no era cierto. ¿Sasuke seguiría pensando que la merecía si supiera lo ocurrido? Y, a pesar de todo, ella no quería lastimar sus sentimientos. Aceptaría aquel precioso regalo y le demostraría su agradecimiento como debía hacer una esposa obediente.

—Incluso podrás dibujar aquí, hay buena luz. De cualquier manera, me alegra que te encante.

—Soy muy feliz, Sasuke. Mucho. —Le abrazó y sintió que él la rodeaba con sus fuertes brazos.

Un golpe en la puerta les avisó de que había llegado el té. Los dos dejaron caer los brazos al mismo tiempo. Se sentaron uno junto al otro en el diván y observaron en silencio cómo la doncella les servía el refrigerio. Miró a su esposo; le pareció especialmente atractivo mientras esperaba con aquella digna actitud a que la criada acabara y volviera a dejarlos solos.

Sasuke tomó una fresa del plato y la acercó a sus labios.

—Abre la boca y muérdela. —Sus ojos estaban clavados en ella, codiciosos y voraces.

Obediente, cubrió la fruta con los labios y cerró los dientes. El dulce jugo inundó su lengua al tiempo que dejaba un penetrante aroma en el aire. Masticó la fresa y la tragó lentamente sin apartar la mirada de él.

Él se abalanzó sobre ella al instante. Introdujo profundamente la lengua en su boca y recorrió con ella cada rincón, buscando las huellas del persistente sabor de la fresa.

Ella sintió que se licuaba en ese mismo instante. Surgió un intenso ardor entre sus muslos y tuvo que apretar las piernas, buscando alivio.

Él se retiró y arqueó una ceja mientras la miraba fijamente.

Ella apoyó la espalda en el respaldo.

Sasuke le puso la mano en la frente.

—¿Qué es lo que encierras aquí dentro, Sakura? Debes de tener muchos pensamientos. Cuando me miras como estás mirándome ahora..., siempre me preguntó qué estás pensando.

—Ahora mismo pienso en lo que quiero... hacerte a ti, Sasuke.

Él inspiró por la nariz y sus fosas nasales se ensancharon.

—¿Qué quieres hacerme, Sakura? —susurró, conteniendo el aliento.

Ella se deslizó del diván y se arrodilló frente a él. Alzó la cara y le atravesó con la mirada mientras apretaba los labios.

Él abrió la boca, sorprendido, pero no dijo nada. Estaba tan tenso como la cuerda de un arco y parecía a punto de estallar cuando soltó la orden.

—Dime lo que quieres hacerme. ¡Di las palabras!

Ella se abrió a él por completo.

—Quiero tener tu erección dentro de mi boca, Sasuke.

Él emitió una especie de quejido. Le gustó cómo sonó. Movió los dedos con rapidez y soltó los botones que cerraban la bragueta y el pene brotó cálido y orgulloso hacia sus manos. Sujetando la base con una mano, bajó la boca. Lamió la punta; su almizclado aroma masculino le inundó las fosas nasales. Notó que él se estremecía con fuerza y que se arqueaba cuando ella cerró los labios sobre el glande para deslizar su miembro hasta el fondo de su garganta.

Sasuke gimió y se puso rígido. Su brusca respiración seguía el mismo ritmo que sus envites. La agarró por la cabeza y comenzó a realizar rudas penetraciones. A ella le encantaba cada uno de sus movimientos. Desde la primera vez que lo hizo descubrió que le gustaba darle placer con la boca. No lo encontraba desagradable, sino excitante. También le gustaba cuando él hacía lo mismo. Él la llevaba al orgasmo con la lengua, pero jamás se había permitido eyacular en su boca y quería saber cómo sería cuando él explotara en ella.

Notó que él estaba a punto de alcanzar el límite y redobló los esfuerzos, succionándole cuando él se internaba en el interior, intentando que no se retirara demasiado. Entonces le apresó los testículos con la mano libre y presionó la tensa bolsa escrotal. Aquello desencadenó el éxtasis. Sintió su jadeo y notó que tensaba las manos en su cabeza. Un cálido chorro le inundó la boca y retuvo su esencia mientras él palpitaba contra el fondo de su garganta. Se sentía victoriosa y, por extraño que resultara, feliz.

Cuando se retiró, compartió con él otra mirada. Sasuke clavó los ojos en su boca. Fue entonces cuando ella tragó, deleitándose en el fuerte sabor, y sonrió. Vio que en el rostro de su marido aparecía una expresión casi de dolor antes de que comenzara a hablar apresuradamente en italiano. Las palabras, armoniosas y fluidas, estaban llenas de sentimiento, pero le resultaban desconocidas.

Él se recobró con rapidez, se abrochó el pantalón y la tomó en brazos para llevarla al dormitorio. Una vez allí, le arrancó la ropa en cuanto cerraron la puerta con llave. La despojó de las horquillas, enterró las manos en su pelo y se clavó en ella antes de que le diera tiempo a parpadear.

Sasuke se convirtió en una bestia voraz que la poseyó con avidez, gravitando sobre ella y moviendo las caderas salvajemente mientras separaba sus muslos lo máximo posible. Lamió y chupó sus pechos con intensidad, dejando nuevas marcas de amor en su espalda cuando la giró para tomarla desde atrás.

Después de aquel coito salvaje, él se tranquilizó y bajó el ritmo. Degustó su sexo con una pausada y lánguida cadencia, saboreándola mientras jugueteaba con su clítoris para hacerle alcanzar el clímax una y otra vez. Le susurró más palabras en italiano. Ella no comprendía aquella lengua, pero encontraba que el sonido era romántico y maravilloso.

—Esas palabras son muy hermosas, Sasuke, pero ¿por qué hablas en italiano?

Él la miró sorprendido.

—¿No sabes nada de mi madre?

Ella alzó la vista hacia él.

—Entonces, ¿tu madre era italiana? Siempre me lo he preguntado. Tienes la piel un poco más oscura de lo que la tenemos los ingleses. —Le tocó el pelo, retirándole un mechón que había caído sobre su frente. Era un hombre muy guapo—. ¿Tu madre murió cuando eras niño?

—No ha muerto. Está viva, solo que no reside en Inglaterra. Habita en Roma desde hace muchos años. Me llamo Sasuke porque es un nombre romano.

—No lo sabía. ¿No sueles visitarla?

—Sí, claro, soy un buen hijo. —Acomodándose contra ella, apoyó la barbilla sobre su cabeza al tiempo que le acariciaba aquel lugar favorito en el cuello.

Ella le pasó la mano por el pecho, recostada sobre él.

—Mi madre es una mujer fría. —La voz de Sasuke era diferente al hablar de su progenitora. Ella sintió la tristeza y la pena que le embargaban—. Algún día, dentro de poco tiempo, iremos a Roma y te la presentaré. Aunque no esperes grandes alardes por su parte. —Vio que su marido giraba la cabeza para que no pudiera indagar en sus ojos—. Mi padre la conoció en un viaje por Europa y la trajo a Inglaterra después de casarse con ella, pero es una mujer apasionada y aquí se sintió descontenta. Creo que sentía resentimiento hacia mí porque, teniendo que ocuparse de cuidarme, no podía dejar a mi padre y regresar a su tierra natal. No tuvieron más hijos, pero permanecieron juntos hasta que yo empecé el colegio; seguramente así se sintió menos culpable. Mi padre siempre se aseguró de que la viera con regularidad.

Sintió un profundo pesar por él. Le imaginó como un niño solitario que buscaba el amor de su madre y solo encontraba un frío vacío.

—No fue una buena madre para ti. —Ella frunció el ceño. Pensó que sería un gran esfuerzo mostrarse educada con su suegra en el momento en que la conociera.

—Era correcta, pero jamás fue dada a las demostraciones de cariño. Yo quería que ella me amara, y estoy seguro de que lo hacía, pero jamás supo demostrarlo. Es una mujer muy contenida. —La besó en el pelo—. Sakura, tú eres muy diferente a ella.

—No me gustaría ser como ella. Me molestaría amar a mis hijos porque se supone que es lo que debo sentir. Los niños son un precioso regalo, hay que quererlos y... protegerlos.

—¿Quieres tener hijos, Sakura?

—Claro que quiero, Sasuke. —«Pero no lo merezco».

—Dímelo. Dime que quieres tener un hijo conmigo, por favor. Necesito oírtelo decir, Sakura.

Sonaba casi desesperado. El abrumador deseo de apaciguarle y reconfortarle resultó apremiante. Tenía que hacerlo.

—Quiero tener un hijo contigo, Sasuke. De verdad, es mi mayor deseo. —Lo besó en el pecho, sintiendo que se relajaba. Era muy fácil reconfortarlo.

—Soy feliz contigo, Sakura. Serás una madre maravillosa.

«¿Cómo iba a serlo?».

—¿Me cuentas algo sobre tu padre? —Se deslizó más arriba para poder verle la cara.

Él sonrió con cariño.

—Mi padre intentó maquillar la actitud de mi madre. Era un hombre excelente. Murió cuando yo tenía veinticinco años —añadió con expresión de tristeza.

—Lo recuerdo vagamente. Coincidía con él en la iglesia. —Le acarició la mejilla—. Por lo que he visto en los retratos que hay en la casa, y dejándome llevar por mis propios recuerdos, te pareces a él. Era un hombre muy atractivo, como tú.

El cumplido pareció sorprenderle. Sintió pesar y ternura por él. La entristecía verle así.

—Me gustaría que os hubierais conocido.

—También a mí, Sasuke.

—Creo que eres perfecta, Sakura —comentó él, bajito, antes de buscar sus labios para capturarlos en un profundo beso—. Ti amo —susurró tan quedamente que ella no estuvo segura de haberlo escuchado. Pero lo escuchó.

Se quedó paralizada.

«¡Oh, Sasuke! No deberías amarme».

Sintió que la sensación de culpa le revolvía el estómago, era como si le hubiera hechizado con deshonestidad. Sabía que, si él llegaba a conocer la verdad sobre ella, lamentaría tal declaración, pero la parte más egoísta de ella esperaba que Sasuke repitiera esas palabras. El silencio cayó pesadamente sobre ellos mientras aguardaba.

No lo hizo. Su parte más egoísta quería que él le ordenara que le dijera que le amaba. Se preguntó por qué no lo hizo y frunció el ceño. Él le había pedido que le dijera que quería tener hijos con él, ¿por qué no eso? Se quedó quieta, pensando en cuál sería la razón por la que Sasuke no quería que dijera que le amaba. Si sabía algo de su esposo, era que actuaba siempre según sus propios deseos. Sabía lo que quería y no tenía problemas para expresarlo o exigirlo. Así pues, aquello dejaba una sola posibilidad; no quería que le amara. Deseaba su cuerpo, su compañía y su obediencia. Como si él pudiera querer algo más de ella...

La primera vez que dijo aquellas palabras, Sasuke apenas fue consciente de haberlas pronunciado. Eran muchas las veces que se arremolinaban en sus pensamientos. En esa ocasión, sin embargo, fue plenamente consciente de que su declaración no fue correspondida, y ese hecho le dolía y atormentaba. Había notado que ella fruncía el ceño y se ponía rígida, y eso le hizo todavía más daño.

Lo que le había tentado de ella en primer lugar —su sumisión— resultaba ser una trampa. Podía decir a Sakura lo que debía hacer, lo que tenía que decir o pensar, pero no podía ordenarle que le dijera que le amara. No podía porque, si hacía eso, nunca sabría si solo había pronunciado las palabras para complacerle. Quizá jamás sabría la verdad..., pero, sobre todo, no podía soportar que ella le dijera que le amaba si no lo hacía. No toleraba ni siquiera la idea. Se juró a sí mismo que no volvería a expresar sus sentimientos por ella en voz alta.